Ensayos de crítica histórica y literaria/El Cardenal Mazarino

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Ensayos de crítica histórica y literaria de Antonio de Zayas
El Cardenal Mazarino


Ensayos de crítica histórica y literaria pg 53.jpg


Mazarino


Discípulo de Richelieu en vida, considérale la Historia como su rival, después de muerto. De ancha conciencia, á ejemplo de su predecesor y maestro en el arte de gobernar, viste Mazarino la púrpura cardenalicia como él y personifica la política de la Regencia de Ana de Austria de igual modo que el preclaro Obispo de Luçón condensa la del Reinado próspero de Luis XIII. Fué á veces más afortunado que Richelieu y á veces menos feliz. Llegó á tiempo de recoger la abundante cosecha que aquel profundo estadista sembrara, pero también en sazón de padecer los odios acumulados por el sagaz Limosnero de la Reina María de Médicis. Si el sol de Rocroy esparce destellos de gloria sobre la frente de Mazarino, las invectivas de los turbulentos magnates asestan á su prestigio personal golpes terribles. Si en su época despunta el genio militar del joven Duque de Enghien y hace temblar á Europa la espada de Turena, bajo su mando padece también Francia las violentas sacudidas de las guerras civiles. La alegría que le causa la paz de Westfalia es amargada por el sobresalto que le produce la Fronda.

Turena y Condé inmortalizan el nombre del Cardenal italiano al inmortalizar los suyos propios en Alemania y en Flandes, pero no dejan de afligirle con decepciones frecuentes. El encumbramiento de Mazarino es más penoso que el de Richelieu y su posición menos sólida. El Privado de Luis XIII debe su grandeza á la energía, el de Ana de Austria á la astucia. Más brillante la primera dote que la segunda, acaso no hubiera sido tan útil á Mazarino como ésta. La sombra de un Rey mayor de edad, siquiera sea inepto ó desidioso, presta gran autoridad y firmeza; la cuna de un Monarca y la viudez de una Princesa extranjera no infunden tanto respeto. La Historia nos lo enseña: las minorías de los Reyes suelen ser casi siempre, si no aciagas, turbulentas al menos. Tal fué la de Luis XIV y glorioso por lo mismo el gobierno del despierto Privado de su madre. La calidad de extranjero de Mazarino no dejó de influir por lo demás en la enemiga que le profesaron los Nobles. Si gobernar acertadamente con el beneplácito de la opinión pública es ardua empresa, suben las dificultades de punto cuando la impopularidad aminora los prestigios del gobernante Mazarino llegó á tanto: gobernó á despecho del país y gobernó bien. No cabe hacer de él mayor elogio. Su carácter, en apariencia débil, no lo es en realidad. Fué constante en sus miras y no es la constancia patrimonio de espíritus apocados. Si cedió algunas veces con visos de pusilánime, antes fué la causa de sus aparentes sumisiones la perspicacia que la cobardía. Si abandonó otras el puesto del peligro fué acaso porque sabía cuan profunda sentencia es aquella que dice que gobernar es transigir. Transigió Mazarino como seguramente hubiera Richelieu transigido á haber gobernado en país extraño en vez de gobernar el propio; á haber nacido de familia modesta en vez de nacer de conspicuo linaje; á haber tenido, en fin, por solo amparo, en vez de á un Rey ya provecto, á un coronado infante bajo la tutela de una mujer cuya altivez española y cuya hermosura peregrina provocaban de continuo desaforados ataques á la majestad del Solio.

¡Gran ejemplo brinda la historia de Mazarino á quien dude del influjo que ejercen las circunstancias en la vida de los hombres! Ellas determinan, en efecto, la orientación de su conducta y bastara á la gloria del Cardenal el haber conocido cuánto pueden. Mazarino en el lugar de Richelieu, si no hubiera sido tan fastuoso fuera de seguro tan enérgico. Richelieu en el lugar de Mazarino, acaso no hubiera podido soportar por su mismo carácter inflexible, el embate de la opinión hostil y probablemente habría sido derrotado por ella. Diferencias de temperamento hijas de la diferencia de origen: Richelieu francés y como tal impetuoso desvanecido y enérgico, Mazarino italiano y por lo tanto reflexivo astuto y tenaz con apariencias de dúctil; aquél más violento, éste más dúctil; el Ministro de Luis XIII por idiosincrasia guerrero, el de Luis XIV por naturaleza diplomático. Ambos fundadores eximios de la grandeza de Francia; soles ambos de aquel sistema de que son astros fulgentes Corneille, Racine y Moliere, Turena y Condé; Fenelón, Bossuet y Bourdaloue y tantos otros ingenios que, ya esgrimiendo el puñal de Melpómene ya cubriéndose el rostro con la carátula, ora paseando en triunfo por Europa los lirios de Borbón ora fulminando los rayos de la cólera celeste desde la sagrada cátedra, asombraron al mundo en su siglo y deleitan aún en el nuestro con las huellas de su genio, el alma de los pensadores y de los artistas.

Conocidas las circunstancias en que ejerció el mando Mazarino, fácilmente se comprende que no pudo su política obedecer á un plan razonado y sistemático cual el de su antecesor ilustre. Richelieu se hallaba amparado por el Rey y sólo tenía que ocuparse de la gobernación del Reino: Mazarino, en perpetuo é inestable equilibrio, tiene que atender á la par á la dirección del Estado y á sostenerse en el puesto que ocupa. Cierto es que Richelieu se ve también obligado á sofocar las discordias civiles que el odio de los Hugonotes y la ambición de los Optimates encienden; pero no lo es menos que los ejércitos del Rey siempre le secundan y que la opinión popular le apoya generalmente. A Mazarino, por el contrario, ni le ayuda el Estado llano por su calidad de extranjero y por su doblez y avaricia, defectos y vicios menos simpáticos al vulgo que los vicios y defectos de Richelieu, ni las tropas tampoco le acatan cuando tiene enfrente de sí al vencedor de Sommershausen ó al caudillo de Rocroy.

Lógico parece, después de lo dicho, que no quepa dividir y clasificar en fines concretos el alto fin perseguido por la política de Mazarino y que sólo sea posible apuntar este último, no distinto en realidad del columbrado por su antecesor y por él propio asegurado en la Paz de Westfalia, prólogo de la que en 1859 había de firmarse en la Isla de los Faisanes y de dar á la postre á los nietos de San Luis el Trono de San Fernando.

Muy diversa es la situación de Europa al encumbramiento de Mazarino de aquella otra angustiosa y molesta para Francia en que Richelieu la hallara en el día en que empuñó con mano vigorosa las riendas del gobierno. Durante la Regencia de María de Médicis, aunque decadente ya el poderío español, apenas da visibles señales de abatimiento. Todavía los Tercios viejos, vencedores de los Valois y de los Herejes de Holanda, deciden la suerte de las batallas campales y rechazan con heroísmo el ímpetu de las legiones de Gustavo Adolfo y el ardimiento habitual de los ejércitos franceses. Aún el segundo Gonzalo de Córdoba, el Marqués de Leganés y el Cardenal Infante Don Fernando conquistan imperecedera fama en los campos europeos, mientras Wallenstein, los dos Piccolomini y Tilly contribuyen con su denuedo y pericia á sostener el crédito de Españoles é Imperiales.

Al subir Mazarino á las alturas del poder el orden de cosas ha cambiado notablemente. De los capitanes españoles y austríacos victoriosos en anteriores campañas sólo queda el renombre: Turena y Condé amanecen en el ínterin. El soldado español, ágil é impetuoso como el árabe, como el cántabro tenaz y sobrio, amante de la milicia como de una sagrada investidura, satisfecho del pasado, generoso y risueño en el presente, con seguridad del porvenir; orgulloso de la tierra que le vio nacer, del Rey por quien combate, del Capitán que le manda y de la Religión que profesa; el soldado español que, al modo de los Romanos de la Edad Antigua, mira como Bárbaros á todos los nacidos allende el Pirineo, empieza ya á sentir desaliento ante la impericia de sus jefes y al ver en cuan escasa medida corresponden los éxitos militares á sus personales hazañas; que si los valientes deshechos en Rocroy se asemejan mucho aún á los que con el emperador Carlos V atravesaron á nado la corriente del Elba y á los que convirtieron en humo ante los muros de Pavía los ensueños vanidosos de Francisco I, el Capitán derrotado por el Duque de Enghién en aquella jornada, para nosotros de infausta memoria, no tuvo nunca semejanza alguna con el Duque de Parma ni con el Imperial Bastardo.

Fatigado el Imperio de la sangrienta guerra que devasta su territorio, anhela por otra parte, sinceramente la paz; y como todas las circunstancias concurren á su celebración inmediata, la fortuna depara á Mazarino la gloria de recoger en Westfalia los lauros de Richelieu su maestro; pero en cambio en el interior del Reino tendrá que derrochar la habilidad y las astucia de que le dotó la Providencia y le será seguramente más fácil desbaratar una trama europea que una conjura cortesana; le costará menos trabajo acallar las pretensiones de un Soberano hostil que las procaces invectivas de un vasallo de alta alcurnia; y no le causará tanta inquietud la amenaza de un Embajador extranjero como la ironía de una Duquesa del Faubourg [1] ó como la sátira de un libelista ocurrente.

Antes de ver de qué manera triunfó Mazarino de propios y de extraños conviene saber algo de los comienzos de su vida. En Piscina, recóndito lugar del Abruzzo, se meció la cuna del futuro estadista. Su familia fué modesta: el abuelo paterno artesano de Sicilia y el padre Mayordomo en la Ciudad Eterna del Condestable Colonna. Allí transcurrió la infancia de Mazarino, allí tuvo su escuela el grande hombre. Soldado en la adolescencia, no fué ciertamente cobarde ni inepto; pero sus dotes más preclaras no se revelan hasta que negocia en Cherasco la paz turbada con motivo de la sucesión al Ducado de Mantua. En Cherasco brilla por vez primera la sagacidad á que debe en especial su nombradía y en Cherasco inaugura la serie de sus triunfos. Consecuencia de aquellos éxitos es su entrada al servicio del nuncio Pancirola y entonces y por deberes del nuevo cargo, tiene ocasión de que Richelieu le trate. No podía pasar inadvertido el talento del joven italiano para el del Cardenal francés; lo sutil de su ingenio, lo claro de su juicio y lo penetrante de su previsión seducen al ministro de Luis XIII; con su rapidez acostumbrada columbra Richelieu en el servidor del Legado Pontificio un digno continuador de su obra inmortal, y antes de morir obtiene de la Santa Sede para Mazarino el Capelo. En la escuela de Richelieu templa su alma algo débil el nuevo Purpurado; en punto á sutileza y astucia nada le resta que aprender; son su patrimonio único; es italiano y no desmiente la raza. A su protector, no obstante, debe Mazarino lecciones provechosas y si jamás pudo igualarle en lo magnífico, aprendió de él á seguir con firmeza el logro de las empresas políticas y de las ambiciones privadas.

Muerto Richelieu, nombra al día siguiente Luis XIII Primer Ministro al Cardenal italiano. Golpe terrible recibe la Nobleza al conocer el Decreto. Esperaba impaciente la muerte del Privado para volver á urdir intrigas cortesanas y se ve postergada por un aventurero recién naturalizado en Francia y que hacía pocos años entró en la Corte como criado de un Obispo. El tradicional orgullo aristocrático no perdona al nuevo Valido la humillación aquélla y desde el instante de la exaltación de Mazarino empieza á fraguarse la Fronda. Si no estalla antes la tormenta se debe al entusiasmo que despiertan los exteriores triunfos militares igualmente halagüeños al patriotismo de favorecidos y descontentos. Condé desbaratando los tercios españoles, ya amenazados de próxima ruina por la impericia de Melo y por los achaques de Fontaine, y Turena recorriendo en procesión victoriosa la Franconia, la Baviera y la Suabia, calman por un momento el enojo aristocrático; pero apenas se firma la paz, lánzanse los magnates espada en mano á los campos y los poetas satíricos pluma en ristre á las prensas y con el fuego de la mosquetería y con los ponzoñosos dardos de la calumnia á un tiempo mismo combaten proceres y literatos al Estadista italiano y á la Regente española, acúsanles de crímenes vitandos y tratan de concitar contra ellos las iras populares.

No estaba entonces, por fortuna, el pueblo francés en disposición de manifestar sus sentimientos con aquella procacidad con que siglo y medio más tarde había de castigar el olvido de los fueros de la Moral y de la Justicia; pero aun cuando lo hubiera estado, no podía simpatizar tanto con los Nobles, cabezas del motín, como con las figuras interesantes siempre, de un Rey huérfano y niño y de una Reina joven y hermosa, siquiera las maledicencias palatinas y la calidad de española de la última no dejasen de influir desfavorablemente en el ánimo de las muchedumbres.

Guerra civil la de la Fronda cual la que agitó la sociedad francesa en tiempos de los últimos Valois y cual la que había de trastornar sus cimientos en la época de los últimos Borbones, ofrece sin embargo al examen del observador concienzudo notables diferencias respecto de ambas. La guerra de los Hugonotes es, en efecto, principalmente religiosa; la de los sans culottes esencialmente política y social; la de las Duquesas puramente palaciega y cortesana. Las dos primeras son de mayor trascendencia para el porvenir de la humanidad; la última de excepcional importancia para el estudio del carácter francés y de las costumbres de la Nación vecina. En 1572 luchan los franceses por la libertad de conciencia; en 1789 por sus derechos políticos los plebeyos; en 1648 por sus personales pasiones los magnates. En aquellas guerras, como motivadas por ideales más ó menos justos y legítimos, la indignación se desborda, se inflama el entusiasmo y predomina el derramamiento de sangre con la crueldad y el terror, sus frecuentes consecuencias; en ésta, como suscitada por ambiciones mezquinas, el cobarde anónimo impera, la torpe calumnia se desata y prevalecen la intriga, la traición y el engaño. En los días de la Reforma luchan principalmente los hombres; en los de la Convención Nacional los hombres y las mujeres; en los de la Fronda las mujeres sobre todo. Los primeros son tiempo de reconstitución nacio nal; de vindicación social los segundos; de corrupción interior los últimos. Así los Hugonotes se muestran fanáticos y heroicos; los Jacobinos vengativos y sanguinarios; los Frondistas licenciosos y procaces.

La literatura y el galanteo son las armas preferidas en aquella novelesca guerra, preámbulo del Reinado de Luis XIV. El amor á las damas lanza á los proceres más linajudos al campo de la rebeldía y el fracaso en las pretensiones matrimoniales pone enfrente de Mazarino á una Princesa de sangre real. La Marquesa de Rambouillet, hija del Embajador Pisani, inteligente y artista como buena italiana tanto por su nacimiento como por su origen, ya que su madre Julia Savelli también lo era, acoge en su salón famoso á los descontentos, y mientras Pedro Corneille recita las enfáticas escenas de sus tragedias seudo-clásicas ó derrocha Voiture el aticismo de su conversación ligera, mientras recita sus fábulas La Fontaine y aventura La Rochefoucauld sus sentencias ó el precoz Bossuet diserta sobre disciplinas teológicas, incitan las bellas aristócratas á la lid á sus pretendientes y entre el desenfado de las frívolas conversaciones brotan las obras maestras que ilustran la literatura nacional y salen los toques de rebato que estremecen á Mazarino en la soledad de su gabinete y á la hija insigne de Felipe III en las Cámaras del Louvre.

Conocidos por demás son los episodios de la Fronda que, aunque adulterados, sin duda embellecidos por su imaginación lozana, ha descrito Alejandro Dumas en novelas de fama universal y narrado Voltaire entre hipócritas y sentenciosos donaires en estudios de discutible valor histórico, pero de indudable mérito literario. Ocioso sería, por lo tanto, evocar aquí someramente tan explotadas escenas é imposible además dentro de los reducidos límites de un artículo de periódico. Contentémonos con bosquejar los más salientes personajes de aquellos turbulentos días. Tres Duquesas son el alma de la Fronda: la de Chevreuse [2], enamorada, ardiente é inconstante en sus afectos, excepto en el amor á la Reina; la de Longueville [3], no menos disipada y acaso más intrigante; la de Montpensier [4], modelo acabado de desequilibrada constitución moral, capaz de los mayores atrevimientos y de la mayor negligencia, bulliciosa á ratos y á ratos mesurada y paciente, raro ejemplo de volubilidad, cifra del carácter frivolo de las mujeres de su época, atisbo de las venideras figuras de las Pompadour y Dubarry. Las tres Duquesas hermosas y las tres de egregia estirpe, no emplean bien su hermosura ni mejor los prestigios de su prosapia. Sus personales encantos atraen al bando rebelde á hombres tan atrevidos como el Conde de Chaláis, amante de la Chevreuse, y tan ilustres como el Duque de La Rochefoucauld y como el Príncipe de Condé, amante el primero y hermano el segundo de la pérfida Longueville. Impetuosa, colérica, chispeante la descendiente de los Rohan; caprichosa, impresionable, sutil la nieta de Enrique IV; indolente, sentimental, efusiva la hermana del vencedor de Friburgo, coinciden las tres en sus sentimientos de odio á Mazarino; pero jamás concuerdan en los medios de derrocarlo ni son capaces de sacrificar la vanidad femenil en aras del triunfo de la causa común.

Instrumentos de tan traviesas damas aparecen ya Beaufort y Condé, los dos de regia cuna; ya La Rochefoucauld y Turena, ambos de ilustre familia. El Duque de Beaufort, nieto bastardo del gran Rey Enrique, tan ignorante como osado y tan simpático al vulgo como menguado de inteligencia, dicharachero y procaz, temerario y fanfarrón, pero rodeado al fin de la aureola de un augusto nombre é ídolo de las masas populares; el Príncipe de Condé, precedido de justa fama de capitán insigne y no exento de autoridad por sus prendas personales y por los regios timbres de su Casa; el duque de La Rochefoucauld, reputado hombre de hondo talento y con poderosos medios de acción, gracias á sus vernáculas riquezas y á su alianza con la rubia Longueville, cuyos favores disfruta; el Vizconde de Turena, no menos temible en los campos de batalla por su reflexiva prudencia que el de Enghién por sus inspiraciones súbitas; todos los que por alcurnia, talento ó influencia representaban alguna fuerza en la aristocracia, figuran en los disturbios de la Fronda, hoy entre los leales á Mazarino, mañana entre los enemigos de la Reina. Tan frecuentes apostasías y tan inopinadas defecciones ponen de relieve la índole egoísta y venal de aquella civil contienda de la cual, si no verbo es á lo menos símbolo genuino Pablo de Gondi, Coadjutor del Obispo de París y más adelante Cardenal de Retz, refractario en su juventud al estado religioso, hombre de acomodaticia conciencia y de licenciosas costumbres, predilecto del pueblo parisiense como el Duque de Beaufort por sus frecuentes prodigalidades y por los arranques de su oratoria más tribunicia que eclesiástica; gran enemigo de Mazarino, aunque inferior á él en talentos; personaje que, si bien fué indigno de la alabanza que los apasionados frondistas le tributaron, no lo es del aplauso de la Historia por la acrisolada lealtad con que rehusó siempre la intervención extranjera en los disturbios de su patria, á diferencia de los grandes Señores, sus compañeros de conjura, harto propensos á posponer el patriotismo á los apetitos personales.

Contra adversarios de tanta cuenta tuvo que luchar Mazarino y de todos ellos salieron victoriosos su sagacidad y su genio. El abandono de los asuntos rentísticos y el deplorable estado de la Hacienda pública son los pretextos invocados por los insurgentes para justificar la actitud malévola que adoptan y el autoritario proceder del Primer Ministro la razón aparente que los arrastra al combate; pero Mazarino, á fuer de profundo conocedor del corazón humano, sabe que la Duquesa de Montpensier conspira contra él porque él se opone á su boda con el rey niño, no ignora que la de Chevreuse intriga por vanagloria y que la de Longueville, olvidando antiguas veleidades monjiles, se rebela contra el Gobierno de la Regente por odio á la Reina y por amor al duque de La Rochefoucauld, cuyo espíritu presuntuosamente austero la avasalla; ni tampoco escapan á la perspicacia del purpurado Ministro ni la ambición insensata del de Beaufort ni la implacable envidia de Gondi ni la docilidad con que Turena y Condé, invencibles en los fragores de la lid, sucumben á los halagos de la femenil hermosura. Penetrado del carácter de sus enemigos, prefiere Mazarino anularlos con las armas de la astucia á combatirlos con el fuego de los cañones, y consecuente con la táctica que mejor se aviene con su temperamento italiano, si no con su investidura sacerdotal, halaga la vanidad de las mujeres, aplaca con oportunas y tentadoras promesas la ambición de los hombres, da á manos llenas á los avaros, á pesar de que este antipático vicio le domina, y cede en los momentos de adversidad ante el alud de los sucesos, murmurando entre dientes con harta conciencia del propio valer y con no menor confianza en los desaciertos de sus contrarios: «El tiempo es mío.»

Las Musas francesas, educadas en la academia pagana de la Marquesa de Rambouillet, vierten raudales de acerba sátira sobre las reputaciones de la Regente y del Cardenal, mostrándose dignas descendientes de las que inspiraron en tiempos no muy remotos á los enfants sans-souci y á los precoces autores de la Sátira Menipea; pero Mazarino no se sobresalta ante tales demasías y permite que sus émulos busquen en los dichos el natural desahogo con tal de que no osen pasar á los hechos. No habla en pro de las virtudes de la Aristocracia francesa de aquel siglo el desbarajuste que reina en su conducta y la absoluta carencia de perseverancia en cuantas empresas acomete. La conocida máxima «El fin justifica los medios», es la que sirve de brújula á las intrigas de los descontentos Optimates, los cuales, según lo estiman conveniente al medro de su casa y persona, se erigen en defensores del Trono ó en paladines de los Rebeldes. Tan pronto desterradas de la Corte como agasajadas en Palacio, entréganse doquiera las damas del Faubourg á la disipación y al placer, y mientras María de Rohan negocia alianzas con España ó da á luz Ana Genoveva de Borbón en el Ayuntamiento de París un niño que tiene en la pila bautismal el Preboste de los Mercaderes, dispara la hija del Duque de Orleáns el cañonazo del Arrabal de San Antonio y exclama burlonamente Mazarino al oir la inesperada detonación: «La Duquesa ha matado á su marido.»

Victoriosa un instante la Fronda, retírase Mazarino con los Reyes á San Germán y vese á poco obligado á pasar la frontera. La más espantosa anarquía devasta entonces el país y en el ínterin demuestran con su desatentada conducta aquellos que tachaban de incapaz á Mazarino que si jamás le igualaron en patriotismo, menos todavía pueden igualarle en dotes de gobierno. La ineptitud de los efímeros vencedores abre nuevamente las puertas del Louvre al astuto Cardenal á costa de una defección dolorosa, la de Condé, que al servicio de España desenvaina la espada contra las mismas huestes que tantas veces condujo á la victoria.

La guerra exterior, adversa en un principio á los ejércitos franceses, acaba por cubrirlos de gloria merced á los talentos de Turena y acude mientras tanto Mazarino á los á veces eficaces recursos de la diplomacia formando ligas con los Estados del Rhin y concertando alianzas con el Protector Cromwell en mengua de los intereses españoles. Consecuencia de esta doble trama militar y cancilleresca es la firma en el año 1659, de la Paz de los Pirineos, cuyas estipulaciones, gloriosas para Francia, fortalece el enlace de la Infanta de España Doña María Teresa, hija de Felipe IV y de su primera mujer Isabel de Borbón, con el joven Rey Cristianísimo.

Dos años después, á principios de Marzo de 1661, entregó su alma al Criador el Cardenal Mazarino. No le lloró Francia; pero la posteridad le admira. Acusado de avaricia por sus contemporáneos, algo hay que atenuar la acusación aunque no sea posible desmentirla. Acumuló ciertamente considerables riquezas y el Intendente Fouquet evaluó su caudal en cien millones de libras. Dejó también propiedades tan extensas como los ducados de Auvernia y de Nivernais. Verdad es que no debe olvidarse cuan larga fué la etapa de su mando. Descuidó indudablemente el estudio de los problemas económicos y si acaparó, como Lerma en España, grandes sumas para sí, puede decirse que sólo en el adquirir hallaba él compensación á los sinsabores del Gobierno y no será ocioso recordar que ganó en muchas ocasiones con dinero la voluntad de sus enemigos, soborno que mal se concilia con la extremada sordidez que por lo común se le achaca.

Recompensa á sus desvelos de gobernante halló también, según algunos biógrafos, en el amor que le profesó la Reina y que según no pocos escritores insinúan, distó mucho de ser platónico. Acusación tan grave no debe empero ser acogida por la Historia sin pruebas suficientes. Jamás fueron los franceses para juzgarnos benévolos, y en el siglo XVIII, cercana aún nuestra supremacía, ni siquiera imparciales. Harto motivo ofreció por lo tanto Ana de Austria en su calidad de española á las murmuraciones de la Corte y del pueblo francés. La hermosura del cuerpo y la vivacidad del espíritu de la Reina contrastaban, por otra parte, de tal suerte con las escasas dotes físicas é intelectuales de su esposo, que daban ya por sí solas suficiente pábulo á sospechas ofensivas. La antipatía invencible que por Richelieu sintió siempre Ana excitó naturalmente los odios de aquel absorbente Ministro, cuyo talento fecundo halló pronto armas incontrastables para combatir á la altiva Soberana. No fué difícil á Richelieu presentarla ante los súbditos del Rey Cristianísimo ciegamente enamorada del Embajador Buckhingam ó bien en tratos secretos con España en perjuicio de los intereses de su patria adoptiva. La fábula y la novela han hallado en los supuestos devaneos amorosos de la Madre de Luis XIV manantial inagotable de inspiración; pero la Historia no ha podido en verdad hallar dato alguno contundente que los compruebe y afirme. Más arbitraria y sobre todo más absurda parece la segunda de las acusaciones formuladas contra la egregia Viuda de Luis XIII. El proceder ulterior de la Regente basta para refutar las viles calumnias dirigidas á la Reina. La mujer durante cuyo turbulento gobierno suscribió España la paz que le arrebató el Rosellón y el Artois, pudo desdeñar las infames suspicacias de los que un tiempo la juzgaron traidora. Española por el nacimiento y más todavía por el carácter, vencieron no obstante siempre en su ánimo bien inclinado los deberes de madre á la voz de los recuerdos de la niñez; y su patriotismo, tal vez no espontáneo pero en todo caso tenaz é incorruptible, pudo avergonzar al Parlamento y á los revueltos Proceres cuando el uno negaba los subsidios necesarios para defender el honor nacional y conspiraban los otros con la Corte de Madrid, ansiosos de derribar de su puesto á Mazarino.

Los amores del Cardenal con la Reina no tienen tampoco sólido fundamento en que apoyarse. Víctor Cousin deduce del examen de la correspondencia escrita de Ana de Austria con Mazarino en los días del destierro del Primer Ministro, la existencia de una pasión entre ambos personajes. Víctor Cousin pretende leer entre líneas y corre grave riesgo de equivocarse. Las interpretaciones de este ingenioso escritor mejor parecen atisbos temerarios que no consecuencias lógicas de los documentos que analiza. Además la calidad de francés de Cousin y sus antecedentes políticos y literarios son motivos sobrados para considerarle recusable en este caso. Fe mayor merecen, á no dudar, las Memorias de Madama de Motteville, en donde se sostiene la opinión contraria; y, si el origen español de la autora de tan interesante documento y la amistad que con la Reina le unía quitaren alguna autoridad á sus afirmaciones, la circunstancia de que ella fué testigo ocular de los episodios que narra y la de no haber jamás extremado hasta el sacrificio el cariño que profesó á su augusta Señora, unidas á la naturaleza reflexiva y sensata de su talento, dan á Madama de Motteville más crédito para escribir esta página de la Historia de la Regencia de Ana de Austria, que á cuantos autores la escribieron después.

De todas maneras este detalle de la vida privada de Mazarino no empaña el brillo de su vida pública. No tan sórdido como se le cree comúnmente ni tan pusilánime como algunos le juzgan, ahogó en el fondo del corazón las afecciones personales y supo posponerlas siempre á las exigencias del momento. Afirmó con los rasgos cautelosos ú osados de su pluma los éxitos obtenidos con la espada de los Mariscales de su Rey y Señor. Triunfó en el exterior de la pericia de los Tercios españoles y de la pertinacia de las huestes tudescas, anuló en el interior la aviesa intención de las asechanzas de los asesinos, de las conjuras de las damas y de los sarcasmos de los libelistas, y abatió en Europa el poderío de los Austrias y en Francia la pujanza del Parlamento. Diplomático, hizo de la nación por él gobernada el centro de la actividad de Europa; político, hizo del tierno infante en cuyo nombre rigiera los destinos del país, el más poderoso Autócrata de los tiempos modernos. Príncipe de la Iglesia, no brilló por la austeridad de las costumbres ni por el fervor de las creencias. Hijo de la pintoresca Italia, fué dado á la superstición, prestó homenaje al mérito, tuvo amor al estudio, protegió las Bellas Artes y perpetuó su memoria en fundaciones de tendencia docente. Pruébanlo el amparo que dispensó á Descartes, la riqueza asombrosa de su propia biblioteca, la importación de la Ópera italiana y el establecimiento del Colegio de las Cuatro Naciones. Si administró mal, sírvale de disculpa que no lo hizo mejor Luis XIV, á pesar de tener para ministro de su Hacienda en vez de á una medianía como Particelli, á una eminencia como Colbert; y no se olvide al juzgar á Mazarino bajo este aspecto, que en los azarosos tiempos de su administración no podía llegar su autoridad á todas partes ni penetrar su talento hasta el fondo de todos los problemas. A despecho de los Próceres sus enemigos que, sin poseer sus virtudes poseían acaso en mayor grado que él los vicios que le echaban en cara, pudo con estricta justicia decirse de Mazarino: «Si su lenguaje no era francés, su corazón lo era.»

¡Este es su más honroso epitafio!



  1. Llámase asi en París por antonomasia al Faubourg de San Germán, habitado por la más linajuda nobleza de la vieja Monarquía.
  2. María de Rohan.
  3. Ana Genoveva de Birbón-Condé.
  4. Hija de Gastón, duque de Orleáns, hermano de Luis XIII