Ensayos de crítica histórica y literaria/El Padre Juan de Mariana

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Ensayos de crítica histórica y literaria de Antonio de Zayas
El Padre Juan de Mariana


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Mariana.


N

o eran ciertamente las sangrientas luchas que devastaron á nuestra Patria

durante la Edad Media, época propicia para consagrarse á la investigación minuciosa, á la reflexión madura y al sereno estudio. Nómada la Corte, errante la población, provisionales las fronteras; sin otra vida en las ciudades que la vida militar de los castillos, sin más abono en los campos que el de la sangre vertida en cotidianas contiendas ni más ar monías para el oído que el choque de las espadas ó que el silbar de las saetas; sin más pasiones el corazón que el odio á la cimitarra ó el galante culto á un amor idealizado por leyendas bárbaras y absurdas, sin más ideas el cerebro que el cúmulo informe de supersticiones y consejas urdidas por la ignorancia y alguna vez iluminadas por los destellos de la piedad religiosa, ¿quién osara volver los ojos al pasado, no ya con fines docentes y en busca de hondos análisis, sino ni aun por mera curiosidad ó por vía de pasatiempo tan sólo?

La anónima epopeya que esclarece los días singulares de nuestra Edad de hierro brota espontánea como flor silvestre en el fragor del combate y carece por lo tanto de método, de limpidez y tersura en el estilo; pero es rica en sencillez sugestiva, en denuedo varonil, en ingenuidad conmovedora. Cantara al Cid y á Bernardo del Carpió, al castellano Mudarra y al conde Fernán González, la pul cra lira de erudito poeta y acaso surgiera el trágico monumento de Corneille lleno de anacronismos, estatua seudoclásica vestida de anillada cota y armada de estoque toledano; mas no podrían evocar los sones de tan afinado plectro el alma grave y vigorosa de nuestro gran pueblo ni la entereza de la raza, alumbrada todavía al orto del Renacimiento por la luz pura y ardiente de la musa popular.

En la atmósfera de los paradójicos siglos medios nacen los cantares de gesta, semihistóricos, semi-legendarios, cuadro de costumbres y relato de proezas, tejido caprichoso de supercherías y verdades; pero en aquella atmósfera no podía germinar la Historia propiamente dicha, la narración en orden cronológico y sin soluciones de continuidad, de sucesos depurados de todo error y dignos de ser perpetuados para enseñanza y ejemplo de las venideras generaciones, ora por su influencia en el destino de los pueblos, ya por los nue vos derroteros que hubieren marcado á las corrientes de la civilización.

Las lides y aventuras que inspiran á los anónimos cantores de los tiempos de las Navas y del Salado, no son capaces de hacer vibrar el alma del historiador. El historiador puede, sí, emplear su talento en narrar y describir aquellas jornadas memorables; pero ha de remontarse á más serenas regiones antes de requerir la pluma; ha de huir del fragor de la borrasca, recibir el rayo de luz de la razón y encender en él la antorcha purificadora de la justicia; buscar un ambiente de paz tan necesario para el examen desapasionado de los hombres y de las cosas que fueron, como conveniente es la soledad al sabio para traducir al lenguaje vulgar los pensamientos profundos engendrados en su mente.

Los hechos abonan esta verdad inmensa. ¿Cuáles fueron las obras de género histórico que produjo la secular etapa de la Reconquista en España? Las Crónicas, tan llenas de pa sión como desprovistas de color, compuestas por asalariados palaciegos, mezcla informe de adulación al Príncipe que ocupa el solio cuando el cronista escribe y de injustos agravios á los adversarios del amo ó á los vastagos y defensores de la depuesta dinastía; deshilvanada serie de episodios referidos en monótono, redundante ó desmayado estilo, y salpicados de graves sentencias ó de candorosas reflexiones. Ni Fernán Pérez de Guzmán ni Hernando del Pulgar ni Pedro Mártir de Angleria ni el Cura de los Palacios ni el mismo Canciller Ayala, aunque nos dejaran materiales riquísimos para levantar acabado monumento, ofrecen atisbos de la Historia general de España cuya composición había de llevar á glorioso término el ilustre Juan de Mariana.

Nació el futuro historiador en Talavera de la Reina en 9 de Febrero de 1536. Humilde fué su cuna, aunque no tanto como poderosa su talento. A los diez y siete años estudiaba Teología en Alcalá de Henares y allí adoptó súbitamente la resolución de alistarse en la milicia monástica, fundada hacía pocos años por Iñigo de Loyola con el ambicioso designio de volver al fiel la balanza de la justicia, asaz desnivelada por el peso de las bastardas pasiones que halagaban las tesis de Lutero.

Novicio en Simancas, impresionó vivamente en el claustro el ánimo de Mariana el ejemplo de su santo maestro el duque de Gandía, para quien fueron manantial de gracia las heridas que en su corazón abriera el desengaño. La firme y precoz inteligencia del neófito se robustece con el metódico estudio; su espíritu, abierto á todo lo grande y bueno, se remonta á las alturas de la verdad y de la virtud austera; su aplicación ingénita halla noble deleite en el cultivo de las lenguas clásicas, cuya hermosura, y muy singularmente la del latín, cautívanle hasta tal extremo que no sólo llega á escribirlas con admirable corrección y facundia, sino que logra sentir también hondamente el genio de aquellos idiomas en los días de su apogeo y merece que la posteridad le asigne el primer puesto entre los historiadores clásicos de su glorioso siglo.

Desde el término del noviciado hasta el año 1561 ilustra Mariana las Cátedras de la insigne Universidad Complutense y gana en buena lid la admiración y el aplauso de la gente docta. Llamado á la Ciudad Eterna por el general de la Compañía, permanece en Roma cuatro años, tan provechosos para su adelanto intelectual y científico como para los espíritus de cuantos oyeron de sus labios elocuentes las solemnes disciplinas del Escolasticismo, en el que fué siempre consumado maestro.

Dos años recibe Sicilia el bálsamo consolador de las valientes peroraciones del egregio hijo de Talavera y nueve asombra á París con la solidez de su doctrina y con el denuedo con que ataca por igual los errores de los herejes y los vicios de los ortodoxos.

Durante tan prolongada separación de la madre patria comprendió Mariana cuan útil sería dotarla de una completa Historia merced á la cual pudiera el mundo entero aprender, libres de todo prejuicio ominoso y de toda arbitraria conseja, las poéticas y complicadas vicisitudes de la noble y turbulenta vida del pueblo español, desde la remota noticia de los primeros pobladores de la Península ibérica hasta el día en que Don Carlos de Austria recogió de las hábiles y vigorosas manos de su abuelo materno la más pingüe herencia entre todas las que hasta entonces recibieran monarcas cristianos á partir de la ruina del Imperio de Augusto.

Aunque nacido en época todavía por demás supersticiosa y apegada á la tradición oral ciegamente, no quiso dar oídos Mariana á muchas de las supersticiones en que como artículo de fe creyeran sus abuelos; pero no pudo tampoco desterrar de las páginas de su libro inmortal ciertas fábulas y consejas, con el mismo esclarecido y riguroso criterio que en tan purificadora tarea hubiera demostrado cualquier moderno historiógrafo.

Andaban en el siglo XVI tan confundidos los dogmas con las farsas y la verdad de los sucesos con las fantasías de las leyendas, que era ciertamente ardua labor establecer una línea de demarcación entre el campo sereno de la Historia y la deslumbrante región de la Poesía. Si por un esfuerzo de la imaginación nos trasladamos á los días en que cupo en suerte á Mariana desplegar las dotes de su profundo talento, no podremos por menos de reconocer que en su obra resplandecen criterio amplio, vigor clásico y saludable doctrina.

En la Historia General de España, que es la obra más vulgarizada del ilustre Jesuíta, aparecen las ficciones y prodigios á manera de episodios, y si alguna vez constituyen la médula del texto, es en los primeros capítulos en los cuales el autor penetra por las nebulosidades de la prehistoria, ciencia que se encuentra actualmente en la infancia y que pue de decirse que ni siquiera se había presentido aún, en los tiempos de Felipe III.

A poco que paremos mientes sobre las graves dificultades que entonces ofrecían los trabajos de investigación histórica, tan penosos en nuestra misma época, nos veremos obligados á admirar en la tan discutida Historia de Mariana un estudio y preparación preliminares no advertidos á primera vista y que bastan por sí solos para tributar aplausos entusiastas á aquella narración reposada y metódica en la que hasta las fantásticas lindezas y las arengas y discursos apócrifos que los personajes pronuncian, si hacen perder en algunos momentos el hilo del relato, no anublan jamás la majestad de la Historia y la dignifican con sentencias graves, levantados pensamientos y originalísimos comentarios.

Inútil sería buscar en las páginas del libro inmortal que venimos analizando someramente, la riqueza de datos y la exégesis de los sucesos que avaloran los trabajos históricos contemporáneos, tanto por la carencia de bien ordenados archivos y por la dificultad de los viajes que en aquellas centurias imposibilitaba la prueba documental, cuanto porque las crónicas de los antiguos Reyes, eje de toda investigación seria, eran de todo punto deficientes, así por el apasionamiento de sus autores como por el irremediable descuido con que hubieron de escribirlas.

Harto mérito era ya el de establecer sin interrupción la cronología de los monarcas castellanos y el de relatar, aunque no con tanta minuciosidad y esmero como los sucesos de este Reino, las vicisitudes por que atravesaron durante la reconquista los demás Estados que constituyen la nación española.

Merece Mariana el dictado de Tito Livio español con que la posteridad le honra, no menos que por la semejanza de su estilo austero con el del clásico historiador romano, por la pureza de lenguaje que embellece la edición latina de la Historia General de España; mas por lo que atañe á la edición castellana, más popular y mejor conocida, brilla en ella de tal suerte el talento original é independiente del autor que no guarda analogía con otra alguna obra de su índole compuesta en análogas circunstancias: es personalísima, es única, y este es su más justo y acabado elogio.

Ameno y gráfico al describir la geografía del territorio, conciso y entusiasta al retratar el carácter de los naturales, sobrio y correcto al referir los sucesos, severo y terminante en el juicio de las personas, digno y profundo si encomia el heroísmo ó execra los crímenes de reyes ó magnates, acaso falte en la Historia de Mariana el cuadro vivo y pintoresco de las populares costumbres, tal vez no resuene el eco de las aspiraciones ni asome el reflejo de la cultura social, quizás no aparezca el conato de sintetizar el espíritu de la evolución psicológica del alma nacional; pero no falta el método sencillo, la moral pura ni el pensamiento elevado. Enlaza con maravilloso tino nuestro autor sucesos coetáneos de los diferentes Reinos peninsulares, relaciónalos hábilmente con los que se desarrollan en países extranjeros y no suele distraer la atención del que lee con episodios difusos ni con prolijas digresiones. Si á veces se permite alguna, la importancia del hecho justifica el súbito apartamiento del principal relato, como, por ejemplo, cuando se detiene á narrar los actos del Pontífice ó las revueltas sicilianas que prepararon el total exterminio de la dominación angevina, ó cuando detalladamente cuenta los preliminares y decisiones del Compromiso de Caspe, prueba inconcusa de la robusta organización política y social de la Monarquía aragonesa.

Manifiesta el Sr. Pí y Margall en estudio acerca de Mariana, donde late la pasión del sectario bajo la frialdad concisa del estilo, su extrañeza al ver la escasa importancia que atribuye y el tibio interés que presta nuestro esclarecido historiador al Descubri miento del Nuevo Mundo. No hubiera parecido al Sr. Pí y Margall tan raro ese estado de espíritu si se hubiese detenido á considerar que aquella empresa, aunque factor eficacísimo para el progreso material de la humana especie, fué para nuestra altruista nación de lamentables consecuencias. No cabe objetar que no estaba en los tiempos de Mariana tan adelantada la ciencia económica que pudiera él apreciar el poco acertado uso que nuestros gobernantes hacían de los tesoros de las Indias, porque si Mariana no podía darse cuenta á tan inmensa distancia, no abreviada cual hoy por la rapidez de las comunicaciones, de la fertilidad y extensión de aquellos vastos Imperios, estaba en cambio en condiciones de apreciar los daños que irrogaba á la Metrópoli, no sólo la constante emigración de la juventud al fabuloso Ultramar, exagerada después de todo, sino también, y muy especialmente, el enervante efecto moral que causaba en nuestra raza indolente y rebelde á la disciplina, la existencia de una remota esperanza de hacer fortuna sin sujetarse á los rigores del trabajo reglamentado y constante.

Es lógico que Mariana, que en las especulaciones filosóficas se adelantaba á su tiempo, diese en el examen de los problemas políticos y sociales de actualidad en sus días prueba de la misma perspicacia con que presintió en el Tratado de Rege et Regís Institutione cambios que habían de operarse á la larga en el gobierno de los Estados de Europa. Es indudable que Mariana vería con honda simpatía la misión catequizadora de los religiosos españoles en las inmensas comarcas descubiertas por Colón; pero parece natural que concediese la preferencia al estudio de los sucesos que contribuyeron á la unidad nacional y nos dieron preponderancia en Europa.

Por otra parte, como quiera que Mariana acabó su Historia con la muerte de Don Fernando el Católico, cuando aún no se había completado la aventura Oceánica con el des cubrimiento de los enormes Estados de Tierra Firme, acaso hubiese aplazado el tratar con la debida amplitud del más trascendental suceso de la Edad Moderna, para cuando historiase el reinado de D. Carlos I, bajo cuyo cetro eclipsaron Francisco Pizarro y Fernando Cortés las proezas de los Argonautas.

Encuentra también el aludido escritor racionalista en las páginas del estudio que venimos analizando cierto encono contra los árabes, maestros eximios, según él, durante su imperio en España, de las Artes y de las Ciencias. En nuestro sentir, Mariana es sincero al denostar á los Moros y no pierde nunca la serenidad y mesura del estilo al apreciar como ferviente católico las bárbaras costumbres y el precario sentido moral de los secuaces de Mahoma. En los días de Mariana estaba muy reciente todavía la epopeya de los siglos medios y no es posible exigir á un escritor del siglo XVI la frialdad con que juzgamos en el siglo XX hechos poetizados por la pátina del tiempo y que ya no pueden impresionarnos tan intensamente como á los súbditos de los Felipes. No era dado á Mariana el juzgar á los musulmanes con el mero interés artístico ó con la enfática serenidad filosófica con que podemos juzgarlos ahora, porque entonces los moriscos que habitaban las regiones de Levante y Mediodía daban sobrada ocasión con su falacia continua, al rigor de los cristianos viejos. Conviene por lo demás, no echar en olvido que el Sr. Pí y Margall se apasiona cuando ensalza á los árabes mucho más que Mariana cuando los denuesta y que la decantada civilización arábigo-española tiene según modernas y razonadas conjeturas menos de oriental que de indígena, resplandeciendo en sus frutos el genio español y las fecundas inventivas del espiritualismo latino por cima de las tendencias sensuales características de las nómadas tribus de la Arabia.

Aunque no hubiese escrito el Padre Juan de Mariana otra obra que su Historia General de España, bastaría tan hermoso libro para su eterna gloria; mas no se contentaron con tan peregrino alarde su laboriosidad ni su talento, y penetrando en las entrañas de los más escabrosos problemas teológicos, políticos y hasta económicos, brotaron de su pluma páginas luminosas que son todavía asombro de la posteridad.

En las Enfermedades de la Compañía de Jesús, Mariana hace alarde de espíritu previsor é independiente y no vacila en romper lanzas contra las deficiencias cometidas por los Católicos, en la práctica de las doctrinas de la Iglesia y, como en el segundo y tercero de los Siete Tratados, predica la necesidad de reformar las costumbres eclesiásticas y de consagrar los esfuerzos de los prelados y clérigos así seculares como regulares, á purgar de errores de interpretación los sagrados textos y á dilucidar qué es lo que lleva la piedad cristiana y qué es lo que aporta la supersti ción del vulgo al examen y conmemoración de los pasajes de la Biblia y de los Hechos de los Apóstoles.

Comprende Mariana con la clarividencia de su talento inusitado, que no cabe luchar con ventaja contra el rebelde espíritu analítico de los propagadores del Protestantismo sin apelar á las armas de la razón para defender las verdades que la fe enseña y sin quitar todo pretexto á los ataques de los herejes, purificando las usanzas de los católicos y sometiendo á los ministros del culto verdadero á una severa disciplina.

Aclara el esclarecido hijo de Loyola en sus Escolios al Viejo y al Nuevo Testamento, las alegorías y metáforas que esmaltan los Libros Santos y pone á salvo de toda crítica capciosa el sentido figurado de numerosos episodios contenidos en ambos textos.

En el libro De Ponderibus et Mensuris hace Mariana curioso y erudito examen de las monedas latinas, griegas y hebraicas, acompa ñado de tablas de reducción á las toledanas que significan ímproba labor.

En la Reforma de las apuntaciones al Concilio Tridentino redactada en 1598 á instancias del cardenal Quiroga Arzobispo de Toledo, persevera el autor de la Historia General de España en hacer derroche de sinceridad y de entereza, prendas las más preciadas de su carácter, y atrae sobre su cabeza tremendas invectivas, por el denuedo con que se atreve á atacar cuanto considera obscuro, artificial ó deficiente.

En el libro De Rege et Regís Institutione desarrolla audazmente Mariana su pensamiento político, hace el elogio de las Cortes, execra la regia tiranía, discurre con tino singular y con elevación de miras no común en su tiempo sobre el principio de la autoridad monárquica; examina el pro y el contra del sistema hereditario, perplejo ante la fuerza de la tradición profana que lo abona y el peso de la tradición eclesiástica que lo reprueba; juzga con desenvuelta osadía á los monarcas y censura la educación deficiente que suelen recibir los príncipes; lamenta la inconstancia y apostrofa con dureza la ingratitud frecuente de las testas coronadas; sueña en fin con un Estado regido por la triple y armónica iniciativa del Rey, la Iglesia y las Cortes en el interior, y lanzado en los negocios exteriores al guerrero apostolado en que las almas se templan y purifican y se halla el remedio más eficaz contra las penurias económicas.

Evidentemente no podía Mariana, por profunda y progresiva que fuese la inteligencia con que le había favorecido el Cielo, emitir en política ni en filosofía juicios tan inmutables que pudieran resistir los cambios ineludibles operados por el transcurso de los siglos. Mariana tenía forzosamente, á pesar de la nativa independencia de su espíritu, que participar de las preocupaciones y de los puntos de vista de sus contemporáneos y no podía redimirse del influjo de opiniones cuyo error ha sido sólo visible para hombres educados á distancia de aquellos turbulentos días y en épocas en las cuales la cultura humana, á costa de dolorosas experiencias, ha avanzado considerablemente.

Sin embargo, por cima de las deducciones y de los juicios para nosotros incompletos é inflexibles del autor, sobresale su temperamento español y su corazón educado en las severas pero consoladoras disciplinas de la fe católica, aparece la enérgica gravedad de los sentimientos de nuestros gloriosos antepasados de San Quintín y Lepanto, se destacan las líneas generales de la fisonomía del Estado español que intentan envilecer y desfigurar con ridículos afeites los afiliados á la Masonería de más allá del Pirineo.

La convivencia del Poder Real con la autoridad de la Iglesia y con la voluntad del pueblo que alza su llana y noble voz en las Cortes, figura en el programa político del Padre