Galerna:4

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Galerna
Capítulo IV
 de Joaquín Dicenta



Las boniteras marchan a la fábrica.

Alzase ésta a la orilla izquierda de la ría, a medio kilómetro de la aldea, dando frente a un muelle, flanqueado por un vivero de langostas y por los hornos de una abandonada fundición.

Es la fábrica un casote cuadrangular, con grandes puertas y ventanas pintarrajeadas de azul. Trabaja los meses de verano. Durante el invierno constituye una soledad más en aquella vía sin tránsito, que golpean los vendavales y las lluvias encharcan.

Por el estío cambia el cuadro.

Próxima a la fábrica, sobre un montecillo que enfronta con la barra, hay una colonia veraniega, compuesta de unos florecidos hoteles. De julio a septiembre ocúpanlos gentes ciudadanas que llevan tras sí un cargamento de chiquillos capaces de alegrar un mundo, cuanto más un rinconcillo montañés.

Las lanchas de bonito suelen atracar junto al muellecillo de la fábrica. Hácenlo también, por las urgencias del vivero, los pescadores de langosta; y, a mayor aumento de vida, pregónanla con sus cánticos las trabajadoras, con su charla las mozas, reunidas en el vecino lavadero.

Un bosque de encinas poetiza el paisaje. Alta cruz de piedra blanquea en los medios del encinar, precediendo a una ermita que tras las encinas se descubre.

Deprisa marchan las obreras a las luces del alba. Una lancha vizcaína llegó con abundante provisión y fuéronlas a despertar, que no es faena para descuidada la de preparar y freír el bonito. Púdrese muy pronto y, apenas desembarcado, hay que proceder al destripe.

Antes que las en ruta, vinieron otras obreras a la fábrica. Encendidos están ya los hornillos; el aceite humea dentro de las sartenes. Los vascos, puestos en cadena, corren de mano a mano los bonitos.

El encargado los recuenta; los pone encima de la báscula; grita el peso y las mujeres recogen la carnaza para dar comienzo a su limpia.

El cansancio de la fiesta y el poco dormir de la noche trae mudas y perezosas a las obreras del camino. Restregándose los ojos vienen, abriendo sus bocas con bostezos de a cuarta. Faltó a muchas tiempo para recogerse los moños y sueltos bailan por sus carrillos y sus nucas.

La Petrona hace punta en el desaseo y el desgreñe. Hinchados, bajo las moradas ojeras, trae los párpados; caídos los brazos; metidos los zapatos en chancla.

Hermosa bestia es la Petrona con su alta estatura y su pecho abultado y sus caderas recias, que ondulan al arrastramiento de los pies... Forma el desgreñado cabello áspera mata en su cogote: almohada natural de quien, como ella, en todas partes sabe disponer lecho; los ojos llamean con perpetua fiebre de pasión; la nariz, respingona, abre y cierra sus ventanillos; la carnosa bocaza enseña dientes que anuncian el mordisco acompañando la caricia. Su piel tiene matices de ébano. Fuego ha de ser la sangre que por el venaje circula.

-¡Poco has dormío! -grita a la Petrona una de las obreras-. Se ve que jugaste a bodas la noche.

-Juguéla -responde-. ¿Y qué hay en ello? A bien que el hermano de Mariuca se merece los desvelares. Ninguno hallé como él. Si a él saliste -añade encarándose con Mariuca- ¡trabajo le encomiendo a Pablo!

Ríen las compañeras el descaro de la buena moza y ésta sacude las caderas.

Mariuca no ríe. Ni siquiera la oyó. A la zaga de todas va, mirando hacia arriba, con pupilas de ensueño.

Como en sueños, contempla la virgen de la noche anterior su amanecer de hembra poseída. Toda completa se recoge en la memoria de la entrega. Para esta memoria vive solo; ella flota en su alma y en sus ojos, que pone estupefacta arriba, sobre el cielo de julio. De allí, cernido por las hojas de los eucaliptos, vino el mandamiento que la hizo rendirse al queredor...

-Díjome tu hermano que saldrán al golpe de las ocho -exclama la Petrona acercándose a Mariuca-. Dios les regale viento. Como echen a remar cochinas remadas dará el mío. Tentóle mucho al jarro y durmió a limosnas. Gracias que como el patrón es tu Pablo y ha de ser su cuñao, no irán las voces diquiá el cielo.

Llegadas a la fábrica, entran en el patinillo cubierto para cambiar de ropa. Sencilla es la suya de faena: una falda corta, un delantal de lona y un blusón. Las piernas y los pies desnudos, al igual de los brazos.

Mariuca es freidora, y el mayor jornal de la freiduría el suyo. Bien lo gana; ninguna échale pie en dar punto al aceite y voltear las rodajas dentro del sartenón.

Claro que no es su tarea muy limpia. Algún manchazo deja el bonito entre los dedos; algún tiznajo llevan a cara y manos el hollín de la sartén y los humeares del aceite. Más de una cicatriz ostenta Mariuca al largo de los brazos por obra de las burbujas saltarinas y de los chispazos del cok.

Sucio y malsano es el trajín de las freidoras, que la atmósfera se enrarece con los gases del horno y con el vahar de la fritura; pero aun así y todo, comparado con el de cortadoras y destripadoras, resulta canongía.

Las destripadoras, metiendo y remetiendo sus facas en el vientre de los bonitos, hundiendo sus uñas en la entraña para arrancarla de un tirón y corriendo con la pieza despanzurrada a lavarla sobre la ría, llénanse de pestilente grasa.

Igual pasa a las cortadoras que han de cercenar las cabezas de los bonitos y partirlos en rajas para relavarlos después y entregarlos a la freiduría.

¡Las pobres mujeres! Ruda es su labor. No les deja paro si hay carne fresca a desentrañar y a partir. Salta la sangre a sus pechos y rostros mientras verifican el destripe; chorrea a hilos negruzcos por sus brazos y piernas; el agua materiosa de los enjuagamientos tiñe sus vestiduras, y, por si ello no bastara a la repugnancia de los ojos, el repulsivo olor de los peces descuartizados penetra los poros de su piel, hace en ellas habitación y trae con ellas, a quien cerca de ellas discurre, crispaciones de vómito.

¡Infelices bestias del jornal! Por ganarlo, vuélvense ellas, mujeres que llevan en su instinto el ansia de parecer hermosas, de ser para el hombre tesoro de gracias, vaso divino de placeres, desperdicio ambulante, vaso de pestilencia.

Los vizcaínos terminan la entrega del bonito y vuelven a sus lanchas para hacerse a la mar.

El bonito tiene fecha fija. Día que se pierde en el puerto, día es perdido para la ganancia. No se recupera.

Izan los arpeos, alzan los remos y calan el timón. Hay que volver al mar; hay que asegurarse el invierno; hay que ganar el pan de las mujeres y los hermanos y los hijos que aguardan en los puertecillos de Lequeitio y de Ondárroa.


Capítulo IV