Galerna:7

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Galerna
Capítulo VII
 de Joaquín Dicenta



Buena va la costera. Tardaron dos días en tropezar con el bonito, pero entra firme y por arrobas embarcan de él los pescadores. El viento ayuda. Es frescachón y estos peces quieren ver la carnada corriendo sobre aguas bravuconas. Gustan de perseguir la presa, de cobrarla al salto, de atraparla cuando se les huye del morro.

Dóblanse las botavaras hasta el ras de las aguas con los violentos tironazos; distiéndese el cordaje, a las botavaras prendido, cuando el bonito se engancha a los aceros. Tira el animal reciamente para librarse del engaño; tira y afloja astutamente el pescador para retener al cautivo; éste recoletea al lejos. A veces se le ve azulear en la superficie de las olas, a veces queda inmóvil, dejando a flor de espuma su hocico redondo y sus ojos saltones; a veces rebrinca dando aletazos en el aire.

El pescador ciñe a las del pez sus acciones, atrayéndole poco a poco, sin forzar el viaje. Por fin llega la última brazada de cordel a los costados de la barca. El bonito da un tirón decisivo; lo da el hombre también; vence el hombre, y el bonito rueda sobre cubierta retorciéndose, abriendo con espanto los imbéciles ojos, sacudiendo la cola, vibrando las aletas, escupiendo sangre por la brecha que rasgó en su morro el anzuelo.

Un centenar de peces bajaron ya al fondo de la lancha. Relucen allí tal que plomo moldeado en lingotes. De tiempo en tiempo el montón se estremece, uno de los lingotes salta y torna a caer con mortal pesadumbre.

La sangre mancha la cubierta. El trajín pescador no permite su limpia. Más tarde se hará, cuando el bando desaparezca. Ahora los ocho hombres son pocos al subir y desenclavar prisioneros. El grumete ayuda. Pablo mismo descuida las atenciones del timón para echar mano a las botavaras.

La mar es recia; el viento duro. Pero el cielo está limpio. A cielo azul no hay mar y viento peligrosos, sobre todo en lancha como la Reina de los Ángeles y llevando un patrón de la práctica y de las agallas del suyo.

Cinco lanchas más pescan en aguas de Reina de los Ángeles. Una es la vizcaína, que dejó Pablo por la popa al salir del puerto.

Para todas hay. Los bonitos hierven tal que manjúa. Los hombres, dominados por la codicia de la pesca, sólo tienen ojos para las botavaras, brazos para los cordeles y atención para los anzuelos.

Amarrados los timones, al objeto de guardarlos en línea, corren los patrones un largo y ayudan a su tripulación. Dos horas iguales a las que antecedieron, y anochecido harán rumbo a la costa para llegar al amanecer.

El viento sopla en la dirección que conviene a las ganancias de su tráfico.

En su ceguera, en su mirar continuo al fondo de las aguas y, más que a ellas, a los aparejos que por ellas flotan y a los peces, que en torno de los aparejos rebrincan, olvidáronse del cielo los afanosos pescadores; no vieron que a su fondo apareció una mancha negra, un breve círculo de sombra. Aquel círculo fue ensanchando, ensanchando. Ya es nubarrón negro y avanza por el espacio con vertiginosa rapidez.

El viento arreció. Algunas olas escupen su espuma en las cubiertas. Un crujir agrio de los palos despierta la vigilancia del patrón de Reina de los Ángeles. Alza la vista, pónela rápida en la negrura de la atmósfera, lanza un terno y grita asiéndose a la caña y encasquetándose con fiereza la boina:

-¡Pronto!... Dejad las botavaras. ¡Arriad la mayor!... ¡Galerna!

No hay que repetir la orden. Las botavaras dan sobre cubierta y los ocho hombres, auxiliados por el grumete, se apresuran a arriar la vela, que cruje al garrazo del viento.

En las otras lanchas realizan maniobras iguales.

Es cuestión de minutos; una sorpresa hasta para el sol mismo, que se halla súbitamente cautivo de las nubes. Hácense éstas profundas, de cárdeno matiz; apelotonadas por el huracán, chocan unas contra otras, formando macizo de tinieblas. Una luz morada filtra de aquel macizo.

El mar se encrespa, respondiendo con los furores suyos al desafío de las nubes. Monte es cada ola; a cuenta de nieve llevan estos montes en sus cimas un penacho de espuma. El viento ruge. Las caracolas de Neptuno tocan a muerte desde el fondo del Océano y mandan al espacio sus ecos.

Las velas mayores, arriadas a un tercio de los palos, gimen con angustia; las menores se estiran como si fueran a estallar; los palos se doblan; el maderamen gime; los patrones han de echar todo el cuerpo sobre la caña del timón para que el timón obedezca; el cielo se ha vuelto carbón; el mar tinta; el huracán da contra la lona manotazos de tigre.

El grumetillo de Reina de los Ángeles, empujado por una racha, rueda sobre cubierta hasta las plantas del patrón; éste álzale en alto con uno de sus brazos hercúleos; le pone entre las piernas suyas y le grita:

-¡Firme ahí! ¡Agárrate a mis piernas!...

El chiquillo rompe en sollozos.

Nunca, en catorce años que lleva por la mar, vio Pablo un galernazo semejante. Apenas dio tiempo de apercibirse a la pelea, y es ella de muerte.

Para facilitar la maniobra no se amarran las velas; los hombres cuelgan en jauría, suspensos de sus bordes, atentos a los mandatos del patrón.

Todas las barcas luchan por igual; todas saltan en el remolino de las olas; todas flotan en la negrura; todas quieren huir, librarse de la muerte, alcanzar la costa.

Una, la vizcaína que navega cerca de Reina de los Ángeles, es levantada por un golpe espantoso y da su quilla al aire. En el aire gira el timón, falto de gobierno; antes que lo recobre, otro golpe de mar coge la lancha de través y la tumba.

Dos de sus tripulantes, envueltos por la vela, desaparecen súbito; otro, alcanzado por una verga, cae abierto de brazos; cinco se cogen a la quilla; el sexto nada briosamente. Una lancha que pasa huyendo la galerna, tira un cabo; el nadador hace firme en él y la barca sigue arrastrándole, recogiéndole a tironazos.

Pablo, que ha puesto proa hacia la costa, ve tumbar la embarcación vizcaína; mira a los hombres asidos a los rebordes de la quilla con uñas y con dientes.

-¡Pásales de largo! -gruñe un pescador viejo, más aferrado que los jóvenes a la vida por restarle menos que vivir.

-¿Pasar de largo? -ruge Pablo-. Poner a ellos la proa. Es preciso salvarlos. Por algo ganamos el pan juntos. Si esos cochinos de la lancha Pepita huyen, nosotros no huiremos. ¡A por ellos! ¿Estamos conformes?

-Sí -vocea la tripulación.

Y la peligrosa faena del salvamento da principio.

En la primera bordada pasan cerca; no lo bastante para darles auxilio. Los náufragos le llaman con voces angustiosas, invocando el nombre de la Virgen.

Virar es peligro de zozobrar para la Reina de los Ángeles; puede cogerla un golpe de través y tumbarla.

Pablo bien lo sabe. Sólo que por algo está su lancha allí.

-¡Todos, o ninguno! -grita con arrogante voz-. ¡Firmes a las velas!... -La Reina de los Ángeles ha virado en redondo.

-Tampoco esta bordada sirve; también pasan lejos. Uno de los náufragos se desprende de la quilla, bota sobre una ola, revolotea entre sus espumas y desaparece. Único rastro suyo es una mano crispada que se agita en el aire.

Hay que virar de nuevo. El patrón lo intenta. Coge el largo, revira y, en aquella bordada, sí, en aquella bordada, salva a los tres hombres.

-No me deis gracias -dice cuando los izan a cubierta. No es tiempo de dar gracias. Puede que sólo hayáis conseguido una cosa: cambiar de sepultura-. ¡Recoged toda la mayor! -sigue-. ¡Dejad la menor a dos tercios de palo!... Ahora -añade empujando fieramente la caña-, ¡a la merced de Dios!


Capítulo VII