Galerna:8

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Galerna
Capítulo VIII
 de Joaquín Dicenta



Es toda congoja la aldea.

Primero, el nublarse del cielo y el enfurruñarse del mar; después, un telegrama venido de Zarauz con anuncio de tiempos duros por el lado del Noroeste, han puesto al vecindario en zozobra.

Tres lanchas de aquel puerto andan a pesca de bonito; tripuladas van por treinta y cinco marineros. Los más bravos son y los más buenos ganadores.

Las mujeres lloran; los hombres pasan y repasan ceñudos por los altos del muelle; los chiquillos se buscan y cuchichean entre sí; los notables de la aldea comentan el telegrama con todo linaje de vaticinios lúgubres, entre sorbo y sorbo de cerveza; los fabricantes se duelen, mitad por mitad, de los hombres que navegan sobre las olas y del paro forzoso que el temporal significa para sus industrias.

Los curas, cumpliendo obligaciones de su negociado celestial, disponen rogativa y suplicatorio en la ermita de la Barquera.

Por junto a la fábrica va desfilando el pueblo; las mujeres, con los mantos caídos sobre los ojos; el llanto temblando en las pestañas y temblando el rezo en las bocas; los chiquillos, parlanchines, revueltos, convirtiendo en juego la romería fúnebre; los hombres, cejijuntos, lentos en el andar, sobrios y esquivos de palabra.

Al enfrontarse con la cruz, las hembras se arrodillan; los varones descubren sus cabezas; los chiquillos se apelotonan como enjambre en reposo.

Entre las mujeres camina Mariuca. Pálida y triste, es divina imagen del dolor. Sus manos se cruzan bajo el manto; sus ojos lloran en silencio lágrimas anchas, espaciadas, que caen de los párpados sin que contracción alguna las ayude.

En su Pablo piensa, en el hombre que batalla a leguas y leguas de distancia, sobre aquel mar cárdeno, bajo aquel cielo negro, entre aquel aire rugidor. A las veces vuelve la memoria a su hermano; pero la sombra del amante, amo ya de su cuerpo, desvanece la otra y acaba siendo absoluta dueña de su imaginación.

También figura entre las mujeres Petrona, mordiéndose los rojos labios, arañando sus manos sin piedad.

Al tocar los escaloncillos de la cruz, Mariuca se dobla como planta batida por el cierzo. Petrona se deja caer de golpe, descargando contra el escalón el mazo de sus choquezuelas.

Se levantan, luego de persignarse, y siguen a la ermita.

La multitud rebosa en el atrio -no es capaz la nave para toda la aldea-. Las campanas llaman a oración. Los cirios arden sobre el altar. Parecen lágrimas de luz.

A la cabeza del cortejo formaron el señor alcalde y los notables. Detrás marchan las aldeanas. Los marineros, franqueados por los rapaces, cierran la procesión.

Es la ermita humilde. Por cuatro ventanales de vidrería opaca entra en ella la luz; luz de crepúsculo, que difumina las imágenes y entenebrece el ánimo.

En el altar mayor preside la Virgen. Tosca es de facciones, como las marineras que le rinden su culto. Un manto negro cae de su cabeza a los remates de los pies. Ciñe corona de metal y prende a su cintura un rosario de abellotadas cuentas.

En el muro derecho hay un San Pedro rodeado de ex votos.

-En el izquierdo preside un Cristo de negra cabellera, barba despeinada y cutis de caoba. Es horrible. Su boca se contrae como si fuera a prorrumpir en maldiciones; sus ojos bizquean; las espinas son zarzal de sus sienes. El escultor, a falta de mejores recursos, hizo derroche en las heridas. Las de los pies se abren en estrías bermejas; los agujeros de las manos son cavidades purulentas; la sangre brota a chorros, por los labios, de la lanzada.

Un harapo cubre las virilidades de Jesús. El Inri campea con letras amarillas sobre el remate del madero. A las plantas del Nazareno brilla una lámpara de aceite que chisporrotea al arder.

Ahora está la hostia de manifiesto en el santuario, que la purpurina pretende volver oro. A sus pies oran dos sacerdotes, inclinando sus cabezas de hombres castrados por el trasquilón de la tonsura. Revestidos para la ceremonia, imploran misericordia de la Divinidad.

La multitud repite el rezo; al principio, lentamente, casi cuchicheando. Luego suben poco apoco las voces hasta concluir, por la parte de las mujeres, en destemplados gritos, en sollozos y ayes de agonía.

La patena reluce como un sol de artificio en el fondo del santuario. Tiene el santuario por bóveda un cielillo azul con nubes de carmín, donde aletean ángeles.

Todo es luz y alegría en aquel ciclo artificial. En el cielo de fuera, en el que se ve desde las rocas, todo es negrura y amenaza.

Cada vez hácense más densas las nubes, más gigantes las olas, más rudo su chocar contra los dientes de las peñas.

El huracán suena ronco en las cavidades; troncha los arbustos, desgaja los álamos, sacude las encinas, levanta de tierra los guijarros, alza en el suelo remolinos de polvo, llega rugidor hasta el atrio, y azota sus columnas, apagando con su voz imperiosa el servil murmullo de los rezos.

El Hereje pasa por cerca de la cruz, calada la boina, rápidos los andares, amargo el gesto de la boca. Su cuerpo de Hércules rechoncho desafía los embates del vendaval; su pelambre gris va y viene como un montón de púas.

Al aproximarse a la capilla se detiene, poniendo atención a los murmullos rezadores. Sonríe compasivamente, se encasqueta la boina, encoge los hombros y hace rumbo al castillo.

Un mozalbete desgreñado pasa corriendo por cerca del Hereje, y murmura algo que él sólo oye.

El viejo aprieta el paso. El zagalón sigue su carrera. Más la precipita según se acerca al atrio. De dos brincos lo salva, llega a la puerta del oratorio, ásese de su quicio, y con voz temblante de emoción, pronuncia una palabra sola:

-¡¡Lancha!!...


Capítulo VIII