Galerna:9

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Galerna
Capítulo IX
 de Joaquín Dicenta


Lejos viene, apenas perceptible para ojos marineros, invisible aún para los no hechos a bucear horizontes en horas de borrasca.

No más se descubre la vela. Agítase allá, en la negrura movediza, como un lienzo pedidor de socorro. Esta visión es intermitente; aparece y desaparece sobre una línea blanca que determina los contactos del cielo con el mar.

La aldea entera fue al castillo, olvidando rezos y prácticas, al anuncio de que una lancha arriba en dirección del puerto. Los mismos oficiantes siguieron a la multitud.

Quedó solitaria la ermita, con sus cirios ardientes, con su virgen de manto negro y corona de mentida plata, con su tabernáculo de falso oro, guardador de un sol artificial y de un cielo postizo.

Sólo quedó el Nazareno ajusticiado, de la pelambre negra y de las crueles heridas. La gente abandona el espectáculo de su drama simbólico ante el drama real que prologa encima del Cantábrico un cacho de lienzo.

En el primer término del roto cubo castellano están el alcalde, los sacerdotes y los notables del concejo. Tras ellos se abre un claro: en el mismo dolor hay par a la humanidad sus jerarquías y distancias. A continuación del claro se agrupan viejos y mujeres. Los chiquillos, encaramáronse a las alturas; los pescadores, a los objetos de conseguir horizonte mayor, suben hasta el pico donde campea el faro. El espectáculo es imponente.

No hacen falta héroes y dioses, como ordenan los cánones, para el vivir de la tragedia. No hace falta que esos héroes y esos dioses constituyan la acción primaria y sean figuras principales, a quienes el pueblo sólo sirve de coro.

Tragedia, bárbara tragedia es la presente, y el pueblo principal personaje. Pueblo son los tripulantes de la barca que arriba; pueblo la multitud que aguarda. Son pueblo. Coro los ricos, los notables, los que nada arriesgan en el peligro de aquella embarcación, los que nada perderán si zozobra.

Tiene el mar en sus aguas fruncimientos coléricos, arrugas de odio, agitaciones de rencor. Sus calmas momentáneas son acecho; durante ellas el huracán lo eriza. Cuando el acecho se resuelve en un golpe de mar, es éste formidable. La ola sube al espacio, avanza rugidora; cobra mayor fuerza y volumen con las olas que revienen deshechas, se comba en arco verde coronado de espuma; y rompe fiera contra las peñas, transformándolas en catarata.

Bajo el cielo, robándolo a los mirares de la tierra, flotan nubes de hollín que se abren en moradas bocazas para escupir el rayo. El viento, yendo y viniendo de las nubes al mar, es voz horrísona de toda aquella cólera.

No parece ya la barra, como en los días claros, animalote submarino que hizo viaje a la superficie para dormir bajo el beso del sol.

Monstruo es despierto, que amenaza contrayendo su rugosa piel de saurio prehistórico, dando bramidos espantables, arrojando espumarajos por la boca, haciéndose todo él garra y dientes para descarnar y morder.

¡Ah, la barra! ¡La barra! A espalda suya corren las aguas mansas, ofreciendo puerto seguro al navegante. Para éste la ría es salvación. Sólo que la barra, en las horas de tempestad, cierra el paso a la ría, lo imposibilita, poniendo en orden de batalla su legión de rompientes.

La barca viene rápida. El viento la impulsa a las veinte millas por hora.

-¡Es Reina de los Ángeles!... - grita el Hereje desde una alta peña, donde se yergue solitario.

A la voz del viejo, tres mujeres se apartan del grupo femenino; desvían con rudo empujón a los ricachos de la aldea, alcanzan el barandal del cubo, trepan a él y saltan por las rocas en dirección del mar.

Una de aquellas mujeres es la madre de Pablo. La última Petrona. La que precede a la misma madre, Mariuca.

Hasta la última peña, hasta aquella a que brinca, codiciando presa, el oleaje, llegan las tres mujeres. Allí caen de rodillas, con las manos en cruz y los labios estremecidos por el frasear de una salve.

A imitación suya, todas las mujeres se arrodillan; los viejos inclinan sus frentes; los hombres se descubren al largo de las peñas los chiquillos guardan silencio. Un sacerdote, levantando al cielo sus manos, inicia la plegaria.

El rezo de la ermita se reanuda ante el mar implacable, bajo la bóveda siniestra del espacio sin sol.

Claramente se distingue la lancha. El Hereje acertó. Es Reina de los Ángeles.

Sobre la cordillera de olas baja botando y rebotando. Juguete es de los monstruos líquidos que la llevan y traen con asesino peloteo. Sus guiadores pretenden enfrontarla con la barra para ganar la ría.

A un tercio de palo va la vela menor. Aferrados a ella cuelgan los tripulantes. El patrón gobierna en la popa.

¡La pobre lancha!

Hace pocos días salió, con otras más, del puerto. El sol la vio partir, enviándola sus risas de oro. En encajes de plata se rizaba el mar ante su quilla. Empujaba el viento con caricia suave sus velas. Cantaban y reían los hombres. Las gaviotas acompañaban su camino en poético certamen de volares.

Ahora, ni sol ni risas.

Huida es el gallardo avance; ala rota la vela triunfal de aquel amanecer; coro fúnebre el canto de los marineros; crespón mortuorio el cielo; verdugos impiadosos las olas. Los cuervos marinos graznan agoreros por cima de la lancha.

Llega ésta a saltos espantosos. Tan pronto se retuerce sobre crestas de espuma, como cabecea en el aire, para caer de golpe al fondo de movibles abismos. Ya sale de ellos; ya trepa vertiginosamente a la cresta de otra ola; ya se hunde súbito; ya retorna a surgir. ¡Gimnasia brutal cien y cien veces repetida!

Aterrada sigue la multitud las convulsiones del Reina de los Ángeles.

Hállase ya muy cerca. Se ven las caras de los tripulantes, contraídos por el horror lívido de la muerte. Colgantes van de la vela, que los zamarrea en montón.

Abierto de piernas, para guardar el equilibrio, incrustadas las uñas sobre la caña del timón, álzase la figura brava de Pablo.

Destocado viene, los cabellos al vendaval, los ojos al frente, imperioso el gesto de la boca. Por entre sus rodillas asoma la cabeza rubia del grumete.

Es el último azar, jugado con arrogante valentía, en el asesino paso de la barra.

La multitud mira en silencio, con los ojos saltando de las órbitas.

Una ola gigantesca corre hacia la Reina de los Ángeles y rompe contra ella, cubriéndola de espuma. Entre las blancuras rugientes queda envuelta la lancha.

Por un segundo no la ven. Luego surge de un salto, oscila en la atmósfera y rueda a los cóncavos bramadores. Nueva ola la recoge, álzala otra vez y torna a despedirla contra los vanos del espacio. Se ve al timón yendo de un lado a otro, como brazo humano que no halla donde asirse. Antes de conseguirlo, una ola más, llameante de espumas, se desploma contra la Reina de los Ángeles y la tumba palo abajo, con la quilla hacia el sol.

Un alarido sale por cien bocas a un tiempo.

Aquí y allá, sobre el oleaje, agítanse brazos frenéticos, rostros lívidos, contraídos por mortal desesperación. La espuma los borra.

Aún queda un hombre encima del mar: Pablo.

Con sus brazos hercúleos se sostiene sobre las olas buscando el paso de la ría.

Otros brazos quieren ayudar a los suyos desde las rocas del castillo: los brazos de Mariuca, extendidos hacia él.

Avanza... Avanza... De repente, un golpe de mar, superior en fiereza al que tumbó a Reina de los Ángeles, levanta a Pablo, ¡y allá va el humano pingajo a estrellarse sobre los picos de la barra!...

También la espuma lo borró.

Mariuca yace de espaldas, con los brazos en cruz.


Capítulo IX