Gesta/Mosaico/Nox-dolorosa

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NOX-DOLOROSA
á Prudencia Plaza

¡Q

UÉ horror! Siento una pesadez inmensa en el espíritu y en el cerebro. Una especie de inconsciencia se apodera de mi ser íntimo, al mismo tiempo que el cuerpo es sacudido por convulsiones nerviosas. Algo así deben sentir los desesperados y los locos.

Soy una máquina. No pienso; no podría hacerlo por más que me esforzara. No pienso: ejecuto.

Doblado sobre el bloc, escribo y escribo como un autómata.

Digo de cosas del día, mientras resucito escenas pasadas y á mi memoria se agolpan, sin darme cuenta de ello, recuerdos que creía envueltos, para siempre, en nubes de olvido.

Hay en mí dos indivíduos. Uno que vive en tiempos que pasaron; otro que no vive pero que acciona en el presente.

El día está gris. Inmóviles sombras cubren el cielo y el agua, fría y menuda, cae de lo alto sin cesar. Parece que estuviera lloviendo tristeza.

¡Cuánta niebla! He abierto un libro y al leer algunas de sus páginas he experimentado una sensación rara como si entre mis ojos y el papel estuviera interpuesta una capa de ceniza. Despues he vuelto á leer; y he vuelto á leer; y he leído tres veces más las mismas páginas; y no sé lo que he leído!

Aquí, solo en mi cuarto de trabajo, sin más compañero que Murr, mi hermoso gato,—más hermoso que el primero á quien se llamó así,—que enarca el lomo á cada instante, hace una pirueta y se hunde en un amodorramiento envidiable, pronuncio frases incoherentes que pudieran servir de cabeza á un proceso moral hecho por cualquier patólogo.

¿Y las ideas? ¿Dónde están? ¿Se han ido ó es que nunca las he tenido? ¡Qué suplicio! ¡Sí! las ideas se han ido y al irse han dejado una huella dolorosa. Me duele el cráneo. Me duele con un dolor que se diría producido por un ensanchamiento de huesos. Ya no veo nada; hay una venda en mis ojos. Un momento más y caigo en el anonadamiento absoluto.

¡Qué lejos estoy de todo! Si así me sorprendes ¡oh vieja pálida!—en este estado de marasmo,—ten por seguro que no sentiré tus pasos. ¡Qué chasco vas á darte!

Siento y veo laxitudes en el cuerpo y opacidades en el pensamiento. He llegado á ese estado en que se lamenta el olvido de todo pero en que se tiene la conciencia de la inconsciencia. ¡Oh espíritu, oh alma, oh luz!

Indudablemente es el peor de los estados; preferible, mil veces, es el aniquilamiento completo.

Un minuto. Un siglo. Una eternidad. No sé; pero el despertar no llega. Tampoco lo ansío, no lo espero, no lo quiero. Y entonces me invade una voluptuosidad dolorosa; poco á poco el sopor letárgico va desapareciendo, lucho otra vez con la idea, quiero ver claro en mi pensamiento. ¡Imposible! ¡Me he engañado! ¡La luz no se hace!

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Y es que esa luz que ha de romper las capas grises, que ha de despejar las nebulosas, no aparece como el sol sobre los mundos.

El día esperado es un día que se hace sin que lo anuncie una aurora. Es un día que estalla con las reverberaciones de un incendio.

Y entonces ¡Ah! entonces... viene la locura ó el resplandor de la hoguera.