Historia II:Guerras de Italia

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A fines del siglo XV había en el Occidente de Europa tres grandes Estados: los reinos de España, de Francia y de Inglaterra. Por el contrario, los países del centro de Europa, Alemania e Italia, permanecían divididos entre gran número de pequeños príncipes y de ciudades independientes. Los reyes de los grandes Estados trabajaron para hacerse dueños de los países más débiles.

El rey de Francia, Carlos VIII, dio el ejemplo. Atravesó con su ejército toda Italia para ir a conquistar el reino de Nápoles (1494). Así empezó una serie de guerras, que se han llamado guerras de Italia.

El ejército del rey de Francia era poderoso principalmente por su caballería. Los mejores jinetes, llamados hombres de armas, iban, como los caballeros antiguos, cubiertos con armadura de hierro completa, constituida por varias piezas, de modo que protegía todo el cuerpo, las piernas, los pies, los brazos y la cabeza. Montaban caballos bardados de hierro y combatían con la lanza. Con ellos iban arqueros a caballo, protegidos solamente con coraza de cuero, que no les cubría más que el busto, y montados en caballos más ligeros. Peleaban principalmente con espada.

La mayor parte de los jinetes eran gentiles-hombres. Los nobles no querían servir en la infantería a no ser en calidad de oficiales.

El rey llevaba consigo algunos miles de infantes, sobre todo suizos, pero ya se empezaba a alistar franceses, sobre todo en el Mediodía. Los infantes más vigorosos llevaban pica larga, los otros combatían con alabarda o espada (sólo más tarde se utilizó el arcabuz). En batalla, los hombres armados de pica se ponían delante.

El rey de Francia era dueño de la mejor artillería de la época. Los cañones, colocados en cureñas ligeras, eran arrastrados por caballos y disparaban pelotas de hierro. Pero no se utilizaban todavía los cañones más que para demoler las murallas de las plazas fuertes. La artillería y la infantería servían sobre todo para los sitios, pues las batallas se decidían, por lo común, mediante cargas de caballería.

Este ejército, formado únicamente de voluntarios, no era numeroso, 30.000 hombres apenas, y la mitad, por lo común, eran jinetes. Pero ningún Estado de Italia tenía ejército capaz de resistir a la caballería del rey de Francia. Los soldados italianos (condottieri) hacían de la guerra una profesión, y se habían acostumbrado a ponerse de acuerdo y a batirse de modo que no se hicieran demasiado daño.

Carlos VIII conquistó sin dificultad el reino de Nápoles; pero todos los Estados de Italia se unieron contra él y no pudo conservar su conquista.

Luis XII, rey de Francia desde 1498, reanudó las expediciones a Italia. Comenzó por atacar el ducado de Milán, que reclamaba como heredero de su abuela, hija de un antiguo duque de la ciudad.

Cuando el ejército francés invadió el ducado, algunas ciudades fortificadas intentaron resistir en un principio. Luis XII ordenó pasar a cuchillo a todos los habitantes. Este procedimiento aterró a los italianos, y las demás ciudades se rindieron sin lucha. El duque Ludovico Sforza huyó. Fue a tomar a su servicio infantes suizos y con ellos volvió al ducado. Pero los generales franceses se pusieron de acuerdo con aquellos mercenarios, les prometieron dejarles marchar con sus bagajes, y los suizos abandonaron al duque, que fue hecho prisionero y enviado a Francia. Luis XII quedó nombrado duque de Milán.

Reclamó en seguida el reino de Nápoles. Se convino con Fernando, rey de Aragón, que poseía ya la Sicilia, para conquistar juntos el reino y repartírselo. Los ejércitos de Francia y España, reunidos, ocuparon sin esfuerzo el país (1501). Pero, cuando hubo que hacer el reparto, los dos reyes se indispusieron. Los franceses y los españoles se batieron entonces. Un gentilhombre francés del Delfinado, Bayardo, empezó a hacerse célebre por su valor y su lealtad, y se le denominó el "Caballero sin miedo y sin tacha". Un día defendió solo un puente en el Garellano contra una tropa de jinetes españoles. Por último, los franceses fueron expulsados y todo el reino de Nápoles quedó en poder del rey de Aragón (1504).

Luis XII conservó algunos años todavía el Milanesado y aun intentó ensancharlo, se alió con otros príncipes e invadió el territorio de Venecia. El Papa Julio II le ayudó en esta guerra y llevó él mismo sus tropas a campaña. Pero Venecia hizo la paz, cediendo al Papa las ciudades que quería poseer. El Papa se volvió entonces contra Luis XII, manifestando que había que "arrojar de Italia a los bárbaros", es decir, a los franceses. Se formó contra el rey de Francia una coalición, llamada la Santa Liga, en que entraron el Pontífice, Venecia, el rey de Aragón, el emperador y hasta el rey de Inglaterra. El Papa excomulgó a Luis XII y a sus aliados.

Después de dos años de guerra, los franceses fueron expulsados de Italia. Un ejército inglés penetró en Francia por Calais, otro suizo la invadió por la Borgoña (1513). Luis XII no obtuvo la paz sino renunciando a sus conquistas. El rey de Francia no conservó nada en Italia. El de Aragón continuó poseyendo el reino de Nápoles, y el Milanesado se entregó a un duque italiano.

Durante estas guerras los españoles habían creado un ejército nacional. Los jinetes españoles, menos poderosamente armados y montados en caballos más pequeños, no podían, por lo común, resistir a los hombres de armas franceses. Pero los generales del rey de Aragón (el más célebre fue Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán), tuvieron la idea de organizar una infantería constituida por españoles.

Los infantes iban armados de tres maneras distintas. Una parte llevaba todavía las antiguas armas españolas, la espada y la rodela, pequeño escudo redondo. Otros fueron armados con pica larga, a la manera de los suizos. A otros se dio la nueva arma de fuego que acababa de inventarse, el arcabuz. Todos estaban reunidos en un mismo regimiento, llamado tercio. En batalla se alineaban según el modo como estaban armados, delante los que combatían con espada, manejando la rodela con el brazo izquierdo; detrás de ellos los soldados armados de pica, y en último término, los que llevaban arcabuz, que disparaban por encima de las cabezas de los otros. La infantería española tuvo muy pronto reputación de ser una de las mejores de Europa.

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