Historia III:Conquista de Méjico

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Los españoles habían ocupado primeramente las islas de las Antillas, donde buscaban oro en los ríos, y luego se establecieron en el continente que hay frente a ellas, cerca de Panamá. Un aventurero español, Vasco Núñez de Balboa, oyó hablar de un gran mar a pocas jornadas de marcha al sur. Partió con 190 españoles, cargadores y guías indios, atravesó bosques espesos y descubrió el océano que Magallanes iba pronto a dominar Pacífico (1513)

Los indígenas de la costa notificaron a los españoles que en el interior habitaban pueblos ricos y poderosos que tenían grandes ciudades. Un pueblo guerrero, los Aztecas, había sometido a los pueblos vecinos y fundado en las montañas un gran reino. Eran hombres altos y vigorosos, de tinte aceitunado, barba clara y mucho pelo. Cubríanse con telas de algodón y se engalanaban con plumas, oro y piedras preciosas. No tenían ganado, porque no existía en la América del Norte ningún animal doméstico. Cultivaban el maíz y el algodón. Regaban sus huertos por medio de canales. Su capital, Méjico, se alzaba en una isla, enclavada en una laguna, y estaba rodeada de un recinto de piedra y cortada por canales por los que se transitaban en barca. Tenía calles muy anchas, plazas, jardines y palacios de piedra, y ancha calzada la unía a tierra firme. Se iba desde la capital a las otras ciudades por grandes caminos y puentes de piedras. Aquellos pueblos sabían dibujar y pintaban en telas de algodón, pieles y aun hojas de árbol, una especie de escritura que les servía para perpetuar la historia de sus reyes.

El rey, considerado descendiente del dios sol, habitaba en un gran palacio. Al lado se alzaba un gran templo en forma de pirámide, terminado en una plataforma, a la que se llegaba por una escalera de 114 escalones. En la plataforma, dentro de una torre, había ídolos de piedra que representaban a los dioses. Los días de fiesta les eran llevadas víctimas humanas, un sacerdote abría con un cuchillo de piedra al cuerpo de la víctima, arrancaba el corazón y, sangrado, lo acercaba a los labios del ídolo. El santuario estaba rojo de sangre.

El gobernador de Cuba envió una expedición en busca de los tesoros de oro y plata que se decía amontonados en aquella capital. Púsola a las órdenes de su secretario Hernán Cortés, hidalgo llegado a América en 1504.

La expedición, formada por 400 españoles, 200 indios, 16 caballos y 14 cañones, desembarco en la costa del continente (1519). Encontró un pueblo de guerreros armados con arcos y lanzas, valientes y dispuestos a la lucha; pero, después de un primer combate, no intentaron seguir resistiendo.

Una profecía aseguraba que el dios del viento y del sol había prometido antaño a su pueblo volver atravesando el Océano. Los españoles venían del mar en grandes barcos de madera. Aparecían cubiertos con armaduras de hierro, montados en animales desconocidos, los caballos; lanzaban el rayo por la boca de sus cañones, y así los indios los tomaron por dioses.

El rey de Méjico, Montezuma, ordenó recibirlos con respeto y mandó darles oro, plata y adornos de pluma. Hernán Cortés le envió a decir que era mandado por un gran rey para entregarle un mensaje. Para asegurarse él los beneficios de la expedición, envió a España los presentes de Montezuma y pidió el puesto de gobernador del país que iba a conquistar. Para obligar a sus hombres a seguirle, dijo que sus barcos ya no podían navegar y mandó arrimarlos a tierra y quemarlos.

La expedición se internó en Méjico, acompañada de una tropa numerosa de indígenas, atravesó las montañas y llegó a la capital. Montezuma recibió a los españoles con respeto y los alojó en un palacio de su padre. Hernán Cortés le indujo a hacerse cristiano y a reconocerse súbdito de Carlos V. Montezuma no quiso cambiar de religión, pero se manifestó dispuesto a pagar al soberano de España un tributo de oro.

Hernán Cortés supo más tarde que los indios habían atacado a los españoles que quedaron en la costa. Fué a prender a Montezuma dentro de su palacio, le llevó a donde estaban los españoles y le trató como prisionero. Desde ese momento se consideró dueño del país.

Pero el gobernador de Cuba, Velázquez, no quería dejar escapar un asunto tan bueno. Envió 800 hombres y 80 jinetes, con orden al jefe de que destituyese a Cortés del mando. El conquistador, dejando una guarnición en Méjico, bajó con el resto de sus hombres al encuentro de la tropa enviada contra él. Una noche oscura la sorprendió en su campamento e hizo prisionero a su jefe. Casi todos los soldados le siguieron.

Mientras tenía lugar esta expedición de los españoles, la guarnición que quedara en Méjico había degollado a unos nobles del país, y los indios, irritados, la habían cercado en la ciudad. Hernán Cortés llego en su auxilio, pero, a su vez, se encontró bloqueado. Los guerreros indígenas no tenían para combatir más que lanzas con punta de cobre, venablos y hondas, y sólo protegían su cuerpo con túnicas de algodón y pequeños escudos de junco; pero constituían una masa enorme y parecían decididos a dejarse matar todos para concluir con los invasores. Hernán Cortés trató de servirse de Montezuma. El rey subió a la azotea y dijo que ordenaba a sus súbditos que dejasen marchar a los españoles. Los sitiadores, furiosos, le tiraron piedras, fué herido y murió.

Hernán Cortés intentó hacer salir sus tropas por la calzada que atravesaba el lago. Los indígenas, tripulando canoas hechas con troncos de árboles, lanzaron una lluvia de piedras y venablos. Los españoles, presa del pánico, llegaron a un sitio donde el dique estaba cortado. Los que iban delante se ahogaron, los otros, pasando por encima de los cadáveres, llegaron en desorden a tierra firme. Habían perdido los dos tercios de su gente, todos los cañones, la mayor parte de los arcabuces y de los caballos y todo su oro. La expedición evacuó el reino (1520).

Volvió en 1521 y atacó la ciudad, tardando cerca de diez semanas en apoderarse de las casas una por una.


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Hernán Cortés mandó reedificar Méjico y tomó el título de virrey. Sus compañeros ocuparon poco a poco todo el país, que se llamó Nueva España (más tarde Méjico). Los españoles, llamados conquistadores, sustituyeron a los cabecillas. Fué cada uno un señor y vivió en un gran dominio que cultivaban los indígenas.

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