Historia III:Descubrimiento del Perú

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Los españoles, que se habían establecido en el continente cerca del Panamá, oyeron a los indígenas hablar de un país, por la parte del Sur, donde el oro eran tan abundante que se utilizaba para la vajilla. Tres aventureros se asociaron para ir en busca de aquel país.

Pizarro, que en España había empezado siendo porquero, había hecho ya expediciones en América y tenía experiencia, pero no dinero. Almagro había reunido una banda de aventureros. Luque, sacerdote de la iglesia de Panamá, aportaba dinero y la protección del gobernador. Debía percibir en cambio un tercio de las tierras, de los tesoros y de los esclavos.

Pizarro y Almagro partieron con 160 hombres en dos barcos (1526) y bordearon la costa del Pacífico. Tuvieron noticia de que en las montañas había ciudades y tesoros, pero los guerreros indígenas les interceptaban el camino. Pizarro fué a España (1528) e hizo que el rey le diera el privilegio de descubrir el país que se denominaba Perú, del cual había de ser gobernador. Alistó 250 hombres y volvió a Panamá.

Pizarro y Almagro partieron en tres barcos (1532), desembarcaron en la costa y dejaron allí 50 hombres en una fortaleza. Internáronse con 120 infantes y 67 jinetes.

Cruzando la cordillera de los Andes, se llega a una meseta muy alta (de 3.000 a 4.000 metros), cuyo clima es suave y sano. Allí había fundado un poderoso reino indígena la familia de los Incas. Sus súbditos les obedecían considerándolos descendientes del dios Sol. Cultivaban el maíz y las patatas (es el país de origen de esta planta) y daban a los Incas y al dios Sol los dos tercios de sus cosechas. Los grandes rebaños de llamas que pacían en las montañas eran asimismo de los Incas. Sus servidores esquilaban la lana y la distribuían entre los habitantes para tejer telas. Al Inca iba a parar también el oro y la plata recogidos en el país, y aplicaba estos metales al adorno de los palacios y de los templos. En la capital, Cuzco, el templo del Sol tenía las paredes cubiertas con planchas de oro, y los cadáveres embalsamados de los Incas estaban sentados en tronos de oro.

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