Historia VII:María Estuardo

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La reina de Escocia, María Estuardo, hija de una princesa francesa hermana del duque de Guisa, se había criado en la corte de Francia. Hablaba francés, hacía aún versos franceses y se consideraba francesa, no hablando el inglés ni el escocés (dialecto céltico). Sin tener facciones regulares, era graciosa, la voz suave y un atractivo que la hacía amar. Era aficionada a la música, cantaba bien y tocaba el laúd.

Se había casado con el joven rey de Francia Francisco II, que murió pronto. Abandonó Francia con pesar. Desde el puente del navío que la transportaba, dirigía los ojos a la costa, lloraba y repetía: «¡Adiós Francia!».

Encontró en Escocia un pueblo rudo y pobre. Los escoceses acababan de adoptar la religión calvinista (véase Historia V:La Reforma presbiteriana) y desconfiaban de una reina católica. María mandó decir misa en su capilla. El predicador calvinista la censuró por introducir la idolatría —así llamaban a la misa— y en sermones violentos reprochó a la reina por que bailaba. María, acostumbrada a los juegos y a la conversación de Francia, juzgó que la vida era triste en Escocia. Pero supo hacerse amar del pueblo; iba a visitar familiarmente a las gentes, asistía a los juegos y a las tiradas de acto y leía para distraerse.

Intentó restablecer en Escocia el culto católico y casarse con el hijo del rey de España; pero sus tíos, los Guisas, hicieron fracasar el proyecto. Se decidió entonces a casarse con Darnley, un señor escocés guapo, vanidoso y frívolo, que se embriagaba y pasaba parte del tiempo cazando (1564).


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Al principio, María fué sostenida por los nobles. Pero no se avino con su marido, que quería gobernar en su lugar. Un día, el rey hizo dar muerte delante de ella a su secretario, un italiano católico llamado Rizzio. María le lloró y juró vengarle. Fingió reconciliarse con su marido, y un día que estaban juntos en una casa de Edimburgo, salió de noche y, de madrugada, se hizo volar la casa. Darnley resultó muerto.

María escribió que quería castigar a los asesinos de su marido; pero se fué con uno de ellos, un señor brutal llamado Bothwell, y, poco tiempo después, se caso con él. Pronto se indispusieron. María habló de suicidarse. La mayor parte de los nobles eran a la sazón enemigos suyos.


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La reina salió, vestida de hombre, con dirección a Edimburgo, y en el camino se puso las ropas de una mujer del país. Los señores la cogieron y la llevaron a la ciudad. Tuvo un acceso de cólera y apareció en la ventana con el pelo suelto y gritando: «¡Auxilio!» Los señores le dieron a elegir entonces entre el divorcio o la abdicación. Abdicó. Fué encerrada en un castillo, se fugó e intentó hacer guerra. Pero de lo alto de una colina, desde donde presenciaba un combate, vió a los suyos dispersados y huyó a Inglaterra.

Isabel se negó a recibirla hasta que se hubiera justificado. María manifestó que moriría antes de alegar contra sus súbditos. Los señores escoceses la acusaron de haber preparado el asesinato de su marido, mostraban cartas de ella encontradas en un cofrecillo, en las que se hablaba de asesinato. (Se discute todavía si estas "cartas del cofrecillo" eran falsificadas). Isabel manifestó que las presunciones contra María eran tan graves, que no podía recibirla sin comprometer su propia honra. La hizo custodiar con centinelas de vista, como prisionera, en diferentes castillos.

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