Historia XII:Gobierno de la Iglesia

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En los asuntos de la Iglesia Carlos se dejaba guiar por Laud, al que había nombrado en 1633 arzobispo de Cantorbery, es decir, jefe de la Iglesia de Inglaterra. Laud no quería restaurar el catolicismo, pero sí conservar las ceremonias exteriores y hacerlas celebrar «con tanta uniformidad como fuera posible». Decía que «la unidad no puede durar en la Iglesia cuando la uniformidad está excluida de ella». Ordenó colocar en todas las iglesias la mesa de comunión al lado del oriente, y doblar la rodilla al pronunciar el nombre de Cristo.

Los disidentes, como los presbiterianos de Escocia, prohibían divertirse en domingo. Laud mandó hacer pública una declaración del rey que permitía bailar, el tiro del arco y representar comedias en la tarde del domingo, y obligó a los pastores a leer esta declaración en el púlpito.

Laud quería hacer que todos los pastores celebrasen el culto exactamente de la misma manera. Envió delegados a girar una «visita» a todas las iglesias, para cerciorarse de que los pastores ejecutaban sus órdenes. Los que no lo hacían fueron juzgados por un tribunal especial (llamado Alta Comisión) y destituídos. La reina tenía entonces a su lado un enviado del Papa, y, como algunas damas se convirtieran al catolicismo, los ingleses creyeron que Laud quería restaurar la religión católica.

Laud tuvo entonces en contra, no solamente a los disidentes, sino a la masa de los protestantes ingleses. Se publicaron contra él libelos. Hizo comparecer ante la Cámara estrellada a tres autores. Uno de ellos era Prynne, preso a la sazón. Ningún abogado se atrevió a defenderlos, el tribunal se negó a escucharlos, y los condenó a la picota, a perder las orejas, a pagar una multa de 5.000 libras (125.000 pesetas) y a prisión perpetua, sin disponer de pluma, tintero ni papel (1637).

Se vió entonces cuán impopular había llegado a ser Laud. Cuando los condenados fueron puestos en la picota, la muchedumbre los aclamó. Uno de ellos pronunció un sermón que la muchedumbre escuchó con respeto. Cuando Prynne fué conducido al norte de Inglaterra, encontró en el camino miles de gentes que habían acudido para decirle adiós, y centenares de hombres le acompañaron a caballo.


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