Historia XII:Reforma del ejército

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La fuerza de los ejércitos estaba entonces en la caballería. Los infantes, armados unos con picas, otros con mosquetes, se defendían mal en un campo de batalla contra una carga dada por jinetes.

El rey tenía de su parte a casi todos los gentilhombres, habituados a combatir a caballo. Su primo, el príncipe Roberto, cargaba a su cabeza. El Parlamento reclutaba penosamente soldados de caballería. Comités que se habían creado en los condados del este alistaban voluntarios y los pagaban con un tributo impuesto al condado, pero aquellas gentes se batían mal.

Entre los oficiales del Parlamento se encontraba un gentilhombre campesino, diputado en la Cámara, Oliverio Cromwell. Era alto y robusto, de facciones duras, buen jinete, ardiente en los ejercicios corporales. Se había hecho muy piadoso desde algunos añós antes. Tuvo la idea, para resistir a los gentileshombres realistas, de oponerles gentes que no se batieran solamente por dinero. Después de la derrota de los soldados del Parlamento, Cromwell decía a uno de los jefes: «Vuestros soldados son en su mayor parte criados, aprendices y gente de esta clase; los suyos son hijos de caballeros, personas de calidad, ¿creéis que el espíritu de gentes de esa baja estofa podrá jamás hacer frente a caballeros que tienen honra y valor? Necesitáis gentes de un espíritu que pueda ir tan lejos como el de los caballeros, si no seréis otra vez derrotados».

Cromwell alistó campesinos puritanos que se batieron por sacrificio religioso, y formó con ellos primero una compañía, luego un regimiento. En una batalla cargó a la cabeza de sus hombres y puso en fuga a los caballeros del rey. El príncipe Roberto le apellidó cotas de hierro, y el sobrenombre pasó a su regimiento. El Parlamento nombró a Cromwell teniente general (1644).

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Era costumbre entonces no nombrar oficiales más que a los caballeros. Cromwell escogió sus oficiales según su valor militar. Como se le censurase por nombrar capitanes a gentes del pueblo, escribió: «Hubiera sido bueno que hombres de prosapia y honor hubieran entrado en estos empleos, pero, ¿por qué no aparecen? Y como es absolutamente preciso que la labor se realice, preferible es tener hombres sencillos a no tener ninguno... Prefiero un capitán vestido de paño burdo, que sabe cómo se bate, a lo que vosotros llamáis un caballero y que no es ninguna cosa más».

Los otros jefes no habrían querido tener como soldados más que presbiterianos. Cromwell permitió a sus hombres todas las formas de religión protestante distintas al anglicanismo. Les pedía solamente que fuesen «hombres de Dios», es decir, piadosos y de conducta severa. Hubo muy pronto entre ellos gentes de varias sectas.

Un día se le pidió que destituyera a un oficial porque era anabaptista. «Aun cuando lo fuera, dijo, ¿le haría esto incapaz de servir al pueblo? Guardaos de ser demasiado duro con gentes a las cuales no podéis reprochar nada, a no ser el no concordar con vos en todas vuestras opiniones sobre materias religiosas. El Estado, al elegir hombres para servirle no toma nota de sus opiniones. Si están dispuestos a servirle fielmente, ello le basta». Cromwell, con sus jinetes, logró una victoria decisiva. El ejército realista fué rechazado al Norte (1644).

El general del ejército del Parlamento, lord Manchester, deseó desde aquel momento hacer la paz, porque tenía miedo de llevar al rey al último extremo. «Si el rey es derrotado, decía, es todavía el rey. Si nos derrota, nos hará ahorcar a todos por traidores». Cromwell decía: «Si encontrase al rey en la batalla, haría fuego contra él como contra cualquier otro».

Cromwell denunció a lord Manchester en la Cámara de los Comunes. Reprochábale conducir mal la guerra, no por pura negligencia, sino por mala voluntad. Decidió al Parlamento a hacer una reforma radical. Todos los miembros del Parlamento que eran oficiales hubieron de presentar su dimisión. Fué lo que se llamó «la ordenan- za de renuncia».

Cromwell, que era diputado, habría debido retirarse también, pero estaba entonces ocupado en perseguir al rey. Se prolongó su mando. Luego el nuevo general en jefe y los oficiales manifestaron que no había otro oficial capaz de mandar la caballerí, y se conservó a Cromwell por un plazo de tres meses, que fué prolongado indefinidamente.

Fueron licenciadas las tropas de los condados y se creó un ejército único que se llamó el «nuevo modelo». Todos los hombres debían percibir un sueldo pagado por el Parlamento. Se admitieron primeramente voluntarios, pero faltaban más de 8000 y se alistaron a la fuerza hombres vigorosos, a los que no se obligó a jurar el Covenant. Entraron así en el ejército muchos que no eran presbiterianos. Los oficiales superiores eran nobles, pero los simples soldados llegaban a los grados de oficial y de coronel.


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