Historia XIV:Los jansenistas

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Un obispo belga, Jansen (latinizado Jansenius), que murió en 1638, había dado a luz un tratado en latín, el Augustinus, en que comentaba la doctrina de San Agustín. Sostenía que, para salvarse, no basta ser justo, es preciso tener la gracia de Dios. Cristo, decía, ha muerto, no para todos los humanos, sino solamente para los elegidos.

Esta doctrina se parecía a la de Lutero y Calvino. El Papa condenó como heréticas cinco proposiciones contenidas en el Augustinus. Algunos católicos franceses habían adoptado las doctrinas de Jansen, y se les llamó jansenistas. Su centro fué en un principio el viejo convento de religiosas de Port-Royal de los Campos, a pocas leguas de París. Su abadesa, apellidada «la madre Angélica», le había reformado. Un magistrado, Saint-Cyran, amigo de Jansen, reunió a su alrededor varios discípulos, magistrados la mayor parte. Al lado del convento fundó una comunidad de solitarios que vivían trabajando con sus manos. Estudiaban la Biblia y a los Padres de la Iglesia y publicaban escritos de teología.

Los solitarios de Port-Royal fundaron una escuela donde enseñaban a los muchachos el latín y el griego. El poeta Racine fué uno de sus discípulos. El convento de religiosas de Port-Royal fué trasladado a París, al arrabal Saint-Jacques. Los jansenistas, aun cuando poco numerosos, tuvieron entonces en Francia gran fama. Uno de ellos, Arnauld, sobrino de «la madre Angélica», fué apellidado el grande Arnauld.

Los jansenistas no se negaban a reconocer la autoridad del Papa y se declaraban católicos. Decían solamente que las cinco proposiciones condenadas por el Papa como heréticas no figuraban en el libro de Jansen. Los jesuítas, enemigos de los jansenistas, resolvieron al Papa a declarar que figuraban (1656). Se redactó un formulario que debían firmar todos los eclesiásticos de Francia. Las religiosas de Port-Royal y algunos obispos se negaron a firmarlo. No se adoptaron medidas contra ellos porque el Papa murió poco después.

Un nuevo Papa dejó el asunto en suspenso. Los jansenistas fueron tolerados en Francia durante treinta y cuatro años. Pero, a fines del siglo XVII, el arzobispo de París, amigo de los jansenistas, sostuvo que los católicos no estaban obligados a creer interiormente las decisiones del Papa, que bastaba con «un silencio respetuoso». El Papa declaró (1705) que todos los católicos debían rechazar la doctrina de Jansen.

Luis XIV tenía como confesor un jesuíta, el padre Tellier. Se declaró contra los jansenistas y obligó a todos los eclesiásticos a firmar la declaración del Papa. Sólo las religiosas de Port-Royal se atrevieron a negarse. Luis XIV las prohibió primeramente admitir novicias. Luego envió soldados que sacaron del convento a las religiosas de Port-Royal. Se demolió el edificio y se desenterraron los huesos de los solitarios (1709). El Papa renovó la condenación de los jansenistas en la bula Unigenitus, que fué promulgada a fines del reinado (1713).


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