Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Primero. Capitulo VI

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Primero. Capitulo VI



CAPITULO VI.


I.


Cuando entró Colon en Santa Fé, como era imposible ocuparse de su proyecto, la reyna lo confió al honrado don Alonso de Quintanilla,[1] su contador mayor, que recibió en ello gran contento.

La lucha de la cruz con la media luna tocaba á su fin, pues se hablaba de sediciones y combates en las calles de Granada, y de que pensaban capitular los moriscos. En efecto, poco tardó en rendirse la ciudad, teniendo lugar la entrega de los castillos á los comisarios de los reyes católicos el Viernes 30 de Diciembre de 1491, y el 2 de Enero próximo la presentacion de las llaves por Boabdil el chico, á don Fernando y doña Isabel.

Como esta guerra no era en concepto de la reyna sino una peregrinacion relijiosa, no hizo inmediatamente su entrada en la plaza conquistada; porque primero queria rendir homenaje de su triunfo á Jesu-Cristo. Fr. Hernando de Talavera, promovido á la silla de Granada, única que declaró aceptaria, tomó posesion de la Alhambra , clavando en la torre de Comáres,*[2] destinada para las señales, el estandarte de la cruzada junto á la bandera real. Al ver brillar la cruz de plata sobre la ciudad musulmana, los reyes, los cortesanos y los soldados cayeron de hinojos, mientras los capellanes y coristas entonaban himnos en accion de gracias en medio de imponderable alegria. Despues toda la grandeza de Castilla saludó á Isabel como reyna de Granada, y el Viernes 6 de Enero, fiesta de la Epifania, hicieron SS. AA. su entrada en la Alhambra, á cuya puerta los recibió el arzobispo rodeado de numerosa clerecia.**[3]

 Al cabo de una lid, que contaba siete siglos de existencia, caia rota en pedazos la media luna con jeneral aplauso de la cristiandad. Juan de Estrada fué enviado en seguida á Roma en embajada estraordinaria, é hizo el viaje con tanta dilijencia, que él mismo llevó la primera noticia del suceso al papa Inocencio VIII. El soberano pontífice, altamente reconocido al señor de los ejércitos por su infinita bondad, dispuso entre otras cosas una procesion solemne en la iglesia de Santiago de los españoles, á la que asistió en persona con el Sacro Colejio, oficiando de pontifical; y en el sermón pronunciado en su presencia, el orador tributó grandes elojios á la relijiosidad de los monarcas y del pueblo de España. [4]

 Por aquel entónces en medio de los beneficios que derramaba la providencia sobre la nacion española, echó una mirada de complacencia á la soberbia Jénova; la ciudad de los palacios de mármol y doradas iglesias, y en la que la caridad, al nivel de la riqueza, tendia su bienhechora mano á la miseria, que habitaba en sus oscuras callejas. Parecia estar bendita; porque mientras uno de sus hijos, sacado de las filas del pueblo, meditaba la obra mas colosal del jénero humano, otro, escojido entre los patricios se asentaba en el sólio de la nfalibilidad apostólica.

 Juan Bautista Cibo, promovido á la tiara con el nombre de Inocencio VIII, era un verdadero príncipe de la paz, un mediador en las querellas de los reyes, y el mas resuelto por la guerra contra infieles. Tampoco ninguno se tomaba un interes mas grande en las victorias de Isabel, ni en las esperanzas de su compatriota Cristóbal Colon.

 No habian concluido aun los regocijos por la conquista, cuando la reyna dió audiencia á Colon. La presencia del hombre hácia el que la impelia una secreta identidad de fé y de injenio, la tranquilizó de las objeciones de la Junta de Salamanca. No hubo en aquella entrevista ninguna discusion acerca del proyecto; porque no tenia dudas sobre el modo de llevarlo á cabo; porque se adheria á él instintivamente; porque reconocia en Cristóbal una facultad de concepcion superior á la de los demas; porque le daba una personalidad escepcional, pues su solo continente revelaba la grandeza de su alma, y porque creia en él. El proyecto estaba aprobado ya, sin exámen ni restricciones, tal como lo habia concebido su autor y no quedaba mas que fijar los privilejios, que en caso de buen éxito se le concederian. Una comision, presidida por el prudente Fr. Hernando de Talavera, recibió el encargo de arreglar este punto, y Colon tuvo que conferenciar con ella, y hacerle conocer sus pretensiones categóricamente. Entónces fué cuando aquel hombre, de pensamientos mas grandes que el universo, dejó entreveer lo inmenso de su esperanza con lo enorme del premio que pedia: premio que al oirlo los de la Junta quedaron estupefactos. Hé aquí las principales condiciones que impuso á las coronas de Aragon y de Castilla. Seria:
 Virey,
 Gobernador jeneral de las islas y tierra firme, que descubriera, y
 Grande almirane del Océano.

 Estos cargos y oficios se trasmitirian en su descendencia por órden de primojenitura.

 Recibiria la décima parte de todas las riquezas: perlas, diamantes, oro, plata, perfumes, especerias y demas producciones descubiertas ú esportadas de los paises sometidos á su autoridad.

 Los comisarios que no podian adivinar el pensamiento íntimo de Cristóbal, sintieron herido su orgullo con la sola idea de que un italiano, que habia sido la irrision ó la lástima de todos, cuando se gastaba en las antesalas, solicitando audiencias, osara hoy estipular títulos y honores, que lo colocarian sobre las casas mas ilustres de España, y se suspendió la conferencia.

 A los ojos de Colon parecia muy natural su demanda, pues si iba á dar á los reyes estados mas grandes que los que tenian, era lójico fijar un premio, que por sí solo indicase lo inmenso de su donativo: la recompensa debia estar en relacion con el servicio, porque el que admite menos de lo que le es debido, se humilla. Por otra parte, tampoco exijia mas de lo que nueve años antes pidiera á Portugal, y si nada añadia, tampoco quitaba lo mas mínimo, probando así, que lo que pensaba entónces lo pensaba de antiguo, y que subsistian siempre las mismas causas.

 Necesitaba Colon para realizar sus planes, ocupar elevada posicion, tener grande autoridad, y sobre todo cuantiosas riquezas. Dejemos consignado aquí el secreto de su ambicion desmesurada; secreto tierno, piadoso y cándido, que se escapó de sus labios algunos dias despues en una plática con los reyes, y que él dice "los hizo reir."[5]

 Como preveia que, para llevar á término su empresa tenia que vencer antes terribles y continuos trabajos, aspiraba en pago de sus fatigas sin cuento á un premio inmenso, el solo que creia merecer su obra: la conquista de Jerusalen, la redencion del santo sepulcro. Mediante los tesoros que retiraria de sus descubrimientos, esperaba rescatarlo amistosamente, y de no ser así, levantar á su costa un ejército de cincuenta mil infantes y cinco mil caballos, y arrancar á las profanaciones de los mahometanos la ciudad santa. No bien logrado esto, entregaria su gobierno á la santa sede, dándose por satisfecho con la honra de ser el centinela avanzado de la Iglesia en la tierra, milagrosa, en que tuvo lugar nuestra redencion.

 Hernando de Talavera, mirando siempre con cautela al jeógrafo jenoves, espuso á la reyna, que fuera inconveniente para SS. A A. dar su asentimiento á tal tratado, tanto mas, cuanto que habia sido juzgada como quimérica la espedicion, que en no teniendo buen éxito los espondria á la burla de las cortes estran jeras, disminuyendo en sus estados, la merecida fama y respeto de que gozaban por su saber, y que, aun admitiendo el resultado que se proponia Colon, otorgar tamañas mercedes y privilejios á un desconocido, sobre todo, no siendo español, redundaria en detrimento de la autoridad real. Bajo la influencia de las observaciones de su confesor, vaciló Isabel, é hizo proponer á Colon privilejios, un tanto distintos; aunque ventajosos todavia, pues sin duda le ofrecerian como en Lisboa rentas, títulos, un gobierno, cosas todas capaces de satisfacer otro corazon que no el suyo. Por esa causa no aceptó ninguno de estos, y habiendo ya dicho cual era su deseo, mantenia su palabra como un rey. En sus conversaciones con soberanos; aunque sus ropas denunciaran su pobreza estremada, siempre trató con ellos como de igual á igual, y ahora que llegaba el momento de cumplir su misión, sus hechos no desmentian sus palabras.

 Ni sus escasos recursos, ni los seis años pasados en la corte española en infructuosas demandas, ni el tiempo que iba transcurriendo, y que parecia condenar su plan al olvido, pudieron conmoverlo. Mas de dieziocho años se habian perdido para él, en tentativas diferentes, y á pesar de eso, preferia comenzar de nuevo sus dificiles negociaciones con otro estado, que derogar lo que él llamaba la dignidad de sus derechos.

 Procuraron detenerlo sus amigos, y en tan críticas circunstancias, á ruego de Fr. Juan Pérez de Marchena, y por mediacion de Alonso de Quintanilla, se puso de nuevo en relaciones con el gran cardenal, quien por la alta idea que se tenia formada de Colon, no hallaba tan desmedidas sus pretensiones;[6] pero ciertos motivos de todo punto ajenos al caso le impedian intervenir personalmente y solo le dió el apoyo de su opinion.

 Entre tanto, fuera de la comision, la enormidad de lo demandado por el jenoves traia preocupados á los consejeros de la corona, y como varios le objetaran en son de burla, que era de grande habilidad, pues sin arriesgar de su parte un solo maravedí, al fin y al cabo, cualquiera que fuese el resultado habría tenido la satisfaccion de mandar, ofreció contribuir á los gastos de la espedicion con la octava parte. Este jeneroso ofrecimiento se acojió con avidez para obligarlo á ponerlo en seguida por obra; pero sin embargo de tal sacrificio no consiguió nada.  La indiferencia de don Fernando, y el influjo del arzobispo de Granada en el ánimo de Isabel, la hicieron considerar como muy onerosas las gracias pedidas por Colon. Rota la conferencia, y no cediendo ni unos ni otros, puso Cristóbal los ojos en Francia, cuyo rey acababa de responderle. Era á fines de Enero, y no quiso perder un dia mas en conversaciones inútiles. Se despidió tristemente de sus pocos amigos, y salió en su mula camino de Córdoba, adonde le llamaban asuntos de familia, antes de abandonar tal vez para siempre á la nacion española, que habia venido á ser para su corazon una segunda patria.


II.


 En torno de Isabel, de aquella brillante estrella que guiaba á la nacion Española á nuevos destinos, habia algunos seres privilejiados, en los que se reflejaban los destellos de su inspiracion. Amantes de la verdad y de la mayor gloria de Jesu-Cristo, fieles observadores de la justicia, y celosos por la grandeza de su reyna y de su patria, creyeron ver en la partida de Colon, una pérdida inmensa e irreparable, que seria un motivo de duelo y de vergüenza eterna para los españoles. Uno de aquellos hombres era don Luis de Santangel, contador de Aragon, el cual solicitó con urgencia, y obtuvo una audiencia de Isabel. Temeroso del peligro á que se esponia la fama de su adorada soberana, é impulsado por su celo, la manifestó lleno de amargura y en tono entre reprensivo y quejoso, la sorpresa que le causaba el que hubiese flaqueado en semejante circunstancia la de indomable valor; la representó cuan merecedora era la empresa de que ella la patrocinara, ya que podia dar tan grandes resultados para la relijion y sus reinos; la hizo pensar en el sentimiento que la causaria el que otro monarca pusiera en ejecucion el proyecto, como era probable; la recordó que la persona de Colon, su firmeza, su fé, su ciencia y superioridad sobre los cosmógrafos que lo condenaban, debian darle crédito, tanto mas cuanto que nada pedia hasta despues de haber conseguido mucho; que el premio recaeria sobre los descubrimientos, y que en ellos arriesgaba su vida y la octava parte de los gastos; que admitiendo que no encontrase lo que decia, ninguna mengua seria para SS. AA. sino al contrario, que todos se felicitarian de que hubieran acometido una empresa semejante, é insistió acerca de la obligacion en que se hallan los reyes de dilatar el horizonte de la ciencia, de adquirir conocimiento de las cosas lejanas, y penetrar lo mas posible en los secretos del mundo.

 Lejos de ofenderse Isabel de las amonestaciones de su vasallo, le agradeció su franqueza. En aquel momento se presentó Quintanilla, á quien recomendaba su probidad, y apoyó enérjicamente las desinteresadas súplicas de su amigo, mientras que á poca distancia de la vivienda en que esto sucedia, el P. Marchena, arrodillado delante de un altar del oratorio de la reyna, rogaba á Dios por los méritos de la preciosa sangre de su hijo iluminara con su gracia el recto entendimiento de Isabel.*[7]

 Sin duda le oyó el señor. De repente, cambia la princesa de actitud; se opera en su alma un misterioso movimiento; comprende á Colón; vé al hombre que le depara la divina providencia, y sin oir mas que la voz que tan alto habla á su corazon, y con el acento de una inmutable resolucion declara, que lo toma todo á su cargo como reyna de Castilla, añadiendo, que seria menester demorarlo un tanto, á causa de los apuros del erario; pero que si esta tardanza los descontenta, allí están sus joyas, y que tomen de ellas la cantidad necesaria para el armamento. [8]

 Al escuchar tales razones, Santangel y Quintanilla cayeron de rodillas á los pies de su soberana, y la besaron la mano con santo respeto. Santangel la aseguró que no se tocarian sus alhajas; porque él se encargaba de hacer el adelanto de lo necesario con los caudales de Aragon. En efecto, obtuvo de don Fernando la autorizacion, y mas adelante, fué reintegrado relijiosamente por la corona de Castilla el rey, que prudente en demasia, no quiso tomar parte en un asunto que para él estaba tan oscuro.

 Por órden de Isabel salió inmediatamente un oficial de guardias para traer a Colon, logrando alcanzarlo á dos leguas de Granada, á la entrada del puente de Pinos, célebre por los numerosos combates de que habia sido teatro. Parece que despues de tantos sinsabores dudó el grande hombre en volver las riendas de su mula; mas cuando supo lo sucedido, y la firme resolucion de la reyna, obedeció gustoso, convencido de que la providencia reservaba una parte de su obra á tan sublime mujer, y de que era la única digna de asociársele.

 Y en verdad que Isabel acababa de tomar una resolución heróica, porque contra el sentir de la Junta de Salamanca; de su consejo privado; de su confesor, hácia el cual mostraba siempre la mayor condescendencia; de su mismo marido, á quien se complacía en obedecer, y cuyos solos pensamientos eran leyes para ella; contra todas las apariencias en fin, comprometia su palabra en favor de un extranjero. Examinando con detenimiento la repentina mutacion de la reyna, mutacion no menos repentina que firme, se advierte que envuelve algo de misterioso e indescribible, como la empresa de que iba a ser el alma y la protectora.

 El Padre Marchena que, venciendo su repugnancia al fausto y al bullicio de la corte, estuvo durante algun espacio al lado de Isabel, para defender su gloria y la de la Iglesia, apoyando a su amigo, tranquilo ya por esta parte, tornó enseguida a su solitaria y humilde celda.[9]


III.


 Cuando llegó Colón a la corte, fué recibido con grandes honores, acojiéndolo Isabel con tales muestras de afecto que bien pudieron hacerle olvidar en el acto sus pasados sufrimientos. En aquella hora se trazó la primera línea de la mision de Cristóbal; porque de allí en adelante la reyna sola fué el ánjel tutelar de la empresa, ya que su cauteloso y desconfiado marido; a pesar de que ponia su firma en las disposiciones de ella conforme a lo convenido, permanecía extraño a la expedicion. Asi es que, como esta se costeaba exclusivamente por la reyna de Castilla, mientras vivió, solo los castellanos tuvieron derecho de establecerse en los paises que se descubrian.[10]  Cuanto Colon pidió le fué otorgado. Sin embargo, las formalidades indispensables al extenderse la escritura entre Castilla y Aragon por el préstamo consabido, y las graves y muchas atenciones que acarreaba la nueva organizacion del antiguo reino de Granada, impidieron a SS.AA. rubricar la capitulacion[11] hasta el dia 17 de Abril de 1492 en Santa Fe. El 30 se despachó el título de los priviléjios de Colon, en el cual constaba, que seria grande almirante del Océano, virrey, gobernador general de las islas y tierra firme que descubriese, y que sus dignidades se trasmitirian perpetuamente en su familia. A estas recompensas eventuales añadió Isabel el 8 de Mayo un favor lleno de esquisita bondad, nombrando á su hijo mayor paje del príncipe de Asturias, con un sueldo de nueve mil y cuatrocientos maravedis. Tal y tan envidiada honra era patrimonio de las casas mas ilustres.

 Para que fuera menos costoso el armamento se escogió el puerto de Palos y en razon á pesar sobre sus moradores una condena, que consistia en proveer grátis á la corona de dos carabelas armadas y tripuladas en el plazo de un año, se les conminó á que las pusieran á las órdenes de Cristóbal Colon en el término de diez dias. Se exceptuaron de gabelas las mercancias y abastos destinados á la expedicion, así como tambien se mandó sobreseer en las causas y sentencias de cuantas personas estuvieran en ese caso y partiesen en la flota.

 El 12 de Mayo salió Colon para Córdoba, con el objeto de arreglar sus asuntos, y sin duda fue entonces cuando un sobrino de su mujer, llamado Diego de Arana, "distinguido caballero de aquella ciudad[12], determinó tomar parte con él en su espantoso viaje al traves de la mar Tenebrosa.

 Pocos dias despues llegó Colon á Palos.


IV.


 El P. Marchena que recibió en su convento al pobre y desconocido extranjero, estrechó ahora entre sus brazos, sobre su corazón, al amigo colmado de honores y lleno de esperanzas, que venia para pasar junto á él los primeros dias de una felicidad, cuya mayor parte le debia. De nuevo fue Colon huésped de la comunidad franciscana, y como mas adelante tendremos lugar de ver, el auxilio del guardian, no le fué entonces menos provechoso que en las precedentes ocasiones, que se habia albergado en la Rábida.

 En la mañana del 23 de Mayo bajó del convento el P. Marchena[13] acompañado de Colon, y juntos pasaron á la parroquia de San Jorge de Palos, donde en medio de gran concurso de gente marinera, y ante los alcaldes Diego Rodríguez Prieto y Alvaro Alonso Cosio se dio lectura solemne, á peticion de Colon, por el escribano Francisco Hernandez, á la carta de SS. AA., que ordenaba se le entregasen dos carabelas pertrechadas y tripuladas.

 No obstante que Palos debia poner á su costa los marineros, á causa de una multa de diez mil maravedis, que adeudaba á los reyes, se dignaron los soberanos concederles igual paga que en los buques de guerra, y abonarles cuatro meses adelantados. Ademas, si á la vuelta del viaje, presentaban un certificado de buena conducta, firmado por su jefe, quedarian absueltos del resto de la condena. Respondieron las autoridades, que seria obedecido el mandato con la sumision debida á las órdenes de los reyes, y luego de darse testimonio por el notario con el procurador Fernando del Salto y dos testigos, á saber: el alcalde Lorenzo de Escarrana y Garcia Fernandez Camero, se hizo la misma publicacion en Moguer.[14]

 Mas cuando se divulgó la noticia, de que se trataba de navegar con rumbo á occidente, y penetrar en la mar Tenebrosa, se llenaron de espanto y consternacion los habitantes; pues este solo nombre helaba la sangre en el corazon de los mas intrépidos.

 Hoy, desde la cumbre del saber, nos causará estrañeza semejante terror; pero, en aquel tiempo era natural y casi lójico, porque se apoyaba en la razon. El telescopio no habia medido aun el espacio, ni enumerado las miríadas de soles de la via láctea, ni tomado la proyeccion de los picos de la Luna, ni contado los satélites de Júpiter y Urano, ni descompuesto el triple anillo de Saturno, ni pesado las diversas masas, ni calculado los diferentes rumbos de los mundos, que gravitan en torno de nuestro Sol, y la composicion, el peso y el volumen de la tierra ni estaban establecidos, ni su forma determinada. Unos opinaban que era plana, larga y que se prolongaba de un modo indefinido por el inconmensurable Océano, otros que era cuadrada, y que hielos y mar sin límites la rodeaban; se negaba terminantemente la existencia de los antípodas, y se admitían "zonas inhabitadas". A consecuencia de los errores de la náutica, las lecciones de los jeógrafos se manifestaban tan oscuras y contradictorias como el caos. No debe pues causar estrañeza que tal confusion se reflejara en las intelijencias. Como en la mente lo desconocido se da la mano con lo tenebroso, y lo tenebroso es formidable para toda criatura mortal, discurrian que Caos y Erebo se guarecian en el fondo de aquella mar, que los cosmógrafos designaban con el nombre de Tenebrosa, porque segun el jeógrafo de Nubia, el sherif Edrysi y los navegantes árabes, al aproximarse á estos sitios, se encontraba "poca claridad en la atmósfera, y grandes corrientes de aguas oscuras." En la mar Tenebrosa se estrellaban los torrentes pelásjicos, y se arremolinaban los hervideros en que retozaban Behemoth y Leviatan, rodeados de falanges de monstruos inferiores.

 Todas las obras de jeografia acreditaban la mala denominacion de Tenebrosa, pues sobre los mapas se veian dibujadas alrededor de tan pavorosa palabra, figuras horribles, para las que los cíclopes, lestrigones, grifos e hipocentauros fueran de agradable aspecto. Los árabes, como por el Koran les está prohibido reproducir imájenes de animales, se limitaban á caracterizar el sitio con un signo que, si bien por lo pronto no atemorizaba, no por eso dejaba de hacer su efecto. Consistia este en una mano negra y crispada; la mano de Satanas saliendo de los abismos, y dispuesta á sumergir en ellos á los temerarios navegantes, que osaran surcar con sus bajeles el Bahr-al-Talmet.

 No paraban aquí los peligros á que se exponian los exploradores; porque jigantescos enemigos podian á cada paso desplomarse de los aires sobre ellos. En aquellas latitudes se cernia con sus fabulosas alas, el pájaro rok, que tenia por hábito cojer con su pico descomunal no á hombres ó barquillas, sino á buques tripulados, y elevarse con ellos á la rejion de las nubes, para una vez allí divertirse en destrozarlos con sus garras, é irlos dejando caer en pedazos en las negras ondas de la mar Tenebrosa. Ciertos pasajes de autores muy graves dan fé, de que á la sazon participaban ellos mismos de las creencias del vulgo, tanto que en aquel año hablaba el jurisconsulto Rojas en el prefácio de un libro prohibido del pájaro rok, y mas de un siglo despues del descubrimiento de América, el virrey de Méjico, duque de Arion, creia que en la parte desconocida del nuevo mundo anidaban águilas con dos cabezas.[15]

 ¡Cómo es posible que el pueblo y los marineros hubieran escapado al error general! Ir á la mar Tenebrosa era ni mas ni menos que exponerse á ser consumido por los rayos del Sol, engolfarse en las tinieblas del caos, abrirse un ancho sepulcro en las simas del negro Océano. Y los intrépidos marinos que habian frecuentado el puerto de Lisboa o las Canarias y Azores; aunque despreciaban algo estos temores, no por eso estaban menos convencidos de la imposibilidad de penetrar por la mar Tenebrosa, el Bahr-al-Talmet de los árabes.

 Iba deslizándose el tiempo y no obstante la real orden y la protesta de obediencia de parte de las autoridades, no se habia aprestado ninguna carabela. El muelle permanecia desierto, y todos los navieros procuraban esconder sus buques en los ancones apartados, ó los enviaban á otros puertos para escapar del embargo. Informada la reina del caso, (20 de Junio) despachó á Palos á un guardia llamado Juan de Peñasola; hombre dotado de enerjia, con poderes para imponer una multa de doscientos maravedis por cada dia de tardanza á los que rehusaran obedecer su mandato, y al mismo tiempo para tomar en las costas de Andalucia los bajeles y pilotos que le parecieran adecuados al nuevo servicio.

 ¡Cuán grande no fué el desconsuelo para propietarios y marineros! A las súplicas seguian los ruegos y las promesas, y á las promesas y ruegos los altercados y disputas sin que medrara el armamento, hasta que Peñasola mandó apresar la Pinta, carabela muy velera, y de la propiedad de dos vecinos del pueblo, Gomez Rascon y Cristóbal Quintero. Tuviéronse estos por perdidos , porque la Pinta constituia su sola riqueza, y maldecían la venida del hablador é intrigante jenoves que, sorprendiendo la sabiduría de los reyes, habia hecho dar la orden para navegación tan desastrosa.

 Los calafates y carpinteros se finjian enfermos, ó se ocultaban, para no verse obligados á trabajar en la carena de la carabela, y ni se encontraban maderas, ni estopa, ni alquitran, ni jarcia. La apremiante comision dada á Juan de Peñasola no producia mejor fruto que los razonamientos de Colon, y ya una sorda exasperación ajitaba los espíritus. Hacían falta tres buques y no habia sino uno.

 En estas críticas circunstancias el celoso P. Marchena vino en socorro de su amigo y de la población estravíada. Como el fraile franciscano es querido por instinto por el pueblo, porque visiblemente lo ama, porque su familiaridad y modestia lo atrae, y porque su pobreza, su modo de vivir y la humildad de su vestido lo identifican con él, y ademas, como Fr. Juan Perez gozaba de gran crédito entre la jente marinera, consiguió su fin.

Se mezclaba con los remisos, se reia de su miedo, tranquilizaba sus familias, y pasaba á los pueblos limítrofes para ir haciendo el enrolamiento á fuerza de palabras y demostraciones. El piadoso franciscano se prometia con esta espedicion, el aumento del reino de Jesu-Cristo, mucha gloria para la Iglesia, que había sido la primera en alentar la empresa, y un inmenso beneficio para la civilizacion.[16] Estaba lleno de los mismos pensamientos que la reyna, cuando dijo refiriéndose á Colon, que, "íba á algunas partes de la mar Océana sobre cosas muy cumplideras al servicio de Dios y suyo."[17] Al par que lo impedía á su huésped, apoyaba algun gun tanto, y sin poderse dar cuenta de ello sus mismas ideas, católicamente tomaba una parte activa en su obra, se honraba en servir á su apostolado y contribuir de esta manera á realizar el anhelo del bienaventurado fundador de su orden, que consistia en haber predicado á Jesu-Cristo, su cruz y su pobreza por el mundo todo. El P. Marchena trabajaba con el alma y el corazon para reanimar á los cobardes y decidir á los irresolutos, preparándolos con la persuasion y la autoridad de su ciencia. Ya solo, ú acompañado de su amigo, se le veia en todas partes; pero de seguro, que donde se hallara á Colón estaba el guardian de Santa Maria. Fue tal su actividad, é hizo tan honda impresión en el país, que veinte años mas tarde los que lo conocieron, conservaban la memoria de su celo, y aun despues que su nombre se olvidó, recordaban al mencionar la partida de Colon, que un franciscano lo acompañaba, lo asistia y lo auxiliaba por donde quiera.[18]

 A pesar de estos afanes de Fr. Juan Pérez, el miedo, la rutina, ó un cuento desatinado daban en tierra en una sola noche con los buenos resultados, obtenidos en una semana de sermones náuticos. Por el litoral de la costa de Andalucia no se hablaba de otra cosa que de la expedicion, y como los marineros tenian por una quimera lo de descubrir tierras en la mar Tenebrosa, ningun piloto queria embarcarse.[19] Entonces tomó una resolucion definitiva el P. Marchena.


V.


 Vivia en aquel tiempo en Palos una familia rica y considerada, cuya casa, que no ha mucho existia, parece haber sido la mas hermosa de toda la ciudad. Pertenecia á los tres hermanos Pinzon, espertos marinos. El P. Marchena presentó á Colon al mayor, llamado Martin Alonso, hombre teórico y práctico a las cosas de la mar, y a quien la idea de un viaje á través de la Tenebrosa, no causó la misma impresión que á los demas navegantes de la costa. Hacia poco tiempo que acababa de llegar de Roma, á donde sus negocios lo habían llevado varias veces, y traia de esta última escursion algunas nociones, que naturalmente lo preparaban á las miras elevadas de Colon.

 Martin Alonso contaba entre sus amigos á uno de los bibliotecarios del papa Inocencio VIII, que se decia ser hombre muy versado en jeografia, el cual le mostró un mapamundi en el que á occidente se indicaba en la mar Océana, una tierra sin nombre. De modo que, así como el guardián de la Rábida tuvo el presentimiento de las rejiones ignoradas, el jeógrafo de la biblioteca pontificia se elevó tal vez á los mismos pensamientos. Tampoco podian ignorarse absolutamente en Roma los planes de Colon, puesto que Toscanelli, cuando estaba en correspondencia con él, frecuentaba la capital del mundo cristiano, y le escribió en ella su segunda carta.[20] No nos parece creible que el sabio florentino, que vivía allí para estender sus conocimientos cosmográficos, interrogando á los viajeros que llegaban de países lejanos, tuviera guardado el secreto del atrevido proyecto de descubrir el estremo de Asia por el camino de occidente.

No dudamos en manera alguna de este mapamundi con la indicacion de una tierra por descubrir. Semejante indicacion podia existir por efecto de esa misteriosa iniciativa que toma la Iglesia romana en las grandes cosas, ó como consecuencia y testimonio de la precedente comunicacion de las ideas de Colon, sometidas directamente por él al soberano pontífice.

No podía ser indiferente el príncipe de los apóstoles á un plan, que daria tan grandes resultados, y ya hacia muchos años que la santa sede conocía el pensamiento de Colon, que interesaba tanto mas al padre de los fieles, cuanto que habia sido inspirado á uno de sus compatriotas. No hay duda de que se trataria de él en diversas épocas, bien por el ex-nuncio Antonio Geraldini, bien por el embajador español Estrada, bien por letras misivas del conde de Tendilla, antiguo enviado de Castilla, y mas que todo por el nuncio apostólico, monseñor Bartolomé Scandiano; porque las relaciones posteriores de Colon con la corte romana manifiestan que primero debió comunicar su resolucion al jefe de la Iglesia, para pedirle su bendicion sobre el objeto de sus trabajos. Esto lo prueba una tradicion constante de Roma,[21] y lo patentiza un hecho reciente.[22]

El joven Arias Perez Pinzon, que acompañaba á su padre en este viaje, presenció las discusiones habidas con el bibliotecario, y vió á este sabio dar á su padre una copia de la carta referida; copia que trajo á España en gran estima, y con la intencion tal vez de emprender algun dia el descubrimiento. Un habitante de Huelva, llamado Antonio Hernandez Colmenero, familiar de la casa de Pinzon, oyó leer en Roma la relacion del mapa, y tenian noticia de él los primos y los amigos de Martin Alonso, entre los cuales se contaban el piloto Juan de Ungria, Luis del Valle y Martin Nuñez.[23]

De cualquier modo que fuera, no bien Martin Alonso y Cristóbal Colon trabaron conocimiento, desaparecieron todas las dificultades.[24]

Pronto corrió la voz de que agradaba el proyecto al mayor de los tres Pinzones, añadiendo que se proponia aventurarse en la Niña, preciosa carabela que pertenecia á Vicente Yañez, el menor de los hermanos, que estaba destinado á colocarse entre las grandes celebridades marítimas. No era falsa la noticia, pues los Pinzones habian firmado un convenio con el amigo del P. Marchena, y su ejemplo secundó tan maravillosamente las predicaciones de este, que la mayor parte de los marinos comenzaron á tranquilizarse.

 Los Pinzones gozaban de gran crédito en Palos. El señor Martin Alonso comerciaba en aparejos y provisiones para los buques; era el primer abastecedor de la marina que habia en el puerto; y su riqueza, sus conocimientos y la antigüedad de su familia le ponian á la cabeza de los notables de la villa.

 Desde aquel momento, sin que Juan de Peñasola tuviera que enconarse con nadie, Palos ofreció como segunda carabela una especie de carraca, envejecida en el mar, y llamada la Gallega, grande comparativamente, gorda y pesada; pero en estremo sólida. Aunque impropia al servicio á que se la iba á destinar, ni Colon ni el P. Marchena, su consejero, se atrevieron á rechazarla, por miedo de demorar mas todavía la partida, y de consiguiente la admitieron, disponiéndose acto contínuo á prepararla. Colon la escojió para capitana, y la cambió el nombre con el de Santa Maria, colocándola al bautizarla bajo la proteccion especial de la santísima vírjen.

 En medio de los preparativos del armamento, proseguia Cristóbal observando la vida de un verdadero discípulo de la Orden Seráfica; no salia del convento sino por necesidad, se ocupaba del cuidado de su alma, y perseverando en el camino de la perfección cristiana, fué sin duda entonces cuando se unió como miembro á la regla y al instituto de san Francisco. Pasaba los dias en la oracion y contemplacion de los misterios, se esforzaba en hacerse mas y mas digno de la bondad de Dios, que lo habia elejido para ejecutar una obra sin igual entre los hombres, y ni las dilaciones, ni el pavor, ni la malquerencia de las jentes del pueblo lo afectaban; á pesar de que eran tan graves obstáculos para su marcha, que la sola autoridad de los monarcas no bastaba para dominarlos.
 La historia ha consignado el jeneroso impulso del guardian de la Rábida, tranquilizando y dando estímulo á los apocados; mas en ninguna parte se vé á Colon. Aquel que tanta actividad desplegó en sus viajes posteriores, atendiendo hasta á sus mas insignificantes detalles, esta vez parecia no preocuparse nada de los preparativos de su empresa.

 Comprendiendo, que como estranjero era en vano hacer uso de su elocuencia, que no se tenia fé en él, que estaba imposibilitado de organizar á su satisfaccion su estado mayor y la maestranza, lo mismo que de enrolar su marineria, y que no podia por menos que admitir aquello que los apremios y los escasos recursos de Palos pusieran á su disposicion, aceptaba con la mas completa abnegacion cuanto le deparaba la divina providencia. Su principio era no tentar á Dios, no violentar las circunstancias, sino sufrirlas con resignacion, y utilizar todo lo que se encontrara en el dominio del hombre. Sentia una confianza en su corazon, que le daba fuerzas para soportar las contrariedades, para no preocuparse de nada esterior, y permanecer tranquilo en su caro claustro, cuna de su destino, y en el que halló un amigo incomparable, el mas leal y verdadero que tuvo jamas. Convencido de que su mision se cumpliria, no abandonaba sus ejercicios espirituales, limitándose tan solo á echar de vez en cuando su intelijente mirada sobre los trabajos del armamento, que los Pinzones vijilaban con tanta mas asiduidad, cuanto que estaban interesados en el éxito de la espedicion; pues los tres hermanos, y en particular el menor, á ruego de Fr. Juan Perez, habian anticipado á Colon la octava parte del gasto total que debia satisfacer.[25]

 En una de sus apariciones entre los calafates descubrió Colon un espediente, inventado por Rascon y Quintero, para libertarse de aquel viaje, que los espantaba. Consistia este en que habian dispuesto de tal modo que el timon de la Pinta, que las piezas, al parecer perfectamente encajadas, se desunirian al primer golpe de agua. Quiso obligarlos á que de nuevo comenzaran su trabajo; pero se escaparon todos los carpinteros. Entónces el infatigable fraile prestó mas servicios al mundo, logrando tornasen los operarios á la tarea, alentándolos con saludables exhortaciones, y gracias á él, mejor que á los Pinzones y á Peñasola, que se mantenia en el puerto para apresurar el armamento, pudo llegar la flota á ponerse en disposicion de salir á la mar.


VI.


 Ningun historiador ha detallado hasta hoy los aprestos de este viaje, ni fijado la naturaleza de sus medios de ejecucion, sino que limitándose á vanas conjeturas, y creyendo hacer mas interesante la empresa, pretenden que se llevó á cabo en tres grandes barcas, de las cuales una sola tenia cubierta. La mayor parte de los escritores nos presentan á Colon ardiendo en deseos de partir, y arrojándose al moviente elemento en embarcaciones que Robertson compara con las "mayores chalupas," que Washington Irving llama, "barcas lijeras," Lamartine "tres lanchas," y Aquiles Juvinal "esquifes costaneros," todos ruines bajeles, que habria sumerjido en los abismos la primera tormenta. Creer tal imprudencia en Colon, es desconocer la sabiduria del hombre, que suscitó el señor para semejante obra.

 Si Colon nada fiaba en la casualidad, y previsor pedia dia tres buques al menos para salir; previsión que justificaron los acontecimientos, pues de no haber sido asi jamas hubiera conocido la Europa su descubrimiento, ¿cómo es posible que se lanzara temerario á merced del Océano, en tres barcas, siendo tan terribles los peligros á que tendría que hacer frente, sin contar con los errores de la imprevisión?

 Debemos establecer escrupulosamente, después de un vacio de trescientos sesenta y tres años, los pormenores de las disposiciones materiales de la espedicion mas importante de la humanidad.

 Lo que Colon habia pedido terminantemente eran tres carabelas, y en verdad, que buques de mas calado fueran peligrosos. Varios sabios han discutido con estension acerca de la etimolojia griega segun unos, y árabe ó italiana según otros de la palabra carabela, y sostenido su poca cabida. Pero nosotros emitiremos sin temor una opinión contraria á la que jeneralmente se ha seguido, acerca de la reducida plantilla de las carabelas, porque los hechos son de una lójica mas concluyente que las etimolojias y las definiciones de los eruditos.Decimos pues que las carabelas no eran tan pequeñas como se supone, porque su mismo destino implicaba dimensiones proporcionadas á él. Ocupaban el lugar de nuestros bergantines y gabarras, servian para el transporte de soldados, municiones y artilleria, y para combatir en la mar. Carabelas fueron las que el infante don Enrique mandó á los descubrimientos en el Océano y en la costa del África occidental; carabela la que envió el rey don Juan II, cuando quiso hacer en perjuicio de Colon la espedicion clandestina, y carabelas las que en aquellos mismos momentos disponia el Portugal, sabedor de los proyectos de Castilla, para oponerse á ellos con la fuerza. De consiguiente, no serian las carabelas de tan poca importancia. Las que se habian armado en Palos eran suficientes para su objeto, como lo justifica una circunstancia de aquella navegación. El mas chico de los tres buques, la carabela Niña, cuyo solo nombre demuestra su pequeñez, y que iba provista no mas que de velas latinas como las barcas pescadoras, se vió, á consecuencia de un siniestro, en la necesidad de recibir á su bordo cincuenta y seis individuos, con sus equipajes, multitud de muestras de diversos productos, una sobrecarga de artilleria, y parte de los aparejos y jarcia de la Santa Maria, sin que por eso sumerjiera notablemente su línea de flotacion. El mismo Colon dijo, que podia llevar todavia cien personas mas.[26]

 Aunque no tenian corrida la cubierta las carabelas, como la popa y la proa eran muy levantadas, soportaban sólidos castillos, que servian para los combates, y las igualaban á los bajeles de alto bordo.[27] Las medianas contaban cuatro palos y seis anclas; el primero á proa con vela cuadrada, superada de un trinquete de gávia, y los demas con velámen latino. En las grandes, el aparejo del palo mayor y trinquete estaba hecho para velas cuadradas, y por medio de otros dos con latina se obtenia toda clase de evoluciones, andando con buen tiempo sobre dos leguas y media por hora.[28]

 La Santa Maria con cubierta de popa á proa llevaba dos palos con vela cuadrada, y dos con latina, y sobre la cuadrada del mayor dos arrastraderas. Sabemos que durante el viaje se emplearon en el palo de mesana, la cebadera y el treo, lo que implicaba masteleros y obenques, y un sistema de aparejo muy complicado. Podremos señalar tambien sus dimensiones aproximadamente. Su lancha media treinta pies de largo, y segun lo establecido entónces en la construccion naval, la relacion de la chalupa con la carabela dá para esta una lonjitud de noventa pies de quilla, y veintiseis sobre el puente, que es poco mas ó menos la de los bergantines de guerra de doce á veinte cañones. Luego tenia á popa un doble puente, y á proa un pequeño castillo: este, armado de bombardas, aquel, de cañones de laton, y á proa pedreros y espingardas. Añádase á lo dicho que pendian ocho anclas de la proa y los costados de la pesada nave.

 Lejos de parecerle muy pequeña la Santa Maria Colon la encontró muy grande; pero como los de Palos no habian querido dar otra, le fué menester contentarse con ella. Era buque de guerra de buena apariencia, y bastante sólido aunque viejo, pesado, de poca marcha, y nada á propósito para el oficio á que se destinaba.[29]

 La Pinta con vela cuadrada, y la Niña con latina, tenian castillos á proa y á popa; pero el espacio que mediaba entre uno y otro no estaba cubierto, sino que simplemente se les habia levantado las bordas del ancho de un tablon. Estos dos bajeles provistos de artilleria, llevaban cañones fundidos á popa, y espingardas á proa. Los víveres consistian en carne ahumada, tocino salado, galleta, arroz, chícharos y habas para un año. [30] Ningun almirante se aventuraria en estos tiempos á una esploracion lejana en semejantes buques; pero como salvo la Santa Maria, los otros dos eran de buenas cualidades para acercarse á las costas, y que las provisiones y tripulantes bastaban, Colon los encontró como dijo: "Muy á propósito para tal espedicion" y pasó la revista del personal.

 Se embarcaron segun su órden en la capitana Diego de Arana, gran alguacil de la flota, sobrino de Colon por su mujer; Pedro Gutierrez, guarda muebles, agregado á la contaduria de la corona; Rodrigo Sanchez de Segovia, vehedor; Rodrigo de Escobedo, escribano, y el bachiller Bernardino de Tapia, cronista de la espedicion.

 Despues venian en calidad de oficiales de mar Pero Alonso Niño, verdadero lobo marino; Bartolomé Roldan,[31] marinero especulador, mas comerciante que soldado; Fernando Perez Mateos, hombre inquieto y envidioso; Sancho Ruiz, esclavo de la ordenanza; Ruy Fernandez, buen oficial; Juan de la Cosa, apellidado el Vizcaino, diestro en teoria, é hidrógrafo por instinto. Seguian el intérprete, judio convertido, bautizado con el nombre de Luis de Torres, y que conocia el latin, el griego, el hebreo, el árabe, el copto y el armenio, y despues el metalúrjico oficial Castillo, platero de Sevilla.

  El servicio de sanidad se componia de un tal señor Alonso, médico de no gran fama, y del señor Juan, [32] buen cirujano, que trataba con mucho agrado á los enfermos. Un hombre intrépido y modesto, el honrado Diego Mendez con Francisco Jimenez Roldan y Diego Salcedo, agregados al servicio personal de Colon, en calidad de escuderos, tomaron sitio en compañia de dos de sus amigos, ansiosos de lo desconocido, cerca de la cámara que ocupaba en el castillo de popa el comandante.

 Ademas de Jácomo, maestre, y del contramaestre, que eran jenoveses, iban á bordo un carpintero, un calafate, un armero, un tonelero, y marineros, y mozos de cámara en número de cuarenta, entre los cuales habia un ingles (Tallarte de Lajes), un irlandes (William Ires), dos portugueses y el mallorquin Sebastian, á los que añadiendo un criado y los cocineros, dá un total de sesenta y seis personas. ¡Cosa notable! ninguno de los tripulantes de la Santa María era de Palos, sino de Sevilla en su mayor parte, ó del resto de la provincia de Huelva. Pero en desquite en la Pinta oficiales y marineros eran todos de Palos, parientes ó vecinos de los Pinzones, y hasta el admirador de Colon, el médico Garcia Hernández, se embarcó bajo las órdenes de su antiguo amigo el señor Martin Alonso.

 El mayor de los Pinzones mandaba la velera Pinta, y tenia por segundos á su hermano Francisco Martin Pinzón, á su primo Juan de Ungria, y á Cristóbal Garcia Jimeno; como médico, á Garcia Hernández, de Palos, el amigo del guardián de la Rábida, y en calidad de maestre de víveres á otro Garcia Hernández, natural de Huelva, equivocado constantemente por los historiadores con el precedente; como auxiliares á un tal Garcia Vallejo, pariente suyo, á Garcia Alonso y á Garcia Diego y á los maestre y contramaestre Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, propietarios del buque.

 Acompañaba á este último su pariente Juan Quintero conocido por el ricacho y por último venian Diego Fernandez Colmenero, Diego Bermudez, Bartolomé Colin y otros deudos ó amigos de la casa de Pinzon. Esceptuando á Juan Rodríguez Bermejo, natural de Molinos, el resto de la tripulación era de Palos ó de Moguer, pueblos que con frecuencia se confunden por su vecindad. El total ascendia, inclusos los pilotos, á treinta hombres.

 La coqueta y velera Niña, bajo las órdenes de Vicente Yañez, y con veinticuatro de dotación, llevaba el resto de los allegados y deudos de Pinzón.

 No hay duda que Colon, al terminar la revista, dirijiera á las tripulaciones una arenga, y que, cediendo al impulso de su corazón, les hablara de aquel, en cuyas manos habian de entregar su alma. Cualquiera que fuese la resolución de su jente con la proximidad de la partida, se apoderó de ella el temor, y la inminencia del peligro hizo volver todos los corazones hácia el padre de las misericordias, procurando reconciliarse con él, y confesar sus culpas. Despues fueron procesionalmente al convento de la Rábida con su caudillo á la cabeza, para implorar la proteccion divina, y ponerse bajo el especial amparo de la santísima vírjen. Oyeron misa, y despues de recibir la comunion de manos del P. Juan Perez,[33] tornaron á las carabelas en el mismo órden que habian venido.

 Patética y tierna debió ser aquella ceremonia, pues todos los habitantes de Palos participaban del mismo sentimiento de los marineros. ¡Cuántas lágrimas no regarian la capilla de la vírjen!

 Con el fin de aprovechar el primer viento del Este, todos quedaron consignados á bordo, y ningun oficial tuvo permiso de dormir en tierra. Se izó el pabellon de partenza, y Colon dispuso se le previniera en el acto la presencia del viento deseado. Luego de despedirse de su hijo Diego, que le devolvia su jeneroso maestro, y de confiarlo para que lo condujera á Córdoba al lado de su mujer doña Beatriz, al P. Martin Sanchez y á Rodrigo Cabezudo, venidos de Moguer para abrazarlo, se enerró de nuevo en su celda de la Rábida [34] sin comunicarse á lo que parece mas que con el venerable guardian.

 Ni el temor, ni la idea del peligro le preocupaban; no se cuidaba de los hombres; pero se doblegaba bajo el peso del mandato inmenso: iba á descubrir secretos formidables, tal vez velados á los ojos de los hombres desde la creacion del mundo, y pasaba las horas en consultar á Dios, en oirle y en purificar su corazon, para hacerlo digno de ser templo del Espíritu Santo. Su conocimiento de las Santas Escrituras, dilataba su entendimiento: se sentia destinado á la mision mas grande que recibió ningun mortal, pues iba á dar cima á un apostolado inaudito, llevando la cruz al traves de la mar Tenebrosa á rejiones ignoradas, y poniendo á los descendientes de Sem en relacion con sus hermanos de la familia de Jafet, perdidos de tanto hacia. Sepultado en el pacífico monasterio, donde tantos y tan inesperados consuelos recibiera, se abrian mas anchos horizontes á su candorosa fé ante el supremo hacedor, y ni su sabiduria, ni su ciencia impedian la espansion de su piedad y devocion. Meditanto sobre su libro favorito, el Evanjelio de san Juan, se elevaba como el águila de Patmos hasta aquel, por quien todo ha sido hecho, y su alma tierna y amorosa pasaba en la contemplacion y el rezo todas las horas que no le ocupaban los oficios del coro, porque seguia con el mayor escrúpulo la regla de S. Francisco. Así se preparaba el hombre grande para el gran viaje.


VII.


 Serian las tres de la madrugada del 3 de Agosto, cuando Colon despertó al dulce murmullo de los árboles mecidos por la brisa de tierra, y su oido sutil de marinero conoció en seguida el viento deseado.

 Era Viérnes. Este dia de mal agüero entre las jentes de mar, pareció por el contrario á tan fervoroso cristiano un dia providencialmente destinado, porque recordaba el de la redencion del mundo, el de la conquista del santo sepulcro por Godofredo de Bouillon, y el de la rendicion de Granada, paladion de la morisma en occidente.

 Llamó Colon á la puerta de la celda del P. Marchena; y pocos momentos despues las guardias de las carabelas pudieron ver brillar los cristales de la iglesia con las luces de los altares. Mientras la comunidad se entregaba á las dulzuras del sueño, entró solo el peregrino, y con paso recatado en la capilla de nuestra señora, en cuya ara ofrecia Fr. Juan Perez el santo sacrificio de la misa, con intencion única sin duda alguna desde la institucion de la Eucaristia, y en el momento de consumir, se acercó á los pies del sacerdote para recibir el pan de los ánjeles.[35] Concluida la accion de gracias salió acompañado de su inseparable amigo.

 En las emociones santas el recojimiento es una necesidad, y el silencio un consuelo: la palabra turbaria esa paz del alma, que ella no puede dar, y así es probable que absortos en sus meditaciones descendieran la cuesta semisalvaje que conduce á Palos. Apenas asomaba la aurora por el horizonnte, y la brisa de la mañana impregnada de aromas esparcia por la floresta los últimos perfumes de la tierra europea, que debia respirar el pecho de Colon, cuando rebosando felicidad y confianza llegó al sitio donde le esperaba la lancha de la Santa Maria.

 La voz de mando de los oficiales y el pito de los contramaestres despertaron á los vecinos de las casas inmediatas; abriéronse todas las ventanas y el grito Se van! Se van! resonó de uno á otro estremo de la poblacion. Momento fué aquel de angustia y de dolor incomparables! Las madres, las esposas, los hijos corrian á la playa, regando el camino con sus lágrimas, y los parientes y los amigos se arrojaban á los botes, para acercarse á las carabelas, y hacer una señal de despedida á los que no se prometian ver jamas en esta vida. Colon dió un estrecho abrazo al franciscano, que lloraba conmovido, y un instante despues lo recibian en la capitana con los honores prescritos para los almirantes de Castilla. Subió á la cubierta, y de un golpe de vista examinó las disposiciones tomadas, mandó apartar los barquichuelos que estaban en torno de los buques, izar los botes, levar las anclas y cambiar la bandera de partida de la Santa Maria con la de la espedicion, fiel emblema de los sentimientos de Cristóbal, de Isabel y del verdadero fin de la empresa. Aquel pabellon era ciertamente el estandarte de la cruz, pues llevaba la imájen de Jesus crucificado,[36] mientras que en la Pinta y la Niña tremolaba solo el de la empresa, señalando con una cruz verde entre las iniciales de los reyes, superadas por una corona.

 Entónces Colon, saludando á la multitud, que se apiñaba en la orilla, enviando con la mano el último adios á su amigo Fr. Juan Perez penetrado de su mision y dominando con su voz los murmullos que se levantaban en las tres embarcaciones, mandó dar las velas al viento en nombre de Jesu-Cristo.[37]


VII.


 Media hora despues, bañaba el sol el montecillo de la Rábida. Tres carabelas impelidas por el Este resbalaban por la superficie del agua, en demanda de la torre de la Arenilla, y bien pronto las sinuosidades del Odiel las ocultaron á los tristes ojos de las jentes. Pero desde la azotea del convento estuvieron viéndose las naves por espacio de tres horas, hasta desaparecer en la linea azulada del horizonte.

 No es posible que el P. Marchena, que fué el primero en España que amparó á Colon,*[38] y que le dió el primer socorro y el primer apoyo, olvidara enviarle desde aquella altura su última despedida, llamando la bendicion del señor sobre una empresa á todas luces inspirada por él, como lo prueba el sello de prodijiosa y sobrenatural que llevó siempre.

  1. Carta del duque de Medina Celi al gran cardenal de España, fechada en Cogolludo, el 19 de Marzo de 1493. Archivo de Simancas. Doc. diplom. núm. XIV
  2. * Torre llamada hoy de la Vela. Tomaron posesion el gran cardenal don Pedro Gronzalez de Mendoza, asistido del comendador mayor de Leon don Gutierre de Cardenas y otros prelados y caballeros é hidalgos con tres mil infantes y alguna caballería. Lafuente. Hist. jeneral de España, t. IX. p. 396.
    N. del T.
  3. ** Hernando de Talavera entró en Granada con los reyes católicos el dia 6 de Enero de 1492. Lafuente. ibid. p. 400.
    N. del T.
  4. Mariana. Historia jeneral de España, lib. XXV. § 92.
  5. "Protesté á Vuestras Altezas que toda la ganancia de esta mi empresa se gastase en la conquista de Jerusalen, y Vuestras Altezas se rieron, y dijeron que les placia, y que sin esto tenian aquella ansia." Diario de Colon, Miércoles 26 de Diciembre de 1492.
  6. "Él, invariable en las ideas de esplendor y engrandecimiento pedia grandes condiciones... debia de animarle el favor del cardenal D. Pedro Gonzalez de Mendoza ect." Muñoz, Historia del nuevo mundo, lib. II. § 29.
  7. *Una de las personas que mas influyeron en esta trascendental determinacion de la ilustre matrona, fué su dama y amiga doña Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya, noble y virtuosa projenitora de doña Eujenia de Guzman, actual emperatriz de los franceses y digna émula de la inmortal Blanca de Castilla.
    N. del T. 
  8. "Mas si aun esta dilacion les descontentaba que allí estaban las joyas de su cámara, y sobre ellas se tomase la cantidad necesaria para el armamento." Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. II, § 30.
  9. "El padre Fray Juan Pérez se volvió desde la corte dejando ya el negocio asentado, etc." Fray Pedro Simón. Noticias historiales de las conquistas, etc. Prim. notic, cap. XIV. núm. 3.
  10. Oviedo y Valdes. Historia natural y General de las Indias, etc., lib. III. cap. VII.
  11. Redactado por el secretario Juan de Coloma.
  12. "Oviedo y Valdes. Historia natural, etc., lib. II. cap. XII.
  13. Provision registrada en el sello de corte en Simancas, Docum. diplom., núm. VII.
  14. Real Sobre-Carta. Suplem. prim. á la colec. diplom., núm. VIII.
  15. Solorzano y Pereyra. Política indiana, lib. I. cap. VI. § 31. Anotaciones de don Francisco Ramiro de Valenzuela relator del Supremo Consejo de Indias.
  16. "Disponiendo los ánimos de los marineros, y los demás á emprender la jornada, de que siempre se prometió felicísimos sucesis." Fr. Pedro Simon. Noticias historiales de las conquistas de tierra firme, not. 3 cap. XIV.
  17. Suplemento primero á la coleccion diplomática, núm. VII.
  18. Pleito.— Probanzas del almirante. Pregunta primera.— "Andando negociando de ir á descubrir las Indias con fraile de San Francisco, que andaba con el dicho Almirante."— Suplem. prim.á la colec, diplom.
  19. Deposicion de Juan Rodriguez de Mafra.— "Y no quiso ir por tener el descubrimiento por cosa vana como todos." Pleito. Pregunta 15. Suplem. primer, á la colec, diplom. t. III. p. 570.
  20. Esta carta sin fecha se escribió en Boma como lo prueban estas palabras:... "é vera informazione di uomini illustri é di gran sapere, che son venuti di detti luoghi in questa corte di Roma, etc." — Lettere di Paolo Toscanelli, físico florentino. — Bossi. Appendice, núm. 1.
  21. La familia del ilustre papa Inocencio VIII, penetrada del interes que se tomaba en el proyecto de Colon, mandó grabar en su sepulcro palabras que recuerdan su íntima participacion en el descubrimiento, que no tuvo el placer de conocer en vida. Bonnanus. Numismata pontificum romanorum, t. I. fól. 110 et sequ.
  22. Breve de S. S. fechado en Roma el 10 de Diciembre de 1851.
  23. Pleito. Probanzas del fiscal. Pregunta XI y XII.
  24. La escuela protestante se vé en grave aprieto al tratar de la influencia de Roma, tan decisiva para la espedicion. Washington Irving, no sabiendo que objetar á los hechos, los ha callado; pero el ilustre Humboldt, no queriendo retroceder ante su lójica, y en la mas completa ignorancia de la piedad y dignidad católica, sin respetar su nombre, y con una lijereza que no podria censurar bastante la justicia literaria, se atreve á suponer una connivencia entre el mayor de los Pinzones y Colon, y de consiguiente con el guardian de la Rábida, que no se separaba un instante de su amigo, para engañar al pueblo, y captarse su confianza, por medio de la fábula de un mapa traido de Roma. El silencio de la sorpresa y del pesar es la única respuesta, que debe darse á esplicacion tan miserable. Aparte de la imposibilidad de semejante acuerdo con hombres del temple de Juan Perez y de Cristóbal Colon, no está demas traer á la memoria, que mucho despues de la muerte de los tres pretendidos cómplices, la informacion del fiscal contra el heredero del almirante de las Indias hizo aparecer las pruebas olvidadas del viaje á Roma, y de la comunicacion que recibió allí Martin Alonso Pinzon. La informacion recojió las declaraciones de los testigos de vista.
  25. Herrera. Historia jeneral, etc., decada I. lib. I. cap. IX.
  26. Colon á bordo de la Niña amenazó al gobernador portugues Castañeda con quitarle un ciento de los suyos, y llevarlos á Castilla. Diario, Mártes 19 de Febrero de 1493.
  27. ”De alto bordo entre naos, galeones, et caravellas.” Fernam Mendez Pinto. Peregrinaciones, cap. XII.
  28. A. Jal. Arqueolojia naval, t. II. p. 237.
  29. ”Nao que era muy pesada y no para el oficio de descubrir.” Las Casas. Estracto del diario de Colon, Miércoles 26 de Diciembre.
  30. Los tres buques iban provistos de bombas de madera para apurar el agua.
  31. Despues de haber dejado el servicio se hizo en pocos años el mas rico propietario de Santo Domingo, construyendo casas para venderlas. Herrera. Historia jeneral, etc., decada I. lib. V. cap. IV.
  32. Oviedo lo llama: ”Hombre honrado y buen cirujano.” Traduccion de Juan Pouleur, ayuda de cámara de Francisco I.º, lib. II. cap. XII.
  33. Robertson. Historia de América, t. I. lib. II. p. 108.
  34. ”Y despues se fué Colon al mesmo monasterio, y estuvo con el fraile comunicando su viaje, y ordenando su alma y vida, y aperibiéndose primeramente con Dios.” Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral, etc., lib. II. cap. V. fól. 6.
  35. ”Recibió el santisimo sacramento de la Eucaristia el dia mesmo que entró en la mar.” Oviedo y Valdes. Historia jeneral y natural, etc., lib. II. cap. V. fól. 6.
  36. ”Una bandiera nella quale era figurato il Nostro Signore Jesu-Cristo in croce.” Guiov. Battista Ramussio. Delle navigatione é viaggi racoltte, vol. III. fól. 1.º
  37. ”Y en nombre de Jesus, mandó desplegar las velas.” Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral, etc., lib. II. cap. V. fól. 6.
  38. *Al llegar á este punto no podemos menos de recordar una frase emitida por el distinguido escritor don Adolfo de Castro, en su Historia de Cádiz y su provincia. Dice así: ”Al fin en la civilizacion cristiana por medio del P. Marchena halló acojida y decisivo apoyo el representante de la civilizacion romana, vaticinadora del descubrimiento del nuevo mundo: Cristóbal Colon, el nuevo Tifis anunciado.”
     El que en la civilizacion cristiana, por medio del humilde guardian de la Rábida, halló acojida y decisivo apoyo, no fué el representante de la civilizacion de la Roma pagana, del pueblo que echaba los cristianos á los leones, y cuya horrible persecucion á estos está todavia escrita por las derruidas paredes de las catacumbas, ni menos el piloto del Argos, sino el representante de la Roma cristiana, el sucesor de los apóstoles y de los profetas, vaticinadores del descubrimiento del nuevo mundo, el nuevo S. Cristóbal, el que, como aquel jigante cuyo nombre llevaba, habia de trasladar de una á otra ribera la flor de la raiz de Jesee, emblema de la redencion del jénero humano, símbolo de la verdadera civilizacion.
    N. del T.