Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Primero. Capitulo V

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Primero. Capitulo V



CAPITULO V.


I.


Lleno de esperanzas llegó Cristóbal Colon á Córdoba con la carta de recomendacion, de que se prometia un resultado tan pronto como eficaz; pues el crédito de que gozaba el prior de Prado, parecia deber esceptuarlo de las demoras ordinarias, y permitirle sin tardanza el acceso á SS. AA.[1] Mas ay! la acojida que le dispensó este personaje disipó bien pronto sus ilusiones; pues no tan solo no le hizo promesa alguna, ni le dió esperanzas, sino que ni aun se dignó escucharlo siquiera. Don fray Hernando de Talavera, que debia ser su introductor en palacio, fué el primer obstáculo para su proyecto, porque aquel hombre parecia estar escojido para poner á prueba su resignacion y su paciencia.

Con justicia enojados por la ansiedad en que tuvo al pretendiente mas noble de la tierra, y las trabas que impuso á su injenio, han tratado con severidad al prior de Prado muchos escritores; pero la imparcialidad nos obliga á decir que su jenerosa indignacion los ha conducido muy lejos.

Fr. Hernando de Talavera; de la congregacion de jerónimos , prior de Nuestra Señora de Prado, en Valladolid, y confesor de los reyes, no era un hombre vulgar, envidioso de la gloria de los demas, ni hostil por sistema á las nuevas ideas. Literato y teólogo secundó franca y resueltamente años atras el impulso dado á las letras por inspiracion de Isabel. Sabio y modesto consejero, su constancia, su apego al trabajo, y sus sagaces combinaciones acababan de aumentar las rentas de la corona en treinta cuentos de maravédis. En medio de la ostentacion de la corte vivia como un verdadero sacerdote, cubriendo bajo su estremada mansedumbre y piedad sus austeridades y su celo belicoso por la causa del cristianismo. Sin ambicion, y de costumbres edificantes, poseía la confianza sin límites de los soberanos, y gozaba entre todos fama de santidad. [2]

Lo que de él sabemos no indica ninguna estrechez de miras, sino que por docto y relijioso que fuera, como carecia de nociones especiales de matemáticas y ciencias naturales, no pudo fallar en materia de cosmografia: juzgó por las apariencias sin ser fisonomista, y se equivocó necesariamente. El aspecto de aquel estranjero oscuro, mal vestido, cuya venida á España era misteriosa, que apenas hablaba la lengua del pais, y no tenia mas apoyo que el de un fraile, relegado en un agreste monasterio, no le permitieron formar un concepto ventajoso ni del hombre, ni del proyecto. Sospechó que el P. Marchena estaba alucinado por él, y como lo tenia por visionario, lo dejaba vejetar en los vestíbulos y las antecámaras, para ir apurando su paciencia y cansarlo del oficio de pretendiente; muy convencido de que al obrar de esta manera le hacía un buen servicio. Y cuando por lástima lo recibia, su aire de incredulidad y distraccion; aunque dulcificado con palabras corteses, habria dado al traste con la perseverancia de Colon, á no venir en su socorro un auxilio divino. Fácilmente se comprenderá si el prior de Prado, que no gustaba intervenir en recomendaciones, estaría dispuesto á interesar á los reyes en favor del italiano, tanto menos, cuanto que hubiera creido cometer un delito, robándoles un solo momento en sus graves y urjentes ocupaciones, para que oyeran al aventurero, que sin mas ropa que la puesta, quería ofrecerles grandes imperios.

Así es que tuvo Colon que sufrir y luchar con el que pensó seria su protector, y reducido á la miseria, se vió en la necesidad de recurrir á la pluma, para procurarse el mantenimiento. Perdido en el bullicio de la ciudad de Córdoba, famosa por la elegancia de sus moradores, y las exijencias de su lujo; aislado, sin amigos, sin familia y en el mas triste desamparo, una jóven, en cuya vecindad vivia, quiso dulcificar sus amarguras, uniéndose á él con lazo indisoluble. En efecto, á fines de Noviembre del año 1486 se desposaron, y Dios bendijo su matrimonio, dándoles á Fernando el 29 de Agosto siguiente. Era esta una doncella mas ilustre que rica, y mas hermosa que ilustre; pero sin embargo de que teniendo hermanos, y de que segun la costumbre establecida en su tiempo y su pais, no recibió en dote sino su lejítima, le bastaba para gozar de independencia. Llevaba un nombre caro al Dante, y que parecía hecho para un italiano, pues se llamaba Beatriz. Pertenecia á la casa de los Aranas, una de las mas antiguas de Córdoba, en cuya descendencia iba trasmitiéndose la virtud como una herencia, y disfrutaba de esa consideracion que jamas mereció la riqueza sola.

El laconismo de los historiadores, el silencio y la ausencia de Beatriz en los trances solemnes, algunas palabras de su marido moribundo, veladas por una pudorosa reticencia, é interpretadas del modo mas grosero, han dado lugar á una prevencion jeneral en contra suya. Pero si los antiguos cronistas, despues de haber consignado el primer casamiento de Colon, no se ocuparon de Beatriz, fué porque á decir verdad, nada tenian que esponer de ella; pues su sencillez, la naturaleza de sus gustos y costumbres, que la mantuvieron apartada de la elevada posicion á que su rango la daba derecho, su amor al pueblo que la vió nacer, y del que nunca salió, impedian seguirla durante su vida. Su historia, como su felicidad se concentraron en su esposo; porque la mujer cristiana disfruta modestamente de la gloria de su compañero, sin hacer alarde de ella.

Diriase que esta unión estaba dispuesta por la providencia, para fijar á Colon en España, atándolo con los lazos de la familia á la nacion heróica, que ya era su patria adoptiva; y si se considera con detenimiento con que circunstancias se verificó, se hallará que hay en él algo estraño y escepcional, como su destino, y que la paciencia, lo imprevisto y lo sublime contribuyeron á realizarlo.

Aquel sentimiento fué grande y jenéroso por parte de Cristóbal, y tierno, dulce y poético por la de Beatriz. Ella, mal que le pesara á su noble alcurnia, á su juventud y á su singular belleza, daba su mano á un hombre á la sazon sin rango, sin parientes conocidos, sin lenguaje; pues apenas hablaba el castellano, sin edad proporcionada á la suya, pues contaba cuarenta y nueve años, sin virjinidad de corazón, pues era viudo y padre, y cuya blanca cabellera y surcada frente debian inspirar mas veneracion que cariño, mas respeto que pasión; y sin caudal, pues no poseia mas bienes que las esperanzas de consumar un plan por tres veces rechazado en los consejos de tres estados.

No hay duda de que los Aranas y los Enriquez se opondrian á un enlace, que disonaba á su lejítimo orgullo, á sus intereses, á sus preocupaciones, y hasta á su razon misma; que deberla parecerles mas que otra cosa, una aberracion del entendimiento, y que por de contado procurarian disuadirla, representándola á Colon con los mas negros colores; teniendo Beatriz que arrostrar su enojo y el de sus amigos, y las hablillas que concluyen con los afectos vulgares.

Por otra parte, para que una intelijencia tan firme como la de Colon, cediera al amor, debian formar las cualidades físicas y morales de Beatriz un conjunto irresistible. Pero si bien admiró en ella las gracias del cuerpo, no se prendó sino de la inmolación que le hacia, y la quiso porque lo queria. El agradecimiento, ese impulso jeneroso que se arraiga en lo mas profundo del pecho humano, subyugó al ser que nada hubiera detenido, mientras meditaba sobre el pensamiento mas elevado que haya podido concebirse. No era aquel un casamiento de conveniencia, sino de inclinacion pura, invencible, mas fuerte que su ambición, que su esperiencia y su desgracia; una misteriosa red que le tendia una mano invisible como prueba suprema; porque necesitaba amar á Beatriz con todo su corazón, y esperimentar en ello un encanto indecible, para que el abandonarla y permanecer voluntariamente separado de tan caro objeto, á fin de dar cima á su obra, hiciera mas meritorio y mas sublime el sacrificio: sacrificio que ninguno ha mencionado en su historia. La felicidad que le ofrecia su amada, puesta como una tentación en el espinoso camino que debía recorrer, no pudo distraer de su idea inmortal á su alma inspirada, y así mientras estuvo en Córdoba, no cesó de intentar por todos los resortes el ser escuchado y llegar al trono. Pero como nada conseguía, puso una carta al rey don Fernando escrita en los siguientes términos:

 "Serenísimo príncipe:
 Viajo desde mi niñez; pues hace cerca de cuarenta años que surco los mares. He visitado todos los paises conocidos; conversado con gran número de sacerdotes, seglares, latinos, griegos, moros y hombres de cuantas relijiones hay; adquirido algunos conocimientos en la náutica, la astronomia, y la jeometria; estudiado los libros de cosmografia, historia y filosofia, y estoy bastante diestro para dibujar el plano del mundo, y colocar las ciudades, rios y montañas en los sitios verdaderos. Me hallo al presente con las fuerzas necesarias para ir al descubrimiento de las Indias, y suplico a S. A. patrocine mi empresa. No dudo que aquellos que la sepan hagan mofa de ella; pero si place a S. A. darme los medios de llevarla a cabo, yo espero vencer cualquiera de los obstáculos que se presenten."[3]

En este firme y claro estilo, en que los hechos ocupan el lugar de las palabras, se refleja su carácter.

Quedó sin respuesta la misiva, y probablemente, como lo preveyó su autor, se burlarían de su contenido las personas a quienes se comunicó, haciendo el rey católico otro tanto. Sin embargo; esperó Colón, y al cabo de muchos sinsabores logró hacer conocimiento con el antiguo nuncio apostólico, monseñor Antonio Geraldini, que á ruego de la reina tornó a España, para terminar la educación de la infanta, y cuyo saber lo predisponía a todo lo grande. Como su talento de diplomático no entibiaba lo mas mínimo la generosidad de sus sentimientos, desde el momento en que le habló se sintió atraído hacia él, y amigo suyo cuando no creía ser mas que su protector. Refirió la conferencia a varios personajes de los mas importantes de la corte, y en particular al gran cardenal don Pedro González de Mendoza, que por su poderoso influjo fué llamado tercer rey de las Españas. A instancias del ex-nuncio admitió el prelado en su presencia al navegante estranjero, y mas familiarizado que Fr. Hernando de Talavera con los hombres y las cosas, lo comprendió enseguida, le dio su estimación, y formó tan buen concepto de él, que sin entrometerse a escudriñar el mérito de su plan, lo que tampoco podia hacer en el acto, creyó que estaba en la obligación de ponerlo en noticia de los reyes[4] y por su benévola mediacion, pudo Colon obtener una audiencia de SS. AA.

Presentóse Cristóbal á don Fernando y doña Isabel, no con embarazo, ni humildad, sino con majestad y franqueza, pareciendo mas un soberano disfrazado hablando con sus iguales, que un pobre pretendiente. Era porque al acercarse á los mas poderosos príncipes de la cristiandad, á los mas celosos defensores de la causa de la cruz, lo hacia en calidad de mensajero de la providencia, "venido en embajada"[5] para proponerles una empresa, que inmortalizara su reinado, "si servian á nuestro señor, difundiendo su santo nombre y la fe por los pueblos" que ignoraban al Mesias. Y en verdad, que utilizar de tal manera sus esfuerzos en esta vida, era prepararse una corona en la eternidad.

Absoluta y resueltamente sobre tan relijioso motivo se fundó Colon, al dirijirse á Isabel la católica; pues las ventajas políticas y comerciales que adujo en Jénova, Venecia y Portugal no se las presentó sino en segundo término, y como accesorias. Los historiadores han dejado esto, ó sumido en el olvido, ó muy oscuro, y conviene que quede establecido, que el principal objeto del descubrimiento fué la glorificacion del redentor, la dilatacion de la Iglesia de Jesu-Cristo, y no los intereses materiales.

Colon, hombre de deseos al modo de Daniel, animado por el espíritu divino, y conociendo la tierna piedad y la dulzura de Isabel, dejó que hablara su corazon, y su elocuencia penetró en el de ella, que desde aquel instante, se tomó un indefinible interés por el estranjero, cuya frente ceñía la luz del genio, y cuya inteligente mirada y elevado lenguaje inspiraban confianza, respeto y amor.

Sin duda experimentaría don Fernando algo de esto; pero de carácter frío y opuesto a obedecer los impulsos del alma, no se pronunció aun porque primero queria que ya que el plan se fundaba en datos científicos, fuera comprobado por la ciencia, remitiéndose a lo que decidiera una junta de sabios, que encargó de convocar y presidir al prior de Prado.

No era fácil la comisión conferida a Fr. Hernando porque entonces no había en Castilla sino corto número de cosmógrafos, y como dice un cronista, no valian cosa. En su defecto, buscó Talavera teólogos, y los citó para Salamanca, donde aquel año invernaba la corte[6]. La época de junta tan memorable, aunque no la consigna la historia, dos circunstancias nos permiten fijarla de un modo bastante aproximado en el mes de Noviembre de 1486. A falta del extracto de sus sesiones, que con imperfección se hizo dos años despues, y que no ha salido todavía del Archivo de Simancas, convendrá al menos formarse una idea del lugar y de los personajes que presenciaron, y tomaron parte en la liza, que tuvo lugar entre la fe del predestinado y la incredulidad de los partidarios de la rutina.


II.


La religion y la ciencia ocupaban por sí solas la ciudad de Salamanca. Ademas del colegio del rey, de los de las órdenes de Calatrava y Alcántara, de los de las ciudades de Burgos y de Oviedo, del de los Irlandeses, de los Huérfanos, de San Juan, San Pelayo, San Miguel, San Pedro y San Pablo, Santa Maria, San Bartolomé, del monte de las Olivas &c., los dominicos, franciscanos, benedictinos, Jerónimos, bernardinos, padres de la misericordia, trinitarios, canónigos regulares y carmelitas descalzos, cada uno tenia su escuela.

Estos diferentes establecimientos comprendian casi todas las enseñanzas, y mientras unos se dedicaban á la del latin y humanidades, otros se elevaban á las ciencias naturales, al derecho y la teolojia. En los conventos, donde se hacian los estudios mayores, habia salones anexos á los claustros, y abiertos á la juventud, que acudía allí á las horas de estudio, como acontece hoy en las universidades.

Todos los mencionados establecimientos funcionaban bajo la dirección única de un consejo llamado de la Universidad, y presidido por un rector,[7] que tenia á sus órdenes cuarenta dependientes, entre administrador, síndicos, bedeles, secretarios y maestro de ceremonias, y á su cargo la dirección de setenta y tres cátedras, sostenidas por rentas considerables. Mas de ocho mil estudiantes se apuntaban en la matrícula de la poderosa Universidad, que por su riqueza, su fama y su influencia imperaba en Salamanca. Contaba con administracion y gobierno propios, cancillería, estados, escribanos, jueces, médicos, músicos, predicador, iglesia particular, dedicada á san Jerónimo, hospital nombrado de San Juan Bautista, y esclusivamente destinado á los escolares pobres, é inmensa biblioteca, con entrada libre por espacio de cuatro horas diarias, tanto para los maestros, como para los discípulos.

A causa de su nombre y superioridad, el colejio de estudios mayores, que dirijian los dominicos en su convento de San Esteban, estaba en primera línea, y marchaba al frente de los demás establecimientos, siendo en su recinto dónde se reunió la junta científica.

Puede inferirse el ruido que baria en Salamanca la noticia de semejante congreso, al considerar, que en primer lugar era un acontecimiento del todo nuevo, sin precedente, que por su estrañeza picaba la curiosidad de los hombres graves; y en segundo que, como don Rodrigo Maldonado vice-presidente de la Junta, reputado jeógrafo, sin saberse por que, y persona afable y sin presuncion, era hijo de la ciudad, y habia cursado en ella, su familia y amigos se tomaban un interés personal en las discusiones que iban á tener lugar. Lo propio acontecía por parte del jóven Gricio, secretario del rey, y de otros oficiales de la servidumbre de palacio, nacidos también allí.

Una circunstancia casi dramática contribuia á que fuera mas sonado el suceso. El gremio de barberos guardaba su bandera, y tenia su capilla en San Esteban,[8] y como en su regocijo, todos los fígaros parecian participar de la honra hecha á la casa de los dominicos, calcúlese si sus lenguas no estarían en continuo movimiento, y si en Salamanca habría quien no supiera la gran novedad. Hasta los arrieros y las nodrizas estaban al tanto, de que un estranjero pretendía probar que la tierra era redonda como una naranja; que habia rejiones en que andaban sus habitantes cabeza abajo, y que navegando en línea recta á poniente, se volvía por levante. Atónitas quedarían las jentes tal vez, de que se discutieran seriamente cosas de tanto chiste.

Se formó la Junta de los profesores de astronomia y cosmografia, propietarios de las primeras cátedras de la Universidad, y de los principales jeógrafos ó jeómetras, que habian estudiado en otro tiempo las matemáticas con Apolonius, y física con Pascual de Aranda, únicos maestros de cuenta que hubiera producido todavia Salamanca. Pero ni el P. Marchena, ni el jóven piloto Juan de la Cosa tomaron parte en la reunion, ni tampoco el lapidario de Burgos, Jaime Ferrer, el español mas competente en materia de cosmografía, y al que distinguia con su amistad el gran cardenal; pues se hallaria en aquellas circunstancias ocupado en su comercio de piedras preciosas, en el Cairo, ó en Damasco.

La reyna, que con el fin de dar impulso á los estudios, asistía á los exámenes, no quiso á la sazón influir con su presencia en el debate, ni hacerlo embarazoso, ni tomar tal vez algun partido, y se privó del gusto de ser testigo de la lucha del jenio con la erudicion. [9] Pero la purista doña Lucia de Medrano, acostumbrada á esplicar en público los clásicos, la célebre doña Beatriz Galindez,*[10] apellidada la ladina, y que enseñó á Isabel la católica la lengua de Virjilio, la melodiosa poetisa Florencia Pinar, y Francisca de Lebrija, la ilustrada hija del maestro, que debia reemplazar un dia en la Universidad de Alcalá, figuraban entre los curiosos. Y entre las notabilidades el nuncio apostólico monseñor Bartolomé Scandiano, su sobrino y secretario Pablo Olivieri, propagador del buen gusto, el ex-legado monseñor Antonio Geraldini, y su hermano el injenioso Alejandro, el deán de Compostela, el secretario del primer ministro, Didáceo Muro, el ilustre profesor Gutiérrez de Toledo, primo del rey, el siciliano Antonio Blaniardo, mas conocido por el nombre romano de Flaminius, su compatriota Lucio Marineo, Villa Scandino, primer catedrático de derecho canónico, Pedro Pontea, suplente de derecho civil, y conocido del P. Marchena, el matemático Juan Scribá, que trocó el compás por una embajada, el doctor Gaspar Torella de Valencia, mas tarde médico de dos papas y que, queriendo luego curar las almas como habia curado los cuerpos, murió de obispo de Santa Justa, el valetudinario portugués Arias, catedrático de literatura griega, y el primer maestro de teolojia del colejio de San Estéban, Fr. Diego de Deza, cuya ciencia y piedad gozaban de igual fama fuera, que dentro del convento, del cual era la gloria despues de haber sido el discípulo, y á cuyo alrededor se agrupaba lo mas escojido de la escuela.

Preciso es conocer que en aquel congreso el auditorio no fué menos imponente que los jueces; pues tenia otro tanto saber y mas independencia.

Ya dijimos cuan desfavorable era al proyecto Talavera: ahora añadiremos que, su asesor don Rodrigo de Maldonado participaba de las mismas ideas, y que los vocales, como jeneralmente sucede en casos análogos, estaban bajo la influencia del presidente, y antes de la primera sesion prevenidos ya contra lo que iba á discutirse, y el que venia á defenderlo, considerándolo todos como un orgulloso, que pretendia descubrir una cosa en que no pensó jamás ningún jeógrafo; deduciendo de aquí que se creia superior á cuantos le precedieron. Tambien su cualidad de estranjero era una circunstancia agravante, y que no constituia el menor de sus defectos.

Con la cabeza erguida y el corazón tranquilo compareció Colon ante la audiencia; á pesar de la mucha distancia que lo separaba de su modo de pensar. Porque al par que los unos estaban firmemente persuadidos de que la tierra fuera el cuerpo mas disforme de la creacion visible, el centro fijo del universo, y de que siendo su tamaño mayor que el de todos los astros, por ella se movian en torno suyo; otros pretendian que su hechura era la de un círculo plano, ó de un cuadrilátero inmenso rodeado de un mar inconmensurable. De consiguiente, admitiendo la forma circular ó cuadrangular; pero siempre plana de la parte sólida, limitaban la estension de las aguas á la séptima parte de la tierra, y sin forjar claramente un sistema, consideraban como un sueño cuanto no estuviese conforme con los autores antiguos. Muchos tambien se inclinaban á ver en las teorias de Colon peligrosas innovaciones, que tal vez encubrian algunas herejias.

Antes de tomar la palabra, se decidió Cristóbal á no pasar en esta controversia de ciertas jeneralidades, ni descubrir á la indiscrecion pública la base de su conviccion; pues la pérfida conducta de Portugal lo hacia prudente, aun en presencia de la noble y leal corte de Isabel. Lo que iba á establecer sobre datos científicos no era la última razon de su sistema, ni su demostracion clara y terminante, sino los argumentos secundarios tornados en principales. No obstante tal complicacion, espuso con calma y seguridad lo que parecia ser el fundamento de su idea; mas como se apoyaba esencialmente en las ciencias, no pudo seguirlo bien la Junta; salvo los domínicos que lo escucharon con atencion[11] y le dieron buena acojida.

Algunos miembros le arguyeron con pasajes de las Santas Escrituras, pésimamente aplicados, y con fragmentos truncados de autores eclesiásticos, contrarios á su sistema.

Por una parte establecian varios catedráticos, en mayor ó menor escala, que la tierra era llana y no redonda, puesto que dijo David: "Estendiendo el cielo como una piel," á lo que añadian las palabras de san Pablo al comparar los cielos con un pabellon colocado sobre la tierra, idea que escluye la esferoicidad del mundo;[12] y por otra los menos ríjidos ó menos estraños a la jeografia, sostenian que, admitiendo la redondez de la tierra, el proyecto de ir á buscar rejiones habitadas en el hemisferio austral fuera quimérico, porque la otra mitad del mundo estaria ocupada por la mar Tenebrosa, abismo ilimitado y formidable; y que si por ventura un bajel llevado en esa direccion llegaba á las Indias, nunca podria tornar, en razón á que la pretendida redondez de la tierra formaria un obstáculo insuperable para lograrlo, por favorables que soplaran los vientos.[13] Y si les contestaba con datos tomados del arte de navegar, ó hijos de la esperiencia, le replicaban con autoridades de Lactancio y de san Agustin condenando la opinion absurda de los que creen en los antípodas, y justificaban los clásicos con el testimonio de los paganos Epicuro y Séneca.

Con respecto á Séneca, incurrian en un error involuntario; pues creyendo referirse al filósofo Lucius Annæus Séneca, y preceptor de Nerón, le atribuyeron este pasaje de los Suasoriœ: «Alejandro se embarcará en el Océano, estando la India al fin del mundo, mas allá del cual empieza la noche eterna."[14] Semejante pregunta no fué hecha por Séneca sino por su padre, Mucius Annæus, que vivió en tiempo de Augusto, y la puso en sus Suasoriœ. ¿Pero qué eran las Suasoriœ sino bosquejos de retórica, asuntos de amplificacion, para dar lugar á discusiones ficticias, meros rasgos de elocuencia? Así es que, con un capricho de la imajinacion, con un tema de composicion oratoria pretendian refutar la teoría de Colon...

En la disputa se iban tocando demasiados puntos incidentales, para que terminara prontamente. Despues de cada relato de Colon se reunia la Junta en sesión secreta, con el objeto de examinar la fuerza de sus argumentos, los testos citados, y tener preparadas las respuestas ú objeciones para la siguiente.[15]

Comprendiendo Colon que no bastaba la ciencia para convencer á sus jueces, entre los que mas abundaban los teólogos que los marinos y cosmógrafos, se resolvió á debatir las autoridades de las Escrituras, y el parecer de los comentadores, á riesgo de hacerse sospechoso de herejia. El ardor de su apostolado pareció transformarlo entónces á los ojos de sus oyentes. La majestad de su presencia, el fuego de su mirada, y el timbre sonoro de su voz, daban á su palabra una persuasion irresistible para toda alma elevada; al par que la poesia y la grandeza de los libros sagrados, electrizando su corazon, ennoblecían su enérjico lenguaje con lo sublime del asunto, al volver contra sus adversarios las mismas citas con que creyeron condenarlo. La digna actitud, tomada por Colon ante la Junta, hizo que muchos de los concurrentes se sintieran atraidos hácia él, y que el catedrático de filosofía de San Estéban, Fr. Diego de Deza, saliera en su defensa, y ganara á su causa á los primeros maestros de la Universidad.

Colon tenia en su favor, la calidad ya que no la cantidad de los votos; pero los espíritus timoratos y los escolásticos pertinaces encontraban en estremo presuntuoso, el que un marino hablara contra la opinion de san Agustin y de Nicolas de Lyra. Se difundió en esto un vago rumor, que hubiera sido peligroso en un pais, en que la inquisicion acababa de establecerse, y desplegaba la grande actividad que le permitian sus facultades; mas felizmente, el nuncio monseñor Scandiano supo lo que ocurria, como tambien el ex-nuncio; y su hermano Alessandro Geraldini se apresuró, para prevenir el mal, á solicitar una audiencia del cardenal Mendoza. Poco le bastó para demostrarle, que por mejor comentador que fuera Nicolas de Lyra, y por mas elevada y grande que fuese la filosofia y la santidad de san Agustin, no podian hacer ley en materia de jeografia y navegacion; ciencias estrañas á sus tareas.[16] La opinion del legado, de los Geraldinis y del gran cardenal, lo mismo que las simpatias de Diego de Deza, y de algunas notabilidades de la ciudad neutralizaron el efecto de las pérfidas insinuaciones, que traian receloso al Santo Oficio. La córte no esperó el fin de las conferencias, y abandonó á Salamanca el dia 26 de Enero de 1487 para ir á Andalucia,[17] y la comisión se separó sin haber concluido nada; pues por unanimidad condenaba el proyecto, bien como quimérico, bien como impracticable.

La nueva campaña contra los moros de Málaga hizo que por el momento se olvidase el pensamiento de Colon, del cual tampoco pudo seguir ocupándose Fr. Hernando de Talavera, (que no se tomaba ningún interés por él, persuadido de la imposibilidad de llevarlo á cabo) á causa de que estando en la obligación de acompañar á SS. AA. en calidad de confesor de la reyna, no obstante su promocion al obispado de Avila, le hubiera sido muy difícil proseguir el asunto, habiéndose dispersado todos los vocales de la Junta.

Las conferencias de Salamanca pusieron de manifiesto la erudicion, la ciencia y las jigantescas miras de Colon, dando á la idea y al autor fama y popularidad. Desde entónces comenzaron los reyes á tratarlo con mucha consideración, [18]y aunque sin comprometerse con él, gustaban hablarle y ocuparse de su plan, llamándole en diversas ocasiones; prévia indemnizacion de sus gastos de viaje, como se desprende de los apuntes de cuentas del tesorero Francisco González de Sevilla.[19] Don Fernando; á pesar de huir siempre de arriesgar un solo ducado en la ejecucion de la empresa, acariciaba en su mente como un sueño de oro el pensamiento de descubrir tierras, situadas al estremo de las Indias, cubiertas de especerias y piedras preciosas. Las ocupaciones militares, que distraian la atención de los soberanos, hicieron aplazar; pero no rechazar el ofrecimiento de Colon, y á los nueve dias de la rendicion de Málaga, ó sea el 18 de Agosto de 1487 percibió de las cajas reales cuatro mil maravedis; para ponerse en camino hácia donde estaban SS. AA.[20] Con su llegada volvieron á reanudarse las negociaciones; pero los acontecimientos de la guerra, y sus apremiantes necesidades venian siempre á darles treguas. Aquel año invadió la peste á Córdoba, y la corte se trasladó á Zaragoza, para permanecer en ella durante el invierno, llamando allí los reyes á Colon, como lo prueba el contenido de un asiento de su tesorería. [21]

Aunque todo el siguiente de 1488 se pasó en inútiles solicitudes, y esperanzas defraudadas, solo dependia de Colon el llevar á cabo su proyecto, y obtener su recompensa; pues don Juan II, el único portugues que pudo admirar su injenio, estaba deseoso de atraérselo. Y como él le hiciera saber el temor que abrigaba, (sin duda para tener en que apoyar su negativa), de que una vez en sus manos, no se valieran sus consejeros de cualquier pretesto para atentar contra su libertad, el rey le remitió un salvo-conducto con fecha 20 de Marzo, en cuyo sobrescrito se leía: A Cristóvam Colon noso especial amigo, en Sevilla.[22] Pero por mas que le doliera el tiempo que se perdia, y por mucha que fuera su impaciencia, se mantuvo firme en su primer propósito, de no tratar mas con Portugal, y no salió de España.

Abandonaron los reyes á Zaragoza en la primavera, para tentar un golpe de mano contra los moriscos, y durante el verano hicieron venir á su lado á Colon.[23]

Pasaron luego á Valladolid, y la dejaron en Mayo, para ir á la industriosa Medina del Campo, en la cual querian recibir la embajada que les enviaba Enrique VII, deseoso de ser su aliado, y á principios de Febrero se trasladaron á Córdoba, pareciéndoles entónces llegada la hora de examinar con detenimiento los planes del jenoves. Al efecto espidieron una órden el dia 12 de Mayo de 1489, encargando á la municipalidad de Sevilla le preparase alojamiento gratuito.[24] Pero todavia hubo un tropiezo, que consistía en que, resuelto como estaba el sitio de Baza, era preciso aprovechar la buena estacion, para conquistar esta plaza, una de las mas fuertes que poseian los muslimes. La fe y la resignacion de Cristóbal igualaban á la persistencia casi fatal de las causas que hacian detener sin cesar á tan valiente cristiano en su camino, sin arrancarle una queja en su desesperada situacion.


III.


No era el sitio de Baza una mera combinacion estratéjica, sino la penúltima palabra de la cruzada; porque de su buen éxito dependia la suerte de los mahometanos en España. Entónces Colon ciñó su espada y fue á la guerra, donde en los rangos subalternos se consagro silenciosamente á servir con tanto valor[25] como humildad la causa del redentor; y aun parece que dió escelentes consejos sobre las operaciones; consejos que por ser pobre, estranjero y marino no escucharon los que rodeaban al rey. Esperimentáronse al principio de la campaña algunos descalabros; y esto, unido á las grandes lluvias y á las enfermedades que sufria el ejército, aumentadas con la escasez de los abastos, desanimaron á los principales capitanes, hasta el punto de solicitar de S. A. que levantara el asedio por temor de un desastre. Antes de decidirse don Fernando quiso consultar con su esposa, á la sazón en Jaén. Isabel se opuso, y prometió proveer las tropas de cuanto necesitaran, empeñando con este objeto sus joyas y vajillas de oro y plata á las ciudades de Barcelona y Valencia, y haciéndose abastecedora jeneral; pues ninguno quiso encargarse de ello, tanto por el mal estado de los caminos, como por temor á las emboscadas de los enemigos. Rejimenta seis mil peones, para reparar las vias de comunicación, construir puentes, y llevar la artillería pesada: alquila catorce mil mulas,[26] y organizando bajo la proteccion de escoltas un servicio regular de transportes, lleva al campamento la abundancia y la esperanza; al par que, para estimular el fervor de los soldados, envia dos franciscanos acabados de llegar de Palestina con su mensaje amenazador del soldan de Ejipto.

Pero los discursos de estos sacerdotes no conseguian reanimar el fuego; pues se vacilaba en atacar: las órdenes eran incoherentes y faltaba la unidad y el impulso. Sábelo Isabel y vuela al campo, se pone, sin decirlo, á la cabeza del ejército; y con la presencia de tan gran jeneral, cambia el aspecto de las cosas; se opera una repentina transformacion en las costumbres de los sitiadores; cesan las querellas personales, el desfallecimiento y los conflictos en las disposiciones; multiplícanse los parapetos, se avanzan las paralelas, velan los que guarnecen las trincheras, y prosigue el cerco con regularidad. Noche y dia resuenan los cañones, que baten constantemente los muros de la plaza, sin dar tiempo á reparar sus destrozos, hasta que los moros, al fin desalentados, con una actividad no conocida en tales empresas, comprendiendo lo inútil de mas larga resistencia, piden capitulacion.

Tamaña victoria, debida solo á la táctica de la reyna, fué admirada de todos los guerreros, tanto que el valeroso Hernando del Pulgar, que se halló presente, al mencionar la influencia que ejerció Isabel, influencia maravillosa, que casi se asemeja á una exajeracion poética, pone á Dios por testigo de la verdad de lo que dice.[27]

La rendicion de Baza difundió el espanto por la morisma, y colmó de alegria á la España cristiana. Sevilla dispuso una magnífica entrada triunfal á SS. AA. y se prolongaron las fiestas y los regocijos. No bien terminados estos desahogos, absorbieron la atencion de los reyes las negociaciones del casamiento de su hija la infanta doña Isabel, con el heredero presunto de la corona portuguesa, que se verificó en Abril de 1491. La serie de diversiones pareció entónces interminable, y como los banquetes, las justas, los bailes de trajes, las serenatas é iluminaciones aturdian y deslumbraban, sin dar lugar á las graves cuestiones científicas; de cuánta paciencia no debió revestirse Colon!

Fué imposible reanudar las conferencias sobre lo discutido en Salamanca antes de la venida del invierno. Y como la relacion, que la Junta debia remitir á los reyes, no estaba redactada aun, y Colon sabia que Isabel no tendria reposo, hasta no ver flamear sobre las almenas de la Alhambra el pabellon de Castilla, no quiso esperar á los preparativos de otra guerra, y reuniendo á los suyos los esfuerzos de aquellos que lo apreciaban, consiguió que la comision fallara en definitiva.

El obispo de Avila, cuya opinion no habia cambiado en este asunto, volvió á tomar la presidencia, y todos los miembros acordaron por unanimidad, que los cálculos estaban basados en un principio falso é imajinario, porque su autor afirmaba como verdad lo imposible.[28]

Sin embargo de tan triste conclusion no abandonó la reyna el proyecto; pues su injenio no condenaba al de Colon; mas como la guerra que iba á comenzar contra Granada traia gastos enormes, encargó á Fr. Hernando de Talavera le dijese, que los apuros del tesoro no la permitian ocuparse por lo pronto de su plan; pero que una vez terminada, se procederia á examinarlo de nuevo.

Despues de tantos años de espera, de jestiones perseverantes y desengaños, semejante contestacion habria dado al traste con cualquiera otro, que no fuese aquel hombre, avezado á las privaciones, á la burla y al desden de la soberbia ignorancia. Pero él, deseando que la nacion española, cuyo fervor relijioso y carácter caballeresco tan bien se avenia con el suyo, se aprovechase del descubrimiento, lo propuso al duque de Medina-Sidonia, uno de los principales señores de Castilla , y que poseia escuadra, puertos y ejército.[29] Una buena acojida y la promesa de recomendarlo á la reyna fué cuanto obtuvo del duque, entónces muy ocupado en los preparativos de una próxima campaña. La magnitud del plan le hizo tomarlo por una quimera, ó quizas como una asechanza á sus caudales, y desconfió de él, sobre todo porque era estranjero.[30]

En esto el mayordomo del duque de Medina-Celi, que tambien tenia flota poderosa, habló á su señor del caso, y Colon fué llamado al Puerto de Santa Maria, donde le esperaba una franca y jenerosa hospitalidad en el palacio ducal. Simpatizó con Colon el de Medina-Celi, y entusiasmado con su grandeza de ánimo, y el atractivo de su conversacion, le mereció tal confianza, que mandó construir en seguida buques adecuados para un viaje de descubrimientos; pero en el momento de salir al mar, mudó de parecer, y temeroso de que aquella espedicion hecha en su nombre, no infundiera sospechas á la reyna, la escribió desde Rota,[31] solicitando su permiso. Agradecióle Isabel la deferencia, y le rogó cediera el armamento á la corona, que ella le reembolsaria al remate de la guerra, de las sumas gastadas, y al par que le decia que no creia lo bastante en el éxito del negocio, como estaba decidida á ensayarlo, le añadia que hiciera venir á la corte á Colon. [32]

No bien hubo llegado, cuando con la delicadeza encantadora que la caracterizaba, lo confió la reyna á don Alonso de Quintanilla, hombre que por su elevación de espíritu y de miras, y su celo relijioso, era digno de tal huésped. Diversas ocasiones conversó con él S. A. acerca de su proyecto, asegurándole siempre que al concluir la campaña quedaria satisfecho; ¿pero cuándo se realizaria su promesa, si toda la morisma veia en Granada su último baluarte, que preparado de antemano para la defensa, ofrecia oponerla desesperada? ¿No era pues demorar la empresa de un modo indefinido, el aplazarla para cuando se acabase la lucha?

Al repasar en su mente las dilaciones, los desprecios, las burlas, las sospechas, las afrentas, los viajes, las antesalas que habia sufrido en silencio; al ver que su vida se iba gastando laboriosa é infructuosamente, para el cumplimiento de su obra, y temeroso de que España, sorda y ciega para sus propios intereses, é ingrata con su constancia, estuviera desheredada por la providencia de las glorias que él la tenia destinadas, cesó de insistir, y con el corazon rebosando amargura se alejó de la corte, decidido á pasar á Francia acto contínuo, para negociar con su rey, al que acababa de hacer una proposicion.

Al salir de Lisboa, preveyendo que España no admitiera su ofrecimiento, y con el objeto de no perder el tiempo, envió Colon á su hermano Bartolomé, para que tratara con el rey de Inglaterra en nombre suyo. Estaba desde entónces sin noticias de él; pero resolvió no proseguir lo que creia comenzado en Londres, sino en caso de no admitirlo el rey cristianisimo.

Antes de abandonar á España, tal vez para siempre, quiso llevar á Córdoba al lado de su mujer á su primer hijo, que habia quedado en poder del P. Marchena en el monasterio de la Rábida, y partió para el convento.

IV.


Oprimióse el corazon de Fr. Juan Perez, al ver de nuevo en la puerta del convento á su antiguo huésped, á su amigo, llevando en su semblante el sello del cansancio, del abatimiento y la pobreza, al cabo de una ausencia de seis años. Mas dolorido quedó cuando supo que aquel grande hombre, harto de luchar con la indiferencia de los sábios, y las temporizaciones de la corte, iba á dejar á España huérfana de sus ideas, y á dotar con ellas á otro pueblo. Se conmovieron su amistad y su patriotismo; tembló por Castilla, al considerarla irremisiblemente privada de los laureles, y de la prosperidad que le daria tal empresa, y rogó á Colon suspendiera su marcha, y reposara algun espacio en su celda. Marchena suplicaba á su hermano en Cristo, á su discípulo en san Francisco, y no podia quedar desatendido, ademas de que la soledad del claustro hacia bien al peregrino jenoves, pues necesitaba recojer su espíritu, descansar de sus fatigas, elevando su alma á Dios, dar nuevo aliento á su esperanza, afirmarse mas y mas en su vocacion, y beber en la fuente misteriosa, para soportar los desprecios, que quizás en otra parte le aguardaran. [33] Hasta entónces el guardian de la Rábida habia aceptado por simpatia y conviccion preexistente los planes de Colon, juzgándolos por sí propio, sin influencia estraña; pero al detenerse á pensar que por dos veces la junta de cosmógrafos los calificó de quiméricos, su modestia le indujo á sospechar, que podia haberse equivocado, tomando sus deseos por razones, y sus razones por la verdad; pero que la ciencia libre de afectos y simpatias negaba sus mas caras ilusiones. Para salir de dudas deseó comparar con el de otro su parecer, y mandó venir de Palos al médico Garcia Hernández, matemático y muy versado en jeografia. Reuniéronse los tres en consulta, y como el parecer de Garcia fué absolutamente igual al del sabio franciscano, y el proyecto pareció fundado y practicable,[34] el guardián creyó llegada la hora de ponerlo en ejecucion, y no de suplicar ni discutir. Resolvió escribir á la reyna, y para que la carta no corriese la suerte de la correspondencia confiada á secretarios, hacerla llegar á manos de S. A. por medio de una persona de su confianza. Por el ascendiente que tenia Fr. Juan Perez sobre los marinos del litoral, logró escojer, de acuerdo con Garcia Hernandez, un mensajero que pudiera en caso de necesidad servir tambien de abogado, recayendo su eleccion en un piloto llamado Sebastian Rodriguez, hijo de una de las principales familias de Lepe, el cual por su tacto y cierta diplomácia supo anteriormente ajenciarse amigos en la corte.

SS. AA. se hallaban á la sazon en un campamento, que un siniestro acababa de transformar en ciudad. En la noche del 18 de Julio, habiéndose incendiado el pabellón de la reyna, y de allí prendídose á las demas tiendas con gran contento de la morisma, Isabel, para probar su firme resolucion de no levantar el sitio sino despues de sometida Granada, ordenó que mamposteria y madera reemplazaran á los frájiles y provisionales abrigos de sus tropas. Bajo la direccion de tal arquitecto levantó el ejército en pocas semanas una verdadera ciudad en forma de cruz, y sin duda la mejor alineada de España. Los caballeros quisieron bautizar con el nombre de Isabel esta improvisacion monumental de su injenio atrevido; pero ella no lo permitió sino que dispuso se la llamara Santa Fé, en consideracion á su oríjen.

Con tacto obtuvo Rodriguez el favor de hacer llegar á manos de su soberana la misiva del P. Marchena, en que se reflejaban su celo por la gloria de Jesu-Cristo, su patriotismo y su amor á la reyna. Catorce dias mas tarde tomó á la Rábida, portador de un mensaje de S. A. dando gracias por sus buenos deseos á su antiguo confesor, invitándole para que á su recibo se pusiera en camino para la corte, y autorizándolo para prometer á Colon esperase otras nuevas mejores.

Estas palabras de la reyna colmaron de júbilo á toda la comunidad, y Colon no menos gozoso corrió á Moguer, para pedir prestada su mula á un tal Juan Cabezudo, para el guardian que iba inmediatamente á Santa Fé. Cabezudo, que era amigo del P. Martin Sanchez, á su vez amigo de Colon, se la dió gustoso, [35] y Fr. Juan Perez salió sin luz y en secreto del monasterio, un poco antes de las doce de la noche, arrostrando el peligro de tropezar con una emboscada, ó con los merodeadores. Atravesó sin temor las tierras enemigas, confiado en la providencia, y llegó sin accidente alguno á su destino.

Para dar oidos á esta proposicion en tales circunstancias, y volver de esta manera por sí sola á desenterrar un plan condenado por la junta científica, cuando la rodeaban tantos apuros pecuniarios, y vivia en la incertidumbre de lo que duraria la campaña, es preciso que la reyna estuviera muy en su favor, como lo estaba en efecto.

Ninguno en mejor posicion que el guardian de la Rábida para manifestar á la intelijente Isabel, la grandeza sublime de Cristóbal, porque no solo podia discernir de su proyecto, sino que únicamente él tenia los datos para revelar la predestinacion, y santas intenciones del hombre que Dios le enviara en premio de su virtud, para hacer eterna su gloriosa memoria. Quedó triunfante el franciscano, y la princesa, sin pensar mas en la Junta, y sin recordar otra cosa que los elojios que tributaban á Colon, los dos Geraldinis, Mendoza, Deza, Quintanilla y Santanjel, y confiando sobre todo en sus primeras impresiones, encargó al P. Marchena que lo llamara sin tardanza. Mas como adivinase previsora su falta de dinero, y para que se equipase á su gusto, y pudiera presentarse con cierto decoro en la corte, le hizo entregar veinte mil maravedis en florines de oro, por mediación del alcalde de Palos Diego Prieto, que los envió con la carta del guardián á Garcia Hernandez, para que los diera á Colon.

  1. Entónces no se daba en España todavia á los reyes mas que el titulo de alteza, pues el de majestad no se introdujo hasta el reinado de Cárlos V.
  2. "Varon tenido por santo." Vasconcelos. Vida y acciones del rey don Juan, lib.I. fól 46.
  3. Fernando Colon. Historia del almirante, cap IV.
  4. "El cardenal que lo mandaba todo, le negoció audiencia con los reyes." Salazar. Crónica del gran cardenal &c., lib. I. § 1. páj. 214.
  5. "Por su infinita bondad hizo á mi mensajero dello, al cual vine con el embajada á su real conspetu, movido como á los mas altos príncipes de cristianos, y que tan se ejercitaban en la fé." Cristóbal Colon. Relación del tercer viaje, dirijida de la isla Española á los reyes católicos.
  6. En calidad de asesor se dio al prior de Prado su pariente don Rodrigo Maldonado, doctor en derecho y regidor de Salamanca.
  7. "Tiene esta universidad para su mayor servicio y grandeza, mas de cuarenta oficiales, administrador, síndicos, secretarios, bedeles, maestro de ceremonias y otros." Gil Gonzalez Dávila. Historia de Salamanca, lib. II. cap. XVIII. p. 188.
  8. "San Esteban, monasterio de Dominicanos, en él tienen cofradia los barberos." Memorias de las iglesias, monasterios, hospitales, hermitas y cofradias de oficios. Gil Gonzalez Dávila, diácono y racionero en la santa iglesia de Salamanca.
  9. También se ocupaba entónces en revisar los procesos de la audiencia de Valladolid para ver de que modo se habia administrado la justicia. Garibay. Compendio historial &c. t. I. lib. XVIII. cap. XXXI.
  10. * Ya dijimos anteriormente que se llamaba Beatriz Galindo,
    N. del T.
  11. Fr. Antonio de Remesal. Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala, lib. II. cap. VII.
  12. El argumentar á Colon con las palabras citadas del apóstol y de David, prueba una vez mas, la parcialidad con que trataban algunos miembros de la Junta al proyecto, pues tanto san Pablo como el rey profeta hablaron tambien, y en repetidas ocasiones de la redondez de la tierra. Ademas, las palabras del salmista: Extendens cœlum sicut pellem, no podian, en nuestro concepto, ser mas fuera de propósito para rebatir el sublime pensamiento de Colon, puesto que todo el Salmo CIII en que se contienen, como dice el sábio Felipe Scio de San Miguel, es una descripcion poética y figurada de la gloria del señor que resplandece en todas las obras de la naturaleza. Tan lójico hubiera sido pretender que habitábamos en los abismos del Océano, porque á reglon seguido añade David: Que cubres con agua sus mas altos lugares, (Qui tegis aquis superiora eius). Véanse la Epístola de san Pablo á los romanos, cap. X, 18. y la dirijida á los hebreos, cap. I, 6; y los Salmos IX, 9. XIII, 1. LXXI, 8. LXXVI, 19. LXXXVIII, 12. LXXXIX, 2. XCII, 1. XCX, 10 y 13. XCVI, 4. XCVII, 7 y 9.
    N. del T.
  13. Fernando Colon. Historia del almirante, cap. IX.
  14. Voss. Kleine Schriften, t. 11, p. 241.
  15. Mientras duraron estas conferencias estuvo Colon hospedado en el convento de San Estéban. Los domínicos proveyeron á todas sus necesidades jenerosamente, y hasta le costearon su viaje, teniendo aun á mucha honra los de esta relijion el haber dado albergue al mensajero de la providencia, entónces desconocido. Véase, Fr. Antonio de Remesal. Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa, &c., lib. II. cap. VII. Muñoz. Historia del nuevo mundo, t. I. lib. II. cap. XXVI.
  16. "Ego qui forte juvenis retro eram, Didacum Mendozam, sanctæ Romanæ Ecclesiæ cardinalem hominem genere integritate, prudentia, rerum notitia, et omnibus preclaræ naturæ ornamentis illustrem petii. Cui cum referrem Nicolaum á Lyra, virum sacræ theologiæ exponendæ agregium fuisse, et Aurelium Augustinum doctrina et sanctitate magnum, tamen cosmographia caruisse, etc." Itinerarium ad regiones sub œquinoctiali plaga constitutas. Alexandri Geraldini, Amerini episcopi civitatis S. Dominici, etc., lib. XIV.
  17. Cronicón de Valladolid, ilustrado con notas por el señor Sainz de Baranda. Coleccion de documentos inéditos para la historia de España, tomo XIII.
  18. "Desde entonces le miraron los reyes con agrado." Andres Bernaldez. Historia de los reyes católicos, cap. CXVIII.
  19. 3. "En dicho dia (5 de Mayo de 1487), dí á Cristóbal Colomo extrangero, tres mil maravedis, que está faciendo algunas cosas complideras al servicio de sus Altezas." Docum. diplom., núm. 11. Simancas.
    El 3 de Julio siguiente se le facilitó igual suma por el mismo tesorero.
  20. "Dí á Cristóbal Colomo cuatro mil maravedis para ir al Real." Documentos diplomáticos, núm. 11. Simancas.
  21. Un apunte fecha 15 de Octubre de 1487 demuestra que recibió otra suma de cuatro mil maravedis.
  22. Orij. en el archivo del duque de Veragua.
  23. "En 16 de Junio de 1488 dí á Cristóbal Colomo tres mil maravedis por cédula de sus Altezas." Libro de cuentas de Francisco Gonzalez de Sevilla. Simancas, docum. diplom., núm. 11.
  24. En el archivo del Ayuntamiento de Sevilla, lib. III. de cartas reales. Docum. núm. 4.
  25. Diego Ortiz de Zúñiga. Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla, lib. XII, p. 404.
  26. "Catorce mil acémilas." Lafuente. Historia jeneral de España, tom. IX, cap. IV, páj, 355.
    N. del T.
  27. "Y por que fuimos presentes y lo vimos, testificamos verdad ante Dios que lo sabe, y delante de los hombres que lo vieron, que despues del dia que esta reyna entró en el real, pareció que, &c." Hernando del Pulgar. Chrónica de los reyes católicos, parte tercera, cap. CXXI.
  28. "E que todos ellos acordaron que era imposible ser verdad lo que el dicho decia," Testimonio del doctor Rodrigo Maldonado en el 15 interrogatorio de la informacion. Suplem. prim. á la colección diplomática.
  29. "Algunos años antes para socorrer á Alhama en el cerco que los moros la tenian puesto, levantó en sus estados cuarenta mil infantes y cinco mil caballos." Bigland. Historia de España, t. I. p. 243. El poder de los Medina- Sidonias era mucho á causa de sus alianzas con las principales casas de España, entre otras con la de la condesa de Teba, hoy emperatriz de los franceses.
  30. Lopez de Gomara. Historia de las Indias, cap. XV.
  31. "Escribílo á su Alteza desde Rota y respondióme etc." Documentos diplomáticos, núm. XIV.
  32. "Que no tenia este negocio por muy cierto; pero que si acertase que su Alteza me haria merced, etc." Carta fechada en Cogolludo, á 19 de Marzo de 1493, por el duque de Medina-Celi al gran cardenal de España. Orij. en el Archivo de Simancas.
  33. El erudito autor de la Historia de Cádiz y su provincia, dice (lib. XVI. cap. I. páj. 373) que, "la civilización antigua por medio de la profecia de Séneca daba aliento á Cristóbal Colon para soportar los desprecios de los pretensos sábios." Lo cual, tratándose de Colon no es razonable, porque, aquel ser privilejiado y eminentemente católico, nunca en sus tribulaciones demandó á la ciencia, es decir, á el árbol de la fruta prohibida, un apoyo que niega á los mansos y humildes; á la relijion si, manantial inagotable de consuelos, cuyas puras aguas, refrijerando su espíritu, acrecentaron mas de una vez en el trascurso de su vida, su esperanza y su fé.
    N. del T.
  34. Equivocadamente los historiadores modernos y entre ellos Washington Irving, repetido con mucha lijereza por sus imitadores, han dicho que el marino de Palos, Martin Alonso Pinzon fué llamado al convento de la Rábida para esta discusión; pero resulta de documentos que hemos visto, que en aquella época estaba en Roma Martin Alonso. Colon no estuvo en relaciones con él hasta principios de Julio de 1492.
  35. Esta circunstancia, comprobada por el mismo Cabezudo, nos manifiesta la pobreza del convento de la Rábida y pone mas de relieve la jenerosidad de la familia franciscana para con Cristóbal Colon. El protestante Washington Irving creyendo que todos los monasterios son poderosos, y sus abades ricos, como los de las novelas de Walter Scott, dice, que al recibo de la carta "el buen fraile ensilló y se puso en marcha;" pero el pobre convento de la Rábida no tenia ni prados, ni mula, ni caballeriza, y solo con una bestia prestada, fué con la que tuvo que hacer au atrevido viaje el P. Juan Perez. Sin duda Washington Irving ignoraba estos pequeños detalles. Véanse las piezas justificativas del pleito, probanzas del almirante, pregunta primera.