Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Primero. Capitulo XII

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Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Primero. Capitulo XII



CAPITULO XII.


I.


A primera vista parecerá dificil creer que un hombre que como Colon tuvo que sufrir en silencio ya el tono de proteccion, ya las palabras de lástima de aquellos que le veian, y le dejaban vejetar en las antesalas, al encontrarse repentinamente solicitado y agasajado por los mismos, no se hubiera envanecido de su triunfo, y tomado con ellos el desquite, que le ofrecia la fortuna. Sin embargo no se encuentra en él ni el menor indicio de debilidad, y todos sus historiadores están unánimes en los elojios que tributan á su modestia en estas circunstancias, como siempre. Todo su anhelo era ir á Roma, para poner á los pies del soberano pontífice las relaciones de sus viajes, é implorar gracias espirituales; pero el mejor servicio de los reyes le impedia esta ausencia, tanto mas, cuando don Juan II de Portugal, aconsejado por los suyos, se preparaba clandestinamente á preceder á Castilla en las espediciones sucesivas. Asi es que no bien hubieron recibido don Fernando y doña Isabel ciertos avisos confidenciales de aquella corte, la cual por su parte pagaba ajentes secretos en la de España, para estar al corriente de sus proyectos, desplegaron una grande actividad.

En el solo dia 23 de Mayo firmaron diezisiete ordenanzas, cédulas y despachos relativos á la espedicion. Abrieron luego un crédito para el pago de los correos de Sevilla; que tan activa se habia hecho la correspon- dencia; sacaron á pública licitación el abasto de víveres y municiones; ordenaron á las autoridades de Sevilla secundasen las disposiciones tomadas por el almirante de acuerdo con don Juan de Fon seca; organizaron el servicio de sanidad de la armada, nombrando su primer cirujano al entendido doctor Chanca, médico del infante,i y prohibieron ir á las Indias con mercaderías, sin la au- torización competente. Mandaron al gobernador de Gra- nada tomase del arsenal de la Alhambra cincuenta pares de corazas y otros tantos talabartes y trabucos; al alcal- de de Málaga que entregara un número igual de armas, y al capitán jeneral de la artillería Rodrigo de Narvaez que aprontase cañones de plaza y de campaña con los proyectiles necesarios. ^ Fernando de Zafra recibió el en- cargo de alistar veinte trabajadores, que supieran hacer regueras y abrir canales, y ademas veinte jinetes arma- dos de lanzas, y Juanoto Berardi,^ rico naviero floren- tino, establecido en Sevilla, el de fletar un buque de dos- cientas toneladas. La reyna por su parte hizo adjudicar la renta de diez mil maravedís anuales al almirante, por haber sido el primero que vio la luz en la isla de San Salvador; el 24 de Mayo se libraron de su orden á Francisco Pinelo mil doblas de oro para gastos de la espedicion,^ y el 26 se es- pidió un mandato, para que se alojara gratis á Colon por donde transitase, como también á los cinco criados que le acompañaban, dejando pasar libres de gavelas todos . Carta mensajera al doctor Chanca, para que vaya á las IndiaS' Eejistrada en el archivo de Indias en Sevilla. . Colección diplomática. Documentos, n. XXX y XXXI. . Se le designaba familiarmente en la corte por su nombre de Jua- noto. Tenia de primer dependiente á un esceleiíte aritmético, compa- triota suyo, aficionado á la jeografia y á la literatura, el cual sino hizo gran caudal, dirijiendo honradamente los negocios de su principal se preparó sin saberlo por medio de sus relaciones con el almirante una fama, que ha sobrepujado á su saber, á su mérito, á sus viajes y tal vez á su ambición. Este era Americo Vespucio. . Colección diplomática, n. XXXVIII. los equipajes de su pertenencia.^ Dos dias después lo hizo capitán jeneral de la flota de las Indias, con poder para nombrar todos los empleados del nuevo gobierno; le entregó el sello real, autorizándolo para usarlo, según lo juzgara conveniente; y en seguida, juntamente con su esposo, le confirmó del modo mas solemne todos los títulos y privilejios, que se le garantizaban en el tratado de Santa Fé. Hecho esto, se dispidió de sus reyes el almirante, col- mado de consideraciones y de testimonios de admiración y gratitud. Al sahr de palacio esta vez, le fué acompa- ñando hasta su casa toda la corte, que volvió de nuevo á saludarlo, en el momento de partir para Sevilla. Asi se alejó de Barcelona, el que llevaba consigo las grandes esperanzas de la nación española.


II.


En medio del universal aplauso se alzó una voz en- tre la multitud para maldecirlo. Era la de un marinero sevillano llamado Juan Rodríguez Bermejo,^ que fué el primero que gritó ¡tierra! á bordo de la Finta en la ma- drugada del 13 de Octubre, y que concibió tan gran despecho de que se adjudicase la renta á otro, que re- . Colección diplomática, Documentos, n. XXXIX y XL, orij. en el archivo del duque de Veragua. . Colon en sus notas lo llama solamente Rodrigo, en vez de Rodrí- guez, y lo hace de Triana porque lo liabia visto ó conocido allí. Pero la declaración del maestre de víveres de la Pinta corroborada con la de dos marinos, establece de un modo positivo, que este, nació en Mo- linos, junto á Sevilla. Pleito, Probanzas del fiscal, suplem. prim. á la colección diplomática. negó en África de su relijion, creyendo encontrar mas justicia entre los moros.

 Un historiador protestante halla poco digno y noble en Cristóbal Colon el disputar esta recompensa á un pobre marinero;[1] pero por fortuna el desinteres del almirante lo pone al abrigo de la menor sospecha de codicia. Puesto que él habia sido el primero en divisar la luz, que brillaba en la costa á las diez de la noche, y en anunciar lo que la oscuridad no permitió hacer á Bermejo hasta las dos de la mañana, le asistia derecho al premio, tanto mas, cuanto que siendo una prueba oficial de la prioridad del descubrimiento, no debia cederla á nadie.

 Al dia siguiente de su salida le enviaron los reyes las instrucciones jenerales acerca del gobierno de la colonia que iba á fundar, y es digno de notarse, que no eran otra cosa que las mismas ideas que él les habia inspirado, prescribiéndole asi SS. AA. por regla de conducta su propio parecer. Las primeras palabras de este documento son una prueba mas de los sentimientos relijiosos de la reyna, y de su modo de apreciar el carácter sobre humano del descubrimiento.

 Llena Isabel de deferencia hacia el revelador de la existencia del nuevo mundo, parecia haber resignado en sus manos el cetro de aquellas rejiones, puesto que nada dicidia sin consultarlo previamente con él, y cuando enviaba alguno á las Indias lo recomendaba á sus buenos oficios. De esta suerte le mandó á varios de su servidumbre, entre ellos á Juan Aguado, y al contador Sebastian Olano para que les diese colocacion.

 Recibieron los reyes en esto de la corte de Roma el nombramiento de un vicario apostólico en las Indias, y dirijieron su ampliacion al P. Boil de la Orden de San Benito, sacerdote muy estimado de Fernando por su tacto diplomático, encargándole de disponer todo lo que fuese se necesario para el culto divino en la futura iglesia, y dotándola Isabel con magnificencia de todos los ornamentos necesarios, sacados de la capilla de palacio. Doce frailes elejidos en diferentes órdenes debian acompañar al vicario.

 Antes de salir de Barcelona el almirante y con el objeto de proveer al armamento de la escuadra, que debia hacerse á la vela en Sevilla, establecieron SS. A A. en esta ciudad una oficina, que habia de ser el jérmen de la poderosa administración titulada Real Consejo de las Indias. Se puso á su cabeza con el nombre de ordenador jeneral de marina al arcediano don Juan de Ponseca, eclesiástico mimdano y burócrata por instinto, emparentado con personas de gran valer y crédito cerca de don Fernando, á quien habian ayudado en las guerras; con él a un veedor jeneral, plaza de nueva creación, á la que fué promovido Juan de Soria, empleado de nacimiento, pues parecia que en su familia se trasmitia como im título de nobleza la contaduría del Almirantazgo de Castilla, y á un pagador, cuyo destino se dio á Francisco Pinelo, de la municipalidad de Sevilla, sujeto de probidad notoria, y tenido en mucha estimación.[2]

 Era á fines de Julio, y el almirante, después de recibir la visita de los capitanes de la flota, pasó revista al pequeño cuerpo de jinetes que venia de Granada, para embarcarse en Cádiz, y cuyos magníficos caballos eran dignos del lujoso ropaje de sus caballeros.

 Apremiaban los reyes á Colon y á Ponseca con el objeto de apresurar la salida; pero este y Soria, interesados en que la sagacidad del almirante no descubriese sus manejos secretos con los contratistas, se declararon en abierta hostihdad contra él. El veedor, para manifestarse íntegro é incorruptible en cuanto á los gastos de Colon, se negaba á poner en el rol uno solo de sus criados, atendiendo á que como jefe tenia á todos los tripulantes bajo sus órdenes. Su posición y su celo por la corona, empeñada ya en tantos otros gastos, le impedian, decia él, condescender con lo que calificaba de exijencia ruinosa, y encontrándose apoyado por Fonseca, llegó á faltar al respeto al virey, que en silencio sufría este mal proceder. Pero la conducta de Soria se comentó en la corte, y el vicario apostólico, que era entonces uno de los mas ardientes admiradores del eiejido de la providencia, afectado con semejante ultraje lo puso en noticia de la reyna.

 Escribió Isabel en seguida una carta á Colon, para reparar esta ofensa, y con igual fecha otra al arcediano de Sevilla, recomendándole tuviese todo jénero de consideraciones con el almirante; que le allanara todas las dificultades que sobrevinieran; que le respetara y satisfaciera en todo, no solo en el fondo sino en la conveniencia de las formas; y que al mismo tiempo notificase de su parte á Juan de Soria, que obedeciera á Colon, absteniéndose en lo sucesivo de no hacerlo asi, por el desagrado con que habia visto su conducta. Mas su indignación habia sido tal, que al otro dia, no pudiendo contenerla, hizo redactar un oficio para Soria diciéndole, que esperaba que el almirante fuese honrado y considerado conforme á su título y amenazándolo con uu castigo severo en caso de reincidencia. Todavía el 18 de Agosto no estaba calmado su resentimiento, pues al par que daba á Fonseca algunas órdenes concernientes á los aprestos de la escuadra, y le recordaba las deferencias debidas á su jeneral, deferencias que era su voluntad y su deseo se le guardaran, pues de lo contrario recibirla grande enojo, no pudo menos de reprender de nuevo su conducta pasada á Juan de Soria.[3] —-sos- Para cortar la diferencia relativa al número de in- dividuos que podia llevar Colon á costa del erario, fijó la reyna su servidumbre en treinta personas, á saber: diez pajes y veinte criados de todos oficios. No es fácil llevar mas lejos la benevolencia de un rey, ni posible dudar de la voluntad con que hacia esto Isa- bel; porque á su admiración por el hombre sublime que le habia enviado el cielo como una recompensa de su fe, unia la mas esquisita simpatía, la conformidad de miras, y un amor casi filial. Tampoco ningún hombre compren- día como Colon lo grande y fuerte del alma virjinal de la noble princesa. Es de Sv^ntir que la larga correspondencia que me- dió entre la reyna y el almirante, y que ha desapareci- do, esté reducida á varios fragmentos de notas oficiales, en su mayor parte muy lacónicas, y de mediano inte- rés; pero la última que le dirijió, en el momento de ir á emprender sa segundo viaje, demuestra con cuanta pene- tración y curiosidad científica estudiaba el descubri- miento. Veinte dias antes de que el ministro de la providen- cia volviese á interrogar los espacios del Océano, al devol- verle su Diario, del cual sacó una copia, le decía, que salvo su marido, ninguno habia leído en él ni una pala- bra, añadiendo, que cuanto mas lo repasaba, le demostra- ba mejor, que su saber escedia al que tuvo jamas ningún mortal,^ y que para poseer datos hidrográficos que le permitieran seguir mas bien en el mapa el camino llevado en el primer viaje, marcara los grados y midiera las dis- tancias en un plano, que le suplicaba le enviase, prome- tiéndole tenerlo oculto, si asi lo queria. Le aconsejaba también que para descanso de sus sabias observaciones tomara consigo un buen astrónomo, y creyendo antici- parse á sus deseos, tuvo la injeniosa oportunidad de in- . "Y que habéis sabido en ello mas que nunca se pensu que pu- diera saber ninguno de los nacidos." A 5 de Setiembre de 1493, Do- cvmentos diplomáticos n. LXXI. —299— dicarle como cosa suya á su fiel amigo el P. Juan Pe- rez de Marchena,1 á quien por distracción llamaba An- tonio, y para evitar demoras, le enviaba una órden en blanco, para que la llenara con el nombre del que quisiera escojer. Creemos llegado el momento de decir una pala- bra mas acerca del sabio franciscano, cuya persona- lidad ha querido disputar la erudicion protestante, no pudiendo hacerlo con su ciencia. Niega esta escuela que el guardian de la Rábida acompañara al virey en esta segunda espedicion, suponiendo que Antonio de Marchena no era el P. Juan Perez, como si el error del nombre no lo corrijieran las mismas circunstancias de la carta. A pesar de que ningún documento oficial posterior á la misiva de la reyna, fecha 5 de Setiembre de 1493, hace mención de él, y de que como el diario de este via- je ha desaparecido, carecemos de pormenores sobre el P. Marchena, estamos firmemente persuadidos de que fué con el almirante, pues su inclinación natural, su obe- diencia á la elección de S.A., la esperanza de salvar al- gunas almas, aun cuando no fuese sino administrando el agua del bautismo á los niños, su deseo de complacer a Colon, su anhelo de admirar las obras de Dios en aque- llas latitudes, y mas que todo el espíritu de la Orden Será- fica, lo inducían á ir. Estas probabilidades descansan en una tradición. Los anales de los franciscanos mencionan el viaje del P. Marchena, acompañado de otros frailes de su misma reli- jion,^ circunstancia que prueban Pr. Román Pane de la Orden de Jerónimos,^ y el P. Juan Melendez en su Cró- . Porque es ua buen astrologuo y siempre nos pareció eme se con- formaba con vuestro parecer." Documentos diplomáticos, n. LXXI. . Waddingus, Anuales Minorum t. VII. fol. 279— "Sociumhabuit itineris regii favoris auctorem Perezium, additis alus ejusdem instituti sociis" . Escritura de Fr. Román del orden de san Jerónimo. "Memoria —300— nica provincial del Perú, al referir la gloriosa primacia que tuvo el guardián de la Rábida en la aparición del sacerdocio en las Indias. [4] Jorje Cardoso asegura, que el P. Juan Pérez fué el primer sacerdote que pisó el nuevo mundo, y de consiguiente el que primero celebró allí el santo sacrificio de la misa.[5] Fortunatus Hubertus en su Cronolojia franciscana dice, que siguió á Cristóbal Colon en su segundo viaje, y bendijo la primera cruz,[6] y no es menos esplícito el P. Pedro Simón, provincial de los franciscanos en Nueva Granada.[7] Sin embargo de que por orden de jerarquía habia debido el P. Boil ser el primero que oficiara en aquellas apartadas rejiones, se declinó este honor en la familia se ráfica, por estar el P. Marchena á bordo de la capitana, mientras que el P. Boil iba con los demás relijio sos en otra carabela[8] Parece justo que el primero en adivinar á Colon, en ampararlo, en participar de sus pensamientos, y que concibió la idea de un nuevo mundo, rogó á Dios, y suplicó á la reyna facilitase los medios para descubrirlo, fuera el primero que celebrase los santos misterios en el Océano, y el primero también en bendecir sus orillas en nombre de Jesu-Cristo. Para suceder esto se reunieron en su favor circunstancias muy singulares. Sin solicitarlo

escrita por el pohrc eremita, de orden del ilustre señor el Almirante Virey y gobernador de las islas y Tierra firme" (En la colección de Bar- cia, tom. I). se vió llamado por la reyna á partir en este viaje como sabio, y por estos títulos formó parte del estado mayor, fué en la capitana, desembarcó con el almirante para cada toma de posesión, y se encontró así ser el primer relijioso que pisó el nuevo territorio y tuvo la ventura de plantar la cruz en él.

  1. Washington Irving. Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colon, t. I lib. V. cap. VII.
  2. El mismo que habia hecho prestar á la reyna cinco millones de maravedis para los gastos de este viaje.
  3. Carta del 4 de Agosto á Fonseca. Carta del 5 de Agosto á Juan de Soria. Cédula del 18 de Agosto á Juan de Soria. Coleccion Diplomática, docum. n. LXIII, LXIV, LXV, LXVI.
  4. 1. Fr. Juan Melendez. Tesoros verdaderos de las Indias, lib. I. cap. I. fol. 4.
  5. 2. Jorje Cardoso. Agiologio Lusitano, t. III. p. 40.
  6. 3. Fortunatus Hubertus. Menologium S. Francisci. Histórica proloquia, p. 67
  7. 4. Fr. Pedro Simón. Noticias historiales de las conqnistns de Tierra firme en las Indias Occidentales, prim. notic. cap. X v . § 1º
  8. 5. Tenemos la prueba escrita y grabada en un libro de un benedictino, hecho en elojio del P. Boil, que en la lámina IV, representa la nave del vicario apostólico á alguna distancia de la del almirante. Honorius Phüoponus. Nova typis trarisacta navigatio novi orbis Indiae Occidentalis, etc. en f. 1621.