Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Segundo. Capitulo VI

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Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Segundo. Capitulo VI



CAPITULO VI.


I.


No podia el almirante dejar impunes los asesinatos cometidos por Guatiguana y sus fechorias contra los cuarenta enfermos, tanto menos, cuanto que la hostilidad de los indígenas se presentaba de una manera permanente y que en aquella misma hora el capitán don Luis de Arteaga se hallaba estrechamente bloqueado en el fuerte de la Magdalena. Colon previniendo que una mayor muchedumbre ocasionaría mas efusión de sangre, dio orden de atacar de improvisto al cacique Guatiguana, y simultáneamente desembarazar la fortaleza. En efecto, las tropas del cacique quedaron derrotadas y dispersas; pero no pudieron hacerse con su persona; los prisioneros se embarcaron en los barcos que don Antonio de Torres debia conducir á España.

Al mismo tiempo procuró el almirante romper la liga de los grandes caciques, apartando de la coalicion á Guarionej que reinaba en la magnífica tierra de la Vega. Lo hizo llamar, le aseguró que el castigo impuesto á Guatiguana era una medida personal, y que los entuertos perpetrados por los españoles durante su ausencia quedarian igualmente castigados. En esta entrevista adquirió Colon tal ascendencia sobre Guarionej, que lo decidió á dar su hermana en casamiento al lucayo Diego, Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/470 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/471 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/472 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/473 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/474 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/475 Cada habitante de los distritos de Cibao y de la Ve- ga, de más de catorce años de edad, debería pagar, cada tres meses, al administrador de la real hacienda, una cantidad de oro en polvo ó grano que pudiera caber en un cascabel de alcón. Solo el tuerto Manicatex estaba además obligado a pagar, cada tres meses, media calabaza llena de oro, lo que equivalía a unos ciento cincuenta escudos. En las provincias que no poseían minas auríferas, el tributo consistía en cien libras de algodón al año, por individuo. Guarionex, rey de la Vega, ofreció pagar el impuesto en cereales en vez de oro, pretestando que sus vasallos no sabían cogerlo en los ríos de sus estados; pero Colón desestimó la propuesta y mantuvo el tributo en oro.

Algunos historiadores han tildado de rigorosa, de im- prudente y de avara la medida de Colon. Las Casas, como ardiente defensor de los indios, no podia dejar de levantarse y clamar contra el primer impuesto que ha- yan tenido que soportar, y llama la atención sobre las ventajas de la oferta de Guarionex que iba á cultivar una llanura fértil de cincuenta y cinco leguas de estén - sion y que con una cosecha hubiera podido proveer á Castilla para diez años. Pero no era trigo lo que necesi- taba Castilla, el rey Fernando pedia oro y no cereales, y el pretesto dado por Guarionex no era admisible, ni aun en nuestros tiempos hubiera satisfecho á ningún jefe de administración. El almirante se veia obligado á pedir oro. El historió- grafo real Herrera comprendió perfectamente las difi- cultades y embarazos de su situación. '^Como Colon, di- ce, era estranjero, estaba solo y poco protejido por los ministros de los reyes católicos, sabia perfectamente que lo que debia conservar de preferencia eran las rique- zas, y así hacia mas caso del oro que de ninguna otra cosa. Por lo demás, se portaba como verdadero y buen cristiano y temeroso de Dios, de suerte que rebajó los tributos," &C.1 En efecto, los redujo á la mitad y los in- dios no tuvieron que llevaren adelante mas que el con- tenido de medio cascabel. A pesar de esto, una negra tristeza se iba estendien- do en la mayor parte de la Española. Los servicios demandados ásus vasallos por los caci- ques no eran sino de corta duración y se limitaban á al- gunos insignificantes derechos de caza y pesca, á un poco de casave y algodón, y al servicio de las armas en tiempo de guerra. El alimento casi esclusivamente veje- tai de los pueblos no les daba el mas mínimo vigor, no se ocupaban de ningún trabajo penoso, y la mayor parte del tiempo lo pasaban sesteando y en juegos y bailes, ya que la previsora naturaleza proveia á sus principales ne- cesidades. Los del litoral se abismaban en una contem- plación visionaria y estéril á orillas del mar, mientras que los de los valles y montañas del interior, mataban el tiempo á la sombra délos árboles, refiriendo consejas, cantando 6 bailando.^ Tenían poetas transeúntes y galan- teadores que referían aventuras de los caribes, é histo- rias de brujas. Estos trovadores forasteros, famosos de- cidores de noticias, reemplazaban con sus pies su falta de arpas 6 bandolinas, y traducían en los diversos idio- mas de la isla las poesías de la célebre Anacaona,^ cuyo nombre significaba flor de oro. La reyna Anacaona, la bella entre las bellas, la dul- . Herrera Sistoria jeneral de las Indias, Década I. lib. II. cap.XVTI. . Los estrechos límites que nos hemos trazado nos impiden des- cribir aquí las costumbres primitivas y el carácter orijinal de estos pueblos. Aquellos de nuestros lectores que deseen conocer los hábi- tos indolentes y poéticos de la isla Española, la antigua Haiti, hallarán el fiel retrato de la civilización de los indíjenas, los igneris, en la intere- santísima obra de Mr. Fernando Denis, titulada: Ismael ben Kaizar, novela histórica en que la invención no es mas que un adorno añadido á la realidad, á la finura de la observación y á la exactitud de la pintu- ra. Ismael ben Kaizar, 6 el descubrimiento del nuevo mundo. 1829. . "Qua? in componen dis areytis, id est rythmis, vates habebatur inter egregios." — Petri Martyris Anglerii, Oceaneae Decaéis primee, liber nonus, fol. 63. Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/478 Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/479