Historia de la Compañía de Jesús en Nueva-España. Tomo I: Libro cuarto

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SUMARIO Fiestas en la canonización de San Jacinto. Muerte del padre Alonso López, y frutos de la congregación de la Anunciata. Ejemplos de virtud en los indios de San Gregorio de Tepotzotlán. Misión a Zumpahuacán. Misión a Huitzitzilapán, y muerte del padre Francisco Zarfate. Diferentes misiones a otros partidos. Sucesos de Oaxaca y Veracruz. Alzamiento de los guazaves y reducción de los ures. Guerra de ocoroiris y tehuecos. Otros singulares sucesos de Sinaloa. Misión a Culiacán. Progresos de la misión de Tepehuanes. Nuevos establecimientos en la misma provincia. Raros sucesos de los chichimecas. Pretende el venerable arzobispo de la Nueva-Granada llevar consigo algunos jesuitas. Sosiegan una tempestad con la reliquia de San Ignacio. Padecen nuevos trabajos, y llegan a Cartagena. Descripción del nuevo reino y de sus principales ciudades y naciones. Ministerios de los padres en Santa Fe. Muerte del padre Diego de Villegas. Don fray Domingo de Ulloa, obispo de Michoacán. Licencia para un fuerte en Sinaloa. Nuevas conquistas en Topía y la Laguna. Agregación de la congregación del Salvador a la primaria de Roma y sus frutos. —340→ Diversos establecimientos y ministerios del colegio máximo. Quinta congregación provincial. Ministerios en Puebla. Caso admirable del ministerio de las doctrinas. Sucesos de Valladolid y Tepotzotlán. Muerte de Nacabeba, y estado de Sinaloa. Misión de Topía y San Andrés. Misión de la Laguna, y nuevos establecimientos. Muerte del hermano Francisco de Villareal. Dedicación del Espíritu Santo. Sucesos de la misión del nuevo reino. Pide todo él a su Majestad la Compañía. Reducción de los guazaves. Expedición de las minas de Chinipa. Otra intentada a California. Fundación de la provincia de Santa Fe. Muerte del padre doctor Plaza. Misión del Espíritu Santo. Misión de Topía y noticia del país. Muerte del padre Juan Agustín. Dedicación de la Iglesia del colegio máximo. Sexta congregación provincial y dos notables postulados. Castigo de los zuaques. Raros ejemplos del marqués de Montesclaros en la congregación del Salvador. Pretende la Compañía establecimiento a los religiosos de San Juan de Dios. Ministerios en cárceles y hospitales. Caso raro de San Gregorio. Calamidades del colegio de Oaxaca. Milagros de San Ignacio. Estado de los Tepehuanes. Progresos de Parras. Alzamiento de los serranos acaxees. Sucesos de los sobaibos. Inundación en Sinaloa y fuga de los indios viaje a México del capitán Hurdaide y sus resultas. Pretensión de los tehuecos y otras naciones. Primera entrada a los zuaques. Fundación del colegio de Tepotzotlán. Principios de Guatemala. Descripción de la ciudad y sus contornos. Recibimiento de los padres. Inundación de México. Peligro de la ciudad y sus reparos. Resolución del desagüe. Encomiéndase a la Compañía el cuidado de los trabajadores. Principio del Jubileo de cuarenta horas. Muerte del padre Hernando Suárez de la Concha. Elogio del hermano Gerónimo López. Frutos de la congregación de la Anunciata. Sermón del padre Martín Peláez y sus resultas. Diferentes misiones a Sultepec y otros partidos. Peste en Tepotzotlán. Peste en Guatemala. Temblor en la misma ciudad. Sucesos de la misión de Parras. Superstición acerca de los cometas. Raros sucesos de los indios. Bautismo de tepehuanes y raros ejemplos de su fervor. Peste en la misma provincia y primera entrada a la de Taraumara. Misión en San Andrés. Raros ejemplos de estos neófitos. Misión de Baymoa, y trabajos de su ministro. Gloriosas fatigas de los misioneros de Topía. Reducción de los sinaloas y otras naciones de la Sierra.


[Fiestas en la canonización de San Jacinto] Damos principio al cuarto libro de nuestra historia con una relación en que entramos tanto más gustosos, cuanto su conocimiento contribuirá, puede ser, al fomento de la religiosa caridad, de que a pesar de las preocupaciones del vulgo, han dado siempre ilustres ejemplos las dos sagradas familias de Santo Domingo y la sagrada Compañía de Jesús. Había la Santidad de Clemente VIII, el día 16 de abril de 1594, sublimado de los altares al ínclito confesor San Jacinto, del orden de predicadores. Pistos religiosísimos padres, queriendo que entrasen a la parte de su júbilo las demás familias religiosas de México, repartieron entre ellas y algunos otros cuerpos respetables los días de la octava, dejando el último para la Compañía, a quien quisieron distinguir con este singular favor. Se procuró desempeñar la obligación en que nos ponía una demostración tan sensible de estimación y de amistad. El día primero de la solemne octava se llevó la estatua del Santo, de la catedral al imperial convento, tomando el rumbo por nuestra casa profesa. A la puerta de nuestra iglesia se levantaba un hermosísimo edificio sobre dos arcos de bella arquitectura, y en medio un altar ricamente adornado en que descansase la imagen. Todo el largo de la calle, de las más vistosas y capaces de México, se había procurado colgar de cortinas y tapicerías que pendían de los balcones y ventanas. La parte inferior, que estuvo a cargo de la noble juventud de nuestros estudios, se veía llena de doseles magníficos y galoneados de oro y plata, con tarjas, carteles, pinturas de diversas invenciones, de emblemas, empresas, enigmas, epigramas, himnos, y gran diversidad de ruedas, laberintos, acrósticos y otro género de versos exquisitos, los más en lengua latina, italiana y castellana, y algunos en griego y en hebreo44. Llegando a nuestra iglesia la procesión salieron a recibirla todos los padres de aquella casa y del colegio máximo con luces encendidas. Seguíanlos dos docenas de jóvenes los más distinguidos entre nuestros estudiantes, gallardamente vestidos, con cirios en las manos, y tras de ellos otros cuatro, que con mucha viveza y gracia, dieron aun en un diálogo en verso el parabién al Santo de su nueva gloria, y a la religión por la que recibía de un hijo tan ilustre. El siguiente viernes, sexto día de la octava, que celebró el cabildo de la santa iglesia catedral, y asistió después a la mesa, tuvieron aquellos religiosos padres —342→ la benignidad de oír a uno de nuestros hermanos teólogos, que en tiempo del refectorio recitó con grande aplauso de los oyentes, una oración latina en alabanzas del glorioso San Jacinto. La misma tarde, tres colegiales del seminario representaron al mismo asunto, sobre un teatro majestuoso que se había erigido en la misma iglesia, una pieza panegírica repartida en tres cantos de poesía española, cuyos intervalos ocupaba la música. Obra en que el ilustre cabildo quiso mostrar no menos el aprecio que hacía de la esclarecida religión de Santo Domingo, que la confianza y alto concepto que formaba de nuestros estudiantes, a quienes quiso se encomendase el desempeño de aquella lucidísima función. El domingo, que era el día señalado a nuestra religión, celebró la misa el padre rector del colegio máximo, y predicó el padre prepósito Pedro Sánchez con aquella elocuencia y energía que acompañaba siempre a sus discursos, asistiendo toda la comunidad, como después al refectorio, en que uno de nuestros hermanos teólogos recitó un bello panegírico en verso latino. Después se ordenó una procesión que presidió con la capa de coro el padre rector del colegio máximo, anduvo al derredor del claustro interior y de la iglesia, cargando la estatua los jesuitas hasta colocarla en un magnífico retablo que le estaba destinado. Tal fue la honra que a la misma Compañía quiso hacer la insigne orden de predicadores. No contentos aquellos religiosos y sabios varones con una tan pública demostración, quisieron aumentar el honor imprimiendo la relación de aquellas solemnes fiestas, con tantos elogios de la Compañía, cuanto pudo sugerirles su amor y su elocuencia, y apenas nos permite leer el rubor.

[Muerte del hermano Alonso López y frutos de la congregación de la Anunciata] El colegio máximo perdió muy a los principios de este año un grande ejemplar de virtud en el hermano Alonso López. No podemos dejarnos de admirar que el menologio de nuestra provincia no haga memoria de este hombre admirable. Un breve elogio se halla en la parte 5.ª, libro 24, párrafo 16 de la historia general, de donde lo tomó el padre Oviedo en sus elogios de coadjutores, y el padre Petrignani. Lo que escriben estos autores da una idea muy inferior a la que nos hacen formar los antiguos manuscritos de nuestra provincia, que esperamos representar con toda su luz en lugar más oportuno. Murió a 15 de enero del año de 1597. Los grandes ejemplos de virtud que se veían en los congregantes de la Anunciata eran muy superiores al progreso de los estudios, de que sin embargo habían dado este año pruebas tan brillantes. Un joven, acometido de tres mujeres lascivas, las reprendió —343→ con gravísimas palabras, y no bastando este medio para reprimir el atrevimiento de una de ellas, o más apasionada o más desenvuelta, la apartó de sí con un golpe. Otro más feliz, solicitado de una doncella de noble nacimiento, no solo resistió al doble atractivo de la esperanza y la hermosura, sino que extraordinariamente favorecido de la gracia, hizo delante de ella al Señor voto de perpetua virginidad, y a ella le persuadió que imitase un acto tan heroico tomando por esposo a Jesucristo en un religiosísimo monasterio.

[Ejemplos de virtud en los indios de San Gregorio de Tepotzotlán] Esta fortaleza es mucho más admirable en personas del sexo, y mucho en la pusilanimidad y flaqueza de las indias, especialmente solicitadas de los españoles, a quienes la reverencia y el temor a que se acostumbraron desde los principios de la conquista les hace mirar siempre como los árbitros de su fortuna. Sin embargo, sostenidas de la divina gracia las indias débiles han conseguido gloriosísimas victorias. Diecinueve años resistió una que frecuentaba los sacramentos en San Gregorio de México a las dádivas, a los ruegos y a las amenazas de una persona de grande autoridad, que pudiera atraerle mucho mal, y que por las obligaciones de su estado, debiera darle ejemplos muy contrarios. Otra, hallándose sola en despoblado, y acometida de un lascivo, no bastando sus razones y sus ruegos para apagar el fuego de aquella brutal pasión, se quitó el rosario que traía al cuello con una medalla de la reina de las vírgenes, y poniéndosela a los ojos, le dijo con vehementísimo afecto: por amor de la Virgen Santísima, cuyo rosario es este, te suplico, Señor, que me dejes y no quieras hacerme tan grave injuria. Esta tierna súplica fue un rayo que hizo hacer volver en sí a aquel malvado. No solo dejó libre a la virtuosa doncella, sino que dándole cuanto llevaba por el respeto y reverencia al augusto nombre de que se había valido, él, tocado de la reina del cielo, a quien había hecho aquel pequeño obsequio después de veinte años de una vida desarregladísima, se entró por un monte pidiendo al Señor misericordia, y a la Virgen madre que lo sacase de aquel estado infeliz, aunque fuese a costa de una enfermedad o de algún trabajo. Oyó la piadosa Virgen sus ruegos, y quitándole la vista del cuerpo le dio la del alma, trayéndole, después de muchas inquietudes a nuestro colegio, donde hizo una confesión general. Pasó este fervoroso penitente, después de grande pobreza y penalidades; pero con una tranquilidad y una alegría que causaba admiración, recibiéndolas todas, y principalmente la ceguedad, como otras tantas prendas de la remisión de sus culpas y de la gloria —344→ que esperaba. Hubo en la cristiandad de Tepotzotlán quien olvidada de su debilidad se armase de un leño y hiciese salir avergonzado al ladrón de su virginidad. Caminaba por la calle una doncella cuando le salió al paso uno de su nación, diciéndole que un español la seguía y deseaba hablarle. Ella, recelosa, no tengo, dijo, para qué esperarlo. Entre tanto, había llegado el español, y entre los dos pretendían hacerla entrar en una casa vecina. Por fortuna vio de lejos a un indio, y volviéndose a los circunstantes; mirad lo que hacéis, les dijo, que viene allí mi marido. Dejáronla al punto, y ella, con un inocente equívoco de su idioma, triunfó de su malicia y conservó la castidad.

[Misión a Zumpahuacán] Tenía en aquel tiempo el colegio de Tepotzotlán sujetos muy a propósito para inspirar a los indios estas generosas resoluciones. El padre Gaspar de Meneses era un hombre incansable, y animado de un celo por la salud de los indios, que todas las tribulaciones del mundo no eran capaces de resfriar. Todos los beneficiados vecinos solicitaban con ansia que hiciese misión en su partido, creyendo que entraba con él en los pueblos la reforma de las costumbres, la devoción y la piedad. Este año pareció más que nunca el ascendiente que se había adquirido sobre los ánimos más obstinados en el éxito que tuvo la misión de Zumpahuacán. Partió para aquellos países llamado del propio pastor que era muy vigilante y muy devoto, y a cuyo rebaño, bajo una hermosa apariencia de tranquilidad y de fervor, hacía el común enemigo la guerra más perniciosa y más sangrienta. En efecto, halló el misionero unos indios los más quietos y los más dóciles, los más bien instruidos del mundo, devotos en el templo en tiempo del santo sacrificio, asistentes a todos los sermones y explicación de la santa doctrina. Nada entre ellos de disolución, nada de embriaguez; pero bajo este bello exterior ocultaban la más abominable idolatría, habiendo hallado a su parecer modo de juntar la luz con las tinieblas y a Jesucristo con Belial. Adoraban al Señor y a los santos; mas para alcanzar las felicidades temporales recurrían a unos idolillos que traían siempre ocultos consigo, y que ponían en sus telares, en sus sementeras y en sus trojes. Adoraban algunos cerros de particular configuración y altura, singularmente una sierra nevada, en que creían habitaba la diosa Chicomecoatl, que era para ellos lo que Ceres para con los antiguos romanos. Ofrecían inciensos y otros perfumes al fuego, a quien con alusión al más arcano misterio de nuestra fe, llamaban unas veces Dios Padre, con nombre poco diferente del que le daban en su gentilidad, y otras —345→ veces Dios Espíritu Santo, por lo que habían oído predicar de la venida de este divino Espíritu el día de Pentecostés. Antes de llevar a bautizar los párvulos conforme al rito de la iglesia, les daban otra especie de bautismo sacrílego, bailándolos con agua en presencia del fuego, e imponiéndoles otro nombre profano, por donde fuesen conocidos en sus impías asambleas. Estas las celebraban siempre de noche y en los lugares más remotos y solitarios, sin admitir a ellas joven alguno o doncella que por flaqueza o inconsideración pudiese descubrir sus misterios de iniquidad. El diligente y coloso beneficiado quedó penetrado del más vivo dolor cuando supo las abominaciones con que era ofendido el Señor por aquellos mismos que él tanto amaba, y temiendo prudentemente que el temor les hiciese ocultar los lugares y los cómplices de aquella secta infame, se valió del favor del padre Meneses, a quien los indios singularmente amaban. No le engañó su confianza: el padre, prometiéndoles una entera seguridad, consiguió que le revelasen todos sus secretos y se confesasen todos los cómplices, trabajo, que cargando únicamente sobre el misionero por el respeto que debían al propio pastor, que era juntamente juez, lo hubiera gloriosamente agobiado si no se le hubiera enviado compañero que le ayudase a recoger una mies tan abundante. Los indios probaron bien la sinceridad de su conversión, entregando a los padres innumerables de aquellos idolillos, y haciendo por muchos días públicas demostraciones de penitencia en procesiones de sangre y otros actos de mortificación que les sugería su fervor con sumo agradecimiento del piadoso beneficiado, que no cesaba de dar gracias en repetidas cartas al padre provincial y a los superiores de Tepotzotlán y del colegio máximo.

[Misión a Huitzitzilapa y muerte del padre Zarfate] Otra semejante misión al partido de Huitzitzilapa ocasionó la muerte al padre Francisco Zarfate. Los curas de muchos partidos, que por espacio de algunos años había corrido en sus misiones, no le daban otro nombre más que el de apóstol, y solían decir que en sus pueblos había otras tantas semanas santas, cuantas estaba allí el padre Zarfate, tanto por la frecuencia de sus confesiones y comuniones, como por otros actos de piedad y ejercicios de penitencia, en que hacía entrar a cuantos oían sus sermones. Despidiéndose para salir a la misión, se percibió bastantemente que había conocido sería aquella la última de su vida, y lo afirmó así después en presencia de algunas personas. Efectivamente, llegando al pueblo de Xilotzingo predicó consecutivamente —346→ muchos sermones, preparando los ánimos de sus oyentes para la cercana pascua de Espíritu Santo. En los tres días precedentes oyó muchas confesiones. El día de pascua dio la comunión a más de quinientas perdonas, haciendo antes y después de la comunión fervorosas exhortaciones. Bajando del púlpito, más fatigado que otras veces, le llamaron para una confesión a un pueblo algo distante. La estación era rigorosa, la hora incómoda, el clima nada favorable. Todo esto, añadido a la interior fatiga y a una salud bastantemente quebrantada, le ocasionó una fiebre maligna de que se sintió herido luego que volvió a Xilotzingo. Lo procuraron de la estancia vecina un colchoncillo (que aun de este pequeño alivio jamás usó el apostólico misionero); mas el dueño de aquella estancia, no contento con enviárselo, vino en persona a llevar al padre a su casa y curarle en su enfermedad. Hubo de condescender el siervo de Dios después de alguna resistencia que le hizo hacer el amor de la pobreza. Se enviaron con diligencia del colegio de México un padre y un hermano que cuidasen de su salud, acción que aunque muy conforme a la caridad que con los enfermos prescriben nuestras reglas, el humilde padre la agradeció como un favor extraordinario; y abrazando lleno de gozo a sus hermanos, gracias a Dios, dijo, que no nos halla la muerte ociosos, sino ocupados en cosas de la obediencia y de tanto servicio de nuestro Señor, como es el bien de estos pobres indios. Al octavo día de su enfermedad, viéndolo el padre que lo asistía enteramente agravado, y temiendo que muriese sin la extrema unción, aunque ya habían partido a traerla de un pueblo vecino, le dijo con alguna congoja. Ruegue vuestra reverencia al Señor que no le lleve antes de recibir este último sacramento; y el padre Zarfate, con una serenidad admirable, le respondió: Esté vuestra reverencia cierto que Dios me ha de hacer esa merced. En efecto, vivió después dos días dando grandes ejemplos de paciencia. Pocas horas antes de morir pidió perdón al beneficiado de las faltas que pudiese haber tenido en las funciones de su ministerio, y que de limosna le diese un rincón en que ser enterrado; pero sabiendo que había orden del padre rector de que fuese su cadáver llevado a México, se alegró mucho, y añadió: Yo rogaré a nuestro Señor morir ahora en que pueda hacerse sin notable incomodidad. Así fue, porque el día 6 de junio a las tres de la tarde, entre actos fervorosísimos de fe, esperanza y caridad, entregó su alma al Criador a los treinta y cuatro años de edad y dieciséis de Compañía.

[Célebres misiones a otros partidos] Se hizo también misión a los pueblos de Teoloyuca y Huehuetoca, en —347→ que fue muy semejante el fruto de las almas y el trabajo de nuestros operarios. Fue muy singular en esta parte la que se hizo por petición del ilustrísimo señor obispo de la Puebla a la provincia de Totonocapa. Hallaron los misioneros en los pueblos de Xonotla, Hueitlalpán, Xuxupango, Chumtatlán y Xontepec. Formaron desde luego de la lengua totonaca, que a más de la mexicana se hablaba en aquel país, un catecismo y un compendio de las cosas muy necesarias y más frecuentes en la confesión, que fue de mucha utilidad a todos los pastores de almas. Publicaron el jubileo que a las misiones de la Compañía había concedido la Santidad de Clemente VIII. No tenían aquellos indios dificultad alguna en la confesión de sus culpas. El trabajo de los padres fue persuadirlos a la santa comunión del cuerpo y sangre de Jesucristo. El demonio, bajo la hermosa apariencia del respeto debido a tan adorable Sacramento, les había infundido un horror muy pernicioso a su salud. Decían que ellos eran unos idiotas criados entre los montes: que no sabían leer los libros, ni comprender la sublimidad de aquel misterio; que no tenían monedas que ofrecer cuando comulgasen, ni vestiduras blancas con que adornarse para parecer en la presencia del Señor; que en recibiendo una vez a su Majestad, si por su desgracia volvían a caer en alguna culpa, habían de condenarse sin remedio. No favorecía poco a este error la conducta que habían tenido hasta entonces los párrocos de aquellos pueblos. Estos, llevados de un celo santo (aunque no el más discreto en lugares de muchos vecinos) apenas daban licencia de comulgar a cuatro o cinco una vez al año. Los indios estaban más obstinados en esta parte; mas querían levantarse sin absolución de los pies del confesor, que obligarse a llegar a la sagrada mesa. En realidad, la misma adhesión a sus vicios, singularmente a la deshonestidad y a la embriaguez, era la verdadera causa de su resistencia. Triunfó sin embargo la constancia de los padres de toda su dureza, y animados del ejemplo de algunos más dóciles, llegaron a beber de las fuentes del Salvador y gustar el Pan de los Ángeles con gran consuelo de sus almas, que aumentó el beneficiado de Hueitlalpán, haciendo un solemne convite en su casa, y sirviendo él mismo con el padre misionero a la mesa a todos los que habían comulgado. En Chumatlán, todos los hombres que habían de comulgar, se juntaron la víspera al ponerse el sol y tomaron en la iglesia una disciplina. En Xonotlán, depuesta aquella falsa preocupación, de que si comulgaban habían de condenarse infaliblemente porque no habían de poder abstenerse —348→ de las culpas, quedaron por el contrario muy persuadidos, a que no había de volver jamás a la deshonestidad, quien había tenido la felicidad de gustar el vino que engendra vírgenes. Esto lo confirma maravillosamente lo que dos años después experimentó y escribió agradecido a uno de los padres el cura de aquel pueblo. Confesaba a una india soltera y bien ocasionada, y examinándola con diligencia sobre el sexto, siempre respondió que en aquella materia no le reprendía cosa alguna su conciencia; porque después (añadió) que recibí la sagrada comunión por consejo de un padre de la Compañía que predicó en este pueblo ahora dos años, propuse firmísimamente en mi corazón, no ofender más a mi Dios y a mi padre con ese género de culpas, y por su misericordia así lo he cumplido.

[Frutos del colegio de Oaxaca] En Oaxaca desde la mitad del acto antecedente se había ofrecido bastante cosecha de penalidades y merecimientos en el servicio de los apestados, a que se procuró asistir, singularmente a la gente pobre en todo género de espirituales y temporales alivios. Pero aun fue de más edificación y utilidad el importante obsequio que hicieron dos de nuestros religiosos a aquella ciudad en los principios de este año. Sobre no sé qué competencia de jurisdicción (fuente ordinaria de semejantes discordias) hubo alguna disensión entre las dos cabezas eclesiástica y secular, como suele suceder: los partidarios de uno y otro gremio llevaban más lejos los excesos de su pasión, coloreada bajo el nombre de justicia. Hervía aquella república en chismes e historietas indignas de la nobleza y de la cristiandad de sus cabezas. Después de varias tentativas, un padre de los nuestros ganando primero los ánimos con la suavidad y la dulzura, compuso entre sí a los principales interesados, cuyo ejemplo siguieron fácilmente los demás. No tuvo que luchar con pasión tan débil, ni con espíritus tan racionales otro sujeto del colegio. Era muy pública y muy antigua la enemistad de un eclesiástico con un secular, de quien seis años antes había recibido una injuria. El clérigo, hombre poderoso, había seguido la demanda según todo el rigor de la justicia; había traído de México un juez pesquisidor; había hecho pasar a su enemigo por la pena del tribunal eclesiástico, y dejándolo inhábil para representar jamás algún papel en la república. Sin embargo, aun no se daba por satisfecha su cólera y mortal rencor. Tanto, es verdad que ningunos son más obstinados en el vicio que los que por su profesión y su carácter están más obligados a la virtud, cuando una vez han degenerado de su primer esplendor. Un religioso conocido —349→ en toda la ciudad por su eminente virtud encontrándolo en la calle, había pedídole hincado de rodillas con lágrimas que perdonase a su enemigo y no diese al pueblo aquel escándalo. No bastando estas razones ni el crédito del suplicante, saco un crucifijo representándole aquel grande ejemplar de la tolerancia y mansedumbre cristiana. Nada bastó, y aquel hombre endurecido, antes recibió como nuevo agravio un oficio de tanta caridad. El señor obispo había emprendido la misma conquista, añadiendo a la razón todo el peso de la autoridad, pero por ciertas dificultades que sobrevinieron, hubo de ceder y encomendar a uno de la Compañía aquella negociación. El padre comenzó por ganar la voluntad de aquel hombre protervo. Las veces que hablaba con él de este asunto, o no contestaba a la conversación, o parecía favorecer a su pasión no contradiciendo; pero cuando se proporcionaba tratar de lo mismo en otra persona, le pintaba con los colores más negros la dureza del corazón, haciéndosela ver como una pasión infame y muy ajena, no solo de la religión, sino aun de la dignidad y nobleza del espíritu humano. Con este inocente artificio repetido siempre en aquellas ocasiones en que por no tocar inmediatamente a su persona le hallaba más dócil, fue insensiblemente disponiéndole el ánimo, hasta que hablándole abiertamente, consiguió de él cuanto pretendía, quedando muy agradecido a su benefactor, y toda la ciudad muy edificada de las demostraciones de benevolencia y de amistad con que procuró resarcir los pasados escándalos.

[Frutos del colegio de Veracruz] Los ciudadanos de la Veracruz manifestaron bien por este mismo tiempo aquel sólido aprecio de la Compañía, en que se ha distinguido después tanto esta ciudad. Con la falta de las flotas se había comenzado a sentir tanta pobreza y carestía de lo necesario, que los religiosos de otras dos religiones se vieron precisados a desamparar la tierra, dejando en sus conventos uno o dos sujetos. Las personas más ricas y más principales de aquella república, recelando que los de la Compañía, obligados de la necesidad no tomasen la misma resolución, pasaron prontamente al colegio, ofreciendo a los padres, en nombre del cabildo todo lo necesario, no solo para los sujetos que había al presente, sino para otros muchos que vinieran. Muy presto se presentó la ocasión en que los jesuitas mostrasen a la ciudad su agradecimiento. Había a principios de aquel mismo año el pirata inglés Guillermo Parker, sorprendido el puerto de San Francisco de Campeche, como a ciento veinte leguas de Veracruz, en la península de Yucatán. Se temía —350→ que se dejase caer sobre Veracruz, y dando el miedo cuerpo a la aprensión, se había ya tocado arrebato una noche, creyendo haber las naves inglesas dado fondo en la costa. Se avisó a México, de donde bajaron prontamente doscientos soldados. Poco después, habiéndose visto de muy lejos algunas velas, y no pudiéndose distinguir la bandera, se volvió a conmover toda la ciudad, y ya se disponían a marchar a la costa algunas compañías para impedir el desembarco. Los padres fueron a ofrecerse al gobernador para acompañar la tropa y servir de capellanes, sin más sueldo que el que promete Jesucristo a sus soldados en las incomodidades y las cruces. Quedó la ciudad muy agradecida a esta prontitud de ánimo, aunque viendo después ser de España las naves que el susto había figurado enemigas, no pasó de la voluntad el obsequio. Sin embargo, los que no habían sacrificado sus vidas a los trabajos y a los peligros de la guerra, la sacrificaron bien presto a los rigores de la epidemia, que prendió violentamente en los soldados que habían venido de México, y los recién venidos de Europa. Los jesuitas, no contentos con los ministerios espirituales, en que sin interrupción se ocupaban día y noche de las limosnas que la liberalidad de los vecinos ofrecía al colegio, mantenían, curaban y proveían de lo necesario a algunos otros, para que en Jalapa o en otro lugar menos dañoso a su salud, se preservasen de la enfermedad, o se restableciesen en la salud. Resplandeció mucho en esta ocasión la caridad y fervor del padre Juan Rogel. Este anciano, cerca de los setenta años de su edad, endurecido en los ejercicios de la vida apostólica, se encargó de los galeones, y residió en San Juan de Ulúa, predicando incesantemente y confesando a toda gente de mar, a quien el general, con ánimo de volver a España dentro de quince días, no había permitido poner pie en tierra. El padre Rogel, con la actividad de un joven asistía a todo, consolaba a los enfermos, predicaba a los sanos, confesaba a los penitentes, ayudaba a los moribundos, con una alegría y expedición que pasmaba.

[Alzamiento de los guazaves y reducción de los ures] La tranquilidad de que a fines del año antecedente se había comenzado a gozar en Sinaloa, no podía ser muy constante mientras se procedía en los informes e inquisición de los delincuentes. Los guazaves, cuanto más dóciles para el bien, tanto más fáciles a las siniestras impresiones de sus ancianos, habían, por instigación de uno de estos, conspirado en acabar con los padres. Tuvo aviso por un indio fiel don Diego de Quiroz, capitán y alcalde mayor de la villa, y partió luego —351→ con quince soldados. El jefe de los rebelados salió a recibirlos a la frente de más de doscientos indios, que se pusieron en fuga a la primera descarga, dejando a su caudillo en manos de los españoles. Los fugitivos llevaron el espanto y la consternación a su pueblo, en que todos dejaron sus casas y se acogieron a la nación de los ures. Estos no bien seguros de las intenciones del español capitán, salieron a recibirlo en número de cuatrocientos, armados; pero hablándoles el padre por medio de un intérprete, supieron aprovecharse con una prontitud admirable de aquel momento oportuno. Mostraron mucho gusto a las proposiciones del padre, y prometieron hacer iglesias y vivir en quietud. Volviendo algunos días después el misionero, tuvo el consuelo de hallarlos muy confirmados en su primera resolución. Ellos de su voluntad habían juntado los párvulos en número de más de ciento cuarenta, que ofrecieron para el bautismo; y siendo la nación de las más numerosas, se repartieron en cuatro o cinco pueblos, cuyas situaciones demarcó el padre Villafañe, haciendo todos los oficios de padre y fundador de aquellas colonias, con que dilataba el imperio de Jesucristo. En todas se fabricaron iglesias, y se dio principio a su doctrina. Los guazaves, vueltos de su temor, y asegurados del capitán y del mismo padre que habían entrado a buscarlos, se restituyeron luego a su país, y en las siguientes ocasiones ayudaron con más fidelidad que algunos otros a los españoles en sus expediciones militares. Restablecida por este lado la serenidad, se levantó por otro la reciente tormenta. Los de Ocoroiri, en defensa de una mujer de su país, habían dado muerte a un cacique de los tehuecos, que con violencia pretendía sacarla de su casa. Esta nación numerosa y guerrera resolvió tomar una ruidosa venganza. [Guerra de ocoroiris y tehuecos] Jamás se había visto entre aquellas gentes expedición más bien concertada. Convocaron a todos sus pueblos, y señalaron el lugar donde habían de juntarse, y el día de la marcha, con tanto silencio y precaución que no pudieron los ocoroiris penetrar sus designios hasta que los tuvieron sobre los brazos. Dividieron su ejército en dos trozos, sostenidos unos y otros de algunos caballos que habían ya comenzado a multiplicarse en el país. Marcharon todo el día y la noche; pero por diligencias que hicieron no pudieron llegar a Ocoroiri hasta la punta del día. Flecharon a un indio que había madrugado a su pesca, lisonjeándose que sorprenderían el resto de los moradores sepultados aun en el sueño. El indio, aunque mal herido corrió a dar noticia al padre Pedro Méndez, que se hallaba en el pueblo. —352→ Los tehuecos habían dispuesto su gente, de manera que la una parte acometiese a la frente del pueblo, quedándose la otra en emboscada por el lado contrario, a cubierto de una arboleda, de donde no debía salir hasta estar los ocoroiris empeñados en la acción, sin que tuviesen más aviso que el incendio de sus casas, y el alarido de las mujeres y los niños. Si la prudencia del cacique de Ocoroiri no hubiera trastornado un proyecto tan bien discurrido, aquel día hubiera sido perniciosísimo a la cristiandad de Sinaloa, y habría acabado con una de las más quietas y más fervorosas poblaciones. Él, o porque hubiese tenido noticia de la situación del enemigo, o por uno de aquellos rasgos de la providencia, poco comunes en su nación, viendo a sus gentes correr en tropel, donde los llamaba la algazara del enemigo, los contuvo, diciendo que no dejasen el pueblo, sus mujeres y sus hijos, expuestos a la invasión de los tehuecos, que podían dividirse, y amparados del bosque acometer la población. Efectivamente, mientras unos marcharon a los enemigos, quedó otro cuerpo de reserva para defensa del lugar. Los tehuecos que habían quedado en el monte corrieron en furia a prender fuego a las casas; pero la sorpresa de ver descubierta y prevenida su estratagema les hizo perder el valor. A vista de sus prendas más queridas, los ocoroiris, acometieron con un ímpetu a que fue imposible resistir. Huyeron en desorden de una y otra parte los tehuecos, dejando muchos muertos y muchos prisioneros en manos de los bravos ocoroiris, que prácticos en aquellos caminos les inquietaron mucho, siguiendo el alcance hasta el medio día.

[Otros sucesos de Sinaloa] Había venido poco antes noticia al alcalde mayor, que a seis leguas de la villa se veían algunas sementeras que por no estar vecinas a alguno de los pueblos, parecían ser de los indios fugitivos, homicidas del venerable padre Tapia. Aumentaba la sospecha que los pocos indios que solían verse en ellas, se ocultaban luego y se retiraban con diligencia a lo interior del monte. Envió el capitán algunos españoles e indios amigos a reconocer la gente. Los rebeldes, o por aviso que tuvieron, o porque su poca seguridad los hacía estar siempre prevenidos, se habían ocultado entre las sementeras. Repentinamente cayó sobre los pocos españoles una nube de flechas, de que quedaron dos heridos. El resto con los indios aliados acometieron a los fugitivos, que con poca pérdida se salvaron en los montes. De los españoles heridos sanó el uno después de muchos años. El otro, cristianamente preparado, murió a las dos horas, aunque había muy poco penetrado en el muslo la —353→ flecha emponzoñada. Fue cosa singular que cavando en la villa la sepultura un criado, a quien el difunto amaba tiernamente, cayó repentinamente muerto y bañado en lágrimas en la sepultura que preparaba a su amo, donde como uno de aquellos ejemplos de fidelidad que rara vez se ven en el mundo, fueron juntamente enterrados. En medio de estas revoluciones no dejaban de recoger muchas mieses los fervorosos obreros. Habían pasado de cuatro mil los bautismos entre párvulos y adultos. Los nuevos cristianos se veían avanzar sensiblemente en el amor y adhesión de las santas prácticas de nuestra ley. A un niño de pocos años, después de haberse confesado, preguntó el padre quién podía sanarle de aquellas enfermedades del alma, a que respondió muy afectuosamente: «Nadie, padre, en el mundo sino Dios, y tú en virtud de su palabra». Un indio de la sierra en que habían entrado los padres, hallándose acometido de una grave enfermedad, y no teniendo algún padre con quien confesarse, anteponiendo la salud espiritual a la del cuerpo, caminó muchas leguas por confesarse, creyendo que había de hallar en el Sacramento de la penitencia la quietud de su conciencia y el remedio de su enfermedad, como lo halló efectivamente, cooperando el Señor a la firmeza de su fe. Sabíanse un poco excedido en la bebida algunos neófitos, inducidos de un perverso anciano: reprendió el padre la acción agriamente en el púlpito, y luego los delincuentes, hincándose de rodillas en presencia de todo el pueblo, confesaron su culpa y se condenaron a tomar una disciplina para satisfacer a la divina justicia. Faltaba uno de los culpados, y advirtiéndolo un viejo deudo suyo, le hizo que viniese al otro día a la iglesia e imitase en la penitencia a los que había seguido en la disolución. Tuvo un indio apasionado el atrevimiento de entrar a casa de una india a horas que estaba sola. Ella, revestida de indignación al proponerle su torpe deseo, se le acercó disimulando el enojo, y quebrándole la flecha que traía en la mano, le quitó el arco y le dio con él muchos golpes, diciéndole... ¿Y qué no sabes que soy cristiana, que nuestra santa ley prohíbe toda impureza, que oigo la palabra del Señor y recibo su santo cuerpo? Así recompensaba el Señor con espirituales y sólidos frutos a sus ministros de lo mucho que cada día tenían que sufrir en los continuos movimientos e inquietudes de los bárbaros.

[Misión a Culiacán] En uno de aquellos intervalos, en que la fuga de los indios les dejó algún tanto desocupados, como no sabe acomodarse bien con la inacción aquel fuego que consume a los hombres apostólicos, el padre Hernando —354→ de Santarén con otro compañero, partió a Culiacán, donde había dejado grande opinión desde la vez primera que visitó aquella provincia. En los españoles y en los indios se hizo un fruto copiosísimo con la publicación del santo Jubileo. De ahí llamados de unos en otros pueblos, pasaron a la provincia de Topía y real de San Andrés. Los indios, por no perder la doctrina celestial de que estaban hambrientos, seguían a los padres de unos lugares a otros. En todos ellos salían a recibirlos con cruces altas cantando a coros la doctrina. Treinta poblaciones recorrieron, y hubo algunas en que pasaron de ochocientas las comuniones. La disciplina y el uso del santísimo Rosario, abrazaron con tanto fervor, que aun después de cerrada la iglesia venían muchos a disciplinarse o a rezar en el cementerio. El vicario de Culiacán, algún tiempo después de acabada la misión, escribe así: «Es de dar gracias a nuestro Señor, y después a vuestras reverencias, que los indios e indias de repartimiento que vienen por tanda de sus pueblos a servir a los españoles, traen muy de ordinario los rosarios en la mano, y que el indio con su carga a cuestas, y la india con su cántaro al hombro, van y vienen rezando con harto ejemplo, y aun confusión de sus amos». El desinterés y el dulce trato de los misioneros, robó de tal suerte los ánimos de los indios, que enviaron a Sinaloa cuatro diputados con una carta muy expresiva al padre Martín Pérez, superior de Sinaloa, para que la Compañía se encargase de aquellos pueblos, ofreciendo ellos pasar a México a negociarlo con el señor virrey y con el padre provincial.

[Progresos de la misión de Tepehuanes] Lo que la cercanía de los españoles no permitió lograr a los tahues, conseguían con grande utilidad suya los tepehuanes. El padre Francisco Ramírez avanzó este año hasta el valle de Atotonilco. Hay en él cinco pueblos que recibieron al padre con extrema alegría. Celebrados allí en la semana santa los sagrados misterios y reducidos a determinada población algunos montaraces, de ahí volvió a la Sauceda, en que la hambre había obligado a bajar de sus sierras un gran número de bárbaros, que oyeren por la primera vez las palabras de salud. Aquí tuvo noticia el fervoroso misionero de una pequeña población no muy distante, en que hasta entonces no había sido anunciado el reino de Jesucristo. Partió luego para allá, y preguntando a los moradores por qué no iban a la iglesia a oír, como los demás la palabra de Dios, y a pedir el santo bautismo, respondiéronle que no iban a la iglesia por no morirse: que los vivos no podían estar seguros entre los muertos; que ellos estaban en sus casas y los muertos en la suya; así llamaban a la —355→ iglesia por haber visto que en ella se daba sepultura a los cadáveres. El padre tomó de aquí ocasión para desengañarlos de su error y hablarles de la necesidad que tenemos todos de morir y de la esperanza que alienta a los cristianos de la vida eterna e inmortal para que Dios crio al hombre. Oyéronle con suma atención, y el padre les envió luego una Cruz y un catequista que les enseñase la doctrina. Colocáronla en medio de sus pobres chozas, y al rededor de ella se juntaban dos veces al día para disponerse al bautismo. De aquí pasó a un monte cercano, en que como otras tantas fieras vivían los indios en las cuevas y las aberturas de las rocas entre quebradas impracticables. El primer día, después de mucha fatiga y cansancio, vio un indio en lo más alto de la roca. Subió luego con inmenso trabajo y poco fruto, porque el bárbaro, armado de arco y flecha en una mano, y con una sarta de pescado en la otra, a la presencia de un hombre desconocido, sin hablar palabra, le puso delante el pescado, y corrió con admirable velocidad a ocultarse en la espesura. Quedó sumamente desconsolado el varón de Dios; sin embargo, perseveró ocho días buscando entre aquellas grutas y picachos inaccesibles las preciosas almas. Bendijo el Señor su constancia, porque con una docilidad cuasi sin ejemplo, al fin de este tiempo bajaron siguiendo al misionero cargados de sus hijuelos y sus pobres alhajas a poblarse en el valle. Fabricaron chozas y una pequeña capilla en que asistían a la doctrina. En uno de aquellos días, en presencia de los salvajes y de algunos españoles que habían venido a misa, llegó de un pueblo distante seis leguas una india joven, vestida decentemente al uso mexicano, y acompañada de muchos de sus deudos a pedir el bautismo. Díjosele que no podía recibirlo sin estar suficientemente instruida en la creencia y obligaciones de nuestra religión. Bien sé todo eso (respondió) y he procurado disponerme para este favor, sin el cual he resuelto no volver a mi patria. El padre, después de algunas preguntas, hallándola perfectamente capaz, le confirió el bautismo con mucho consuelo suyo y piadosa emulación de los catecúmenos, a quienes dejó confusos la suficiencia y fervor de la extranjera.

[Nuevos establecimientos] A pocos días pasó el padre, como había prometido, al pueblo de aquella nueva neófita en que había estado de espacio el año antes. Sus antiguos hijos en Jesucristo salieron a recibirle colmados de gozo, singularmente el viejo de quien hemos hablado antecedentemente, que besando al padre la mano le dijo con lágrimas: Muchos años ha que trato —356→ con españoles sin que hagan caso de mí: tú solo me estimaste, me socorriste con el santo bautismo, y me diste la mismo nombre. Yo practico lo que me has mandado y hago oración a Dios, y le doy voces cuando me veo solo por esos campos, pidiéndole de todo mi corazón que me perdone mis pecados y salve mi alma. Se logró que se estableciesen en Papatzquiaro algunos serranos que la hambre había obligado a bajar de sus picachos, y se dio alguna forma de gobierno político a esta población, que ha sido después la principal de los tepehuanes. Más dificultad costó la fundación de otro pueblo no muy distante. Había en su vecindad algunos salvajes los más fieros y desconfiados de toda la provincia, exhortábales el padre a que dejaran los bosques y las rocas y poblasen en sitio acomodado: después de muchos consejos, permanecían en su dureza, y hubieran permanecido largo tiempo, si una buena mujer, interrumpiendo al misionero, no les hubiera persuadido con sus voces e incitado con su ejemplo a la fundación de la nueva colonia, a que se dio principio a los 16 de julio con el nombre de Santa Catarina. Para el día próximo de Santiago Apóstol se dispuso un solemne bautismo de muchos párvulos y adultos, entre los cuales iba un cacique joven que había seguido al padre desde Guanacevi, distinguiéndose entre los demás catecúmenos, no tanto por su nobleza, por la gentil disposición de cuerpo y por las bellas prendas de su espíritu, como por un singular afecto al padre, y un extraordinario fervor. El padre Ramírez formó de él un catequista diligente, y un coadjutor fidelísimo de su ministerio apostólico. Predicaba a los suyos con una claridad y una vehemencia que el mismo padre admiraba, a sus exhortaciones, sostenidas de una vida ejemplar y de la autoridad que le daba entre ellos su nacimiento, contribuyeron mucho a la cristiandad, que se vio florecer muy presto en aquel pueblo. Sus padres, gentiles, atraídos con sus consejos, y de la estimación que se hacía de su hijo, determinaron alojarse en el mismo pueblo en que después fueron ejemplares cristianos.

[Raros sucesos a los chichimecas] Aun con mayor felicidad Grecia la semilla del Evangelio entre los chichimecas de San Luis de la Paz. El excelentísimo conde de Monterey, formado de la utilidad de esta misión, había mandado fabricar, a costa de la real hacienda, la casa y templo de la Compañía en que estaban de asiento dos padres y un hermano. Había juntamente relevado a los indios que quisiesen establecerse allí de todo tributo y servicio personal fuera de la ropa, carne y maíz con que se había comprado de ellos la paz la seguridad desde el tiempo de su antecesor don Luis de Velasco. —357→ Con estos piadosos arbitrios eran muchos los que cada día se avecindaban en el lugar. El seminario de indizuelos que allí tenía la Compañía, era juntamente un seminario de virtud, y un atractivo para los padres, hermanos y parientes de aquellos niños, que los veían salir de allí mudados en otros hombres. Grande ejemplo fue, así del propio aprovechamiento como del aprecio que hacían de la educación que se daba a sus hijos, lo que aconteció por este tiempo con un indio muy racional y principal cacique del pueblo. Cayó por su desgracia en un exceso de que él solía corregir a los suyos. Estos, o llevados del mismo fervor, o de una perniciosa complacencia de venganza, lo despidieron sin dejarlo entrar a su casa cargándolo de injurias. Sufrió humildemente aquellos ultrajes, que en otro tiempo hubiera lavado con sangre, y corrió a buscar consuelo en los padres. No halló en ellos mejor acogida: prevenidos de su arribo habían mandado cerrar la puerta y decirle que no admitían en su casa ebrios y escandalosos. Extremadamente afligido fue al alcalde mayor para que los padres le recibiesen en su gracia. En efecto, lo recibieron con una grave reprensión; pero observan de el buen cacique que no le trataban con aquella misma dulzura y confianza que antes, y sabiendo que diez leguas de allí estaba un alcalde de corte que había ido de México, partió a verlo para que interpusiese su autoridad y los padres le perdonasen enteramente, y no le hiciesen la injuria de desconfiar de su arrepentimiento. Con la recomendación de aquella persona, de quien trajo cartas, y unas muestras tan seguras de la enmienda que prometía, volvió muy consolado a su pueblo y a la antigua estimación de los padres. Habíase huido en el tiempo que faltó de San Luis un hijo suyo que estudiaba en nuestra casa, y el cacique, extremamente afligido de esta desgracia. Todo cuanto habéis hecho conmigo, padres, (les dijo) de no permitir que entrase en esta casa y haberme excluido de vuestra amistad, no ha sido para mí tan sensible como el saber que por mi maldad hayáis despedido a mi hijo. ¿Qué culpa tiene él de lo que yo hice? Si yo pequé me hubierais reprendido a mí, y no despidierais de vuestra casa a mi hijo, pues lo habéis criado en ella, y educado tan cristianamente lejos de los malos ejemplos que ahora lo conducirán a la perdición. Los padres le desengañaron que no habían sido, ni jamás serían tan inhumanos que castigasen en un hijo inocente el crimen de su padre. Que el niño se había huido, y que después de muchas diligencias no habían podido descubrirle: que siempre que volviese sería recibido con el mismo agrado. —358→ Esta aventura, y otras muchas que pudieran referirse de este género aunque de poca importancia entre personas cultas y criadas a los pechos de la religión, pero en la barbarie y austeridad de una de las naciones más feroces y más sangrientas del mundo, da a los que tienen ojos una idea bastantemente clara de la eficacia y suavidad de la divina palabra que con tanta facilidad saca miel y óleo suavísimo de las más duras rocas, y hace de las piedras hijos de Abraham. La situación de San Luis de la Paz era por otra parte ventajosa para excursiones frecuentes a San Luis Potosí. A nuestra Señora del Palmar, a las minas de Sichú, y algunos otros lugares en que no las necesitaban menos los españoles que los indios, y en que a unos y otros se ayudaba con igual caridad.

[El señor arzobispo de Nueva Granada pretende llevar a su diócesis algunos jesuitas] Las misiones de la provincia de Nueva-España no eran solo para fundar nuevas cristiandades entre naciones en los confines de la América septentrional, aunque tan vastos. Después de haber enviado operarios infatigables, primero hacia el Poniente hasta las Islas Filipinas, en que ya quedaba fundada una vice-provincia utilísima para las regiones de la Asia, y de haberse extendido por el Norte hasta trescientas leguas adelante de México, en partes donde jamás se había oído el adorable nombre de Jesucristo, se dispararon este año sus saetas de salud a las dilatadísimas regiones de la América meridional, en que con el sólido cimiento de la pobreza y de la incomodidad y tribulación, dieron principio a una de las más floridas y religiosas provincias de la Compañía en aquellas regiones. Hallábase en México de inquisidor mayor, y electo arzobispo de Granada, el ilustrísimo señor don Bartolomé Lobo Guerrero, hombre de un grande mérito y de un singular afecto a la Compañía. No juzgó poder satisfacer mejor a las grandes obligaciones de su nuevo carácter que llevando consigo algunos de ella, que en la Europa y en México había visto ejercitarse con tan conocida utilidad en servicio de las almas. Y a la verdad las necesidades de su iglesia pedían un socorro muy pronto. Aunque en la provincia no sobraban sujetos, era grande la autoridad y afecto del pretendiente, y mayor la importancia de la empresa para que no se hubiese de condescender de parte del padre provincial. Destinó, pues, el Padre Esteban Páez para esta expedición al padre Alonso Medrano, que por diez años continuos había ejercitado en esta provincia el oficio de misionero, y acostumbrádose a la fatiga y ministerios de la vida apostólica, y por compañero al padre Francisco Figueroa, poco antes —359→ venido de la Europa, y que daba muchas esperanzas, según la virtud y prendas que le asistían, de ser heredero del doble espíritu del padre Medrano; partieron del puerto de Veracruz el día de Santa Catarina, 31 de abril de 1598. No fue muy favorable a los navegantes el mar hasta la Habana; pero pudo tenerse por muy feliz esta primera navegación, respecto de los grandes trabajos con que quiso Dios probar su paciencia en lo que les restaba. Tuvieron que huir con bastante susto algún tiempo seguidos de un pirata inglés que infestaba aquellos mares. A la altura de Jamaica pareció haberse desencadenado todos los vientos. El cielo por once días antes había estado continuamente cubierto de negras nubes que no dejaban observar el sol ni las estrellas, como amenazando con una de las más espantosas borrascas. Sobrevino en efecto con tal furia, que a pocas horas habían ya perdido el palo del trinquete, y poco después el mayor. Procuraron remediarse con los que llevaban de respeto; pero no era este aun el mayor trabajo. El golpe del árbol mayor y del trinquete había quebrantado mucho el navío, y hacía por muchas partes tanta agua, que muchos hombres condenados día y noche al continuo ejercicio de la bomba, no podían agotarla. Fue necesario echar a la agua mucha carga, y entre los primeros baúles que se alijaron, hubieron de ser aquellos en que llevaban los padres su poca ropa, sus papeles y sus libros, para que aun después de pasada aquella tribulación tuviesen que sentir los efectos de la santa pobreza. [Sosiegan la tempestad con una reliquia de San Ignacio] Ya no parecía quedar esperanza alguna de remedio. El ilustrísimo había hecho confesión general y lo mismo los padres, y muchos de los navegantes. Por el espacio de cuarenta y ocho horas se habían mudado sobre el bajel todos los vientos, y todos igualmente furiosos. La confusión y el espanto de un próximo inevitable naufragio, había hecho callar y volver dentro de sí aun a las gentes más licenciosas. En medio de este triste silencio y turbación saludable de los ánimos, el padre Medrano después de haberlos exhortado con un crucifijo en las manos a fervorosos actos de contrición, les hizo poner toda su confianza en la intercesión de nuestro bienaventurado padre Ignacio. Les refirió para animarlos algunos casos de su admirable vida, singularmente aquel en que volviendo de Palestina se perdió el navío que no quiso recibirle a su bordo, y se salvó aquel en que fue recibido el Santo peregrino. Diciendo esto, ató a un cordel un pedazo de cilicio con que el santo había afligido su carne y lo arrojó a las olas, clamando el arzobispo y todos a una voz: Santo —360→ padre Ignacio, ayúdanos. Efectivamente, desde aquel mismo instante amainó la furia del viento y dentro de muy poco volvió la serenidad deseada. El ilustrísimo autenticó en toda forma la maravilla, y remitió el proceso al padre general Claudio Acuaviva, prometiendo celebrar al santo anual fiesta en su iglesia, siempre que la Sede Apostólica lo juzgase digno de los altares.

[Padecen nuevos trabajos y llegan a Cartagena] Mas aun no era esta la última calamidad que les faltaba que sufrir. Sosegada la furia del mar y de los vientos, y vueltos en sí de aquella confusión, se hallaron sin saber a donde dirigir el rumbo después de trece días que los pilotos no habían podido observar, con el barco maltratado y haciendo continuamente mucha agua, las calmas grandes y continuas, y lo peor de todo, tan faltos de agua, que el día del seráfico patriarca San Francisco se hallaron cuarenta y cinco personas con solas nueve botijas. No permitió el Señor quedase burlada la esperanza que en su siervo Ignacio habían puesto los navegantes. Al día siguiente sopló un viento favorable, descubrieron tierra, y dentro de pocas horas se hallaron, sin saberlo, dentro del puerto que buscaban de Cartagena. El encuentro y la vista de otros más infelices los consoló bien presto de todas sus pasadas congojas. Hallaron en Cartagena dos padres portugueses que navegaban a la India oriental, y a quienes una violenta tempestad sobre el Cabo de Buena Esperanza arrojó hasta el Brasil. Del Brasil a las Terceras, de allí a Puerto Rico, luego a Santo Domingo, de donde habían venido a Cartagena para volverse a Lisboa. Consoláronse con la mutua relación de los trabajos que con tanta resignación pasaban por Jesucristo, y partiendo los unos para Europa, caminaron los otros a Santa Fe en compañía del ilustrísimo. Dispuso la Providencia para el éxito feliz de la propagación del Evangelio, y establecimiento de la nueva provincia, que gobernase por entonces el nuevo reino de Granada, en calidad de comandante general y presidente de la real audiencia, un hombre de la misma actividad, de la misma religión y el mismo celo que el ilustrísimo arzobispo. Era este el doctor don Francisco Sande, caballero del hábito de Santiago, cuya probidad y literatura había premiado el rey católico con los distinguidos empleos de alcalde de corte y oidor de la real audiencia de México, de gobernador, capitán general y presidente de la real audiencia de Filipinas, y luego de Guatemala. En todas partes había sabido hermanar el servicio de Dios con el del César, y la severidad con la prudencia. El antiguo afecto que tenía a nuestra religión —361→ creyó le daba derecho para llevar a su casa a los dos padres. Excusáronse estos con las obligaciones que debían al ilustrísimo, a cuyas súplicas no habían sin embargo cedido en esta parte, y con amorosas quejas y mucha edificación de uno y otro, prefirieron, según la costumbre santa de nuestros mayores, el hospital de la ciudad a las comodidades de los palacios. Es verdad que el amor ingenioso del arzobispo y del presidente supo procurarles en el hospital toda la comodidad de que era capaz aquel pobre hospicio, contribuyendo con todo lo que necesitaban para el sustento y el vestido.

[Descripción de la Nueva Granada] El descubrimiento de estas regiones se debe a Gonzalo Jiménez de Quesada, que por mandato de don Pedro Fernández de Lugo, adelantado de Canarias, entró en Santa Marta por el río de la Magdalena el año de 1536, y aunque hubo alguna competencia entre él, Sebastián de Belalcázar y Nicolás Federmar, que habiendo partido el uno de Quito y el otro de Venezuela, vinieron sin noticia alguna a juntarse en las riberas del mismo río; prevaleció sin embargo el derecho de Gonzalo Jiménez, que en memoria de su patria impuso a estas regiones el nombre de Nuevo Reino de Granada. Antiguamente no se comprendían bajo este título sino los señoríos de Tunja y Bogotá. Después que fue erigida en chancillería se extiende su jurisdicción de Oeste a Este del golfo de Darién hasta la embocadura del famoso Orinoco, en que están los gobiernos de Cartagena, Santa Marta, Venezuela, Caracas, y Dorado o Nueva Extremadura. Tiene toda esta región de Este a Oeste como 400 leguas de largo y 260 poco menos de Norte a Sur, y comprende los obispados de Santa Fe, Popayán, Cartagena, Santa Marta y Caracas. El temperamento es de una perpetua primavera con poca variación, y declina un poco a frío, la tierra extremadamente fértil tanto de semillas, frutas y legumbres, como de oro y de esmeraldas. La tierra es montuosa, y la divide por medio de una larga cordillera desde Popayán hasta Pamplona, en que partiéndose en dos brazos corre la una hacia la gran laguna de Macaraibo, y la otra hacia Caracas. Riegan la región muchos y caudalosos ríos, y cuasi todos traen sus vertientes de la Sierra. Los que nacen de la parte septentrional corren al mar del Norte, de que son los más famosos, el Cauca, el de la Magdalena y el de la Hacha. Los que nacen de la parte austral, que son innumerables, enriquecen con sus aguas al Orinoco. Del descubrimiento, curso, grandeza y propiedades de este célebre río, uno de los más grandes del mundo, no pretendemos —362→ hablar desde lugares tan distantes, en que nada podríamos añadir a la circunstanciada relación de un hábil escritor que ha pasado cultivando aquellas naciones vecinas la mayor parte de su vida.

Las principales ciudades, y que propiamente pertenecen a la Nueva Granada son Santa Fe de Bogotá, Tunja y Vélez, que por los años de 1537 y 38 fundó el mismo descubridor Gonzalo Jiménez. A la de Trinidad la fundó Luis Lanchero el año de 1547 a 24 leguas de Bogotá. Pedro de Ursúa por el mismo tiempo fundó a Tudela. La Palma tuvo principio por los años de 1572. Tocaima el de 1595, y cuasi por el mismo tiempo Pamplona, Mérida y Mariquita. La relación que el padre Alonso Medrano presentó a su Majestad y al general de la Compañía en orden a la fundación del colegio de Santa Fe es muy autorizada y muy digna de la curiosidad de nuestros lectores para que podamos omitirla. Es (dice) el nuevo reino de Granada una de las tierras más fértiles y ricas de todo aquel nuevo mundo. Su temple es maravilloso, que siendo una perpetua primavera declina un poco a frío, de modo que con moderado abrigo no se hace mudanza de vestido en todo el año. Tiene el cielo alegre, la tierra es sana, y produce en grande abundancia trigo, cebada, maíz y todo género de granos de Indias y Castilla, mucha diversidad y abundancia de frutas, y todo género de legumbres. Hay muchos ingenios de azúcar, y muchas aves y toda especie de caza. Es casi innumerable el ganado mayor y menor de que se proveen las costas de Cartagena, Santa Marta y Venezuela, y las embarcaciones que llegan a esos puertos, a donde es muy fácil la conducción por el río de la Magdalena, que está muy cercano a Santa Fe, y por otro vecino a la ciudad de Mérida que desagua en la laguna de Maracaibo. Fuera de esto es la tierra más rica de oro que se sabe haya hoy en el día en lo descubierto, porque en solos cuatro asientos de minas principales que tiene, llamados Zaragoza, los Remedios, el Río de Oro de Pamplona, y los Llanos, se saca cada año lo más del oro que va en las armadas reales a Europa, que de solo el reino es más de medio millón. En el pueblo llamado la Trinidad de los Mussos están las famosas minas de esmeraldas, que son las más abundantes y las mejores que se sabe haya descubiertas ab initio mundi, pues siendo ellas finísimas, no han disminuido por ser muchas el precio de este género de piedras tan preciosas, y se llevan en grande cantidad por todas las Indias y a la Europa cada año. Finalmente el temple de todo el reino es tal, que se vive de ordinario con mucha salud. —363→ Apenas se conoce enfermedad, y los más mueren de vejez, como se experimenta cada día. Tiene grande abundancia de ríos caudalosos, y fuentes de bellísimas aguas, por ser todas de minerales de oro. También cría muchas y grandes mulas, y mucha y muy fina pita, que es un género de hilo muy estimado en las Indias y en Europa.

Aunque en todo el reino se comprenden muchas naciones, tres son las principales que están recogidas y puede cultivar la Compañía desde uno o dos colegios. La primera y principal es la provincia de los indios Moscas que comprende a Tunja (que en otro tiempo se llamó Granada) y Bogotá con sus grandes distritos hasta Pamplona, que son poco menos de cien leguas. Su lengua es la general de todo el reino, por haber sido de esta nación los antiguos reyes y haber estado en ellos el sumo sacerdocio. Es gente de buena capacidad, valientes en la guerra, y ricos, porque guardan para mañana fuera del común de los indios. La segunda nación es la de los Panches, que se extiende por Tocaima, Bague, Mariquita y la Villeta al Noroeste de Bogotá. Su lengua es hermosa y muy fácil de aprenderse. La tercera es la de los indios Colimas, que corre por la Palma, Tudela y la Trinidad hasta Vélez, como 50 leguas al Norte de Santa Fe. Son los Moscas más de cuarenta mil tributarios. Los Colimas veinte mil, y de doce mil los Panches, fuera de las demás naciones extendidas por otras ciudades, que por todos tendrán de tributarios otros cuarenta mil. Las tres naciones están en distrito de poco más de cien leguas de pueblos comarcanos unos con otros, como en España y Francia. De suerte, que siendo el número dicho de solo tributarios, que son los indios casados y cabezas de familia, se puede hacer juicio de doscientas mil almas en el reino de Granada, y que sin extenderse la Compañía a misiones apartadas (de que habría muchas como en el Perú) tendrá que doctrinar alrededor de sus colegios el dicho número de indios, fuera de un grande número de españoles; y para que mejor se vea, se dirá algo en particular de cada uno de los lugares principales.

Santa Fe de Bogotá es la más grande y principal ciudad del reino, y residencia del señor arzobispo y del gobernador y presidente de la real audiencia. El arzobispo tiene por sufragáneos los obispos de Popayán, Cartagena y Santa Marta a que se añadió después el de Caracas. La ciudad está situada a los 3 grados 78 minutos de latitud septentrional, y a los 307 y 30 minutos de longitud a la ribera del río Pati. Su audiencia es la tercera de las Indias después de México y Lima. —364→ Cuando entraron en ella los primeros jesuitas, habría como tres mil vecinos españoles y veinte mil indios, tres conventos, de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín, y uno de monjas con el título de la Concepción, un hospital y cuatro parroquias con la catedral. Está la ciudad cercada de muy bellas huertas, muchos pueblos de indios que la abastecen de todo lo necesario, aguas muy saludables y copiosa pesca, por la vecindad del río de la Magdalena. Son los edificios de Santa Fe de piedra y cal, por la mayor parte altos y hermosos, y de muy buena habitación. De los pueblos vecinos concurren en gran frecuencia cada tercero día con sus mercadurías a una feria a la plaza mayor de la ciudad. Hay fuera de estos indios otros dos mil que vienen cada semana a alquilarse al servicio de los españoles. Unos y otros carecen de quien les explique en su lengua los misterios de nuestra santa fe, y así viven como bárbaros. Tunja es una ciudad poco más de 20 leguas cuasi al Este de Santa Fe, de no menor nobleza que ella. Tiene como trescientos vecinos españoles, y veinte mil de indios. Las tierras en contorno son muy fértiles y abundantes de todo género de ganado. Los españoles son allí los más ricos del reino. La iglesia parroquial es muy bello edificio. Hay religiosos de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín, templos muy bien edificados, y monasterios de la Concepción y Santa Clara. Tiene muchos pueblos cercanos y obrajes en que se labran lanas y paños de todos géneros. Pamplona es una ciudad como a 80 leguas al Noroeste de Santa Fe, de mil vecinos españoles y muchos más indios. Está cercada de muchas minas de oro, y es muy celebrada la cría de mulas que de aquí se llevan al Perú y a otras partes. Tiene las mismas religiones y un monasterio de Santa Clara. Mérida es una ciudad de seiscientos vecinos españoles, cerca de 50 leguas de Pamplona al Noroeste, situada en los confines de Nueva Granada y Venezuela, a la ribera de un río que desagua en el gran lago de Maracaibo. La Trinidad de los Mussos es ciudad de españoles y muchos indios. Está en ella la más famosa mina de esmeraldas, que siendo las mejores se dan como piedras comunes y se sacan para toda la tierra. Los españoles en su primer a entrada se repartieron entre sí siete mil, y entre ellas muchas de gran valor. Tiene iglesia parroquial y convento de San Francisco. La ciudad de la Palma es tan grande como la Trinidad. Hay en ella gran labor de lienzo que abastece toda la tierra. Tiene muchos ingenios de azúcar de que se provee todo el reino, y las armadas de Cartagena —365→ llevan en grande abundancia. Vélez es ciudad de españoles del mismo tamaño y calidad de la Palma. Ibague es lo mismo, y solo se aventaja en crías de ganado mayor. Mariquita, es lugar de españoles, de quinientos vecinos y muchos indios. En ella son las minas más famosas de plata que hay en todo el reino. Tocaima es ciudad de españoles igual a Mariquita. Es famosa por lo delicado de sus frutas, y de buenos edificios, aunque suelen serle muy perniciosas las inundaciones del río, por lo cual está menos habitada que antiguamente. Caseres, la Gruta y la Victoria son pequeños lugares de muchas minas de oro, no muy ricas ni pobladas por falta de indios que las cultiven. Los Remedios, por otro nombre las Quebradas, es un asiento de minas de oro que se saca continuamente por el beneficio de mil y quinientos negros esclavos. Zaragoza es ciudad de mil vecinos españoles muy ricos, por las minas de oro más abundantes de todo el reino. Hállase aquí el metal no en vetas, sino en unas como bolsas o socavones de la tierra en que trabajan tres mil negros esclavos. La tierra es mal sana. Sogamoso es un insigne pueblo de diez mil indios, grandes idólatras, por haber estado aquí el más famoso adoratorio de su infidelidad, gente inculta, dada a hechicerías y enteramente ignorante de nuestra santa ley, aunque ha setenta años que se bautizaron. En la vega de Santa Fe, hay diez o doce pueblos de indios de tres mil almas cada uno, y treinta semejantes en la comarca de Tunja.

[Casas raras de aquel país] Volviendo a lo interior del nuevo reino, (prosigue el mismo padre) es constante tradición entre los indios que habrá mil y quinientos años, los cuales cuentan como nosotros por el sol, que vino a esta su tierra del Oriente, un hombre venerable de color blanco, vestido talar, y cabello rubio hasta los hombros, que les predicó la verdadera ley y les enseñó a bautizar los niños, de que conservan hasta hoy la ceremonia de bañar los recién nacidos en el río. Dicen que caminaba en un camello, de que dan las señas puntuales, siendo así que nunca los hubo en esta tierra. Este hombre fue tenido de ellos en grande veneración, y refieren que cuando iba a predicar de unos pueblos a otros se le abrían las rocas y le formaban caminos llanos. Esta especie de calzadas, como las vías romanas, duran hasta hoy, y les llaman las carretas, y de ellas he visto dos. La una en un pueblo llamado Bojaca, de tres leguas de largo, muy ancha y pareja, y lo más de ella va por la ladera de una grande y áspera sierra. Verdaderamente si no —366→ fue hecha con milagro, es de las obras más grandes que se pueden ver de la antigüedad. La otra es en un pueblo de Bogotá a cuatro leguas de la capital de Santa Fe, y de donde ella tomó el nombre. Tendrá legua y media de largo, y de ancho poco más de un tiro de piedra, tan pareja y derecha como si se hubiera hecho a cordel. Otras muchas hay en varias partes, a que los indios tienen tanta veneración, que aunque los españoles caminen por ellas, ellos se apartan a un lado, como lo he observado muchas veces. Las mayores están en la provincia de Sagamoso, donde es tradición que murió aquel hombre admirable, y que allí está su cuerpo y el del camello enterrados. Si esto no es fábula, se puede creer que los discípulos de los apóstoles hubiesen algunos pasado a estas regiones, como se refiere de los indios del Cuzco en el Perú, que tienen semejante tradición. Después dicen haberse aparecido entre ellos una mujer anciana que les predicó dogmas contrarios a los de aquel hombre santo, aunque ni de unos ni de otros dan razón. Dejó esta mujer cuatro hijos, llamados Cuza, Chibchacum, Bochica y Chiminiguagua. A estos como a su madre, que llamaron la diosa Bagué, erigieron templos y estatuas como a dioses, ofreciéndoles oro, esmeraldas, plumería, frutas, y todo cuanto lleva la tierra. De aquí pasaron como los romanos a dar estos mismos honores a los que morían de sus caciques. A sus sacerdotes los creen descendientes del sol. A esta dignidad se preparan con grande ayunos y terribles penitencias. No son casados, y en habiendo llegado a mujer quedan contaminados e inmundos para no poder ejercer el ministerio de su sacerdocio. Este, como el principado secular, no pasa entre ellos de padres a hijos, sino de tíos a sobrinos. Tienen dioses abogados de todo, enfermedades, partos, frutas, guerra, sementeras. Los ídolos son de palo, piedra, algodón, pluma, y muchísimos de oro, de cuya destrucción ha habido más celosos que de los demás. A todos los ídolos llaman Tunjos, del nombre de un famoso cacique que lo dio también a la ciudad. Algunos traen al pecho una lámina de oro con los nombres de muchos de sus dioses, y a estas nóminas o listas llaman Chagualas.

Todo esto es del padre Alonso Medrano. Sin embargo de lo mucho que habían poblado los españoles, permanecían siempre los indios después de setenta y un años de conquistados, en sus mismas supersticiones. La causa es fácil de descubrir en una tierra de tanto oro que deslumbraba, digámoslo así, los ojos de los descubridores para no dejarles —367→ atender a otra cosa. Las guerras con los panches y otras naciones en los primeros diez años, no dieron lugar a solidarse los indios bautizados en la doctrina del Evangelio. La primera audiencia vino a Santa Fe por los años de 1547. Las religiones que sobrevinieron a la conquista, y que en tantas otras partes de la América habían predicado con tanto fruto, no podían, a pesar de su celo, conseguir alguno en unos indios que por ser los más ricos, eran también contra repetidas órdenes de su Majestad, los más oprimidos. Allégase haber por mucho tiempo carecido el reino de propio pastor, sujeto al obispo de Santa Marta, más de ciento y cuarenta leguas distinto. La catedral no se erigió hasta el año de 1564. El primer arzobispo fue don fray Juan de Barrios y Toledo. Este celosísimo pastor, informado de tan graves daños, juntó para proveer a su remedio un concilio provincial de sus obispos sufragáneos de Santa Marta, Cartagena y Popayán. Una pequeña diferencia entre estos no dejó asistir a uno de ellos, y se disiparon sin efecto las buenas intenciones de aquel prelado, que murió poco después. Su sucesor, el ilustrísimo señor don fray Luis de Zapata, de común consejo del presidente, audiencia real, y todas las personas autorizadas del reino, determinó hacer una visita general de toda su diócesis. A pocos pasos descubrió la mucha idolatría que dominaba aun a los indios. Cuatrocientos de sus sacerdotes y maestros fueron castigados en auto público. El mucho oro de los ídolos y de los templos impidió el éxito de la empresa. Los ministros y demás familia que acompañaban al ilustrísimo no tenían un celo tan puro como el suyo. Sin saberlo el piadoso arzobispo tornaban para sí mucho de aquel oro, entrándose por las casas y ermitas de los indios a quitar los ídolos y cuanto a ellos se ofrecía de algún valor; este desorden hacía persuadir a los naturales que la guerra se hacía más contra sus riquezas, que contra la religión de sus mayores. Por otra parte, los ministros reales que veían defraudarse de una gran parte de aquel tesoro procuraron impedir que se prosiguiese la visita, e informaron de ello al consejo. Murió algún tiempo después el arzobispo, penetrado del más vivo dolor, y estuvo vacante la sede diez años, en que echó profundísimas raíces el mal. En este intermedio había venido por presidente de aquella real audiencia el doctor don Antonio González, y noticioso de la triste situación de aquellas provincias, pidió a los superiores algunos religiosos de la Compañía. Concediéronsele los padres Francisco de Victoria y Francisco Linero con el hermano Juan Martínez que estaban para navegar a la provincia del Perú. El tiempo que estuvieron —368→ en Santa Fe hizo el presidente las más vivas diligencias por que fundase allí la Compañía. Los ciudadanos que siempre han mostrado un extraordinario afecto a nuestra religión, les dieron proporcionada habitación y una capilla para el ejercicio de sus ministerios. El padre Antonio Martínez había bajado del Perú para gobernar aquel pequeño colegio. Con tan bellos principios de fundación no sabemos por qué causa, vuelto a España don Antonio González, los padres desampararon la tierra y pasaron al Perú conforme a su primer destino.

[Ocupaciones de los padres en Santa Fe] Tal era el estado del nuevo reino de Granada cuando llegaron a él los dos misioneros de la provincia de México. Sostenidos con toda la autoridad del arzobispo y presidente, comenzaron a ejercitar sus ministerios con una aplicación y un fervor que causaba espanto a cuantos veían a dos hombres solos haciendo guerra a todos los vicios y desórdenes de una populosa ciudad. Recogidos en la pobre habitación del hospital, no se les veía jamás en la calle sino para cosas de la gloria de Dios. Su distribución, según escribe el padre Medrano, era esta. Por la mañana, después de haber celebrado el santo sacrificio, visitaban los enfermos del hospital: si había algunos que quisiesen confesarse, servíanlos y consolábanlos, poniendo por cimiento del día este ejercicio de humildad. Luego se sentaban a oír confesiones hasta las ocho o nueve de la mañana. De aquí partían sus ocupaciones. El padre Medrano hacía una lección de teología moral a los clérigos y ministros de indios que por orden del ilustrísimo se juntaban a este efecto cada día. El padre Figueroa leía gramática a los pajes del señor arzobispo y algunos otros españolitos de lo más lucido de la ciudad. El rato que quedaba de la mañana lo empleaban en sus domésticas distribuciones, si les daba lugar el tropel de consultas de parte del señor arzobispo, presidente y oidores, u otras semejantes personas. Algunos ratos empleaban en aprender uno la lengua Moxca, otro la Pancha. A la tarde salían por las calles acompañados de los niños y los indios, cantando por las calles la doctrina cristiana hasta la plaza, en que uno explicaba algún punto del catecismo, y otro hacía una exhortación moral. Por lo común no volvían a casa sino acompañados de algunos penitentes, con cuyas lágrimas y sincera conversión, bendecía el Señor sus trabajos y los animaba para proseguir con nuevo fervor al día siguiente. Antes de recogerse volvían a visitar los enfermos del hospital, y las más noches interrumpían el tenue descanso levantándose a confesiones para que eran buscados de toda la ciudad. Los domingos y los días de fiesta —369→ añadían por la mañana otro sermón en la iglesia del hospital.

[Muerte del padre Diego de Villegas] Lo interior de la provincia no ofrece este año cosa particular, ni debemos cansar la atención de nuestros lectores con la repetición de unos mismos ministerios, siempre útiles, siempre gloriosísimos; pero que suponemos bastantemente conocidos. El colegio de Guadalajara perdió esto año al padre rector Diego de Villegas, en quien la virtud había obscurecido la nobleza de sus cunas. Hombre verdaderamente religioso e irreprensible en sus palabras, que jamás fueron sino muy necesarias y muy útiles, tiernamente devoto de la Virgen Santísima, abrazó al padre que lo dio la noticia de su cercana muerte. En pocos meses que estuvo en aquella ciudad mereció la veneración de todo género de personas que se mostró bien en su muerte. El convento de monjas y los superiores de las religiones, no contentos con otras públicas demostraciones, le hicieron honras en sus iglesias. El cabildo eclesiástico hizo el oficio sepulcral, y los distinguidos republicanos pretendían algunas de sus pobres alhajas como prendas de un hombre que juzgaban gozaba ya del Señor.

[Don fray Domingo de Ulloa obispo de Michoacán] En Michoacán había ocupado la silla episcopal el ilustrísimo señor don fray Domingo de Ulloa, del orden de predicadores. Este prelado parecía traer vinculado en su misma sangre y apellido el amor y afición a la Compañía y el motivo de nuestra confianza y agradecimiento, siendo hermano de la ilustre señora Doña Magdalena de Ulloa, fundadora de los tres insignes colegios de Oviedo, Santander y Villa García, en la provincia de Castilla. Parece que presintieron algunos émulos el favor que pretendía hacer a la Compañía el ilustrísimo, y se armaron desde muy temprano de mil imposturas para prevenirlo. Todas las disipó la presencia del padre rector, que salió más de una jornada a recibir al señor obispo. Las personas más autorizadas del cabildo habían querido servirse de la habilidad de nuestros estudiantes y dirección de nuestros maestros para algunas funciones castellanas y latinas con que felicitar a su pastor. Halló modo de embarazarlo la envidia; pero no pudo impedir sin embargo que por tres días continuos, con certámenes poéticos, con panegíricos en prosa y en verso, y otras amenísimas invenciones fuese celebrado en nuestro colegio. Esta quiso su señoría ilustrísima que fuese su primera visita, y no contento con una demostración de tanto honor, sabiendo por algunos de los capitulares el poco tiempo en que se habían prevenido aquellos festejos, y lo que no les habían permitido hacer para mostrar el gozo que sentían de su llegada, concibió tan alta —370→ estimación de nuestros estudios, que desde luego destinó a uno de los padres por examinador sinodal de órdenes y beneficios. Servíase de ellos en todos los negocios de importancia, y para dar un gaje más seguro de su tierno amor a la Compañía, dio tres mil pesos para que en la iglesia que entonces comenzaba a fabricarse, se labrase a su costa una capilla, en que después de la muerte descansase su cuerpo. ¡Cómo en esas veces ha contribuido la envidia a hacer brillar más el mérito de aquellos que persigue!

[Licencia para la fábrica de un fuerte en Sinaloa] El excelentísimo señor conde de Monterey había por este mismo tiempo condescendido a las instancias de don Alonso Díaz, capitán de Sinaloa, concediéndole veinticinco soldados que estuviesen de asiento en la villa de San Felipe y Santiago. Partieron escoltados de esta pequeña tropa a la misma provincia un padre y un hermano. El arribo de los soldados y los padres, causó grande regocijo a los españoles a los indios amigos. Solo Nacabeba cada día más atrevido con el favor de los tehuecos se oponía con nuevos insultos a cuantos medios se tomaban para asegurar la tranquilidad. A pocos días de llegados los nuevos presidiarios, tuvieron los tehuecos el atrevimiento de poner fuego a las iglesias de Matapan y Bavoria. El día mismo de la pascua amanecieron en las cercanías de la villa flechados cinco caballos. Estos pequeños sustos los contrapesaba el Señor con grandes consuelos en la quietud, la devoción y la piedad de los pueblos pacíficos. En la semana santa se celebró la memoria de nuestra redención con todo aquel aparato de músicas, procesiones, penitencias públicas, confesiones y comuniones, que pudieran verse en ciudades de muy antiguos cristianos. Solo el padre Juan Bautista de Velasco, en carta al padre provincial, dice haber confesado esta cuaresma más de quinientos indios. Se pretendió, en atención a los buenos efectos de este presidio, se pusiese otro semejante en el río de Zuaque. Dio buenas esperanzas de hacerlo el conde de Monterey, aunque no llegó a ejecutarlo sino su sucesor, como tendremos lugar de verlo en otra parte.

[Nuevas conquistas en Topía y la Laguna] En la Sierra de Topía el padre Hernando de Santarén, y el padre Juan Agustín en la Laguna, ganaban a Dios muchas almas: el primero trabajaba con algunos gentiles y muchos malos cristianos. El segundo, trabajaba con mucho más provecho entre los paganos. Bautizó esto año más de cien adultos, y muchos más párvulos, y casó treinta pares, fuera de muchos otros que redujo a vivir con sus mujeres, las cuales tomaban y dejaban con la misma facilidad. El principal fruto de fruto de este —371→ año fue la población de Santa María de las Parras, a poca distancia de la Laguna de San Pedro. Este proyecto formado e intentado desde la primera entrada de los misioneros, no había, por la barbarie e incapacidad de los indios tenido efecto alguno. La constancia y la dulzura del padre Juan Agustín, venció al fin la obstinación de los naturales y el amor a aquellos bosques en que habían nacido, como consta de un antiguo instrumento otorgado ante Martín Zapata, por mandado del capitán Diego de Robles, en 18 de febrero de 1593. A principios de este año, quince caciques los más cristianos, con todas las gentes don su dependencia, se habían pasado a la nueva colonia y formado un pueblo de cerca de dos mil moradores. Habían fabricado una pequeña iglesia y casa para el padre, de que él había hecho un hospital en que personalmente asistía y curaba a los enfermos. Esta caritativa providencia le obliga a tomar la superstición temida de algunos de los indios, y singularmente de la nación de los payos. Estos, no atreviéndose a ver morir alguno por temor de que luego había de venir sobre ellos la muerte, no aguardaban la última hora para enterrarlos, y pocos días antes supo que una india muy anciana, creyendo que no había de sobrevenirle más enfermedad que les sirviese de aviso, la enterraron buena y sana para librarse del continuo susto en que los tenía de hallarla muerta. No podemos concluir mejor la narración de los apostólicos trabajos del padre Juan Agustín, que con un breve rasgo de una de sus cartas. «Fuera (dice) del continuo ejercicio de la doctrina y catecismo le tengo de bautizar, confesar, casar y pacificar no solo a los indios, sino a extranjeros y españoles, y lo hago con mucho gusto y confusión mía de ver cuan a manos llenas me da el Señor en que servirle, y cuan mal y poco me dispongo a ser instrumento digno de su divina Majestad para salvar las almas. Guerra me hace el demonio, y algunas veces muy cruda. Pocos días ha me vi tan lleno de tristeza y sequedad, que taedebat animan meam vitae meae. ¡O qué paciencia y confianza en Dios es menester para estos ministerios! En esta tierra, ¡qué no hay de ocasiones! ¡qué soledad! ¡qué caminos! ¡qué desamparos! ¡qué hombres! ¡qué aguas amargas y de mal olor! ¡qué serenos y noches al aire! ¡qué soles, qué mosquitos, qué espinas, qué gentes, qué contradicciones! Pero si todo fueran flores, mi padre, ¿qué nos quedaría para gozar en el cielo? Hágase en mí la voluntad del Señor. En ella quiero andar y no en la mía perversa, en sus manos que por nos puso en la cruz, y no en las mías pecadoras. Quedo animado como vuestra reverencia me manda hasta que venga —372→ el ángel de luz que ha de venir por mi compañero. Padecerá mucho y ganará a Dios muchas almas, y consolarme y animarme ha. Yo le amaré, le serviré y obedeceré, pues que con otras almas ayudará también la mía a caminar al cielo. Por la misericordia de Dios cada día espero la muerte, y para recibirla pido a mi Dios el espíritu contribulado, el corazón contrito y humillado, que con esto el sacrificio de mi alma le será acepto, y suplirá el sacramento si faltare quien me le administre, pues cuatro meses ha que no veo un sacerdote con quien poderme confesar». Hasta aquí este fervorosísimo misionero pintando tan vivamente en su persona lo que tendríamos por inútil repetir en cada uno de los que todo lo sacrificaban al servicio del Señor y ayuda de las almas.