Historia de una excomunión

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Tradiciones peruanas - Novena serie
Historia de una excomunión

de Ricardo Palma


Al doctor Dickson Hünter, en Arequipa.


Se ha declarado usted mi proveedor de café, compartiendo anualmente conmigo el muy exquisito que le regala algún agradecido enfermo de su clientela. Soy, pues, su deudor, y cúmpleme pagarle en la única monería que puede ya ser grata un ricacho como usted. Ábrame cuenta nueva, y dé por cancelada la de años anteriores con la tradición que hoy le dedica su muy devoto amigo.

— R. Palma.


I


El Dean de la Catedral del Cuzco doctor don Fernando Pérez Oblitas fue elevado á la categoría de Provisor del obispado en sede vacante por fallecimiento del ilustrísimo doctor don Pedro Morcillo, acaecido el sábado santo lro de Abril de 1747, precisamente á la hora en que las campanas repicaban gloria.

Entre los primeros actos de eclesiástico gobierno del señor Dean, hombre más ceremonioso que el día de año nuevo, cuéntase un edicto prohibiendo, con pena de excomunión mayor ipso facto incurrenda que los viejos usasen virrete dentro del templo, y otro reglamentando la indumentaria femenina, reglamentación de la cual resultaban pecaminosos los trajes con cauda en la casa del Señor. Es entendido que las infractoras incurrían también en excomunión, pues en la ciudad de los Incas, ateniéndome á las muchas excomuniones de que hace mención el autor del curioso manuscrito Anales del Cuzco se excomulgaba al más guapo y á la más pintada por un quitame esa pulga que me pica.

El Arcediano del Cuzco, doctor Rivadeneira, era un viejo gruñón y cascarrabias, á quien por cualquier futesa se le subía san Telmo a la gavia, y que en punto á benevolencia para con el prójimo estaba siempre fallo al palo . Gastaba más orgullo que piojo sobre caspa, y en cuanto a pretensiones de ciencia y suficiencia era de la misma madera de aquel predicador molondro que dio comienzo á un sermón con estas palabras: "Dijo nuestro Señor Jesucristo, y en mi concepto dijo bien...";de manera que si hubieran discrepado en el concepto, su paternidad le habría dado al hijo de Dios una leccioncita al pelo. Agregan que, por vía de reprimenda, cuando descendió del pulpito le dijo su prelado:


Nunca, nunca encontraré,

por mucho que me convenga,

un mentecato que tenga

las pretensiones de usté.


El 4 de Junio del antedicho año de 1747, á las nueve de la mañana, entró en la Catedral doña Antonia Peñaranda, mujer del abogado don Pedro Echevarría. Era la doña Antonia señora de muchas campanillas, persona todavía apetitosa, que gastaba humos aristocráticos y tenida por acaudalada, como que era de las pocas que vestían á la moda de Lima, de donde la venían todas sus prendas de habillamiento y adorno. Acompañábala su hija Rosa, niña de nueve años, la cual lucía trajecito dominguero con cauda color de canario acongojado.

Principiaba la misa, y todo fué uno ver que madre e hija se arrodillaban para persignarse, y gritar con voz de bajo profundo su señoría el Arcediano:— ¡Fuera esas mujeres que tienen la desvergüenza de venir con traje profano á la casa de Dios! ¡Fuera! ¡Fuera!

Doña Antonia no era de las que se muerden la punta de la lengua, sino de las que cuando oyen el Domimis vohiscum no haceu esperar el et cum spiritu tuo. Dominando la sorpresa y el sonrojo, contestó:

— Perdone el señor canónigo mi ig- norancia al creer que el mandato no rezaba con la niña, ade más de que no he tenido tiempo para hacerla saya nueva, y la he traído para que no se quedara sin misa.

En vez de calmarse con la disculpa, el señor Arcediano se subió más al cerezo, y prosiguió gritando: — He mandado que se vaya esa mujer irreligiosa... Bótenla á empellones ...¡Fuera de la iglesia! ¡Fuera!

Dios concedió a la mujer cuatro armas, a cual más tremenda: la lengua, las uñas, las lágrimas y la pataleta. Doña Antonia oyéndose así insultada, tomó de la mano a Rosita y se encaminó a la puerta, diciendo en alta voz:

— Vamos, niña, que no está bien que sigamos oyendo las insolencias de este zambo, borrico y majadero.

-¿.Zambo dijiste? ¡Santo Cristo de los temblores! ¿Y también borrico? ¡Válganme los doce pares de orejas de los doce apóstoles !

El Arcediano, crispando los puños, quiso levantarse en persecución de la señora; mas se lo estorbaron el sacristán y el perrero de la Catedral.

—¡Vayase en hora mala la muy puerca! ¿Yo, zambo? ¿Yo, borrico?

En puridad de verdad lo de borrico no era para sulfurarse mucho, y bien pudo contestársele con el pareado de un poeta :


Hombre, no te atolondres:

borricos, como tú, hay hasta en

Londres.


¿Pero lo de zanibo, á quien se tenía por más blanco que el caballo del Apocalipsis? Ni á María Santísima le aguantaba su señoría la palabreja. Antes colgaba la sotana y se metía almocrí, esto es, á lector del Koran en las mezquitas.

El caso es que su señoría el Arcediano, aunque nacido en España y de padres españoles, era bastante trigueño, como si en sus venas circularan muchos glóbulos de sangre morisca.

El día siguiente fué de gran alboroto para el vecindario del Cuzco, porque en la puerta de la Catedral apareció fijado este cartelón:— «Téngase por pública excomulgada a Antonia Peñaranda, mujer de don Pedro Echevarría, por inobediente a los preceptos de Nuestra Santa Madre Iglesia, y por el desacato de haber tratado mal de palabras al señor doctor »don Juan José de la Concepción de Rivadeneira, y porque con sus gritos desacató también al doctor don José Soto, presbítero, que estaba actualmente celebrando el Santo Sacrificio.— Nadie sea osado á quitar este papel, bajo pena de excomunión».

Y firmaba el Provisor Pérez Oblitas.

Motivo de grave excitación i>ara los canónigos del Cabildo eclesiástico había sido el suceso de la misa dominical. Unos opinaron por meter en la cárcel pública a la señora, y otros por encerrarla en las Nazarenas; pero estos dos espedientes ofrecían el peligro de que la autoridad civil resistiese autorizar prisión ó secuestro. Lo más llano era la excomunión, que al más ternejal le ponía la carne de gallina y lo dejaba cabiztivo y pensabajo. Una excomunión asustaba en aquellos tiempos como en nuestros días los meetings populacheros.

—¿Qué gritan, hijo?

— Padre, que viva la patria y la libertad.

—Pues echa cerrojo y atranca la puerta.

Las principales señoras del Cuzco, entre las que doña Antonia gozaba de predicamento, varios regidores del Cabildo, el superior de los jesuitas y el comendador de la Merced, iban del Provisor al Arcediano, y de éste á aquél, con empeño para que se levantase la terrorífica censura. El Provisor, poniendo cara de Padre Eterno melancólico, contestaba que por su parte no habría inconveniente, siempre que la excomulgada se aviniese a pagar multa de doscientos pesos (la mosca por delante), y que el Arcediano se allanase á perdonar á su ofensora. Dios y ayuda costó conseguir lo último del doctor Rivadeneira, después de tres días de obstinada resistencia.

El 8 de Junio, día en que se celebraba la octava de Corpus, se retire el cartel de excomunión, y el Provisor declaró absuelta e incorporada al seno de la Iglesia á la aristocrática dama que no tuvo pepita en la lengua para llamar zambo, y borrico, y majadero, a todo un ministro del altar.