Honra y vida que se pierden, no se cobran, mas se vengan

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Honra y vida que se pierden, no se cobran, mas se vengan de José Zorrilla
del tomo tercero de las Poesías.


Introducción[editar]

En un rincón de Castilla,
allá en el fondo de un valle,
sobre tres cerros distintos
hay tres torres semejantes.
Castillos los llaman unos,
otros atalayas árabes,
mas su origen positivo,
a la verdad no se sabe.
Un río humilde, el Esgueva,
la falda a los cerros lame,
y entro huertas y majuelos
lleva a rastra sus cristales.
Entre los olmos y vides
con que tapiza su margen,
y ambas filas de colinas
que le interrumpen el aire,
hay derramados sin orden
más de un ciento de lugares
que, amasados todos ellos,
un pueblo tal vez no valen;
pues los pueblos con el río,
y las huertas de la margen,
las colinas que le cercan
en dos bandas desiguales,
y los tres cerros distintos
con tres torres semejantes,
de tal modo unos en otros
vegetan, pasan o yacen,
que todo el conjunto entero,
sin que esto lo dude nadie,
tomando nombre del río,
forma sin disputa el valle,


Primera parte[editar]


- I -

Está la noche expirando,
y allá en el fin de la sombra,
en vacilante crepúsculo
tiñe el Oriente la aurora.
La luna en el Occidente
su pálida luz ahoga,
y las estrellas la siguen,
luz reflejando medrosa.
Silba el cierzo entre las ramas
de los árboles sin hojas,
y con espejos de hielo
Esgueva sus aguas orla.
Ostenta el campo escarchado
trémula, alumbrada alfombra,
que a veces parece el alba,
y agua a veces silenciosa,
que allá en las sombras, confusa,
humeando se evapora.
Se oye el murmullo del río,
que por la pesquera rota
se filtra, tornando el agua
en espuma bulliciosa.
Ya en copos blancos se eleva
trenzada y murmuradora,
ya cae en hebras de plata
y se arrastra tumultuosa;
ya trepando por las piedras
se columpia de una en otra,
ya, por evitar un canto,
serpenteando se encorva,
y ya, tornando a ser agua,
susurra en la hierba tosca.
Allá, en la opuesta ribera,
se alcanza una torre octógona
con que la frente de un cerro
entre brezos se corona.
Un pueblo frente por frente,
junto a las aguas sonoras,
con casas de tierra y ramas,
de hidalgo y leal blasona;
y una casa que más lejos
de la orilla y de las otras
puede pasar por alcázar,
según au menta en las formas,
yace al pie de una colina,
olvidada, triste y sola,
con lienzos en las ventanas,
que honores de vidrios gozan.
Entre una luz y los lienzos
cruza a veces una sombra
que, sobre ellos destacada,
parece bien que se asoma;
y a veces, inmoble y fija,
cubre la ventana toda,
cual si estorbar pretendiera
paso a la vista curiosa;
a veces semeja un hombre
que, vuelto el rostro a la antorcha,
dibuja un bulto sin gesto
que descansa en una gola;
y a veces, rauda pasando,
de un rostro el perfil contorna,
de agudo y crespo bigote
que con la gorguera toca.
Mas puede a veces dudarse
si es una o son dos las sombras,
si pasean o si danzan,
si luchan o si retozan;
porque hay puntos en que cruzan
dos bultos de varia forma,
una cabeza con rizos,
con barba y bigotes otra.
Casi al pie de la colina
en que la casa se apoya,
hacia el pueblo más cercano
una senda desemboca.
Un hidalgo a pasos lentos
la vuelta del cerro toma;
un mozo trae adelante,
debajo una yegua torda,
y un largo ropón oculta
lo demás de su persona.
Tendió a la casa la vista,
tembló, paróse y tendióla
por todo cuanto en el valle,
abarca, sombría y torva,
Echó pie a tierra, y a poco,
la mirada escrutadora
alcanzó la luz movible
por entre la puerta rota,
En faz de asombro y de duda
o de vergüenza y de cólera,
la planta trémula tuvo,
y agachándose en la sombra,
clavó en la puerta los ojos,
y el puño en la tierra fofa.
Se abrió la puerta; un mancebo,
la faz envolviendo toda
de un gabán entre las pieles,
en apostura amorosa
de una mujer se despide
que a despedirle se asoma.
Juró airado el escondido
en voz sofocada y ronca,
sonó en el umbral un beso,
cerró la puerta la moza,
y el galán, pasando el vado,
hacia la torre se torna.
Cuando él llegó al pie del puente,
ya con mano vigorosa
a sendas aldabonadas
el otro a su puerta dobla.
Abrióla al fin la mujer,
y al cerrarla cuidadosa,
ya por Oriente venía
la tornasolada aurora.


- II -

El codo sobra la mesa,
sobre la mano ambas sienes,
entrambas cejas fruncidas,
arrugada la ancha frente,
la otra mano en la cintura,
los pies en un taburete,
en un sillón de vaqueta
está meditando Pérez.
Una lámpara de hierro
a un lado en la mesa tiene,
cuya luz, lucha oscilando,
con el día que amanece.
Al otro lado un tintero,
y en el centro unos billetes
cuya firma está abrasando
con pupilas de serpiente.
Desigual suelta el aliento
por los apretados dientes,
y mal ahogados suspiros
dentro del pecho le hierven.
«¡Mendo Abarca!… Que me place.
Un día tras otro viene,
y honra con honra se paga,
vida por vida se pierde.»
Esto en voz baja diciendo,
asió la luz de repente,
y a voces en la escalera
llamó a Margarita, Pérez.
Subió al punto la muchacha
tranquila, hechicera, alegre,
mostrando en la tez de rosa
sus abriles diez y nueve.
Y es la niña un embeleso,
una hermosura de Oriente,
cogido el cabello en trenzas
que con dos agujas prende;
cintura escasa y flexible
que cimbrea y se estremece,
tez morena, negros ojos,
paso resuelto y pie breve.
Con la sonrisa en los labios,
y con la paz en la frente,
rebosando amor y hechizos
que irresistibles parecen,
entró por el aposento
peguntando:—¿Qué me quieres?—
Pérez, bajando los ojos
contestóla:— Que te sientes.—
Sentóse,,y siguió el marido:
—¿Tienes, querida, presente
cuánto tiempo ha nos casamos?
—Sí por cierto: treinta meses.
—Pues eso ha que nuestra honra
nos prestamos mutuamente.
—Y ahora, ¿a qué recordarme…
—Dime, ¿y esto, cuántas veces
si se pierde se recobra?
—¿A qué viene esto, Rui Pérez?
—¿Sabes, Margarita mía,
que cada sentido tiene
una puerta por do sale
nuestra honra y nunca vuelve?
—¡Pero…
—¿Y sabes, Margarita,
que no sois más las mujeres
que un alcázar donde la honra
guardada los hombres tienen?
—¡Por Dios, Pérez, que no alcanzo
lo que con esto pretendes!
—¿Sabes que un alma con honra
otra alma con honra quiere,
porque es justo que se guarden
las reinas para los reyes?
—¡Pero…
—¿Y sabes, Margarita,
que el marido que la pierde,
compra una marca de infamia
que lleva en el rostro siempre?
—¡Pero…
—¿Y sabes, Margarita,
que en tanto que no la vengue,
ni de hidalgo ni de hombre
el vano nombre merece?
—¡Pero…
—¿Y sabes, Margarita,
que si por ella no vuelve,
hasta las dueñas escupen
de su blasón los cuarteles?
—¡Mas yo…
—¿Y sabes, Margarita,
que. nació hidalgo Rui Pérez,
y no ha de vivir sin honra
aunque al mismo Dios le pese?
—¡Cielo…
—¿Y sabes, Margarita,
que un remedio hay solamente
para dolencia tan grave…
—¡Pero escucha…
—Y que es la muerte?
¡Pero…
—¡Silencio!
—¡Oye…
—¡Calla!
Más hablando no me afrentes,
y lee, si te queda aliento,
Margarita, esos papeles
Y esto diciendo, a la cara
tiróla Rui los billetes,
y ella cayó de rodillas
clamando: «¡Cielos, valedme!»
Pasaron unos instantes
en silencio tan solemne,
que de entrambos corazones
contarse los golpes pueden.
Pérez, crispados los puños,
atenazados los dientes,
amoratados los labios,
fuego por los ojos vierte.
Margarita, de rodillas,
doblada al pecho la frente,
cruzadas las blancas manos,
pálida como la muerte,
correr por ambas mejillas
deja una lágrima ardiente,
que resbalando hasta el suelo,
en vapor se desvanece.
Pérez, inmoble de rabia
en el sillón se mantiene,
y ella, de miedo y vergüenza,
convulsiva se estremece.
Al cabo, con voz sombría
dijo a Margarita, Pérez:
—Mujer, yo adoraba en ti;
por tu capricho más leve,
por solo un cabello tuyo
hubiera muerto mil veces.
¿Y el amor que compré un día
con vida y con alma ¡imbécil!
hollando tus juramentos,
así en mi ausencia me vendes?
—Perdón, clamó Margarita,
¡Oh, me detesto!…
—Detente,
que con que tú te aborrezcas,
él mi honra no me vuelve.
Pero ¡por Dios! que no es tarde…
—¡Cielo santo! ¿Qué pretendes?
¡Perdón, perdón! ¡A tus plantas
me arrastraré eternamente!
—Y el polvo en que tú te arrastres,
¿podrá mi honra volverme?
—¡Lloraré al pie de tu lecho,
velando mientras tú duermes!
—Y ¿qué sueño ha de acudir
a quien sin honra se acueste?
—¡Seré menos que tu esclava!
¡Besaré el polvo que huelles!
—Y ¿qué harás con esas manos
que toman estos billetes?
—¡Perdón¡
—Pídesele al cielo,
que él solo dártele puede.


- III -

Es un salón cuadrilongo
dentro de la antigua torre
en que desterrado habita
don Mendo Abarca y Quiñones.
Sobre un tapiz toledano
bordado en torno de flores,
hay una imagen de Cristo
colgada de dos cordones.
De la alta bóveda ojiva,
por medio una argolla corre
otro cordón que sustenta
una lámpara de cobre.
En una de las paredes
hay un nicho y dos balcones,
y el sol pasa macilento
por los vidrios de colores.
Allá en el opuesto lado,
gigantesca en dimensiones,
hay, a guisa de herrería,
una chimenea, en donde
se exhala en llamas y en humo,
tendido en seis pies de bronce,
amenazando un incendio,
muy cerca de medio roble;
y de cara hacia la llama,
magro, silencioso, inmóvil,
entre enterrado y tendido
dentro de un sillón, un hombre.
Una mujer no muy lejos
en silencio borda o cose
una alfombrilla de sedas
que sobre un cojín recoge.
Entre ellos el ruido sordo
de la chimenea se oye,
y afuera el cierzo que zumba
en los ángulos del Norte.
En cuanto a ambos personajes,
siguen sus meditaciones
sin que al parecer al uno
nada del otro le importe.
Cada cual en su trabajo
su atención entera pone,
ella contando sus hebras,
él contando sus tizones.
Al fin, rompiendo el silencio,
dijo la mujer al hombre:
—¡Estás triste!
—No; cansado
de velar toda la noche.
Y como volviendo en sí,
el que respondió turbóse.
Rápida, mas de hito en hito,
ella un punto contemplóle;
mas él siguió:—¿No lo sabes?
Volveremos a la corte.
Soltó la alfombra Leonor,
y acariciando a Quiñones,
le dijo:—¡Y me lo ocultabas!
—Quise sorprenderte: el Conde
me escribe ayer que a mi antojo
la vuelta de Madrid tome
—Y ¿será pronto?
—Muy pronto,
que ya me cansa esta torre,
donde hemos estado un año
escondidos como hurones.
—¡Cuánto he rezado a ese Cristo
porque a este día nos torne!—
Don Mendo se puso en pie
al escuchar este nombre,
y llorando de contento,
ella del cuarto salióse.
En esto, por otra puerta
entró el paje Diego López,
y ante su señor llegando,
cortésmente saludóle.
—¿Que tenemos? en voz baja
preguntó al mozo Quiñones.
—Nada, señor; ha seis días
que huyeron ambos.
—¿Adónde?
—Imposible adivinarlo;
la casa registró anoche.
—¿De quién hubiste las llaves?
—La escaló por los balcones.
—¿Y qué?
—La casa desierta,
las camas hechas, los cofres
cerrados, no falta nada;
todo en silencio y en orden.
—¿Y nadie responde de ellos?
—¡Imposible! Unos pastores
dicen que le vieron solo
pasar el puente ha dos noches,
pero que al ponerse el sol
iban los dos por el bosque.
—¿Los dos, y volvía Pérez…
—Solo.
—¡Es bien extraño!… López,
dentro de muy pocos días
volveremos a la corte.
—Está bien, señor.
—Escucha:
para lo de ayer disponte.
—¿Dos caballos?
—Por supuesto.
—¿A qué hora será?
—A las doce.
Dejó el aposento el paje,
y entre sí mismo Quiñones
murmuró: «¡Si volvió Pérez,
y sospechando… ¡Oh entonces,
mañana mismo a Madrid,
y ahí se las haya el buen hombre!»
Y al calor de la fogata
sobre la mano durmióse.


- IV -

Está la torre que habita
don Mendo, junto al Esgueva,
en una colina obscura,
sin árboles y sin hierba,
sin foso que la circunde,
sin torres que la defiendan,
desmantelados los muros,
derribadas las almenas.
Asido con dos argollas
entre dos postes de piedra,
tiene un puente levadizo
suspendido en dos cadenas.
Oprime al caer este puente
otra torre más pequeña,
en cuyo centro macizo
hay torcida una escalera,
y alzado el puente de noche,
aislada la torre deja,
de modo que a un tiempo mismo
sirve de puente y de puerta.
Por inútiles, sin duda,
sus ventanas y luceras
hanlas tornado en balcones
y suprimido las rejas;
y es justo, a nuestro entender,
que tal mudanza sufrieran,
pues sirven de, algo en la paz
y eran estorbo en la guerra.
Era la noche siguiente,
y la media noche apenas;
el cierzo airado zumbaba
del olmo en las ramas secas,
y murmuraban las aguas
azotando las riberas,
atropellando, sonoras,
raíces, algas y piedras,
haciendo con sus espumas
espejos, lazos y trenzas.
El cielo, entro opacas nubes
velando luna y estrellas,
el valle, el río y la torre
encapotaba en tinieblas.
No brillaba en los linderos
la luciérnaga rastrera,
no había parleras aves
que cantaran en la selva,
ni insectos que susurraran
entre la flexible hierba;
no había pajizas flores
que en los céspedes crecieran,
ni pastores que velaran,
ni silbado ras culebras,
ni lobos que con la luna
cruzaran por la pradera;
que es la noche, sobre obscura,
de Diciembre, opaca y negra,
y húmeda, gruesa y pesada,
acosa al aire la niebla.
Bajóse en la torre el puente,
y, transponiendo la cuesta,
dos hombres hacia los vados
echaron por una senda.
¿Traes las llaves? dijo el uno.
—Sí, señor.
Y allá, ¿quién queda?
—Martín Muñoz, en la escala;
durmiendo, la camarera,
y Lucas, con los caballos,
aguarda junto al Esgueva.
Los demás, hacia la corte
irán ya lejos, y apenas…—
Una ráfaga, silbando,
el resto arrastró con ella.
Entonces, de entre la sombra
alzóse, callada y lenta,
una figura embozada
que mucho a un hombre semeja.
Tanto guarda de fantasma
como de humano conserva,
porque ella anda o se desliza
sin que al moverse se sientan
el compás de sus pisadas
o el rumor de sus espuelas;
y el murmullo que se escucha
dentro de su boca mesma,
no se sabe si es que gime,
conjura, amenaza o reza.
Pero hombre, ilusión o duende,
al pie de la torre llega,
y sin vacilar un punto,
con una escala de cuerdas
asiendo el balcón más bajo,
desembozándose trepa,
y de un corredor desierto,
se pierde por las revueltas.
En una apartada alcoba,
a la luz de una linterna,
la esposa de Mendo Abarca
sola y destocada sueña;
y los labios la sonríen,
y la lengua balbucea,
y toda la paz del alma
la faz dormida refleja.
Con el fin de su destierro
descuidada devanea,
y la pasan por la mente
viajes, luminarias, fiestas;
y con sus mil armonías
de campanas y pendencias,
obras, caballos y carros,
se finge una corte entera.
Los nobles que la visitan,
las damas que la contemplan,
los lacayos que la aguardan
y los pajes y las dueñas;
los billetes de convite,
las joyas y las preseas,
todo la pasa en tumulto
en ilusión halagüeña.
En esto, el mismo fantasma
asomó osado en la puerta,
corrió por dentro el cerrojo,
contempló un punto a la bella,
y luego, ahogando la luz,
dejó la estancia en tinieblas.
Se oyó en la sombra un suspiro…
Y en faz de rauda tormenta,
siguió estrellándose el cierzo
en las pintadas vidrieras.
Las puertas, estremecidas,
sobre los quicios retiemblan;
y silba, —y cruje, y se rasga
con ímpetu en las troneras;
y ni gemidos, ni pasos,
tornan a oírse, ni quejas;
todo el viento lo devora,
lo mata, sofoca o lleva.
A poco, don Mendo y López
tornaron la misma senda,
y tornó a oírse del puente
rechinando la cadena,
y oyóse que el uno hablaba
y el otro daba respuesta.
—¡Cogió las cartas!
—Sin duda.
—Más vale así.
—Que no vuelvan:
pasado mañana, López,
a Madrid damos la vuelta.
Cruzaron ambos el puente,
volvió a sonar la cadena,
y siguió el viento zumbando
por los ángulos y rejas.
Y en esto, en el balcón mismo,
la misma escala de cuerdas
cayó al campo, y el mismo hombre
bajó embozado por ella.
Llegó al suelo, y percibióse
de Pérez la voz severa,
que a lo lejos murmuraba
como quien conjura o reza:
«Quien a hierro mata, es justo
que igualmente a hierro muera:
honra y vida que se pierden,
no se cobran, mas se vengan


- V -

Vino un día, y otro día,
y vino un mes, y otro mes,
y año tras año venía;
el segundo concluía,
y pasaron hasta tres.

Pérez desapareció,
su casa quedó en escombro,
don Mendo a Madrid volvió,
y con estruendo y asombro
la torre se desplomó.

Contaron de ello, medrosas,
las gentes varias consejas
y fábulas espantosas;
de amoríos las hermosas,
y de visiones las viejas.

Quién dijo (y a tal contar
el más valiente se pasma)
que vio, el alba al despuntar,
junto a la torre vagar
blanca y sola una fantasma.

Quién dijo que, atravesando
de noche por la pradera,
la colina coronando,
vio hasta cien almas danzando
en derredor de una hoguera.

Ni faltó en pleno concejo
un hidalgo de lugar
que, arrugando el entrecejo,
contara que un moro viejo
huyó de verla pasar.

Ni un muchacho revoltoso
a quien, por calmar el llanto,
contaran en son medroso
aquel cuento tan famoso;
y el chico calló de espanto.

Y aun diz que dió una doncella
con un espectro galán,
y que una devota bella
le alcanzó a ver después de ella
en casulla o balandrán.

Todo eran apariciones,
raros acontecimientos,
secretas conversaciones,
todo ruidos y visiones
y diabólicos portentos.

Los unos vieron gigantes,
otros toparon enanos,
otros hogueras volantes,
otros mágicos errantes,
y otros brujas y gitanos.

Y alguno, más entendido,
más ducho o más suspicaz,
creyó allí haber sorprendido
algún amor protegido
con el murmullo falaz.

Vino un día, y otro día,
y vino un mes, y otro mes,
y el tercer año corría;
el segundo concluía,
y pasaron hasta tres.

Las visiones acabaron,
y olvidadas las consejas,
los mozos las despreciaron,
las muchachas se casaron,
y se murieron las viejas.

Con esto, el miedo pasó
y el valle quedóse en calma;
Mendo Abarca no volvió,
ni a nadie se apareció
Pérez en cuerpo ni en alma,


Segunda parte[editar]

- VI -

En un salón adornado
con alfombras toledanas,
con pabellones de sedas,
con mecheros y con lámparas,
vestido de terciopelos
festonados de oro y plata,
cercado de taburetes
y de cojines de grana,
hay hasta cuatro personas
en plática sosegada,
que esperan como en familia
alguna cosa que tarda.
Una es don Mendo Quiñones,
otra es una antigua dama,
otra es doña Leonor,
y otra un clérigo, que calla.
Está Leonor cual lo exige
la ceremoniosa usanza
de aquellos revueltos tiempos
de fiestas y de batallas.
corpiño y falda turquí
bordados de seda blanca,
con dos filas de botones
de costosa filigrana;
desnudo el cuello y los hombros
bajo un collar de esmeraldas,
con un lazo de brillantes
que por una cruz remata;
los cabellos divididos
en dos trenzas derribadas,
que a ambos lados se recogen
en dos agujas de plata;
y en la mano un abanico
con que la faz del sol guarda,
tras de cuyo varillaje
mira a salvo y no es mirada.
Con igual lujo y riqueza
está engalanado Abarca:
el jubón de terciopelo,
acuchilladas las mangas,
capotillo carmesí,
calzón negro y gola blanca,
y en un cinturón de seda
colgados estoque y daga.
De aquestos tres personajes,
Quiñones y las dos damas,
el cuarto los atavíos
está contemplando en calma.
Empieza en una corona,
y en un acicate acaba;
tanto conserva de monje,
como de soldado guarda.
El gesto tiene severo
y la frente despejada,
empinados los bigotes,
espesa y luenga la barba.
El jubón negro y sin cuello,
el ropón tocando en capa,
la gola negra y sencilla,
botas, espuelas y espada.
Si fija en otro sus ojos,
no pueden con sus miradas;
si habla, le escuchan atentos;
no le importunan si calla.
Mas su mirada es modesta,
contenidas sus palabras;
si reconviene no ofende,
y si aconseja no cansa,
Los valientes le saludan,
los pordioseros le aguardan,
las damas le reverencian,
los cortesanos lo halagan.
Y algunas lenguas mordaces
sólo un defecto lo achacan:
ser celoso en demasía
de la honra y buena fama.
Es capellán de Quiñones,
con quien tiene mesa y casa,
y a quien salvó vida y honra
dicen que en una batalla
De entonces, él y don Mendo
un punto no se separan;
son un cuerpo y una sombra,
cuerpo y sombra con un alma.
Es a un tiempo secretario,
consejero, amigo y guarda;
don Mendo, sin su presencia
ni come, ni abre las cartas;
a un sermón y a un desafío
igualmente le acompaña.
Procura evitar contiendas,
pero una vez empeñadas,
el cáliz por el estoque,
por la malla el ropón cambia;
y a pretexto de padrino,
da la postrer cuchillada.
Ni es de extrañar que esto sea,
porque en los tiempos que alcanza,
los obispos son alcaides,
y sus palacios son plazas;
no pagan pecho a sus reyes,
mantienen a sueldo lanzas;
antes de prestarle ayuda,
juzgan despacio su causa,
y como más les va en ello
le acuden o se desmandan;
y viven entre placeres
con familiares y damas.
Así como es el espejo
es la imagen que retrata,
y así como andan los reyes,
la corte y vasallos andan.
Tales son los personajes
que en plática sosegada
esperan como en familia
alguna cosa que tarda.
Al fin, al doblar sonoro
de una ligera campana,
abriéronse los balcones,
entró el sol de la mañana,
y de galanes y hermosas
fuése llenando la sala.
Oyóse el rumor del pueblo
que abajo se agita y pasa,
y el capellán y Quiñones,
haciendo venia a las damas,
salieron hacia la iglesia
donde doblan las campanas,
porque es el día del Corpus
y está la corte de gala.


- VII -

Al doble y revuelto son
de campanas y atabales
hierve y bulle un pueblo entero
en plazas, rejas y calles.
Es un bello sol de Junio
que derramado se esparce
por techos, plazas y torres,
gran farol de fiesta grande.
Sus rayos de grana y oro
se quiebran y se deshacen,
se estremecen y reflejan
en pizarras y cristales.
De los sueltos pabellones
de los tapices brillantes
que orlan, visten y coronan
los balcones desiguales,
en cada hebra de oro y plata
y en cada lazo ondulante
reverberan mil colores
que tornasolan el aire.
Entre guirnaldas de flores,
entro velos y cendales,
entre abanicos de plumas,
entre dueñas y entre pajes,
decoran las celosías,
que descorren fiestas tales,
cuantas damas de Castilla
dentro de la villa caben.
La luz de un sol tan alegre,
la interposición del aire,
los suntuosos atavíos
y el placer de los semblantes,
hacen que de cada hermosa
finjan en ensueño un ángel
los enamorados ojos
de los felices galanes.
¡Cuántos hidalgos osados,
deteniendo el paso errante
al pie de unos miradores,
contemplan un gesto grave!
¡Cuánto celoso mancebo,
al revolver de una calle,
el sombrero hasta los ojos
aguarda amoroso trance!
¡Cuánta dueña en una reja,
en tanto la dama sale,
espera en faz compungida
que el audaz citado pase!
¡Cuántos suspiros se ahogan
entre el son interminable
con que el gentío murmura,
cuando del pecho se parten!
¡Cuánta ardorosa mirada
intercepta el velo frágil,
de una pluma que un tercero
cruzó entre ambos un instante!
¡Cuántos ojos arrobados,
en otros del cielo imagen
se topan, detrás de aquellos
otros ojos centellantes!
¡Cuántas citas amorosas
camino a escondidas se abren
entre aquel rumor confuso
que un millón de bocas hace!
Calmando al fin del gentío
la voz sorda y susurrante,
diez maceros a caballo
la gente por medio parten.
Bajáronse los sombreros,
y tornáronse anhelantes,
impacientes y curiosos,
mil rostros hacia una calle.
Pasaron lanzas y cruces,
alabardas y estandartes,
cirios, clérigos, soldados,
mangas y comunidades;
pasaron urnas, reliquias,
chirimías y ciriales,
congregaciones y escuelas,
nobles, juntas y hermandades.
hasta que al fin, de improviso,
levantó su voz gigante
el pueblo, que vio a lo lejos
la engalanada falange
de hidalgos, condes y duques,
obispos y cardenales,
que en torno del rey Enrique
traen a su Dios por delante.
Quedábale a Enrique cuarto,
por don de sus mocedades,
el fastidio y la osadía
de placeres y desmanes;
que aun niño, rompiendo el yugo
del respeto al Rey su padre,
tuvo en Segovia una corte
con pueblo y leyes aparte.
Y allí, anegado en deleites,
sin conocer vasallaje,
pasó los años primeros
siempre en faz de rebelarse.
Hoy, ya Rey, abrió su corte
a cuanto ilusorio y grande
quiso con sus Reales culpas
de las suyas escudarse
Vinieron aventureros
sin más haber que su sable,
y vinieron cortesanas
que allá en países distantes
fueron nobles y duquesas
de Real solar y Real sangre,
a quien echan de su patria
opiniones populares;
vinieron monjes robustos,
todos rectores y abades,
de costumbres de gran peso
y profesión impalpable.
Y entre discordia y licencia,
entre amores y combates,
andando allí confundidos
los soldados y los frailes,
logróse sin gran trabajo
que fuesen en tiempos tales
las audiencias galanteos,
los amores liviandades,
y las damas cortesanas,
y los clérigos galanes;
que así como es el espejo,
es la retratada imagen,
y hacen, si andan mal los reyes,
que mal los vasallos anden.
Los monjes a par alternan
las mallas y los sayales,
y el que ayer era prelado,
mañana a campaña sale.
Tales gentes y tal fiesta
bajan la calle adelante,
y hasta doscientos jinetes
dan a la función remate.
Entre las gentes que al Rey
prestan honra y homenaje,
ni cerca de su persona
ni lejos del Condestable,
van dos nobles caballeros,
que en severos ademanes,
entro secretas palabras,
secretas razones traen.
Tan por lo bajo las cruzan,
que, en verdad, no fuera fácil
que pudiera algún curioso
alcanzar de lo que traten.
Mas que es cosa de importancia
bien pudiera asegurarse,
pues a veces hace el uno
que el otro los ojos baje,
y a veces, levantando éste
la mirada penetrante,
torna a bajarla irritado,
cual devorando un ultraje
que el otro le recordara
y mucho a su honra tocase.
Cuanto más uno se turba,
sigue el otro imperturbable,
y ambos miran de continuo
a un balcón, luego a la calle.
Es el uno Mendo Abarca,
que, inclinado hacia delante,
con su capellán conversa
en razones semejantes;

—Pero, padre, ¡eternamente
la misma conversación!
—Señor, siempre esta ocasión
me está en el alma presente.

—¡Maldita ocasión la vuestra,
que en todas partes la veis!
—Señor, que fue bien sabéis
la experiencia mi maestra.

—Y lo que os sucede a vos,
¿ha de acontecerme a mí?
—¡La honra, señor, que perdí
no basta a dármela Dios!

Y cuando vos la perdáis…
—Yo mismo la cobraré.,
—Yo también me lo pensé,
pero como yo, la erráis,

que es la mujer un cristal
que si se empaña una vez,
la mancha o la palidez
se lavan luego muy mal.

Mirad, don Mendo, al balcón
y a la calle atentamente.
—Padre, padre, ¡eternamente
la misma conversación!

—Si os salvé, señor, la vida,
la honra os he de salvar;
yo por ella he de velar
si vuesa merced la olvida.

—Ved que vos podéis muy bien
dar camino a una sospecha.
—Ved que en cuenta tan estrecha
podéis vos errar también.

—¡Ved que soy yo su marido!
—¡Ved que ella es vuestra mujer!
—Sé que me ama.
—Puede ser,
—Y pudiera…
—Haber mentido.
—Mas, padre, vos…
—Vedla allí,
y aunque así a vos no os ofende,
pensad que a todos atiende
menos a vos…
—¡Eso sí!

—Pues si os ama, ¿cómo a vos
es a quien busca el postrero?
—¡Ay! Triste del que altanero
me compita, ¡vive Dios!

Así en voz baja platican
aquellos dos personajes
al ir de su propia casa
avistando los umbrales;
y saludando a Leonor,
que al balcón a verlos sale,
con la procesión siguieron
toda la plaza adelante.


- VIII -

En un estrecho aposento,
al amarillo fulgor
que por entre seis cristales
despide un turbio farol,
el capellán y don Mendo,
en tenue y secreta voz,
tienen de alta consecuencia
trabada conversación.
Don Mondo está pensativo,
encendido de color,
la mano puesta en la frente,
mal sentado en un sillón,
los cabellos en desorden,
luchando con su interior,
y retratando en el gesto
la inquietud del corazón.
El capellán tiene el rostro
entre hipócrita y feroz,
y contempla el de Quiñones
con ojo escudriñador.
Al abrigo guarda el suyo
de la sombra del farol,
cuidando de que a don Mendo
ilumine el resplandor.
Entre ambos hay extendido
un macizo velador,
en que, para estar mas cerca,
se apoyan tal vez los dos.
A una pregunta de Abarca
de extremada concisión,
con otra pregunta idéntica
el capellán contestó:
—Y su tristeza y despego,
¿no veis de entonces, señor?
—Mas ved, padre…
—Y ¿no decís
que al, saber vuestro perdón,
casi loca de alegría
vuestra vuelta aceleró?
—Es verdad.
—Y ¿no decís
que advertisteis variación
desde la misma mañana
en que en la corte se vio?
—Y ¿eso padre…
—Y ¿no decís
que un ensueño aterrador
la atosiga desde entonces
y la pone en aflicción?
—Es verdad.
—Y ¿no decís
que de aqueste torcedor
nunca la secreta causa
vuestra esposa os reveló?
—Y eso prueba…
—Que en su pecho
hay secretos para vos,
y las mujeres no tienen
más secretos que el amor.
Don Mendo apretó los puños
cuando tal respuesta oyó,
y en la inquietud de sus ojos,
que revuelve en derredor,
se ve bien que busca el triste
otra disculpa o razón.
En tanto, el cura le atiende
con sonrisa de traidor,
y rebosan sus pupilas
sangrienta satisfacción.
Por fin, como quien despliega
todo el último valor,
con hondo y trémulo acento
Mendo Abarca replicó:
—Tal vez de mujeres, padre,
secretos caprichos son,
que sólo consultar deben
allá con su confesor.
—Los caprichos mujeriles
ya os dije, don Mendo, yo,
que si al marido se celan,
no son más que otra pasión.
—Callad, padre, porque me hacen
vuestras palabras pavor,
y es tan profunda esta herida,
que me duele, ¡vive Dios!
—Pues buscad presto remedio,
don Mendo, porque si no
la herida se os hará cáncer
que gangrene vuestro honor.
Mañana tal vez…
—¡Por cierto
que es tremenda precisión!
Dejadme que bien pensado
el tiempo…
—¡Tiempo veloz,
tiempo rápido, que el tiempo
carcome la reflexión!
—Pero, padre, ved que errarlo
¿no fuera…
—Nunca peor,
que en cuidar mucho su honra
jamás hidalgo pecó.
Ved que yo he perdido el mío,
y aunque hice venganza atroz,
ni le ha cobrado, ni el tiempo
me ha quitado este borrón.
—Pues bien; si es cierto, a impedirlo
o a vengarlo pronto estoy.
—Pues el remedio, o venganza.
Ved que urge.
—Tenéis razón;
y pues sabéis la dolencia,
buscadme el remedio voo.
Guardaron ambos silencio
en torva meditación:
Don Mendo fijos los codos
sobre el ancho velador,
las sienes entre las manos
y el cabello en confusión,
como quien devora y siente
secreto afán interior.
Su sombrío compañero,
de espaldas en el sillón,
es un hombre a quien se puede
partir la figura en dos:
unas veces es un monje,
ministro santo de Dios,
cuya presencia es consuelo:
a mundanal aflicción,
cuyo rostro da franqueza,
cuya majestuosa voz
aconseja dulcemente,
dando calina al corazón;
otras es un hombre osado,
duro, hipócrita o traidor,
que aguarda en faz misteriosa
una pensada ocasión;
un tigre que acecha oculto
la presa que descubrió,
y hace que duerme tranquilo
para asaltarla mejor.
Si baja al suelo los ojos,
dirían que hace oración,
mas arde, cuando los alza,
en fuego fascinador;
y al fijarlos en don Mendo
tan horrible es su expresión,
que más que monje, dijeran
que semeja un salteador.
A veces pintan la ira
y a veces la compasión,
y a veces pintan los celos,
y otras veces el furor;
y el orgullo y la vergüenza,
y el duelo y la confusión,
y la venganza y la rabia,
la constancia y el valor,
a un tiempo brillan en ellos…
Mas todo cambió veloz,
cuando don Mendo la frente
de entre las manos alzó:
fue otra vez el mismo monje
amigo y consolador
que la existencia de Abarca
en el combate salvó.
La mirada que Quiñones
tendió angustiado en redor,
a la del monje pedía
más que justicia, perdón.
Mas el clérigo, inflexible,
en sorda y siniestra voz
así dijo, entre los dedos
deshilachando el ropón:
—Escuchadme, Mendo Abarca.
en negocios como el de hoy,
hasta que todo se aclara
disimular es mejor.
Sólo un medio se me alcanza:
pues que capellán soy yo,
disponed que a vuestra esposa
oiga un día en confesión.
Y esto diciendo, brillaban
sus ojos con tal fulgor,
que semejaron la lumbre
de enrojecido carbón.
El marido, que, turbado,
Tal vez no le comprendió,
replicóle:—¡Entonces, padre,
lo alcanzaréis sólo vos!
A lo que el clérigo dijo:
—Muy torpe, don Mendo, sois;
pues se oye desde una alcoba
lo que se habla en un salón.
—Cierto, padre; pero hay puntos
que en ofensa son de Dios.
—Cierto, Abarca; mas hay prendas
que encierran tanto valor…
—No os comprendo.
—Concluyamos
tan necia conversación:
si sois hidalgo, don Mendo,
curad bien de vuestro honor,
o sufrid que el pueblo ría
a vuestra faz…
—¡Eso no!
¿Decís que el pueblo se ríe?
—¿Quién lo duda?
—Y ¿tal baldón
llevará junto mi nombre…
—El de marido, señor.
—¿Y mi esposa…
—Ha de infamaros
si es cierto que os engañó.
Iréis con ella a la corte,
y han de mofarse de vos,
el Rey os hablará de ella,
y ha de mofarse de vos:
la verán al lado vuestro,
y han de mofarse de vos,
y os tendrán, a no vengaros,
por necio o encubridor.
—¡Basta, padre, o con la lengua
os arranco el corazón,
que verdades tan amargas,
las tolera sólo Dios!
¡Basta, a fe… Fingiré un voto
de una peregrinación;
su confesión en voz alta
la tomaréis, padre, vos;
pero, dentro de la alcoba,
la he de escuchar también yo.
Y alzándose del asiento,
tomó don Mendo el farol,
dirigiéndose a una puerta
que da paso a un callejón.
El clérigo le seguía
en ademán triunfador,
y al transponer los umbrales,
entro dientes murmuró:
—Este mes hace tres años;
mañana, al salir el sol,
un crimen y un duelo mismo
tendremos que llorar dos.
Tornóse Mendo, y pensando
que dudaba, preguntó:
—¿Que decís, padre?
—Rezaba.
Id adelante, señor.


- IX -

En una sala cuadrada,
con tres tapices cubierta,
al pie de un reclinatorio
de cincelada madera,
ante un monje de rodillas,
con un velo en la cabeza,
doña Leonor de Quiñones
cristianamente confiesa.
El rojo sol de Occidente,
reflejando en las vidrieras,
por las entornadas hojas
con trémula luz penetra,
y en los tapices tendiendo
una ráfaga postrera,
con paso incierto, al huirse,
pasa de una en otra hebra.
Hay a un lado de la sala,
con un cerrojo una puerta,
y en el otro un gabinete
con una cortina negra.
La mujer en faz humilde,
el monje en faz altanera,
seguían la confesión
en preguntas y respuestas.
Pregunta el monje en voz alta,
responde en voz débil ella;
él pregunta: «¿No es así?»,
y ella, «sí, padre», contesta.
Parece, según lo exacto
con que pregunta y acierta,
que está el confesor leyendo,
la pregunta en la conciencia.
Decía el monje:
—¿Una noche?
—Sí, padre.
—¿Las doce eran?
—Sí, padre.
—¿Zumbaba, airada,
en las torres la tormenta?
—Sí, padre.
—¿Amáis a don Mendo?
—Sí, padre.
—Y ¿sabéis que es fuerza
guardar entera la honra
que un hombre a su esposa entrega?
—Ved, padre, que yo dormía.
—¿Y quién guardaba las puertas,
que así osó llegar un hombre
hasta la cámara vuestra?
¿Sabéis que no bastan llaves,
murallas ni centinelas,
para guardar dignamente
la fama y la honra ajena?
¿Sabéis que son las mujeres
sólo un arca donde cierran
todo su honor los maridos
con candados de vergüenza?
¿Sabéis que mujer sin honra
es sólo un padrón de afrenta,
que eternamente en el rostro
el vendido esposo lleva?
—Ved, padre, que yo dormía:
¡No fue crimen, sino fuerza!
—Y ¿no pedisteis a Mondo
venganza horrorosa y presta?
—Faltóme, padre, el valor.
—¡Luego! fue traición completa,
pues que lanzasteis el dardo
y escondisteis la ballesta!
Trémula, medrosa, ahogada,
la frente contra la tierra,
el rostro entro las dos manos,
clamó acelerada ella:
—¡Callad, padre, y si pequé,
imponedme penitencia!—
En esto alzó la cortina
don Mendo, que tal oyera,
y asiéndola del cabello,
la dijo:— ¡Pues que confiesas
que cometiste la culpa,
sufre, traidora, la pena!
Y escondiéndola la daga
dentro la garganta mesma,
luchando con la agonía,
sobre la alfombra la suelta.
A su espalda en este punto,
horrible, insultante, hueca,
oyóse una carcajada,
y el capellán, con violencia
poniendo mano al estoque,
gritó a don Mondo en voz recia:
—Yo asesiné a Margarita,
y lavé mi honra en la vuestra.
Don Mondo, yo soy Rui Pérez,
que ha tres años que os acecha,
que os acosa y os persigue,
porque sabe, aunque le pesa,
que honra y vida que se pierden,
no se cobran, mas se vengan.