Igualdad Capítulo 5

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Igualdad
Capítulo V.
Experimento una nueva sensación

de Edward Bellamy


"Doctor," dije según salíamos del banco, "tengo una sensación muy singular."

"¿Qué clase de sensación?"

"Es una sensación que nunca antes había tenido," dije, "y nunca pensé que iba a tener. Me siento con ganas de ir a trabajar. Sí, Julian West, millonario, zángano de profesión, que nunca hizo nada útil en su vida y nunca quiso hacerlo, se encuentra arrebatado por un subyugante deseo de arremangarse y hacer algo que resulte en un equivalente a su sustento."

"Pero," dijo el doctor, "el Congreso le ha declarado invitado de la nación, y le ha eximido expresamente del deber de prestar cualquier clase de servicio público."

"Todo eso está muy bien, y lo acepto cortesmente, pero empiezo a tener la sensación de que no disfrutaría sabiendo que estaba viviendo a costa de otra gente."

"¿Qué supone usted," dijo el doctor, sonriendo, "que le ha dado esta sensibiliad acerca de vivir a costa de otros, lo cual, como usted dice, no había sentido antes?"

"Nunca he sido muy dado al autoanálisis," repliqué, "pero el cambio en mi modo de sentir se explica muy fácilmente en este caso. Me encuentro rodeado por una comunidad donde todo miembro que no esté físicamente incapacitado está cumpliendo su papel con objeto de proporcionar la prosperidad material que comparto. La sensibilidad de una persona tiene que ser notablemente dura para no sentirse avergonzado en tales circunstancias si dicha persona no se responsabiliza con el resto y cumple su papel. ¿Por qué no me sentía de este modo en el siglo diecinueve en relación con el deber de trabajar? Vaya, sencillamente porque entonces no había tal sistema para compartir el trabajo, o de hecho absolutamente ningún sistema. Debido a que no había juego limpio ni insinuación de justicia en la distribución del trabajo, quienes podían lo eludían, y quienes no podían eludirlo maldecían a los afortunados y se vengaban haciendo un trabajo tan malo como podían. Suponga que un joven rico como yo tuviese la sensación de que le gustaría cumplir con su papel. ¿Cómo le iba a ir? No había absolutamente ninguna organización mediante la cual el trabajo pudiese ser compartido en base a ningún principio de justicia. No había posibilidad de cooperación. Teníamos que elegir entre aprovecharnos del sistema económico para vivir a costa de otra gente o que dicha gente se aprovechase de él para vivir a nuestra costa. Teníamos que trepar por la espalda de los demás como único medio de evitar que trepasen por la nuestra. Teníamos el dilema de beneficiarnos de un sistema injusto o ser sus víctimas. No habiendo más satisfacción moral en una de estas alternativas que en la otra, naturalmente preferíamos la primera. En visiones momentáneas, lo más decente de nosotros comprendía la inefable mezquindad de gorronear a los trabajadores, pero nuestras conciencias estaban completamente endemoniadas por un sistema económico que parecía un follón sin esperanza, a través del cual nadie podía ver o que nadie podía arreglar o bajo el cual nadie podía hacer lo correcto. Y digo que no había nadie de mi clase, ciertamente ninguno de mis amigos, que, puesto en la misma situación que yo estoy esta mañana en presencia de un absolutamente sencillo, justo y equitativo sistema de distribución de la carga industrial, no sentiría exactamente como yo el impulso de arremangarse y responsabilizarse."

"Estoy totalmente seguro de ello," dijo el doctor. "Su experiencia confirma sorprendentemente el capítulo de la historia revolucionaria que nos cuenta que cuando el presente orden económico fue establecido, aquellos que bajo el antiguo sistema habían sido los más incorregibles zánganos y vagabundos, respondiendo a la absoluta justicia y ecuanimidad del nuevo orden, se enrolaron al servicio del estado con entusiasmo. Pero hablando de lo que va a hacer, ¿por qué no le parece bien mi primera sugerencia, de hablar a nuestro pueblo sobre el siglo diecinueve, mediante conferencias?"

"Primero pensé que sería una buena idea," repliqué, "pero nuestra charla de esta mañana en el jardín casi me ha convencido de que la última persona que podía pensarse que tiene una idea inteligente del siglo diecinueve, de lo que significó, y de adónde nos estaba llevando, era precisamente yo y mis contemporáneos de entonces. Después de que haya estado con usted unos años puede que aprenda lo suficiente sobre mi propia época para discutir de ella inteligentemente."

"Hay algo de verdad en eso," replicó el doctor. "Mientras tanto, ¿ve ese gran edificio con una cúpula, justo cruzando la plaza? Es nuestra Bolsa Industrial local. Quizá, en vista de que estamos hablando de lo que va a hacer usted para ser útil, puede interesarle conocer un poco el método mediante el cual nuestro pueblo elige su ocupación."

Asentí de buena gana, y cruzamos la plaza hacia la bolsa.

"Hasta ahora le he dado," dijo el doctor, "únicamente una descripción general de nuestro sistema de servicio industrial universal. Sabe que cada persona de ambos sexos, a no ser que esté exenta por alguna razón temporal o permanente, entra al servicio público industrial a los veintiún años, y tras tres años de un tipo general de aprendizaje en grados no clasificados elige una ocupación en particular, a no ser que prefiera estudiar más en alguna de las profesiones científicas. Como hay un millón de jóvenes, más o menos, que eligen de este modo anualmente su ocupación, puede imaginar que debe ser una tarea compleja el encontrar un lugar para cada uno, que resulte adecuado para el gusto de él o ella y para las necesidades del servicio público."

Aseguré al doctor que de hecho yo ya había hecho esta reflexión.

"Unos breves momentos bastarán," dijo, "para desengañarle de esa noción y para mostrarle de qué modo tan maravilloso un pequeño sistema racional ha simplificado la tarea de encontrar una adecuada vocación en la vida, lo cual solía ser un asunto tan difícil en su época y tan raro de lograr de una manera satisfactoria."

Encontrando un rincón confortable para nosotros cerca de las ventanas del vestíbulo central, el doctor trajo acto seguido un montón de formularios y horarios y procedió a explicármelos. Primero me mostró la declaración anual de exigencias del Gobierno Central, que especificaba en qué proporción la fuerza de trabajadores que iba a estar disponible ese año debía distribuirse entre las diversas ocupaciones para continuar con el servicio industrial. Esa era la parte del asunto que representaba las necesidades del servicio público que debían ser cubiertas. A continuación me mostró el formulario de voluntariado o preferencia, en el cual cada joven que ese año se graduaba del servicio no clasificado, indicaba, si así lo elegía, el orden de su preferencia en relación a las diversas ocupaciones de que consta el servicio público, sobreentendiéndose que si no rellenaba el formulario, él o ella deseaban ser asignados a conveniencia del servicio.

"Pero," dije, "el lugar de residencia es a menudo tan importante como la clase de ocupación que uno tiene. Por ejemplo, uno podría no desear ser separado de los padres, y ciertamente no desearía ser separado de su novia, no importa lo agradable que la ocupación asignada pudiese ser en otros aspectos."

"Muy cierto," dijo el doctor. "Si, de hecho, nuestro sistema industrial se dedicase a separar enamorados y amigos, maridos y mujeres, padres e hijos, sin considerar sus deseos, ciertamente no habría durado mucho. Vea esta columna de áreas. Si pone una cruz en Boston en esa columna, se hace imperativo para la administración el proporcionarle un empleo en algún lugar de este distrito. Es uno de los derechos de todo ciudadano el pedir empleo en su propio distrito. De otro modo, como dice usted, los lazos de amor y amistad podrían romperse bruscamente. Pero, desde luego, uno no puede nadar y guardar la ropa también; si hace usted imperativo el propio distrito, puede tener que tomar una ocupación cuando habría preferido otra que pudiese haber estado abierta para usted si hubiese estado dispuesto a dejar su hogar. Sin embargo, no es común que uno tenga que sacrificar, por lazos de afecto, la carrera elegida. El país está dividido en distritos o círculos industriales, cada uno de los cuales se pretende que sea un sistema industrial completo, tanto como sea posible, donde todas las artes y ocupaciones importantes estén representadas. De este modo se hace posible para la mayoría de nosotros el encontrar una oportunidad en la ocupación elegida sin separarnos de los amigos. Esto se hace de la manera más sencilla, ya que los modernos medios de comunicación han abolido hasta tal punto la distancia que el hombre que vive en Boston y trabaja en Springfield, a más de cien kilómetros, están tan cerca de su lugar de trabajo como lo estaba el trabajador corriente en su época. Uno que, viviendo en Boston, trabajase a unos trescientos kilómetros (en Albany), estaría mucho mejor situado que el habitante de los suburbios que trabajase en Boston hace un siglo. Pero mientras un gran número desea encontrar ocupaciones al lado de casa, hay también muchos que por amor al cambio tienen gran predilección por dejar los escenarios de su niñez. Estos también indican sus preferencias marcando el número del distrito al cual prefieren ser asignados. Igualmente puede indicarse una segunda o tercera preferencia, para que de hecho sea difícil que uno no obtenga, al menos, una ubicación en la parte del país que desea, aunque el área de preferencia sea imperativo únicamente cuando la persona desee permanecer en su distrito. En otro caso, se hacen consultas en lo concerniente a su consistencia con las pretensiones que puedan estar en conflicto. El voluntario que ha rellenado de este modo su formulario de preferencias, lo lleva al registrador adecuado y se estampa en él oficialmente su clasificación."

"¿En qué consiste la clasificación?" pregunté.

"Es el número que indica su status previo en las escuelas y durante su servicio como trabajador no clasificado, y se supone que proporciona el mejor criterio alcanzable hasta ese momento acerca de su relativa inteligencia, eficiencia, y dedicación al deber. Donde haya más voluntarios para una ocupación en particular que las plazas disponibles, los que están más abajo en la clasificación se tienen que conformar con su segunda o tercera preferencia. Los formularios de preferencia se entregan finalmente a la bolsa local, y son ordenados en la oficina central del distrito industrial. Todos los que han hecho imperativo el trabajo en su distrito reciben trabajo en primer lugar conforme a su clasificación. Los formularios de los que prefieren trabajar en otros distritos se reexpiden a la oficina nacional y son ordenados con los de los otros distritos, para que los voluntarios puedan recibir un trabajo lo más parecido a sus deseos, sujeto, cuando surja conflicto entre demandas, al derecho de su clasificación relativa. Siempre se ha observado que las excentricidades personales de individuos dentro de grandes conjuntos tienen una asombrosa tendencia a equilibrarse y complementarse mutuamente, y este principio está sorprendentemente ilustrado en nuestro sistema de elección de ocupación y área. Los formularios de preferencia se rellenan en junio, y el primero de agosto cada uno o cada una sabe dónde ha de presentarse al servicio en octubre.

"Sin embargo, si uno ha recibido una asignación que rotundamente no es bien acogida, sea por el área o por la ocupación, no es demasiado tarde incluso entonces, o de hecho en cualquier otro momento, para esforzarse en encontrar otra. La administración ha hecho todo lo posible para ajustar las aptitudes y deseos individuales de cada trabajador a las necesidades del servicio público, pero su maquinaria está al servicio del trabajador para cualquier intento ulterior que quiera hacer para acomodarse mejor."

Y entonces el doctor me llevó al Departamento de Transferencias y me mostró cómo las personas que no estaban satisfechas con la ocupación asignada o con el área se ponían en comunicación con todos los demás de cualquier parte del país que estuviesen similarmente no satisfechos, y arreglasen, sujetos a regulaciones liberales, los intercambios que les resultasen mutuamente agradables.

"Si una persona no es absolutamente reacia a hacer nada de nada," dijo, "y no objeta todas las partes del país igualmente, debería ser capaz de encontrar, antes o después, tanto una ocupación como un área casi como desea. Y si, después de todo, hubiese alguien tan torpe que no tuviese esperanzas de acertar en la ocupación ni hacer un mejor intercambio con otro, aun así no hay ocupación tolerada por el estado que no hubiese sido en lo que a sus condiciones respecta un regalo de Dios para los trabajadores de su época situados con la mejor suerte. No hay ninguna en la cual el peligro para la vida o la salud no se haya reducido a un mínimo, y la dignidad y los derechos del trabajodor no estén absolutamente garantizados. La administración estudia constantemente poner atractivos a las ocupaciones menos atractivas, mediante ventajas especiales en cuanto al ocio y por otra parte siempre para mantener el equilibrio de preferencias entre ellas tanto como sea posible; y si, finalmente, hubiese alguna ocupación que, después de todo, permaneciese tan desagradable que no atrajese voluntarios, y aun así fuese necesaria, sus funciones serían llevadas a cabo por todos en rotación."

"Como, por ejemplo," dije, "el trabajo de reparar y limpiar las alcantarillas."

"Si esa clase de trabajo fuese tan ofensiva como debe de haber sido en su época, me atrevo a decir que podría haberse hecho mediante una rotación en la que todos habrían tenido su turno," replicó el doctor, "pero nuestras alcantarillas están tan limpias como nuestras calles. Solamente llevan agua que ha sido depurada químicamente y se le ha quitado el mal olor antes de entrar en ellas, mediante un aparato conectado con cada casa. Mediante el mismo aparato todos los residuos sólidos son incinerados electricamente, y separados en forma de cenizas. Esta mejora en el sistema de alcantarillado, que siguió a la gran Revolución muy de cerca, podía haber esperado cien años a ser introducido, a no ser por la Revolución, aunque el necesario conocimiento científico y los aparatos habían estado disponibles desde hacía mucho. Este caso es un mero ejemplo entre mil, de los dispositivos para evitar las clases de trabajo repulsivas y peligrosas que, aunque bastante sencillos, el mundo nunca se habría preocupado de adoptar en tanto los ricos tuviesen en los pobres una raza de resignados siervos económicos sobre los cuales echar todas sus cargas. El efecto de la igualdad económica fue hacer que todos tuviesen igual interés en evitar, tanto como fuese posible, las tareas más desagradables, ya que desde entonces debían ser compartidas por todos. De este modo, completamente aparte de los aspectos morales del asunto, el progreso de la ciencia química, sanitaria, y mecánica está en deuda incalculable con la Revolución."

"Probablemente," dije, "a veces tendrán personas excéntricas--'varas torcidas' los llamábamos--que se niegan a adaptarse al orden social bajo ningún concepto o a admitir nada semejante a la obligación social. Si una persona así se niega de plano a prestar cualquier clase de servicio industrial o útil, bajo ningún concepto, ¿qué se hace con ella? ¿Sin duda habrá un aspecto coercitivo en su sistema para tratar con tales personas?"

"No, en absoluto," replicó el doctor. "Si nuestro sistema no puede mantenerse en pie sobre sus méritos, como el mejor orden para promover el más alto bienestar para todos, dejemosle caer. En cuanto al asunto del servicio industrial, la ley es sencilla, y a cualquiera que se niegue a asumir su papel en el mantenimiento del orden social no se le permitirá participar de sus beneficios. Obviamente no sería justo para el resto, que así lo hiciese. Pero en cuanto a obligarle a trabajar contra su voluntad por la fuerza, tal idea sería horrenda para nuestro pueblo. El servicio a la sociedad es, por encima de todo, un servicio de honor, y todo lo que se asocia con él es lo que ustedes llamaban caballeroso. Al igual que en su época los soldados no servirían con remolones, sino que expulsarían ignominiosamente del campo a los cobardes, así nuestros trabajadores rechazarían la compañía de personas que abiertamente buscasen evadir su deber cívico."

"¿Pero qué hacen con tales personas?"

"Si un adulto, no siendo criminal ni estando loco, se negase deliberada e inamoviblemente a prestar su parte de servicio de todas las maneras, sea en una ocupación de su elección o, si fracasa en su elección, en una asignada, se le proporcionaría una colección de semillas y herramientas que podría escoger y se le soltaría en una reserva expresamente preparada para tales personas, correspondiendo un poco quizá con las reservas apartadas para aquellos indios de su época que no estaban dispuestos a aceptar la civilización. Allí se le dejaría para que desarrollase una mejor solución para el problema de la existencia que la que ofrece nuestra sociedad, si puede. Creemos que tenemos el mejor sistema social posible, pero si hay uno mejor, queremos saberlo, para poder adoptarlo. Nosotros alentamos el espíritu del experimento."

"¿Y hay en realidad casos," dije, "de individuos que abandonan voluntariamente de este modo la sociedad en vez de cumplir su deber social?"

"Ha habido tales casos, aunque no conozco que haya ninguno actualmente. Pero la provisión para ellos existe."