Jarana

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La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Jarana


JARANA


Reñían dos gallos de fama: uno guairabo tuerto y un negro mestizo de charata. La fiesta venía con motivo de un topamiento de compadres en el que figuraban dos matrimonios de la vecindad; pues los montoneros se premiaban así de la guerra, uniéndose las partidas en tal cual jolgorio, después de un combate o cuando el enemigo abandonaba la región. Esa mañana disponían además de un novillo gordo.

Bajo los nogales solariegos, la gente concurría, trebejo en mano, al beneficio de la res, mancornada con la cabeza al Naciente, según la regla.

Arrollado el calzoncillo y desnudos los brazos desollaban, chaireando al pasar los cuchillos en el cuerno del animal cuyo ojo se vitrificaba con opacidades de lustrina. Junto al coágulo de su sangre que cobraba al sol oleosos matices de terciopelo, la piel extendía su revés de láctea blancura; y fruncidos de crispaciones, iban apareciendo los matambres en que se ampollaba espumoso visco. Algún cintarazo espantaba á los perros que lamían la desolladura, levantando del belfo enjambres de moscas.

Junto al fogón, en la ramada, una mujer disponía ollas para derretir la gordura. Más allá, en un mortero, otras dos á golpes alternos de maza molían la chuchoca — el maíz de lujo recogido pintón y secado así al horno para endulzarlo; pues un locro formaba el potaje del día, al par de la chanfaina y del pastel de libra.

Carne gorda arriba, ese novillo yaguané. Cimarrón pícaro, no bien lo aseguraron en la aguada, rompió el cerco y atropelló arrollando todo. Pretendíase que algunos morían de sed por no caer a la represa. Otros, los enteros, se encastillaban ahí cerquita, no más. Pasado el primer ímpetu de pavor, lo arrostraban a la brusca, irguiendo el testuz, mosqueando la oreja, como clavo de punta el ojo, prontos á venirse sobre el lazo en un bote ventajero, el morro á ras de tierra, la papada cimbrándose entre las manos.

Aquel novillo se portó maula; huyó, y lo malogran á la fija, si un concurrente no se comide. Le faltaba lazo, iba en pelo, y para colmo, estorbado por los árboles, erró su tiro de boleadoras; pero en alcanzando al animal, desnudó su cuchillo, tendiose á la paleta del caballo, y cogiéndose con la izquierda a las crines, con la otra desjarretó.

Desplomose el vacuno con un baladro. Sus ojos se cuajaban en sangre; distribuía cornadas en torno, mientras la gente lo chungueaba recordándole sus fechorías. ¡Hijo de una tal por cual, mañero, aportillador de chacras! Una ocasión le caldearon el cuerno para quitarle esa costumbre, y desde entonces se volvió cerrero.

Allá bajo los árboles estaba ahora. Los perros se disputaban su lebrillo á pocos pasos. Más lejos, las mujeres descogían sus pingües redaños ó jamerdaban la panza semejante á un amarilloso tripe.

Charneladas de carne, las costillas formaban un buque sangriento de cuyo fondo iban saliendo las achuras.

El entripado con sus nódulos en humedades lilas y aguas de mapa; los bofes en vivo rosa de sandía; la mermelada oscura del hígado, la laja gris del bazo...

Aparecían las ancas envueltas en crasos amarillos y violáceos satines; y algún tajo descubría el profundo rojo de la masa muscular, interrumpido por tegumentos de cárdeno nácar ó cartílagos de esteárico blancor.

La sombra de los árboles envolvía en su flotante randa al grupo, sembrando el piso de moharras de oro, en tanto que afuera el bochorno bruñía furiosamente el aire, socarrando las hierbas; irritaba en los senderos pecas de talco, y profundizando el azul celeste con su soflama rosa, atersaba en impermeabilidad de cinc un trozo de horizonte.

Hubo un momento de desazón, pues al meter cuchillo por los jamones, percibieron entre el olor salinamente gordo de la carneada, un tufo viroso. Toruno puerco! Se cansó con la corrida y ahora les aguaba la fiesta. Para cerciorarse, tenderían un churrasco al rescoldo; y si la sal no se insumía en la carne, confirmaban la conjetura. Siendo así, comerían las patas y la lengua, únicas partes que no se cansan.

La operación concluía. Conforme á la ceremonia tradicional, pintaron con la sangre una cruz en la puerta de la casa y enterraron en sus esquinas un poco de bazofia para que ella comiese. En coyundas se balanceaban suspendidas de los gajos las mayores piezas; el resto se oreaba ensartado en los adrales del carretón familiar.

Un caliginoso silencio aplanaba el paisaje. Abatidos por él, algunos matarifes dormían á la sombra. Sólo quedaban junto á los fogones las mujeres, con el cobre de sus rostros abrasados por las ascuas y el sol, mientras en la morada disponían otras la mesa del banquete. Una cigarra loca chirriaba como un chicharrón en la copa de los nogales.


Dos jueves después llegaba Carnaval, y por eso ese día se topaban los compadres. Aquellos de la vecina población no tardarían, según lo estaba anunciando el sol ya adulto. En efecto, á poco sintióse tras la loma estruendo de vítores y disparos. La escena cambió instantáneamente.

Una pareja de mozos fué á arrodillarse en la playa frontera, conduciendo un arco triunfal que adornaban figulinas de orejón y rosquetes escalfados de bienmesabe. Las mujeres corrieron á casa, los hombres ajustaron las cinchas.

Ya repechaba el alto la cabalgata de los compadres, agitando por banderolas llamativos pañuelos que se abrían como tajos en la luminosidad del medio día. Palmeándose la boca se vinieron cuesta abajo á la carrera, coronados por los gallardetes y los estampidos de sus trabucos. Entre columnas de polvo sofrenaban sus montados en regates y corvetas. Las explosiones interjectivas desgarrábanse en alaridos; y bajo la polvareda, aquel tumulto corcovaba relieves de terremoto; quebraba lustres sombríos sobre las ancas y los encuentros, revolvía encintadas colas, abigarrándose de bermellones, escaldado por el sol que fregaba virolas y cabezadas.

De la casa respondían con análogas demostraciones. Deflagraban las camaretas que armaron con cuartillas de caballo atascadas de pólvora, enterrándolas en la planicie. Un dragoncillo infernal de diez años, herido poco antes y que allá convalecía, cuidaba aquellos proyectiles rurales cuyo traqueo estrepitaba en ecos de catástrofe sobre los cerros.

Los dos grupos deteníanse, caracoleando en ala junto al arco. Los dueños de casa acudían, cada uno con una enorme rosca, muy orondos en su circunspección de anfitriones; y aunque el marido había abusado de la coca hasta idiotizarse, manteníase bastante bien, sonriendo al azar con sus labios bezos.

Admirábase en la consorte la falda de tercianela, el peinetón de carey, y entre el ojalado canequí de su escote, el hipertrófico racimo de su bocio.

La otra pareja venía en un picazo que ambleaba gallardeando moños en muserola y pretal, con un pañuelo de espumilla roja por jirel. Acicalados á la usanza coya con su mejor equipo, realizaban la visita.

Él llevaba en la mano su sombrero de paja, descubriendo así un morado solideo. Poncho listado, hasta la cintura; á la espalda una beca verde y roja, y cosidas á ellas semillas coloradas por amuleto; en la trenza dos borlitas verdes. Su chaqueta era azul; su escarcela para la coca, historiada en seda; de bayeta escarlata sus calzones, cribados sus calzoncillos, y sus medias con un dedo para el lazo de la ojota. En el calzón, las mangas, el rapacejo del poncho y el sombrero, resplandecían el gusanillo de plata y los entorchados.

La comadre exageraba aún aquella pompa. Su montera ostentaba, además, un copete de seda y un vivo farpado en el ala. Su collar, aros y sortijas eran de oro. Llevaba esclavina y delantal policromados en seda por bastones de tapicería; faldellín de anascote verde y una casulla de raso carmesí con capucha á la espalda, todo aderezado con lentejuelas y galones. Bajo las cuádruples enaguas de encaje, aparecía la media color patita de pichón, y completaban el atavío, á guisa de sandalias, unas palmillas de tafilete rojo y contrafuertes de paño de igual color, con tacos de filigrana.

Ambas parejas dirigiéronse al sitio donde cargaban el arco los mozos, prosternándose como ellos. Recomenzaron las carreras, flamearon las banderolas, gritos y explosiones atronaron de nuevo, mientras los compadres se coronaban mutuamente con las roscas, dándose y perdonándose á la recíproca las quejas del año. Un ósculo siguió á esta ceremonia; y al levantarse los que estaban de hinojos, la muchedumbre atropelló el arco, desvistiéndolo en un tris de sus perendengues y confituras.

La estancia bullía de relinchos y coscojeos. Los recién llegados contaban noticias. Por allá casi no se peleaba, reduciéndose los quehaceres a custodiar el ganado, tirotearse con las partidas exploradoras y vigilar los pasos. ¡Ah!... y había ocurrido también una tragedia.

—¿Se acordaban de aquella vecina —cómo no se habían de acordar— que capitaneaba su servidumbre organizada por ella en montonera?... Pues la hallaron cosida á bayonetazos, devorado por los cuervos el vientre, los ojos hirviendo en querezas, ahorcada por más barbarie con sus propias trenzas que eran de extraordinario largor. Pero á la siguiente noche tomaron dos realistas, y en su honor resolvieron encorarlos. Plegándolos en una ese, los cosieron después y entregáronse á gozar la operación. No manifestaban sus rostros ninguna piedad, pues consintiendo de antemano las más feroces represalias, esto les encallecía el corazón. Luego, así vengaban á la guerrillera. Más padecería la pobre, siendo mujer...

Tampoco los maturrangos consideraban á los hijos del país; y los picaronazos aquellos se asfixiaron de lo lindo, mientras el cuero, pegándose á sus carnes, les desplazaba el espinazo en ajustes de torniquete.

Cuando el suplicio finalizó, rodaron hacia el río aquellos fardos, que ya sobre la ribera, un puntapié despachó á las aguas. Sumergidos un instante por el chapuzón, boyaron á la desfilada un poco, hundiéronse del todo, y la onda reemprendió su curso pellizcada de hoyuelos que la rizaban en arruguitas de cristal. De las osamentas nada más se supo.

Adentro, la vajilla de plata y un azafate de vidrio morado de Cochabamba, lucían sobre el mantel cuyo frumenticio olor difundía promesas de conforto. Bajo los árboles dominaba las conversaciones un pululante cascabeleo de frituras. Los botijos de chicha engarbullaban el retozo convival, y á gritos se discutía sobre los gallos.

—El negro!... tremendo en las patas y una luz en los revuelos...

—Sí, pero el guairabo le competía. No tan diligente, aunque más salidor y con más juego, equilibraba las probabilidades. Cuanto á compostura, por ahí andaban. No despicándose ó bandeándose alguno... Así mismo emparejaban en peso; y si su dueño no llevaba alguna brujería...

Éste sonrió. Andaban siempre con ésas, de envidia. ¿No solían achacarle que bajo pretexto de sompesar á los gallos les quebraba las costillas? Pero él no usaba semejantes tretas. Perdía y ganaba por sus cabales, basándose la fe hacia su gallo, no en aceitadas de cresta ni artificios así, sino en la cría del animal y su preparación. Por todo esto, una vez llegada la hora, casi no opinaron ya.

Amontonáronse en silencio, curioseando alrededor de los animales. En dos credos se improvisó la balanza. Una varilla formó el astil, colgando de un extremo la libra de los amasijos, y del otro un cordón cruzado en forma de ocho sobre cuya intersección ahorcajaban el gallo en vilo. El cotejo resultó según se preveía, adarmes más ó menos; viéndose lo mismo en lo tocante á compostura.

Bajo las despuntadas colas aparecían el anca y los muslos implumes, en carne roja adobada por la dieta y la gimnasia. Las patas descogíanse temblorosas de vigor, y las espuelas dejaban sus forros sin una falla. Maduros para la pelea, ardía en sus crestas recortadas la sangre. Como el calor y tal cual cacareo los alteraban, sus dueños les insuflaron agua fresca bajo las alas.

Los aprontes del reñidero fenecían. La última escobada emparejó el piso del redondel improvisado con ponchos. Colocose en la primera fila de jugadores el juez de la riña, viejo imberbe, rechoncho, de ojillos en jareta, trenzador de lazos. Ese día llevaba, excepcionalmente, chapona, aunque abierta con camisa y todo sobre su cuello arborescido de arrugas. Por si se armaba otra de la cual no lo excluyera el cargo, había acomodado una peseta en la concha de la oreja.

Llegó el momento de largar y el juez dio la orden.

Una chupada á las espuelas, todavía, un escupitajo á las crestas, y los animales cayeron al redondel.

Al principio soslayáronse de lejos, despabilados por el coraje sus ojos, picoteando la tierra, exagerando la gallardía de su andar, hasta afrontarse y plantar en guardia de pronto, con las golas erizadas y los cuellos inyectados como príapos.

Uno, dos, tres revuelos empezaron la lucha. Los adversarios se tanteaban. Pasaron uno sobre otro, cual dos llamitas. Después se patentizó la valía de ambos.

El negro peleaba en el aire, encrestándose bravamente conforme á su cría. El guairaba daba juego con salidas sobre la izquierda, conservando la visual de su único ojo. Ni un comentario, ni una exclamación. Apenas algún entusiasmo a la sordina:

—Ah, jaca viejo!

—¡Negro lindo...

—... pa un puchero!

Mas, en una de esas, los campeones, picándose á un tiempo, tiraron sin soltarse entre un torbellino de plumas. Estallaron aclamaciones. Los dos animales, heridos, encarnizábanse más. El sol declinaba; y bajo los árboles, votos y ternos predecían una crisis. Los espolonazos menudeaban.

—Cuatro reales al negro!

—Pago!

Otro golpe.

—Un peso!

—Pago!

Otro golpe.

—Doy doce á diez al negro, doce á diez, doce á...

Otro golpe.

—...á seis!

Daban doble. La derrota se decidía para el guairabo cuyo dueño confiaba todavía en el puazo á la garganta, su golpe infalible. El animal con su aperdizado plumaje en andrajos, casi no ofendía, ocultando la machucada cabeza bajo el ala de su contrario. Daban doble y ni así se tomaba ya. Otro golpe.

—Doce a cuatro!... Doy usura! Caigan los pijoteros!

Nadie respondía por el guairabo. Su dueño, arriesgando una audacia, gritó:

—Una onza á mi gallo!

Quién iba á topar esa parada loca!... Las fisonomías se taimaron. Y para mejor, el dragoncillo infernal, paliducho aún en los titubeos de la convalecencia, se alzó retrucando:

—Le pago dos riales, velay!

Irrumpieron carcajadas. Desde cuándo le matrerearía en las costuras del tirador esa peseta al pobre... Inicuo habría sido ganársela; pero el interpelado, caliente ya, aceptó.

Algunos notaron, entonces, que de la oreja del juez faltaba casualmente la moneda, y nuevas risotadas estallaron. Él, solemnizándose austeramente, chistó aunque sin éxito, cuando un galope vino á turbar la tranquilidad, refrigerando su escaldadura.

El sobreviviente habló sin apearse, pues traía novedad de bulto. Su perro, allá muy cerca, acababa de parar un tigre. Y como ratificando su aseveración, las ovejas, en polvoroso tropel, vinieron á acarrarse en el mismo patio.

Ultra las protestas del juez, la jugada se desorganizó. En un segundo requirieron caballos y tercerolas; mas, el noticiero ofreció una hazaña.

Como los había molestado, compensaría el yerro, sacando de su escondrijo la fiera prendida á la cola de su caballo; pero, eso sí, tenían que enlazarla no bien saliera del camino. Las lanceadas de maturrangos aburrían; y qué diablos! —día más o menos, se daba el tumba-cabeza. Un tigre? Bah! Si el destino lo había dispuesto, al fin un tigre se lo almorzaría.

En su flaco rostro, triangulado por la barba, sus ojos se entristecían de fatalidad; y su juventud interesaba con aquella tristura.


Al tranco marchaban, comentando el incidente. Los perros, atados en las casas, gañían presintiendo sangre.

Ya próximos al sitio, algunos caballeros empezaron a recalcitrar entre respingos. Crujieron latigazos en el silencio que aumentaba progresivamente. El cazador apeóse un momento, anudó la cola de su cabalgadura, y de un brinco montó otra vez, siguiendo la marcha con su cortejo. Faltaban sólo el juez de la riña, los dueños de los gallos y el dragoncito. La pelea, en el colmo del interés, habíalos retenido.

En tanto, los otros llegaban al improvisado cubil. De un matorral, brotaron rugidos sordos y hacia allá endilgó el mozo á su bayo.

Osciló la maleza, al punto que roncaba una especie de rotunda guturación, y el tufo del felino llenó el aire. Ahora lo columbraba, aculado contra unos pedrones. Erizado el dorso, la jeta rozando el suelo, húmedos los lagrimales y mortecino el ojo, alastrábase en los disimulos del acecho.

El jinete puso de ancas su caballo hacia la fiera, y volviéndose la miró en los ojos. Veinte varas apenas los dividían.

Un talonazo, una rendada, y el parejero reculó un tranco.

Con el belfo pegado a los encuentros y el ojo flamígero, recogíase sobre sus corvejones, mientras el terror le amusgaba las orejas y le hispía la crin —retrocediendo á cada incitación. Y entre paso y paso cabía una eternidad.

El tigre atorábase de rugidos ante la proximidad del hombre que, sin pestañear, refrenaba su montado. No admiraban tanto en él los espectadores, aquella jineteada sobre ese bayo de mi flor, sino su mirada en pugna con la del tigre. Así impedía que se enhiestase, no le acaeciera lo que acontecía á cuantos la fiera despachurraba de atrás.

Disminuía el trecho peligroso. Observaban los reculones más y más renitentes del animal, la fatiga del temerario, su frente escrita de venas. A cada talonazo, un rayo del sol poniente refucilaba en las argollas de la ación.

La distancia poco excedía ya de un cuerpo de caballo. Acortose más; y fue tal el silencio, que se oyó claramente la voz del juez:

—Peine su gallo!

Se infería el momento, cuando incitan á los gallos pellizcándoles la nuca.

En ese momento, el mozo púsose al alcance de la fiera. Tiró de las bridas... bajó los ojos...

Hendió los aires el consabido zarpazo: mas, á ese tiempo, aflojáronse las riendas —¡hip!— y el caballo arrancó en un envión tan bien previsto que la garra, rozándole las ancas, se enredó en la nudada cola.

Y á la rastra con su fardo salió el jinete campo afuera, pidiendo cancha.

Con el asombro, ninguno enlazó á la fiera, según lo convenido.

—Metan lazo! Metan lazo!, vociferaba el cazador entre la polvareda. Metan lazo!...

Nadie!... Cuando de las casas, á toda furia del caballo, se desprendió uno. Con dos estirones entró en escena, revoleando su lazo; y al abrirse el telón del polvo, el tigre agonizaba ya, contrayéndose como un churrasco que se soasa.

A su lado el cazador y el dragoncillo se sonreían. Los demás iban llegando al galopito.

Ese chico resultaba el más varón, á pesar de su hombro baleado. El cazador le agradeció, mientras él, muy turbado, escarbaba con el pie, y tanteaba su contusión resentida por el esfuerzo. El sol prolongaba las siluetas sobre el piso como una palizada. De entre un grupo de mujeres los patrones interrogaban á gritos...

Por supuesto, nadie se acordaba de la riña, pues hasta sus dueños habíanla abandonado al desenlazarse la cacería. Sólo el juez permaneció en su puesto, llegando último junto al felino.

Sin aguardar su sentencia, pues dudaban de su imparcialidad, de común acuerdo dieron la riña por tablas.

Rabieta del avaro; guachapear de blasfemias discordantes en su tragadero. El muchacho lo advirtió, y ya con el pie al estribo:

—Perdone, tata viejo; jué una viarada...

El aludido lo cintareó con un visaje:

—Guacho sonso... Una peseta por un tigre!...