Juan de Ávila (Retrato)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


EL V. MAESTRO JUAN DE AVILA.[editar]

EL V. MRO. JUAN DE AVILA
Llamado el Apóstol de Andalucía, Sacerdote exemplar, eloqüente Escritor ascético, y Padre de la Oratorio Evangélica. Nació en Almodovar del Campo por los años de 1500, y murió santamente en Montilla en 1569.
Fué este apostólico varon natural de Almodóvar del Campo en el Arzobispado de Toledo, de una de las familias mas honradas y ricas de aquel pueblo. Apenas contaba catorce anos (que seria en 1516), quando pasó á Salamanca á estudiar la jurisprudencia; pero sintiéndose arrebatado de un particular llamamiento del Cielo para seguir otra carrera, retiróse á su patria, donde perseveró tres años continuos en los exercicios de una áspera y penitente vida. En vista de tan extremada virtud en tan temprana edad, le enviaron sus padres á Alcalá para que, armado con la ciencia de las divinas letras, pudiese servir mejor á la Iglesia y bien de las almas. La delicadeza de su ingenio, y la pureza de sus costumbres tenían enamorado á su maestro el célebre Fr. Domingo Soto, y su buen exemplo edificados á todos sus condiscípulos. Acabados los estudios, y ordenado de sacerdote, se dedicó á la predicación de la divina palabra, para cuyo ministerio parece le había escogido el Señor con especial privilegio, porque le concedió todas las virtudes necesarias para ser en su tiempo el exemplar de un orador evangélico. Las principales gracias con que para tan alto fin le habia dotado el Cielo eran: el amor grande de Dios, y el de su próximo, para cuya salvación trabajó sin cesar toda su vida: el singular espíritu y fervor con que predicaba, animado siempre de los sentimientos que pretendía excitar en el auditorio: aquel zelo sagrado qué le consumía por la honra de Dios; y su tierna compasión y paciencia para con los hombres, cuyos corazones robaba, haciéndose antes amar para hacer amable su doctrina. Y así no podremos determinar con qué conquistó mas almas para Christo, si con la eficacia de sus palabras, si con las amorosas obras de su ardiente caridad. La primera que hizo quando se consagró al ministerio del púlpito fue distribuir entre los pobres la hacienda que había heredado de sus padres.
A la fama de su virtud las prebendas eclesiásticas venian á buscarle con ruegos; pero jamás hallaron recibimiento en sus oidos, ni entrada en su corazón. La Corte, á pesar de los deseos é instancias de muchos Señores y Poderosos, tampoco mereció gozar de este espejo de virtud, ó dígase, acusador de sus vicios. Desde Sevilla, donde empezó en 15 29 el apostólico exercicio , corrió varios lugares de aquel Arzobispado: predicó en Córdoba; y en Granada parece le renovó Dios su espíritu. Baeza, Montilla, y Zafra en 1546 le oyéron con singular fruto. Retirado á la Villa de Priego, en la qual pasó el resto de su edificante y laboriosa vida; comenzaron á visitarle las enfermedades, fruto ordinario del continuo trabajo de tan fervorosa y dilatada predicación.
Al aplauso general que seguia á este exemplar varón por su virtud y su elocuencia, no podían faltarle émulos y contradictores; para que añadiese á su gloria este nuevo camino de realzarla. El mismo Juan de Avila, que después mereció el renombre de Apóstol de Andalucía, y de Maestro por excelencia, sufrió la injuria de ser acusado al Santo Oficio por sugetos envidiosos, que denunciáron sus palabras, ya que no era posible á la malignidad delatar sus obras, buscando con este hecho poner en duda su buen nombre y reputación; mas la inocencia misma del acusado le libertó de la prisión con mayor calificación de su doctrina, vencidos los calumniadores. Tampoco le faltáron otras persecuciones excitadas por los zelos y confusión de algunos predicadores, que no pudiendo ser sus rivales, tuvieron que hacerse sus enemigos; pero la grandeza y fuerza de su virtud aterraba á la envidia sin perder jamás la paz y serenidad de su alma. Los últimos dolores de su penosa y larga enfermedad le abreviaron los días en la Villa de Montilla, donde murió santamente á 10 de marzo de 1569.
En la apreciable colección de las obras que nos dexó este Venerable Maestro, comprehendidas hoy en nueve tomos en quarto, tienen las almas piadosas y devotas abundante alimento de doctrina mística y moral. Y aunque en muchos lugares de estos escritos padece incorrecciones y negligencias, si lo hemos de juzgar por las leyes de la elocución oratoria, pues la languidez y redundancia de estilo en unas partes, y el desaliño y sequedad en otras, no pueden ocultarse al lector de gusto delicado; sin embargo debe considerarse Juan de Avila como ingenio criador en el idioma místico castellano, que enriqueció con numerosas y enérgicas voces, á cuya melodía y magnificencia no estaban acostumbrados los oídos en su tiempo. En medio de esta desigualdad, común á todos nuestros escritores, en el libro sobre el Salmo Audi filia &c, asunto que trata con alteza y magestad, resplandece la mayor gravedad de nuestra lengua, y la fuerza mas patética de la eloqüencia del Autor, cuya pluma parece que escribía lo que le dictaban la caridad y el dolor: dos fuentes de donde nacían la vehemencia y el calor del estilo. ¿Que diremos de su Epistolario espiritual, en cuyas cartas, agenas de todo afeyte y vano artificio, se muestra la especial facilidad y presteza con que producía el Autor sus pensamientos, sin faltar en muchas de ellas á toda la precisión, energía y vigor que pide este género de escritos, para animará los flacos, consolar á los tristes, y despertar á los tibios? Si alguna vez olvida los adornos de las cláusulas, también sabe vencer los espíritus con la fuerza de las razones, con el peso de los exemplos, y con la solidez del discurso. Como este Venerable Maestro se mostró siempre mas deseoso del provecho de las almas que de la fama de facundo escritor; nunca imaginó que sus cartas, que remitia á tantas y tan distintas personas como salían de primera mano, habían de ver la pública luz. Y si en vez de contentarse con solo el testimonio de Dios y de su conciencia, hubiese aspirado á depender de la opinión de los hombres; mayor aliño y gala hubiera puesto en su locución, la qual á la verdad no es siempre elegante ni espléndida, pero deleyta y satisface por el candor, ternura, y calor con que consuela, esfuerza, y persuade.
Del mérito de los sermones de este apostólico Varón ningún juicio se puede pronunciar sino por los maravillosos efectos que causaba en los oyentes el don de su eficaz palabra; porque como no escribía lo que su fecundo y ardiente espíritu le suministraba, no dexó de su eloqüencia mas que la admiracion á sus contemporáneos, y la fama á la posteridad.


Véase también a Juan de Ávila en Wikipedia


◄  Anterior
Siguiente  ►