Lágrimas: 14

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Capítulo XIII
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Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 1846.

Si alguien hubiera querido pintar un cuarto revuelto, así como se pinta una mesa revuelta, habría podido servirle de modelo una sala que se hallaba situada en el primer piso de una casa de pupilos de Sevilla, en la calle de San Eloy. Con nada podía compararse mejor que con el campo de Agramante en que se hubiesen batido a muerte los numerosos soldados de la ciencia, con los no menos numerosos de la moda.

Aquí yacía en el suelo una botella de aceite de Macasar, habiendo perdido hasta la última gota de su sangre. Un diccionario latino mostraba sus mutiladas entrañas, con algunas manchas de negra gangrena. Un frac con el cuello inclinado y los brazos pendientes, estaba desmayado sobre una silla hospitalaria. Algunos libros quizás cobardes o afiliados en las sociedades de la paz, habían huido y se apiñaban en una rinconera.

Sobre la mesa mostraba un tintero su negra boca, y parecía un mortero cuyos fuegos se hubiesen apagado; a su lado estaban las plumas caídas como estandartes vencidos. El Derecho real de España había recibido la descarga de un bote de la exquisita agua de lavanda que se fabrica en Sevilla, en la plazuela de San Vicente. La constitución era oprimida por un pícaro reaccionario tarro de pomada de mil flores, y algunos guantes daban voces por su cuartel de inválidos.

Eran las seis de la tarde, y se ocupaban en ese cuarto tres jóvenes en hacer su tocador.

Era el uno en extremo alto y bastante grueso; tenía hermosas y simétricas facciones, grandes ojos pardos abiertos de par en par, como su corazón que era franco, noble y bondadoso. No se hubiese encontrado otro que tuviese una idea más alta de sí mismo con la mejor fe del mundo, y sin tener por eso orgullo. Quería a sus amigos con la más sincera benevolencia, sin por eso dejar de tratarlos con superioridad inaudita; pero era esta tan bonaza e inofensiva, que no hería, porque siempre al través de sus jactancias y de su prosopopeya se traslucía su hermoso corazón, como la luz del sol a través de los nublados. Era aplicado, pero tenía falta de memoria y un singular don de equivocarse, de lo que resultaba que decía mil disparates, y una vez dichos, los sostenía con una imperturbable y fatua suficiencia, aunque fuese contra las personas más autorizadas. Tenía en su cabeza un gran mixtiforis de ideas, y no se cuidaba ni de digerirlas ni de clasificarlas. Así es, que solía lanzar, sin pararse a reflexionar, algunas proposiciones sui generis que dejaban estupefacto a quienes las oían, sin hacer esto retroceder un paso al que las decía en su decisión, ni hacerlo perder su constante gravedad e inamovible aplomo. Llamábase Marcial.

El otro era alto, delgado, bien formado y airoso; sus maneras eran medidas y elegantes, porque la elegancia era en él genuina, le era añeja como su corriente al arroyo. Tenía la cara fina y menuda; sus ojos graciosos que siempre interrogaban y nunca respondían, eran sombreados de espesas y bien dibujadas cejas; una poblada y rizada cabellera rodeaba su frente angosta; su sonrisa tenía todo lo agradable de un delicado agridulce. Era este uno de esos hombres reconcentrados, cuyo interior está herméticamente cerrado, y en los que nada hay espontáneo sino la reserva. Aunque muy joven, miraba la vida con los espejuelos de la ancianidad, buscando en ella la felicidad, no del modo negativo del filósofo, ni a la manera material del epicúreo, ni del modo espiritual del cristiano, ni en la aureola del poder, ni en la embriaguez de la gloria; pero la buscaba firme, positiva, duradera y bella bastante para llenar su vida y satisfacer su corazón. Era su entendimiento observador, incisivo, sarcástico, a veces duro, pero siempre penetrante, claro y sereno. Este se llamaba Genaro.

El tercero de estos jóvenes, de mediana estatura, ni era hermoso como el primero, ni bonito como el segundo; pero tenía uno de esos conjuntos simpáticos, de esas figuras que no llaman la atención, pero que mientras más se ven más gustan. Nada en él admiraba y todo agradaba. Veíase en su cara alegre y risueña esa superabundancia de savia que en la juventud bulle y cría flores, y que más adelante obra y da fruto. En su mirada inteligente y a veces distraída se notaba el sello de los hombres superiores, pero cuya superioridad, de que no se dan cuenta, que no rige la voluntad ni estimula la ambición, anda vagando como las willis sin objeto ni misión, y que sin el estímulo de la ambición ni del egoísmo, brotan y florecen cuando el tiempo las ha madurado y las circunstancias han descorrido el velo a su lugar de acción. Llamábase Fabián, y era en esta época la alegre aurora de un hermoso día con su aire puro, el canto de sus pájaros y la ausencia del ruido de la vida práctica. Acodado en la mesa leía y escribía alternativamente. Los otros dos estaban frente de sus espejos. Eran los tres de nobles y distinguidas casas de Extremadura.

-¡Pues no es, -dijo Marcial, apretándose la hebilla de sus pantalones-, para darse a todos los diablos el ver con la insolencia que se va redondeando mi barriga! Verán Vds. como me va a echar a perder mi talle esbelto. ¿No es verdad, Genaro, querido Maquiavelo, que tengo el talle esbelto? ¿No parezco una palma del Líbano?

-En el Líbano hay cedros, -contestó Genaro-: las palmas son del desierto; y los alcornoques de tu pueblo.

-Las palmas son del Líbano, -afirmó Marcial con su acostumbrado atrevimiento y aplomo. Y eso, prosiguió volviendo a su tema, que no tengo más que veinte y cuatro años, los mismos que tú, y uno más que Fabián. Pero tú, Fabián, padre Dauro, manso río, (así llamaba Marcial a Fabián por su suave carácter, desde que leyó las poesías de Martínez de la Rosa), ¿qué haces ahí? ¿Y por qué no vienes a cubrir como nosotros nuestra mísera humanidad con estos atavíos de las bellas artes?

-Objetos de tocador no pertenecen a las bellas artes, -dijo Fabián-, pero tú, Marcial, adoras la retumbancia.

-Pertenecen a las bellas artes, -afirmó Marcial.

Los otros se callaron como tenían de costumbre, cuando Marcial, con voz estentórea, lanzaba uno de sus axiomas, que ellos dejaban rodar cual proyectil inofensivo.

-¿Qué haces? -prosiguió-: ¿Acaso versos a una Filis que no los sepa leer?

-No. Traduzco la oda de Lamartine, a la lámpara del templo. Oye esta estrofa a ver que te parece:

Y en esa lumbre aérea, me agrada
suspender mis miradas langorosas,
y les digo: tal vez sin saber nada,
vosotras hacéis bien, luces piadosas.
De inmensa creación en el destino
quizás esa partícula brillante
imita ante su trono de contino
la adoración eterna e incesante.


-Lo que me parece, manso Dauro, -dijo Marcial-, es que el traducir es cosa muy fácil.

-¡Fácil traducir poesía! Sólo tú eres capaz de sostener semejante despropósito, -exclamó Fabián.

-Y de probarlo, -prosiguió Marcial-; mi padre estuvo prisionero en Francia cuando la guerra de la Independencia, y aprendió allí una canción que tarareaba siempre. La aprendí y la he traducido; y lo que es más, en el mismísimo metro, de suerte que la canto en la misma tonada. ¿Y esa?

-Gratifícanos con esa obra maestra de tu ingenio, -dijo Fabián.

Marcial se puso a cantar;

Si el Rey me quisiera dar
Madrid su gran villa,
obligándome a dejar
por eso a Sevilla,
le diría al rey así:
no quiero vuestro Madrid,
prefiero a Sevilla, sí,
prefiero a Sevilla.


Genaro y Fabián se ahogaban de risa.

-¡Envidia! -dijo Marcial anudando su corbata-, mejor harías, padre Dauro, manso río, en nutrirte como yo de nuestros buenos poetas españoles. Yo he leído y sé de memoria las mil comedias de Calderón.

-Son trescientas y tantas, -observó Fabián.

-Son mil, -sostuvo Marcial.

-Ya veo, -dijo Fabián-, que fundas tu ambición en ser el primer literato y bibliófilo de España.

-Te engañas, manso río, si crees que fundo mi ambición en cosa tan mezquina. No hubiese dicho eso este Maquiavelo que tiene penetración y una facilidad y gracia para anudarse la corbata que le envidio. Yo, hijo mío, no soy un río tan manso como tú, soy un torrente y quiero meter ruido, mucho ruido: el ruido me es simpático. Toda cosa grande hace ruido. Quiero ser diputado y hacer grandes discursos que se pongan en letras de molde en todos los papeles. El discurso del señor Marcial, dirán, (si es que aun no he heredado título, lo que Dios no permita), que habla con tanta soltura como energía, conmovió al congreso, electrizó a las tribunas, consternó a los exaltados: no envidia ya Madrid a Atenas su Demóstenes. Soy capaz, por adquirir fama, de quemar el Escorial, como quemó Eróstrato el templo de Venus.

-Fue el de Diana, -rectificó Fabián.

-El de Venus, -afirmó Marcial-. Oye, Genaro, ¿cuál es tu ambición?

-Yo quiero, -respondió este-, una posición honorífica, feliz y estable con ruido o sin él.

-¡Vegetar! -exclamó Marcial-, ¡Cruzarse de brazos cuando peligra la sociedad! Quita allá, verdadero tipo del moderado de provincia que quiere que todo se lo den hecho. Y tú, mi manso Dauro, ¿cuáles son tus miras? ¿Qué quieres?

-¿Yo? -contestó Fabián-, Nada.

-Un Lazaroni romano, -exclamó Marcial-, mira qué carrera para quien no tiene un mayorazgo.

-Los lazaronis son napolitanos, -observó Fabián.

-Romanos, -sostuvo Marcial-. ¡Ay, amigos! -añadió poniéndose el chaleco y observando lo vacío de sus bolsillos-: ¿cuál de Vds. me presta algún dinero?

-¿Prestarte a ti? ¿Yo? -dijo Fabián-, ¡yo que tengo un bolsillo que lo sucede lo que a tu barriga en sentido inverso, a ti, tan rico! ¿Te burlas, Marcial?

-Rico, es decir que mi padre lo es, diez dehesas, a cual mejor, ocho molinos, montes, haciendas, ganados como un patriarca, pesetas como un bolsista: pero ¿qué me sirve a mí, si no quiere ese padre avaro salir de los dos mil reales mensuales que me envía?

-Debían bastarte, -dijo Genaro-, a mí con la mitad que tengo me alcanza y me luce más que a ti.

-Verdad es, -repuso Marcial-, pero sepan ustedes, añadió con jactancia, que esta noche pasada he jugado y he perdido hasta el último real, y eso que mi madre me envió anteayer extrajudicialmente tres mil reales, ciento cincuenta duros, que se fueron unos tras otros como otros tantos carneros.

-¡Jugado! -exclamaron a un tiempo sus dos amigos con aire de desdén.

-Sí, jugado, ¿y bien? En mi borrascosa juventud quiero regalarme de todos los vicios, con la intrepidez de D. Juan ¿Ignoráis acaso que tengo azogue en la cabeza y alquitrán en las venas, como se dice en la moderna escuela literaria francesa? Quiero ser el más pródigo de los hijos y que después me reciba mi padre en sus brazos y mate un ternero, o un cerdo, lo mismo me da. ¿No os parece esta idea acalaverada, de caballero de buena ley? El caballerismo, como lo entendía el caballero de la Mancha, es cosa de mal gusto y de mal tono. Hacer de una Maritornes una Dulcinea, ¡qué inocente! Es mucho más del día y más cómodo hacer de una Dulcinea una Maritornes. Esta ancha Castilla que me he propuesto dar a mis fogosas e indomables pasiones (siempre con el propósito de enmendarme), tiene de romántico por ser a lo Byron, y de clásico por lo de la Biblia.

-La Escritura santa no pertenece a ningún género de literatura, observó Fabián.

-Es clásica, -afirmó Marcial-, con las notas más graves de su estentórea voz.

-Yo no juego, -dijo Genaro-, soy más razonable, más delicado y sibarita en la elección de mis placeres y de mis pasatiempos.

-Lo que tú eres, -repuso Marcial-, es un hipocritón; además, ni tienes mis pasiones volcánicas, ni mi fuerza de alma para levantar tu frente serena, apacible y tranquila ante la reprobación.

-Don Pleonasmo, se te olvidó impasible, -dijo Fabián.

-Quiero, -prosiguió Marcial cada vez más exaltado-, seducir a unas cuantas chicas; lo malo es que no se dejan seducir, saben más que las culebras. La inocencia bien hizo Reinoso en llorarla perdida. La candidez bien hizo Meléndez en buscarla en Italia.

-En Arcadia, -enmendó Fabián.

-¡En Italia! -sostuvo Marcial-. Tú, padre Dauro, que te nutres de la miel hiblea y bebes de la dulce Hipocrene, eres inofensivo, pero sosito. Mas a pesar de eso os quiero a ambos: somos tres en uno; somos los tres Gracios, los tres Parcos...

-¡Parco tú! -exclamó Genaro-, tú que tienes la despensa atestada de los chorizos y jamones que te envía tu madre.

-Por supuesto: os he dicho que me quiero echar a todos los excesos; quiero ser otro D. Miguel de Mañara, sólo que cuando me recoja a buen vivir, en vista de que el fundar hospitales como hizo aquel, no tiene actualidad, fundaré en mi pueblo un casino. ¿No os arrastra mi ejemplo?

-No, hijo mío, -respondió Genaro-, las calaveradas desacreditan; la buena fama es un pedestal.

-Los excesos me repugnan, -opinó Fabián-, como el olor de una taberna, como la atmósfera de una zahúrda, como el vapor de una sentina.

-¡Oh! Padre Dauro, manso río, -exclamó Marcial-, ¡qué no te pueda yo sacar de madre! Pero vístete, pesado, que nos estarán echando menos las muchachas en el Duque. Genaro, me parece inclinas mucho a la perla, como la nombra Fabián. ¿Por qué la nombras así, manso río?

-Porque se llama Lágrimas, y estas son las perlas del corazón, y porque es además una perla. Dios quiera, Genaro, que la sepas apreciar como lo hubiese hecho yo.

-Estos poetas, -exclamó Marcial-, siempre lloran por lo que queda. Pues ¿no eres el más feliz de los mortales con captarte la atención y recibir preferencias de Flora, esa rubia Feba, que parece una azucena engarzada en oro? ¡Qué bonito pensamiento! No me lo plagies, manso río.

-No temas, -respondió riéndose Fabián-, ni yo, ni ningún platero aprovecharemos tu idea.

-Pero ambas, -prosiguió Marcial-, Flora, la blanca azucena, y Lágrimas, la humilde violeta, pasan desapercibidas al lado de aquella, que es reina de las flores, y reina de cuanto hay. Se me figura que le gustan los calaveras; ¿qué te parece, Genaro, tú, qué observas?

-Me parece que sí, respondió éste.

-Sí, sí, -prosiguió Marcial-, he notado que desde que he tomado los aires de tronera, le hago más gracia.

-No te ilusiones, Marcial, -le dijo Fabián-, Reina no te quiere.

-¿Pues a quién quiere? -preguntó Marcial volviéndose tan bruscamente que echó una silla al suelo.

-No lo sé, pero no es a ti.

-¿Cómo lo sabes, Don Oráculo?

-Como sé que es de día, porque lo veo; y mira, querido, que la desilusión, con el cólera y la demagogia son las plagas de este siglo.

-Pero, ¿quién ha de querer competir conmigo? Vds. además de estar enamorados, nunca les pasaría por la imaginación el quererme hacer mal tercio, puesto que yo no había de tener la magnanimidad de Foción.

-De Escipión, -observó Genaro.

-De Foción, -repitió Marcial-. Yo que le he compuesto unos versos. Esos si que son originales y castizos.

-Otorgo lo primero y pongo en duda lo segundo, -dijo Fabián-. Pero vamos, recítanos esa composición que desde hace quince días te trae a mal traer.

-¿Para que me robes mis conceptos? -objetó Marcial.

-Te doy mi palabra que no lo haré.

Marcial, que estaba rabiando por lucir su composición, la recitó pomposamente:

Reina de los corazones,
infundes tanta lealtad,
que tus vasallos se oponen
a que les des libertad.
Esta extraña anomalía
en este siglo de luces,
a tus ojos es debida,
con que a las luces desluces.


-¿Me querrán Vds. decir por qué se ríen tanto? -preguntó Marcial a sus amigos cuando hubo concluido la lectura de sus versos

-Por la gracia que me han hecho, -respondió Genaro-: son preciosos, conceptuosos, agudos. Quevedo te los envidiaría. ¡Qué oportuno retruécano!

-¿Y a ti qué te parecen, Fabián? -preguntó Marcial-, tú que eres el tu autem de la lira andaluza.

-Los más malos entre los muchos malos que has hecho, Marcial; pésimos, ridículos.

-¡Envidia! -dijo Marcial-; envidia, manso río, porque no puedes ser torrente.

-Oye, Marcial, -dijo Genaro-; ¿quién es ese íntimo nuevo que te has echado que parece un arenque curado?

-¡Oh! Un guapo chico.

-Pero ¿quién es?

-¿Quién es? ¡Qué sé yo?

-Pero ¿cómo se llama?

-Tiburcio Cívico.

-¡Ay, qué nombre! -exclamaron los otros.

-El nombre es fatal, no lo niego, -contestó Marcial-; no he podido hallarle una rima a Tiburcio.

-Mira, Marcial, -dijo Genaro-, que era el más vano de los tres; te aconsejo que no andes mucho con ese don Nadie; parecen Vds. la torre de Oro y una caña de bracero. Rabias por formar relaciones nuevas: acuérdate de aquello de dime con quién andas te diré quién eres.

-Amigo, el que quiere ser diputado como yo, tiene que popularizarse. ¡Malditas carnes! -añadió abrochándose el frac-; ¡más enemigas aun del cuerpo que del alma! Si aguardase esta barriga a presentarse cuando yo fuese diputado, ¡anda con Dios! En el congreso haría bien. Me daría un aire de Don Mamerto Peel.

-Roberto, -dijo Fabián.

-Mamerto, -afirmó Marcial.

-¿Pero que imán tiene para ti ese desconocido enteco? -preguntó Genaro.

-Pierdes en eso tu tiempo, -dijo Fabián-, no perdiendo él poco en los esfuerzos que hacía para ponerse unos guantes la mitad más chicos que su mano.

Al salir a la calle encontraron a un chiquillo parado en medio del zaguán. Sin desviar la dirección de su marcha, Marcial que iba en medio de los tres, entreabrió sus largas piernas y pasó por encima del chiquillo, sin salir de su aire grave ni decir más que «¡insecto!».

El insecto se quedó estático al ver pasar por encima de su cabeza aquel coloso de Rodas.


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