Lágrimas: 18

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Capítulo XVII
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Lágrimas Fernán Caballero
FEBRERO, 1848.

Habían pasado algunos meses. Disputábanse aun el cielo, el sur con sus vendavales y sus nubes, y el norte con su fría serenidad, como se disputan las pasiones y la razón el corazón del hombre.

En este tiempo había pasado la frialdad que había existido entre Reina y Genaro, y una constante hostilidad por parte de Reina, que Genaro sufría y rechazaba impávido como una roca la embestida de las olas del mar. Resultaba de este perenne choque entre ambos, un hervidero amargo, una posición hostil que hacía padecer profundamente a la pobre y suave Lágrimas, tan tiernamente apegada a ambos. Pero hay seres destinados a que cuanto les brinde en su copa la vida, aunque parezca dulce, se vuelva hiel antes de llegar a sus labios. Esforzábase en vano la pobre niña en persuadir a Genaro a no gastar con esa amiga que tanto quería, el tono frío y a veces hasta desdeñoso con el qué contestaba a los ataques y contradicciones que de ella continuamente recibía. Genaro era uno de aquellos hombres tenazmente voluntariosos, que jamás ceden un ápice en nada, ni por consideraciones, ni por condescendencia, ni por cariño, y que sin jamás porfiar, no cejan nunca; hombres que toman la testarudez por carácter, y la falta de corazón por fuerza moral; hombres que se creen de acero y son de palo.

Lo que es Reina, ni comprendía ni tomaba en cuenta lo que padecía Lágrimas.

Esta guerra sorda entre ambos, no llamaba la atención a nadie, porque simpatías y antipatías son en el mundo cosas tan comunes y tan poco motivadas a veces, que nadie se para a buscarles causa.

Pero no era así con la Marquesa, mujer de mundo, vigilante Argos, que veía más con sus ojos de madre, que aquel con su centenar. Conoció en breve en lo que necesariamente debería terminar entre dos personas del mérito y valor de Reina y de Genaro, esa constante preocupación el uno del otro, en un roce diario, y que esa lucha sostenida entre jóvenes de diferentes sexos los llevarían a no dudarlo, por lo picante de la contrariedad y el gusto del contraste, la gloria que hay en vencer, y el encanto que hay en subyugar, a sentimientos diametralmente opuestos a los que originaban la pugna.

Genaro había previsto todo esto, que era su obra, y cual Pigmalión se iba apasionando de ella; pero por lo mismo, temía perder su anhelada felicidad por una torpeza o un paso prematuro. Enfrenaba su voluntad como un déspota su corazón y no descendía de su puesto de adversario frío e impasible. Reina era aun muy joven y tenía demasiada rectitud y nobleza de corazón para adivinar ni comprender los artificios de un hombre astuto, ni para saber el infalible medio de derrotar tan hábiles planes estratégicos, que es el de los celos, y así rechazaba con redoblado desdén todos los homenajes de sus apasionados, en particular los del conde de Navia, que su madre recibía con marcado agrado; esto alimentaba las esperanzas de Genaro, y le hacía perseverar en el plan de conducta que se había trazado.

Aunque era Genaro un joven de talento, de mérito distinguido y caballero, era pobre y no tenía aun ni posición ni porvenir seguro, ni rango en la sociedad. Además hoy día es el porvenir de una joven de clase, tan incierto como eventual, a no ser de una casa muy opulenta, y las casas que lo son, así como el porvenir de la nobleza, han sido las víctimas en las guerras, trastornos y revoluciones que ha sufrido la España. Así no podía ser Genaro, con todas sus ventajas, el partido adecuado, ni que eligiese la madre orgullosa, la tutora equitativa para la hermosa y brillante Reina, esta joven, pudiente, y vana marquesita.

A pesar de obsequiar Genaro a las claras a Lágrimas, la Marquesa no paró su pensamiento en que esto podía ser un motivo para que Genaro no aspirase a Reina. Cuando la apasionada madre pensaba en su hija, todo lo demás desaparecía a sus ojos, nada merecía tomarse en cuenta, nada podía anteponerse a aquel astro, todo caía en la nulidad más completa.

Pero la Marquesa se hizo esta reflexión. Antes que Reina y Genaro se den cuenta del peligro que corren, antes que se reconozcan, bueno sería aprovechar la inclinación que tiene a Lágrimas y casarlos, lo que sería una cosa acertada conviniéndose y trayendo cada cual al matrimonio lo que al otro faltase.

Así es, que pensaba la Marquesa con sensatez, que la buena niña que nada tenía en su favor, sino ser rica, debía mirar como una boda brillante y una suerte feliz, la de unirse a un hombre que tenía todas las ventajas menos esa. Creyó igualmente ventajosa para Genaro la boda que con una excelente compañera que él ya distinguía, aseguraba su suerte. Así fue que todo le pareció llano y suave como rasoliso.

Por este tiempo un desastroso evento, digno de figurar entre los más deplorables, y de hacer gemir la prensa bajo el interesante, el insigne y nunca bien ponderado séate la tierra ligera, había traído a D. Roque la piedra a Sevilla. Era este el caso:

Un día, Bonifacio, el negro de D. Jeremías había notado que su amo no se ponía el gabán lleno de años de servicios, pero sin esperanzas aun de obtener el retiro a que le daban derecho las cicatrices que le honraban, y que no iba, como solía hacerlo, a ver a su escribano: mas no hizo caso. Pero llegó la hora de la pitanza y su amo no la pidió. Viendo que en esta demora se había consumido un carbón más, y se iba consumiendo otro, Bonifacio, alarmado entró en el cuarto de su amo. Encontró a éste sentado en un sofá, muerto, tan muerto como los habitantes de Pompeya bajo la erupción del volcán. En sus manos tenía el diario que daba la noticia de la revolución de París del 17 de febrero de 1818.

Bonifacio avisó al escribano; éste que era gran amigo de D. Roque, le dio al momento aviso; de suerte que llegó de Cádiz al siguiente día. A otro, acompañaba D. Roque un pobre entierro en que en una mezquina caja, iban los mezquinos restos del más mezquino de los hombres, D. Jeremías Tembleque, que murió mezquinamente de la mezquina desgracia de haber bajado los fondos en Francia. Su vida, como su muerte, fue una patente prueba de los goces, satisfacciones y bienes que saca el miserable avaro de su dinero. Murió ab intestato, y sus herederos, a quienes se avisó por los diarios, cuando acudieron, sólo hallaron las inscripciones del gran libro de París, las que compró D. Roque por poco menos de nada, el famoso baúl con tres camisas de algodón, tres pares de calcetines de hilo, dos pañuelos de yerbas, todo calado y bordado; los platos lañados, el sofá de hojas de maíz, que ya chocheaban, y una subida cuenta de gastos de entierro, derecho de herencia y tutti cuanti; sin olvidar un aviso puesto en un diario concebido en estos términos: «Tenemos que lamentar la muerte del apreciable D. Jeremías Tembleque, que ha fallecido prematuramente de resultas de una congestión cerebral. Se hizo acreedor al aprecio de todos y su muerte es muy sentida: séale la tierra ligera.»

El resultado de las referidas combinaciones de la Marquesa fue el decirle un día en que estaban solos a Don Roque:

-Don Roque, ¿no piensa Vd. en casar a su hija?

La Marquesa, sin saberlo, había tocado la cuerda más destemplada del alma de D. Roque. Ya sabemos que el casamiento de su hija era para este tierno padre el buitre de Prometeo, la sombra de Nino para Semíramis, la espada de Damocles, el Mane, Thecel, Phares del festín de oro en que se arrellanaba en su dorada butaca D. Roque la Piedra; así fue que respondió con desabridez.

-¿Y Vd. porqué no casa la suya que es mayor?

La Marquesa disimuló esta, como otras groserías, que estaba sujeta a sufrir de ese ente vulgar a indelicado, y respondió:

-Afortunadamente el carácter festivo, el gusto difícil y el genio independiente y poco afectuoso de mi hija, le han hecho mirar hasta ahora a todos sus apasionados con igual indiferencia, y considera las galanterías y obsequios como pasatiempos sin consecuencias, que recibe riendo, como flores sin raíces y que se ajan luego. Pero si mi hija amase y fuese amada, y que algún amigo que se interesase por ella y por mí me hablase sobre el asunto, lo discutiría. Como ese caso no ha llegado, dejemos a mi hija a un lado.

-¿Y qué me quiere Vd. decir con eso? -preguntó D. Roque con impaciencia-, ¿acaso que mi hija tiene novio?

-No digo que lo tenga ni me pasa semejante cosa por la cabeza. Pero caso que lo tuviese, D. Roque, no veo en ello una razón para que Vd. se haya incomodado; las preferencias no se le pueden tachar a las hijas, sino cuando los preferidos no son dignos de ellas o no convienen a sus padres.

-¡Hola! ¿Con qué Vd. piensa que el novio me conviene?

-Yo no he dicho que tenga novio, D. Roque.

-Pues bien, quítele Vd. novio, y ponga pretendiente, ¿es eso?

-Podrá tener pretendientes; eso es natural, todas las muchachas los tienen, y...

-¡Viva la Pepa! ¿Con qué todas las muchachas tienen por aquí esa polilla? Bueno es saberlo.

-Y más, Lágrimas, que es angelical, y se hace querer de todo el que la trata.

-¡Y Vd. cree me embolsaré por yerno a ese pretendiente con la misma facilidad que se embolsa un peso duro! ¿He?

-¿Y por qué no, si en este fuese todo conveniente y pudiese hacer a su hija de Vd. feliz?

-¿Con qué, -dijo D. Roque con una risita rabiosa-, tiene ese pretendiente además deprisa en casarse, otras muchas ventajas?

-Por de contado, D. Roque, si no, yo no hubiese tocado este punto. Es el que yo pienso, sin tener de ello una certeza, que es pretendiente de Lágrimas, de ilustra cuna, joven aprovechado, de buenas prendas, de conducta arreglada: tiene un talento poco común, una capacidad sobresaliente, según dice el rector de la universidad.

-Esos méritos los tienen o se los atribuyen las nueve décimas partes de los estudiantes de Sevilla. Su nombre, señora.

-Genaro E.***

-¡Voto a brios! -murmuró entre sus apretados dientes D. Roque poniéndose en pie.

-Señor, -dijo la Marquesa sorprendida-, ¿en qué puede incomodarle a Vd. mi proposición? ¿He nombrado acaso algún mal sujeto?

-¡¡Psss!! -silbó con despreciativo coraje D. Roque.

-Señor, -prosiguió atónita la Marquesa-, ¿he propuesto a Vd. acaso un hombre de nada, un indecente? ¿Merece acaso Genaro las señales de menosprecio con que Vd. acoge un nombre respetado desde siglos y que Genaro honra?

Don Roque prorrumpió en una grosera e insultante risa.

-Don Roque, -dijo la Marquesa casi alarmada-, ¿podrá que sepa Vd. acaso algo de infame o denigrante acerca de ese muchacho? Si ello es así, espero que Vd. me haga la justicia de creer que lo he ignorado.

-Usted sabe por lo que me tiene que levantar en peso esa proposición tan bien como yo, señora; -dijo Don Roque bufando.

-No por cierto, -repuso la Marquesa-; protesto a usted que no lo sé, y suplico que me lo diga; más todavía, lo exijo. Nada de palabras preñadas; D. Roque, explíquese Vd.

-¡Pues no creen, -dijo éste-, que se mama uno el dedo!

-Digo a Vd., -repuso la Marquesa incomodada-, que me diga que es lo que de tal manera lo monta e indigna contra un joven que yo aprecio.

-¡Pues no es nada, señora! ¡Es una friolera! ¡Se atreve a pensar en mi hija y... por vida del Dios Baco! ¡¡¡Y no tiene un real en la faltriquera!!!

La Marquesa se echó a reír.

-Don Roque, -dijo al cabo de un rato al amable millonario-; es preciso verlo para creer que un hombre como Vd., que apalea el dinero, y para el que por consiguiente, teniendo una hija única, es cosa que no debería importarle en la elección de un yerno, deseche con desprecio a uno que reúne todas cuantas ventajas reconocen la razón y la sociedad, que pueden llenar el corazón de su hija y hacerla feliz, sólo por esta consideración que debería serle indiferente al buscar el bienestar y la posición social de su hija.

-¡Ah, sí! Habrán creído, -contestó D. Roque-, que yo soy hombre capaz de deslumbrarme por los pergaminos, y que caería como un burro ciego en la trampa, porque mis nietos tuviesen sangre azul. ¡Por viche de la sangre azul! Hato de perdidos, que piden prestado para comer, y fiado para cenar. ¡Mi hija! Ese bocadito quisiera el Genarito para hartarse de reír. ¡Vea Vd.! ¡Un descamisado, un pobre de solemnidad! -añadió con una clase de desprecio triturador, que solo se halla en los labios del millonario al clasificar la pobreza-, ¡Buen yerno me echaba a cuestas! ¡Linda alhaja! ¡Droga!

-Está Vd. muy poco enterado del valor de las personas de un círculo que no es el de Vd., -dijo la Marquesa incisivamente-. Sepa Vd. que Genaro es todo un caballero, y entre los jóvenes anda de nones.

-Anda viendo donde guisan y a caza de talegones; puede Vd. decirle, que si ha creído que yo he ganado mi caudal con el sudor de mi frente, para pagar las trampas de su casa y reedificar el palacio solariego, que será un cascajo ruinoso, para que él lo eche de buche y se cruce de brazos, se lleva chasco.

Al decir estas últimas palabras, -salió D. Roque del cuarto sin aguardar la respuesta de la Marquesa, que estaba estupefacta al oír aquel lenguaje tan nuevo como incomprensible para ella.

Estaban Reina y Lágrimas sentadas en una galería cerrada de cristales, que formaba uno de los anchos corredores de la casa, y que servía de costurero.

-Ahí viene tu padre, -dijo Reina, al ver por entre los cristales salir a D. Roque de la sala y dirigirse hacia el costurero donde solía ver un momento a su hija-; ahí viene ese carromato; me voy, que no soy gaditana para gozarme en mirar al Hércules de su Alameda.

Diciendo y haciendo se echó a correr.

Lágrimas, que estaba bordando, al oír los pasos de su padre se puso a temblar: tal era el efecto que causaba en aquel ánimo apocado y en aquella constitución débil y nerviosa, la presencia de su padre.

-Este es el resultado, -dijo D. Roque al entrar-, de haberte dejado, porque en ello te empeñaste, en una casa como esta, que parece el jubileo de los chisgarabís, de los harbilampiños y de los polluelos sin creta. ¿Conque la niña apenas ha salido del convento, y ya tiene novio? ¿Piensa en casarse, y cree tener el oro y el moro?

-Padre, señor, -murmuró con trémula voz la pobre Lágrimas-, aseguro a Vd. que no.

-¡Embustera además! Bien muy bien. Ya puedes hacer tu baúl, que mañana temprano sale el vapor para Cádiz. A casa, bajo mis ojos; yo le enseñaré a la emancipadita a tener novio. Ahora, a fe de Roque, que te vas a aburrir todo lo que aquí te has divertido; yo haré que se te sienten los cascos, y que se te pasen los conatos a noviajos con novios de tres al cuarto. Cuando tengas edad yo te buscaré el marido que te convenga, y por mi cuenta que no sea ningún casqui-vano, bolsi-vacío, con gran frac que deba al sastre.

Reina, que no estaba lejos, al oír las voces destempladas que daba D. Roque, se había acercado, y al notar el temblor convulso y Lágrimas, corrió por un vaso de agua y se lo aplicó a los labios.

-¿Qué es esto? -exclamó-: ¿qué tienes, Lágrimas?

-¡Mañana me voy! -murmuró esta en ahogada voz.

-¿Qué es esto? -dijo Reina-: ¿qué repente es este?

-A Cádiz recalcó D. Roque.

-¡Señor, por Dios! -exclamó Reina, que veía irse dibujando la herradura de la muerte en la cara pálida de Lágrimas.

-Ni por Dios, ni por los santos, -respondió en voz clara y seca, como lo es el castañeteo de una matraca, el suave millonario-; a casa y tres más, a mí no se me lleva con hipíos.

-¡En el vapor! ¡La mar! ¡La mar! -gimió la pobre niña, entrechocándose sus dientes y asiéndose con fuerza a Reina.

-Al menos, señor, -dijo esta viendo la decisión de Don Roque-, por Dios, no os la llevéis por mar. Sabéis el profundo horror que le tiene, y que se pone mala sólo de pensar en él.

-¡Qué simpleza! -respondió éste-, esos miedos necios y pueriles se quitan como a los potros los asombros, con látigo y espuela.

-Señor, -repuso Reina, que sentía estremecerse a la pobre niña que se estrechaba a ella, como a su tabla de salvación el que se ahoga-; este es un horror harto motivado, acordaos...

-¿De la tempestad de ahora diez años? ¡Toma, toma! ¿Dónde queda eso? Pues si todos los que pasan tempestades en la mar se negasen a volverse a embarcar, ya se podían echar a pique todos los barcos. Melindres, aspavientos, escarceos, espantijos, toda la retahíla de lo que más me puede y más me choca.

-Señor, señor, -dijo Reina indignada-, no es miedo pueril ni horror inmotivado: traed a la memoria todo lo que significa aquel recuerdo para vuestra hija. Es para ella el mar a la vez un juez sin clemencia, un verdugo sin caridad, y un cementerio sin cruz.

-¡Bah! ¡Bah! -repuso D. Roque-, palabras altisonantes, señorita. No tengas cuidado, medrosa, que no te morirás en el vapor, y si te mueres no te echaremos al mar.

Lágrimas cayó sin sentido y presa de convulsiones en los brazos de Reina.

-¡Oh, qué hombre tan atroz! -exclamó esta-; llamad a mi madre, llamad a mi madre.

A la noche volvió D. Roque para saber de su hija; la Marquesa, profundamente compadecida del estado en que se encontraba ésta, hizo secamente presente a su padre que no estaba capaz de viajar, y que los médicos habían recomendado el más absoluto sosiego. Le hizo presente igualmente que Lágrimas había demostrado el mayor empeño en volver al convento, y que antes de entregarse al sueño que le habían proporcionado las bebidas narcóticas que le habían sido suministradas, le rogó hiciese presente esta súplica a su padre. D. Roque la negó redondamente y añadió, que si pensaba la niña que había de estar pagando siempre una pensión por ella, pudiéndola tener en su casa sin que le fuese gravosa.

Reina asistió con esmero a su amiga, y no se separó de su lado un momento; pero a los tres días apenas convalecía, cuando D. Roque, sordo a todas razones, insensible a todo ruego, se llevó a su infeliz hija, a la que destrozaba el alma el alejarse de Sevilla, y horrorizaba su viaje y estada en Cádiz, sin que hubiese vuelto a ver a Genaro. Ocultaba, ésta al partir, su pálido rostro, sus lágrimas y el temblor convulsivo de sus labios, bajo un espeso velo negro.


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