Lágrimas: 19

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Capítulo XVIII
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Lágrimas Fernán Caballero


FEBRERO, 1848.

Aquella misma noche en la tertulia, el que hubiese observado con cuidado a Reina hubiese notado en ella una preocupación que no era habitual, ni propia de su genio activo y siempre alerta.

Llevaba de continuo sus miradas hacia la puerta, y un imperceptible movimiento de impaciencia se notaba en ella a cada recién entrado, que no era por lo visto la persona que aguardaba.

Abriose la puerta con estrépito de par en par, y apareció Marcial en toda su gloria con los pantalones tan estirados, y el talle tan apretado, que parecía hecho de una sola pieza. Un gesto de impaciencia pasó rápido como la sombra de un volante pájaro, por la cara de Reina; y mientras Marcial iba a saludar a su madre, llamó a su perrito faldero y lo hizo acostar sobre una silla que estaba a su lado, con la marcada intención de que Marcial no la ocupase. Pero este era poco obstáculo para el intrépido Marcial, que trajo otra y se sentó lo más cerca que pudo de su prima. Esta lo recibió con un bostezo que ocultó detrás de su abanico.

-Esta noche no viene Tiburcio Cívico, mi amigo, -dijo Marcial con un airecito entre satisfecho y rabioso.

-¿Y a mí qué se me da? -respondió Reina; siéntele tú si gustas.

-Esta noche, -prosiguió con sorna Marcial y con un retintín que hacia vibrar su voz como la cuerda más gruesa de un violón-, los que nada valen se pueden anteponer a los que valen sin que se lo quiten, se lo estorben, se lo impidan ni se lo dificulten.

-¡Machaca y más machaca! ¿Me querrás explicar, Marcial, qué muletilla has tomado ahora con ese los que valen y los que no valen, y Tiburcio para arriba y Tiburcio para abajo, que me tienes de Tiburcio y de los que valen hasta por cima de los cabellos?

-Nos entendemos, mi amada prima, nos entendemos, pero sábete que los que valen, en lugar de venir a hacerse valer, se van a conspirar: así el que vale como es socialista, ha ido esta noche a una junta humanitaria, compuesta de un francés, un lombardo y un polaco, bajo la presidencia de un inglés; por consiguiente no ha venido, no viene, y no vendrá. La humanidad ante las bellas, la sociedad ante la tertulia, Catón ante Luis XIV. ¿Te gustan los socialistas? ¿Te parece que son los que valen, prima?

-Los odio, primo.

-¿Y los exaltados?

-Los detesto.

-¿Y los moderados?

-Los aborrezco.

¿Y los carlinos?

-No los puedo ver.

-¿No perteneces, pues, a ningún partido, autómata ideal?

-Sí por cierto, al mío.

-¿Y ese cuál es?

-El de los callados, Marcial, el de los callados.

-Ese es un partido ilusorio, prima, fantástico, fantasmagórico, nulo y estúpido, que debe ir a la escuela del abate L'Epée.

-No lo creas, Marcial, porque como dice D. Domingo, desde que todos gritan nadie se entiende.

-Si eres de la escuela de D. Domingo, estarás por las fiestas inmovibles, como lo son todos sus tocayos.

-¿Qué quieres decir con esa frase que es un logogrifo, como los del Semanario?

-Que los domingos son fiestas, que estas son inmovibles, y que las ideas de ese señor lo son también; pero te digo, prima, que tu escuela o doctrina del silencio no meterá ruido, y que es intempestiva en el siglo de las asambleas y discursos.

-Ya comprendo que así te parezca, Marcial, puesto que el día que tú no puedas hablar, discutir, perorar y declamar, (estilo tuyo) te elevarás por los aires como un globo elevado por tus ideas encumbradas, que no hallen salida, como aquel lo es por el gas.

-Pero dejemos esta cuestión, -repuso Marcial-, que los débiles alcances mujeriles no pueden comprender, graduar, apreciar ni definir. Vds., hijas de su madre Eva, eternamente hermosas, seductoras, instigadoras, y pecadoras como ella, sin haber escarmentado desde tantos siglos, no saben juzgar en punto a partidos, sino los que se presentan para sacarlas del infeliz estado.

-Se engaña Vd., Marcial, -dijo la alegre Flora-, ¿quiere Vd. que le defina los partidos?

-Lo quiero, lo apetezco, lo deseo, y lo anhelo, -respondió Marcial.

-Pues vaya de cuento, -dijo Flora-, que estamos en Andalucía, el país de las morenas, de las naranjas, de los cuentos y de los altramuces saladitos y dulces. Reinaba un gallo en su corral. Hízose amigo suyo un pato, que tenía buena pluma, había navegado por el mar Pacífico, había zambullido en el pozo de la ciencia, y patullado en la fuente del saber; su andar no era garboso, pero firme, su voz no era melodiosa, pero grave y sostenida. Este le aconsejó a su amigo, el gallo, que se cortase la cresta, que era chocante, y los espolones que eran inútiles. El gallo condescendió y se fue a dar un paseo con su amigo.

Este que era muy confiado dejó la puerta del corral abierta. Cuando volvieron fue el gallo a su hogar a encender, y vio en el hogar dos luces encendidas. ¡Qué luces tan raras son estas! -dijo el gallo-, y acercándose vio que eran los ojos de un gato que se le abalanzó. Pusiéronse a pelear.

El pato que esto veía no paraba de repetir, -y Flora arremedando al graznar de los patos se puso a decir-: Paz, caballeros, paz, paz, caballeros, paz, paz.

-Flora, -dijo Marcial, con una voz tan honda que parecía salir de debajo de la tierra-, ese cuento es un libelo de la humanidad varonil.

-Es un cuento precioso, -dijo Flora riéndose.

-Es un cuento subversivo, antisocial, inmoral y profanador. Carece de dignidad y de lógica. Cuando vaya a las Cortes, propondré la censura de los cuentos.

-Como yo no aspiro a ser diputada como Vd. a ser diputado, Marcial, -dijo Flora, que se ahogaba de risa-, no estudio ni gravedad ni elocuencia.

-Fabián, -dijo Marcial a éste que entraba-, ven a convencer a esta burlonísima Flora, que dejando las flores por las espinas, acaba de hacer la más sangrienta sátira de todos los hombres: di que no eres pato, pues de patos nos ha puesto.

-No puede ser, Marcial, -dijo Flora-, lo más que hará es convencerme de que en esa familia hay cisnes, como me convenceréis vos, si os empeñáis en tomarlo a lo trágico, que en esa familia hay gansos.

-Este David me va a dar en la frente, -exclamó Marcial-; pido cuartel, clamó alafia, imploro merced, me acojo a amnistía y deseo indulto. Siento, -prosiguió Marcial, dirigiéndose a Reina mientras Flora satisfacía la curiosidad de Fabián repitiendo su cuento-, siento haberte dado un mal rato anunciándote la ausencia del que vale, porque por más que desde algún tiempo te estás haciendo la desentendida, siempre que te hablo del que vale, sabes muy bien a quien aludo.

-Pero, Marcial, si absolutamente sé quien es ese que vale, ni lo que vale; solo sé tu dale que dale.

-El que vale, o cree que vale, es ese Tiburcio Cívico, ese antibello socialista, constándome tu parcialidad por él, parcialidad incomprensible, inconcebible, inexplicable e inaveriguable.

-¿Qué estás diciendo, Marcial?

-Que hay gustos, así como cuentos, que se deberían mandar recoger por orden de buen gobierno, porque preferirme a mí Marcial, ese pobre chico...

-Qué preferir, ni que preferir; te digo francamente, Marcial, que si me dan a escoger me quedo sin ninguno.

-¿Pues no lo has llamado Antony?

-¿Yo? ¿Dónde sacas semejante disfraz? Si jamás le he nombrado sino cursi abatido y abollado.

Al oír esto Marcial se levantó de repente.

-Voy, -pensó-, a decirle esto a Fabián para que vea lo inverídico, embustero, mentiroso y paparruchero que es ese Genaro, zorra sutil si las hay.

Apenas se alejaba Marcial cuando entró Genaro y vino a saludar a Reina.

-Acompaño a Vd. en su sentimiento, -le dijo esta con el aire de triunfo que tiene una persona que está en pugna con otra cuando puede mortificarla.

-No lo creo, -respondió Genaro.

Reina, que enseguida se había puesto a hablar con Flora, volvió bruscamente la cabeza, y dijo:

-¿Y por qué?

-Porque no sabéis sentir ni por vuestra cuenta ni por la ajena.

-Muchas gracias. Lo que decís, si se clasifica con indulgencia, se llama una fresca.

-Sí, así se suelen apellidar las verdades por aquellos que no quieren oírlas.

-Por cierto, -exclamó Reina con altivez-, que desearía saber el por qué vivís en la ilusión de poseer las llaves del sacristán.

-Diréis esto porque no adulo como lo hacen los que componen vuestra corte, y pueden daros patente de estar a prueba de empalago, porque no os traigo alborotando el barrio, la música como el magnífico coronel Astorga; no suspiro como el conde de Navia; no enflaquezco haciendo un prodigio, como el camaleón Villamarino que dice no ha hallado una herradura mash dura que el corazzzón de lash arishtócratas, y no canto con vuestro poeta laureado:


Reina de los corazones,
infundes tanta lealtad...


-Calle Vd., calle Vd. ahora mismo, -exclamó Reina colorada como una amapola-; si volvéis a pronunciar una sola sílaba de los tales ridículos versos, a fe de Reina que...

-¿Qué, qué? -dijo con cachaza Genaro sentándose a su lado.

-Que os prohíba la casa.

-Con lo que probaréis sois Reina déspota y arbitraria, y haréis mentir los versos de Marcial, porque portándoos así, no podréis infundir tanta lealtad que se opongan los vasallos a que les deis libertad.

-Genaro, que llamo a mi madre, -exclamó Reina furiosa.

-¿Qué es eso? ¿Por qué riñen Vds.? -preguntó Marcial, volviéndose al oír las recias voces de Reina.

-Marcial, esta es la ocasión pintiparada que digáis; paz, caballeros, paz, -dijo Flora.

-Es, -respondió Genaro a Marcial-, que Reina desea se le impriman los versos que le compusiste, y porque le he dicho que eso prueba un deseo inmoderado de que luzcáis los dos, se ha incomodado conmigo.

-Es natural se haya sentido, -repuso Marcial-, porque no veo en ese deseo ninguna inmoderación.

-Pues ¡no ves, -decía en voz baja Reina a Flora enjugándose una lágrima de rabia-, no ves como me está provocando, como me trata, conque descoco me está calmeando, conque camastronería me saca de quicio y se queda riendo! ¿Puede esto tolerarse?

-¿Y por qué le haces caso? ¿Por qué te ocupas de él? -respondió Flora-, ¿No hay aquí otros ciento que te están bailando el agua delante?

-Es que viene a buscarme.

-No tal; al saludarte echaste tu perrito de la silla en que dormía, como para que no le faltase a Genaro asiento a tu lado.

-Lo hice distraída; y para enmendar el yerro, ya que se ha sentado, seré yo la que me levante. Vente al piano, cantarás el mocito del barrio.

Levantáronse ambas y atravesaron el estrado ligeras y airosas como dos ninfas. Flora se puso al piano.

-Vamos, legionarios de Hebe, -dijo Marcial-, sigamos la atracción de la belleza, el imán femenino, la corriente de la elegancia, y el arrastre de la gracia. Donde va la Reina va la corte, donde va Flora van las mariposas.

¡Mientras Flora cantaba, como a Marcial no le gustaba la música y menos estar callado, le decía a media voz a Genaro:

-Antípoda de la verdad, antítesis de la sinceridad, adversario de la franqueza, hijo predilecto de la mentira, ¿cómo pudiste afirmar con esa seriedad llena de doblez que Reina llama a Tiburcio Cívico Antony?

-Calla, Marcial, que se está cantando.

-No quiero callar, zorra sutil, cuando no quiero no callaría ni en el congreso si me tocasen la campanilla, y que fuese esta del calibre de la de Glasgow.

-De Moscow.

-La de Glascow, -afirmó Marcial-; ¿si lo sabre yo? ¿Crees acaso que estás hablando con el ángel del silencio, como llamaba Fabián a Lágrimas? Estoy para mí que esa denominación la ha plagiado en uno de sus poetas franceses.

-Sí, -dijo Genaro-, la trae Paul de Kock.

-Bien lo decía yo; pero no estaba cierto si era Paul de Kock o Lamartine. Conque, hijo mío, se fue, llegó al instante fiero, Silvia de mi despedida, como dice Hartzenbusch en sus Amantes de Teruel.

-Lo dice Arriaza en su canción.

-Hartzenbusch en los Amantes de Teruel, -afirmó Marcial-. Tú como eres el mismo disimulo, Maquiavelo perfeccionado, no demuestras dolor en tu rostro juvenil.

-Hablas sobre suposiciones falsas y yerras, infalible Marcial.

-¡Yo errar! Herrar, queda bueno para mi amigo Tiburcio. No, no, me desdigo, un retruécano a costa de la amistad es desleal, innoble, indelicado; por no dicho. No sacrifico la amistad a un chiste, eso es bueno para un francés, y yo soy español por todos cuatro costados como la lonja.

-Marcial, ¿no oyes que se canta? -le dijo Reina con sequedad porque parte de su censura caía sobre Genaro-; el hablar cuando se canta no solo prueba mal gusto, sino falta de educación.

Concluía Flora de cantar, y así pudo contestar Marcial.

-Perdona prima, fue una distracción; además soy demasiado positivo para ser melómano.

-Marcial, -exclamó Fabián, temprano empiezas a ser positivo. A mí me choca tanto hasta esa palabra joven, raquítica, que haría pagar multa al que la pronunciase.

-Ten presente, hombre afecto a lo ideal; que tengo que renunciar a esto, puesto que quiero ser diputado: abandonar los senderos del Parnaso por los caminos vecinales; el cultivar las musas, por el cultivo de las tierras: la inspiración por la discusión; el cantar por el hablar. Pero vamos a ver: ¿es posible que a ti, poeta, te guste la música que siempre estropea los versos?

-¿No me ha de gustar, Marcial? -respondió Fabián con expansión-. La prosa es el lenguaje del entendimiento, la poesía el del alma, y la música el del corazón. Lejos de estropearlos, la música es a los conceptos lo que la expresión es a la fisonomía. La música es a la vez el presentimiento y el recuerdo de todos nuestros goces y de todos nuestros dolores; es la transición de nuestras sensaciones físicas y morales; la percibe el oído y la siente el alma.

-Pues, hijo mío, la música me choca, dijo Marcial, no tiene sentido común, lo que se dice cantando ni es conciso ni es claro. Si yo hubiese sido el Cancerbero, seguro que se hubiese llevado Orfeo a su mujer Berenice.

-Eurídice, -rectificó Fabián.

-Berenice, -afirmó Marcial-; dále, -añadió a media voz-, con el maestro ciruela.

-Otra coplita del mocito del barrio, -decía entretanto Genaro a Flora, que seguía sentada al piano, apoyándose en el respaldar de su silla-; cante Vd. las coplas que le ha compuesto Marcial a Reina, que se apropian a la tonada.

-No, no, -respondió riéndose Flora-, ha abdicado Reina su reinado sin tener en cuenta la lealtad que infunde, le escrupuliza deslucir las luces, y no quiere ser causa de extrañas anomalías. Cantaré mas bien aquella copla.


¿Cuál de los dos amantes
tendrá mas pena,
el que va de viaje
o el que se queda?


-Flora, -respondió Genaro-, una escritora inglesa ha dicho que los recuerdos de lo pasado no sirven sino para acibarar los goces presentes. Cante usted, Flora, cante Vd., pues le es tan apropiado el canto, que parece no debería Vd. hacer otra cosa; cante Vd. con esa voz que va derecha al corazón como una flecha.

-¿Qué es corazón? ¿Acaso lo sabéis? -dijo Reina, que aunque en conversación con otros, no había perdido una palabra del coloquio de Flora y Genaro.

-Como no son mis vasallos, no podré saber tan bien lo que son, como su Reina, respondió Genaro.

-Marcial, Marcial, -exclamó ésta encendida de coraje-, si me vuelves a hacer versos, quedamos reñidos para siempre: no quiero que me canten, no quiero que me celebren; aparecer en versos, es peor que aparecer a la pública vergüenza en un pilar.

-Si todas las hermosas, bellas, lindas y bonitas pensasen como tú, -repuso Marcial-, no sabríamos los poetas donde dar de cabeza, y tendríamos que cantar a las ancianas, viejas, caducas y a las senectudes.

-Esto es hablar en razón, -decía Genaro a Reina mientras proseguía Marcial su demostración-; las mujeres no deben parecer bellas sino a los que aman.

-Ya, por eso queríais a la pobre Lágrimas, porque la anulabais en vuestro egoísmo.

-Por eso, -afirmó Genaro.

-Pues su padre, que ha sabido sus relaciones con usted está furioso, -dijo Reina con triunfante rabia-, y para cortarlas se la ha llevado; así, contadla entre los muertos.

-Nunca le conté por mucho tiempo entre los vivos, repuso con calma Genaro; la pobre no tiene un año de vida.

-¡Jesús! ¡Y con qué impasibilidad decís eso!

-Con la que se dicen las cosas que se saben de atrás.

-Entonces no la amáis.

-La quiero como a una hermana.

-Ella creía otra cosa.

-Lo siento.

-Eso es infame.

-¿Y qué queréis que haga? ¿Qué me vaya a buscar por esos mundos como un héroe de cuentos de encantamientos el hada que expende el elixir de larga vida, que estudie la homeopatía, o haga una promesa al patriarca Matusalén?

-No tiene respuesta lo que decís; sois un corazón de mármol; un Nerón, un hombre atroz.

-No le parecía tal a vuestra amiga.

-Porque no os conocía a fondo como yo.

-Pues más profundo de lo que creéis fondo, hay cosas que no conocéis.

-¡Buenas serán cuando tanto las ocultáis!

-No las oculto por malas, Reina.

-¿Pues entonces, por qué?

-Porque me place ocultarlas.

-No faltará quien os sonsaque para divertirnos con esos misterios de monte preñado.

-¿Preguntaréislos vos?

-¡Yo! Soy muy altiva para ser curiosa.

-O muy egoísta para interesaros por nada.

-¡Vaya con Genaro, qué solo le está dando a Reina! -decía Marcial a Flora y Fabián-; apuesto que esa prolongada audiencia tiene aburrida a nuestra soberana.

-No parece, -repuso Flora-, ni tampoco que sea necesario que vayáis a decir ahora: paz, caballeros, paz.

-¿Eres celoso, Marcial? -preguntó Fabián.

-¡Jesús! Como un Petrarca.

-Un Tetrarca, Marcial.

-Un Petrarca, Marisabidillo, bien sé lo que me digo, pero no lo estaría nunca de ese buen muchacho, que no tiene bastante maldad, ni calza bastantes puntos para hacerme a mí mal tercio. No obstante, el fuego junto a la estopa, el diablo sopla. Le voy a recordar a su amado bien, así de una pedrada mato dos pájaros. Interrumpo la conversación y doy otro curso a las ideas.

-¡Genaro! -prosiguió acercándose a éste-. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo ahora aquella suave niña, que ha pasado entre nosotros como una flor blanca y sin espinas, dejando al pasar un recuerdo que parece un perfume?

-Vaya, -dijo Reina-, cuando estaba aquí no le hacías caso, y ahora te remontas en los zancos de la retumbancia para celebrarla.

-Es un interés retrospectivo, -respondió Marcial-, me interesa... Siempre parecía decir aquel refrán de los indios orientales: más vale estar sentada que en pie, acostada que sentada, muerta que acostada.

-¡Dulce flor de los trópicos! -añadió Fabián con la mirada vaga con que fijaba en su mente de poeta las imágenes que evocaba la fantasía o el recuerdo-, ¡desterrada de su frondoso y caliente suelo! Que conserva algo de lo extraño y desconocido de aquellas selvas, que se marchita en suelo extraño por no hallar invernáculo de cristal que la defienda del frío ambiente que la rodea.

-Bien dicho, Fabián, -observó Flora-, ¡pobrecita! Con ese monstruo de padre que se lleva la flor a una nevera. ¡Tirano, verdugo, asesino!

-¡He! -dijo Reina a Genaro-, ahora falta que le compongáis vos la cuarta estrofa a ese poema laudatorio.

-Se la escribiré, -respondió Genaro a media voz.

-Haréis bien. Si no sabéis cómo dirigirle la carta, la incluiré en la mía, -dijo Reina afectando ligereza.

-Mañana la traeré, -respondió Genaro.

-Es, -añadió Reina-, que yo le escribiré también para decirle el caso que debe hacer de la tal carta.

-Si fueseis capaz sólo de comprender el amor, ya que no lo sois de sentirlo, sabríais que os cansaríais en balde.

-¿Y por qué?

-Porque, Reina, es tan poderosa la voz del hombre para la mujer que le ama, que ninguna otra oye cuando ella suena.

-¡¡Qué fatuidad!!

-No es fatuidad, Reina, puesto que esto consiste, no en el mérito, del hombre sino en la fuerza de amor que hay en el corazón de la mujer, cual Dios la crió para la felicidad del hombre. Vos no sabéis nada de eso.

-Ni quiero.

-Sois una amazona.

-No, porque no combato; sólo desprecio.

-¡Con eso se gana la gloria! -repuso Genaro.

-¿Con qué, don Teólogo? -preguntó acercándose Marcial.

-¡Con la paciencia! -contestó Genaro.


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