Lágrimas: 20

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Capítulo XIX
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Lágrimas Fernán Caballero


A la noche siguiente trajo Genaro la consabida carta para Lágrimas, que Reina tomó y guardó al entregársela Genaro con la mayor indiferencia, aunque rebosaba su corazón de un sentimiento amargo y airado cuya causa no definía, pero que originaba una infinidad de sentimientos contradictorios.

Vehementemente excitada por ellos, se encerró Reina aquella noche en su cuarto, después de haber cortado a tajos y reveses las cabezas a las esperanzas de Marcial, que semejantes a las de la hidra, volvían tan luego a nacer, y a imitación de las plantas brotaban más lozanas después de podadas. Sacó Reina la carta de la faltriquera de su vestido, y la tiró con desprecio sobre la mesa. Notó entonces que la carta no estaba cerrada y se paró.

Dice el poeta alemán Müllner en su famosa tragedia, La culpa:

«Cuando el mal no es más que pensado, no existe. Si se hace en profundo misterio, sin más testigo que el corazón, aun no existe; y ahí está, ahí está la terrible asechanza del infierno, que es, dar al hombre el poder de ocultar sus maldades pensadas, pues con esto le arrastra a cometerlas en secreto, prometiéndole quedará oculto el hecho, así como oculto quedó el pensamiento.»

Y si sacamos un solemne trozo de tragedia en unas circunstancias sencillas y cuotidianas como las que vamos trazando, es porque hay hechos en la vida, que se califican de naturales y no lo son. El acechar, el leer un papel destinado a otras manos, son hechos que no sólo carecen de honradez, de nobleza y de dignidad, sino que son una culpa, una infamia.

No conocen esto bastante los jóvenes, ni se les inculca lo suficiente. Hay reglas de honor que las madres deberían inculcar a sus hijos con más esmero que el germen saludable que los ha de libertar de una enfermedad mortal: reglas que deberían los niños sacar de las entrañas de sus madres, para nutrir su corazón, como lo hacen con la leche de sus pechos para nutrir su vida. El respeto al secreto ajeno es una de ellas, en cuya observancia no cabe ni puritanismo ni exageración, y que en la juventud, y con colorido de broma, se desatiende, con una ligereza que no admite el asunto, que es grave, y en el que no hay nada indiferente.

Reina arrastrada por un desleal impulso, pensó en leer aquella carta que no era dirigida a ella; la nobleza instintiva del carácter español, a falta de principios fijos y fundamentales, que le faltaban, le hizo rechazar con dignidad esa innoble tentación. Pero volvió, porque estaba sola y la noche aleja testigos; volvió porque la carta abierta no se cuidaba de ser leída; volvió porque aquel papel no podía conservar vestigios de sus miradas; volvió porque el mal espíritu le infundió, quedaría oculto el hecho así como el pensamiento. Reina, no obstante, no se rindió sino a esta sencilla, pero sofística reflexión: Si Lágrimas estuviese aquí, ella que nada me ocultaba, me la hubiese enseñado; le escribiré que la he leído; no se enfadará por eso.

Una vez decidida, se acercó a la mesa, abrió con mano firme la carta, y leyó:

«Como sé que leeréis esta carta, me dirijo a vos, Reina.»

Reina quedó aterrada y confundida.

-¡Insolente! -exclamó indignada-. ¡Qué osadía! Pero ¿qué puede decirme?

«¿Habéis podido creer jamás, Reina, que yo amase o pudiese amar a otra que a vos? He buscado la sombra del árbol encumbrado, para poder así oculto en ella, medir la altura de sus ramas, calar la profundidad de sus raíces esto he hecho.»

-¡Me ama! -exclamó Reina, dándose cuenta de su triunfo, pero no de su profundo goce. Y cual si el papel adivinase sus pensamientos y les contestase, añadía la carta:

«No digo por eso que os amo. Todo en mí, Reina, está sujeto a la voluntad, y sufre su freno. Yo, Reina, como el prudente marino, que no se arriesga en una ensenada hasta saber que no tiene escollos, no os amaré hasta convencerme de que será apreciado y correspondido mi cariño; si lo fuese, entonces, Reina, os amaría como debéis serlo, porque yo solo sé apreciar lo que valéis, y amaros con el amor digno de la que lo inspirase: este sería un amor para el que fuesen pocas todas las facultades de mi ser, todas las fuerzas de mi alma, y corta mi vida entera: porque yo no os quiero por hermosa, como os quiere Marcial; ni por discreta, como os podría querer Fabián; os quiero por difícil de asir como el águila, y difícil de retener como la serpiente; os quiero porque con vos, amar es lograr un triunfo, y perseverar un combate.

»Pero, Reina, con la misma franqueza que os digo esto, añado que no os pido vuestro amor como una gracia, cuando en cambio os ofrezco el mío. No quiero que la mujer que yo ame alce sus ojos para mirarme como Lágrimas, ni que los baje como vos pensáis poder hacerlo hacia los que os aman.»

-¡Esto no se puede leer! -exclamó Reina tirando la carta-. ¡Tal orgullo, tal insolencia, tal osadía!

Reina, cuyas mejillas ardían, cuyos ojos chispeaban de rabia, dio varias vueltas por el cuarto, poniendo su mano blanca y fría sobre su ardorosa frente se soltó su hermoso cabello, que quedó colgando sobre sus hombros como las suaves y brillantes caídas de un manto de terciopelo. Pero al cabo de un rato se volvió a sentar y prosiguió su lectura.

«La mujer que yo ame, Reina, ha de estar a mi nivel y mirarme cara a cara como se miran seres de un mismo valer y de una misma alzada. La mujer que yo ame ha de olvidar el yo, ese yo que lleváis vos por cima de vuestra frente, como lleva su estrella la ninfa que figura la mañana; ese yo, Reina, tiene que palidecer ante el tú, como palidece aquella ante el sol.»

-¡Hácese valer con inaudito descaro ese presuntuoso! -exclamó Reina-; cree merecer más que los otros todos. Pero si es cierto también, -añadió en lentas y sentidas palabras, apoyando su frente sobre su mano-, que vale más. ¿Es orgullo sentir su valer? ¿Es ostentación reconocer su fuerza? ¡Cuántos quieren imitarlo y sólo logran ser ridículos, impertinentes y fatuos! Pelea porque son brillantes y diestras sus armas; mas no por eso ha de vencer, puesto que no quiere gracia, sino triunfo. No sabe aun con quien se las aviene. Amainará o abandonará la empresa.

Al cabo de un rato añadió la joven tan excitada por diversos sentimientos.

-Sí, sí, él sabrá amar como ninguno, sabrá apreciar, embellecer saborear y eternizar el amor que Marcial engulle, y Fabián despilfarra. Es el amor para Genaro un sentimiento, una esencia que concentra, y para los otros es un pebete que disipan en humo.

Reina volvió a coger la carta y leyó:

«No os apresuréis en contestarme ni deis ligeramente un fallo que conmigo, Reina, es indefectible causa para no insistir.»

-¿Qué tal? -exclamó Reina-, volviendo a montarse en su despecho.

«No sea, -prosiguió leyendo-, esa corta sílaba, el no o el sí pronunciado al aire, puesto que no se ha de desvanecer en este como las notas de vuestro piano. Pensadlo bien, no sea que os arrepintáis del sí o que os pese el no.»

GENARO



-Esta carta es un portento de atrevimiento, una obra maestra de insolencia, -dijo Reina casi acongojada-, ganas tengo de llevársela a mi madre. Pero no, no puede ser, le diría que no volviese; más vale hacer como si no la hubiese leído. ¡Jesús! ¡Eso no puede ser tampoco, porque de no haberla leído, debería llegar a manos de Lágrimas, y esto es imposible! ¡Qué perfidia! ¡Cómo con esa carta que me dio abierta me ha colocado entre la espada y la pared! ¡Oh! ¡Ojalá no la hubiese leído!

En todo este monólogo de Reina, en que luchaban un amor enérgico y un orgullo inmenso, no hubo, tal es el profundo egoísmo de estos dos sentimientos un leve recuerdo, una leve consideración para aquella pobre ausente e infeliz criatura, la que entretanto guardaba en su corazón como en un tabernáculo, el amor y la amistad más tiernos y consagrados. Y esto lo vemos escrito y nos conmueve, y lo vemos pasar ante nuestros ojos todos los días y nos deja fríos. ¿Se siente más con los dolores que nos pinta la imaginación, que con los que nos enseña la realidad? Es probable, así como en los sueños son las sensaciones más enérgicas.

Reina no durmió aquella noche, y cuando el alba vino suavemente a despertar a los pajaritos que ante su ventana empezaron uno a uno a darse pitando los buenos días, Reina, pálida y ojerosa, escribía con soberbia y con lágrimas estos renglones al pie de la carta de Genaro.

«Sí, leí la abierta carta, tenía curiosidad de ver el cómo engañaba un falso a una confiada. Tenéis muchas cuerdas en vuestra guitarra, pero ninguna al diapasón de mi voz.»

A la noche, Reina con la cabeza más erguida que nunca, devolvió la carta a Genaro; éste la tomó, se sentó enseguida a una mesa de tresillo, de la que no se levantó sino para retirarse a su hora acostumbrada.

Al llegar a su casa leyó los renglones que había escrito Reina.

-Primera descarga, -dijo-, pólvora doble y bala roja; retirémonos, que una retirada a tiempo aprovecha más que un importuno ataque. Tomemos cuarteles de invierno; mutis.

Genaro dejó de ir a casa de la Marquesa, pasando a pesar de su aparente flema, los días desesperados y rabiando; mientras Reina pasaba las noches llorando y renegando de sus lágrimas.

Algún tiempo después recibió esta una carta de Cádiz, era este su contenido:

«Reina mía de mi corazón. No te he escrito antes porque al llegar aquí tuve uno de mis ataques que me ha tenido a las puertas de la muerte. Aunque he salido de la gravedad, no acabo de restablecerme, porque dice el médico que este pueblo me sienta muy mal; pero es también, a mi parecer, porque no puedo sobrellevar vuestra ausencia.

»¿Qué te diré de mi viaje? Sólo el acordarlo me horroriza. Cuando al salir del río el barco empezó su pugna con las olas; cuando estas vinieron a asaltar sus costados somo para medir su altura; cuando me consideré en medio de esas pérfidas, sin más punto de apoyo que el equilibrio, pensé morirme de angustia, y esto que no estaban soberbias; eran cortas y pequeñas aunque espumosas, y parecían huir del viento que venía de tierra, como una manada de carneros que huye del lobo. Consideraba, Reina, cuán sin misión desafía el hombre a los elementos, y temblé, porque no es la temeridad una virtud, es un exceso. El peligro no se hizo para buscarlo, sino para precaverlo.

»Me decías para animarme, Reina mía, que Cádiz era bonito; tú no lo has visto: figúrate muchas piedras, mucho hierro, casas altas y apiñadas en líneas rectas como filas de soldados, sombrías murallas que miran a los que se acercan, con sus cañones que parecen ojos amenazadores, esto es Cádiz, una cárcel grande rodeada de mar. Como apenas he salido, no he visto aun una suave hoja verde que me recuerde que la tierra cría flores. Sólo en un balcón de la casa de enfrente abre un árbol de pascua deshojado sus rojas flores, que parecen sangrientas heridas en un cuerpo exhausto. Me han dicho que ese arbusto cuando se le hiere desangra y muere; yo creo que perderá también mi corazón toda la suya, por la herida que le ha hecho vuestra ausencia.

»De día me distraigo con mirar a las nubes, aunque se ría esa alegre Flora, a la que envidio su alegría y aun más el estar a tu lado; me embelesan esas surcadoras del cielo, que en él dibujan tan fantásticos cuadros. He observado que entre ellas las hay buenas y malas; las buenas las llama el sol para sí, y se elevan hasta perderlas de vista; las otras las castiga desterrándolas a la tierra en la que caen llorando.

»Pero de noche, Reina, en que no puedo dormir, que la debilidad me ha quitado el poco sueño que disfrutaba, me oprime la angustia el pecho, cual si me faltase el ambiente. Tú, Reina, no sabes lo que es angustia. ¡Ojalá nunca lo sepas! La angustia, Reina, es una agonía del alma, con la que no se cabe en el mundo, y sólo se ansia por el cielo; todo lo causa, pero sobre todo la noche y la mar, y aquí toda la noche oigo un horroroso bramido. Es este tan terrífico, que a veces creo que se rebela la mar contra el poder de Dios que le puso límites, porque sólo blasfemias pueden sonar tan espantosas. Otras veces cuando no está tan brava suena tan triste, que me figuro debe padecer y que se queja, porque abrigue en lo profundo de su seno algún gran dolor, y eso será la causa de que se agite tanto y sean tan amargas sus aguas. ¡Mi pobre madre lo sabrá, pues en su seno yace! ¡Madre mía! ¡Madre mía! Único ser que me ha querido; puesto que tú, Reina, ni él tampoco, me queréis como yo os quiero, y no os reconvengo por eso; el querer como la tristeza y la alegría, son cosas que el sentirlas no penden de la voluntad, y así serían en mí vanos los esfuerzos que hiciese para quereros menos, por tal de aliviar el dolor de la ausencia. Él no me ha escrito, Reina, y ha hecho bien, pues no debo recibir cartas sin autorización de mi padre, y si se la pidiese, no me la daría. Pero tú, Reina mía, ¿por qué no me has escrito? ¿No sabes que aunque me estuviese muriendo, volvería la vida a mi corazón una carta tuya?

»Reina, una cosa te pido, ¡no me la niegues! No estés tan amarga como él, y quiérelo por amor mío: dile de mi parte, que pondremos el porvenir en manos de Dios, y que mientras me quede una esperanza, habrá un punto claro en mi vida, como se ve entre nubes una estrella recordar que hay cielo.

»Ambos están Vds. en mi corazón como dos ángeles que lo sostienen en sus sufrimientos.

»Perdona, mi triste carta, ¿pero acaso concibes, que se pueda no estarlo en la ausencia?

LÁGRIMAS.»



Después de unos días contestó Reina a su amiga.

«Mucho siento, hija mía, que hayas vuelto a tener uno de tus ataques: me hubiese alegrado estar a tu lado para asistirte. Espero que seguirás aliviándote y que te vaya gustando más Cádiz, y algún gaditanito por agradarte a ti, del gusto de tu padre, ya que tan mal le parecen los bolsi-vacíos de por acá.

»No te he escrito aguardando lo hicieses tú, como suelen hacerlo antes los que se van.

»No me hablas casi sino de la mar, y sabes que no debes parar, tu imaginación en esas cosas que te impresionan mal. La mar no es más que mucha agua, muy estúpida, que va donde el viento la lleva, y que a nadie puede ni mojar la punta del pie si no la va a buscar. Más valiera que me dijeses, si has visto al Hércules de la Alameda, tan famoso por lo feo, y si es como me lo he figurado idéntico a tu padre. Cierto sujeto ha sabido, que ese señor ha hablado de él en términos groseros y ofensivos. Como es tan orgulloso, no le habrá hecho gracia, pero como también es muy disimulado, no le ha hecho una arruga la frente.

»La ausencia labra de distinto modo en cada cual. En Marcial ha sido entusiasmándolo tanto por ti, que te llama flor suave, blanca y sin espinas. Si lo deseas o sin que lo desees, te hará un ciento de versos, y hasta diputada, cuando él lo sea. Por mí te lo cedo sin que tengas que darme las gracias: mi querido primo bien podrá llegar a ser diputado, pero jamás llegará a ser disputado. Fabián acaba de llevar un réspice del rector, porque no estudia leyes; se ha consolado con componerle una meditación a la pereza. No olvida la perla, ni Flora tampoco, y dejan de reír para hablar de tu ausencia.

»Mi madre, D. Domingo, y sobre todo yo, nos acordamos de ti con mucho cariño. Adiós, cuídate mucho, y no des memorias a tu padre.

REINA.»



¡Qué lectura para la pobre niña para la cual era esta carta el único lazo que unía su corazón a la vida! ¿No existen, se decía después de haberla leído, son ilusiones el amor y la amistad? No, no son ilusiones puesto que los siento en mi corazón. Pero si existen en ellos, ¿se expresan acaso así? No dice que han sentido mi ausencia, ni él ni ella... ¡No dice que desean verme! Su tono burlón y chancero de siempre; lo veo, mi ida no ha dejado allá vacío, ni mi presencia huellas. ¿Por qué no me querrá nadie a mí? ¿Es culpa mía? ¿Es culpa de ellos? ¿Es que no lo merezco? ¿Es mi suerte? ¿Es una maldición? ¡Es una herencia! -añadió estremeciéndose al oír en el patio la voz de su padre, que despedía con aspereza a un pordiosero.

Lágrimas se asomó al barandal del patio y vio a la pobre negra estúpida que la había criado que su padre le había dicho había vuelto a América, pero que en realidad por vieja r inútil había echado a la calle, la que apoyaba una mano en su muleta y extendía la otra hacia su amo, pidiéndole con angustia socorro.

-¡Francisca, Francisca! ¡Pobre Francisca! -gritó Lágrimas-, ¡aguarda, aguarda!

Pero en aquel momento cerró su padre con estrépito el portón.

Era tal la timidez de Lágrimas, y el terror que tenía a su padre, que no se atrevió a insistir en ver la negra, y huyó a su cuarto en el que le dio una fuerte congoja.

Cuando se hubo serenado, llamó a un galleguito que hacía los mandados, y como no tenía dinero, porque jamás se lo pedía a su padre y que éste no era hombre de dar espontáneamente, le entregó unos zarcillos de oro que habían sido de su madre, para que se los diese a la negra, con el fin de que los vendiese y se socorriese con su importe. Como apenas comía la pobre niña, guardó y enviole su almuerzo con el muchacho a la infeliz negra.

-La señorita almuerza mejor, -decía la criada a D. Roque-, me parece que se va reponiendo; -con lo que vivía tranquilo el tierno padre, y así, aunque la pobre niña, que rara vez podía acostarse, pasaba sus noches sentada en una butaca, aunque estaba tan delgada que sus huesos parecían querer traspasar el fino y blanco cutis que los cubría con un holán, aunque el médico repetía era urgente sacarla de Cádiz, D. Roque respondía: veremos.


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