Lágrimas: 31

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Capítulo XXX
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Lágrimas Fernán Caballero


OCTUBRE, 20.

El mismo día en que Lágrimas enviaba su última carta a Reina, recibió la siguiente:



Reina a Lágrimas

«Mi querida Lágrimas: como te quiero tanto, no puedo dejar de escribirte, aunque, mi madre ha reñido con tu padre; éste deberá haberse portado muy mal con ella para que tan airada esté con él, y no quiera ni aun recibirlo. Creo, aunque no lo sé, que el origen de esto ha sido cosa de intereses, porque aunque tu padre toma todas las apariencias y prosopopeya de un Alejandro el Grande, me parece le pega mejor por lo avaricioso y estítico la de un Alejandro en puño.

»Efectivamente me he reído al ver el gran premio de lotería que has sacado con el parentesco del bello Tiburcio Cívico. Ni pintiparada le venía mejor la colocación de elaborador de fósforos, a él que es su modelo en hechura y cualidades; él que es fósforo hecho hombre, estaba predestinado a propagar la especie; pero dile a su madre que le ponga una chichonera por precaución.

»Pongo en tu noticia que Marcial ha sido elegido diputado. Veremos si regala al congreso con algún axioma de su cuño. Pero hablando formal, muchos diputados como él debería haber, pues lleva a las cortes el exacto conocimiento de su provincia, buenas ideas y los mejores deseos, independencia sin espíritu de oposición a cosas ni hombres; no lleva ahijados, y una sola ambición... la de pronunciar un discurso. Escribió a Fabián una elegía y este dijo:


»Y patos y conejos,
escuchaban su pena desde lejos.

»Fabián ha sido destinado a un mal pueblo; está aburrido y quiere abandonar la carrera, volverse a Madrid y escribir; pero Genaro, que sabe cuanto vale, y el brillante porvenir que le está destinado, lo anima a perseverar y a no abandonar una senda firme, honrosa y segura por una resbaladiza y eventual.

»Flora está perdida por un primo suyo, de un pueblo, el conde de Villafría, excelente sujeto, de muy buena presencia y riquísimo. Fabián que lo ha sabido ha escrito a Genaro, que apellidó a Flora y a él dos colibríes, que el uno ha hallado el cáliz de un lirio en que posar, pero que el otro, prisionero en una jaula, triste, solo, está destinado como muchos canarios a subir con el pico que sólo quisiera cantar, el cubito en que tiene que beber.

»Mucho te sorprenderá el que te diga que me caso; pero como tu padre ha dicho que pronto comeremos los dulces de tu boda, no quiero que me digan ustedes, y ahora con más razón que antes, pues que predican con el ejemplo, que no sé ni querer ni decidirme, pero lo que más te sorprenderá, es que sea el preferido y querido, Genaro, con el que tan mal me llevaba.

»Esto es para él una compensación cuando te pierde, y para mí una lección, contenida en el antiguo refrán que prohíbe se asegure que de esta agua no beberé. Mi madre ha consentido, porque no todos pueden tener tan altas miras para sus hijos como Don Roque el millonario. Mucho deseo por lo tanto saber quién es ese novio de que ha hablado tu padre, y espero me lo escribirás cuanto antes.

«Genaro siempre te aprecia, así como hago yo sinceramente y como a una hermana, y esperamos que cuando puedas disponer de ti, nos vendrás a hacer una visita, segura que en ello tendremos ambos el mayor placer.

»Adiós, cuídate mucho y sé todo lo feliz que desea lo seas tu mejor amiga.

REINA.»



Cuando Lágrimas hubo leído esta carta, dio un suspiro, cerró los ojos y cayó en uno de los profundos desmayos que le solían acometer ahora con más frecuencia.

Cuando volvió en sí, se halló en cama rodeada por D. Juan de Dios, el alcalde y su mujer; parecían los tres muy conmovidos. La pobre niña dio un débil ay, al sentir ardorosos dolores en las piernas y brazos, causados por la acción de fuertes sinapismos.

-¿Otro tormento más, D. Juan de Dios? -preguntó esforzándose por sonreír.

-Es para tu bien, hija mía, -respondió la alcaldesa, que le había tomado mucho cariño.

-Lo sé, -dijo la niña-, gracias, -y volvió a cerrar los ojos.

La alcaldesa tomó su mano y la halló fría.

-¡Don Juan de Dios, -exclamó alarmada-, se nos va!

-Y más pronto de lo que yo pensé, -respondió éste; yo aguardaba la caída de la hoja, pero esta flor caerá antes que las hojas. Es preciso administrarla.

-¡Jesús! ¡Jesús! -exclamó la alcaldesa poniéndose las manos en la cabeza y dando vueltas por el cuarto, ¡pobre niña! ¡Pobre niña mía!

-¿Qué dice Vd., señor? -exclamó el pobre alcalde que miraba a Lágrimas como el ángel intercesor para precaver su ruina.

-No hay que perder tiempo, -prosiguió D. Juan de Dios-, la debilidad es tal que podrá entrar en el delirio al que propende.

La alcaldesa salió azorada para mandar a avisar al cura; el alcalde consternado para despachar un propio a D. Roque.

Cuando la alcaldesa volvió, le dijo el médico:

-Es preciso anunciarle la visita del cura para que no la sorprenda, y con muchas precauciones, pues en el estado que está, todo la conmueve mucho.

-Bien, bien, -respondió la buena mujer-, descanse usted, D. Juan de Dios.

Este salió, prometiendo volver en breve.

De allí a poco hizo Lágrimas un movimiento.

-¿Duermes? -le preguntó la alcaldesa.

-Unas veces creo que sí, y otras creo que no, -respondió la niña con débil voz, pues hay realidades que me parecen sueños, y sueños que me parecen realidades; no defino bien los unos de los otros.

-Esto es el delirio que empieza, -dijo para sí azorada la alcaldesa-, bien decía D. Juan de Dios. Hija mía, -añadió en voz alta-, todos somos mortales

-Es verdad, -respondió amodorrada por la calentura la enferma-, el haber muerto es dulce, el morir terrible.

-La muerte es preciso preverla, -prosiguió la alcaldesa, para que no nos coja desprevenidos como herejes, sino preparados como cristianos.

-Sí, sí, verla venir... en el desierto del mar.... viene con el viento que aúlla.... con el mar que brama y pide su presa; ¡es espantoso! ¡Los elementos no tienen piedad! Son enemigos del hombre que nada puede contra ellos, sino implorar la misericordia de Dios que los enfrena.

-Estar prevenido, -prosiguió la buena mujer-, es prepararse, que eso hace la buena muerte.

-Una buena muerte, -murmuraba en entrecortadas frases la enferma-, es el mayor favor de Dios.

-Pues para eso, hija mía, es preciso ponerse en gracia y confesar.

-A bordo, no había confesor, -decía la niña-, pero en esos casos Dios es el confesor. ¡Bendito sea!

-Cuando no se está a bordo, hay el consuelo de poderlo llamar. ¿Quieres que mandé por el cura? -preguntó con su buena intención y tosca manera la buena mujer.

-¿Pues qué, voy a morir? -exclamó saliendo bruscamente de su letargo y abriendo de par en par sus negros ojos la niña, mientras un temblor nervioso, apoderándose de ella, agitaba su exhausto cuerpo debajo de las ropas de la cama.

-No, no, puede que no, -dijo apurada la alcaldesa-; pero como te dije antes, todos somos mortales.

-Señor cura, ¿voy a morir? -preguntó con ávida angustia la niña al verlo entrar-, ¡Jesús! ¿Y fatiga mucho el morir, señor cura? ¿No se me puede aliviar? ¿Y D. Juan de Dios?

La alcaldesa salió del cuarto hecha un mar de lágrimas.

¡Qué palabras, qué sentimientos mediaron entre el cura y la agitada moribunda, y sobre todo, qué poder sobrehumano influyó! Todo católico lo sabe y lo adora; pero cuando el cura salió del cuarto, la alcaldesa halló a Lágrimas tan suave como siempre, más tranquila que nunca, y expansiva como si la vida que se iba retirando de las extremidades de su cuerpo refluyese toda a su corazón. Dioles las gracias a todos por lo que la habían cuidado; pidioles perdón por si acaso les había ofendido, y le dio a su tía una cadena de oro que siempre llevaba al cuello con el retrato de su madre. Pidió una cajita con alhajas que tenía, sacó de ella un collar con un medallón de perlas en que estaba su propio retrato cuando niña, lo sacó del medallón, hizo lo mismo con el de su madre, los miró ambos mucho tiempo mientras sus labios recitaban una oración, y por sus mejillas caían dos gruesas lágrimas, y pidiendo un paño húmedo lo pasó por ellos hasta dejar el marfil en blanco, sin decir una sola palabra, porque en aquel corazón tan amante y abandonado de cuantos había amado, y de cuantos debieron amarlo, no había hiel. Ningún rencor sentía contra Reina y Genaro, y sólo deseaba su felicidad.

Así ese ángel dulce acariciaba la flecha que partía su corazón, al contrario de otros que proclaman envenenadas saetas volantes que apenas han rasguñado su epidermis.

Pidió un tintero, y pudo, escribiendo en turbios caracteres trazar estos renglones:

-He recibido tu carta, Reina mía, y te escribo estas cuatro letras antes de morir para desearos a ambos muchas felicidades. Fabián llamaba a las perlas lágrimas del corazón. Ahí te envío ese collar para que alguna vez ellas te recuerden de mí. ¡Adiós! En el lecho de muerte es cuando pega y es dulce esa palabra adiós.

LÁGRIMAS.»



-Decid a mi padre, -dijo cuando hubo acabado-, que deseo se le envíe esa memoria a mi amiga Reina Alocaz.

-Tu padre vendrá pronto, -repuso el alcalde.

-Mi padre no vendrá, -objetó la niña con naturalidad-, tiene mucho que hacer, y está muy lejos.

A la tarde fue administrada, acudiendo todo el devoto pueblo, y asistiendo postrado y llorando a la unión de un ángel y su Dios en la tierra.

Quedó enseguida tan sosegada, que la noche fue más tranquila que otras. Algunas veces hablaba palabras sueltas como en sueños, pero no encerraban sentido, y se le oyó muchas veces decir: ¡voy, madre, voy! Cuando algún golpe de tos o un agudo dolor en el pecho la hacia estremecerse oíasele repetir:

Abrázome con los clavos,
y me reclino en la Cruz,
para que siempre me ampares
¡Dulce Redentor Jesús!


Al siguiente día llegó D. Roque en un vapor.

-¡Hija mía! -exclamó al entrar bruscamente en el cuarto-, ¿qué es esto? Qué ¿tan mala estás? Yo no quiero que te mueras; no, no, no morirás; y aunque fuese preciso traer al protomedicato, y hacerle para que venga un puente de oro. No morirás, no.

-Déjeme Vd. morir, padre, y no lo sienta, -dijo su hija con esa tranquila y dulce conformidad, no de valiente, sino de cristiano-. Dios que es tan bueno lo ha dispuesto así para quitarme de padecimientos. Estoy cansada, y la muerte es el descanso.

-¡Qué no lo sienta! ¡Pues no lo he de sentir aunque te herede! Soy buen padre, quiero a mi hija, no tengo a nadie sino a ti. ¿No ves lo solo que me quedo, y dices que no lo sienta?

-Padre, yo poco os acompañaba, y así creí no sentiríais mi muerte, pero ahora que veo os aflige, siento morirme.

-Mira, hija mía, -dijo D. Roque, que por primera vez en su vida sentía una pena de corazón, cuanto podía sentir aquel corazón en su existencia de pólipo-, mira, hija mía, ponte mejor, y se hará cuanto desees; te llevaré a Sevilla, que te sienta tan bien.

-Ya es tarde, padre.

-¿Y no he hecho cuanto he podido para aliviarte? -dijo el buen padre-, ¿no te traje aquí? ¿No te he dado gusto en dejarte? ¿No tenías confianza en ese D. Juan de Dios?

-Sí, padre, sí, -respondió la suave criatura-, se ha hecho cuanto se ha podido; pero nací débil, y siempre viví padeciendo, sobre todo, desde la catástrofe de la muerte de mi madre.

-Es verdad, es verdad, pero eso de verte morir, ¡tú mi sangre, tú tan joven, tú que habías de heredar tanto dinero! ¡Esto es un dolor! ¡Preciso es que me la curéis, D. Juan de Dios, preciso! Y si no ¿para qué sirven vuestra ciencia y vuestros libros? No repare usted en medios ni en costes, aquí estoy yo para salir a todo.

-Padre, -dijo en queda voz la niña-, ¿qué puede el dinero contra la voluntad de Dios?

-El dinero sirve para todo, hija mía; pues qué ¿te había yo de dejar morir así? No; D. Juan de Dios, disponed, discurrid, vamos, vamos, ¿qué se hace?

-Consolad su espíritu y no lo agitéis, -dijo a media voz el facultativo a D. Roque-; señor, ya no hay remedio, y le quedan pocas horas de vida; no me habéis querido creer.

-¡Y cómo consolar su espíritu! -exclamó agitado Don Roque-, ¿qué quieres, hija mía? -preguntó acercándose a la moribunda-, ¿deseas algo? Pide cuanto quieras; si necesario fuese iría el vapor por ello a Cádiz.

-Sí, señor, -murmuró la pobre niña-, os pediría un favor.

-Di, hija mía, di, -dijo D. Roque con un dolor real, pero seco y despechado.

-Quisiera enviar el collar de perlas y el medallón por memoria a Reina que se casa.

D. Roque hizo un movimiento de impaciencia causado a la vez por su avaricia y su encono contra la Marquesa.

-Si no queréis... -dijo con débil voz la pobre niña.

-Sí, hija, sí, quiero lo que tú quieras.

-Dios se lo pague a Vd., padre. Quisiera, -prosiguió después de tomar aliento la pobre niña-, que vendiese Vd. los zarcillos de brillantes de mi madre y le diese su importe a la pobre Francisca para que no pida limosna.

-Se hará, -dijo D. Roque disimulando mal un movimiento de impaciencia.

-Si os contraria... -murmuró Lágrimas.

-No, no, adelante.

-Vended la sortija que disteis a mi madre cuando os casasteis, y mandad con su importe a clérigos pobres, decir misa por vuestra hija.

-Eso no, -dijo D. Roque, que sostenía a duras penas el papel de dadivoso-, esa sortija se la di yo y debe volver a su dueño; pero pierde cuidado que se te hará un funeral que sonado sea.

-Eso no quiero yo, padre, -dijo la niña agitándose-, ni que se me vista de baile... ni que pongan colorete... ni flores en las manos... quiero bajar a la tierra pálida y triste... como viví... y como pone la muerte... y cruzadas mis manos... rogando a Dios... como lo hago al morir... por ellos... por Vd.... y por mí...

La moribunda estaba tan agitada, que el facultativo se apresuró a administrarle un calmante.

-Otorgadle lo que desea, -murmuró éste al oído de D. Roque, que no sabía dónde dar de cabeza.

-Cuanto has dispuesto se hará, -dijo a su hija.

-Acercaos, padre, suplicó ésta con desfalleciente voz.

El padre acercó su oído a los descoloridos labios de su hija.

-Mi última súplica, -murmuró ésta-, ¡padre, padre, no la desechéis! Perdonad su deuda a Tiburcio.

-Bien, -respondió el padre con el firme propósito de no hacerlo, porque para ese hombre no había nada sagrado, ni la última voluntad de un difunto.

La niña entonces se quedó aletargada. Reinó en el cuarto un hondo silencio, digno precursor de la muerte. D. Roque, con los codos sobre las rodillas, ocultaba su rostro entre sus manos, y sólo se movían sus labios para pronunciar de quedo alguna imprecación. La alcaldesa lloraba, el alcalde estaba anonadado, el cura oraba y el médico observaba la aletargada niña.

De repente una queda y débil voz interrumpió el silencio, cantando suavemente como un arpa eoliana al soplo de la muerte:


Que les tengo perdonado,
¡que es tan dulce perdonar!


Despedazaba el alma este infantil canto de cisne en aquella boca que iba a quedar muda para siempre.

-¡Mi hija canta! -exclamó D. Roque.

-Vuestra hija delira, -respondió el médico-; acercaos, señor cura.

El cura se acercó y se puso a auxiliar a la moribunda.

-¡Hija mía! -exclamó D. Roque precipitándose hacia la cama.

Solo oyó estas quedas palabras, con las que ese ángel mártir dio su alma a Dios, cual lo hizo su madre.

Abrázome con los clavos,
y me reclino en la Cruz,
para que siempre me ampares
¡Dulce Redentor Jesús!


A los ocho días se celebraron en Sevilla las lucidas bodas de las dos primas, la brillante y hermosa Reina Alocaz y la linda y alegre Flora de Osorio.

A los ocho días, D. Roque bullía más que nunca en un caos de negocios, y deploraba el perjuicio que algunos días de ausencia le habían acarreado. El mismo día se veía en la playa de Villamar, agitada y avivada por la recia brisa de la mar, una gran hoguera, en la que la prudente alcaldesa, con previa autorización de D. Roque, quemaba la cama, los muebles, las ropas de la pobre niña, que murió hética. ¡Nada quedó de ella ni aun la memoria!



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