La Alpujarra:10

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La Alpujarra
Primera parte: Capítulo 10



El Puente de Tablate.- Llegada a la Venta.- ¡A caballo! -Lanjarón.- Adiós al mundo[editar]

Al sonar las Ave Marías; esto es, a las doce en punto, salimos de aquel deleitoso pueblo, último de la carretera para nosotros.

El terreno se angostó al poco rato, formando una profunda garganta, y minutos después pasamos el imponente y sombrío Puente de Tablate, cuyo único, brevísimo ojo, tiene nada menos que ciento cincuenta pies de profundidad.

El Tablate, más que río, es un impetuoso torrente que se precipita de la Sierra en el río Grande, abriendo un hondísimo tajo vertical, tan pintoresco como horrible.

Aquella cortadura del único camino medio transitable que conduce a la Alpujarra es una de las principales defensas de este país, su llave estratégica, el foso de aquel ingente castillo de montañas.

Así es que con este foso acontece lo que con el llano de Las Navas de Tolosa, lo que con el Guadalquivir por la parte de Alcolea, lo que con el paso de Roncesvalles y demás campos de batalla repetidamente históricos: que se han dado y habrán de darse en lo sucesivo muchas acciones cerca de él y subordinándose siempre el plan de campaña al perpetuo fenómeno topográfico.

Ya dije más atrás que la Historia es esclava de la Geografía.

Ha habido, pues, muchos Puentes de Tablate, quemados unos, volados otros, y todos cubiertos de sangre de fenicios, cartagineses, romanos, godos, árabes, moriscos, austriacos o franceses, y, por supuesto, de españoles de todos los siglos.

Circunscribiéndome al período histórico de que más suelo ocuparme en esta obra, pudiera citar varios hechos de armas ocurridos a los dos lados de aquella sima; pero me limitaré a recordaros uno sólo; verdaderamente interesante.


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El 10 de Enero de 1569: es decir, diez y siete días después de la elección de ABEN-HUMEYA; hallándose ya éste en el corazón de la Alpujarra, y alzada en su favor la mitad del Reino granadino, el MARQUÉS DE MONDÉJAR, que había salido de la capital en busca de los insurgentes, con una división de dos mil infantes y cuatrocientos caballos, llegó a la vista del Puente de Tablate...

«Los rebeldes (dice un historiador), en número de tres mil quinientos, capitaneados por GIRÓN DE ARCHIDONA, por ANACOZ y el RENDATI se habían atrincherado en la cuesta y colinas que dominan por la parte de Lanjarón, y cortado el Puente de Tablate, que facilita el paso de un barranco profundísimo. El MARQUÉS llevaba ordenada su gente en batallones y protegida por una manga de arcabuceros y una vanguardia de corredores.

»Al llegar a los visos inmediatos al Puente, se divisaron las partidas moriscas, formadas bajo banderas blancas y coloradas, con ánimo de defender el paso. El MARQUÉS se adelantó con los arcabuceros y rompió el fuego, que fue contestado; pero como los arcabuces cristianos hiciesen estrago en los enemigos cedieron éstos y se alejaron algún trecho, en la persuasión de que era imposible pasar por el puente desbaratado.

»Dio ejemplo a los soldados y terror a los moriscos un fraile francisco, llamado FRAY CRISTÓBAL MOLINA, el cual, con un crucifijo en la mano izquierda, una espada en la derecha, los hábitos cogidos en la cinta y una rodela a la espalda, llegó al paso, se apoyó en un madero, saltó, y, cuando todos esperaban verle caer, se admiraron de contemplarle salvo en la orilla opuesta.

»Siguiéronle dos soldados animosos: uno cayó y murió en lo hondo: el otro fue más afortunado. Recompusieron éstos los maderos al abrigo del fuego de los arcabuceros; facilitaron el paso a otros, y, últimamente, rechazados los moros, y consolidado el puente con tablones y piedras, pasó toda la división con caballos, carros y artillería, y se alojó en Tablate. El MARQUÉS peleó como soldado en primera línea, y, a no haber sido por la fortaleza de su coraza, que le aplastó una bala, hubiera perecido.»


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En cuanto a nosotros, pocos momentos después de pasar, sin peligro alguno, el Puente de Tablate, tuvimos también la dicha de llegar sanos y salvos a la Venta del mismo nombre.

Esta Venta, llamada además de Luis Padilla (no sé si por referencia a su fundador, a su propietario o a su inquilino), ocupa una posición tan estratégica, bajo el punto de vista hostelero, como el Puente bajo el punto de vista militar.

Aquel paraje es un foco de caminos (un fondac, que dirían los moros), donde se cruzan todos los días los viajeros y trajinantes de la costa, los de Granada, los del valle y los alpujarreños.

Para la Alpujarra, sobre todo, la tal Venta es, ya que no su puerta, una especie de aduana o portazgo avanzado sobre las vías oficiales de los hombres.

De allí arranca la senda de lo desconocido.

En prueba de ello, la Diligencia, no bien nos dejó en tierra, siguió adelante hacia el Sur, para bajar como despeñada al Mediterráneo, mientras que nuestro camino amarilleaba hacia el Oriente, al modo de una flotante cinta, y desaparecía luego entre las montañas en busca de Lanjarón...

Pero entremos en la Venta.

¡Líbreme Dios de describirla! ¿Quién habla de ventas después de haber leído el Quijote? ¿Qué pintor se atrevería a tratar de nuevo los asuntos pintados por Velázquez?

Sólo os diré que allí encontramos a nuestros respectivos escuderos (granadinos del Albaicin... de pura raza); que éstos nos tenían ensillados los caballos, antiguos conocidos nuestros; que el almuerzo nos aguardaba sobre la mesa, gracias a nuestra previsión, y que almorzamos (a la navaja, por supuesto) como se almuerza a la una de la tarde, cuando se está viajando desde las ocho de la mañana.

En tan grata operación nos hallábamos (si ustedes gustan, lectores, se mejorará), cuando llegó en busca nuestra, para introducirnos en la Alpujarra (y procedente de aquel florido lugar de Pinos del Valle que nos había parecido a lo lejos un nido de amores), el primero de los distinguidos alpujarreños que habíamos de tener el honor de conocer en nuestra expedición.

Éste era un ilustrado y amabilísimo joven, tan bizarro como discreto, a quien no tardamos en querer muy de veras...

Reciba, pues, el afectuoso saludo que le dirijo en estos renglones... y la paz, que dicen en la Morería.


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A las dos en punto montamos a caballo.

¡Oh delicia! -¡Ya estaba bueno!

Disimuladme este ex abrupto. Es como una reminiscencia de la especie de resurrección que sentí entonces. Es un testimonio de agradecimiento y cariño al más ilustre de los animales. Es una debilidad disculpable en un convaleciente. Es una vaciedad más del presente libro, -que en nada puede perjudicaros.

Pero, ya que he entrado en materia, elevaré la cuestión y diré que a los simples mortales nos sucede lo contrario que a Anteo. Anteo recobraba su vigor cuando tocaba con los pies en la tierra, y nosotros solemos recobrar la salud y la alegría tan luego como nos vemos a caballo, con la ascética soledad de los montes a nuestra disposición...

Y no es aquello de


¡Un caballo! ¡Un caballo y campo abierto...
y déjame frenético correr!...


que dice a gritos el Adam de El Diablo Mundo...

No. Ya no siente nadie la superabundancia de vida del héroe de Espronceda, ni necesidad, como él, de desbravar su alma...

Es pura y simplemente que, al poner el pie en el estribo, parécenos que reivindicamos nuestra libertad, como el pájaro que se evade de su jaula.

¡Ah! No lo dudéis: el hombre nació para centauro, y, por consiguiente, el caballo es su complemento providencial.

En equivalencia, el hombre es el complemento del caballo.

Y, si no, decidme: -prescindiendo de la cuestión estética, -¿comprendéis a este noble animal sin un jinete encima? ¿No os parece un ser miserable, como el hotentote sin religión, ropa ni ley? ¿No habéis reparado en la ufanía con que lleva el caballo al caballero, una vez ajustado entre ellos el consorcio, o sea el tratado ofensivo y defensivo? ¿Habéis visto un corcel en la guerra, en la entrada triunfal de un héroe, o pasando por la calle donde vive la novia del jinete... es decir, de su asociado? -En los tres casos diríase que el engreído cuadrúpedo procede por cuenta propia.

[...]

Resultado de todo: que partimos...

Pero ¡con qué emoción! ¡con qué júbilo! ¡con qué entusiasmo!

¡Baste decir que estábamos a media hora de Lanjarón, y a tres cuartos de hora de la Alpujarra!...

Arrancamos, pues, al galope.


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La legua que hay entre el Puente de Tablate y Lanjarón tiene todavía honores de camino carretero; y no sólo los honores, sino también el ejercicio, puesto que la recorre todos los días, a saltos mortales, un coche especial, que sale de Granada con tan azarosa predestinación. De un modo o de otro, aquel camino se esconde desde luego entre los enormes y adustos contrafuertes de la gran Sierra, como si todo estuviese ya consumado; como si ya hubiera concluido el Valle de Lecrin; como si no debieran reaparecer los horizontes del... siglo; como si ya hubierais tomado el hábito de alpujarreño...

Sin embargo, hay momentos en que se notan indicios de que aún falta que ver algo relacionado con las profanas alegrías que se han dejado atrás. Adivínase (apuremos la anterior metáfora) que aún se tiene que pasar por aquella simbólica ostentación de las glorias de la vida y de los bienes terrenales que precede a la fúnebre ceremonia de ciertos votos monásticos.

Todo esto quiere decir que de vez en cuando encontrábamos en el camino largos convoyes de naranjas y limones, procedentes de aquella presunta austera soledad, -mientras que, a la puerta de tal o cual cabaña o cortijo, alzábanse, al lado de carros vacíos, altísimas pirámides... de más limones y más naranjas.

El criadero debía, pues, de estar muy cerca.

¡No estaba lejos! Repentinamente, -como cuando, al acabar una brillante sinfonía, después de una pausa o de un pianissimo, estalla de nuevo la interrumpida stretta finale, y el imponente tutti del graduado crescendo llega al fortissimo y al strepitosso, semejando una tempestad de armonía; -así, pero no así, sino de un modo más sorprendente, que diría un poeta épico; -al revolver de una loma; al esquivar un viso; cuando menos lo esperábamos... apareció a nuestros ojos Lanjarón.


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¡Alto y parada! -y procuremos enumerar ordenadamente, aunque sin echar pie a tierra, todos los prodigios que resume esta palabra «Lanjarón», célebre en el mundo por la hermosura, fecundidad y riqueza del edén que lleva tal nombre y por la virtud de las aguas que allí se toman.

Vamos por partes.

Ante todo, descartemos los datos históricos y estadísticos, como muy ajenos al cuadro que me propongo bosquejar.

Por fortuna, mis datos estadísticos se reducen a lo siguiente.- Lanjarón encierra 2872 almas, número que se duplica en las temporadas de aguas y baños con los enfermos que acuden de toda la Península en busca de sus fuentes medicinales, particularmente de una magnesiana y de otra acídula ferruginosa, que son las que tienen más nombre.

Comentario:

«El hígado es el lazareto de la bilis», ha dicho lord Byron: es así que las aguas de Lanjarón son prodigiosas contra las afecciones hepáticas; luego Lanjarón es el antídoto de la tristeza, y hubiera bastado por sí solo a darle al Valle su nombre de Valle de la Alegría.

(Para comprender toda la lógica del anterior argumento es preciso ser muy melancólico).

En cuanto a la historia de Lanjarón, está como resumida en dos hechos... que no desmerecen entre sí, y que siempre debieran publicarse como yo los voy a publicar, -el uno detrás del otro.


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El Viernes 8 de Marzo de 1500, durante la primera rebelión de los entonces recién conquistados granadinos, el mismo FERNANDO EL CATÓLICO atacó el Castillo de Lanjarón, defendido por un terrible y célebre capitán negro, quien tenía a sus órdenes nada menos que trescientos musulmanes escogidos.

Los cristianos, con un denuedo heroico, asaltaron el Fuerte bajo una lluvia de balas y saetas, obligando a entregarse a toda la guarnición; pero el capitán negro, por no rendirse, se arrojó desde lo alto de una torre, y murió.

«Con esto (dice un cronista), y con la voladura de la mezquita, de Lanjarón, llena de rebeldes, se sometieron todos, y fueron bautizados»...

Primer hecho.


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Segundo hecho:

Era el 28 de Diciembre de 1568, o sea el día siguiente al de la proclamación de ABEN-HUMEYA en Béznar...

Pero oigamos a Luis del Mármol:

«Luego como en Lanjarón (dice) se entendió el desasosiego de los moriscos, el licenciado Espinosa y el bachiller Juan Bautista, Beneficiados de aquella Iglesia, y Miguel de Morales, su Sacristán, y hasta diez y seis cristianos, se metieron en la Iglesia; y llegando ABEN-FARAG les mandó poner fuego, y el Beneficiado Juan Bautista se descolgó por una pleita de esparto, y se entregó luego al tirano, el cual le hizo matar a cuchilladas, y prosiguiendo en el fuego de la Iglesia la quemó, y se hundió sobre los que estaban dentro. Y haciéndolos sacar de debajo de las ruinas, los hizo llevar al campo, y allí no se hartaban de dar cuchilladas en los cuerpos muertos: tanta era la ira que tenían contra el nombre cristiano.»


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Con que soltemos ya la pluma y cojamos los pinceles. Dejemos a los hombres, y contemplemos a la Madre Naturaleza. Olvidemos las enfermedades físicas y morales que recuerda esa villa, y digamos todas las excelencias del cuadro que acababa de aparecer a nuestros ojos.

En primer lugar, descubrir a Lanjarón implicaba haber descubierto ya también el que tantas veces hemos llamado «revés de Sierra Nevada». No de toda la Sierra ciertamente...; pero sí de una de sus cúspides más importantes, de la segunda en categoría, de la más popular acaso; del Picacho de Veleta, en fin, heredero inmediato de la corona del Mulhacén.

En efecto: estábamos, por la banda del Sur, al pie del afortunado monte a cuyo lado opuesto habíamos dejado a Granada hacía pocas horas... ¡Sólo que allá el galante coloso se eleva gradualmente sobre la hechicera ciudad, merced a una serie de transacciones con la llanura, mientras que en Lanjarón lo veíamos levantarse sobre nosotros casi verticalmente, áspero, altivo, abrumador, en toda la plenitud de su tiránica potestad!

Enterados de esto, imaginaos ahora las siguientes maravillas, acumuladas una sobre otra, como una edificación de titanes, desde la hondura del Valle de Lecrin hasta la región que rara vez logran escalar las nubes.

Poned en todo lo alto, destacándose en la inmensidad del cielo, a doce mil seiscientos ochenta pies de elevación, un disforme y atrevido cono de intacta nieve.- Es el Picacho, el elegante califa de la Sierra, feudatario del inaccesible Gran Señor de aquel imperio.

Debajo del cono de nieve, colocad, aunque no las veáis, una meseta y unas hondonadas interiores, donde hay misteriosas lagunas, nacimientos de grandes ríos y resguardados ventisqueros.- Todo aquello es el famoso Corral del Veleta.

Desgajad de esa especie de plataforma otro monte, o sea un nuevo cuerpo de tan inconmensurable edificio.- Es Cerro Caballo, magnate del susodicho califato, cubierto también de nieve ante el rey.

Suponed, por último, en medio de este monte una segunda meseta, donde se encuentran mármoles parecidos al ámbar y al nácar, el llamado jaspe verde de Granada (que no es otro que la serpentina) y todos los tesoros que enumeráremos más despacio cuando estudiemos a fondo la próvida Cordillera...- De aquella segunda plataforma arranca el Cerro patrimonial de Lanjarón.

Este Cerro, loma o estribo, que todavía principia donde nunca ha reinado la primavera, y termina, debajo de nosotros, donde nunca ha reinado el invierno, no tiene tal vez igual en el mundo. Él solo, independientemente de la inmensa estratificación que acabamos de reseñar, ofrece el aspecto de una ciclópea torre de pisos, por el estilo de esas torres de Babel que se atreven a dibujarnos los ilustradores de la Biblia; o, más bien, simula un descomunal anfiteatro convexo, más alto que ancho, en cuyas gradas ha escalonado la Naturaleza una prodigiosa exposición de todo el reino vegetal.

Allá arriba, donde un perpetuo frío achica los robles, las encinas y los castaños, se crían el liquen del Spitzberg, la sablina de Noruega, el quebrantapiedras de Groenlandia y los sauces herbáceos de Laponia. Más abajo, donde los castaños y las encinas se agrandan, y aparecen ya los cerezos y manzanos silvestres, con los tejos, el boj, los aceres y los alisos, prodúcense la salvia, una manzanilla especial, la mejorana, el ajenjo, y otras plantas aromáticas y alpinas. Luego siguen los morales, los fresnos y las higueras: después los olivos, las vides y los granados: a continuación los naranjos y los limoneros; y, por último, la africana pita, la higuera chumba, el plátano de América y la palmera de los desiertos de Arabia.- Añadid a esto, en ordenada progresión, todos los demás frutales, flores, semillas y cereales de las tres zonas en que se divide la Tierra, pues de ninguno falta allí un ejemplar, y formaréis una leve idea de la riqueza de aquel vergel, tan curioso como productivo.

Pues ¿qué diré de su hermosura?

Contábannos allí (y harto lo adivinábamos nosotros) que cuando dos meses después, en mayo, tienen pámpanos todas las vides y hojas todos los árboles (hasta aquéllos que vegetan en las eternas nieves), Lanjarón es un sueño de poetas...

Lo que yo puedo asegurar es que, en marzo, cuando lo vimos nosotros, parecía un verdadero paraíso; pues, en la base del cerro, todo era ya verdor, y hasta fruto; en su cumbre, abundaban aquellos árboles que no pierden sus hojas en el invierno; y, en la parte intermedia, los almendros, los guindos, los cerezos, los perales y los durasnos, si no tenían hojas, tenían algo mejor: tenían flores, -ora cándidas, ora rosadas, ora bermejas, asemejándose a esos árboles fantásticos que creemos inverosimilitudes de la escenografía.- Combinad ahora todo esto con infinidad de espumosas cascadas, con las pintas rojas de las naranjas o las amarillas de los limones, con los vistosos matices de las piedras, con el blanco de la nieve y con el azul del cielo; agregad, en primer término, las bruscas líneas de las casas, la torre de la iglesia y el humo de los hogares, sirviendo como de alma humana a aquel portentoso conjunto; figuraos, en fin, al sol y a la sombra, con sus poéticos pinceles, armonizando colores, dulcificando tintas y estableciendo el pintoresco claroscuro de una composición tan prodigiosa, y tendréis otra leve idea del arrebatador espectáculo que había aparecido ante nuestros ojos.

Podía decirse que aquello era una fusión de las cuatro Estaciones, la síntesis del Valle y de la Alpujarra, un resumen de todas las maravillas de la Madre Sierra, la compendiosa sinfonía de todo nuestro viaje...

Y otras muchas cosas más podían decirse; pero nosotros dimos aquí punto a nuestra contemplación, pues nos devoraba la impaciencia por seguir marchando...

¡Cómo no... si ya estábamos a pocos minutos de la Alpujarra!


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Fuera ya de Lanjarón, ganamos de una trotada cierto célebre viso, que siento no tenga nombre propio, desde el cual se disfruta la más recomendada vista de aquel delicioso pueblo y se descubre también (por la vez postrera) todo el ameno Valle de Lecrin...

Pero nosotros no teníamos ya ojos, ni tranquilidad, ni tiempo para contemplar con la delectación que se merece aquella extensa y radiante perspectiva; sino para darle, cuando más, un rápido y solemne adiós; para saludar en ella el último asomo del mundo que íbamos a dejar; para despedirnos de los horizontes conocidos, y ver de llamar luego nuestro espíritu a sí propio, a fin de entrar con el debido recogimiento en el horizonte inexplorado, en la tierra misteriosa, en la región de aquellos sueños y curiosidades que enumeré al comienzo de este libro...

Porque (¡loor a Dios, que es digno de loores!) iba a llegar el momento presentido: del lado allá de la altura en que nos despedíamos del Valle... principiaba la Alpujarra: dejar de ver una comarca y empezar a ver la otra, sería una cosa misma: bajar la cuesta, distante pocos pasos, que se encuentra al reverso de aquella loma, equivaldría, en fin, a penetrar en la inexpugnable ciudadela de ABEN-HUMEYA y ABEN-ABOO, en el amurallado imperio de Sierra Nevada, en los dominios de la leyenda y de la poesía, en el escenario de las lúgubres tragedias humanas y de las terribles convulsiones geológicas, en el palenque de las catástrofes y los cataclismos.

La escabrosa senda en que habíamos entrado (los caminos de ruedas habían concluido ya definitivamente) parecía, pues, un largo rótulo, trazado sobre aquella crítica eminencia, y que en el rótulo se leía tal o cual imitación del más conocido... digo, del más citado terceto de Dante:


Per me si va [...]
Per me si va [...]
Per me si va [...]


Colocando iba yo mentalmente hemistiquios de mi cosecha en lugar de estos puntos suspensivos, cuando dio una repentina vuelta el sendero, y Lanjarón y el Valle desaparecieron a nuestros ojos.

Estábamos en la Alpujarra.


FIN DE LA PRIMERA PARTE