La Alpujarra:11

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La Alpujarra
Segunda parte: Capítulo 1


Segunda parte
La Taha de Órgiva


I - Lo que hay donde no hay nada[editar]

Delante de nosotros había una reducida cañada, inculta y melancólica, sin más vestigio humano que una ondulante vereda, -la cual bajaba a lo hondo, se remontaba luego a la loma de enfrente, y desaparecía en busca de otra cañada y de otra loma.

La segunda cañada estaba tan sola como la primera. Quiero decir que su absoluta soledad excluía hasta la presencia, más o menos remota, de otras montañas u otro cielo que el cielo y las montañas de su limitadísimo horizonte.- Era aquello de «a solas, sin testigos», que dice Fray Luis de León.- Era una soledad sin esperanza, o sea sin perspectivas del mundo.

Aquellas cañadas, y otras que recorrimos sucesivamente; todas olvidadas o desatendidas por la industria del hombre, -a tal punto que sus mismos propietarios ignorarían si eran suyas o ajenas o del común de vecinos de Lanjarón (pues todo tiene dueño en Europa, -lo cual no acontece en el Desierto de Sahara, granja-modelo que se proponen copiar entre nosotros los novísimos filósofos del más ilustrado de los siglos-); aquellas cañadas, vuelvo a decir, encerraban, sin embargo, sus moradores especiales, y hasta su rústico reyezuelo, unos y otro libres de toda fiscalización política, estadística o geográfica.

Sus moradores eran: primero: algunos pájaros que piaban acá o acullá, como dándonos el ¡quién vive!; segundo: varios pobres matorrales que se habían establecido en aquel terreno; y tercero: tal o cual florecilla silvestre que, sabedora sin duda de que ya había mediado marzo, abría allí los ojos a la luz del sol, constituyendo por sí sola una primavera en miniatura, como aquellos Alcaldes pedáneos que hacen en su cortijada el pronunciamiento prevenido en el Boletín oficial.

En cuanto al reyezuelo de cada uno de los mencionados parajes, era un arroyillo de agua cristalina, que charlaba si había que charlar con todas las guijas que encontraba a su paso; reía si había que reír con la menuda arena, y se alejaba triscando como un bendito, ignorante, por lo visto, el desgraciado de que moriría de consunción, como todos sus antecesores, no bien llegase la Canícula.

Estos arroyuelos anónimos; aquellos arbustos, no incluídos en el catastro; aquellas flores extraoficiales; aquellos pájaros que no tenían ni la más remota idea de una escopeta o de una jaula, y las innumerables hordas de insectos que ya empezaban a romper sus crisálidas y a invadir el aire (como aquellas razas del Norte o del Sur que alternativamente hicieron su irrupción internacional en nuestra patria Historia, brotando del hielo o de la arena); toda aquella población, en fin, de cada solitario pliegue de tierra que recorríamos... hacíanos pensar a cada instante en el fragoso país de las Batuecas, -cuyos antisociales moradores pasaron tantos siglos, al decir del vulgo, en el centro mismo de España, sin que nadie sospechase su existencia ni la de sus escondidos valles, y sin pagar contribución ni entrar en quintas.

Pero por mucho que nuestra pendenciera fantasía se empeñase en animar y poblar aquellas desiertas cañadas, lo cierto es que estaban solas, y que transmitían a nuestra alma la paz y la quietud de los recintos inhabitados, de los parques sin cazadores, de las iglesias sin gente, de nuestra casa en los días de adversidad política, de un coliseo sin público ni gladiadores, o de un monasterio por el estilo del que dio hospitalidad al cantor de Beatriz, cuando erraba por el mundo cercando la pace.


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¡Oh! Sí: en la carencia de lontananza de aquellos breves horizontes; en el alto silencio que allí reinaba; en la religiosa austeridad que respiran siempre los países montuosos; en aquella ausencia de toda relación con la vida social, había, en efecto, algo del claustro.

Figurábasenos, pues, que recorríamos la planta baja de un convento campestre a la hora de la siesta. El aislado y sonoro murmullo de los arroyuelos recordaba el sempiterno monólogo del caño de agua que cae allá sobre amplias y repletas tazas de mármol, amenizando con su son el sosiego de patios y crujías. El olor del espliego, del heno y del tomillo suplía por la tufarada de incienso que transciende de la iglesia a toda la santa casa. Píos de aves tampoco faltan jamás ni en los cinamomos del patio de una cartuja, ni en los frutales de su huerta, ni en los cipreses de su cementerio...

La ilusión era completa; y yo no podré olvidar nunca la benéfica tranquilidad que experimenté aquella tarde en un terreno al parecer tan ingrato y fastidioso como el que sirve de compás o de atrio a la Alpujarra.


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Ni se crea que he incurrido en contradicción al hablar simultáneamente del silencio de tales sitios y de canto de pájaros y de susurro de agua...

El silencio verdadero no está a merced de los fenómenos que se atreven a turbarlo, sino que es un estado inmanente y esencial de ciertos lugares y determinados momentos. El silencio reside o no reside en el fondo de ésta o aquella situación. Cabalmente, cuando no hay silencio, no se oye nada; a lo menos, de una manera distinta; y, cuando lo hay, por profundo que sea, se oye siempre algo; el vuelo del insecto, el llanto del agua, el beso del aire en la hoja, el latido de vuestro propio corazón.- ¡Cuántas cosas se oyen de noche! ¡Cuántas no se oyen de día!

Pues lo mismo digo de la ciudad y del campo.- Y es que de día, o en la ciudad, los sonidos se destacan sobre el fondo del ruido, y de noche, o en el campo, sobre el fondo del silencio.

Entonces también; cuando todos callan y todo habla, percibe el hombre, si quiere (y esto es lo más importante de mi peroración), tenues voces que bajan de la excelsitud de su espíritu o se alzan de los abismos de su conciencia... ¡Entonces oye, dentro de sí, a poco que escuche, las tácitas bendiciones de su agradecimiento; el gemido apagado de sus recuerdos juveniles; el cuchicheo de los celos, de la sospecha o de la duda; el blando aliento de la esperanza; el vuelo remoto de los amores que se fueron; el roer de las deudas; los pasos de la muerte (más cercanos cada día); el tartamudeo de los remordimientos; la confidencia misteriosa de la Gracia; los ayes de sus víctimas; los suspiros de los menesterosos; el clamor de la opinión; los encargos de los que murieron, y sobre todo, aquella gran voz, cuyos ecos llenan el mundo, denominada ¡Voz de lo Alto!


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Por lo demás, a mí no se me oculta hoy que casi todo lo que encontrábamos de particular en aquellas primeras lomas y arroyadas de la Alpujarra procedía principalmente de la circunstancia de haber montado ya a caballo.

La prueba es que en el Valle de Lecrin habíamos pasado por lugares muy parecidos, sin reparar en ellos.

¡El ruido del coche y su inflexible marcha nos habían impedido allí entrar en íntimas relaciones con la soledad, y merecer, como ya merecíamos, toda la confianza de la Naturaleza!

Y es que, como dije anteriormente, el caballo nos da la independencia y la libertad al darnos la fuerza: aíslase uno fácilmente con ayuda de él; quédase atrás, o echa delante de la caravana, según le acomoda; apártase del sendero; sube a la cima; desciende a los barrancos; registra todas las fases de las peñas; párase ante los arroyos para verlos correr, ante las aves para oírlas cantar, ante las flores para contemplarlas enamorado... ¡Es uno, en fin, rey del mundo! -Tiene alas.

Volemos, pues; y tratemos de llegar temprano a Órgiva, -término de nuestra jornada de hoy.