La Alpujarra:13

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La Alpujarra
Segunda parte: Capítulo 3



- III - ¿Cuál es la etimología de la palabra Alpujarra? -¿Se debe decir La Alpujarra, o Las Alpujarras? -¿Cuáles son los verdaderos límites de esta región? -Historia antigua.- Geografía moderna[editar]

Discordes andan historiadores y orientalistas acerca del origen y significación de la palabra Alpujarra.

(Creo que este es el tono en que se suele hablar de antigüedades... Pero yo no puedo insistir en él: estoy muy de prisa.- Resumiré, pues, desde luego.)

PRIMERA OPINIÓN.- Según Luis del Mármol, Alpujarra proviene de la voz árabe abuxarra, que él traduce: la rencillosa, la pendenciera.

SEGUNDA OPINIÓN.- D. Miguel Lafuente Alcántara dice lo mismo, como si lo copiara reverentemente, permitiéndose tan sólo traducir indomable en lugar de rencillosa, y conservando lo de pendenciera.

FUNDAMENTO DE ESTAS DOS OPINIONES.- Todos los cronistas antiguos están contestes, principiando por el historiador musulmán Aben-Ragid, en que los Agarenos no lograron dominar las fragosidades alpujarreñas ni reducir a los cristianos que allí vivían, sino pasados siglos de la batalla de Guadalete y de la ocupación de casi toda la Península por las legiones Africanas y Asiáticas. Y, aún después; si éstas penetraron y reinaron en la Alpujarra, fue por la buena y a condición de tolerar la Religión del Crucificado, cuyo culto siguió, en efecto, siendo libre durante otros dos o tres siglos, hasta que poco a poco, y sin violencia alguna, los más absorbieron a los menos, o los menos se refundieron en los más, al punto de no quedar un solo alpujarreño que se acordase de la fe de sus mayores.- Creen, pues, Mármol y Lafuente Alcántara que los calificativos de rencillosa, pendenciera e indomable le venían como de molde a aquella región en los tiempos en que los moros tuvieron la primera idea de ella.

IMPUGNACIÓN DE TODO LO DICHO.- Es, sin embargo, muy de extrañar que el mismo Aben-Ragid, relator de esos hechos, nunca llame a la Alpujarra sino la Tierra del Sirgo (por la mucha seda que en ella se criaba); y sorprende aún más, que, después de haber publicado Mármol la citada versión, otros filólogos e historiadores hayan continuado poniendo en tela de juicio la verdadera significación del nombre que hoy lleva aquel territorio.

Romey y Mr. Sacy, por ejemplo (TERCERA OPINIÓN), se fijan en que Suar-el-Kaici y otros revoltosos de la Andalucía oriental levantaron por las Serranías de Granada algunas fortificaciones llamadas Al-Bord-jela, (Castillo de los Aliados), y creen que de este nombre vino a formarse el de Alpujarras.

En cambio (CUARTA OPINIÓN), Xerif Aledrix y nuestro insigne Conde aseguran por otro lado que Alpujarra vale tanto como Al-bugscharra, voz árabe que se interpreta Sierra de hierba o de pastos.

Finalmente, el ilustrado orientalista y literato de nuestros días, Sr. Simonet, dice (QUINTA OPINIÓN) que no le parece buena ninguna de las traducciones que conoce de Albuxarrat (que, según él, era como verdaderamente llamaban los moros a aquella Serranía), y aventura la idea de si podrá traducirse Alba Sierra, aunque añade modestísimamente a renglón seguido que está muy lejos de creer haber acertado más que los otros.

Ahora... el que leyere, si alguien me está leyendo, puede escoger, entre esas cinco, la opinión que más le guste o le convenga.

Yo no escojo ninguna... por la sencilla razón de que no sé el árabe.


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En lo que, a pesar mío, no puedo abstenerme de dar un humilde dictamen (o, por mejor decir, he tenido que darlo anticipadamente, al ponerle título a esta obra), es respecto de si debe escribirse La Alpujarra o Las Alpujarras.

Como habéis visto, precisado a elegir entre uno y otro número, he optado por el singular; pero debo confesaros que no ha sido sin pasar antes por angustiosas vacilaciones.

Figuraos que el plural tenía en su abono estos antecedentes:

Primero: El empleo que hacen de él varios autores antiguos y modernos siempre que hablan de aquel país;

Segundo: El usarlo en la conversación bastantes gentes, bien que fuera de Andalucía;

Y tercero, y mucho más importante: La autoridad de la Academia Española, que define así, en su Diccionario de la Lengua Castellana, la voz ALPUJARREÑO, ÑA: «Adj. que se aplica al natural de Las Alpujarras, y a lo perteneciente a ellas».

Había, pues, harto motivo para decidirse por el plural, -y ya lo había usado yo mismo en cierta ocasión, obligado por la fuerza del consonante...

Sin embargo, hacíaseme cuesta arriba escribir Alpujarras al frente de este libro y en la mayor parte de sus hojas, cuando toda mi vida había dicho y oído decir La Alpujarra; y como me pusiera a excogitar razones para mantenerme dentro de mi dulce rutina (¡qué rutina no es dulce en estos tiempos de tantas dislocaciones y extravíos!), encontré en apoyo del singular los tres fundamentos siguientes:

Primero: Que Hurtado de Mendoza, Mármol, Lafuente Alcántara y otros escritores de muchas humanidades y escrupulosa conciencia, en sus Historias relativas a aquella región, la llaman siempre La Alpujarra;

Segundo: Que del propio modo la mientan constantemente casi todos los naturales de la provincia de Granada, empezando por los de su culta capital;

Y tercero, y principalísimo: Que así la nombran los mismos alpujarreños.

Perdone, pues, la Academia, solícita guardadora del habla de nuestros padres, si yo, en caso tan dudoso, y por razones de querencia a lo tradicional, me he apartado, a sabiendas, de la respetable norma de su Diccionario; y crea aquella docta corporación (a que siento no pertenecer) que de manera alguna me hubiera lanzado a tal temeridad, si no contara en todo evento con que la indulgencia es compañera inseparable de la sabiduría.

Por lo demás, comprenderéis que a mí me importa un bledo que la Alpujarra se llame de este o del otro modo; -pues, como dice muy oportunamente la Julieta de Shakespeare: «Lo que llamamos rosa embalsamaría lo mismo el aire si tuviera cualquier otro nombre.»


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También hay varias opiniones acerca de los límites de la Alpujarra; pero en este punto la verdad y el error son más evidentes a mi juicio, y más fáciles, por tanto, de separar.

No sé quién sería el primero (tal vez Méndez de Silva) que escribió la peregrina especie de que «la Alpujarra, mide diez y siete leguas de longitud desde Motril a Almería, por once de anchura, desde Sierra Nevada al mar»...- Fuera quien fuese, este deslinde tuvo la fortuna de que lo copiasen al pie de la letra muchos graves autores, y hoy sigue dando la vuelta al mundo, en Diccionarios geográficos, Enciclopedias, Guías, y toda clase de itinerarios pintorescos, como una verdad de a folio.

Sin embargo, nada más inexacto y absurdo que semejante afirmación. La prueba es que los mismos historiadores del siglo XVI, que la transcriben a cierraojos, distinguen luego entre Tierra de Motril, Alpujarra y Tierra, o río de Almería, presentando cada región por separado como cosas muy diferentes. Y, por si esto no bastara, esos mismísimos historiadores, al describir en otros pasajes la comarca alpujarreña, la dividen en las tahas o distritos que contenían, resultando de sus propios datos que no abarcaba, ni con mucho, las vertientes orientales de Sierra de Gádor ni las occidentales de Sierra de Lújar. Por último: ningún motrileño ni almeriense (exceptuando a los nacidos en la banda occidental de Sierra de Gádor: que tienen razón en creerse alpujarreños), se ha considerado jamás a sí propio como hijo de la Alpujarra.- Y a confesión de parte...

Desechados con tan incontestables razones los datos erróneos del geógrafo mencionado, o del que lo engañase a él, voy a ver de fijar ahora los linderos exactos de la Alpujarra, con arreglo a los antecedentes históricos, a la opinión de ilustradísimas personas de aquel país y a lo que dicta el sentido común.

Ya lo he indicado muchas veces (apoyándome en idénticas consideraciones que ahora): por Alpujarra se entiende todo el terreno comprendido entre Sierra Nevada y el mar, y encerrado luego, como en un rectángulo, por las sierras laterales; es decir: todo lo que queda dentro del horizonte sensible que se abarca desde las cimas del Cerrajon de Murtas; todo lo que sería un solo valle, a no existir la Contraviesa; todo lo que, visto desde el mar de Albuñol, mirando al Mulhacén, tiene, en fin, un cielo común...

Y esto del cielo común es indudablemente una de las leyes naturales en que se funda esa geografía popular, tradicional, consuetudinaria, que creó o delimitó la Mancha, la Rioja, la Maragatería, la Vera de Plasencia, la Vega de Pas, la Alcarria, la Loma de Úbeda, y otras muchas comarcas tan extraoficiales como la alpujarreña. Cada uno de los países representados por esos nombres, o sea todos los pueblos y despoblados que comprende cada cual, reconocen una especie de común denominador, tan antiguo como la fisonomía actual del Planeta, que sirve para sumarlos y definirlos; -ora un río, ora una cordillera, sea una llanura, sea un valle, aquí la identidad de vegetales, allí la ausencia de ellos, ya el verse reducidos a una misma incomunicación, ya el tener a la vista un mismo horizonte.- El común denominador, la razón de ser de la Alpujarra como comarca, es el cinturón de cumbres y olas que la rodea, el pedazo de cielo que la cobija.

Así, pues, la frontera occidental de la Alpujarra principia en el Picacho de Veleta; baja con el río de Lanjarón hasta el río de Órgiva; gana luego la Sierra de Lújar, y corre (por donde mismo va la raya del Partido judicial de Motril) hasta caer al mar entre Castel de Ferro y Torre de Paños. Y la frontera occidental empieza hacia Ohánes; busca las crestas de Sierra de Gádor, y va a morir en la Punta de las Sentinas.- Dicho se está, por consiguiente, que quedan reducidas a diez u once las famosas diez y siete leguas del consabido geógrafo.

De los límites Norte y Sur no hay que ocuparse: ellos se defienden por sí mismos: son el Mediterráneo y Sierra Nevada.- Sólo advertiré que, entre Sierra Nevada, y el Mediterráneo, en línea perpendicular, no median nunca las pretendidas once leguas, sino ocho, todo lo más; y esto, sólo hacia el Campo de Dalias; que, por los puntos restantes, apenas llegarán a siete, -midiendo siempre a vuelo de pájaro.

Y ahí tenéis demarcada la tierra que vamos a recorrer en varios sentidos, ya que no completamente, hasta sumar las sesenta leguas a caballo prometidas en el programa o título de esta obra.

Acerca de la estructura interior de la Alpujarra, o sea de aquel pintoresco laberinto de valles y montes en que la convierte la Contraviesa, hablaremos en su lugar correspondiente, desde un punto de vista menos árido y pedagógico que el de la presente digresión.

En cambio, voy a hacer ahora, para dejar completamente servidos a los aficionados a ciertos datos y noticias, un brevísimo resumen de la Historia antigua del territorio alpujarreño, o, por mejor decir, de su Historia anterior a la Conquista de Granada; -historia que hasta la presente no ha compuesto nadie; pero que yo hilvanaré aquí con retazos tomados de varios libros, o sea aprovechándome de los estudios del prójimo; cosa muy corriente en esta clase de trabajos...; -tan corriente, que, con motivo de lo que he tenido que leer para escribir este capítulo, me he divertido lo que no es decible viendo rodar de obra en obra páginas enteras, que cada escritor presentaba como de su cosecha, bien que sin decirlo, pero sin decir tampoco que eran de cosecha ajena, y cuyo primitivo verdadero autor no he podido averiguar hasta ahora...

Con que historiemos.- Es cuestión de otros dos o tres minutos de paciencia, amado Teótimo.


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La Alpujarra no tiene historia propia o particular desde la llamada Noche de los tiempos hasta la Irrupción de los Sarracenos en España. Muchas y muy eruditas conjeturas se han escrito sobre los aborígenes de aquella región y sobre lo que pudo ser de ella durante la Dominación de los Fenicios, de los Cartagineses, de los Romanos y de los bárbaros del Norte; pero lo mas que resulta de las investigaciones historiales es que corrió la misma suerte que el resto de la provincia de Granada, y fue sucesivamente fenicia, cartaginesa, romana y vandaluza.

De la antigua Bética, llamada ya entonces Vandalucía, componía parte, en efecto, cuando el suelo granadino fue conquistado, ora por el propio Tháric, o Taric, o Tarif, vencedor de D. Rodrigo, el mismo año de la batalla de Guadalete (711), ora en 712 por Abdalaziz, hijo de Muza, jefe de la segunda invasión, -que lo cierto no se sabe.

Formaban entonces la población granadina, e indudablemente también la alpujarreña, romanos y godos (considerando ya embebidos o fundidos en los romanos a los primitivos iberos), y además un gran número de judíos. Estos últimos conservaron siempre su fe; pero romanos y godos, ya muy cristianizados entonces (aunque todavía divididos por cuestiones de raza y de secta), uniéronse definitivamente bajo la bandera de Jesucristo ante el formidable enemigo común que entraba a sangre y fuego por su tierra, de donde llamóseles a unos y otros mozárabes, que quiere decir cristianos sometidos a los islamitas. Sin embargo, como hemos visto más atrás, los valerosos cristianos de la Alpujarra tardaron siglos en merecer esta calificación.

En otra mucho más cruel (aunque merecida) los incluyó la gente mora cuando, andando el tiempo, olvidaron la fe del Crucificado y abrazaron el mahometismo. Denominolos entonces muladíes, que vale tanto como renegados, o moros bastardos; del propio modo que la gente cristiana había de apellidar en su día mudéjares (hijos del Antecristo) a los sectarios de Mahoma que, sin mudar de religión, se quedaban en un lugar reconquistado por la Cruz, y moriscos a los moros bautizados.

Son cuatro palabras (mozárabe, muladí, mudéjar, morisco) que compendian novecientos años de guerras civiles; -y digo civiles, admitiendo como artículo de fe la aseveración francesa de que el África principia en los Pirineos.

Pero, aunque los alpujarreños dejasen al cabo de competir en constancia con la inmortal Asturias, y aceptasen primero el gobierno y luego la religión de los invasores, no por eso se sujetaron a la dominación de nadie, sino que, comunicando su espíritu de independencia a los mahometanos que se establecieron allí (o respirándolo también éstos en aquellas encumbradas montañas), unos y otros camparon siempre por su respeto, confundidos ya en una sola raza, y hasta llevaron muchas veces la guerra a los que se consideraban sus señores.

Vemos así a los árabes y bereberes de aquel territorio (sumamente poblado, y por gente muy belicosa, según el historiador Ben-Katib-Alcatalami) rebelarse contra el Emir o Sultán de Córdoba, a fines del siglo IX, y salir en su busca, a librarle batalla campal, acaudillados por el que se decía Rey de la Alpujarra, SUAR-BEN-HAMBOUN-EL-KAISI.- El Sultán cordobés envió a su encuentro al Walí de Jaén, Gand-ben-Abd-el-Gafir, y, trabado el combate hacia el Sur de Andújar, la victoria fue de los alpujarreños, que hicieron prisionero al Walí, después de matarle hasta siete mil hombres.- La noticia de esta derrota afectó y alarmó extraordinariamente al Sultán, por lo que reunió en seguida un gran ejército y buscó personalmente a los rebeldes, que le aguardaban «en la falda de la Alpujarra» (el historiador árabe no determina en cuál).- Allí le tocó al KAISI ser vencido y caer prisionero; y, presentado que fue al Sultán, éste le hizo cortar la cabeza... que por cierto envió a Córdoba, como una especie de parte abreviado de su campaña, más lacónico aún que el «Veni, vidi, vici» de Julio César.

Tal, por lo menos, habían contado hasta hoy nuestras Historias el fin del célebre KAISI; pero, de último estado, y en vista de lo que refieren otras crónicas árabes, cuéntase de un modo muy diferente.- Parece ser que SAWAR-BEN-HAMDUN (que es como ahora se escribe el nombre de este mismo personaje) fue muerto en una emboscada, cuando se apercibía a defenderse, no de las huestes del Sultán de Córdoba, sino de las de otro caudillo, rebelado también contra el propio Sultán; esto es, del famoso Omar ben-Hafsun, dueño ya de casi toda Andalucía.

De cualquier modo, treinta años después nos encontramos a los árabes y bereberes alpujarreños dándose otra especie de Rey, llamado ADMED-BEN-MOHAMIED EL-HAMBDANI, -del cual sólo se cuenta que añadió muchas fortificaciones artificiales a las que la Naturaleza puso en aquella comarca.

Al poco tiempo volvemos a verlos en armas, levantados contra el nombramiento de Soleiman para Califa de Córdoba.

Y, finalmente, en 1162 los hallamos batallando, bajo las banderas de un cierto MOHAMMED BEN-SAID, no contra Califas cordobeses, como hasta entonces, sino contra los Almohades de Granada.

Era que el Califato de Córdoba se había derrumbado, y formádose, de parte de sus escombros, el primer Reino granadino; era que en este trono se habían sucedido ya tres dinastías, la de los Ziritas, la de los almorávides y la de los almohades, todas ellas de raza africana y tributarias de los Sultanes de Berberia; y era que ni los altivos alpujarreños ni el resto de los que ya se decían moros andaluces (de origen asiático en su generalidad) podían llevar con paciencia semejante estado de cosas.

No descansaron, pues, hasta que formaron un Reino árabe-español, independiente del África, lo cual se realizó a principios del siglo XIII, siendo alpujarreño, o saliendo cuando menos de la Alpujarra, el primer musulmán que ensayó un pensamiento tan atrevido.

Tal fue MOHAMMED BEN-HUD, que otros llaman solamente IBN-HUD.

Este insigne y desgraciado príncipe, árabe puro por la sangre, oriundo de los antiguos Emires de Zaragoza, hízose proclamar Rey en Ugíjar (que ya era la metrópoli de la Alpujarra); dominó en Granada algún tiempo; fue obedecido en Córdoba, Sevilla y parte del Reino de Valencia, y murió asesinado en Almería en 1238.

«... La fortuna de este caudillo (dice Simonet) fue breve y no correspondió a sus grandes ánimos, quedando reservada esta empresa a otro príncipe de prendas aún más altas y de más venturosa estrella».- Con lo cual se refiere a Alhamar (el Rojo), natural de Arjona, en la provincia de Jaén, esclarecido vástago de la muy antigua y principal familia árabe de los Nazaritas.

Cúpole, en efecto, a Alhamar la gloria de ser el verdadero fundador del Reino moro de Granada, de construir el maravilloso Palacio Real de la Alhambra, -lleno todo de su nombre y de su divisa la Ghalib illa Allah (sólo Dios es vencedor), -y de inaugurar la renombrada serie de veintiún monarcas de su sangre y dinastía, que ocupó aquel trono durante doscientos sesenta y dos años, y que terminó en el desgraciado BOABDIL, destronado por los REYES CATÓLICOS.

La Alpujarra, formó parte del nuevo Reino granadino, cuyo litoral se extendía desde Gibraltar hasta el río Almanzora, o sea hasta los confines de Murcia, y los alpujarreños vivieron dedicados a las dulces tareas de la paz, fomentando la riqueza de su suelo, hasta convertir en vergeles las más ásperas montañas, y no dando, que se sepa, mucho que hacer a los soberanos nazaritas.

Estos, sin embargo, cuidaron de tomar algunas precauciones contra la indocilidad de aquellas valerosas gentes, y así se explica que la Alpujarra fuese el único Clima de la Cora de Elvira que dividieron en Tahas, edificando castillos en casi todos sus Alhauces.

Explicaré esta jerga a los que no la hayan entendido (como tampoco la entendiera yo, si no me la hubieran explicado alguna vez).

Cora, amelia o waliato son como sinónimos de lo que nosotros llamamos provincia.- Elvira es el nombre de la primitiva capital de Granada.- Clima quiere decir zona, circunscripción o partido. Táa o taha, equivale a distrito (y también a partido cuando el clima no comprende más que una taha).- Y alauz vale tanto como término, de donde viene la palabra castellana alfoz, que figura en el Diccionario de nuestra lengua.

Por consiguiente, lo que debí escribir desde luego, en lugar de un párrafo tan revesado, es que la Alpujarra «fue el único Partido de la provincia de Granada que los descendientes de Alhamar dividieron en distritos, edificando castillos en casi todos sus pueblos o jurisdicciones».


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Volviendo a lo que hemos calificado de Historia antigua de aquella tierra, y pasando por alto muchos sucesos de menor cuantía que no le atañen peculiar y directamente, -diremos, para terminar, que BOABDIL entregó la Alpujarra a los REYES CATÓLICOS en 1490, después que éstos hubieron tomado a Baza; que los alpujarreños se rebelaron al año siguiente; que le costó al Rey mucho trabajo reprimirlos, y que, para tenerlos a raya en adelante, se vio obligado a ponerles un Gobernador.

Del célebre y desdichadísimo Rey ZAGAL, precursor de BOABDIL en las tristes sendas del destierro, y acerca de su breve y azarosa permanencia en Andarax, cuyo Señorío obtuvo a cambio del trono de Guadix y de Almería, ya hablamos en la primera parte de este libro.

Y como además hayamos bosquejado allí, poco después, el período histórico comprendido entre la Conquista de Granada y la proclamación de ABEN-HUMEYA, cátanos al corriente de todos los sucesos que nos importaba saber antes de proseguir nuestro viaje.


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No soltaré, empero, la pesada pluma con que he borroneado trabajosamente este insoportable capítulo, sin dar alguna idea de la actual División territorial de la Alpujarra. -Seré muy breve.

La comarca de este nombre comprende (según mi ya expuesta teoría):

En la PROVINCIA DE GRANADA:

Todo el Partido judicial de Ugíjar,

todo el de Albuñol,

y casi la mitad del de Órgiva.

Y en la PROVINCIA DE ALMERÍA:

Una mitad del Partido judicial de Berja,

y otra ídem ídem del de Canjáyar,

incluyendo estas dos poblaciones y la muy considerable de Adra, -que es el Puerto alpujarreño.

Total: -unos sesenta y cinco pueblos, o cabezas de distrito municipal; otros treinta o cuarenta lugarcillos y aldeas sin Ayuntamiento propio; más de quinientos caseríos y cortijadas (muchas de ellas compuestas de veinte y hasta treinta domicilios); más de dos mil (!) cortijos y casas de campo, y unos cuatrocientos grupos de chozas y cuevas pastoriles, especie de aduares encaramados en lo alto de la Sierra.

Suma, de consiguiente, la población de toda la Alpujarra ciento quince mil almas, -poco más, poco menos.


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Con lo cual han terminado mis explicaciones.- ¡Mentira me parece! -El resto... lo irá juzgando el lector por sí propio en los lugares respectivos.

Entremos, pues, ya en Órgiva, a cuyas puertas nos quedamos al fin del capítulo anterior, y descansemos allí de nuestro primer día de viaje y de la fatigosa excursión que acabamos de hacer por las regiones de la primera y segunda enseñanza.