La Alpujarra:33

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La Alpujarra
Quinta parte: Capítulo 3



- III - Una hora en Adra[editar]

En Adra, como en Murtas, era Domingo, y los marineros y pescadores estaban tan aseados y compuestos a la orilla del mar, como los labriegos y pastores que habíamos encontrado aquella mañana en lo alto del Cerrajón. Pero el traje variaba mucho. Los hijos de la calurosa Adra vestían, si a aquello puede llamarse estar vestidos, anchos y blanquísimos zaragüelles, llevando sobre los hombros una anguarina de paño negro con su correspondiente capucha.- Parecían moros de Levante.

Todos se hallaban de asueto y holganza... ¡Y nosotros, por puro gusto, nos habíamos impuesto aquel día la ruda faena de tan fatigosa expedición! -Los miré, pues, con envidia, y tuve lástima de nosotros.

Tal es el perpetuo contrasentido de la naturaleza humana.

También sentí como una especie de recrudescimiento de amor hacia el mundo abierto, público y conocido, hacia el siglo XIX, hacia la civilización moderna, cosas todas que no veíamos hacía algunos días, y de las cuales nos hablaban aquella villa tan industriosa, aquel olor a carbón de piedra, aquellos barcos en que se podía ir a todas partes, aquellas olas que surqué tantas veces...- Causame, sí, cierta tristeza pensar que a la noche volvería a esconderme en el montuoso laberinto de la Alpujarra para poner de nuevo entre mí y el mundo redobladas barreras de montes y abismos, y todas las tinieblas de la incomunicación y el misterio...

Mas luego pensé en nuestros amigos de allí; en Albuñol, donde nos esperaban; en aquella apuesta que íbamos a ganar sin remedio; en el proyectado viaje a Sierra Nevada; en lo que sería pasar la Semana Santa en aquellas alturas; en el desenlace de la tragedia morisca...; y, acto continuo, resucitaron todos mis entusiasmos anteriores, enojome Adra, como la ciudad al cortijero, causáronme tedio y fastidio todas las perspectivas del mundo civilizado, y suspiré más que nunca por las soledades de la Alpujarra.

[...]

Barajando en mi imaginación tan encontrados pensamientos, y mi primo no sé cuáles en la suya, atravesamos al trote casi toda la villa, hasta llegar a cierta posada que nos habían dicho encontraríamos a lo último de la Carrera.

Una vez en aquel establecimiento, cuyo nombre no recuerdo ahora, nuestro primer cuidado fue encargar (del modo que se encargan las cosas cuando se quiere que se hagan) que tratasen a nuestros caballos a cuerpo de... caballos de rey, marcando al mozo el riguroso método con que había de refrescarlos, pensarlos y darles agua, -todo ello en el preciso término de tres cuartos de hora.

En seguida fuimos a casa de un excelente y discretísimo amigo que nos había esperado toda la mañana, y que ya no contaba con vernos aquel día; el cual nos dio una carta para nuestros amigos de Albuñol, certificándoles que habíamos estado aquella tarde en Adra. Su digna esposa tuvo por su parte la amabilidad de poner unos barboquejos a nuestros sombreros, a fin de que no se los llevase el aire de las playas... (Aquella señora ha muerto ya, cuando escribo estas líneas...) Y habiendo tomado allí vino muy caliente con azúcar, medio eficaz de restaurar nuestras fuerzas, nos despedimos de la que nunca más habíamos de volver a ver en este mundo.

A continuación nos llegamos al telégrafo (!) y pusimos varios despachos, recogiendo cuidadosamente los recibos, a fin de mostrarlos también a la noche en Albuñol.- Si hubiera habido telégrafo hasta esta villa, ¡qué de cosas habríamos hecho decir a los alambres!

Finalmente, por consejo reiterado de nuestro buen amigo, tomamos un guía (muy andarín, según nos dijeron, aunque hombre de mar, como era del caso), para que nos indicase las puntas que debíamos evitar, impidiendo así que nos metiéramos en ciertos parajes, al parecer respetados por las olas, donde repentinos golpes de mar han hecho perecer a algunos viajeros imprudentes.

Arreglado todo esto, nos dirigimos a la posada en busca de los caballos...

¡Maldición! -¡Los caballos no estaban en la posada!

[...]

Pero no había por qué asustarse de tal modo. -En aquel mismo instante los vimos asomar por lo alto de la Carrera.

Los habían llevado a ponerles algunos clavos que les faltaban en las herraduras; -oficiosidad del mozo, digna por cierto de aplauso y recompensa...

-¡Quién sabe -dijimos -si este pequeño retraso nos habrá evitado una completa derrota!...

Eran las cinco y cuarto largas.

A las cinco y media estábamos ya a caballo.

Habíamos perdido el cuarto de hora ganado en el camino.- Nos quedaba el tiempo tasado (según nuestro primitivo presupuesto) para llegar a Albuñol a la hora de la cita...

-Mucho tienen ustedes que correr...- exclamó nuestro amigo con penosa desconfianza.

-¡Ca! ¡No llegan! -le había dicho ya por lo bajo el posadero.

-Espero llegar antes, -contesté yo, metiendo espuelas.

-¡O antes... o nunca! -añadió mi primo, arrancando detrás de mí.

El guía iba corriendo a lo lejos, por la playa en que desemboca la Carrera, haciéndonos señas de que lo siguiéramos.

¡Desgraciado! ¡No sabía él en la que se había metido!