La Alpujarra:32

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La Alpujarra
Quinta parte: Capítulo 2



- II - Viaje aéreo.- Vista de Berja[editar]

No hay hombre cuerdo a caballo.


(Adagio español.)


Una vez fuera de Turón, nuestro primer cuidado fue repartir el tiempo de que podíamos disponer.

-De aquí a Adra -dijimos- hay tres leguas de montaña, con muchas más cuestas abajo que cuestas arriba, lo cual es un gran inconveniente para correr a caballo... No podremos, pues, andarlas en menos de tres horas; y eso, apretando muy de veras. Pongamos tres horas menos cuarto.- De Adra a Albuñol hay cuatro leguas, casi todas de playa o rambla, con algunas puntas o promontorios que bajar y subir... Supongamos que las andamos en dos horas y media, aunque en la arena se camina detestablemente...- Nos quedan treinta minutos que dedicar a Adra, a fin de ver al amigo que nos espera, documentar nuestro paso por allí y dar algún descanso a los caballos...- ¡Poco es! Necesitamos ganar otro cuarto de hora desde aquí hasta Adra, yendo en dos horas y media...

-¡Imposible! -exclamó el antiguo carabinero.- ¡Todo lo que han dicho ustedes es imposible!

-¡Anciano! Eso... ya nos lo advirtieron en Turón, -contestó mi primo.- ¡Pero precisamente se trata de hacer imposibles! -Son las dos y cuarto... ¡A las cinco menos cuarto... en Adra!

-¡Encomiéndese usted a Dios, abuelo! -añadí yo, por vía de resumen.

Y pusimos los caballos al galope.

Afortunadamente, éstos eran ya muy maestros en punto a caminos de la Alpujarra. De lo contrario, no hubiéramos podido, o habría sido peligrosísimo para ellos y para nosotros, hacerles trotar y galopar por donde trotaron y galoparon aquel día; que fue (para decirlo de una vez) por todas partes; cuesta abajo, cuesta arriba, sobre peñascos, entre breñas, por las cumbres y por las laderas de los más espantosos derrumbaderos...

Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que no adelantábamos todo lo que queríamos, todo lo que necesitábamos...- En primer lugar, a lo mejor, teníamos que bajar trancos o peldaños de escaleras naturales que conducían a los profundos infiernos, y por las que no se podía menos de ir al paso...- En segundo lugar, nos perdimos una vez, tomando la senda de un cortijo por el camino de Adra...- Y en tercer lugar, hacía mucho viento, lo llevábamos de cara, y su violencia era horrorosa en las desamparadas cimas de -aquellos montes, últimos ya del continente, y, como tales, entregados a toda la saña de los vendavales marinos.

Pero nosotros no cejábamos por eso... Quiero decir, nuestros caballos no cejaban. Antes parecían poseídos de un vértigo, o enterados de lo que ocurría.- Así es que volaban materialmente.

Algunas veces, y a causa de las revueltas del camino, les cogía el aire de flanco... Entonces corrían de bolina, como los buques; esto es, medio tendidos hacia el flanco opuesto, con una rapidez y violencia indescriptibles.

No lo iba tan bien al pobre criado. Su caballo valía menos que los nuestros. Así es que empezó por quedarse atrás... Luego vimos volar un sombrero, arrebatado por el aire... En seguida desapareció el jinete, sin duda en busca del sombrero, y ya no divisamos más que el caballo, atado a una chaparra... allá... en una loma que nosotros habíamos pasado hacía algunos minutos.

Después...- no volvimos a saber más ni del sombrero, ni del jinete, ni del caballo; -hasta que, al día siguiente por la tarde, presentose en Albuñol el antiguo carabinero, a pie, con un pañuelo atado a la cabeza y llevando a remolque al pobre animal, que se había quedado cojo para toda su vida.

Pero volvamos a nosotros.- Nosotros corríamos, como digo, en lucha con el viento, a una altura inmensa sobre el nivel del mar, y ya muy próximos al fin de la Tierra... ¡No se concebía que hubiera medio humano de bajar de donde estábamos adonde teníamos que bajar efectivamente! Parecía más bien que nos preponíamos lanzarnos a los ámbitos del aire cuando se nos acabara la Península, alta por allí como una inconmensurable ciudadela...

Ello es que marchábamos, casi rectamente ya, por las elevadísimas mesetas de una serie de lomas, con dirección al Mediterráneo, cuya soledad azul se dilataba a nuestros pies, como una campiña sin límites vista desde las murallas de una ciudad...

¡El mar! ¡El mar! Su olor, sus brisas, su frescura, su movimiento, su ruido... ¿A qué deciros más? ¿No encierran estas palabras un poema?

Y, sin embargo, aún el demonio de la poesía tentaba mi imaginación, mostrándole en otros lados nuevos reinos para el deseo, nuevas lontananzas seductoras...

De todo ello lo que más me enamoró y atrajo mis miradas, en medio de aquella vertiginosa carrera, fue una hermosísima población que estuvimos viendo sin cesar a nuestra izquierda, al otro lado de un hondo barranco, como a una legua de distancia en ocasiones, amorosamente guarecida en el seno de Sierra de Gádor y rodeada de oscuros bosques, de verdes siembras, de relucientes aguas, de todos los encantos de una naturaleza propicia.

Era la acaudalada Berja, la antigua Virgi de los Romanos, la Medina Barcha de los moros, aquélla de quien se decía hace siglos que cada casa tenía un jardín, lo cual acontece también hoy; aquélla a quien el gran poeta árabe Ibn-Aljathib llama «sitio risueño para el placer de la vista y lazo de seducción para el pensamiento; nube fecundante, Darain de preciosos aromas, campo rico, harem seguro, hermosura manifiesta y oculta».

-Pepe, -le dije yo a mi primo, corriendo como íbamos, -¿ves aquel delicioso pueblo, que blanquea y reluce a la luz del sol, entre densas masas de verdura, como una joya medio escondida en un canastillo de olorosas hierbas y gayas flores?... Pues es Medium Barcha, a cuyas puertas se riñó aquella sangrienta batalla entre el MARQUÉS DE LOS VÉLEZ y ABEN-HUMEYA en que ambos ejércitos quedaron destrozados, teniéndose que retirar éste a Valor y aquél a Adra... ¿No te parece ver todavía correr por aquellos cerros al temerario morisco, al descendiente del PROFETA, al Rey de la Alpujarra quien, según dice Hurtado de Mendoza, era fácil distinguir entre todos en lo recio de los combates, por ir siempre vestido de colorado y precedido de su Estandarte Real?

-Pedro: yo no tengo ojos más que para mirar al sol, -contestó mi primo: -yo no veo más sino que se inclina mucho a Poniente: yo no veo más sino que hay que estar en Albuñol a las ocho, o ir a esconder nuestra vergüenza en un monasterio.

-Pepe, -repliqué yo, poniéndome de pie en los estribos, para mayor solemnidad.- Esas tus nobles palabras pasarán a los siglos venideros. Yo las escribiré en letras de molde, ya que no de oro, con la historia de estas descomunales hazañas que estamos realizando; y además, para que tu gloria sea completa, te dedicaré el capítulo. No puedo hacer más por ti.

Mi primo soltó... primero la carcajada y luego las riendas; quitose el sombrero, y, con él y con ambos brazos, dirigió un saludo al firmamento, como haciéndolo testigo de mi generosa promesa.

Entre tanto, su caballo, viéndose libre del freno, salía enteramente desbocado, y el mío detrás de él, sin que por eso se cuidase Pepe de recobrar las bridas; pues tenía de antiguo esa costumbre de abandonarlas en los momentos de gran entusiasmo y de regir entonces su cabalgadura con las rodillas y los talones, como los jinetes marroquíes.

Yo no sé de qué modo me arrebata más mi primo; si haciendo esto, o clavando clavos.

[...]

Las tres y media eran cuando trepamos al fin a la última cadena de montes, y empezaron a aparecer ante nuestros ojos, quiero decir, a nuestros pies, las playas alpujarreñas y las almerienses... rematadas todas en unas amarillas fajas de arena, a lo largo de las cuales corría la movible orla de blanca espuma en que a su vez concluía o empezaba el mar...- ¿Empezaba o concluía? -Yo no sé discernirlo.

El Cabo de Gata, a lo lejos; más acá la Punta de Roquetas, la de Balerma, y la de Dalias; barquichuelos pescadores en el undoso piélago; grandes buques cruzando en lontananza; la costa de África allá enfrente, como una vaga sombra, velada a la sazón por una tenue bruma; una inmensidad azul abajo; otra inmensidad azul arriba; el sol eterno, transponiendo del Mediterráneo al océano, en busca de la remota América...- he aquí un resumen, tan rápido como las circunstancias lo exigen, de lo que vimos desde aquellas postrimeras cumbres...

Pero la verdad es que nosotros no pensábamos por el momento más que en Adra, en verla aparecer, en llegar a ella, en llegar a tiempo... Sabíamos que estábamos materialmente sobre sus tejados, aunque todavía a media legua de distancia, o más bien de elevación; pero hasta que la viésemos con los ojos no habíamos de descansar.- ¡Podía haber cambiado de sitio; podíamos habernos equivocado nosotros y hallarnos a muchas leguas de donde creíamos; podía no haber existido nunca Adra sino en nuestra imaginación!

Asomámosnos finalmente a la misma playa que servía de base al encumbrado último cerro de aquella erguida sierra, y Adra no pudo ya por menos de dejarse ver...

Sí; allí estaba; a solas con el mar; debajo de nosotros; en un pequeño arenal amarillento; con sus grandes fábricas de fundición, cuyas altísimas chimeneas parecían obeliscos del tiempo de Sesostris; con sus ingenios de azúcar; con su empinado barrio antiguo; con su llano barrio moderno; con sus casas de un solo piso; con sus campos plantados de caña dulce; con su opulento río a lo lejos, donde se encuentra la histórica Alquería en que se bañaban los aristocráticos moros de Berja; con algún vaporcillo y otros buques de menor cuantía en su desabrigado puerto; con su aspecto, en fin, mixto de ciudad cubana, inglesa y berberisca...

-¡Loado sea Dios, que nos ha permitido ver a Adra! -dijimos, deteniendo los caballos para que respirasen un poco.

Eran las cuatro menos cuarto.

Habíamos andado más de lo convenido, más de lo imaginable...

Pero aún faltaba lo peor; que era bajar, y bajar de prisa.- ¡Aquella última media legua (que apenas resultaría un kilómetro a vuelo de pájaro) podía entretenernos una hora, y, entonces, ¡adiós todo lo adelantado!

-¡Pie a tierra! -dijimos, por consiguiente, después de aquel corto respiro.- ¡Ayudemos a los caballos a bajar!

Nos apeamos, en efecto, y nos precipitamos de cabeza por aquel cerro abajo; quiero decir, nos precipitamos de pies, sin hacer caso alguno de senderos y veredas, buscando siempre la línea más recta posible, ora deslizándonos como los torrentes sobre las penas, ora brincando de una en otra como las cascadas, y arrastrando detrás de nosotros a los caballos, -que acabaron también por cerrar los ojos al peligro y dar todos los saltos que les exigieron nuestros imperiosos tirones.- Indudablemente, tenían ya en nosotros una fe ciega.

Resultado: a las cuatro y media entrábamos en Adra.

Habíamos andado las tres leguas de sierra en dos horas y cuarto.

Habíamos ganado un cuarto de hora sobre nuestros últimos cálculos, a pesar de la avaricia con que los hicimos.

Podíamos vencer.