La Alpujarra:40

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La Alpujarra
Sexta parte: Capítulo 5



- V - Jueves Santo.- Yegen, primera Estación.- Valor, segunda.- Nechile, tercera.- Mecina-Alfahar, cuarta.- Mairena, quinta.- Júbar, sexta.- Laroles, sétima[editar]

Clareaba apenas el día siguiente cuando ya estábamos de pie.

Habíamos dormido a las mil maravillas en casa de unos gentilísimos recién casados, a quienes otorgue Dios tanta ventura hasta la edad más inverosímil por lo avanzada, como abrigo, satisfacción y descanso encontramos nosotros en aquel novísimo hogar, cuya dirección disputaba todavía el alegre Cupido al grave Himeneo, y donde, sin embargo, aquella noche rindiose principalmente culto a los dioses lares, protectores de la hospitalidad...

Por lo que hace a nuestro madrugón, estaba muy justificado. ¡Era tanto lo que teníamos que andar, que ver y que sentir durante aquel clásico día! -Así es que la orden de botasilla se dio sin pérdida de tiempo.

Acto seguido, y mientras ensillaban los caballos, nos dirigimos a la iglesia...

Hallábase ésta todavía cerrada; pero, habiéndosenos dicho que la abrirían muy pronto, dimos en el ínterin un paseo profano por las calles y las afueras de Yegen, -tarea que estuvo despachada en breves momentos, y que nos suministró materia para escribir en nuestra cartera de viaje los renglones siguientes:


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Yégen, lugar de 1.210 almas está sumamente elevado en las andamiadas de la Sierra; pero tan defendido de los vientos del Norte, y tan a merced del Sol y del ambiente de África, que en él encontramos, entre brillantes chorros de nieve derretida que bajan de las vecinas cumbres, granados en flor, opulentos olivos, y hasta naranjos llenos de fruto.

Encima del pueblo abundan los castaños, los nogales y las encinas; pero más notable que todo esto, es un Nacimiento de agua, que hay a la salida del lugar por la parte de Oriente. Casi un río brota al pie de una roca gigantesca; y no bien acaba de brotar, cuando ya mueve dos colosales piedras de molino.- El agua es riquísima, y, según dicen, crea además otras riquezas en los barrancos y cañadas a que da riego.

Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Al lado de Sierra Nevada no puede haber necesidades.


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Cerca de las seis abrieron la iglesia.

El Monumento no estaba todavía armado, pero ya se veían por el suelo algunos preparativos para su composición; y en cuanto a los Sagrados Oficios del día, tardarían aún tres o cuatro horas en principiar.- Ardía, con todo, pendiente del techo de aquella pobre nave, la lámpara de aceite que denota la continuidad del culto en los templos de que no se han incautado los revolucionarios de este insensato siglo; y aquello fue bastante para que rezásemos allí la PRIMERA ESTACIÓN, confiando en que nuestra calidad de viajeros influiría para que el Todopoderoso acogiese unas oraciones tan anticipadas.

Con lo cual montamos a caballo, y partimos.

En aquel instante salía el Sol por el llano del Laujar.


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Pange lingua...


Era el Sol del Jueves Santo, del día más grande de la Iglesia; día de tanto gozo, de tanta majestad, de tanta gala como el del Corpus; día en que los sacerdotes y los altares se despojan de sus crespones de duelo, a pesar de conmemorarse también la prisión de JESÚS, y visten de blanco, para solemnizar la Institución de la EUCARISTÍA, que, según el Apóstol, «es la misma blancura de la luz eterna de la Gloria».

Sí: la Iglesia, agitada por contrapuestos afectos, destina las horas canónicas de este día a diferentes ceremonias, a cuál más augusta. Esposa de JESUCRISTO y Madre del género humano, tiene a un mismo tiempo que llorar al Redentor y que celebrar la Redención; tiene que acusarse a si propia, en nombre de la raza de Adán, congregada en el hogar de su Fe, de haber derramado la sangre del Hijo del Eterno, y tiene que cantar su triunfo, su libertad, su emancipación, dando gracias al Sacrificador y a la Víctima, a Abraham y a Isaac, al Padre que consintió en rescatarnos a tanta costa, y al Divino Cordero que fue precio del rescate.

Así, al menos, lo exponen, según mis recuerdos, en sus inmortales escritos, los Padres de la Iglesia, y tal es la significación de la solemnísima Misa que se canta la mañana del Jueves Santo. Aquella Misa es, no ya la conmemoración, sino la viva representación de la Cena en que JESÚS se inmoló por los hombres; en que legó su Cuerpo y su Sangre a la Comunión de los fieles, en que estableció la Ley de Gracia. Por eso tanto júbilo, tanta fiesta, tanta pompa, pocos momentos antes del dolor y el luto que luego reinan en el templo... Por eso el color blanco y la riqueza de ornamentos y vestiduras; por eso aquel triunfal repique de campanillas de plata con que se acompaña todo el Gloria in excelsis Deo; por eso la elevación del Monumento «con aparato regio de persona Real» que previene la Liturgia; por eso el lujo y los vistosos trajes de colores que lucen aquella mañana en el templo las hijas de Sión (nuestras hijas, hermanas y mujeres, quiero decir), enlutadas Verónicas a la tarde, errantes por la calle de la amargura...

Sin embargo: aún en aquella Misa tan solemne y fastuosa, la Iglesia, en medio de su mayor alborozo, recapacita en el cruel martirio que le espera a JESÚS y, para demostrarlo, no da a besar la Paz a nadie, «por aborrecimiento al beso de Judas», ni quiere que el sacerdote persigne el altar antes de leer el último Evangelio, sino que se persigne a sí mismo, como prueba de la orfandad en que va quedando la Casa Santa.

¡Oh! ¡Qué delicadeza y qué grandiosidad a un propio tiempo en todas estas sagradas alegorías! ¡Qué abismos de ternura en todos los ritos de la Religión Católica!...

Reconózcalo el mundo entero: reconózcanlo todas las edades, todas las llamadas civilizaciones, todas las gentes, todas las variedades que ha ofrecido la piedad humana en la duración de los siglos y en la extensión del planeta: aún prescindiendo de la parte dogmática, reservada a la Fe, y hasta de su moral y de su filosofía, de que se han aprovechado también otras religiones, el catolicismo, consideradoobjetivamente; considerado en lo que tiene de humano, de artístico, de poético; considerado como únicamente pueden considerarlo los ateos, los impíos, los escépticos, los deístas, los gentiles, los herejes y los cismáticos, es la composición ideal más inspirada y maravillosa que se ha cimentado sobre la tierra.- La imaginación y el sentimiento de los mortales no han revestido jamás formas tan sublimes como las que constituyen el culto externo, las ceremonias, el simbolismo literario, pictórico, plástico, dramático, musical y escénico del ritual romano, y forman la liturgia de nuestras catedrales.- Lo que allí se reza, lo que allí se canta, lo que allí se representa, excede a cuanto la poesía pudo soñar en tiempo alguno.- Los que así no lo reconozcan no han visto por dentro el ceremonial católico, sino por fuera, como cerrado libro, como plegada flor, como callada esfinge. Podrán haber oído, por ejemplo, la música de los salmos; pero no han entendido la letra: podrán saber de memoria la misma letra, pero no se han penetrado de su espíritu. Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen, como dice la Sagrada Escritura.


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Muy lejos estábamos nosotros de las grandes catedrales en que otros años habíamos visto conmemorar con tanta pompa la Institución de la EUCARISTÍA: muy lejos de aquellos suntuosos Monumentos que, en Sevilla, en Toledo, en Granada, en Guadix..., sirven de trono y de prisión a JESÚS SACRAMENTADO, durante la tarde y la noche del Jueves Santo, y en que todo es luz y blancura, excelsitud y refulgencia...; pero, en compensación, la mañana que digo, en el momento de salir el Sol (o más bien dicho, en el momento de entrar en la Alpujarra por aquel boquete que da paso a la Taha de Andarax), cielos y tierra ofrecieron a nuestros ojos y a nuestra imaginación el cuadro más grandioso que haya cantado nunca las alabanzas del Omnipotente.

Hablo de la Sierra, -en medio de la cual nos hallábamos, viéndola desarrollarse a nuestros pies en descomunales laderas, que descendían a profundos abismos, y perderse al propio tiempo sobre nuestra cabeza en las soledades del espacio, en las regiones etéreas, en la inmensidad que sólo recorren las almas de los justos...- ¡Hablo de Sierra Nevada calificada ya de templo por nosotros varias veces durante aquella larga peregrinación!

La Sierra, pues, vestida, como la Iglesia, de blanco y plata, en señal de triunfo; alzada, como catafalco dispuesto para una apoteosis, sobre escalones de mármoles preciosos, cubiertos de flores y olorosas hierbas; reverberante toda de claridad seráfica, como los iluminados sagrarios, y alzando, en fin, al firmamento sus inmaculadas nieves, inaccesibles a todo contacto humano, puras como las oraciones de los ángeles, era para nosotros aquella mañana un altar inconmensurable en que oficiaba la Naturaleza rindiendo culto a su Criador; era la Mesa del Convite en que el Tiempo y la Eternidad se unieron para siempre; era el pináculo en que la Tierra se despedía del Hijo de Dios que la había habitado treinta y tres años; era el propiciatorio en que los siglos reverenciaban el aniversario de aquel supremo instante; -era nuestro Monumento de Semana Santa.


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Pero volvamos al Tiempo; volvamos al mundo; volvamos a nuestro viaje.

Salía, dije, el Sol del Jueves Santo por el llano del Laujar en el mismo momento que nosotros nos poníamos en camino...

Triste, fatídico, de mal agüero era el punto que había escogido el astro rey para presentarse aquel día en la Alpujarra. La entrada del llano del Laujar que teníamos ante la vista fue siempre el tránsito de los reyes desgraciados. Por allí cruzó el ZAGAL para ir del trono al confinamiento y después del confinamiento a la expatriación: por allí entró BOABDIL en su retiro temporal cuando perdió el Reino Granadino, y por allí salió para dejar definitivamente la tierra de España: por allí, en fin, penetró un día ABEN-HUMEYA en la Taha de Andarax, en lo mejor de su edad y de su fortuna, muy ajeno el mísero de que en la Taha de Andarax le aguardaba la muerte... y de que sólo volvería a salir de allí su exhumado cadáver cuando lo desterraran de la propia huesa!...

Y lo cierto es que el Sol tenía ya algo de rey desgraciado... Estábamos en la víspera de su mortal desmayo, de su pavoroso eclipse de tres horas enfrente de la Cruz, durante las cuales diz que exclamó San Dionisio Areopagita: «Vel auctor naturæ patitur; vel mundi machina disolvitur».

En cuanto a nosotros, caminábamos precisamente hacia Levante, hacia el extremo oriental de la Sierra, hacia Jerusalén...- de donde venía el Sol, y adonde nosotros, ya que no pudiéramos llegar en todo el día, por mucho que corriésemos, nos habríamos, cuando menos, acercado tres o cuatro leguas al remate de la jornada...- lo cual, si no un viaje completo a los Santos Lugares, siempre sería algo...

Como estáis viendo, los moriscos hablan perdido el pleito para nosotros no bien amaneció el Jueves Santo. Inútilmente tratábamos de reducir nuestra imaginación a que se interesase por su suerte. Como buenos cristianos, no teníamos ya entrañas ni fantasía sino para sentir y representarnos todo lo que a la sazón sentía y se representaba la Iglesia. Habíamos pensado recordar en Sierra Nevada la muerte del REYECILLO, investigar sus causas, instruir, en suma, el correspondiente proceso, y no hallábamos manera de principiar... ¡Parecíanos una profanación!

Pero, en fin, todavía teníamos tiempo por delante, y ya se nos ocurriría al día siguiente algún medio de salir de aquel apuro.- Continuamos, pues, nuestra marcha a lo largo de la Sierra, y pocos minutos después estábamos en Valor.


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Valor, el lugar de señorío de ABEN-HUMEYA; el que le dio nombre durante el período cristiano de su vida; tal vez su tierra natal (o nació allí o en Granada: lo cierto no lo sé); el pueblo en que tenía una casa solariega, de que no quedan ni vestigios, está situado, entre dos barrancos muy frondosos, en una especie de remanso de la Sierra.

Para llegar a la población y a sus cuatro barrios (llamados el Portel, la Jarea, Cohijar y Cantarranas) hay que pasar un hondo torrente que corta el camino, y que es la defensa natural de Valor, origen de su importancia en la guerra del siglo XVI como punto estratégico.- Sobre aquella cortadura existe un puente peraltado de forma árabe, de un solo ojo, levemente apuntado a la manera de ojiva, como los del llano de Tetuán.- Si aquella obra no es del tiempo de los moros (que tampoco lo sé), cuando menos es una imitación de otro puente que ellos tendrían allí.

1952 habitantes encierra hoy el antiguo feudo del que en mal hora dejó de llamarse D. FERNANDO DE VALOR;. y, según mis noticias, lo más notable que pasa allí anualmente es una gran función de moros y cristianos que hacen los jóvenes del pueblo el día 14 de agosto, y a la cual acuden espectadores de toda la Alpujarra, hasta de Berja y de Dalías, atraídos por la fama de divertidísima que goza aquella fiesta...- La humanidad es un abismo sin fondo.


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Pero basta de historias profanas. Hemos llegado a las puertas del templo. Recemos la Segunda ESTACIÓN.

Según indicamos ya, hablando de Yegen, nuestras horas, esto es, nuestras devociones de aquel día, no podían coincidir, como hubiéramos deseado, con las horas de la Iglesia, del propio modo que las horas de la Iglesia no coinciden tampoco con las de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.- Verbigracia: la Iglesia, a fin de poder acudir a las diversas solemnidades del Jueves Santo, conmemora la CENA por la mañana, y el LAVATORIO o MANDATO a las tres de la tarde, cuando todo ello ocurrió a la noche. Y nosotros, para poder andar las Estaciones en los Sagrarios de siete poblaciones distintas (a falta de una sola población que encerrase siete Sagrarios), teníamos que ir anticipando más aún, y hasta confundiendo en cierto modo, el cumplimiento de nuestras obligaciones religiosas.

En Yegen, pues, habíamos considerado, como recordaréis, el momento augusto de la CENA, y cantado, por consiguiente, el himno de Santo Tomás a la EUCARISTÍA (Pange lingua); hecho lo cual, meditamos también en aquel sublime coloquio de sobremesa, último que JESÚS tuvo con sus Discípulos antes de marchar a la muerte...

Todos lo conocéis. pero siempre es grato y saludable al alma hojear los Evangelios, y de obligación además en Semana Santa, aunque se tengan muy leídos.

Terminada la CENA, había lavado JESÚS los pies a sus Discípulos, dando al mundo este soberano ejemplo de humildad que Reyes y Pontífices imitan todavía una vez al año.

Después les había anunciado que uno de ellos lo entregaría; y como todos se mirasen asombrados, encarose con Judas Iscariotes y le dijo: -«Lo que haces, hazlo presto».

Mas ninguno de los que estaban a la mesa supo por qué se lo decía.

Y Judas salió.

Solo ya JESÚS con sus Discípulos fieles, pronunció estas imperecederas palabras: -«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado... En esto conocerán todos que sois mis Discípulos, si tuviereis caridad entre vosotros».

Adivinando entonces San Pedro que JESÚS los dejaba y que aquéllos eran sus solemnes adioses, le dijo:

-«Señor, ¿adónde vas?

»Respondió Jesús:

»-Adonde yo voy, no me puedes ahora seguir: mas me seguirás después.

»Pedro le dice:

»-¿Por qué no te puedo seguir ahora? El alma pondré por ti.

»Jesús le respondió:

»-¿Tu alma pondrás por mí? En verdad, en verdad te digo: Que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces».


(San Juan, cap. XIV.)


Por último, dirigiéndose a todos, añadió, entre otras no menos supremas, las siguientes afectuosísimas expresiones:

«No os dejaré huérfanos: vendré a vosotros...

»Si me amáis, guardad mis mandamientos...

»La paz os dejo: mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo...

»Estas cosas os he hablado estando con vosotros...

»Levantaos, y vamos de aquí».


Y salió en busca de la muerte.

¡Qué majestad, qué tristeza y qué inefable dulzura en esta despedida! -Es la despedida del Maestro; el Codicilo de su amor y sus predicaciones; la cita dada por el primer mártir a los que más tarde morirían también por su doctrina.

-«Me seguirás después....»


Estas palabras de JESÚS a San Pedro resumen en profecía toda la historia de la iglesia, todo el Martirologio cristiano...


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Tristis est anima mea usque ad mortem.


Hasta aquí lo que habíamos leído en Yegen antes de partir...

En Valor, consideramos la patética escena denominada la ORACIÓN DEL HUERTO: aquel momento de expectativa del martirio, en que JESÚS «empezó a entristecerse y angustiarse»; -aquellas palabras dirigidas a Pedro y a los hijos del Zebedeo: «Triste está mi alma, hasta la muerte», -aquel trance doloroso en que, puesto de rodillas, exclamó. «Padre, si quieres, traspasa de mí este cáliz; mas no se haga, mi voluntad, sino la tuya»; -aquel sudor, «como gotas de sangre, que corría hasta la tierra»; y la llegada de Judas, «uno de los doce, con gran tropel de gente, con espadas y palos, de parte de los Príncipes de los Sacerdotes»; -y el beso del traidor Discípulo; -y la Prisión de JESÚS; -y, por fin, el instante en que, «desamparándole los demás Discípulos, huyeron todos».

La PASIÓN había principiado.


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De Valor a Nechite, para donde salimos inmediatamente, hay menos de una legua, bien que muy dificultosa.- Sería, pues, cosa de las nueve cuando llegamos a esta nuestra TERCERA ESTACIÓN.

Por el camino fuimos reparando en que ya estábamos a retaguardia de Ugíjar, de la antigua ciudad, de la consabida metrópoli de la Alpujarra. días antes la habíamos visto, como quien dice, de frente: después la flanqueamos a cierta distancia por la izquierda: a la sazón nos encontrábamos a su espalda; y, por último, al día siguiente, entraríamos en ella por el flanco derecho.- Creeríase que la rondábamos, que la bloqueábamos, que íbamos estrechando su cerco, a la manera de sitiadores o de amantes.

¡Y cuán imponente aparecía a aquella distancia, relativamente a los demás pueblos comarcanos! -Su verde y matizada vega dilatábase allá abajo, al pie de los austeros montes que la circundan, como una sonrisa de la Naturaleza, y, en medio de aquella graciosa campiña, divisábanse los nobles edificios y tendidas calles de la capital del viejo corregimiento; de la actual cabeza del propio partido judicial que recorríamos; de la tierra clásica de los curiales; del pueblo, en fin, más a propósito para representarnos, como nos representaba a lo lejos, la parte jurídica de la Pasión, las casas de Anás, de Caifás, de Herodes y de Pilatos, la Sinagoga, el Pretorio, los Jueces, los Escribas, los Fariseos, los soldados de Roma mezclados con las turbas judías, y las turbas judías gritándole al Pretor romano: «¡Perdona a Barrabás y crucifica a Jesús Nazareno!»...

Lo cual demuestra nuevamente que aquel día no había manera de hacernos ver otra cosa que escenas de Semana Santa.- Por fortuna, y para desagravio de la villa de Ugíjar, veinticuatro horas después recorreríamos sus calles, precisamente a la hora de la Crucifixión, y nos encontraríamos con un pueblo tan cristiano, morigerado y pacífico como el que más, no menos dolido por cierto que ningún otro de lo que en aquel instante estaba pasando en el Gólgota.

Pero volvamos adonde estábamos.


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En Nechite habían principiado ya los Oficios. Tuvimos, sin embargo ocasión de saludar un momento en la sacristía a nuestro amigo el señor Cura, como lo saludo nuevamente desde aquí. En cuanto a sus 415 feligreses, casi todos se hallaban también en la iglesia, y todos jugándose la vida en ello; no porque tuviesen que temer otra feroz carnicería como la que hicieron los Monfíes en los cristianos de aquel lugar el 25 de diciembre de 1568, sino porque la iglesia estaba, y creo que estará todavía, hundiéndose materialmente...

En el propio estado encontramos después la de Mairena; y lo uno y lo otro por falta de algunos reales en que están presupuestadas las obras que habría que hacer para restaurar ambos templos (12000 las de Nechite y 31000 las de Mairena).

¡Ah, señora España! ¡Mucho apresurarse a arrojar de la Alpujarra a los moriscos, como enemigos de nuestra Fe: mucho obligar a aquella tierra, con el hierro y con el fuego, a ser católica: mucho lamentarse hoy nuestros hombres de Estado de los progresos de la impiedad: mucho decir que el descreimiento religioso es la carcoma de la actual civilización: mucho consignar en nuestros presupuestos grandes partidas para reparación de templos: mucho sacar a los pueblos exorbitantes contribuciones... y he aquí dos feligresías que vanamente piden un día y otro que se les conserve la Casa de Dios, -único refugio que pueden hallar en sus tribulaciones los menesterosos que todavía no pertenezcan a la Internacional!

Por lo que respecta a los pobres párrocos, el Gobierno tiene buen cuidado de no pagarles su dotación ni la del culto... ¿Qué le importa al Gobierno que los españoles tengan o no tengan ideas religiosas? ¿Qué le importa que tengan o no tengan principios morales? ¡Habrá visto el Gobierno tantos pueblos que vivan y prosperen sin lo uno y sin lo otro! ¡Habrá visto tantas sociedades, tantas civilizaciones, basadas en la negación de la inmortalidad del alma!

-«¿Qué falta hace Dios, existiendo la Guardia Civil?»...- dirá acaso el Gobierno.

-«Y hasta, sin Guardia Civil»...- añadirá, si es un Gobierno eminentemente liberal.

-«Con armar al pueblo, cada ciudadano defenderá su dicha como pueda»...- se ha proclamado ya recientemente.

-«¡Justo! -habrán respondido los leones, los tigres y los chacales del desierto.- Así vivimos nosotros».

Sin embargo: a fin de que nada falte a las funciones de Semana Santa que voy describiendo, ocúrreseme en este instante convertir esta página en una bandeja, ponerme a dar en ella golpecitos con la pluma, y exclamar, dirigiéndome a los católicos que sean millonarios:

-¡Para reedificar las iglesias de Mairena, y de Nechite!...


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A todo esto, nosotros habíamos rezado la susodicha TERCERA ESTACIÓN en lo que queda de la iglesia de Nechite, y considerado allí a JESÚS casa de Anás.

Anás había sido Sumo Sacerdote de los Judíos; pero ya no lo era. Sin embargo, tenía una hija casada con Caifás, que acababa de comprarle a Herodes aquel pontificado en una gran suma de dinero; y sin duda por esta razón, y por respeto a sus canas y a las dignidades que había ejercido, condujeron a JESÚS a su presencia antes que a la del Sumo Sacerdote en activo servicio; -o tal vez el mismo Caifás, por deferencia y obsequio a su suegro, se lo ordenó así al comandante de aquella gavilla.

«Y Pedro le seguía a lo lejos.

»Y habiendo encendido fuego en medio del atrio, y sentándose ellos alrededor, estaba también Pedro en medio de ellos.

»Una criada, cuando le vio sentado a la lumbre, lo miró con atención, y dijo: -Y éste estaba con él.

»Mas él lo negó, diciendo: -Mujer, no le conozco.

»Y un poco después, viéndole otro, dijo: -Y tú de ellos eres.

»Y dijo Pedro: -Hombre, no soy.

»Y pasada como una hora, afirmaba otro y decía: -En verdad éste con él estaba; porque es también galileo.

»Y dijo Pedro: -Hombre, no sé lo que dices.

»Y en el mismo instante, cuando él estaba aún hablando, cantó el gallo».


(San Lucas, cap. XXII.)


«Y Pedro se acordó de la palabra que le había dicho Jesús: "Antes de que cante el gallo me negarás tres veces".

»Y habiendo salido fuera, lloró amargamente».


(San Mateo, cap. XXVIII)


Entre tanto, Anás interrogaba a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina, sin obtener más que esta contestación:

«Yo manifiestamente he hablado al mundo: yo siempre he enseñado en la Sinagoga y en el Templo, adonde concurren los Judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Qué me preguntas a mí? Pregunta a aquéllos que han oído lo que yo les hablé: he aquí éstos saben lo que yo he dicho.

»Cuando esto hubo dicho, uno de los ministros que estaban allí dio una bofetada a Jesús, diciendo: -¡Así respondes al Pontífice!

»Jesús le respondió: -Si he hablado mal, da testimonio del mal: mas si he hablado bien, ¿por qué me hieres?

»Y Anás lo envió atado al Pontífice Caifás».


(San Juan, capítulo XVIII.)


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Entre Nechite y Mecina Alfahar (nuestra CUARTA ESTACIÓN) media tan poca distancia como mediaría entre la casa de Anás y la de Caifás.

Algunos expositores se inclinan a creer que suegro y yerno vivirían en dos departamentos diferentes de un mismo edificio; y he aquí que precisamente Mecina Alfahar viene a ser el piso bajo de Nechite.

En efecto: estos dos lugares están situados el uno encima del otro, como la actual villa napolitana de Resina sobre el antiguo Herculano, sepultado por las lavas del Vesubio; y, a la manera que allí no hay más que sumergirse en una especie de escalera de palacio encantado para ir del pueblo vivo al muerto, así, para trasladarse de Nechite a Mecina, todo se reduce a bajar, durante seis u ocho minutos, unos escalones tallados por las aguas en las escarpias de la Sierra.

Y muerto, o sea deshabitado, parecía igualmente Mecina Alfahar. Sus 382 hijos hallábanse todos reunidos en la iglesia, y en el más profundo silencio. El SACRAMENTO había sido ya encerrado en el «Sagrario abscóndito». No se notaba más señal de vida que el fulgor y el chisporroteo de las velas del Monumento. JESÚS estaba ya prisionero para la Iglesia como para nosotros.- Nuestras devociones principiaban a coincidir con las horas canónicas.


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Caifás, muy poseído de su papel de Sumo Sacerdote, que tanto dinero le había costado, viendo que JESÚS no respondía a los testigos falsos que declaraban contra él, preguntole airadamente:

«¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios bendito?

»Y Jesús le dijo: -Yo soy: y veréis al Hijo del hombre, sentado a la diestra del poder de Dios, venir con las nubes del cielo.

»Entonces el Sumo Sacerdote, rasgando sus vestiduras, dijo; -¿Habéis oído la blasfemia? ¿Qué os parece?

»Y le condenaron todos ellos a que era reo de muerte.

»Y algunos comenzaron a escupirle, y cubriéndole la cara lo daban golpes y le decían: -Adivina.

[...]

»Y luego por la mañana, teniendo Consejo los Príncipes de los Sacerdotes con los Ancianos y los Escribas y todo el Concilio, haciendo atar a Jesús, le llevaron y entregaron a Pilato».


(San Marcos, cap. XV.)


Esto leímos y consideramos en la iglesia de Mecina Alfahar.

Y era que, formando entonces parte Jerusalén del Imperio Romano (Pompeyo la conquistó sesenta y cuatro años antes de Jesucristo), los Sumos Sacerdotes Judíos habían dejado de ser Jueces de Apelación en lo criminal, y de tener derecho de vida o muerte.

Este derecho correspondía ya al Pretor, o sea al Procurador o Gobernador que Tiberio tenía en aquella provincia, el cual era hacía seis años un tal Poncio Pilato, o Pilatos, probablemente natural de la misma ciudad de Roma, y de fijo tan disipado, escéptico y sibarita como todos los que hacían fortuna a las márgenes del Tíber bajo los auspicios del más corrompido de los Césares.

-Vamos, pues, en casa de Pilatos, -exclamamos nosotros, saliendo con dirección a Mairena.


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Para llegar a Mairena, distante de allí una legua escasa, tuvimos que subir muchísimo; pues este pueblo es quizás el más alto de la parte oriental de Sierra Nevada. Sin embargo, hacía tanto calor en aquellas lomas batidas de frente por el sol de mediodía, que fuenos preciso descansar una hora en el Barranco de las Parras, a la sombra de unos arbolillos sin dueño, hijos naturales de un despeñado y sonoroso torrente...

[...]

En Mairena, lugar de 987 habitantes, y nuestra QUINTA ESTACIÓN, nos aguardaban algunos amigos procedentes de Laroles, que se habían adelantado hasta allí, con galante solicitud, a fin de acompañarnos luego a su pueblo, -donde debíamos pernoctar.- Por señas que, entre estos amigos, había uno de quien tengo que hacer especial mención, a pesar de la solemnidad de aquel día, o más bien a causa de su misma solemnidad...; pues trajo a mi imaginación otra fisonomía de la Semana Santa; su fisonomía urbana por decirlo así...

Era el tal un antiguo camarada mío de lecturas, polémicas y paseos melancólicos, que había residido en Guadix largos años, y que luego se había vuelto a la Alpujarra, donde nació, a esperar la vejez en medio de los suyos; el cual, al presentárseme en aquel extremo de la Sierra, parecía encargado de advertirme cuán cerca encontrábame ya de mi horizonte nativo... y de aquella amada tierra en que me juré un día hacer el viaje que ya estaba terminando... de aquella vieja Acci en que habíamos pasado juntos tantísimos Jueves y Viernes Santos, cuando él era joven y yo adolescente...

Y, en efecto; no bien lo hube abrazado en aquellas asperezas en que tan selvática figura ofreceríamos a la vista con nuestros equipos montaraces, acudieron a mi memoria los tiempos en que conmemorábamos anualmente, con una regularidad casi litúrgica, la Pasión y Muerte del Redentor; ambos vestidos de ceremonia, como todo el señorío de la ciudad; de frac y en cuerpo gentil desde por la mañana hasta la noche; sin quitarnos los guantes blancos, el Jueves, ni los negros, el Viernes, sino para hacer aquella única comida diaria en que eran de rigor las natillas, el huevo-mol, el arroz con leche y otras dulces compensaciones del ayuno y de la vigilia; recorriendo a todas horas las once iglesias abiertas allí al Culto, o sea andando las Estaciones incesantemente..., la primera vez por amor a Dios, y las restantes por amor a las jóvenes... de aquel tiempo; formando parte de todas las Procesiones, como hermanos que éramos de las principales cofradías, y muy satisfechos y orgullosos si, por ventura, éramos elegidos en ellas Mayordomos para el año siguiente...- ¡Oh! ¡Aquello sí que era estar en Semana Santa! ¡Aquello sí que era vivir! ¡Aquello sí que era ser hombres!


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No carecía, con todo, Mairena de títulos locales a la veneración de los romeros cristianos que acabábamos de llegar a sus puertas. Por el contrario: ningún pueblo de la Alpujarra recuerda un martirio tan imponente y grandioso, tan en consonancia con el de nuestro Divino Redentor, y cuya conmemoración fuese tan oportuna como el que padeció en 1568 el cura de aquel lugar bajo el poder de los Monfíes.

He aquí los sentidos términos en que lo refiere un cronista de aquel tiempo:

«Hubo en Mairena una sola muerte, del bachiller Xauriqui, cura, pero digna de un gran soldado de Cristo.

»De la manera que los sedientos, si tienen poca agua, la beben muy despacio por engañar la sed, que no pueden matar, éstos, deseosos de sangre de cristianos, en la de uno que tenían se entretuvieron, por recrear más su crueldad, que no podían satisfacer.

»Primero le atormentaron con hambre quince días, dándole de comer pocas onzas de pan de alcandía. Al tiempo de su muerte le entregaron a la ira y escarnio de muchachos y mujeres. Después, abiertos los brazos, en modo de cruz, y atado a una higuera, le abrieron el costado derecho con una lanza. De allí con dos saetas le clavaron el vientre y pecho. Luego le cortaron las piernas. Tendido en el suelo tras esto, le sembraron de pólvora el cuerpo, e hinchieron la boca, y con la mecha del arcabuz pegaron fuego. La poca ánima que le quedaba con dos balas se la arrancaron. No solo como leones rabiosos se encrudelecieron sobre el vivo; despedazaron, como sacios buitres, el cuerpo muerto y echáronlo a los perros».

«Me seguirás después», había dicho JESUCRISTO a San Pedro; y San Pedro, al cabo de treinta y dos años, padeció efectivamente la muerte en cruz.

«Me seguirás después», había dicho al propio tiempo a todo el que lo quisiera oír; y, diez y seis siglos más tarde, un humilde sacerdote de la Alpujarra seguía también a JESÚS; veíase crucificado en su santo nombre, y recibía en el costado derecho la lanzada de otro Longinos...

¡Lisonjero martirio en verdad! ¿Qué mejor empleo de esta triste vida que perderla de semejante modo? -Creer en CRISTO, Hijo de Dios vivo, y morir por ÉL y como ÉL... ¿qué mayor ventura? ¿qué mayor gloria?


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A todo esto, nosotros habíamos llegado al Pretorio de Jerusalén, o sea a la casa del Gobernador de la provincia Romana de Judea: quiero decir, habíamos entrado en la iglesia de Mairena, donde nos tocaba considerar lo acontecido la primera vez que JESÚS fue presentado a Pilatos.

Los Sacerdotes, Escribas y Prefectos del Templo judío se habían quedado a la puerta del Pretorio, por no contaminarse entrando en tiempo de Pascua a casa de un gentil, casa de un hombre impuro, casa de un enemigo de Dios, que tal era para ellos el Gobernador romano, el verdadero dueño de Jerusalén, el representante de aquel poderoso Imperio que había dado a Herodes Antipáter el Reino de los Macabeos sesenta y cuatro antes; que se lo había conservado a su hijo Herodes el Grande hasta su muerte, y que luego había dividido la Judea en cuatro pequeños reinos (Tetrarquías), repartiéndolos entre las personas que fueron más de su agrado.- No se había enojado, pues, Poncio ante aquel escrúpulo de los que en realidad eran siervos de Roma; y, pues que ellos no querían entrar en el Pretorio, él salió a la puerta, y les preguntó:

-«¿Qué acusación traéis contra este hombre?

»Respondieron y le dijeron:

»-Si éste no fuera malhechor, no te lo hubiéramos entregado. Pilato les dijo entonces:

»-Tomadle allá vosotros, y juzgadle según vuestra ley.

Y los judíos le dijeron:

»-No nos es lícito a nosotros matar a alguno.

[...]

»Volvió, pues, a entrar Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús, y le dijo:

»-¿Eres tú Rey de los judíos?

»Respondió Jesús:

»-¿Dices tú esto de ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

»Respondió Pilato:

»-¿Soy yo acaso judío? -Tu nación y los Pontífices te han puesto en mis manos: ¿qué has hecho?

»Respondió Jesús:

»-Mi Reino no es de este mundo. Si de este mundo fuera mi Reino, mis Ministros sin duda pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos: mas ahora mi Reino no es de aquí.

»Entonces Pilato le dijo:

»-¿Luego Rey eres tu?

»Respondió Jesús:

»-Tú dices que yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio a la verdad: todo aquél que es de la verdad escucha mi voz.

»Pilato le dice:

»-¿Qué cosa es verdad?

»Y cuando esto hubo dicho, salió otra vez a los judíos y les dijo: -Yo no hallo en el ninguna causa.

»Mas ellos insistían diciendo:

»-Tiene alborotado el pueblo con la doctrina que esparce por toda la Judea, comenzando desde la Galilea hasta aquí.

»Pilato, que oyó decir Galilea, preguntó si era galileo.

»Y cuando entendió que era de la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes, el cual a la sazón se hallaba también en Jerusalén.»


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¡Con tan desdeñosa compasión y tal aire de superioridad e indiferencia trató el escéptico romano a JESUCRISTO y a sus acusadores! ¡Tan pueril debió de parecerle aquella pugna de dos religiones; a él, que de seguro no creía en ninguna y que cuando preguntaba «¿Qué cosa es verdad?», volvía la espalda sin aguardar la respuesta; sin considerarla posible!

¡Ah! ¡Cuán lejos estaba de imaginar el delegado de Tiberio que aquella altiva y prepotente civilización que él representaba; aquel Imperio Romano que daba leyes al mundo; aquella teogonía helénica que aún existía para las letras y para las artes, desaparecería de la faz de la tierra al cabo de tres o cuatro siglos, precisamente por falta de espíritu religioso, por falta de fe, por falta de Dios; y que entre tanto, la doctrina predicada por aquel humilde galileo, que él acababa de enviar a Herodes como una galantería política, imperaría en Roma, se extendería por todo el globo terráqueo, y serviría de cimiento a otra civilización, prodigiosa hasta en sus errores!

¡Y cuán lejos estaban también de imaginar aquellos sacerdotes hebreos, aquellos escribas, aquel Tetrarca de Galilea, aquellas turbas de Jerusalén, que el reo cuya muerte pedían a gritos era el porvenir del mundo, y que ellos, su descendencia, el pueblo judío, toda su raza, empezarían a pagar treinta años después su crimen de haberlo desconocido y crucificado, quedándose como se quedarían sin templo, sin ciudad, sin patria, sin ley, para peregrinar eternamente por extrañas naciones, huéspedes molestos y despreciados en todas partes, verdaderos parias de la humanidad, leprosos de la Historia, abominación del Cielo y de la Tierra!


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Cuando empezó a refrescar la tarde, nos trasladamos de Mairena a la aldea de Júbar, compuesta de 46 casas y en cuya humilde iglesia nos correspondía rezar la SEXTA ESTACIÓN.

En cuanto al camino que anduvimos para llegar allí, no nos ofreció nada de particular, o, por mejor decir, nada nuevo.- ¡Siempre el mismo espectáculo maravilloso! ¡Siempre la Sierra, levantándose sobre nosotros a la izquierda hasta invadir los cielos, y despeñándose a la derecha hasta encontrar el profundo lecho de los ríos: siempre nosotros avanzando hacia el Oriente, a media ladera de la empinada montaña: siempre la Alpujarra a nuestros pies; el mar a lo lejos, y, allende el mar, la costa de Berbería: siempre una grandiosa soledad, un inmenso horizonte, y un Sol que parecía no lucir mas que para nosotros... o sea para que nosotros contempláramos aquel dilatado panorama sin accidentes humanos, aquel mapa sin fecha, aquel teatro del mundo, cuyos actores iba a buscar nuestra fantasía a través de diez y nueve siglos!

Llegados a Júbar, y una vez en su iglesia, el mas gigantesco drama se desarrolló ante nuestra imaginación, ya que no ante nuestros ojos. Parecíanos estar viendo aquellas series de vastas pinturas murales o de enormes tapices que cubren las amplias paredes de los claustros de algunas catedrales, representando escenas de la Pasión...

Herodes, alegrándose de ver a JESÚS NAZARENO, de quien tanto había oído hablar, y pidiéndole que hiciese delante de él algún prodigio; -JESÚS, callando tenazmente hasta desconcertarlo; -el Tetrarca, despreciándolo al fin, y devolviéndoselo a Pilato, vestido de blanco, en señal de irrisión; -la Mujer de Pilatos pidiendo entre tanto a su marido que de ningún modo castigase a JESÚS y asegurándole que toda aquella noche había sido atormentado su corazón gravemente en sueños por causa de aquel justo; Pilatos, empeñado en salvarlo a toda costa y diciendo a los judíos que opten entre el perdón del facineroso Barrabás y el de JESÚS; -Barrabás preferido y puesto en libertad por los sacerdotes y el pueblo hebreo; -JESÚS azotado, vestido de escarlata, coronado de espinas y provisto de un cetro de caña, asomado por Pilatos al balcón del Pretorio, para ver si sus enemigos se contentan con aquel dolor y aquel escarnio del NAZARENO, toman la cuestión a burla y lo dejan vivir; -los judíos, contestando al «¡Ecce Homo!» del compasivo romano, con aquel tremendo aullido: «¡Crucifícale!» que había de resonar en todas las edades; -Pilatos, en fin, vencido al cabo por el miedo al suspicaz y terrible Emperador Tiberio, con cuya ira le amenazan los sacerdotes, lavándose las manos en presencia del pueblo antes de firmar la sentencia...: -tales fueron los cuadros que se representó nuestra mente en la iglesia de Júbar, al oír al clérigo que predicaba el Sermón de Pasión repetir estas palabras del Evangelio de San Mateo:

«Y viendo Pilato que nada adelantaba, sino que crecía el alboroto, tomando agua, se lavó las manos delante del pueblo, diciendo:

»-Inocente soy yo de la sangre de este Justo. Allá os lo veáis vosotros.

»Y respondiendo todo el pueblo, dijo:

»-SOBRE NOSOTROS Y SOBRE NUESTROS HIJOS SEA SU SANGRE».


«Después de esto (díjonos el Padre Erra, cuya admirable Historia llevábamos también a mano) vistieron a JESÚS con sus ropas, y, puesta la Cruz sobre sus hombros, fue llevado al monte Calvario, para quitarle la vida en el suplicio».


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Serían las cinco de la tarde cuando salimos de Júbar, con dirección a Laroles, postrimer pueblo de la provincia de Granada por aquella parte, término de nuestra jornada, y ÚLTIMA ESTACIÓN que teníamos que andar; -pero ESTACIÓN solemnísina, compuesta de otras Siete, denominadas el Via Crucis.

Dicho se está que en aquellos altos senderos de la Sierra, lo mismo que en los templos que íbamos visitando, los recuerdos sagrados del día y todo lo que con ellos se relacionaba eran nuestra única preocupación y el principal asunto de nuestras conversaciones. Así, pues; a la salida de Júbar hablamos mucho (paréceme estar oyendo aquella plática) acerca de la suerte que cupo sobre la tierra a algunos de los personajes que más figuraron en la parte casual y externa de la Pasión de Nuestro Señor JESUCRISTO; y que nos causó disgusto, extrañeza, mística indignación, verdadero escándalo... el ver cuán humana y sublunar y pedestremente siguieron rodando por este mundo los Jueces del REDENTOR, sin imaginarse siquiera el tremendo papel que debían representar sus nombres en la perpetuidad de los tiempos, a causa de haber terciado en la Crucifixión de aquel galileo, irrisoriamente llamado «Rey de los Judíos».

Sobre todo, lo que las historias cristiana y gentílica aseguran de que Herodes acabó sus días en España, pugnaba con todos nuestros sentimientos religiosos, patrióticos y poéticos.- Que Poncio Pilatos volviese a Roma al año siguiente de la muerte de JESÚS, y luego morase en Francia desterrado por otros motivos, y falleciese en Vienne, ciudad del que luego fue Delfinado, como cualquier otro simple mortal, ya tenía algo de cruel, de sacrílego, de abominable...; pero pasara... ¡Allá se las compusieran los franceses!...- Pero que un Herodes (¡el mismo que mandó degollar a San Juan Bautista y entregar a CRISTO al ludibrio de la chusma!) viviese y muriese en paz en nuestra noble y piadosa tierra... era una ferocidad sin ejemplo de la Madre Historia, -a quien no podíamos perdonarle aquel insulto hecho a la Madre Patria...


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Acercábase el Sol al ocaso, y principiaba a hacer frío en las desamparadas alturas que íbamos recorriendo.

Como acontece a todos los caminantes cuando ven que termina su carrera el astro del día, nosotros recogimos en aquel momento nuestra imaginación, apartándola de erráticos devaneos, de antisociales correrías por el tiempo y el espacio y de aventureras excursiones por las soledades del campo, del mar y del firmamento, para fijarla en el mundo social, en el tiempo presente, en el objeto de nuestro viaje, en la expectativa del lugar en que íbamos a hacer noche.- Hasta el águila busca tímidamente su nido al oscurecer.

Laroles fue, por tanto, desde aquel punto y hora, la única perspectiva que acariciaron nuestros deseos; -Laroles, sus casas, sus chimeneas encendidas, sus costumbres españolas, su Semana Santa eclesiástica, su templo, su gente; su vida actual, en fin, en que poder sumar y confundir la nuestra...

Otro fenómeno psicológico contribuía a que ya diésemos por terminada la batalla de aquel día tan grande, tan deseado, tan fecundo en emociones, y a que nos despidiéramos del Jueves Santo cuando su Sol no había traspuesto todavía el horizonte...

En nuestro corazón, como en la Iglesia, había dejado de ser Jueves: era Viernes... -Sentíamos ya, pues, la fúnebre tristeza del aniversario de la Muerte de JESUCRISTO, en virtud de aquel profético procedimiento, llamado las Vísperas, que enlaza melancólica y tiernamente los júbilos y los dolores de la cristiandad, haciendo que cada Sol, al ponerse, dedique algo de sus reflejos a un «mañana» que pasó y desapareció hace ya muchos siglos...- Nuestra alma vivía en el día siguiente; en la calle de la Amargura, en el Gólgota, en las Tres de la tarde...

Entregados íbamos a estas fantasmagorías, cuando de pronto, y como obedeciendo a un conjuro, apareció ante nosotros, a un cuarto de legua de distancia, en un terreno más bajo que el que a la sazón recorríamos, un espectáculo asombroso, increíble, que nos pareció sobrenatural, y cuyo recuerdo durará tanto como nuestra vida...- ¡Ningún poeta, ningún artista, ningún creyente, ningún místico, fue jamás tan afortunado como nosotros en aquel instante!...

He aquí lo que vimos, casi con las lágrimas en los ojos.


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Empezaré por deciros que era pura y simplemente, el lugar de Laroles; esto es, una población mucho más extensa que las últimas que habíamos visitado, y situada de tal modo, que desde aquella altura descubríamos hasta el suelo de sus prolongadas calles, -en las que no se veía alma viviente.

En cambio, fuera del pueblo, por el lado que mira a la Sierra, divisábase una apretada columna de gente, que apoyándose todavía en las últimas casas del lugar, se dirigía hacia una eminencia no muy distante, donde también hormigueaba una gran muchedumbre, como aguardando la llegada de aquel misterioso cortejo...

Eacute;ste avanzaba sin cesar, aunque muy lentamente, y los últimos rayos del Sol nos dejaron percibir, de trecho en trecho, en medio de aquel cordón de seres humanos, algunas banderas, algunos puntos brillantes (que parecían armas) y algunas extrañas figuras levantadas en alto, alrededor de las cuales se apiñaba más y más la multitud, como si fuesen los trágicos protagonistas de lo que quiera que allí pasaba.

¡Misericordia de Dios! Aquello era una representación material de lo mismo que estábamos pensando: aquello era la visión profética del día siguiente: aquélla era Jerusalén: aquél era el camino del Gólgota...- ¡Nuestra última ESTACIÓN había adquirido los caracteres de la realidad! -Las escenas de la calle de la Amargura, el Via Crucis, la cuesta del Calvario, y, en esta cuesta, el Divino Mártir y los dos malhechores que debían ser crucificados con ÉL, rodeados del pueblo judío y de los soldados de Roma, habían aparecido milagrosamente ante nuestros ojos, tal como los iluminó el Sol del Viernes Santo hace más de diez y ocho siglos...

Habréis adivinado, como nosotros adivinamos muy luego, que lo que teníamos ante la vista era una Procesión de Pasos de Semana Santa que se dirigía desde Laroles a una ermita situada en las afueras del pueblo, procesión en que irían sacerdotes, cofradías con banderas, faroles levantados en alto e imágenes de la Magdalena, de San Juan, de la Virgen María y de Jesús con la Cruz a cuestas...

Pero haceos cargo de la situación de ánimo, del paraje y del momento en que nosotros columbramos aquel espectáculo, y adivinaréis también el efecto que nos causó. ¡Nunca un simulacro pudo llegar a tal grado de verosimilitud! Aquello no parecía una representación, sino la misma cosa representada, la tragedia viva y fehaciente...

S. P. Q. R. (Senatus Populus -Que Romanus) decían a nuestros ojos aquellas banderas, y en pos de ellas creíamos ver marchar: primero a Gestas, el Mal Ladrón; luego a Dimas, el que se arrepintió en la Cruz y reconoció a Jesucristo; luego a JESÚS, cayendo y levantando, ayudado por Simón Cirineo; aquí a la Verónica, saliéndole al paso y enjugándolo el sudor y la sangre del rostro con el legendario lienzo; allí a las otras mujeres que le seguían llorando, y a las cuales dijo el Salvador: -«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos»...; y, en torno de los sentenciados, a los verdugos, y, al frente de la comitiva, al centurión, y, cerrando la marcha, a los lanceros romanos, con Longinos entre ellos, y, detrás de toda aquella turba, a la angustiada Madre, traspasado el pecho por la espada del dolor, pero magnánima y valerosa, como sabiendo que los pecadores necesitábamos de sus lágrimas al par que de la sangre de su Hijo...-El Pasmo de Sicilia de Rafael, los cuadros del divino Morales y de Sebastián del Piombo, todo el Arte cristiano estaba allí ante nuestra vista, animado, palpitante, auténtico, llenándonos de santo pavor, de inmensa piedad, de punzantes remordimientos, de un amor infinito al que dio su vida por la felicidad del género humano.

Y se puso el Sol; y las luces de los faroles y de los cirios comenzaron a brillar entre las primeras sombras del crepúsculo; y el gentío se movía en sentido contrario que antes...

Dijérase que todo estaba consumado, y que los deicidas regresaban en busca de sus hogares para esconderse en ellos con el horror y la duda dentro del alma.- Pero no era más sino que la Procesión volvía a Laroles, después de haberse detenido un momento en la colina de la ermita...- mientras nosotros bajábamos por el otro lado hacia el mismo pueblo...

Ya era noche cerrada cuando penetramos en el lugar.- La Procesión llevaba algunos minutos de estar de vuelta en el templo. Las mujeres, vestidas de oscuro, circulaban por las calles con sendos rosarios en la mano y una religiosa tristeza en el rostro. Los hombres, envueltos en sus capas, capotes o anguarinas, se arremolinaban en grandes grupos, como preguntándose: -«¿Qué hemos hecho? ¿Si éstos que llegan a caballo serán los soldados de Tito que vienen a destruir la ciudad y el templo hasta no dejar piedra sobre piedra?»

Nosotros penetramos en la iglesia, rezamos nuestra ÚLTIMA ESTACIÓN, y nos dirigimos a la casa en que se nos aguardaba.


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¿Qué más os diré sobre aquel inolvidable Jueves Santo?

Todavía acuden a mi memoria numerosas reminiscencias de emociones vivísimas, todas ellas en consonancia con la santidad del día...- Pero tengo que concluir.

Me limitaré, pues, a daros una idea de lo que callo.

Recordaréis que la víspera pernoctamos en un hogar reciente e hicimos colación en compañía de un matrimonio nuevo.- Aquella noche, por la inversa, paramos en una casa de añeja historia, y cenamos con unos esposos ancianos, cuyos hijos y nietos moraban allá, en lo hondo de la Alpujarra, en la orilla del mar, lejos de su vista, bien que felices, cuanto se puede ser en este mundo; -lo cual bastaba asimismo a la felicidad de los abuelos.

Vivían éstos, por consiguiente, solos en el hogar en que habían pasado tantos años; hogar que ya empezaba a apagarse, hogar que se apagó bien pronto...- (Cuando esto escribo, ha muerto el viejo y noble caballero que nos albergó aquella noche...)

Y allí, en aquella extremidad de la Sierra, al pie del puerto de la Ragua, temeroso camino de Guadix, paso estratégico de los moros, región en que se han helado tantos viajeros, aquel anciano y nosotros conmemoramos a algunos vivos y a algunos difuntos que habían constituido siempre a nuestros ojos una especie de parentesco entre la ciudad y el lugar que separan las eternas nieves...- Había entre nosotros quien tenía enterrado en Guadix al que le dio el ser, y en Laroles al que le dio la vista...- ¡Había, sí, mucho que amar, mucho que recordar, mucho que agradecer en aquella melancólica velada! -¡Y hoy, como veis, se ha aumentado el número de los muertos!...- Requiescant in pace.

[...]


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Ya muy tarde, nos asomamos a un balcón, a fin de contemplar la Alpujarra a luz de la Luna. ¡Era la última vez (acaso en toda nuestra vida) que podríamos disfrutar de aquel grandiosísimo espectáculo!...

A la mañana siguiente bajaríamos de Sierra Nevada, con dirección a la costa y de vuelta ya para el mundo...

Pero ¿qué hoguera, qué incendio, qué volcán de luz era aquél que divisamos como a tres leguas de distancia, en medio de los montes alpujarreños? ¿Era un pueblo que ardía? ¿Era una isla de fuego en medio de un mar de tinieblas? ¿Era un túmulo inmenso, el túmulo de Cristo, adornado de millares de blandones? ¿Era otra visión profética del Viernes Santo?

Pronto supimos a qué atenernos. Aquel ascua de oro era el Lugar de Jorairátar, iluminado profusamente por sus devotos moradores, a fin de que los pueblos y cortijos comarcanos supiesen que aquella noche se predicaba allí el Sermón de la Soledad.

Para que forméis una idea del número de luces que constituirían semejante iluminación, os diré que en todas las ventanas, balcones y azoteas de cada una de las casas del lugar ardía a aquella hora (según nos explicaron) una apretada hilera de caracoles llenos de aceite y provistos de una torcida, -lo cual significa que pasarían de diez mil aquellas luminarias.

Figuraos lo que sentiríamos en tal momento. Figuraos aquel laberinto de oscuros montes que había a nuestros pies; figuraos la indecisa claridad de la Luna, mezclada con las sombras de la tierra, refulgiendo en la despejada atmósfera y reverberando en el lejano mar; figuraos a esta misma Luna, sola en el espacio como un alma en pena; figuraos la religiosa tristeza de aquella noche, después de los seculares recuerdos que habían llenado todo el día, y figuraos, por último, aquellos miles de luces, que parecían estrellas bajadas del cielo para hacer compaña a MARÍA en las negras horas de su Soledad, para bordar su manto de luto, para reflejarse en sus celestiales lágrimas...

Entre tanto, las nieves de la Sierra, aquel Monumento que, según nosotros, servía de Solio, de Cárcel y de Sepulcro a JESÚS SACRAMENTADO, continuaban brillando y brillarían toda la noche, como las luces de los Sagrarios en los grandes templos de la cristiandad...

¡Toda la noche, sí!...- y, durante ella, los padres sin ventura no dejarían un solo momento de mirar de hito en hito, con los ojos del alma, aquel esplendoroso altar de la EUCARISTÍA, velándolo de rodillas hasta el amanecer, y buscando, entre los ángeles que lloraban el Sacrificio del Señor, la faz idolatrada de los tiernos hijos que les arrebató la muerte...

Y aquí ya no hay palabras para seguir hablando de la noche del JUEVES SANTO.

[...]