La Alpujarra:8

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La Alpujarra
Primera parte: Capítulo 8



Tres leguas en tres minutos.- Una mañana de nieve.- Una espada y una daga.- Quién era D. Fernando de Valor[editar]

¡Béznar!...- Para explicar estas admiraciones ortográficas, tengo que recordaros algunas escenas históricas, tan interesantes y tan nimiamente conservadas por los cronistas, que, más que Historia, parecen capítulos de una novela de Walter Scott.

Yo no inventaré cosa alguna, ni en este ni en ningún caso. Los escritores de la época me dan todo el trabajo hecho... Mi único oficio será elegir, cuando sus versiones no concuerden, la que me parezca más verosímil.

Con que empecemos por retroceder tres leguas en el camino que acabamos de andar.


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La mañana del 24 de Diciembre de 1568 (día de Nochebuena y Viernes; esto es, festividad a un tiempo para cristianos y Musulmanes), sería cosa de las ocho u ocho y media, cuando penetraron en el Valle de Lecrin, viniendo de Granada, tres singularísimos viajeros, -singularidad que consistía en el mero hecho de viajar juntos.

Eran un caballero cristiano, una mujer morisca y un esclavo negro.

La noche anterior había nevado mucho, y el cielo amenazaba nevar más. Cerros, camino, valle, laderas, todo estaba igualmente blanco.

La nieve del camino no ofrecía huellas de que nadie hubiera transitado todavía por allí aquella mañana.

Las tres indicadas personas iban, a la sazón, cuesta abajo. El caballero se había apeado y llevaba el caballo del diestro. La morisca seguía a caballo. El esclavo marchaba un poco detrás.

Al caballero nos lo retrata del siguiente modo el historiador Ginés Pérez de Hita: «...Era mancebo de veinte y dos años. Era de poca barba, de color moreno, verdinegro, cejunto, los ojos negros, grandes; gentil hombre de cuerpo: mostraba en su talle y garbo ser de real sangre (como era verdad que lo era): tenía los pensamientos reales, procedía realmente: era de todos los moros granadinos muy estimado y respetado: era Veinticuatro de Granada.- Doy señas de él porque le vi, vestido de luto, en compañía de los demás Veinticuatros, en las honras de la Serenísima Reina Doña Isabel de la Paz, mujer de nuestro Católico Rey D. FELIPE Segundo; y entonces supe quién era y cómo se llamaba».

De la morisca sólo dice la Historia que aquel viajero «la traía, por amiga» (es la frase de Mármol); esto es, que era «su querida», como en lenguaje más moderno manifiesta Lafuente Alcántara.

Estos y otros historiadores convienen además en cuanto hemos indicado; es a saber, en que los dos amantes iban solos en el momento a que nos referimos; en que él llevaba su caballo del diestro y en que el esclavo los seguía respetuosamente...

No sería, pues, muy aventurado de nuestra parte suponer que la mahometana era de hechicero rostro, y que el joven Regidor granadino marchaba pegado a los pies de la caballera beldad, con una mano apoyada en sus rodillas, mientras que ella se inclinaba dulcemente para mejor mirarse en los ojos de su raptor o robado y escuchar sus lisonjeras pláticas.- Tal es al menos la postura académica en semejantes casos.

Pero caminaran así o menos amarteladamente, ello fue (volviendo a lo histórico) que en aquel punto y hora, al torcer una revuelta del camino, se encontraron de manos a boca con un hombre, jinete en una mula, que subía a todo correr la nevada cuesta que ellos bajaban...

Este hombre, que tenía trazas de eclesiástico, aunque no llevaba ropa de tal, iba sumamente azorado y descompuesto, mirando atrás con angustia, como quien teme ser perseguido.

Ver y reconocer a nuestro caballero fue en él una misma cosa; por lo que principió a gritar inmediatamente:

-¡Alto! ¡Alto, señor D. FERNANDO! ¡No siga adelante vuestra señoría! ¡Vuélvase a Granada!...

El llamado D. FERNANDO lo reconoció al mismo tiempo, y le dijo tranquilamente, avanzando todavía algunos pasos:

-¡Hola, señor Beneficiado! ¿Qué diantres le ocurre a vuestra merced?

Y volviéndose a su amiga, que había hecho alto, añadió:

-Es el Beneficiado de Béznar.

La morisca se sonrió levemente.

-¡Nada! ¡Nada, señor D. FERNANDO! -continuó el sacerdote, parando su mula-. Monte vuestra señoría a caballo y vámonos a Granada. Fuera una imprudencia que vuestra señoría diese un paso más por este camino. Los Monfíes han levantado en armas toda la Alpujarra, y vienen ya sublevando los pueblos del Valle...

Al oír estas nuevas, estremeciose el joven de un modo convulsivo y volvió la cara hacia la morisca, que se había puesto pálida como una difunta.

Dos miradas fulmíneas se cruzaron entre sus ojos y los de ella, mientras que el Beneficiado continuaba:

-Sí, señor; sí, señora; hay sobrado motivo para asustarse. ¡Esta es la fin del mundo!... Los Monfíes lo entran todo a sangre y fuego... Se cuentan horribles asesinatos cometidos ayer hasta en los ministros del altar... ¡Por misericordia de Dios he podido yo escapar de Béznar!... ¡A caballo, a caballo, señor D. FERNANDO, y huyamos de esos forajidos!

Cuando el clérigo pronunciaba estas últimas palabras, ya estaba el mancebo sobre la silla, en la cual hacía por cierto la más gallarda figura. Alargó, pues, la mano al sacerdote, sonriéndole afablemente, y le dijo:

-Muchas gracias, señor Beneficiado. Que vuestra merced lleve buen viaje.

Y echó a andar por la cuesta abajo, asegurándose en los estribos e igualando y tanteando las riendas, como quien se dispone a correr con gana.

La morisca y el esclavo salieron detrás de él.

-Pero ¿adónde va vuestra señoría por ahí? -preguntó lleno de asombro el pobre Beneficiado de Béznar.

-¡A Béznar! -contestó D. FERNANDO, picando ya espuelas y partiendo como una exhalación...

-¡Ave María Purísima! -repuso el buen padre de almas, santiguándose devotamente y golpeando con los talones los ijares de su mula.

Dos horas después, este Beneficiado -célebre, aunque sin nombre ni apellido-, refería en Granada, la anterior escena, que por él llegó a conocimiento de la Historia.


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Pero, por mucho que aprieten a sus caballos D. FERNANDO y su compañía, con quienes nos proponemos entrar en Béznar, han de tardar algunos momentos en darnos alcance...

Y digo algunos momentos solamente, porque, cuando se han empleado ochenta años en seis kilómetros, como nosotros los empleamos desde el Padul a Dúrcal, nada tendrá de extraordinario que, por la inversa, una cabalgata recorra ahora diez y siete kilómetros en tres minutos.

Aprovechemos, pues, este tiempo en referir otra escena que le había ocurrido el día anterior en Granada a aquel mismo apuesto joven; por donde vendremos en conocimiento de toda la importancia del al parecer sencillo hecho que acabamos de relatar.


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D. FERNANDO DE VALOR (que así se llamaba el amante de la morisca), Señor de Valor, -lugar de la Alpujarra, -era, según acabamos de ver, uno de los veinticuatro Regidores perpetuos del Ayuntamiento de Granada, o Caballero Veintiquatro, que se decía entonces; cargo elevadísimo, propio de magnates de esclarecida alcurnia, y hereditario como un vínculo, aunque también alienable, dadas ciertas calidades en el comprador.

D. FERNANDO había heredado la Veinticuatría de su padre D. ANTONIO, o más bien de su abuelo D. HERNANDO, pues su padre, que aún vivía, lo que había hecho era cedérsela... por las razones que expondremos en otro lugar...

Pero no: expongámoslas ahora mismo, que hacen más al caso.


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D. ANTONIO DE VALOR Y CÓRDOBA, caballero ilustre y rico, de arrebatado carácter y animoso corazón, creyéndose un día insultado en Ayuntamiento por otro Concejal que discutía con él sobre los negocios públicos, echó mano a la espada para vengar su agravio dentro del mismo Cabildo, cosa que no lo fue dado llegar a hacer, pues lo sujetaron y desarmaron sus compañeros.

Pero aquella mera tentativa, aquel simple desacato, bastó para que lo procesasen con todo rigor y lo condenasen nada menos que a galeras; de lo cual dedujo la opinión que sus enemigos y los tribunales se habían aprovechado de aquella ligera falta, como de un pretexto, para satisfacer a poca costa otros rencores particulares, religiosos y políticos, que se abrigaban contra el D. ANTONIO, -hombre tan popular como temido, que pasaba por desafecto a su Majestad el Rey y por adversario de la Santa Inquisición.

Hallábase, pues, el buen caballero, en la época a que nos referimos, encerrado en la Cárcel Alta de Granada («a falta de galeras», dice un historiador), mientras que su hijo, por cesión suya, ejercía el cargo de Concejal en aquel mismo Ayuntamiento que tan contrario acababa de mostrarse al apellido de VALOR.

Mas no era esto lo único que (según el runrún de las gentes) hacía nuestro D. FERNANDO en lugar y representación de su animoso padre...

Desde que D. ANTONIO DE VALOR Y CÓRDOBA fue con tal sevicia castigado, empezaron a amanecer en las calles de la capital, cosidos a puñaladas y muertos, hoy uno, mañana otro, casi todos aquellos de sus enemigos que se habían erigido en sus jueces...; y el rumor público, siquier en voz muy baja, atribuyó desde luego aquellos asesinatos misteriosos al joven Señor de VALOR, -más temido y popular todavía que su mismo padre.

Yo no sé si esta sospecha sería fundada. La Historia no ha conseguido averiguar lo cierto. Paso, por consiguiente, sobre el particular como sobre ascuas, y vuelvo a mi otra relación.


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Así las cosas, la víspera del precitado día de Nochebuena, cuando más preocupados se hallaban los cristianos viejos de Granada con las fechorías de los Monfíes alpujarreños y el sospechoso marasmo de los moriscos del Albaicin, D. FERNANDO entró en la Casa-Ayuntamiento, armado de espada y daga, como entonces era uso entre los nobles.

Hasta aquí no había nada que decir, pues sobre calidad de D. FERNANDO no cabía duda; pero era el caso que, desde el lance ocurrido con su padre, se había establecido en toda España que los Veinticuatros dejasen sus armas en poder de los porteros antes de penetrar en las Salas Consistoriales, y el joven, fuera por distracción, fuera deliberadamente, sólo se desciñó aquel día la espada, conservando la daga a la cintura, y de este modo se presentó en Cabildo.

«Un Caballero Veinticuatro, Alguacil Mayor perpetuo de Granada, llamado D. PEDRO MAZA (cuenta el historiador Ginés Pérez de Hita, aquel mismo que ya nos ha retratado a D. FERNANDO, por haberlo conocido personalmente), viendo que D. FERNANDO DE VALOR había dejado la espada, y no la daga, le dijo:

»-Señor D. FERNANDO: mal lo hace vuestra merced, no dejar la daga con la espada, como lo hacen los demás Caballeros.

»D. FERNANDO le replicó diciendo:

»-Por cierto, señor D. PEDRO, que, no advertido en ello, no lo he hecho; mas muy poco importa que yo entre con daga en el Ayuntamiento, pues de mí no hay que recelar, especialmente siendo tal Caballero que bien podría entrar con espada y daga.

»-No niego eso, -dijo D. PEDRO-; que ya se sabe que, por ser tal, tiene vuestra merced y sus pasados privilegio Real para poder llevar armas y traellas en partes vedadas y no vedadas; mas muy bien sabe vuestra merced que es uso y costumbre en todos los Reinos y Señoríos de Su Majestad que ningún Caballero, por delantero que sea, puede meter ningún género de armas en la Sala del Ayuntamiento: y así no es justo que vuestra merced las meta, pues hay otros tan buenos como vuestra merced, y no las meten.

»A estas palabras se indignó D. FERNANDO mucho contra D. PEDRO, y le dijo:

»-Ninguno hay que sea tan bueno como yo ni que con más libertad las pueda meter en cualquiera parte.

»D. PEDRO Se enojó mucho con esto que D. FERNANDO le dijo, y, atreviéndose a su oficio de Alguacil Mayor, le dijo a D. FERNANDO:

»-Pues, por el oficio que tengo, debo de derecho quitarle la daga, que no puede tenerla en la cinta sin tener la espada; y le tengo de hacer por ello denunciación.

»Y diciendo esto, se llegó a D. FERNANDO y le quitó la daga de la cinta.

»D. FERNANDO, ardiendo en ira, viendo que por ser Alguacil no se la podía defender, se la dejó tomar, diciendo:

»-Vos lo habéis hecho como villano; y juro por la Real Corona de mis pasados, de quien soy digno, que yo tome tal venganza de vos, que mi agravio quede bien satisfecho, y aún de algunos que han consentido que la daga se me quite...

»El Corregidor que oyó estas palabras, mandó que lo prendiesen; mas D. FERNANDO con gran presteza, por no ser preso, salió de la Sala y fue donde estaba su espada, y, tomándola, sacándola de la vaina, les dijo a los porteros, que le querían prender, que se tuviesen; si no, que los mataría. El Alguacil Mayor le quiso echar mano; mas no lo pudo hacer, porque D. FERNANDO, como era mozo muy suelto, se desvió afuera, y tomando la escalera, que era llana y ancha, en solos dos brincos la salvó toda.

»Llegando al zaguán, halló su caballo, que lo tenían sus criados aprestado, y, sin poner el pie en el estribo, se puso en la silla, y, apretándole las piernas, salió de las Casas del Cabildo con tanta presteza como un rayo; de tal forma, que D. PEDRO ni los porteros y otros alguaciles que allí había pudieron tener derecho del.

»Sus criados, visto el alboroto, y que no podían seguir a su señor, se metieron en la Capilla Real, que está muy cerca de las Casas del Cabildo...

»...Se presume que D. FERNANDO DE VALOR estaba en la conjuración del levantamiento del Reino, por haber ido aquel día al Ayuntamiento a caballo y por haber querido entrar con la daga, para por ello tener aquella ocasión de salirse de Granada...»

Hasta aquí Pérez de Hita.

De lo que cuentan los demás historiadores se deduce que D. FERNANDO pasó aquella noche escondido en una almazara de la Vega, adonde fueron a juntársela la morisca y el esclavo, saliendo al amanecer del día siguiente para el Valle de Lecrin, a cuya entrada lo hemos visto desatender bravamente el medroso consejo del Beneficiado de Béznar.


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Pero a todo esto, no sabemos todavía a punto fijo quién era D. FERNANDO DE VALOR, ni qué significaba aquello de la Corona Real de sus pasados, ni de dónde provenían su popularidad y el temor que inspiraba a las Autoridades granadinas.

Sepámoslo todo de una vez.

D. FERNANDO DE VALOR, a quien los moriscos del Albaicin llamaban D. FERNANDO MULEY (Muley es una especie de tratamiento árabe que vale tanto como señor, o más bien monseñor, y que sólo se da a los príncipes reales), era a la sazón: según el grave Hurtado de Mendoza, «un mancebo rico de rentas, callado y ofendido»; -«un mozo pródigo y liviano», según el complaciente Mármol; -y «un joven de notoria resolución y firmeza y eminentes cualidades para constituirse cabeza de la rebelión», según el concienzudo Lafuente Alcántara, -el cual dice también que «su familiaridad con los jóvenes más livianos de Granada, su lujo, sus prodigalidades y sus obsequios a una morisca de quien estaba enamorado, habían consumido sus rentas cuantiosas y obligándole a contraer deudas». Finalmente, este mismo escritor, compilador discretísimo de casi todos los cronistas árabes y cristianos del Reino de Granada, termina el retrato del personaje con que andamos a vueltas, poniéndole la siguiente nota: «Su carácter es altamente interesante, a pesar, de los duros epítetos con que lo han calificado los historiadores contemporáneos suyos. Sus aventuras y sus hazañas, porque también las realizó, se han presentado de una manera poética por Ginés Pérez de Hita».

Despréndese de todo lo apuntado que D. FERNANDO DE VALOR era exteriormente, en la alta sociedad granadina, ni más ni menos que lo que, antes y después de él, han sido en todas partes los jóvenes de moda y calaveras de buen tono, mixtos de próceres y de políticos: lo que Alcibiádes en Grecia, lo que el adolescente César en Roma, lo que Byron en Londres y en Italia: un escándalo, una esperanza, un escollo y un ídolo juntamente, así para los buenos como para los malos, así para las mujeres como para los hombres, así para la moral como para la patria.

Ahora: si además de esto, subrepticiamente, asesinaba o mandaba asesinar, a los farisaicos perseguidores de su padre, cuenta es esa que habría que abrirle por separado, y que sólo Dios, sabedor de la verdad, podría ajustarle en definitiva.

En fin, -y aquí entra lo más interesante, -D. FERNANDO DE VALOR era nieto, como hemos dicho, de D. HERNANDO DE VALOR, contemporáneo de la Conquista de Granada, el cual, al hacerse bautizar entonces con este nombre, trocó su condición de Príncipe moro por las grandes mercedes que le hicieron los REYES CATÓLICOS, dándole privilegios de armas y acostamientos de lanzas, con aventajados sueldos...

Ahora bien: aquel príncipe moro, pariente muy cercano de BOABDIL, y descendiente en línea recta de los ABDERRAHMANES que reinaron en Córdoba, procedía de la egregia estirpe de los OMMIADES, cuyo apellido de familia era HUMEYA, nombre de uno de los nietos de MAHOMA, hijos de su hija.

Por consiguiente, el joven D. FERNANDO, el Regidor fugitivo, el amante de la morisca, el viajero del Valle de Lecrin, contaba entre sus abuelos al mismísimo PROFETA, y no al través de una prolongada y oscura genealogía, perdida en la noche de la fábula, sino tan clara y distantemente como el actual Duque de Medinaceli desciende de los Infantes de la Cerda, o el Duque de Frías de los Condes de Haro.

Y, por consiguiente también, aquél a quien el pobre Beneficiado de Béznar aconsejaba que se volviese atrás y que huyese de los Monfíes; aquella señoría, al parecer tan castellana y tan católica, era el ídolo de los irritados moriscos, era la esperanza de sus agravios, era el que por su estirpe sagrada, por su regia categoría y por sus prendas personales, ambicionaban para jefe; era el que tal vez fue tachado por algunos de indiferente a los dolores de su raza, al verlo disipar su juventud en fiestas y amoríos, confundido con los aristócratas cristianos; era el que tornó a captarse la adoración supersticiosa de todos los descendientes de los moros, no bien empezó a creérsele autor de aquellas desastradas muertes de los enemigos de su padre; era el REY deseado de los conspiradores, el anunciado de los astrólogos, el temido de los que veían condensarse la rebelión musulmana; era, en fin, o había de ser desde aquel día, el trágico personaje que conoce la Historia bajo el sangriento nombre de ABEN-HUMEYA.


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Pero han transcurrido los tres minutos y las tres leguas que nos separaban de él...

¡Helo que llega a toda brida; pasa como un relámpago; nos deja atrás, sin curarse de nosotros, y penetra en Béznar, seguido de la morisca y del esclavo!...

¡Todavía es D. FERNANDO DE VALOR!... sigámosle... Entremos en Béznar detrás de él...

Los momentos son preciosos para todos.- ¡El insensato corre al trono y a la muerte!...- Nosotros vamos a cambiar el último tiro... para llegar adonde nos esperan los caballos de silla.