La Andriana: 04

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Escena I

CARINO, BIRRIA.

CARINO.- ¿Qué me dices, Birria? ¿Es posible que Pánfilo se case hoy con Filomena?

BIRRIA.- Sí.

CARINO.- ¿Cómo lo sabes?

BIRRIA.- Davo me lo dijo poco ha en la plaza.

CARINO.- ¡Oh, desdichado de mí! Que así como mi alma ha estado hasta aquí suspensa entre el temor y la esperanza, así después de perdida la esperanza, tras el cansancio y la congoja, está como pasmada.

BIRRIA.- Suplícote, Carino, por los dioses, que pues no es posible lo que tú quieres, quieras tú lo que es posible.

CARINO.- Yo no quiero más que a Filomena.

BIRRIA.- ¡Oh, cuánto mejor te sería procurar cómo despidieses ese amor de tu corazón, que hablar de cosas con que más atices en vano tu deseo!

CARINO.- Todos, cuando estamos sanos, damos fácilmente buen consejo a los enfermos. Si tú en mi lugar estuvieses, de otro modo sentirías.

BIRRIA.- Bueno, bueno; como quieras.

CARINO.- Pero allá veo a Pánfilo.


Escena II

CARINO, BIRRIA, PÁNFILO.

CARINO.- Resuelto estoy a tentarlo todo, antes de perderme.

BIRRIA.- (Aparte.) ¿Qué intenta?

CARINO.- Yo le suplicaré, yo me echaré a sus pies; le contaré mi pasión; recabaré siquiera, yo lo espero, que aplace por algunos días este casamiento. Entretanto, ¿quién sabe lo que puede suceder?

BIRRIA.- (Aparte.) Lo que puede suceder es nada entre dos platos.

CARINO.- Birria, ¿qué te parece? ¿Le hablaré?

BIRRIA.- Si a fe; porque ya que no recabes nada, entenderá que le has de poner los cuernos si con ella se casare.

CARINO.- ¡En la horca te veas, ladrón, con tus sospechas!

PÁNFILO.- A Carino veo... Estés enhorabuena.

CARINO.- ¡Oh, Pánfilo! Seas bien venido. Aquí vengo a pedirte esperanza, salud, socorro y consejo.

PÁNFILO.- Bueno estoy yo para dar consejos ni socorro. Pero, en fin, ¿qué es ello?

CARINO.- ¿Conque te casas hoy?

PÁNFILO.- Eso dicen.

CARINO.- Pánfilo, si tal haces, hoy verás el fin de mis días.

PÁNFILO.- ¿Cómo así?

CARINO.- ¡Ay de mí! ¡No me atrevo a decírtelo! Díselo tu, Birria, por tu vida.

BIRRIA.- Yo lo diré.

PÁNFILO.- ¿Qué es ello?

BIRRIA.- Este está enamorado de tu esposa.

PÁNFILO.- No tenemos, pues, el mismo gusto. Pero dime, por tu vida, Carino, ¿Has tenido algo más que eso con ella?

CARINO ¡Ah, Pánfilo! ¡Nada!

PÁNFILO.- ¡Cuánto lo quisiera!

CARINO.- Yo ahora, por nuestra amistad y por mi amor, primeramente te suplico que no te cases con ella.

PÁNFILO.- Yo te prometo procurarlo.

CARINO.- Y ya que eso no fuere posible, o si este casamiento, a ti te da gusto...

PÁNFILO.- ¿A mí gusto?

CARINO.- ...que a lo menos lo demores por algunos días, mientras yo me voy a alguna parte do mis ojos tal no vean.

PÁNFILO.- Óyeme ya, Carino: yo no tengo por hecho de hidalgo pedir uno que le agradezcan aquello en que él no merece nada. Más deseo yo librarme de este casamiento, que tú alcanzarlo.

CARINO-. La vida me has dado.

PÁNFILO.- Así, pues, si tú y tu criado Birria podéis hacer algo, hacedlo; inventad, rebuscad, procurad los medios para que te la den; que yo, de mi parte, haré por que a mí no me la den.

CARINO.- Esto me basta.

PÁNFILO.- A Davo veo a buen tiempo, en cuyo consejo estoy muy confiado.

CARINO.- (A BIRRIA.) Por cierto que tú a mí nunca me dices nada, sino lo que no me importa saber. ¿Huyes de aquí? (Amenazándole.)

BIRRIA.- ¿Yo? Sí, en verdad, y de buena gana.


Escena III

DAVO, CARINO, PÁNFILO.

DAVO.- ¡Oh, dioses buenos, y qué nuevas traigo! Pero ¿dónde hallaría yo a Pánfilo, para quitarle el miedo que tiene y henchirle el alma de contentos?

CARINO.- (A PÁNFILO). Alegre viene, no sé de qué.

PÁNFILO.- No es nada. No debe haber tenido noticia de estos males.

DAVO.- (Aparte.) El cual creo yo que, si ha entendido que está a punto su casamiento...

CARINO.- (A PÁNFILO.) ¿Oyes lo que dice?

DAVO.- ...andará desalentado buscándome por toda la ciudad. Pero ¿dónde le podré encontrar? ¿Qué rumbo tomaré?

CARINO.- (A PÁNFILO.) ¿Por qué no le hablas?

DAVO.- Voyme.

PÁNFILO.- Davo, ven acá, detente.

DAVO.- ¿Quién es el que me...? ¡Oh, Pánfilo, en tu busca vengo! ¡Oh, Carino, a buen tiempo ambos; que a los dos os busco!

PÁNFILO.- Davo, perdido soy!

DAVO.- Oye lo que digo.

PÁNFILO.- ¡Muerto soy!

DAVO.- Ya sé lo que temes.

CARINO.- Mi vida realmente está en peligro.

DAVO.- También sé lo que tú...

PÁNFILO.- Mis bodas...

DAVO.- ¡Ya, ya lo sé!

PÁNFILO.- Hoy...

DAVO.- ¡Dale! ¡Si lo sé todo!... Tú temes que te casarán con ella, y tú (a CARINO) que no te casarán.

CARINO.- En el caso estás.

PÁNFILO.- Eso mismo es.

DAVO.- Pues en eso mismo no hay peligro ninguno: mírame al rostro.

PÁNFILO.- Davo, por favor, líbrame ya de estos temores.

DAVO.- Yo te libro, ¡ea! Ya Cremes no te da su hija por mujer.

PÁNFILO.- ¿Cómo lo sabes?

DAVO.- Yo lo sé. Tu padre habló conmigo a solas poco ha, y me dijo que te había de casar hoy, con otras muchas cosas que ahora no hay tiempo de contarte. Yo me fui corriendo en seguida hacia la plaza, para llevarte esta noticia. Como no te hallé, súbome luego en un lugar alto; miro a la redonda; no parecías. Por casualidad topeme allí con Birria; pregúntole por ti; díceme que no te había visto. ¡Por vida...! Póngome a pensar qué haría. En esto, al volver, cruza por mi magín una sospecha. ¡Cómo! -me digo- ¡tan poco gasto!... el padre triste... las bodas tan de presto... ¡Esto no pega!

PÁNFILO.- ¿Y a qué viene todo eso?

DAVO.- Voyme luego a casa de Cremes; cuando llego no veo a nadie a la puerta. Holgueme de ello.

CARINO.- Bien dices.

PÁNFILO.- Prosigue.

DAVO.- Párome allí, y no veo entrar a nadie ni salir a nadie, ni a ninguna mujer. En la casa, nada de preparativos ni bullicio. Allegueme, miré adentro...

PÁNFILO.- Buenas señales son esas.

DAVO.- ¿Te parece a ti que estas son señales de boda?

PÁNFILO.- Pienso que no.

DAVO.- «¿Pienso que», me dices? ¡Bah!, no lo entiendes. La cosa está bien clara. Además: viniendo de allí topé al criado de Cremes, que llevaba seis maravedís de verdura y pescadillos menudos para cena del viejo.

CARINO.- ¡Davo, tú eres hoy mi salvador!

DAVO.- No hay nada de eso.

CARINO.- ¿Cómo no, pues es cosa cierta que no se la da a éste?

DAVO.- ¡Donosa necedad! ¡Como si se siguiese de necesidad que no dándola a éste te la han de dar a ti, si no lo procuras; si con ruegos y dádivas no pones por terceros los amigos del viejo!

CARINO.- Bien me aconsejas. Iré; aunque esta esperanza ya me ha burlado muchas veces. Adiós.


Escena IV

PÁNFILO, DAVO.

PÁNFILO.- ¿Qué pretende, pues, mi padre? ¿A qué propósito finge...?

DAVO.- Yo te lo diré. Si él te riñese ahora porque Cremes no te da la hija, pareceríale que a sí mismo se hace agravio, y con razón, hasta entender cómo sea tu voluntad en este casamiento; pero si tú le dices que no quieres casarte, toda la culpa te cargará entonces a ti, y allí serán las riñas.

PÁNFILO.- A todo me pondré.

DAVO.- Mira, Pánfilo, que es tu padre, y es fuerte cosa eso. Además, esa mujer está sola. En sus dichos o en sus hechos hallará tu padre algún pretexto por donde la haga desterrar de la ciudad.

PÁNFILO.- ¿Desterrar?

DAVO.- Y pronto.

PÁNFILO.- Dime, pues, Davo, ¿qué tengo de hacer?

DAVO.- Dile que te casarás.

PÁNFILO.- ¿Cómo?

DAVO.- ¿Qué es?

PÁNFILO.- ¿Que yo le diga...?

DAVO.- ¿Por qué no?

PÁNFILO.- ¡Eso, jamás!

DAVO.- Haz lo que te digo.

PÁNFILO.- No me des tal consejo.

DAVO.- Mira lo que de ello redundará.

PÁNFILO.- Apartarme de aquélla y encerrarme con esta otra.

DAVO.- Nada de eso. Yo creo que tu padre te dirá de esta manera: «Hijo, yo quiero que hoy te cases». Tú le responderás: «Me casaré, padre». Dime, ¿cómo podrá reñir contigo? Todos los consejos que él tiene por muy ciertos, sin peligro ninguno se los tornarás inciertos, pues es cosa llana que Cremes no te da su hija. Y tú no dejes por eso de ir a casa de Glicera, porque no mude Cremes de propósito. Y a tu padre dile que huelgas de casarte, para que, aunque quiera, no pueda enojarse contigo con razón. Porque eso en que tú fundas tu esperanza, fácil es de refutar: «No habrá -dices- quien quiera casar su hija con hombre de tales costumbres». Y yo te digo que tu padre más querrá casarte con una mujer pobre, que dejarte perder de esa manera. Pero si él entiende que tomas estas bodas con paciencia, se descuidará, se pondrá muy despacio a buscarte otra; entretanto, Dios hará merced.

PÁNFILO.- ¿Eso te parece?

DAVO.- No hay que dudar en ello.

PÁNFILO.- Mira en lo que me pones.

DAVO.- ¿Quieres callar?

PÁNFILO.- Bueno: le diré que sí. Pero mira no sepa mi padre que he tenido un hijo de ella, porque he prometido criarle.

DAVO.- ¡Qué locura!

PÁNFILO:- Rogome Glicera que le diese esta palabra como prenda de que no la dejaría.

DAVO.- Se procurará. Pero... cata que viene tu padre. Mira que no conozca que estás triste.


Escena V

SIMÓN, DAVO, PÁNFILO.

SIMÓN.- (Aparte.) A ver vuelvo en qué entienden o qué consejo toman.

DAVO.- (A PÁNFILO.) Este por cosa llana tiene que has de decir que no quieres casarte. Viene muy apercibido de algún lugar solitario; piensa que trae ya trazado algún razonamiento con que te confunda. Por tanto, tú mira que estés muy en ti.

PÁNFILO.- Todo cuanto pueda, Davo.

DAVO.- Fía de mí, te digo, Pánfilo, que tu padre no atravesará hoy contigo una palabra, si le dices que te casarás.


Escena VI

BIRRIA, SIMÓN, DAVO, PÁNFILO.

SIMÓN.- (Aparte.) Mi amo me mandó que, dejando otros negocios, siguiese hoy de cerca a Pánfilo, para ver qué determinaba de este casamiento. Por eso vengo aquí tras él. Allá le veo con Davo: manos a la obra.

SIMÓN.- (Aparte.) Aquí están los dos.

DAVO.- (A PÁNFILO.) ¡Ea, ten cuenta!

SIMÓN.- ¡Pánfilo!

DAVO- (A PÁNFILO.) Vuélvete hacia él como sorprendido.

PÁNFILO- ¡Ah, padre mío!

DAVO.- (A PÁNFILO.) ¡Muy bien!

SIMÓN.- Como ya te he dicho, quiero que hoy te cases.

BIRRA.- (Aparte.) Nuestro bien o nuestro mal está ahora en lo que éste respondiere.

PÁNFILO.- Ni en eso ni en nada hallarás en mí resistencia, padre mío.

BIRRIA.- (Aparte.) ¡Ah!...

DAVO.- (A PÁNFILO.) Mudo quedó.

BIRRIA.- (Aparte.) ¿Qué dijo?

SIMÓN.- Haces lo que debes, pues me otorgas con amor lo que te pido.

DAVO.- (A PÁNFILO.) ¿No te decía yo...?

BIRRIA.- (Aparte.) Mi amo, a lo que entiendo, se ha quedado sin mujer.

SIMÓN.- Ve, pues, a casa ya, porque no nos hagas detener cuando fueres necesario.

PÁNFILO.- Voyme.

BIRRIA.- (Aparte.) ¡Que no haya un hombre de quien fiar en cosa alguna! Verdadero es aquel refrán que dice; «Todos quieren más para sus dientes, que no para sus parientes». Yo vi a esa moza, y me acuerdo que la vi doncella de buen rostro; y así no me maravilla que Pánfilo haya querido más abrazarse con ella entre sueños, que no que Carino la abrazase. Vamos con estas buenas nuevas a mi amo; que en pago no me dará malas albricias.


Escena VII

DAVO, SIMÓN.

DAVO.- (Aparte y señalando a SIMÓN.) Este piensa ahora que, yo le traigo algún engaño y que por esto me he quedado aquí.

SIMÓN.- ¿Qué cuenta Davo?

DAVO.- Nada por ahora.

SIMÓN.- Con que nada, ¿eh?

DAVO.- Ninguna cosa.

SIMÓN.- Pues yo esperaba que sí.

DAVO.- (Aparte.) Hale burlado su esperanza, ya lo veo: esto le da pena al hombre.

SIMÓN.- ¿Podrías decirme, Davo, la verdad?

DAVO.- Nada más fácil.

SIMÓN.- ¿Siente por ventura mucho mi hijo este casamiento, por los amores que tiene con esta forastera?

DAVO.- No en verdad, o cuando mucho será pena de dos o de tres días, ¿entiéndesete? Que después él la dejará. Porque él mismo ha considerado ya entre sí este caso con buen uso de razón.

SIMÓN.- Bien está.

DAVO.- Mientras le fue lícito, y mientras dieron lugar sus años para ello, tuvo amiga, y esto con mucho secreto, procurando siempre no le fuese afrenta, como lo han de hacer los hombres de su pro. Ahora que es menester que tome esposa, sólo piensa en casarse.

SIMÓN.- Algo triste me pareció que estaba.

DAVO.- No por eso; sino que tiene de ti no sé qué queja.

SIMÓN.- ¿De qué?

DAVO.- De una niñería.

SIMÓN.- ¿Qué es ello?

DAVO.- ¡Si no es nada!

SIMÓN.- Acaba ya de decir lo que es.

DAVO.- Dice que haces muy corto gasto.

SIMÓN.- ¿Yo?

DAVO.- Tú. Apenas ha hecho, dice, de gasto diez reales. ¿Esto le parece que es casar un hijo? ¿A quién de mis amigos, dice, osaré ahora traer a mis bodas convidado? Y a la verdad, aquí, inter nos, me parece que has estado muy tacaño. Yo no lo apruebo.

SIMÓN.- Cállate.

DAVO.- (Aparte.) Picole.

SIMÓN.- Yo veré de que todo se haga como cumple. (Aparte.) ¿Qué enredo será éste? ¿Qué pretenderá el bellaco? Porque, si aquí hay alguna trampa, éste es en ella el tramoyista.


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