La Argentina: 12

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La Argentina
Canto undécimo
Estando en tierra firme poblada la gente, son muertos y cautivos de indios cien hombres. Retráense los que quedan a la isla de San Gabriel, donde mueren muchos de hambre
de Martín del Barco Centenera



Al enhornar, decimos, que se entuertan
los panes; y así vemos que parece
que cuando en el principio no conciertan
las cosas con prudencia, que acontece
que al fin de todo punto desconciertan,
y el caso mal guiado en mal fenece;
lo cual se muestra claro en este canto,
que bien podría mejor llamarle llanto.


Estaba, como dije, rancheada
la gente sin ventura en aquel llano,
de paja cada cual hecha morada.
La inexorable Parca, con tirano,
desapiadado curso desfrenada,
con las tijeras crudas en su mano
comienza de cortar las tristes vidas
que estaban a la vista más floridas.


Dijimos que el Cacique de esta gente,
llamada Charruaha, es Zapicano,
y que tiene un sobrino muy valiente,
Abayubá, mancebo muy galano,
de gran disposición y diligente,
discreto al parecer y muy lozano;
valor en su persona bien mostraba,
por donde Zapicán mucho le amaba.


Al real en mal punto fue traído
por ciertos capitanes, y llegado
el Juan Ortiz le prende, que ha sabido
que entre los indios era respetado.
En su busca veinte indios han venido;
un Guaraní, que entre ellos se ha criado
y de lengua servía, ha sido preso,
y oíd de estas prisiones el suceso.


El un preso del otro no sabía,
que así se diera la orden y la traza.
Mas presto Zapicán triste venía,
que miedo ni temor no le embaraza.
El preso a Juan Ortiz pide, y envía
a su gente que traiga mucha caza,
y él queda con el preso; y más valiera,
que vivo del real jamás saliera.


Consulta Juan Ortiz como le pide
el Cacique al sobrino; aconsejaba
Vergara no se dé, y aun que lo impide
por causas muy urgentes que mostraba.
Por sola voluntad suya se mide
el Juan Ortiz, que a pocos escuchaba.
Una canoa pide a Zapicano
le traiga por rescate y un cristiano.


Había a un marinero maltratado,
por donde entre los indios se ha huido.
Aquél y la canoa presto ha dado
en trueco de Abayubá su querido.
La caza que los indios han sacado,
por precios y rescates la han vendido.
El tío y el sobrino van ufanos,
jurando de vengarse por sus manos.


Los nuestros, por la falta de comida,
a yerbas como suelen van un día.
Los indios al encuentro de corrida
les salen, y mataron a porfía
cuarenta, y el que escapa con la vida
es porque al enemigo se rendía.
A pura pata dos se escabulleron,
y el caso de esta forma refirieron.


Así como llegaron, los paganos
en dos alas en torno se pusieron,
desmayaron de miedo los cristianos
cuando en medio los indios los cogieron.
Con los indios vinieron a las manos,
que de los arcabuces no pudieron
aprovecharse, cosa que la mecha
y pólvora que llevan no aprovecha.


La pólvora mojada, los cañones
tenía Juan Ortiz enmohecidos;
vencido de sus vanas pretensiones,
no tiene los soldados guarnecidos;
las armas les quitó, y en ocasiones
las vuelve, que no son favorecidos
con ellas, que no son ya de provecho,
que el moho y el orín las ha deshecho.


La más gente que a yerbas ha salido,
sin armas y sin fuerzas y sin brío,
con solos los costales han partido,
los más casi desnudos y con frío.
Pues llega el Abayuba encrudecido,
a su lado con él viene su tío,
y entrambos tal estrago van haciendo
que las yerbas del campo van tiñendo.


La grita y alarido levantaban,
diciendo el Capitán echa prisiones.
Los nuestros defenderse procuraban.
Los indios vuelan más que unos halcones;
y a cuantos con las bolas alcanzaban,
no basta a defenderles morriones.
Al fin muertos y presos todos fueron,
si no fueron los dos que se huyeron.


Venidos al real estos huidos,
despacha Juan Ortiz a priesa gentes;
con Pablo Santiago son partidos
diez o doce soldados diligentes.
Aquéstos en un cerro están subidos
a vista del real, a do valientes
y astutos en la guerra, y muy cursados,
están con el temor acobardados.


El sargento mayor Martín Pinedo,
con cincuenta soldados ha partido;
el Pablo Santiago estaba quedo
con sus doce, y los más que han acudido.
El Sargento Mayor no tiene miedo,
según dice, a Roldán que haya venido.
Con su gente camina, y llegado
do estaba Santiago, así le ha hablado.


«Conviene que marchemos todos luego,
ninguno de seguirme tenga excusa».
El Pablo Santiago como fuego
camina, mas de a poco lo rehúsa,
diciendo: «alto hagamos aquí ruego».
Pinedo de cobarde allí le acusa,
con estos pareceres discordados
bastó para que fuesen desolados.


El Sargento Mayor dice «marchemos»,
el otro, del peligro se temiendo,
«hagamos alto», dice, «pues que vemos
que indios se vienen descubriendo».
El sargento replica: «caminemos,
que el indio viene apriesa acometiendo».
«Volvamos las espaldas». «Santiago,
no es tiempo ya, haced como yo hago».


Embraza su rodela, y con la espada
resiste a los cristianos que querían
volver atrás; mas viendo que de nada
les sirve, y que los indios le herían,
con solos cinco o seis de camarada
espera; que los otros que huían,
tras el sargento iban tan ligeros
cual suelen ir tras uno mil carneros.


El zapicano ejército venía
con trompas y bocinas resonando;
al sol la polvareda obscurecía,
la tierra del tropel está temblando;
de sangre el suelo todo se cubría,
y el zapicano ejército gritando
cantaba la victoria lastimosa
contra la gente triste y dolorosa.


Los enemigos, viendo el campo roto,
siguieron la victoria tan gozosos
cual suele el cazador ir por el coto
matando los conejos temerosos.
Cual indio espada, alfanje lleva boto
de herir y matar, cual los mohosos
cañones de arcabuz lleva bañados
de sangre con los sesos mixturados.


Cual toma el alabarda muy lucida
y comienza a jugar con ambas manos,
quitando al que la tiene allí la vida,
después a los demás pobres cristianos.
El Sargento Mayor va de corrida,
echando la rodela por los llanos,
Caytúa le siguió, indio de brío,
y alcánzale a matar dentro del río.


El viejo Zapicán con grande maña
el escuadrón y gente bien regía,
Abayuba el sobrino con gran saña
en seguimiento va del que huía.
Su grande ligereza es tan extraña,
que nadie por los pies le escabullía;
Cheliplo y Melihón, que son hermanos,
pretenden hoy dar fin de los cristianos.


A Tabobá le cabe aquella parte,
a do está con los cinco Santiago;
aquéste es en la guerra un fiero Marte,
y así hizo este día crudo estrago.
A Carrillo por medio el cuerpo parte,
un brazo derrocó a Pedro Gago;
Buenrostro el Cordobés, y un Arellano,
fenecen a los pies de este pagano.


El Capitán y el otro compañero
habían grande rato peleado,
y el Tabobá, muy crudo carnicero,
estaba muy sangriento y muy llagado.
Y así vino a su lado muy ligero,
y en esto ha disparado un mal soldado,
y al Capitán la espalda atravesaba,
aunque su muerte presto él esperaba.


El Capitán cayó muerto en la tierra,
Benito, según dice, lo matara.
Moviole a lo matar la pasión perra
que con el Capitán éste tomara.
Jurado lo tenía que en la guerra
se había de vengar que le injuriara,
y así le dio el castigo de este hecho,
metiéndole una flecha por el pecho.


Aquí Domingo Lárez, valeroso
en sangre y en valor y valentía,
anduvo con esfuerzo y animoso,
reprimiendo del indio la osadía;
y viéndole ya andar tan orgulloso,
los indios acudieron a porfía,
y a puja, a cual más puede, le hirieron,
y quebrándole un brazo le prendieron.


Cansados los contrarios de la guerra,
o por mejor decir de la matanza,
y viendo que la noche ya se cierra,
no curan de llegar a nuestra estanza.
Del fuerte se les tira, mas dio en tierra
un tiro culebrina, que no alcanza.
Por eso, y por la noche a los cristianos
dejaron de seguir los Zapicanos.


El despojo que llevan son espadas,
alfanjes, alabardas, morriones,
rodelas, salmantinas muy doradas,
sombreros, capas, sayos y jubones.
Las cajas de arcabuces, ya quebradas,
llevaban solamente los cañones,
con que, dando la vuelta, van matando
aquellos que hallaban boqueando.


Y al que hallan en pie ya levantado
del sueño de la muerte que ha dormido,
del peligro librarse confiado,
por ver como ya ha vuelto en su sentido,
en un punto le tienen amarrado,
quitándole primero su vestido.
Con armas y cautivos van triunfando,
y la gente en el fuerte lamentando.


Cual dice: «¡Oh desventura, oh caso extraño,
oh mísero suceso de esta armada!».
Cual dice: «no viniera tanto daño
si fuera aquesta cosa bien pensada».
Cual dice que la causa de este engaño
procede de la hambre acobardada.
Cual dice que la suerte de esta vida
está a aquestas caídas sometida.


Pues quien perdió el amigo y el hermano
levanta hasta el cielo los gemidos,
y dice con dolor: «¡Pueblo cristiano
en manos de los lobos deshambridos!
Volved con piedad, Señor, la mano,
doleos de los tristes afligidos,
doleos de los niños inocentes
que gritan con sus ojos hechos fuentes.


»Doleos de las tristes afligidas
que quedan sin abrigo y compañía;
también de las doncellas doloridas
que pierden a sus padres y alegría;
de las madres, Señor, enternecidas,
que pierden a quien sombra les hacía;
de todos os doled, Dios poderoso,
y socorred al pueblo doloroso».


Mas quiero las dejar, que bien les queda
para poder llorar el tiempo largo,
mas no al que salir del fuerte veda,
que aquesto tomó entonces a su cargo,
y quiera Dios consuelo tomar pueda,
(que tiene el corazón triste y amargo)
el buen capitán Pueyo, que al hermano
tendido vido muerto en aquel llano.


Aqueste Capitán, aunque miraba
de lejos al hermano que ve muerto,
al fuerte a grande priesa procuraba
que todos se recojan, que es lo cierto.
El Juan Ortiz a priesa caminaba
a donde están los indios sin concierto,
y si el desventurado allá llegara,
el resto del armada se acabara.


Pues ido el enemigo ya, y venida
la triste de la noche temerosa,
la miserable hacienda ya metida
en el fuerte con priesa presurosa,
nuestra gente, sin fuerzas y rendida
a la tirana muerte dolorosa,
por la frígida arena está tendida
y de puro desmayo amortecida.


El Juan Ortiz su ropa con presteza
embarca aquella noche, que temía
no diese Zapicán con ligereza
sobre el fuerte y real antes del día;
y no tardó, que vino sin pereza
al punto que la aurora descubría,
y piedras a menudo al fuerte tira,
mas en tocando al arma se retira.


Pues viendo cómo al fuerte hubo venido
el enemigo al ver lo que pasaba,
en la capitana todos se han metido,
que cerca de la tierra en seco estaba.
Allí con gran dolor se ha recogido
el resto sin ventura que quedaba.
La noche tristemente se ha pasado,
y el último remate se ha esperado.


Cuando el Sol aún apenas descubría,
un indio por la playa caminando
bajaba, y el semblante que traía
parece de español; de cuando en cuando
paraba; con la priesa que traía
a do estamos se viene ya acercando;
de su traje y manera bien parece
que alguna cosa nueva nos ofrece.


Llegando donde estaba el despoblado,
sin tener a las chozas advertencia,
contra el navío el paso enderezado,
desde la playa hizo reverencia;
con un sombrero señas ha formado
con gran placer y grande continencia.
Saliendo pues por él, viene contento,
y dice de su caso el fundamento.


Yamandú dice el perro que se llama,
que arriba ya tratamos su manera,
y que Juan de Garay le quiere y ama,
por donde le encargó aquesta ligera.
Que de nuestra venida tiene fama,
y que con la respuesta allá le espera
para venir con balsas y comida,
sabiendo que el armada ya es venida.


Por señal el vestido representa
un sayo de algodón con un sombrero,
y a muchos españoles nombra y menta,
por do su embuste pinta verdadero.
Aquel que se ve puesto en una afrenta,
bien vemos que se cree muy de ligero;
con la primera nueva que ha venido
el ánimo dudoso es compelido.


Con este Yamandú se escribe luego,
y a Garay Juan Ortiz da cuenta larga
de la pérdida grande y sin sosiego
en que la gente queda, y cuán amarga;
y que venga volando como fuego
le manda, y de comida traiga carga.
Mas Yamandú malvado no saliera,
cuando Zapicán viene a la ribera.


Sus indios piedras tiran, aun allegan
con ellas a la nave, do temblando
la gente está. En la pólvora no pegan
las mechas, aunque están más refregando.
Los indios por las yerbas se refriegan,
motín, perneta hacen muy gritando;
al fin dejan el campo ya venida
la noche horrible, triste, obscurecida.


Apenas amanece, cuando viene
un indio de endiablada catadura,
y muy poco en la playa se detiene.
Hasta que el agua llega a su cintura,
de allí dice que gana grande tiene
de probar en el campo su ventura,
que salga aquel cristiano del navío
que quisiere aceptar el desafío.


«De parte de la Luna a quien adoro»,
está diciendo el indio, «yo prometo
guardar la fe que diere; que el tesoro
que estimare mayor de aqueste rieto,
será que en estas tierras donde moro
de Zapicán un indio su subjeto,
sin otra ayuda alguno en este llano,
se atreva a combatir con un cristiano».


Estando aqueste indio razonando
con superbas palabras y blasones,
en breve de mi lado retumbando
un tiro le ha acortado sus razones.
De entre las yerbas salen bojeando
del indio Zapicán dos escuadrones,
que estaban a la mira en emboscada
por dar fin y remate del armada.


Comienzan a hacer gran alboroto
en luengo de la playa ya corriendo,
ya al fuerte, que tenía todo roto,
las paredes y chozas abatiendo;
y viendo a los cristianos cómo en coto
están, aunque gran pena padeciendo,
y no pueden hacerles mal alguno,
comienzan a acogerse de consuno.


Con todo aquesto viene cada día
a vista el enemigo Zapicano,
por ver en el estado que estaría
el encogido ejército cristiano.
En tanto Juan Ortiz a tierra envía
por una media barca que en el llano
estaba, con la cual presto es mudada
al isla San Gabriel la triste armada.


Después que aquesta isla se tomaba,
un día noticia cierta se ha tenido
que Zapicán su ejército mudaba
al Uruguay, que es río muy crecido.
Al tiempo que el cristiano reposaba,
con su gente y canoas ha subido;
de aquesto dan noticia los cristianos
que se escapan huyendo de sus manos.


Vinieron seis soldados fugitivos,
y no pudieron más porque los atan
de noche, y dicen quedan treinta vivos,
que después que una vez prenden, no matan.
Con ellos no se muestran muy esquivos,
y si les sirven bien, no los maltratan;
pero si sirven mal, a rempujones
les fuerzan a que salgan de harones.


Aunque esto se le puso por delante
a Alonso Ontiveros, no aprovecha
a que deje de obrar cosa que espante,
pues no puede tenerse por bien hecha.
Aquéste en el hablar era elegante,
mas no lo fue en hacer esta deshecha,
pues bien claro descubre en el remate
el ser cualquiera cosa y su quilate.


Estaba en un navío aprisionado,
que en parte del delito se hallara
por do Sotomayor fuera ahorcado,
cuando huirse con él se concertara.
Habíanle los grillos ya quitado,
y créese también que se librara;
mas él al enemigo va huyendo
por más seguro medio le escogiendo.


Del Zapicano fue bien recibido,
y luego se mudó el nombre cristiano;
de las costumbres de indio se ha vestido,
usando de los ritos de pagano.
En confusión aquéste me ha metido,
que por amigo túvele y hermano;
huyendo de la muerte ha apostatado,
después se arrepintió de su pecado.


No quiero más decir, que estoy cansado,
y temo de cansar a quien me oyere,
mayormente que el canto desastrado
ha sido, y de llorar; mas quien quisiere
saber de Juan Ortiz Adelantado
su suerte, si leerla le pluguiere,
espéreme a otro canto, que ya siento
que da Rodrigo Díaz vela al viento.