La Argentina: 16

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La Argentina
Canto decimoquinto
En este canto se trata de las crueles y terribles muertes que los indios daban a los cristianos cautivos
de Martín del Barco Centenera



De aquello que una vez se hubo estrenado,
el vaso nuevo guarda, como vemos,
el gusto y el olor; lo que es usado
por largo tiempo, en hábito tenemos,
y tanto en natural se ha transformado,
que siempre con lo tal bien nos habemos;
y así dejar costumbre muy usada
es cosa muy difícil y acabada.


Oí, cierto, una cosa muy galana
de un hombre cuartanario, que decía,
teniendo ya salud entera y sana,
que sin gusto y contento ya vivía;
estaba ya tan hecho a su cuartana,
que por falta su absencia la tenía.
Mirad qué es la costumbre, y de qué suerte,
que dicen que mudarla es par de muerte.


Estoy ya tan cursado en esta historia
en males infortunios y descuentos,
que aquello que tuviera otro por gloria,
tratar del enemigo y sus lamentos,
no daba tanto gusto a mi memoria;
y así me parecía los acentos
faltaban por tratar yo de alegría,
por do vuelvo a cantar como solía.


La gente desdichada zaratina
de la esperanza estaba muy colgada;
el que esperando está siempre imagina
la cosa que le está más apropiada;
y cuando ve mudanza repentina,
tras ella su memoria va guiada,
que el ánimo dudoso tiene aquesto,
que acá y allá se muda muy de presto.


Estaban congojosos, esperando
que vuelvan los navíos al concierto,
ya viene Melgarejo navegando,
dejando la más gente allá en el puerto.
El buen Capitán entra pregonando
que el perro Zapicán quedaba muerto,
y que iba ya huyendo de corrida
su ejército y su gente de vencida.


Con placer le reciben de alegría,
y todos con la nueva se alegraron,
el roto campo y gente, artillería,
en la zabra y bajeles embarcaron.
La zabra el Uruguay entrado había,
el cual los pilotos no acertaron;
ni basta izar trinquete, ni el antena,
que fuertemente encalla en el arena.



Los bergantines suben prestamente
a descargar el hato que llevaban,
el Guaraní acudiera diligente
a ver que los cristianos esperaban.
Recibidos de paz, y prestamente
los indios a su casa se tornaban,
y en breve a dos cristianos han traído,
y que otros dos traerán han prometido.



Venidos los bajeles y buen viento,
la zabra desencalla del bajío
sin recibir de aquesto algún tormento,
que piedras por aquí no tiene el río.
Al puerto se llegó con gran contento,
a donde el Guaraní volvió con pío
de haber de los rescates castellanos,
y trajo por rescate dos cristianos.


El capitán Garay hecha tenía
a Juan Ortiz la casa en que viviese,
y cada cual la suya se hacía,
por tener un rincón do se metiese.
El Juan Ortiz en éste proveía
que de hoy en adelante se dijese
y nombrase Vizcaya el Argentino.
¡Mirad el ambición del vizcaíno!


Después al Paraguay determinaba
que vayan a traer mucha comida.
Al capitán Garay acompañaba
Rui Díaz, que procuran la manida
de Cayú, que en las islas habitaba.
Allá los dos caminan de corrida,
primero con Chanaes encontraron,
y de ellos dos o tres aprisionaron.


De aquí los dos pasaron adelante
en busca de comida; y en el río
que dije Igapopé, do está triunfante
el indio Guaraní, que es un gentío,
como hemos dicho ya, en maña pujante,
sin otra presunción ni desafío,
en los indios asalto dan bravoso
cuando el sol alumbraba luminoso.


Habían estos indios abscondido
sus hijos y mujeres, y pensaban,
en viendo algo seguro su partido,
en nuestra gente dar, y así hablaban
diciendo pocos son; mas fue sabido
el falso que en secreto concertaban,
y así salen huyendo por las vegas,
dejando de maíz muchas hanegas.


Tres casas y buhíos se dejaron
con doscientas hanegas bien colmadas
de maíz, y otras cosas que se hallaron,
y estaban so la tierra sepultadas.
Los soldados las casas les quemaron,
y fueran con los nuestros ya quemadas
de un indio que lo andaba maquinando,
si no estuviera Arévalo velando.


El capitán Garay con sus soldados
camina a la Asumpción con mucha prisa.
El capitán Rui Díaz (bien cargados
los suyos de comida y de la presa,
que fueron cuatro indios señalados,
y entre ellos de Cayú un hijo) atraviesa
a donde está el real, y en breve allega,
y la comida y presa toda entrega.


La nave vizcaína se me aqueja
que de ella no me acuerdo; está plantada
allá en un arenal, a do la deja
Juan Ortiz de gente mal poblada.
Paréceme que queda como oveja
a lobos deshambridos entregada;
de cuando en cuando van a visitarla,
mas la gente se teme de guardarla.


Y no quiero culparles, pues que tiene
cualquiera, acá do estamos, sobresalto,
pensando cada cual que le conviene
rogar a nuestro Dios que de lo alto
envíe su socorro, que si viene
a dar el enemigo algún asalto,
sin duda perecemos, porque vana
la guarda es sin la guarda soberana.


Un caso contaré, que manifiesta
en su tanto y manera esta sentencia,
de cómo humana guarda poco presta
si está en contra divina Providencia.
Sucede a media noche una molesta
y triste desventura, diligencia
no basta a le impedir, porque la casa
de Juan Ortiz se torna hecha brasa.


Al punto que la gente reposaba,
un fuego se emprendió; el Adelantado,
según pareció ser, despierto estaba,
a prisa sin parar se ha levantado.
El viento al fuego fuerza acrecentaba,
la casa y cuanto tiene se ha abrasado,
que mientras más va, el fuego más se atiza,
y vuelve todo en polvo y en ceniza.


¡Eterno Dios!, que azotas y castigas
los hombres por razones exquisitas,
¡qué de tormentas, hambre, sed, fatigas,
trabajos, guerras, cosas infinitas
he visto! Y sé Señor, que más obligas
aquel a quien castigas, y lo incitas
a que ande entero siempre en tu servicio,
mas no conoce el malo el beneficio.


Metiose Juan Ortiz en su navío,
adonde su hacienda está guardada;
no cura de hacer ya más buhío,
que la zabra la tiene por morada.
La guarda se le hace junto al río,
la gente por el campo está poblada
en sus chozas de paja, sin abrigo,
con no poco temor del enemigo.


Al arma un día se toca, alborotados
a todos los veréis, porque asomaban
el piloto mayor y los soldados,
que la nave sin guarda la dejaban.
A todos los veréis amedrentados,
las damas y doncellas lamentaban,
los hombres desmayados, suspirando
andaban por la plaza divagando.


Llegó, pues, esta gente que guardaba
la nave vizcaína, y en llegando
al piloto unos grillos luego echaba
el Juan Ortiz, la cosa exagerando.
El preso su venida disculpaba,
el miedo por excusa presentando,
diciendo que en la nave a la ventura
estaba, y beneficio de natura.


Aquel Cayú que dije, que huyendo
salió con los demás, y que dejara
captivo el hijo, vuelve ya corriendo,
el río Uruguay atravesara.
Algunos de los suyos le siguiendo
a Juan Ortiz pescados presentara,
con lágrimas y ruegos significa
lo que con alma y vida le suplica.


Que en rescate del hijo una graciosa
mozuela tome pide, así pensando
cumplir su voluntad tan deseosa,
su rostro y hermosura exagerando.
Y dícele la tome por esposa,
y mientras él está aquesto tratando,
el Juan Ortiz la moza recibía,
y al indio sin su hijo en paz envía.


En este tiempo, ¡oh cosa lastimera!,
flecharon al dichoso Chavarría.
Aquéste a los Chanaes les cupiera,
al tiempo que la presa se partía.
Ordenado de grados supe que era,
versado en natural filosofía,
discreto, sabio y muy caritativo,
de mucha habilidad y seso vivo.


Es justo déste quede gran memoria,
que su fin lo merece lastimoso,
y pues llevó la palma de victoria,
gozoso le nombremos y dichoso.
Yo espero nuestro Dios le dio la gloria,
que yo le conocí por virtuoso,
y oídme aquesta grande maravilla,
que más me mueve a envidia que a mancilla.


Sacáronle los indios del poblado
en un pantano grande anegadizo,
y en un palo le ponen amarrado,
y flechas dan en él como granizo.
Quedó en breve tiempo tan cuajado
cual vemos el pellejo del erizo
de sus agudas puas, tal estaba,
y con esfuerzo grande así hablaba.


«Eterno Dios, el alma te encomiendo,
que el cuerpo miserable que padece
(aunque está este tormento padeciendo),
mayor por mis pecados él merece».
Estando estas palabras él diciendo,
el bárbaro cruel más se embravece,
y Chavarría en Cristo contemplando
el Miserere mei está cantando.


Cual suelen cazadores por el soto
con perros y sabuesos vocería
alzar, así hiriendo a este devoto
el crudo barbarismo lo hacía.
Estaba ya su cuerpo todo roto,
la sangre hilo a hilo dél corría,
mas él no deja el canto de consuelo,
que espera de tener paga en el cielo.


Y oíd, mi buen Señor, aquí otra cosa
que tiene en confusión a estos paganos
por ser a vista de ojos espantosa,
según lo refirieron tres cristianos.
Captiva uno esta gente perniciosa,
y sácanle los ojos, pies y manos
le cortan con malvada y gran fiereza,
y dicen que está vivo. ¡Qué grandeza!


Juan Gago este cautivo se decía;
de Guadalupe mozo virtuoso,
en Logrosán, mi patria, me servía
al tiempo que dejara yo el reposo.
A la Virgen purísima María
de Guadalupe dice este dichoso:
«En este punto sed vos mi abogada»,
y acude a su costumbre tan usada.

Dios sabe cuánto yo lo he procurado
sacar de cautiverio por mil vías,
y el trabajo y las hambres que he pasado
andando tras los indios muchos días.
En muy grandes trabajos me he arrojado
por mi propia persona, y con espías,
y nunca he sido en ello de provecho.
Acaso Dios hará con él su hecho.


Juan Barros de los indios fue cautivo,
en tiempo de don Pedro, en los Beguaes.
Mataron otros, mas aquéste vivo
criaron, que era niño, y a Chanaes
le venden (aqueste hombre de que escribo
algún tiempo traté). Chiriguanaes
le cautivan, y tiempo mucho estuvo
entre ellos, y mujer e hijos tuvo.


Aqueste Juan de Barros cierto vide
que hizo gran provecho a los cristianos,
que Dios todas sus cosas siempre mide
con divinos secretos soberanos.
No sabe el triste hombre lo que pide,
lo más cierto es dejárselo en sus manos;
esta consideración en verdad hago
en el negocio siempre de Juan Gago.


Estaban, sin los dichos, más cautivos
que asimismo mataron estos perros,
empalando y flechándolos aún vivos,
y también desgarrándolos con hierros,
y por mostrarse crudos y nocivos
en vida a muchos meten en entierros,
a do mueren de hambre, cruda, perra,
y vivos sepultados so la tierra.


Aquí quiero no quede por olvido
un caso que me viene a la memoria.
Del grande Patriarca enriquecido
de bienes duraderos en la gloria,
seráfico Francisco ha merecido
un hijo suyo palma de victoria,
en tiempo de don Pedro le mataron,
y el caso de esta suerte me contaron.


Estando este bendito religioso
hincado de rodillas en el suelo
con grande devoción, el envidioso
Agaz, tirano indio, sin recelo
le flecha, mas al punto un luminoso
nublado descender se ve del cielo,
y en él subir a todos parecía
una doncella, bella en demasía.


Los indios con aquesto se espantaron,
de suerte que a él con otros compañeros
que habían muerto a todos enterraron,
llorando porque fueron carniceros
de aquel bendito fraile que mataron.
Y están en su temor hoy tan enteros
los descendientes de ellos, que recelo
tienen que les venga fuego del Cielo.


A nuestra historia, pues, dando la vuelta,
Cayú de su hijuelo deseoso
tras el Garay se fue, que a vela suelta
el río arriba iba sin reposo.
Y cuenta cómo al hijo no le suelta
el Juan Ortiz, y pídele lloroso
que le escriba una carta, en que le ruegue
que su querido hijo se le entregue.


Es Yamandú en aquesto el trujamante,
que es primo del Cayú; muy confiado
está, porque poniéndose delante
de nuestro Juan Ortiz, Adelantado,
hará con su saber y buen semblante
que quede Juan Ortiz bien engañado.
Mas uno piensa el bayo (allá en Castilla
se dice) y otro es el que le ensilla.


Con prisa Cayú vuelve en compañía
del falso Yamandú, que confiaba
que muy presto al sobrino llevaría,
que Garay en sus cartas lo rogaba.
Con ánimo gallardo y alegría
al Capitán el preso demandaba;
la gente dice toda, pues tenemos
el pájaro en la mano, ¿qué hacemos?


No quiero referir las opiniones,
juicios y pareceres diferentes
que había en el real, y locuciones,
coloquios y corrillos entre gentes;
todos daban sus causas y razones,
al parecer de muchos suficientes;
de Yamandú se trata, si conviene
se prenda, o que se vuelva como viene.


El Yamandú, como hombre cauteloso,
procurando librar a su sobrino,
mostrose muy alegre y muy gozoso,
y dice a Cayú vuelva su camino,
porque él está ya ha días deseoso
de estar entre cristianos, y así vino
con fin de bautizarse y ser cristiano;
y de esta suerte habla al primo-hermano.


«Cayú, bien ves cual quedo entre cristianos,
y tu hijo también. Ten buena cuenta
que guardes de malicia bien tus manos,
y cosa contra aquesto no se sienta.
Que tratas con los indios zapicanos,
ni Guaraní por pienso en tal consienta,
que al punto que haya tal, entrambas vidas,
de tu hijo y de mí, serán cumplidas.


»Yo quedo con contento y alegría,
así se lo decid a mis parientes.
Mirad que mucho ha que yo os decía
que habían de venir de lejos gentes.
Dejados de esa vana fantasía,
mirad que no podéis ser tan valientes
que deis cabo de tantos. Sed ya buenos,
poned a vuestras almas duros frenos».


Con esto y otras cosas que hablaba,
el falso Yamandú disimulando
su pretensión fingida procuraba,
diciendo desear ser bautizado.
Y tanto esta ficción suya duraba,
cuanto de la Asumpción se hubo llegado,
como diré después, que agora siento
en Santa Cruz un mal levantamiento.


Tratemos dél agora, que sucede
en tanto que lo pasa el zaratino
muy mal, y yo aseguro que bien puede
ponerse el de Toledo ya en camino,
si no quiere ser causa de que ruede
don Diego con su gente al Argentino,
y con su rueda dé tal estampida
que el Perú venga todo de caída.