La Argentina: 19

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La Argentina
Canto decimoctavo
En este canto se trata cuán mal lo pasaba la gente de Juan Ortiz en San Salvador, y cómo, ido al Paraguay, murió, dejando por Gobernador a su sobrino Diego de Mendieta
de Martín del Barco Centenera



Pobreza, dice el vulgo, no es vileza,
ni menos hambre o de otros bienes falta,
mas hace venga el hombre en tal bajeza,
y más cuando la gracia de Dios falta,
que no basta el valor y la nobleza,
que sobre el bajo cobre mal se esmalta.
El pobre jamás halla en cosa abrigo,
y así dice el refrán, no tiene amigo.


¿Quién vido bizarría y gentileza,
crianza, policía y buen donaire
de galanes, y damas tal belleza,
postrada por el suelo con desaire?
Al fin todo este mundo, y su braveza,
su vana presumpción, es humo y aire,
y todo es burlería prestamente,
sino servir a Dios Omnipotente.


La gente sin ventura zaratina,
que dijimos estaba rancheada,
la muerte cada paso por vecina
tenía con la vida muy tasada.
Seis onzas dan escasas de harina
hedionda, sin virtud y mal pesada.
Así se va la gente consumiendo,
hoy diez, mañana veinte se muriendo.


Sin esto Juan Ortiz daba baldones
a todos, con denuestos en la cara,
al tiempo del partir de las raciones,
por do era la ración doblada cara.
«Malditos, endiablados comilones,
tragones, apocados, gente avara,
que os traje yo de España a sustentaros,
¿qué os debo? Estoy a punto por dejaros».


¡Oh!, cuántas veces, dijo un tesorero
(Hernando de Montalvo se decía),
si Dios llevase aqueste vocinglero,
el miserable pueblo quedaría
alegre, muy contento y placentero,
y luego nuestro mal se acabaría.
Mas suelen durar mucho aquestos tales,
para enmienda y castigo de mortales.


Con esta falta estando de comida,
llegó del Paraguay socorro y gente,
que, habiendo allá llegado de corrida,
Garay la despachó muy prestamente.
Celebrose con gozo tal venida,
porque era necesaria de presente,
que a tal punto llegó nuestra miseria
que vide a un religioso en tal laceria.


Al bosque yendo un día desganado,
muy falto de consuelo y de alegría,
encontré con un fraile muy honrado,
fray Alonso La-Torre se decía.
De letras y virtud era dotado,
a su padre seráfico servía.
Preguntándole yo ¿qué estáis haciendo?,
al punto éste me dice respondiendo.


«Entiendo que en muy breve he de acabarme
y he salido a cortar, y no aprovecho,
madera. Si os pluguiese de ayudarme,
haré para morir un candelecho,
que no espero jamás de levantarme,
según estoy sin fuerzas y deshecho».
Aquesto me diciendo, hacia el cielo
los ojos levantando, dio en el suelo.


Yo, viendo su fatiga, muy lloroso
y triste, que le amaba en sumo grado,
de presto de aquel prado, verde, umbroso,
corté para su lecho buen recado.
Del suelo se levanta algo gozoso
por verme a mí de varas bien cargado;
llevéselas a cuestas, que el tal iba
que ya no figuraba cosa viva.


Algunos otros vide en este estado,
soldados, sacerdotes, religiosos,
que no tiene respeto al esforzado
la vil hambre, ni teme poderosos;
ni mira al que es filósofo o letrado,
ni menos a los nobles generosos;
que al Papa, Rey, y bajo zapatero,
a todos los iguala por rasero.


El socorro que digo, pues, venido
alegre nuestro ejército hambriento,
y en gozo y en placer es convertido
el pasado dolor y gran lamento.
Mas nuestro Yamandú ya arrepentido
de estarse con nosotros tan de asiento,
en una tenebrosa noche y prieta,
sin nadie lo sentir, huyendo aprieta.


No se tiene esperanza que parezca,
ni que vuelva a nosotros de su grado,
si no es para causar alguna gresca
conforme a las demás que él ha forjado.
Roguemos, pues, a Dios que no se ofrezca
en que él haga su oficio tan usado,
porque él en hacer mal está tan diestro
que puede en el infierno ser maestro.


Gran priesa Juan Ortiz para partirse
en este tiempo tiene el río arriba;
mas no podrá aquí Trejo escabullirse,
pues materia nos da que de él se escriba.
Por cierto que el que no sabe medirse
en su lengua, no siente en qué se estriba.
Hablar, muy muchas veces ha pasado
a muchos; mas callar nunca ha dañado.


En el Perú sabemos que acontece
perder por el hablar muchos la vida,
y el que a hablar se atreve, mal padece;
y escapa quien obró, y merecida
la muerte bien tenía, que se ofrece
a veces tropezón en la corrida.
Gran cosa es el secreto y de gran precio,
pues vemos no le tiene el hombre necio.


A Trejo, Juan Ortiz bien respetaba,
y por vicario puesto le tenía,
en tanto que de arriba se enviaba
el recado que en esto convenía.
Es cierto (que yo lo vi) le regalaba,
con ser la falta grande en demasía,
al Trejo no faltó jamás comida,
mas él suelta su lengua desmedida.


En público está un día entre soldados
hablando de las cosas que hacía
el Juan Ortiz; trató descompasados
negocios este Trejo en demasía,
de suerte que ya tuvo amotinados
a muchos con las cosas que decía.
Entre ellas, dice: «Aquéste es mal cristiano,
conviene muy en breve echarle mano.

»Hacer información que roba a todos,
que nunca hace cosa en buenos puntos,
habiéndonos robado por mil modos
a cada uno por sí, y a todos juntos;
que trata a todos mal, y por los lados
a todos echa. Y de esto los trasuntos
a nuestro Rey envíen en proceso,
y a vueltas en cadenas él, y preso».


El Juan Ortiz, que supo esta maraña,
comienza de hacer informaciones;
conviértese el amor en pura saña,
y dice del vicario mil baldones.
Al fin se da en la cosa tanta maña,
que sube Trejo arriba con prisiones,
dejando en este puerto mal parada
la gente que ha quedado de la armada.

Partido Juan Ortiz, y comenzando
a caminar por brazos, por esteros
que el río por allí lleva, formando
mil islas de onzas, tigres, osos fieros
pobladas; mas no salen rescatando
los indios, como suelen, con sus cueros
ni carnes, ni pescado, que es indicio
que quieren intentar otro ejercicio.


Sospéchase de cierto, pues no vienen
los indios al rescate acostumbrado,
que guerra concertada alguna tienen,
y el falso Yamandú la habrá forjado.
Pues ya seguro estoy, por cierto, suenen
muy pocos arcabuces, que el soldado
desnudo, desarmado y deshambrido,
cansado de remar, está dormido.


Al fin la Santa Fe, tiempo gastando,
se llega, do poco antes los vecinos
salieron a nosotros navegando
en balsas y canoas los Calchinos,
Mepenes, Chiloazas voceando;
también salen por tierra a los caminos,
celebrando con gozo la venida
a quien quitar quisieran alma y vida.


Estaba esta ciudad edificada
encima la barranca, sobre el río,
de tapias, no muy altas, rodeada,
segura de la fuerza del gentío.
De mancebos está fortificada;
procura el indio de ellos el desvío,
que son diestros y bravos en la guerra
los mancebos nacidos en la tierra.


Subiendo, pues, el Río de la Plata,
al Paraguay se llega muy ameno,
el cual con menos furia se desata,
y en su corriente viene más sereno.
Por sus riberas caza bien se mata,
que el campo de venados está lleno,
y en él muchos dorados y patíes,
corbinas, palometas y mandíes.


Con esto a la Asumpción llega la gente
con gran placer, contento y alegría,
y con mucho socorro, que el Teniente
al camino enviado nos había.
La gente paragüense alegremente
a nuestro Adelantado recibía,
el cual de a poco tiempo que ha llegado
abajo bastimentos ha enviado.


Holgó la gente en ver que el bastimento
llegase a tan buen tiempo, que tenían
gran falta de comida y de sustento,
y mucha hambre todos padecían.
Dejémoslos ahora en su contento,
pues ha tan poco tiempo que plañían,
que no durará más el alegría,
que suele, al que es tahúr, en su porfía.

La nao vizcaína, que plantada
dejamos en la tierra a su aventura,
habiendo sido de indios visitada,
con fuego la consumen su hechura.
Mirad si fue la cosa bien pensada
en no dejar en ella criatura,
que allí fuera del fuego consumida
sin poder escapar libre la vida.


El Juan Ortiz arriba con presteza,
su oficio de justicia gobernaba
con gran solicitud, y sin pereza
quimeras nunca oídas inventaba.
Aquel haberse visto en gran riqueza,
y verse de ella ajeno, le cegaba
su razón, de manera que tropieza
por esto, e hiere siempre de cabeza.


No quiere sujetarse a otro consejo,
el suyo dice que es el más seguro.
Un día le hallé con sobrecejo,
pregúntole ¿qué hace? Dice: «Juro
por Dios, que si me viese en aparejo,
y a punto de perderme, y un maduro
me diese algún consejo, más querría
perderme, que hacer lo que él decía».


Los reyes yo le dije que tomaban
consejo y parecer de sus letrados,
las ciudades también se gobernaban
por hombres en las cosas más versados;
y que solos aquéllos acertaban,
que de consejo bueno son guiados.
«Antes», dice, «querré se pierda todo,
que no tomar consejo de un beodo».


Vivió en el Paraguay algunos meses,
poniendo a muchos malos duro freno;
mas tuvo mil dislates y reveses,
que fue de caridad quito y ajeno.
De ver por cierto es, tucumaneses
nunca gobernador hallaron bueno;
los nuestros paragüenses cosa mala
jamás confesarán que hizo Irala.


Y no lo tengo cierto a maravilla,
que aquesto del gobierno está en ventura,
y más cuando no acierta la cuadrilla
a ser de buena masa y compostura,
que no basta razón para regilla,
pues que carece della y de cordura.
Bien claro está que mal será regida
la cosa que no tiene en sí medida.


Los soberbios y vanos, los altivos,
muy mal vemos que dejan gobernarse;
los hombres zahareños, los esquivos,
que no quieren a yugo sujetarse;
aquéstos son muy malos y nocivos,
y no puede con ellos bien tratarse.
¿Pues qué hará quien manda con tal gente
que de toda razón es careciente?


Habrá de armarse el tal con un escudo
de gran paciencia y grande sufrimiento;
pedir a Dios favor muy a menudo;
mostrar con un sagaz contentamiento
amor a cada cual, por torpe y rudo
que sea, procurando que su intento
con el divino sea regulado,
con que en el gobernar será acertado.


En la Escritura vemos claramente
constar esta verdad muy a la larga,
cuando para regir Moisés su gente
ayuda pide a Dios, y le descarga
de la carga pesada; en consiguiente,
a aquellos buenos viejos se la encarga,
de Moisés y su espíritu quitando
aquello que a los viejos Dios fue dando.


Aunque el Adelantado procuraba
guardar cuanto podía la justicia,
y al malo con presteza castigaba,
se veía que pecaba de malicia.
Con todo en gran manera le cegaba
al tiempo el menester, más su codicia,
por donde vimos todos claramente
que estaba muy malquisto entre la gente.


El vulgo, en general, mal le quería,
y su vivir les daba grande pena;
y viendo que en la cama adolecía,
lo tuvieron los más a dicha buena.
El Santo Sacramento recibía
en un día, y estando casi ajena
el alma de su cuerpo, por gran ruego
testó, y apenas firma, y muere luego.


Murió con mucho ánimo y con brío,
diciendo: «¡Si podremos con la muerte!».
Yo mismo se lo oí. «¿Y desafío
hacéis», entonces dije, «con el fuerte?».
Mas ella dio con él al través frío,
tomando contrayerba de esta suerte
en el caldo deshecha, por huilla,
y hállala más presto en la escudilla.


Había Pedernera, un hombre viejo,
rogádole la tome, que sería
remedio saludable y aparejo
para sanar del mal que padecía.
Pues quiere aprovecharse del consejo
al punto que su vida fenecía,
quien de consejo en vida no curaba,
según él poco antes blasonaba.


Dejó en su testamento declarado
que sea su legítimo heredero
la hija que en los Charcas ha dejado,
y aquel que fuere esposo y compañero
suceda en el gobierno y el estado,
según como lo tuvo él de primero.
Y mande y rija, en tanto que ella viene,
su sobrino Mendieta que allí tiene.


El cabildo y ciudad le han recibido,
comienzan a llamarle Señoría;
es mozo que veinte años no ha cumplido
y en seso mayor falta padecía.
Desque se ve en su trono ya subido,
a todos hace agravio y demasía;
al tío yo le oí pronosticarlo,
y harto duro estuvo de nombrarlo.


Nombrole coadjutor que le ayudase,
que fue Martín Duré; mas el Mendieta
dice a Martín Duré no le pasase
por pensamiento tal, ni se entrometa
en cosa que hiciese él o mandase;
que en el punto que tal cosa acometa,
sin duda le hará tan crudo juego,
que tenga menester ajeno ruego.


Quedando con poder solo absoluto,
comienza de enfrascarse en desatinos,
en obras y palabras disoluto,
haciendo mucho agravio a los vecinos.
Por verle en sus costumbres tan corrupto,
buscaban todos ya nuevos caminos,
y yo quiero buscarle en canto nuevo,
que ya en este decir más no me atrevo.