La Celestina: Razones 02

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Tienen estas ediciones un nuevo prólogo lleno de autoridades y sentencias, en que el autor nos informa de las varias opiniones que hubo sobre su comedia y de los motivos que tuvo para refundirla. «Vnos dezian que era prolixa, otros breve, otros agradable, otros escura; de manera que cortarla a medida de tantas e tan differentes condiciones, a solo Dios pertenesce... Los niños con los juegos, los moços con las letras, los mancebos con los deleytes, los viejos con mil especies de enfermedades pelean, y estos papeles con todas las edades. La primera los borra e rompe; la segunda no los sabe bien leer; la tercera, que es la alegre juventud e mancebía, discorda. Vnos les roen los huesos que no tienen virtud, que es la hystoria toda junta, no aprovechandose de las particularidades, haziendola cuento de camino; otros pican los donayres y refranes comunes, loandolos con toda atencion, dexando passar por alto lo que haze más al caso e utilidad suya. Pero aquellos cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento de la hystoria para contar, coligen la suma para su provecho, rien lo donoso, las sentencias e dichos de philosophos guardan en su memoria para trasponer en lugares convenibles a sus autos e propositos. Assi que quando diez personas se juntaren a oir esta comedia, en quien quepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entiende?... Otros han litigado sobre el nombre, dizziendo que no se avia de llamar comedia, pues acabaua en tristeza, sino que se llamase tragedia. El primer auctor quiso darle denominacion del principio, que fue plazer, e llamola tragicomedia. Assi que viendo estas conquistas, estos dissonos e varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava, e hallé que querian que se alargasse en el processo de su deleyte destos amantes, sobre lo qual fuy muy importunado; de manera que acordé, avnque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en tan estraña lavor e tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi principal estudio, con otras horas destinadas para recreacion, puesto que no han de faltar nueuos detractores a la nueua adicion.»

Tales son los datos externos que nos suministran las primeras ediciones de la Celestina. Hemos subrayado intencionadamente todas aquellas frases que más importancia pueden tener en este proceso de indagación crítica. Lo primero que nos interesa es la persona del bachiller Fernando de Rojas, autor de la mayor parte de la obra por confesión propia, autor único según Alonso de Proaza.

No ha faltado en estos últimos años quien pusiese en tela de juicio la existencia del bachiller Rojas, o a lo menos su identificación con el autor de la Celestina. El erudito que con más tesón y agudeza, y también (justo es decirlo) con menos caridad para sus predecesores, ha examinado las cuestiones celestinescas, preguntaba en 1900: «¿Quién es ese Fernando de Rojas, nacido en Montalbán? ¿Dónde ha vivido, qué ha hecho, qué ha escrito y cuándo ha muerto?» Y se reía a todo su sabor de los eruditos españoles que habían dado por buena la atribución a Rojas, aconsejando nominalmente a uno de ellos «que no fuese tan de prisa, porque este género de investigaciones exigen menos precipitación y menos credulidad». El consejo era ciertamente sano, y el aludido tomó de él la parte que le convenía, quedando agradecido a quien se lo daba. Pero siguió opinando que en materias de crítica, tan peligrosa es la incredulidad sistemática como la ciega credulidad, y que era aventurarse mucho el sostener, «hasta que hubiese pruebas de lo contrario, que Fernando de Rojas era un personaje inventado por el autor de la carta y de los versos acrósticos, y propuesto por él a la admiración de sus contemporáneos y de la crédula posteridad».

La prueba en contrario vino dos años después, y pareció perentoria a todos los que no tenían opinión cerrada sobre el asunto. El señor don Manuel Serrano y Sanz, empleado de la Biblioteca Nacional entonces, y ahora dignísimo catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza, tropezó, entre otros procesos de la Inquisición de Toledo (que hoy se guardan en el Archivo Histórico Nacional), con uno formado en 1525 contra Álvaro de Montalbán, el cual declara bajo juramento tener una hija llamada Leonor Álvarez, muger del bachiller Rojas, que compuso a Melibea, vecino de Talavera. Y cuando los inquisidores autorizaron al Montalbán para nombrar defensor, «dixo que nombraba por su letrado al Bachiller Fernando de Rojas, su yerno, vecino de Talavera, que es converso.»

Justamente satisfecho el señor Serrano con tan importante hallazgo, publicó íntegro el proceso, acompañado de otros documentos que dan nueva luz sobre la familia de Rojas. La identificación del personaje no podía ser más completa. La celebridad de su libro era tal, que iba unida a su nombre, y su suegro le invocaba como un título de honor: «el bachiller Rojas, que compuso a Melibea».

Tampoco ocultaba su condición de judío converso, que parece recaer sobre su propia persona y no meramente sobre su familia, pues entonces se hubiera dicho que venía «de linaje de conversos», según la fórmula usual. Conjetura el señor Serrano, que su madre pudo ser cristiana y vieja, que de ella tomaría su apellido, que en la Puebla de Montalbán, en Talavera y en otras partes del reino de Toledo era de gente hidalga, al paso que no figura en los padrones conocidos hasta ahora de los judíos de aquella tierra. Pero con la anarquía que entonces reinaba en materia de apellidos y la frecuente mezcla de sangre entre gentes de ambas estirpes, poca seguridad puede haber en esto. Lo único que resulta averiguado es que el nombre del autor de la Celestina debe añadirse desde ahora a la rica serie de nombres preclaros con que la raza hebrea ilustró los anales literarios y científicos de nuestra Península.

Resulta del proceso que Leonor Álvarez, mujer del bachiller Rojas, contaba en aquella fecha treinta y cinco años. No consta la edad de su marido, pero siendo ya autor de la Celestina en 1499, y viviendo todavía en 1538 según datos que parecen fidedignos, puede conjeturarse que tenía bastante más edad que su mujer, y por mi parte no encuentro inverosímil la de cincuenta años o poco más, en que se fija el señor Serrano. A esto se abjeta que una obra maestra como la Celestina, que arguye tan profunda experiencia de la vida, no puede atribuirse a un joven recién salido de las aulas, por precoz que se le suponga. Pero el autor de la Celestina era positivamente un genio, y con el genio no rigen las reglas comunes. La intuición puede suplir a la experiencia en tales hombres. No hablemos de los grandes poetas líricos muertos en la flor de sus años, porque la poesía lírica tiene algo de juvenil en su esencia. No es preciso recordar tampoco los portentos de precocidad de Pascal, porque el espíritu geométrico se desenvuelve en condiciones que nada tienen que ver con las experiencias de la vida. Pero buscando en nuestra propia literatura, y muy cerca de nosotros, ejemplo bien adecuado, ¿quién no sabe que toda la obra crítica y satírica de Larra, no superada en nuestra lengua durante el siglo XIX, y a la cual nadie negará amarga y honda penetración social, fue escrita antes de los veintinueve años?

¿Qué inconveniente puede haber para admitir que la Celestina sea obra de un estudiante? Nada hay en ella que él no hubiese podido observar directamente: no hay un solo personaje, ni el gentil mancebo Calisto, ni su enamorada Melibea, ni Celestina y sus alumnas, ni los criados de Calisto, ni el rufián Centurio, que salga de los límites del mundo en que él vivía. Tipos como aquéllos debían encontrarse a cualquier hora en Toledo y en Salamanca. Además, el ambiente de la Celestina tiene algo de universitario. La obra de Rojas, a pesar de su originalidad potente, es una comedia humanística, cuyos lances recuerdan los de las comedias latinas compuestas por los eruditos italianos del siglo decimoquinto: filiación que procuraré poner en claro más adelante. Estas obras se leían en nuestras universidades, y alguna de ellas logró los honores de la reimpresión para uso de nuestros escolares. El medio, pues, era perfectamente adecuado para la elaboración de la Celestina, a la cual prestó sus elementos la realidad castellana, y sus formas la tradición clásica en consorcio con la Edad Media.

No es un desatino, aunque lo den a entender doctos filólogos, que llegan a tachar de «inverisímil ignorancia» a que opinamos lo contrario, el decir que las expresiones «mi facultad», «mi principal estudio», pueden aplicarse lo mismo a un estudiante que «a un hombre provisto de un empleo o que ejerce una profesión». A la facultad de Derecho pertenece lo mismo el que la aprende que el que la enseña o la practica: todos ellos pueden decir con igual razón «mi facultad», «mi principal estudio». Jurista, según el diccionario vigente, es «el que estudia o profesa la ciencia de las leyes». Estudiante jurista se dijo siempre en nuestras aulas, para distinguirle del estudiante teólogo o de cualquier otra clase de estudiantes.

Además, aquellas vacaciones en que dice haber acabado su obra, ¿qué pueden ser sino vacaciones universitarias? Entonces no había vacaciones de tribunales, y aun éstos apenas comenzaban a organizarse, ni consta que Rojas ejerciese más oficio público que el de alcalde mayor de Talavera en sus últimos años. Los socios que «estaban en sus tierras» serían otros estudiantes o bachilleres como él. Quizá una detenida exploración en el archivo de la Universidad de Salamanca podría resolver definitivamente este punto, en que bien podían ejercitarse los eruditos de aquella ciudad, que por no sé qué siniestro influjo empieza a olvidar demasiado la investigación de su gloriosa historia.

En Salamanca, digo, porque es para mí casi seguro que estudió allí, y allí se graduó de bachiller en Jurisprudencia, en fecha ignorada, pero anterior de fijo a 1501, cuando ya usa ese título en los versos acrósticos. No había más que dos Estudios de Leyes en todo el territorio de la corona de Castilla, y el de Valladolid estaba más lejos de Talavera o de la Puebla que el de Salamanca y tenía menos nombradía que él.

Esta sospecha raya poco menos que en certidumbre cuando se repara en aquellos tres versos:


 Yo vi en Salamanca la obra presente:
 Movíme a acabarla por estas razones:
 Es la primera que estó en vacaciones...


No por eso creemos que deba localizarse en aquella ciudad la escena de la Tragicomedia. Pero dejando en suspenso este y otros puntos relativos a la composición de la obra, continuemos recogiendo los pocos vestigios que de su paso por el mundo dejó el bachiller Fernando de Rojas. No da mucha luz la causa inquisitorial de su suegro Álvaro de Montalbán. Es uno de tantos procesos contra judaizantes, en que pueden adivinarse de antemano las acusaciones y los descargos. La familia había dado un regular contingente a los registros del Santo Oficio, que había desenterrado y quemado los restos del escribano Fernando Álvarez de Moltalbán y de su mujer Mari Álvarez, padres del procesado Álvaro. El cual declara tener setenta años, antes más que menos, y haber sido ya reconciliado hacía más de cuarenta, por comer el pan cenceño y entrar en las cabañuelas y hacer otras ceremonias judaicas. El promotor fiscal le acusa de hereje y apóstata, no sólo por los actos dichos, sino por haber sembrado proposiciones de mala doctrina, dudando, como los saduceos, de la inmortalidad del alma. «Item, que despues acá, con poco temor de Dios y en menosprecio de la religión cristiana, hablando ciertas personas cómo los plazeres de este mundo eran todos burla, e que lo bueno era ganar para la vida eterna, el dicho Álvaro de Montalvan, creyendo que no ay otra vida despues desta, dixo e afirmó que acá toviese el bien, que en la otra vida no sabia sy avia nada.» Un Iñigo de Monzón, vecino de Madrid, que había conocido a Álvaro en casa de su hija Constanza Núñez, mujer de Pedro de Montalván, aposentador de Sus Magestades, no sólo fue testigo de este cargo, sino que añadió otros bastante graves para la ortodoxia del procesado: «Preguntado en qué posesión es avido e tenido el dicho Álvaro de Montalvan en esta dicha villa e en los otros lugares donde dél se tiene noticia, dixo que en vezes ha estado en esta dicha villa, en la perrochia de san Gines, en casa del dicho su yerno, más de dos años, y el uno a la contina puede ayer tres años, e que en el dicho tiempo que aquí estovo nunca le veya en misa los domingos ni fiestas, sino es alguna vez que yva con su hija, y que entrando en la yglesia se sentava en un poyo cabizbaxo, y que asy se estava sin sentarse de rodillas ni quitarse el bonete; e no se acuerda ni parava mientes si adorava el Santo Sacramento, pero acuerdase que murmuravan muchas mugeres en la yglesya de verle asy syn devocion y syn verle rezar ni menear los labrios; e que otras vezes se metia en una capilla, donde estava hasta que se acabase el ofiçio, sentado; y que en el dicho tiempo tampoco, le vió comulgar ni confesarse, e que preguntandole este testigo, con sospecha al dicho cura, le dixo que con él no se había confesado, ni comulgado.» El cura de San Ginés atenuó algo los términos de esta declaración; y no se pasó adelante en la prueba testifical, sin duda porque en la Puebla (como dijo el mismo cura) apenas había persona que no tuviese nota de reconciliada. Las confesiones del reo, que prometió vivir de allí adelante como buen cristiano, y sin duda también su avanzada edad, mitigaron algo el rigor de la sentencia, que se redujo finalmente a asignarle su casa por cárcel, con obligación de traer el sambenito sobre todas sus vestiduras, y las demás penitencias en tales casos acostumbradas.

El bachiller Fernando de Rojas no vuelve a ser mencionado en el proceso de su suegro más que una vez sola, cuando le designó como abogado. Los inquisidores dijeron que no había lugar y que nombrase persona sin sospecha, y él nombró al licenciado del Bonillo.

Ya en 1517 había figurado el bachiller Fernando de Rojas entre los testigos de abono y descargo en otro proceso inquisitorial contra Diego de Oropesa, vecino de Talavera, acusado también de judaizante. Ni el triste percance de su suegro, ni los buenos oficios que generosamente prestaba a los de su raza, parecen haberle hecho personalmente sospechoso, si hemos de dar crédito a las noticias que en el primer tercio del siglo XVII recogió en su Historia de Talavera, inédita aún, el Licenciado Cosme Gómez de Tejada de los Reyes, escritor juicioso y fidedigno en las tradiciones locales que conserva, y mucho más próximo a Rojas que nosotros, aunque no fuese coetáneo suyo. Este pasaje, descubierto por Gallardo y dado a conocer por Cañete con una errata substancial, dice así en su integridad:

«Fernando de Rojas, autor de la Celestina, fábula de Calixto y Melibea, nació en la Puebla de Montalban, como él lo dize, al principio de su libro en unos versos de arte mayor acrósticos; pero hizo asiento en Talavera: aquí vivió y murió y está enterrado en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios. Fué abogado docto, y aun hizo algunos años en Talavera oficio de Alcalde mayor. Naturalizóse en esta villa y dejó hijos en ella. Bien muestra la agudeza de su ingenio en aquella breve obra llena de donaires y graves sentencias, espejo en que se pueden mejor mirar los ciegos amantes que en los christalinos adonde tantas horas gastan rijando sus feminiles guedejas. Cumplió bien sus obligaciones en aquel género de escrevir, con que pueden entender tantos autores modernos de libros de entretenimiento y de otros, que no consiste la arte y gallardía de decir en afectadas culturas, todo ruido de palabras que atruenan el viento y lisonjean el oído, mas no hieren el alma porque les falta solida munición: vano estudio, indecente, infructuoso, que solamente a ingenios semejantes deleita, y a ninguno enseña ni mueve. Vienen medidos a Fernando de Rojas respecto de otros autores aquellos dos versos de Marcial, hablando de Persio comparado a Marso:


 Saepius in libro memoratur Persius uno
 Quam levis in tota Marsus Amazonide;


y lo que admira es que siendo el primer auto de otro autor (entiéndese que Juan de Mena o Rodrigo de Cota) no sólo parece que formó todos los actos vn ingenio, sino que es individuo. El mismo ejemplo tenemos en nuestro tiempo en los dos hermanos Argensolas, Lupercio y Bartolomé, insignes poetas, dos padres de un solo hijo, que sus metros más dicen unidad que similitud.»

Prescindiendo del elogio de la Celestina, que es uno de los más curiosos de un tiempo en que ya comenzaba a olvidársela, nada hay en la sencilla noticia de Tejada que pueda infundir sospechas al más escéptico, ni que esté en contradicción con los pocos documentos originales que poseemos. Es cosa sabida (por declaración del mismo Rojas y por testimonio de su suegro), que era abogado, y sin gran temeridad se le ha podido llamar docto, pues no hemos de suponer ignorante y cerril en su principal estudio a quien era capaz de componer por mera recreación la Celestina. Que se naturalizó en Talavera está confirmado por todos los documentos, pues ya aparece como vecino de aquella ciudad en 1517, y a ella se refieren todas las noticias posteriores de su vida, que alcanzan hasta 1538. Consta que aquel año ejerció en Talavera desde el 15 de febrero al 21 de marzo el cargo de alcalde mayor, sustituyendo al Dr. Núñez de Durango. Si Cosme Gómez escribía de memoria, pudo equivocarse en cuanto a la duración del cargo, pero ésta no es variante de trascendencia. Lo del enterramiento en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios era caso de notoriedad pública y no podía inventarse. Finalmente, es ciertísimo que Fernando de Rojas dejó descendencia. El testamento de su cuñada, Constanza Núñez, descubierto por el benemérito y malogrado don Cristóbal Pérez Pastor en el archivo de protocolos de Madrid, nos ha dado a conocer el nombre de una hija del poeta, Catalina de Rojas, casada con su primo Luis Hurtado, hijo de Pedro de Montalbán. Y probablemente no fue única: en el archivo de la parroquia del Salvador, de Talavera, que está próxima al convento de la Madre de Dios, se encuentran partidas bautismales de 1544, 1550 y 1552, referentes a varios hijos de Álvaro de Rojas, y de Francisco de Rojas, casado este último con Catalina Álvarez, patronímico que llevaba también la mujer de nuestro autor. La razón de los tiempos y el no conocerse por entonces otros Rojas en Talavera, puede inducir a sospechar que el Álvaro y el Francisco eran hijos del bachiller; lo que no parece dudoso es que pertenecían a su familia.

No es únicamente el testimonio de Cosme Gómez el que afirma la atribución de la Celestina a Fernando Rojas. Hay otro más antiguo y que estaba ya indicado años antes del hallazgo de los procesos de Toledo. Al tomar posesión de su plaza de número en la Academia de la Historia, leyó el inolvidable don Fermín Caballero, en 1867, un precioso discurso sobre las Relaciones geográficas que los pueblos de Castilla dieron a Felipe II desde 1574 en adelante, contestando al interrogatorio redactado por Ambrosio de Morales. No se olvida don Fermín de consignar que «del bachiller Fernando de Rojas, coautor de la famosa Tragicomedia, hace referencia la respuesta de su lugar natal, la Puebla de Montalbán». Y así es, en efecto, salvo lo de coautor, que no es frase del documento, sino gratuita afirmación del ilustre académico, que en eso seguía la opinión más corriente en su tiempo. Para los naturales de la Puebla, como para Álvaro de Montalbán, Rojas era único autor de la Tragicomedia. Mandaba el capítulo 37 del interrogatorio que se especificasen «las personas señaladas en letras, armas y en otras cosas que haya en el dicho pueblo, o que hayan nacido o salido de él, con lo que se supiere de sus hechos y dichos señalados». El bachiller Ramírez Orejón, clérigo, que fue, en compañía de Juan Martínez, ponente (como hoy diríamos) de esta Relación, contesta que de la dicha villa fue natural el bachiller Rojas, que compuso a Celestina.

Aclarado ya, aunque no tanto como nuestra curiosidad desearía, el enigma personal del bachiller, que por tanto tiempo ha fatigado en inútiles disquisiciones a la crítica, entremos en las cuestiones verdaderamente graves y difíciles que se refieren a la composición del libro. Estas cuestiones se han complicado con la aparición de los ejemplares en diez y seis actos. Antes no se disputaba más que sobre el acto primero. Ahora no basta preguntar: el bachiller Rojas, ¿es autor único de la Celestina?, sino que la interrogación debe formularse así: el bachiller Rojas, ¿es único autor de los diez y seis actos que conocemos por las ediciones de Burgos y de Sevilla? ¿Se le deben atribuir también los cinco actos interpolados en las ediciones de 1502, y conocidos con el nombre de Tractado de Centurio? ¿Le pertenecen asimismo las variantes y adiciones que se introdujeron en los demás actos del texto refundido?

En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto es insoluble, y a quien se atenga estrictamente a las palabras del bachiller ha de ser muy difícil refutarle. Él afirmó siempre en la carta «a vn su amigo», en los versos acrósticos y en el prólogo, que no había hecho más que continuar una labor ajena. Los elogios que hace del primer autor son tan enfáticos que superan a todo lo que han dicho los más exaltados panegiristas de la Celestina:


 Jamas yo no vide en lengua romana,
 Despues que me acuerdo, ni nadie la vido,
 Obra de estilo tan alto e sobido,
 En tusca, ni griega, ni en castellana.
 No trae sentencia, de donde no mana
 Loable a su auctor y eterna memoria...


Él no ha hecho más que dorar con oro de lata


  El más fino tíbar que vieron sus ojos,
 Y encima de rosas sembrar mil abrojos.


Afecta desdeñar los quince actos por él escritos: «el fin baxo que le pongo»; obra al fin, de quince días de vacaciones, en que anduvo algo distraído de los derechos». Sus mal doladas razones irán distinguidas de las del antiguo autor con una cruz en la margen al fin de la primera cena. Ha de advertirse que ni en la edición de Burgos ni en la de Sevilla (1501) aparece tal cruz, ni el texto está dividido en cenas o escenas, sino en auctos, como en todas las restantes. Un humanista como Rojas, que da tan seguras pruebas de conocer el teatro de Plauto y Teroncio, no podía ignorar que tanto en la comedia latina como en la moderna son cosa muy diferente actos y escenas. En la Celestina misma algunos actos pueden dividirse en escenas, atendiendo a las mutaciones de lugar y a las entradas y salidas de los personajes. Pero es lo cierto que el bachiller, por inexperiencia acaso del vocabulario teatral, usaba promiscuamente las dos palabras, puesto que en las ediciones de 1502 la carta termina de este modo: «acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin diuision en vn aucto o cena, incluso hasta el segundo aucto, donde dize: «Hermanos míos...» No hay duda, pues, que la primera cena coincidía exactamente en el primer acto, y es la parte que Rojas da por ajena.

Este acto es ciertamente más largo que ningún otro de la Tragicomedia, aunque no con la desproporción que se ha dicho. En la edición más reciente ocupa treinta y ocho páginas, pero no es corto el aucto dozeno, que pasa de veinticuatro. Quizá cuando el autor comenzó a escribir no pensaba en dar a su obra el desarrollo que luego tuvo, y creyó poder encerrar toda la materia en un solo acto. Lo que sí llama la atención, y lo consigno lealmente por lo mismo que soy partidario acérrimo de la unidad de autor en la Celestina, es que el primer acto fue el único que se salvó de adiciones y retoques en la refundición de 1502, como si Rojas hubiera tenido escrúpulo de poner la mano en obra que no le pertenecía. Hay algunas variantes, pero son puramente verbales. Hubiera sido demasiado candor en Rojas dar con su propio texto armas contra la supuesta existencia de otro autor. Inventada ya la fábula, tenía que sostenerla con algún color de verosimilitud.

Pero ¿qué autor era ese a quien tanto admiraba? En la primera redacción de la Carta a un su amigo no nombra a nadie, ni hace conjetura alguna: se limita a decir que la obra llegó anónima a sus manos. En la segunda es más explícito y consigna la atribución por unos a Juan de Mena y por otros a Rodrigo Cota.

Nadie ha tomado en serio la primera, a excepción del editor barcelonés de 1842, que tuvo el capricho de estampar en la portada los nombres de Mena y Cota, ligándolos, con la conjunción y, como si hubiesen sido colaboradores en la tragicomedia. Juan de Mena fue un poeta superior dentro de su género y escuela, y en cierto modo el mayor poeta del siglo XV, pero su prosa es francamente detestable, llena de pedanterías, inversiones y latinismos horribles, que le hacen digno émulo de don Enrique de Villena, cuyas huellas procuró seguir. Basta haber leído una página cualquiera del Omero romanzado o de la Glosa que hizo a su propio poema de la Coronación, para comprender que era incapaz de escribir ni una línea de la Celestina. De esa Glosa decía el Brocense que, «allende de ser muy prolija, tiene malísimo romance y no pocas boberías (que ansi se han de llamar): más valdría que nunca pareciesen en el mundo, porque parece imposible que tan buenas coplas fuesen hechas por tan avieso entendimiento».

Esta incapacidad de Juan de Mena para usar otro lenguaje que el métrico debía de ocultársele menos que a nadie a Fernando de Rojas, verdadero progenitor de nuestra prosa clásica, a quien no llega ningún escritor del siglo XV y superaron muy pocos del siguiente. ¿Cómo hubiera podido creer ni por un momento que era obra de Juan de Mena la que dice haber tenido entre manos? Este rasgo es uno de los que hacen dudar de su absoluta sinceridad. Puso a bulto el nombre del poeta cordobés, porque era una grande autoridad literaria en su tiempo y se le citaba para todo, y el mismo Rojas estaba empapado en sus escritos, como lo declaran de un modo palmario algunos pensamientos e imitaciones de detalle que en la Celestina se encuentran, como veremos después.

La cuestión de Rodrigo Cota es diversa y merece más atento examen. Rodrigo Cota de Maguaque, llamado comúnmente el Tío o el Viejo, para distinguirle de un deudo suyo a quien llamaron el Mozo, era un judío converso de Toledo, que afectó como otros muchos, odio ciego y feroz contra sus antiguos correligionarios, y recibió por ello dura lección de otro poeta judío, Antón de Montoro. A Cota han sido atribuidas, con leve fundamento, diversas producciones anónimas del siglo XV, tales como las Coplas de la Panadera, el escandaloso y sucio libelo titulado Coplas del Provincial y la célebre sátira política Coplas de Mingo Revulgo. Pero aun suponiendo que fuera suya esta alegórica y revesada composición, que para los mismos contemporáneos tuvo necesidad de comento, más perdía que ganaba en títulos para ser considerado autor de la Celestina, obra sencilla y humana, y por eso eternamente viva, la cual nada tiene que ver con una sátira política del momento, ingeniosa sin duda, pero todavía más afectada que ingeniosa, especialmente en la imitación del lenguaje rústico. La verdadera joya poética que debemos a Rodrigo Cota es el Diálogo entre el Amor y un Viejo, inserto en el Cancionero General de 1511. Fuera de las Coplas de Jorge Manrique, no hay composición que venza a ésta en toda la balumba de los cancioneros del siglo XV. Y no vale sólo por su espléndida ejecución, por sus bellezas líricas, por la elegancia y el brío de muchos de sus versos, sino también por su contenido, que es intensamente dramático. No se trata de un mero contraste o debate, de los que tanto abundan en las escuelas de trovadores, sino de una verdadera acción, de un drama en miniatura, con tema filosófico y muy humano: el vencimiento del Viejo por el Amor y el desengaño que sufre después de su mentida transformación. Quien imaginó este coloquio en verso, anterior sin duda a las églogas de Juan del Enzina, no era indigno de haber escrito algunas páginas de la Celestina, pero no sabemos siquiera que cultivase la prosa. Nos falta todo punto de comparación, y hay mucha distancia entre un sencillo diálogo de dos personajes alegóricos y una visión del mundo tan serena y objetiva como la que admiramos en la inmortal Tragicomedia.

Cota y Rojas fueron contemporáneos, aunque no de la misma generación; los dos procedían de estirpe hebrea; los dos nacieron y vivieron en el reino de Toledo, el uno en la Puebla de Montalbán, el otro en la capital misma, de la cual sólo dista cinco leguas aquella villa. En 1495 debía de haber muerto ya, puesto que su nombre no consta en la Lista de los inhábiles de Toledo (es decir, de los conversos) y cantidades que cada uno pagó por su rehabilitación, pero su apellido se repite mucho: María Cota, mujer de Pero Rodríguez de Ocaña; Inés y Sancho Cota, hijos del doctor Cota; Rodrigo Cota, joyero. En la misma lista están el suegro de Rojas, Álvaro de Montalbán, y otros conversos de su apellido. ¿Cómo no suponer relaciones entre personas de la misma raza y que habían corrido los mismos peligros y sufrido las mismas exacciones pecuniarias? ¿Tan difícil le hubiera sido a Rojas poner en claro esa atribución a un antiguo correligionario suyo, a quien pudo muy bien conocer y tratar, puesto que hay versos de Cota posteriores a 1472?

La tradición de Cota prosperó más que la de Juan de Mena, y son varios los escritores del siglo XVI que la repiten, especialmente los toledanos, que encontraban motivo de orgullo en tal compatriota. Así Alonso de Villegas, en los metros que sirven de dedicatoria a su Comedia Selvagia, impresa en 1554:


 Sabemos de Cota que pudo empeçar,
 Obrando su ciencia, la gran Celestina;
 Labróse por Rojas su fin con muy fina
 Ambrosia, que nunca se puede estimar.


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