La altísima: 02

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Capítulo II
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La altísima- Primera parte Felipe Trigo


Stern, entre las varas, alargaba el cuello mordiendo rosas.

Fué sacado al camino por la rienda.

Sentado el cochero atrás, Víctor hizo arrancar á Stern de un fustazo.

Esta soledad de la bella villa silenciosa, religiosa, en el silencio religioso de los campos... de los campos místicos casi espirituales, frente al mar desierto, de grandeza azul, le era hoy aún más intolerable. Giró á la derecha, subiendo la cuesta, bajando otra cuesta luego y perdiendo de vista el mar.

Quería robarle al caballo algo de su salvaje bravura, que le hiciese desterrar meditaciones. Ya en la carretera, le dejó trotar á su albedrío.

Los árboles quedabánse atrás como un vértigo de cosas. Los carros, que monumentalmente cargados de heno volvían en el atardecer á la ciudad, pronto alcanzados, pronto pasados, se apresuraban á detenerse y apartarse dejando pasar el tílburi. Debían creerle un automóvil al gemir de la bocina; y tal lo parecía en el trote velocísimo del bárbaro tarbés, que, con la nerviosa cabeza tendida y la nariz abierta, lo arrastraba levemente. Sorprendíanse los aldeanos mirándole alejarse como una rodante visión disparada tras un ágil baile de patas.

En una extensión libre de la carretera, hostigó al caballo con irritados latigazos. Stern, galopando se estremecía á cada chasquido, hacía vacilar el coche á cada arrancada más poderosa, sintiendo la fusta en el lomo, en la cabeza...y corría desesperadamente...

Le contuvo al fin, deplorando que no hubiera sabido desbocársele para rodar cuesta abajo coche y él todo junto... Su trote, otra vez. ¡No sabía más tampoco este bruto vigoroso... repetidor de actos, educado por el hombre!

Dudando en seguida si á no conocerle dócil de antemano él le hubiese fustigado con tal rabia, le invadió una desolación de necedad. Los árboles volvían á ir quedándose atrás más lentos.

Había marchado seis kilómetros.

Desde un alto descubrióse nuevamente el mar en la bahía de Versala.

La pequeña ciudad hundíase entre follajes, recostada en sus colinas verdes, rodeada de hotelillos.

Un paisaje de plácida belleza que entristeció á Víctor con nueva convicción cruel: la de que ninguno de la tierra podría alegrarle.

Obligó á Stern á ir al paso, acordándolo en melancolía con sus pensamientos.

Como al caballo habíase educado la voluntad; pero al requerir ahora el esfuerzo voluntario para dominar sus odios, vio que no odiaba... ¡por desdicha! Tenía en sí el hueco pavoroso donde no quedaban ni rastros de odios ni pasiones -fundido todo en etéreo anhelo de un solo amor que abarcara un universo.

La sensación de inconexión ya total de su vida con la realidad, se le definió clara como nunca. No deseaba nada, ni morirse; y nada halló Víctor más espantosamente hermoso que esta vasta sensación.

Creerían los aldeanos, midiéndole la dicha por la gallardía de Stern, que él iba feliz á alguna parte, en coche.

¿Y á dónde iba?

Las blancas tapias del Camposanto, alineadas á la carretera y adornadas de recuadros y cornisas como las de un bello hotel de aquellos que empezaban pronto hacia Versala, le dieron un súbito antojo de consuelo: entrar.

Rebosaban frondas de jardín entre las que se erguían las cúpulas y agujas de los panteones.

Sí, un súbito afán amoroso, voluptuoso, le ganó de considerar despacio si no seria una tierra de profundo amor la de las tumbas.

Paró á Stern y saltó del tílburi. Dio las riendas al criado.

Salvando la cancela, advirtió complacido que se limitaba el conserje á saludarle, sin impertinentes deseos de cicerone.

Todo grato en su paz de parque augusto.

Una esbelta cisterna de brocal redondo parecía velar vigilante en la glorieta la frescura del jardín. Una golondrina estaba posada en la cruz de la polea; y voló, hendiendo agudamente el aire con sus negras alas.

Siguió Víctor la avenida central, cuya ancha perspectiva, costeada por marmóreos panteones, entre cedros y cipreses, tenía la pagana gracia que le daban, en gentil confusión con las góticas cristianas torrecillas, los templetes griegos y las egipcias columnatas.

Mármol, cielo y ramas; más que muertos creeríase ir á ver salir de las criptas á los atrios dulces y lejanas almas de vida sonriente...; almas bellas con forma de mujer, que quizá no fueron bellas; nobles almas de hombre, que fueron quizá monstruosas..., aquí puras, restituidas por la muerte al ansia del grande amor no hallado en el mundo.

Caminaba despacio.

Los ángeles dormidos, las alas extendidas, las piedras que habían sabido fijar un poco la idealidad y el reposo, le hacían pararse.

Un gozo inefable le iba saliendo del corazón é imbibiéndole con la sangre átomo por átomo los de su ser. Y con este gozo le inundaba una sorpresa: la de que no se le hubiese ocurrido hasta hoy buscar el alto y sereno placer de un cementerio.

Torció por la izquierda de la avenida, hacia otra no tan ancha, más florida, que cruzaba recta; le atrajeron los sencillos sepulcros, losas, barandas, cruces de mármol, sobre las que se vertían soñosos los musgos y los sauces. Quedaba partido el Camposanto, todo abierto al cielo, en cuatro extensos cuarteles, donde las cruces de hierro marcaban por tierra otras tumbas.

Junto á una fosa abierta se detuvo.

Mirando al fondo de tierra removida confirmaba su visión apacible de la muerte, compuesta en su niñez con ojos huecos y guadañas. No le causaba inquietud. Vivo, viviría aquí á poder poner en mitad de esta mansión de soledad su casa alegre, para vivir entre almas. Muerto, su carne sentiría caerle la tierra encima con la delicia que hubiera de sentirla si él ahora se tendiera en la fosa libertado de la necesidad de respirar... Pero la tumba, que no le daba horror, no le atraía con suicidas seducciones: mirábala únicamente con la delectación del trabajador fatigado que comprueba su seguridad de un descanso para el fin... Firmeza grata: una tumba igual la habría en cualquier sitio de la tierra. Este bien, al menos, nadie podría arrebatárselo.

Volvió los ojos, entre el ramaje de una hortensia -para ver fuera las más humildes sepulturas de las cruces, por el suelo -, y fueron en verdad sorprendidos por un alma.

El hechizo de una nívea y bellísima mujer.

Estaba ella de rodillas, con las manos juntas. Oraba sobre un sepulcro.

Su inmovilidad y la albura de su traje la hubieran hecho tomar sobre la piedra por un ángel de piedra, á no ser por el limpio moreno de su faz llena de vida y por el negro de sus bucles.

Hija... Hermana...

No tenía edad para viuda... ¡Una chiquilla!

Nuevo el sepulcro, aún alrededor mostraba los yesos de la obra. ¿Por qué ella estaba sola y por qué no de luto?

¿Quién era?

Lo supo bien, después de contemplarla; era... lo que le hizo siempre temblar en las pocas veces que lo halló en su paso: ¡una belleza! -Pero una belleza que tenía el agrio emocional de las cuatro artísticas notas de un piano.

Atraído por el silencio de la bella vida inclinada ante la muerte, se deleitó en seguir contemplándola á través de la hortensia.

Había un encanto en sorprenderla abandonada á sí misma: acaso toda su seducción de sinceridad cifrábase en su ignorancia de estar siendo contemplada.

En su ignorancia de estar siendo adorada. -Porque la contemplación del artista que sabía, era adoración. Y era la fatalidad en la mujer: su imposibilidad de ignorar de otro modo que sentimentalmente sus adoraciones, como las ciervas -hasta que fuesen capaces de no ignorarlas divinamente en su integridad como las diosas.

¿Quién era?

Una señorita. Cualquiera de Versala...

¡Una señorita!... el diminutivo le repercutió en el corazón hastiadamente.

Además le fué la explicación: no estaba de luto, porque ésta en que rezaba sin dolor, simplemente con la unción sobrecogida hacia el misterio, señalaba la tumba de algún novio á quien ni quiso más ni quiso menos que todas las señoritas á sus novios. No estaría lejos la discreta confidente que habría querido acompañarla á esta última visita.

Sonrió una vez más con su sonrisa triste.

Andar entre señoritas hacíale la impresión de andar entre no sabía qué corzas asustadas de su mismo agrado por los riesgos de la caza.

Era pálida ésta, y (estupenda excepción) no tenía polvos su cara llena de lunares, llena de gracia, llena de una morena y exquisita é indefinible juventud -pues no podría decirse si era una muchacha de quince años espléndida y prematuramente expandida en mujer, ó al contrario, una mujer de veintidós ó veinticuatro con expresión candidísima.

Víctor volvió á sonreírse con un doble desprecio á sí propio y á aquella belleza tan bella que podía ser insolente sin polvo de arroz... A él, porque no tenía belleza ni casi juventud más que en el alma, en mitad de una existencia destrozada por ansias de ideales; á ella, porque no tendría, como ninguna, un sol en el cerebro, un ideal de juventud en el corazón... ¡toda por fuera!... Y qué pena de belleza... la de ella, la de él... ¡tan raras! ¡inversamente fragmentadas por una maldición del aire!

Gustábale extraer delicias de estos casi inadvertibles trances de la emoción efímera, y miraba, miraba -en su muda adoración -cómo había sacado del bolsillo un breve devocionario y leía ahora en él la señorita... ¿la señorita qué?... la señorita Pepa... la señorita Lola... la señorita...

¡Siempre el mote y la muñeca! Y le pareció lamentable. Más en ésta, que no tenía las cintas y los lazos que las otras, que Bibly Diora, por ejemplo.

Hecha excepción de un anillo de brillantes en la mano izquierda, puesto en el índice, por cierto, no podía ser de una simplicidad más original y brava su tocado: el pelo obscuro, sedoso, limpísimo, onduloso sin rizar, hueco en las orejas sin pendientes, y anudado en la nuca; la blusa de sutil batista blanca con florecillas de seda, adornada sobria con encajes en el cuello (levemente escotado todo en torno) y en las sueltas mangas á mitad del antebrazo; la falda ceñida, y tan corta, que más acaso por ello que por descuido de soledad, tapaba mal el comienzo de la bien calzada media en la baja lona de la bota. Un simple clavo de oro cruzaba la paja del sombrero entre su adorno de rosas y de tules.

Acostumbrado á dialogar con las almas de sus libros, pensaba que asustaría á esta señorita con doble susto de profanación al respeto del sitio y de sí propia, si de improviso, saliendo de la hortensia, acercárase á decirla, con culto fácil y amante de aves que se encuentran, que ella tenía brazos de estatua, manos perfectas... traza de exótica diosa morena ardiente con cálidos perfumes africanos encendedores de besos en los labios y en los ojos... Y sonreía, con su eterna sonrisa áspera, pensando cuán imposible fuera que entonces pensase ella que él pensaba que, sólo en el hecho de saber escucharle esto, habría encontrado un hombre ansioso de pureza en el amor, el inmenso amor y la pureza inmensa necesarios para querer llevarla divina y perpetua amante á la paz de aquel campestre hotel que esperaba un alma... ¡qué siempre la esperaría!...

Y la sonrisa ante la bella mujer que no tenía esta alma, se le tornó mordaz en la instantánea proyección de todo el cuadro que pudiera quizá substituir, con la necia final entrega de tal belleza entre pudores, al rápido triunfo de soñada gloria: vio una casa, un balcón, en la plaza misma de Versala tal vez; por bajo, el tílburi pasando, cruzando; la púdica conquistada á medias por Stern y por el sastre; papeles, pregones, convites... y después unas noches de lujuria..., y la vida incomprendida -y al lado de él, para siempre, una extraña como las que él hallaba fuera pudiendo al menos dejar de verlas á su arbitrio.

El horror habíale cerrado los ojos; y al abrirlos vio que la joven, levantada, se alejaba del sepulcro santiguándose. -Poco más allá, contra la espaldera de cruces y de flores, y en dirección contraria á la avenida, se perdió.

Marchó Víctor, en la misma dirección, sin apresurarse ni por descubrir siquiera quién acompañase á la que con tan suelta arrogancia andaba entre los muertos. Continuaba su camino tratando de recobrar la serena impresión en las piedras y en los ángeles. Pero al pie de uno sedente que lloraba caído á las rodillas, no lejos del sepulcro, ante el cual se detuvo ahora, vio removerse dos rosales, aparecer una dama de negro, que llevaba de la mano dos niñas, y detrás... la gentilísima.

Se acercaban. ¡Oh, cómo volvía á estremecerle la belleza, y cómo sentía que, valiendo ella lo que valiese, daríala él años de su inútil existencia por una hora de sus besos!

Le vio, y el instinto de galantería la hizo llevarse rápidamente la mano al cuello y al peinado. Luego, acercándose, y á pesar de mirarla él, le miraba ella con curiosidad descarada, con una encantadora insolencia infantil... Acobardó al cruzar, no obstante: bajó los ojos.

Pero Víctor la había visto bajarlos sobre una tenuísima sonrisa de halago, de admiración... de coqueta insaciable, pues que su agria belleza punzante debía tenerla habituada á admiraciones.

Así la vio alejarse: delante la madre -de porte distinguido, con su negra sencillez, y las niñas, morenas, llenas de rizos y de miedo en la morada de la muerte; detrás ella, la muy gentil..., coqueta con la chocante desenvoltura que la hacía bracear como un muchacho con el brazo en que no llevaba la sombrilla...; coqueta, volviéndose á mirarle, en un resuelto girar casi del cuerpo entero, al desaparecer en la avenida... Coqueta, coqueta toda por la gracia, naturalísimamente coqueta, como es sonora una arpa naturalísimamente porque vibra á todo impulso. ¿Qué niña, qué mujer dejan de ser en su inocencia un poco seductoramente coquetas?

Dominó Víctor esta vez el impulso de seguirla. Tal coquetería en las inocencias, no era más que el instinto de libertad, que debía morir esclavizado.

A su curiosidad le quedó, sin embargo, una invitación de obediencia fácil: fué al sepulcro donde había estado rezando la hechicera.


AQUÍ
DESCANSAN LOS MORTALES RESTOS
DE
DON LORENZO ALVERÁ Y ALONSO,
ABOGADO.
FALLECIÓ EL 15 DE MARZO DE 1885.
R. I. P.
RECUERDO DE SU HIJA,

1904


Estas letras, afrentándole de ligereza y torpeza por la suposición del novio, le explicaron por qué á los diez y nueve años de morir el padre no estaba la hija enlutada; mas no bastaron á hacerle comprender... á hacerle comprender...

¡Las cien cosas más que nada le importaban!

Y dándose cuenta de que estaba rota por intrusiones de la vida su poesía del Cementerio, salió de él, por el camino más corto.

Subió al tílburi y trotó Stern hacia Versala.

Anochecía. Había en la carretera más campesinos y más carros.

En un minuto alcanzó á la familia de... ¡olvidados ya los nombres! -Se apartaron ellas á uno y otro lado, dejando pasar el coche. Víctor miró del lado que quedó la joven con una niña, y no volvió ni una vez la cabeza, cuando quedaron atrás... Iba á su primera vaga intención al salir. Se había hecho amigo de un violinista, llegado con su mujer, pianista, para la temporada de conciertos; iba á la casa de ellos á oírlos ensayar, como otras tardes.

Trotaba Stern carretera abajo, entre los chalets y las casitas de indiano de la playa, y meditaba mientras Víctor, compasivo, la infelicidad de aquel violinista tísico, que acaso por el amor de una mujer rodaba sin nombre y sin dinero de pueblo en pueblo. Para dirigirse á la asaz modesta casa de huéspedes en que vivían, una vez cruzado el puerto lleno de revendedoras de sardina, tuvo que orientarse por la torre de San Blas. Trochó, cruzando callejones, y ya en la Ronda, frente á la Eléctrica, la reconoció, no lejos de la iglesia.

Al bajar ahora, le ordenó al criado que fuese á esperarle en el Hotel Bilbao.

-¡Hola, don Víctor... tanto bueno! -le recibió tras el portón la dueña, que había sentido, indudablemente, el coche -. Hace días que no le tenemos por aquí...

Y don Luis y doña Antonia no están; pero pase, pase... ¡deseaba verle!

Era una matrona gigantesca, limpia, bien peinada siempre, como peinadora de oficio, según rezaba en la puerta una placa bajo el nombre de Marina. En las no muchas veces que había hablado con Víctor, notábala éste cierta tendencia á tratarle con picaresca familiaridad, tras de habérsele manifestado adoradora ferviente.

-¿No están? -repuso él contrariado.

-No. Marcharon el martes, contratados á Pamplona. ¡Vamos!... ¿lo ignoraba usted?... Pase, pase, tengo que hablarle. Yo no sé si algún disgusto entre los dos, porque aún no habían terminado aquí... ¡Ella leía tanto Las honestas! ¡Entre, don Víctor!

Entró, extrañado de la relación que pudiera haber entre el disgusto y sus Honestas y la sonrisa de Marina.

La cual le guió á un gabinete explicando:

-Pase, ahora no hay nadie. Tengo la casa vacía. ¡Era don Luis tan celoso! ¡Un artista, mentira parece!

Indudablemente, la peinadora creía como en el sol que Víctor conquistó á la rubia señora con pretextos filarmónicos. Gracias á sus novelas, tenía una reputación de apasionado bruto, para muchas gentes del nivel mental de esta Marina.

Mas no le siguió ella hablando del asunto.

-Pues sí, don Víctor -dijo cuando se hubieron sentado -, celebro que venga, aunque no estén. Precisamente por... ella, no he querido hablarle hace ya días de... de otra cosa... si bien á cuenta de su discreción, porque es... otra cosa... muy otra que una pianista. ¡Oh!

El, atendía, simplemente.

-Oh!!... Oh!!! -reforzó su admiración Marina para transmitírsela. Y se apresuró á añadir -: ¡Yo, por mi doble oficio, y aun por el de mi esposo, guardia municipal, conozco á tanta gente! ¡Ya sabe usted que peino á lo mejor de Versala!... Y, ¡ah!, ante todo, don Víctor, se hará cargo de que ni yo ni mi casa... Verá usted; no se trata de indecencias, sino lo contrario, de evitarle á una señora que la crean así. ¡A una pobre señora! ¡A una pobre y preciosa mujer, en pueblo extraño y en lenguas, sin la sombra del marido!

Dudó Víctor, desorientado, pues no le conocía en verdad á Marina el tercer oficio con que empezaba á revelársele.

-Yo la peino, ¡claro!, desde que llegó y se alojó en mi casa -continúo Marina -. ¡Luego ha puesto la suya con su madre, con sus hermanitos, que toda esa familia tiene á su costa la infeliz! Viene á establecer una gran tienda de modas á la madrileña, de todo lujo, por lo cual empieza ella vistiendo como ninguna, y hace bien. Sólo que aquí entra lo grave: con el traslado desde Mallorca, su tierra, ha gastado un horror; y ni tiene ya casi para comer de aquí á dos meses (que volverá el marido de América, donde viaja por cuenta de una fábrica), ni encuentra quien la dé un cuarto... decentemente..., puesto que de otro modo, no ya los sesenta ó setenta duros que ella necesita, sino ciento, doscientos... ¡lo que pida! á mí se me han acercado sabiendo que la peino, y el último anteayer, el conde de Ferrisa... En fin, que ella no acepta, ni á tiros, con ninguno de Versala, y se explica su miedo y su vergüenza; que con motivo de haberla dejado un libro de usted, hemos hablado de usted; y que sabiendo por mí que es usted de otro modo y de muy lejos... creo que únicamente de usted aceptaría ese dinero, don Víctor. -¡Oh! -se limitó Víctor á exclamar admirando á la dúctil y rotunda Celestina.

-Vendría aquí. No podría ser en su casa. Yo la hablaría mañana al peinarla -terminó ella modestamente y con la mirada en el suelo.

-¡Oh! -repitió Víctor, burlón, á un ademán por levantarse -; pero, ¿usted sabe cómo tendría que ser una belleza... de sesenta duros?

La que se levantó antes fué Marina, diciendo enérgica:

-Tenga que ser como quiera... y más, así es ¡lo digo yo!

Añadió tendiendo el brazo:

-Espere... ¡va á decírselo un retrato!

Inmediatamente cruzó el pasillo, entró en otra sala de enfrente y volvió con la fotografía.

-¡Esta! -presentó.

-¿Esta? -guturó Víctor, cuya faz fulguró inesperadamente al mirar la imagen.

Pero lo había preguntado con tal emoción, con tal asombro, que Marina quedó un instante perpleja, temiendo haber cometido cualquier imprudencia enorme.

-¿Esta! -repitió él, dominándose.

-¿La conoce usted?

No dejaba de contemplar la bellísima figura, á la luz ya incierta de la estancia, y tardó en contestar.

-Sí. La hija de don... de un abogado que murió aquí hace años... muchos años... Acabo de verla en el Cementerio... rezándole á su padre...

-¿Cómo, abogado?... ¿De aquí?... Usted la confunde, don Víctor.

-No, no; la he visto, y en la carretera después...

-Bien, por allí vive...

- Con dos niños... la madre de luto...

-Justamente, ella es... alta, morena...

-Morena..., con lunares...

¡La misma!, ¡la misma!... -tuvo que convenir Marina, apremiada, aún más que por la viveza del diálogo, por la del timbre del portón, que sonaba rato hacía nerviosamente -; pero usted se confunde, don Víctor, ó le han informado mal; no son de aquí..., ni habían estado antes... Perdone, que llaman... será la criada... ¡Un momento!

Salió, entornando cauta la puerta, y Víctor acercóse á ver mejor el retrato á la luz crepuscular de la ventana.

La sorpresa y la angustia pusieron esta vez el sarcasmo en su sonrisa. Era una burla cruel la en que la bestia realidad había venido tan pronto á presentarle á esta mujer «libre como un pájaro» -cual la ansiaron sus anhelos infinitos. Libre, bien libre podría escucharle y brindarle caricias... pero ¡con qué escarnio de libertad!

Todo el desprecio que le inspiró antes la señorita no más, le inspiraba ahora la prostituta. Pero en la prostituta, en la perdida que Marina le acaba de revelar con sus crudezas, en la señorita que él antes miró con pesar en sus lirismos, permanecía lo mismo lo innegable, lo míseramente más venerable, al menos, de todas las míseras grandezas destrozadas en la vida: una belleza de mujer.

Recordó su afán del Cementerio ante el original del retrato: «Valiendo ella lo que valiese, por una hora de sus besos daría él años de su inútil existencia».

¿Y no iba á dar un puñado de dinero, que pedían?

-«Gracias» -le murmuró con los labios al solícito y generoso mago que se la ofrecía llanamente.

Cuando entró Marina, ni quiso hablarla ni oírla más. Dijo, devolviéndola el retrato:

-Avísela. ¿Esta noche?

-No puede ser. La veré mañana. Eso sí, antes del lunes; las fiestas me llenarán todo esto. ¿Esperará usted en Versala?

-No. Me escribe.

-¿Que señas?

-Villa-Paz. En Tur.

Ella fué á la pared para apuntarlas junto al espejo con lápiz, y él salió.

-Hasta mañana... hasta pasado mañana, mejor, don Víctor.