La altísima: 04

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Capítulo IV
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La altísima- Primera parte Felipe Trigo


Días de mayor zozobra le llegaron.

La mujer de su hora no se le pudo olvidar... ¡la que no existía!

El deseo de la belleza que le ilusionó, y cuya posesión había renunciado torpe, estaba en su pensamiento y en su sangre como una fuerza creada y no gastada. Y esta renuncia, que sentía negativa como una ansiedad imposible, adquiría visos de un alto bien perdido eternamente -pues no podría reproducirse el ensueño.

Era además una sensación íntima de necedad inaudita, de remordimiento: desorientado é inverso siempre, su alma acababa de estrellarse por sacrilegio pura y entera contra una prostituta, tratada como una virgen, tras de una vida larga empleada acaso en tratar á las vírgenes como prostitutas... En su memoria levantábanse recuerdos de mujeres acusándole implacables..., en tanto que reiría, que reiría, que seguiría en risa sin fin el llanto aquel de la vengadora de todas, mostrándole á él su locura estúpida en un total contrasentido de la realidad. Todo lo que escarneció en aquella hora, todo aquello tan grande que no habíale dicho á las honradas jamás, ¿no hubiera podido valerle el gran amor de una honrada, de habérselo hecho escuchar alguna vez á alguna con tanta fe?

Aquí, volviendo á ver en estas mañanas de pereza y de impotencia las gaviotas del mar azul, le irritaba -al literato incapaz de «hacer literatura» -la originalidad de literato que quiso hacer literatura original..., hasta de su carne. No había saciado su ambición de la belleza en Adria por... originalidad á sus propios ojos, por servirse también una página original en la artística y necia farsa de su vida. Vuelta la página, quedaba la antítesis irreductible el vacío poblado al fin de burla hueca.

Quedaba nada más con su verdad bochornosa, ella -que podía encontrarle y se reiría de él; que seguiría riendo, riéndose como de un imbécil, como de un niño á quien supo embelecar, ahorrándose la pena de complacerle, ó todavía peor -si fué cierto que la encendió el deseo -, como de un vicioso gastado, incapaz de aplacar los antojos que de un modo, ridículo se dedicase á excitar por vanos erotismos.

No obstante, la preocupación de destruirle el error á la bella ruina de sus delirios, le parecía absolutamente despreciable.

¿A qué verla más?

-Sí, Carmen, sí; dame el correo. Y á la señora Marciana, que traiga el café.

Dejó la doncellita de cofia blanca y lazos rosa el paquete en el ángulo del billar, y partió calladamente.

Víctor leyó la carta de Bibly Diora.

La vida era una sucesión idéntica de hechos, en él y fuera de él; pensó en Madrid: tal amigo, con tales más, á tal hora, en tal círculo tomando su cerveza...; tal otro en el Ateneo, en tal rincón.

Entró Marciana. Le sirvió el café y salió sin ruido, sin osar hablar. Creería la pobre que hubiera de espantarle grandiosas inspiraciones.

Un sobre lacrado, con un membrete del Hotel Bilbao, estaba entre los periódicos. Lo rasgó y apareció otro cerrado, y esta esquela del dueño del hotel:

Amigo don Víctor: Desde el domingo, á poco de usted marcharse, tengo para usted esta carta, que trajeron á la mano. No me he atrevido á mandársela, porque, según parece, tiene cuartos; pero viendo que no viene, se la remito certificada.

Suyo afectísimo, -Pedro Redondo.

El sobre, verdoso y endeble, donde sólo campeaba el nombre de Víctor y el del hotel con letra inexpresiva, traslucía en verdad billetes de Banco á poco que se reparase. Dentro halló cinco... ocho... nueve... Noventa duros. Y ni una línea de explicación.

¡Oh!

La duda de Víctor fué breve. La sorpresa indecible. Olían los billetes al vago perfume de todos los perfumes de una mujer habituada á perfumarse. ¡Eran, pues, los que él le entró en el pecho á Adria!

¿Qué significaba esto?

Crispado de asombro, de pesar, de humillación..., por no dejarse romper el cerebro con la atrición repentina de cosas enormes, las rechazó á un esfuerzo, quedando en tranquilo estupor bajo ellas mientras tomaba el café.

¿Qué querían decir estos billetes devueltos en este enigma de silencio?... Se prestaban á tan varias conjeturas, que renunció á perderse en ellas. Claro, vio únicamente que su sonrisa no podría resolverse sino en dos extremos, girando enfrente de dos audacias admirables: la de la arrogante altiva que habría forjado él por un minuto, ó la de la experta sagaz que de sobra confiaba en explotar con su belleza al generoso. No podría negársele algo no vulgar, un poco de sensibilidad ó de talento de intriga á la mujer, en todo caso.

Pero sí, de sobra...; confiaba de sobra en el poder, que creería intacto para él, de sus hechizos...

¡Ignoraba la hechicera cuánto los estaba desdeñando en el mismo momento antes de conocer su estratagema!

El impulso fué devolvérselos lo mismo..., y se levantó. Dio vuelta á la galería, y se detuvo en el escritorio: desconocía la dirección..., podría á lo sumo, enviarle los billetes á Marina, diciendo que había olvidado entregarlos á la amiga dulce. Por último, los contempló, miró la letra incierta y nerviosa del sobre, y los guardó en el bolsillo.

Renunciaba á pensar. Aquella idea de desconfianza de toda lógica que de tiempo atrás hacíale encomendarle al azar sus más altas esperanzas, como un salvaje, había recibido con esta mujer precisamente una estupenda sanción: de imposible á fácil, la fácil no fué de él sin embargo..., ni podría serlo ya nunca, transfigurada su aún ansiadísima beldad, por el sueño de un iluso, en hada irreal, más imposible para el amor del ensueño que para la pasión de un día, y bajo la formidable pesadumbre de la imposición social, la irreal señorita del Camposanto.

Entonces cogió un libro y lo abrió por cualquier parte, sentándose á leer.

FLORES Y ABROJOS, poesías, por Antonio de Dios Fernández, premiado con mención honorífica en los juegos florales de... Con licencia eclesiástica.

Por la tarde, á las tres, le dejaba el tílburi en el puerto. Estaba en fiesta la ciudad. Saludó á la condesa de Ferrisa y á la hermana de la condesa de Ferrisa, que subían á un automóvil. Recordaba, viendo sus sonrisas de mujeres lindas, el asedio del conde á la mujer que él venía buscando por saber con qué derecho pretendía presentársele como igual en altiveces. Y sí, valía harto más como belleza y arrogancia que estas damas que le dejaron seguir detrás marchando en un tufo de heliotropo y gasolina.

-¿Como qué valían más entonces estas damas?

La peinadora le recibió amablemente, pero con la contrariedad de no poder complacerle. Tenía la casa rebosando forasteros. Ofrecíase, por lo demás: aparte estos días, pudieran ir cuando quisiesen, aun sin avisar, pues siempre tenía habitaciones, ó las reservaría en todo caso. Y terminó aconsejando:

-Diga, hoy hay toros; todo el mundo está por el lado de la plaza. Ella no va, no le gustan, ni saldrá, pues ni la he peinado esta mañana. ¿Por qué no va usted á verla?... No habrá un alma por allí, vecinos principalmente, que es de quienes pudiese tener algún cuidado, porque la madre claro es que no ignora... ¿sabe? Vive en la carretera de Benzo, la misma del Camposanto..., en un hotelito: el 15.

Víctor acababa de pasar por la carretera, desierta, efectivamente. Aceptó la indicación.

Estaba cerca. Cruzó el puerto. Llegó pronto á la doble fila de hotelillos.

Apenas algunos niños jugaban aburridamente con sus niñeras tras las verjas. Los gorriones piaban en la arboleda á su albedrío. -El 15.

Era un minúsculo y alegre hotel á la siciliana, de un solo piso, en un ángulo de la carretera, con verdaderas celosías de hiedra en las altas ventanas, con los aleros ocultos en el ramaje del único é inclinado tilo corpulento que crecía á un lado del estrecho espacio de flores cortado por la escalinata, y quesubía á derramar su fronda á los tejados cubriéndolos en lluvia de verdor.

Estaba abierta la cancela y Víctor entró, con la resuelta indiferencia que había podido aprender de Adria el otro día. Pero en seguida un contenido grito le detuvo, y vio en la ventana de la izquierda, entre las hiedras, la pálida belleza que se había alzado con medroso asombro á mirarle -con un libro en la mano.

-¡Ah! -volvió á gemir toda miedo y sorpresa la blanca aparición.

Y tembló el audaz, porque volvía á sentirse subyugado delante de la beldad que tenía el agrio emocional de las cuatro artísticas notas de un piano.

Iba en dominador, y habló en dominado desde su primera frase, ahogadamente:

-Qué! ¿No debo entrar?

Adria vaciló, giró los ojos, y dijo luego en la premura más bien de que no le viesen ya salir:

-¡Entre!!

Y desapareció á recibirle.

Subió Víctor rápido las gradas, bajo la marquesina. Adria alzaba un tapiz en una puerta lateral del vestíbulo; y Víctor, cobarde como un niño que furtivo llega á la casa de su novia, entró en el saloncito.

Era ella la serena esta vez, y él el que sentía la emoción de la llegada; la emoción de esta diminuta estancia de sencillez elegante y señoril, donde parecía flotar un orden de cosas castas y discretas. Habría querido encontrarla en otro destartalado cuarto de alquiler, como el domingo, para poder hablarla con todos sus desprecios de comprador de mujeres; y aquí, al revés, dijérase que la simple y aérea gentileza misma de los muebles, del celeste estuco y de los dorados relieves de la escocia del techo, en mitad del cual volaban tres cigüeñas pintadas, poníanle á Adria su belleza en un ambiente de alma.

Lujo no caro, sí esbelto, ligero, gracioso... Ese lujo de la industria intelectual moderna, ampliamente democrática, desdeñosa de palacios, que sabe poner la confusión en donde terminan las flores y empiezan las sillas.

Se había sentado en una dorada y verde del hueco de la ventana, y enfrente ella, en otra volante, de respaldar en ángulo diedro, dorada y fina, recibiendo la verde trasluz de las hiedras que colgaban por la reja en guirnaldas. Sobre ambos caía, pabellonado hacia un lado por su cadena de níquel, un transparente de tul con una gran orla.

-¡No me esperaba usted! -dijo Víctor, muy bajo, para no ser oído por quien lo temiese Adria.

Esta vibró á la contenida alegría de oírse llamar cortésmente «de usted».

-Puede hablar alto -autorizó -. Estoy sola. Mi tía ha salido á pasear con mis hijas.

-¡Con... sus hijas! ¡¡De usted!!

No contestó Adria á la exclamación incrédula más que bajando la mirada á la falda, donde los dedos de su mano diestra jugaban con el grueso anillo que tenía en el índice de la otra mano. En la galante, sonreía con una expresión inmensa y santa la madre juvenil.

No la violentaba hoy el silencio. El descuido de su adorno la hacía más niña. Estaba casi despeinada, con su peinado bajo de raya al medio ahuecado en las sienes. Tenía una blusa clara de céfiro que dejaba traslucir por sus calados entredoses la carne morena limpia, sobre el escote del cubrecorsé rosa, transparentado más bajo por la blanca tela con diafanidades de azúcar, y apenas los encajes de las sueltas mangas le cubrían los antebrazos. La falda, nesgada y lisa, de obscuro satén azul, ceñíase naturalísimamente á la escultura de los muslos...; naturalísimamente, por la misma timidez de Adria, que la había hecho doblar las rodillas para esconder bajo el corto vuelo los zapatitos de lona -en una forzada actitud.

-¿De modo que es usted en realidad casada? -preguntó Víctor.

-¿Quién se lo dijo? -preguntó á su vez ella con viveza.

-Marina.

-¡Ah, sí!... Esa mujer... no sabe más de mí que cualquiera... A lo mejor... ¿qué le interesa á nadie la verdad?... Unos, aquí, me creen soltera; otros, no... Y sí, mis hijas; sólo que yo he llamado siempre á mi tía madre, pues no he conocido otra; las niñas le llaman mamá Sagrario también, y á mí mi Adria, como á una hermana mayor...; y se nos ha ocurrido decir eso para ahorrar explicaciones: que mi tía es mi madre, y mis hijas, mis hermanas. ¡Ya ve usted cuánta simpleza!

Había una música de infantil dulzor en la voz voluble. Víctor casi no la escuchaba: la sentía. Erale difícil recibir esta transmutación de la arrogante chiquilla en plena mujer dos veces madre.

-Sí, sí, mis hijas -añadió ella, leyendo en el asombro del que la miraba con duda -¡y yo las he criado á las dos! ¿Qué edad piensa usted que tengo?

-Veinte años.

-Veinticuatro -corrigió Adria -. Una ha cumplido cinco; la pequeña tres. Tuve, pues, á la primera, á los diez y nueve. ¡Muy joven, aunque no tanto como usted creyese!

Al recuerdo reía con dulce pena.

-¿Y su marido?...-deslizó Víctor.

-Mi... marido... ¡Ah, se lo ruego,... no querría mentirle á usted también! ¡No me pregunte algunas cosas!

Con la angustia quizá de decirlas destrozada en amargura, quedó abatida. Víctor respetó el deseo en silencio. Luego preguntó:

-¿Le molesta mi visita?

Adria alzó con pesada delicia los ojos:

-No. Me ha sorprendido -respondió.

Y añadió indecisa:

-¿Para qué ha venido usted?

-Hasta hoy -dijo Víctor presintiendo que desplacía un afán oculto en la pregunta -no ha llegado á mis manos el... sobre que usted mandó al Hotel Bilbao.

-¡Ah! ¡sí!

-Y suplico á usted que me consienta devolvérselo.

Lo sacó y lo presentaba.

-¡No, no!...-rechazó Adria -. No llegué á ganar ese dinero.... ni lo podré ganar.

Sobre la amargura habían saltado afables sus palabras, sin sombras de ofensa ni altiveces.

Víctor insistió humildemente:

-Se lo devuelve el que no aspira á que usted lo gane, sino el amigo. Nuestra entrevista valió bien por una presentación... Usted lo necesitaba.

-Y la amiga se lo agradece.... mas ya no lo necesita.

-¡Adria!

Instantánea la punzada de dolor, hirió á Víctor con el recuerdo de la casa de Marina, de la confidencia de ésta sobre el conde.

Pronto se rehizo. Adria disfrazaba tal vez de dignas ironías su rabia de prostituta despreciada. El podía descender sencillamente compasivo á su terreno:

-¡Qué... acaso el mismo día..., sin salir usted de allí!... ¡El conde!

Pero aunque trató de evitarles mordacidad á sus palabras, Adria las recibió en la cara como un dulce fustazo.

¿Qué le pasaba?

La vio Víctor abrumar la faz contra el brazo, en el de la dorada silla, acaso meditando si no sería ridículo todo empeño de nobles apariencias. La vio al cabo de un momento alzarse tranquila y perdonadora.

Adelantándose en el borde del asiento, echó atrás con ambas manos las negras guedejas de la frente pálida, y expresó resignadamente, dolorosa:

-Sí..., usted tiene derecho á creerme «una perdida», más de lo que soy..., ¡y con razón! Sin embargo, digo que nadie más que usted puede en Versala tener con razón ese derecho. Se dirá de mí..., ¡no sé!... por ahí..., ¡figúrese!..., ¡lo que usted se figuró, siquiera con motivo, viéndome ir á ganar de aquel modo el dinero!... Pero la falta de él, la urgencia, la codicia más que mía, era de Marina, por cobrar cuarenta duros que le debía..., según dice..., y que yo, un poco aturdida en mis gastos, no quería haberle pagado de lo que necesitaríamos para vivir algún tiempo en pueblo extraño sin que la urgencia más grande del hambre me obligase á venderme á muchos, muchos días... ¡Ya ve usted..., me apuraba esa mujer, ofreciéndome á la vez el medio de pagarla...; comparé..., y preferí venderme á uno, cuando al menos sin urgencias, deseada en mi desdén, érame posible venderme en una vez por todo el precio!

Calló, con los ojos ávidos en Víctor. El rostro de él se nublaba de una contracción penosa, y se apresuró Adria á calmar:

-No imagine que al renunciar ese dinero tuve que aceptárselo á nadie. Para eso habría hallado bien el de usted. Mi ligereza había sido forzada por Marina..., por los consejos, además, de quien menos debiera dármelos así; y quiso la suerte que las rarezas de usted me hiciesen, aunque tarde, arrepentirme. Aquella misma noche dejé saldada con esa mujer mi deuda; y decidí escribirle... al padre de mis hijas... pidiéndole dinero, confesándole al fin el aturdimiento con que había gastado en tres meses lo que él suele darme cada seis. Ayer recibí su carta.

Quedaba un poco de incredulidad en la fiscal atención de Víctor, y Adria se resolvió á desvanecerla totalmente. Fué á un mueblecillo, y sacó la carta de un cajón.

Era un certificado también, á juzgar por los lacres.

-Vea -dijo acercándose á mostrarle el sobre -; fecha de ayer.

«Castellón de la Plana», leyó Víctor, además, en los timbres de estafeta.

Y Adria, con su simple naturalidad de niña franca, donde sólo estaba el afán de convencerle, entresacó billetes con los dedos, y tiró en seguida sobre un juguetero la carta, volviendo á sentarse.

-No me gusta, y miento lo menos que puedo -prosiguió -. Ahora usted pensará que soy más loca lanzándome á ciertos extremos, cuando podía haber escrito desde luego esa carta. ¡Oh, Dios!... Para que usted apreciase cómo debe de ser grande el sacrificio de escribirla, que me empujó incluso á preferir... otros recursos, yo tendría que contarle detalles de mi historia..., de mi historia horrible como pocas, y, no obstante, vulgarísima. Le ruego, pues, que me crea. Yo no quiero contar mi historia... ¿A qué?... Yo no la he contado nunca... No quiero contársela á usted... ¡No, no! -acentuó, abandonando atrás el busto en el ángulo del sitial, debatiéndose en sí propia -. ¡No quiero! Vi que usted el otro día sufrió empeñado en que yo creyese otra historia de tristezas de su alma, que no sé por qué deseé contarme; vi que no pudo después creer que le creí cuando le había creído..., y no quiero tener también que no creer que usted creyese la historia de mis tristezas!

Súbito sintió Víctor el impulso de coger la mano esbelta que colgaba fuera del dorado respaldar, y pedir á besos de efusión estas tristezas como el don más alto. No se atrevió. Fué más grande su respeto ó su asombro. En la plena luz filtrada por las hiedras, con un encanto de clara transparencia subpluvial, la náyade morena llena de lunares se había transfigurado, se había aureolado de espíritu..., había llegado á recobrar de sí misma la gracia que él la infundió entre sus brazos el otro día por un momento...

Fundíansele de tal manera las dos admiraciones, la de la belleza y la del resplandor, que no sabría diferenciar Víctor cuál era proveniente del hondo reflejo negro de los ojos, y cuál de la maravilla de la boca sobre los dientes blancos, brillantes, deslumbradores.

Por un rato no hablaron, -sin la menor violencia. Él la contemplaba en paz, y ella en paz dejábase contemplar, jugando la mano izquierda con una medalla de plata que asomaba en su leve cadenilla por los encajes del peto. Fuera piaban los pájaros, entre el ramaje del tilo.

-Bien, Adria -dijo por último Víctor guardando el sobre que conservaba en la mano -; no insisto. Había venido á esto..., y partiré. ¿Quiere usted antes responderme á dos cosas?

-¿Cuáles?

-¿Quiere usted decirme con sinceridad absoluta, usted á quien no le gusta mentir, qué juicio formó aquel día de mis rarezas?

-¡Ah!.. -expandió ella en gozo que en vano habría querido esconder -. La respuesta es inútil; está bien dada por mi proceder, me parece.

-¿Me juzgó usted, pues, un poco noble?

-¡Ah! -volvió á gemir dulce Adria -. ¡También esta otra respuesta la creo inútil... para el que ha escrito ese libro que yo leía... que yo he leído ya mucho!

Señaló al juguetero, y Víctor descubrió entre porcelanas la pajiza cubierta de su novela Las almas rotas. Fué él quien no pudo reprimirse ahora de exclamar con gozo:

-¡Ah, sí!

Adria alargó el brazo, apoyó la mano en el libro, y dijo, mirándolo abstraídamente:

-Un poco noble el novelista aquel día..., y aun añadiría yo que un poco cruel, como en su novela.

-¿Cruel?

-Con todo, y con usted el primero.

-Por qué pensó Víctor que nunca había oído una más certera crítica sentimental de sus obras?... Ansió quizás seguir escuchando á la juzgadora en su espontaneidad íntegra, y esperó.

Adria, sin embargo, cerrados los ojos un instante, como en la comunión interior con aquellas almas rotas, que va eran algo en su alma, quitó del libro la mano, y dijo, tal que si hubiese bastado cortar el contacto para desvanecerla el éxtasis:

-He respondido á una pregunta sin mentir. ¿Y la otra?

-La otra es ésta: ¿Quiere usted mucho... al hombre para quien escribió la carta?

Mirándole quedó suspensa. Entonces, Víctor, cierto de que la excitaba así en la indecisión, se disculpó:

-Perdóneme si no he debido preguntárselo.

Y Adria entonces, apartando de él la mirada, contestó resuelta:

-Pues bien... ¡le aborrezco!... El es el padre de mis hijas; pero es la causa de todo mi infortunio. ¡Le aborrezco!

La historia creyó Víctor leerla entera en la frente atormentada: era, sería lo de siempre: el rico joven provinciano logrando á la pobre linda por engaños, por protestas, hasta por la palabra de honor de la boda...: la boda después, con otra, con la prima rica predestinada de antiguo...;y en seguida, la orden de expulsión, lejos, muy lejos, tan lejos que él era del Sur y habíala mandado hacia el Norte...; y la pensión con que siquiera los ricos pueden ahogar la conciencia al renegar de los hijos de su sangre.

Junta toda la piedad que no sentían estos padres por estas madres y estos hijos, ahogó á Víctor delante de la mujer de corazón á quien él también, contagiado de la general infamia inconsciente, habría podido envilecer otro poco. Nunca entendió tanto la caridad de sus libros. Nunca comprendió mejor por qué los escribía para aliviar también con ellos la inmensa pesadumbre de su alma que no cabía en él, que sólo cabía en la tierra, acaso porque era el alma de la Tierra.

-Adria -suplicó -, yo quisiera ser su amigo.

-¡Oh! -hizo ella indefiniblemente.

-¡Amigo, entiéndalo!... ¡Y mire que le suplica amistad... quien desdeñó su belleza entregada...; y mire también que yo, en una amistad, no sé nunca lo que pido..., porque tal vez no pido nada, y tal vez lo pido todo... ¡Tanto... que nunca se me pueda dar!

-¡Oh! -volvió á exclamar ella feliz de oírle hablar con la firmeza de un dominador que parecía estar por encima de ella y de sí mismo.

Y él determinó con vaguedades:

-Sí..., soñamos un día... ¡Pobres errantes de la vida que sólo una hora tal vez fueron dichosos...; que tal vez no puedan volver á serlo!... Pero si vamos sin rumbo, sin objeto, sin prisa, ¿á qué separarnos tan pronto?... Adria, nada perdemos. Será agradable que, puesto que nos junta la suerte en el camino, camaradas los dos, gitanos extraños de la vida, lo sigamos juntos, poco tiempo ó mucho tiempo, ¡quién lo sabe!... Hasta que queramos tornar al nuestro cada cual, sin prisa, sin rumbo, sin objeto, siempre andando sin cesar hacia ninguna parte!

Habíase tapado Adria con una mano los ojos, y Víctor estaba ya de pie delante de ella hablándola con su fatiga que arrastraba alma:

-Usted, Adria; tú, Adria, prométeme solamente «tu franqueza» para el tiempo breve ó largo que hayamos de marchar reunidos. Prométeme que no habré de escuchar de tu boca una mentira, aun cuando sea contra ti, aun cuando sea contra mí. Cuando no puedas hablar, te callas para no mentirme, como has hecho esta tarde. Yo de mí -terminó, poniéndole la punta de los dedos en un hombro -te lo prometo!

Adria alzó la cabeza y le miró fijamente. Radiaba altiva, dichosa.

-Y yo de mi...- dijo...; pero se detuvo á interrogar: -¿Qué interés tiene usted en la franqueza?

-¡Mucho! ¡Todo!... ¡Oh, sí!

-Pues ¡lo juro por la gloria de mi madre!

-¿Cuándo volveremos á vernos? -preguntó Víctor estrechándola la mano en despedida.

-No lo sé; pronto. Pero ¿dónde?... -vaciló ella; y resolvió en el apremio de un afán voluntarioso: -Sí, sí..., aquí, si usted quiere. Mi tía sale todas las tardes con las niñas... ¡Yo, no saldré!

-Gracias, Adria. Hasta mañana.

Besó la mano, que estaba fría, y partió.

Paseó tiempo frente al mar, por las solitarias playas. Descansaba. Tenía la certeza de haberle hallado á la vida una nueva faz interesante. Al anochecer, llegando al Hotel Bilbao, encontró la plaza de Ansalsúa llena por el gentío de los toros. Sofocaban el polvo, el calor y la apretura. En el aire quieto, con los metálicos sones de la música, flotaban olores de clavel, de sudor, de avellanas tostadas y de puros del estanco. Las engalanadas señoritas de Versala paseaban con sus novios por el centro del jardín, y en un grupo principal la condesa de Ferrisa.

Era el fondo colorinescamente vulgar de aquel pequeño foco de interés, acaso de esperanza, que habíale mostrado, la vida en secreto.