La altísima: 20

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Capítulo VII
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La altísima- Tercera parte Felipe Trigo


Las gaviotas rasaban el mar perla tocando apenas las puntas de las olas con las puntas de las alas. Un buque, lejos, tendía su negro humo por el cielo de llovizna -un buque de dos chimeneas, de cuatro palos.

Pero no veía nada, desde la tibia galería, el trabajador. Mañana fértil. La Altísima seguía surgiendo idealizada en las páginas de La Altísima. Y el triste amante se borraba en el creador feliz.

Abrió el cortinón la rubia doncellita y entró cauta, aunque cierta de que únicamente esta diaria interrupción no enojaba al irritable...

-Sí, Carmen, dame... ¡el correo!

Lo cogió él con avidez. -Esperó Carmen, curiosa... Sobres de membrete, papeles enfajados de esos que llevan los correos cuando aguarda una carta el corazón.

-¿Nada? -preguntó Marciana asomándose á otra puerta.

Era la pena del amo familiarmente trascendida y familiarmente compartida por las dos -la inquieta afectuosidad hacia «la señorita Adria», que no escribía ya en tres semanas... la extrañeza ante la tenaz falta incomprensible de estas cartas perfumadas y pequeñas, recibidas en dos

meses diariamente.

Les fué sobrada respuesta el desaliento que tornó al creador feliz en triste amante y partieron.

Víctor se levantó, miró con un largo anteojo el buque, y se dijo mentalmente al divisar la bandera: «Inglés».

Dobló la galería y se tumbó en la poltrona de planos brazos, junto á la mesa de billar. Una sensación le dominaba -ó quería él que llegara á dominarle: «La Altísima, la que sería insensato y tonto empeñarse ni en dudar que «lo fué», debería quedar íntegramente desprendida de la Adria sin ventura vuelta por la fatalidad á la torpeza del mundo».

Sólo que exigía esto el poeta y lo rechazaba el amante.

Resumió, pues, como ayer, como anteayer, la lógica que desde los hechos pudiera desvelarle la del silencio de Adria. ¿Hubo fatiga en sus cartas últimas?... Quizá -de sufrimiento. Se habían separado el 18 de Enero: ahora terminaba Abril; no hacía un mes que había vuelto Sagrario de verla, de atormentarla y amenazarla con el idiota «él ó yo», al encontrarla delgada y saber por doña Paz que se había cortado el pelo por él, y que por él sería capaz de todos los disparates. Tal martirio se lo reflejó la ausente, obsesa y desorientada, en la laxitud de tantos martirios sin tregua, ante la imposición de la tita, que no podía menos de inspirarle más piedad cuanto más loca; tal nuevo martirio de la mártir, á quien ya le faltarían las fuerzas, se lo comprobó monstruoso la misma Sagrario al volver y recibir á Víctor en una de sus frecuentes visitas. El que afable acudía al hotel para jugar con las niñas, para mirar y sentir cosas de Adria, incluso

para querer á la mujer funesta cuyas recelosas complacencias íbase captando con sonrisas, con dulzuras, con billetes..., á pesar de los billetes, y por encima de toda ambición de la histérica que creía tener en su cerebro la oculta y sabia dirección de su casa, si no del orbe, la vio estallar en tempestad de pasión llena contra él de rayos de odio en un escándalo «de loca», ¡de loca, sí! Los vecinos de enfrente acudieron, la mujer y la hija del conserje..., y á los esfuerzos del injuriado por reducirla con voz leve á la razón, se acreció el furor de la maníaca para afirmar á garganta desgarrada, «y ante el mundo entero si fuese menester», que «su Adria era su Adria, y la llamaría y se irían las dos á comerse un mendrugo en un rincón donde no volviesen á verla ni banqueros ni ¡pu... ñales!» -Una adoración todavía de las que la Altísima inspiraba por su mal en cuantos recibían su efluvio de alma; una adoración salvaje, idolátrica, fanática, plagada de absurdas contradicciones, igual que todos los fanatismos (é igual que en aquel encanallado tito Marcos), en una imbécil degenerada lamentablemente por las no menos absurdas contradicciones del mundo. Delicadezas aparte, Víctor no volvió al hotelillo por mera necesidad estética de restarle á su ilusión de Adria este aditamento bestial.

Y aquí la duda: ¿fué sincera ó efecto de las subsiguientes intimaciones de la tita la carta suya días después?... La tenía en el bolsillo, con otras; la buscó y la leyó, tratando de penetrarla:

«Víctor, aprovecho un minuto para decirte, en este papel que le dejo á doña Paz, que voy con don Baldomero á la Semana Santa de Sevilla. Acaba de sorprenderme con esto. Lo hace porque me reponga y me distraiga... ¡mira tú! Como allí no le conocen, viviremos juntos, y no te podré escribir hasta la vuelta. Procuraré incluirte alguna esquela en las cartas á mi tía, aunque, con lo pasado, lo creo inútil, pues no te las dará. ¡Cuánto sufro por todo! Siempre, siempre tu -ADRIA.

No tuvo por qué desconfiar de esta carta al recibirla. Hoy, tras veinte días de silencio, podía lícitamente sospechar que, á la agotada de sufrir, la hubiese servido el viaje de pretexto de... ruptura. Era incomprensible que no dispusiese de otro minuto y de otra doña Paz con quien mandar al correo cuatro letras directamente para él. La disculpaba. Acaso tal decisión escondía en su misterio de distancia y tiempo, en su vago rastro de perdida estrella, más delicadeza dolorosa que la que hubiera podido contener la misma decisión así cortada en expresa voluntad: «Ya ves, no podría ser la buena amante, sin ser la mala madre de mis hijas, la mala hija de mi tía, de «mi madre» al fin, que las tres forman para mí un todo de amor indivisible. Como yo, perdona tú también á la que te odia porque me adoras, á la que me odia porque te adoro».

¡Ah, la siempre sacrificada, la siempre heroica, la siempre atormentada por todo el rigor de lo insoluble!

Él mismo, estando junto á ella, no habría querido ser menos heroico que la heroica forzándola á optar por él.

Pero el enigma extendido cruelmente hasta privarle de saber dónde estuviese ella -que al menos sabiéndolo le sería más fácil robársela evocada á un sitio, y enviarla en una dirección los besos de su alma -, se le hizo esta mismas tarde insoportable. Recordando lo en balde que intentó noticias por Alfonso enviando al hotelillo (dos veces, y la respuesta de Sagrario igual: no me escribe), resolvió ir en persona.

¡Cómo le pesó!

La idiota, la feroz irreductible, le aguantó primero alarmada en iras: luego acordándose de una carta de Adria que podría mortificarle, se las entregó con aviesas diplomacias... «Me divierto mucho en Sevilla. Dicen que estoy muy bien ya con el pelo bastante largo, que me riza una peinadora con mucha gracia. Vamos á todas partes. Ayer á los toros»... -Esto tan extraño decía la querida letra. Sagrario, perversa, negó haber recibido más cartas. Estúpida, notició sin embargo que «el padre de las niñas» las había buscado un colegio, como internas en una capital de provincia: adonde se irían ellas y Adria «á vivir decentemente», -Salió por lo tanto Víctor con la pena de aquella gozosa alegría de la ausente y con la misma duda, porque la carta tenía la fecha de los primeros días del viaje.

¿Seguiría en Sevilla? ¿Estaba en Madrid?

Se le ocurrió veinticuatro horas después, ante la nueva decepción del correo, escribirle á doña Paz.

Esta le contestó sin pérdida de tiempo:

Querido don Víctor: No puedo decirle dónde andará la señorita ni cuándo volverán. A mí me dijo don Baldomero que iban á la Semana Santa de Sevilla. Pero parece ser que ella, comiendo el día del viaje con don Antonio, le dijo también que irían probablemente á Cádiz y á Málaga. Estarán recorriendo estas ciudades, sin duda. Es cuanto puedo comunicarle su muy atenta servidora, que lo es,-

PAZ REBANALES

Sobre la borrosa niebla de la misiva, le quedó á Víctor saltando una frase y un nombre: «ella comiendo el día del viaje... con don Antonio».

¿Qué don Antonio?

Ahondó en la memoria. «Don Antonio» era... el joven, el huésped del comedor.

¿Era?

Viaje, silencios, ocultos designios... todo, todo se eclipsó en el interés de Víctor detrás de esta simple cosa formidable que Adria á la mesa con el huésped podría significar.

Y esto había de saberlo; ¡que saberlo! -pronto.

Escribió:

Estimada doña Paz: Gracias por sus bondades, y sírvase aceptar este pequeño obsequio por cuantos le debo. No tardaré en verla, renovando las ocasiones de mi gratitud. Pero, á la vez, permítame que deplore su falta de prudencia al haber vuelto á insistir con la señorita para que coma fuera de su cuarto, después de lo que usted misma debió reprenderle á don Antonio...

Añadió unas líneas más sobre cualquier cosa á fin de dejarle un viso accidental á lo importante, y metió en el pliego un billete de cinco duros.

No se hizo esperar la respuesta:

Muy apreciable don Víctor: Siento que haya usted pensado esto de mí; y aunque sin ánimo de faltar á la señorita, pues no hay por qué, después de todo, debo participarle que no es mía la culpa de que haya vuelto á comer fuera de sus habitaciones. Verá usted lo que son las cosas del mundo. Suelo yo festejar mi cumpleaños convidando á unas sobrinas y al padre de una, que es maquinista del tren; y al novio de otra, que es relojero. Don Antonio, con quien tengo confianza, como antiguo, cenó á nuestra mesa también; y naturalmente, con la alegría y la broma, yo me acordé de la pobre señorita, única que quedaba allá sola y aburrida por la otra punta de la casa. Fuí á verla, y, vamos, me dio grima encontrarla adormilada en la butaca, á las ocho de la noche. Me preguntó; le dije que estaban mis sobrinas; llegué hasta indicarla, francamente, que podría ir al comedor, si no fuese por el otro... pero no, yo misma le aconsejé que no saliese. Sólo, que cátate aquí que en esto se nos presentan mis sobrinas al brazo de mi cuñado, hombre dicharachero en las jaranas, y... puede usted creerme, don Víctor -que lo mismo lo diría en una cruz -se decidió á salir, en vista de ello, no obstante que yo seguía diciéndola que no, por lo bajo. Fué. Se cenó. Hubo la juerga que es propia de un santo. Y, naturalmente, hechas aun sin querer las paces con don Antonio, nada ha tenido luego de particular que la señorita haya continuado comiendo con él por hablar con alguien. Eso sí, con igual franqueza le juro que ella sabe estar con él á la mesa sin que se tenga que decir. ¡Oh, buena es la señorita Adria, con lo que le quiere á usted, y buena soy yo..., para otra cosa!

Y ahora, dándole un millón de gracias por su obsequio, y suplicándole que nada de esto le diga á la señorita, pues creería que trato de venderla, se repite de usted muy segura servidora que desea verle, y que lo es, -PAZ REBANALES.

P. D. -Don Víctor, rompa esta carta, no crea la señorita que yo me dedico á cuentos con usted; no puede figurarse con qué decencia están á la mesa los dos, y eso cuando no tengo matrimonios, siempre conmigo ó la criada á la mira.

La decencia ponderada por la que ingenua se sacudía las culpas, era lo único, del relato entero que naufragó en la desolación de Víctor.

Había estado leyendo sobre sus cuartillas de trabajo y las miró dejando á un lado la carta.

LA ALTÍSIMA... ¡Bien! ¡era un libro!

Pero en la frente de la... otra de carne, que caía con frecuencia tal del cielo al barro, leyó ahora, y nada más: Indecente.

Tan rápido fué el desprendimiento (como el del globo incendiado que lanza arriba el humo y abajo carbones y cenizas) que pudo el sarcasmo del también partido en dos contenerle el impulso de romper lo escrito: ¡bah, LA ALTÍSIMA... sería una novela del humo azul de no importa qué cosas abrasadas, un libro más del cándido engaño perenne de quien se obstinaba en alzarse á los espacios novelando su existencia... ¿Qué importaba si tenía para engañarse un candor infantil?... Ser niño, siempre, siempre..., aconsejó en otro libro: -y lo era.

Pero en la exégesis patronil debía tener traducción menos grave que en la de un niño picado de mentalismos, de reflexivismos, el hecho de no guardarle gran rencor, á un hombre que quiso abrazarla, una mujer cuyo agrado y cuyo oficio era abrazar hombres. Para Víctor -juzgándola -bien, olvidar aquello, perdonarlo, y á traición de él; cuando él mismo evitó que echasen de la casa al importuno en gracia á la fe y á la espontánea promesa de la agraviada de no volver á verle, equivalía, si no á acompañarle en la cama como en la mesa, á lo que era igual aun sólo con lo último: á una total y tosca abdicación de dignidad en la tan groseramente ofendida.

Castillo de cartas, pues, en lo real, aunque perdurase de intangible ensueño en la novela, el levantado sobre la pasiva hipócrita por el visionero relapso. Un soplo, una carta mal puesta con las demás (la de doña Paz hoy), lo echaba al suelo.

¿Dónde, ESTA VEZ, estaba la dulce y prodigiosa actriz que volviese á levantarlo?

¡Oh, sí... podía estar en brazos de otro... seguiría estando en brazos de otros... de otros que al tenerla en su verdad, si supiesen que ella fué la Altísima, ó tendrían que suponer al novelista un mentecato, ó deberían descubrir que lo mismo los pintores copian sus reinas y diosas de las golfas con trajes de diosas y reinas.

Víctor habría tenido el artístico deber de vestir de Altísima el alma de una golfa con las gasas y luces de su alma..., pues de alma eran sus modelos. ¡Pobre Adria, pobre estúpida si hubiese tomado en serio su papel!

¡Y él... qué «artista» tan infantilmente horrible, que hasta á sí propio el primero lograba embelecarse! ¡Qué cosa tan siniestramente compleja, en suma, y tan... monstruosa, tan despreciable, en fin!


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Al día siguiente, perdido Víctor (no el artista, sino el simplicísimo hombre que lo despreciaba), en el inmenso huerto de rosas que como almas incapaces de fatuidades ni impurezas le restituían siempre á una serenidad como cósmica, como universal -loca de alegría fué Carmen á llevarle la carta que tanto se esperó y que ya no podría seguir coronando el derrumbado castillo.

Pudo arrojarla al pozo de la noria, pero la leyó en condescendencia de sarcasmo. ¡La breve, nunca había sido tan extensa, tan enamorada. Acababa de llegar. Su primer cuidado consistía, en saludarle

y darle cuenta de sus viajes por Sevilla, por Cádiz, por Málaga.... por todos aquellos sitios que más cuidó ella de decirle previamente á «don Antonio» que al ausente á quien poco importaría sepultar en mayor ausencia de descuido... Preguntaba si recibió las dos esquelitas que le mandó por Sagrario. No le ocultaba, por lo demás, que había procurado divertirse...

Se prevenía: llegó indudablemente á saber que él supo sus diversiones -menos llena de doblez, como para él no escrita, aquella carta. ¡Ah, la divertida!... ¡Ah, la que tanto le hablaba y no le habló de su nueva amistad con el huésped! ¡La un poco siempre egoístamente agradecida al placer con el experto, la más calculadoramente interesada que aquella al menos ciega pasional imbécil de Sagrario!

No supo rebajarla más. La tita quedaba con su salvaje fanatismo por encima de la Adria viciosa, frívola é hipócrita.

Se complació en suponerla ahora mismo en la cama con «don Antonio»... si por domingo no tuviese Ministerio el rubio joven de los lentes.

Y como al apartar luego el pensamiento con asco de tal cuadro, advirtió que no podía volver á esparcirlo en la serenidad de las flores, quiso castigar, para que no volviese á turbarle, á la que le había turbado con su carta.

Subió al despacho y escribió:

Adria: en otras desesperaciones de mi adoración por ti (hoy no he de ocultártelo porque quiero ser leal conmigo, ya que me propongo ser justo con los dos) me inspirabas odio. Te hubiese matado, con el amor del odio... del odio que NO ES MÁS QUE AMOR INVERSO. Me complacía entonces rebajarme hasta ti, y mostrárteme, por un ansia de no vernos distanciados, tu igual en farsas. Ahora no, yo estoy donde estoy, muy alto, muy alto; tú estás donde estás, muy baja... y no hay sino una frase de nauseosa verdad que exprese mi final emoción para aquella á quien amé mucho: ME DAS ASCO.

Eres, no la mujer más infame y más mala de todas, que esto fuese mucha importancia para ti; eres la más despreciable. Si estuvieses á mi lado, te escupiría. ¡Ya ves que es mejor que no estés, para que al fin no haya yo podido escupir en tu miserable vida tantas nobles cosas de mí mismo con que te engalané locamente!

Te desprecio. No me preguntes por qué. Tú puedes saberlo demás en tu conciencia, si la tienes, y en tu reflexión, á nada que sepas reflexionar un instante pues he llegado también á creerte, como tu tía, la criatura más estúpida del mundo. -Adiós, Adria; no me escribas, sería inútil, te lo afirmo. Ni doy ni quiero explicaciones. Nunca, hicieses lo que hicieses, sabrás más de mí. Te quiso y no te desea ningún mal, -VÍCTOR.

Puso el sobre y lo cerró (con los mismos labios y las mismas manos que la acariciaron tantas veces) como quien cierra una vida, como quien cierra una tumba.

Apenas le temblaron un poco -las manos, los labios.


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Era un vacío del Universo que tenía por centro las sienes de Víctor. Cuando él vagando en el huerto se inclinaba á las rosas, sentía la sensación de que todo el Universo se inclinaba como un globo hueco sujeto á su frente.

«Ahora tendrá mi carta», pensó, con el único pensamiento suyo en veinticuatro horas, á las doce del siguiente día. Y á la una volvió á pensar: «Habrá almorzado y estará quizás escribiéndome».

Pero al otro día, igualmente á las doce, el vacío que le ceñía la cabeza como una corona de infinito, fué definitivo, total: porque Adria «había tenido la única sensatez de su vida de no escribirle». Y le parecieron augures de una inmensa placidez estos enfajados papeles del correo entre los cuales no vendrían más las cartas de Adria.

Almorzó haciéndose campestremente servir junto á la noria, por honor al sol y al viejo borrico que le era útil desde tantos años sin haberle dado ni un disgusto. Luego se puso á ayudar al hortelano á desfoliar mazorcas de maíz... E inesperadamente, á media tarde, estas horas de reposo fueron cortadas por la mujer del hortelano que anunciaba la visita de una señora de negro.

«¡Ella?»

Carmen la había subido á la casa.

-Doña Sagrario! -le anunció Alfonso que limpiaba á Stern debajo de un almendro. -¡Ha venido en aquel coche!

La halló en el octógeno saloncillo del centro de la casa, que recibía su única luz cenital de la lumbrera.

No le sintió llegar, por la alfombra, y siguió ella contemplando contra un bargueño florentino de ébano y marfil un gran retrato de Adria. Al volverse á Víctor, le aterro; la faz de Sagrario anunciaba catástrofe:

-¿Puede usted decirme qué ha sucedido en Madrid?

Su voz, su aspecto, eran de rencor y de fiereza, velados en la humildísima necesidad de saber.

Y como Víctor, helado también por el misterio, por el espantoso misterio que guardaría esta decisión de esta mujer al venir á verle, nada contestó..., añadió ella, solemne, acusadora, en un ademán de crispaciones tras el cual lo mismo podía esperarse verla querer matar que caer de rodillas:

-Mi sobrina se muere..., salgo esta noche en el tren con las niñas... ¿Puede decirme qué nuevo disgusto le ha dado usted?

Alargaba como en prueba, para ahorrar palabras, una carta, en que Víctor reconoció la letra de doña Paz, y un telegrama: y cogió ambos ansioso.

El telegrama decía:

Grave su sobrina, según médicos. Sigue sin conocimiento. Vengan en seguida. -PAZ.

La carta, de una fecha anterior al telegrama, decía:

Querida doña Sagrario: Le escribo para avisarla de una desgracia en que no soy yo la menos perjudicada. ¡Yo no sé lo que va á pasar aquí! Usted sabe que por condescendencias con su sobrina llegué á conformarme con ciertas cosas de las cuales nunca esperé nada bueno. Hoy le entré una carta. Estaba ella recién levantada, y la recibió muy contenta. Yo salí á mis quehaceres, y como la casa es honda, nada más noté hasta que á la media hora llegó don Baldomero. Le abrí, pasó al gabinete y volvió á salir asustado, llamándome. Entonces encontramos á su sobrina tendida en el suelo, como muerta, y habiendo sido milagro que no se abrasase, pues debió caer como un rayo y seguía cerca del brasero. Tenía al lado la carta, que creo será de don Víctor, y tuve la mala suerte de no verla hasta que la cogió don Baldomero y la leyó y la guardó. Llamamos á un médico, porque no volvía en sí con friegas ni con nada. La acostamos, y el médico mandó sangrarla. A la hora en que escribo á usted, cinco de la tarde, sigue sin sentido, como una piedra, y con cuarenta y un grados de calentura. Creo que debe usted venir. ¡Ya ve, por lo que á mí toca, la que se me ha venido encima con este buen señor, si don Víctor habla en la carta de que yo le escondía en mi casa! Hasta la presente calla don Baldomero, que no se mueve de junto á la enferma, pero con más disgusto, me parece, por la carta que por la enfermedad. Es cuanto puede decirle su alma. s. s. s. que lo es, -PAZ REBANALES.»

Víctor dejó caer el brazo con el desfallecido pesar de un asesino.

Sagrario recuperó la carta y el telegrama, que él había soltado en la mesa, como reliquias de aquella «muerta»... de aquella que podía morir sin darla el último abrazo...

-Y bien! -fulminó con el odio del cariño que le arrebataban.

Y en la vulgar invocación ardieron todas las ansias y todas las imposiciones... todas las acusaciones.

-Y bien... -aceptó Víctor con el frío de lo horrendo irremediable -. Mía la carta. No hacía en ella sino decirla al fin lo que usted tantas veces habrá querido que le diga: que no la quiero.

-¡Eso! -clamó ella incrédula, y no obstante espantada de su horror si tuviese que creerlo.

-¡Sólo eso! -clavó Víctor sabiendo cuán dañaba á la que debería compartir su tormento innoble. -¡Ni siquiera la carta le deseaba un mal!

La escena, breve después, se hizo incoherente. Fué la histérica, la maníaca, la fanática y salvaje pasional incapaz de transigir con el robo y con la muerte de su ídolo... Fué también, refrenándola sus gestos y aullidos de furor más que el respeto á la casa ajena, la madre que le imploraba piedad al verdugo de su hija. Lloró y tembló; midió la sala á rabiosos pasos, y pidió, sin saber lo que pedía, que fuese Víctor con ella á salvársela... Últimamente convino con el odiado en llevarle por lo pronto á la insensata una esquela de él que decía: Cálmate, Adria; te veré en cuanto te sea posible. Hablaremos.

Y salió con el apremio del tren. Víctor la acompañó á la verja y vio partir el coche hacia Versala... Ella le había prometido telegrafiarle al llegar. Él, partir también en cuanto ella lo juzgase oportuno y necesario.

Qué había hecho?...

No quería pensarlo. No podía -en el aturdimiento de aquella Adria sin sentido en el lecho y con una fiebre de 41 grados...

El Universo vacío que seguía prendido y oscilante en su cabeza, se le había poblado de amarguras.

No recibió noticia alguna al día siguiente.

Ni al otro. -Se tranquilizó recordando el delirio febril de la nerviosa cuando la visita á San Carlos, 40, 41 grados de fiebre histérica por cuatro días, y al quinto bien. Como ahora seguramente.

Pero al quinto día, llegaron, á las once un telegrama, «Venga primer tren», y á las doce esta carta:

«Muy señor mío: Se empeñaron todos en matarnos. Mi sobrina peor, gravísima. Don Baldomero recogió ayer á las niñas para llevárselas á un colegio, y no volverá. Es natural: mi sobrina no cesa de delirar las cosas de ustedes. Venga á ver si al verle y al oírle vuelve en sí un poco. Los médicos dicen que es una fiebre mala cogida á la cabeza y que no se salvará; pero lo que yo creo que tiene es un arrebato de sangre. Póngase en camino inmediatamente. Su afectísima, SAGRARIO.»

Unas horas más de angustia, con la certeza de verla, con la esperanza de salvarla al conjuro de sus besos, de su voz... y un tren por una noche de luna, por una noche sin sueño, interminable...