La casa nueva

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Este texto ha sido incluido en la colección Relatos varios de los años 40 y 50 de Felisberto Hernández
Compilado de relatos, no agrupados en libros, revisados por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay

La casa nueva
de Felisberto Hernández



A Esterlina Vignart


Desde hace un rato estoy haciendo signos taquigráficos frente a un amigo que está del otro lado de la mesa del café. Le he pedido disculpas diciéndole que debo tomar unos apuntes. Él no lo juzgará mal. Siempre espera que yo haga algo que esté como fuera de la realidad. Lo que yo quiero, verdaderamente, es descansar los ojos –escribiendo me los canso menos–, la cara y el alma. Si yo no estuviera escribiendo tendría que mostrarle a mi amigo una sonrisa, un gesto y unas palabras que respondieran a ideas que él se ha hecho de mí y que a mí me conviene que las tenga. Él piensa que aunque a mí me quede poco dinero encima, eso no me preocupa mucho, porque soy un artista que vive, como dice él, “en una montaña de la luna” y que únicamente desciende en algunos instantes, lleno de gracia y perdón para esta pequeña ciudad, en la que se hace tan difícil que yo pueda dar aunque sea un solo concierto de piano. Por eso, porque no cree en mi angustia terrestre, es que me cuenta, con una riqueza increíble de detalles, todos los fracasos que ha tenido para financiar ese concierto. Pero yo no sólo estoy en la tierra, pensando cómo podré pagar el hotel y el ómnibus que me saque de aquí, sino que estoy en el suelo; y como me cuesta mucho levantarme y llegar a los altos lugares en que me han puesto las ilusiones que él se hace de mí, prefiero meter los ojos y la cara en este papel y despistar a mi amigo con esta fuga de signos. Dicen que hay que tratar de reaccionar. Ya estoy aburrido de eso, pero pienso que si me dejo caer hasta el fondo de mi tristeza, es posible que tenga una mejor reacción después. Ahora quiero entregarme a prever lo peor. Tal vez tenga que lavar platos o trabajar de peón y destrozarme las manos. Sé escribir un poco a máquina pero, si al verme caído me desvalorizan del todo van a pensar que toco tan mal el piano como escribo a máquina. Dirán que si aquellas personas que antes me admiraban como pianista hubieran visto estas pruebas a máquina, mirando las hojas escritas, habrían descubierto que ellos no entendían nada de piano y que, a lo mejor, yo era tan mal pianista como dactilógrafo; ya en mala predisposición no escucharían la razón de que el piano lo estudié desde niño y que hace muy poco tiempo que escribo a máquina. Tampoco podría desafiar cualquier velocidad con la taquigrafía, ni se me ocurre quién la pueda necesitar en esta ciudad lenta, de la que tengo que salir a cualquier precio pero en la que tanto me gustaría quedarme.

Tuve que dejar de escribir un rato porque los ojos se me escaparon para la calle donde hay una arenilla verdosa que brilla al sol del verano; también se me iban a la sombra de los naranjos nacidos al borde de las veredas. Pero de pronto tuve que traerlos a la cara de mi amigo, porque al verme sin escribir me empezó a contar de nuevo lo del concierto. Me hace mal pensar que haya personas tan generosas como este hombre, que ha trabajado tanto por mí, y que yo esté tan lejos de ser así. Él mismo debe haber provocado la desaparición de los últimos pesos que quedaban en la Intendencia destinados a actos culturales; me decía que la semana pasada una muchacha había dado un concierto de canto y que el público sufrió mucho por lo desagradable y malo que fue, pero que la cantante venía acompañada por su madre y hubo que salvarlas. A raíz de eso el Intendente había dicho que por este año no habría más conciertos con dinero de la Intendencia.

Los ojos se me habían trepado a las tejas de los viejos techos inclinados que tenían algunas de las casas. Para disimular lo del Intendente y hacer cambiar de conversación a mi amigo, le pregunté de qué tiempo serían esas casas. No me supo decir, pero enseguida empezó a repetir la historia del traslado del Inspector de Escuelas, causa por la cual la Inspección no podía pagar un concierto para los niños. Yo, con la misma tristeza y mientras esperaba algún cambio misterioso en mi situación, pensaba que de aquellas casas viejas habrían salido los que construyeron las otras, más nuevas, que no mostraban los techos, que parecían como hijas de las más viejas, pero que ya tenían simpatía de tiempos largos, y, sobretodo, si las comparaba con una nueva y antipática que yo trataba de hacer culpable de que me fuera mal, porque allí viviría gente moderna, de esa que le interesa la cultura en una forma tan falsa. Esa casa nueva había arrancado los naranjos de su vereda para lucir mejor unos grandes bloques desproporcionados que se había echado encima de la fachada. Además despedía una estridente luz blanca que primero llamaba a los ojos y enseguida los despedía con violencia. Ni siquiera permitía ver las casas vecinas. (Hacía algunos veranos yo había tenido relación con una de aquellas casas.) Mi amigo se encontró de pronto con que yo me había ido de allí –a la luna según él–, y le había dejado mi cara, sin duda inexpresiva como el traje que dejamos colgado en una silla mientras dormimos. Cuando me “vio” llegar de nuevo, volvió a tomar el tema del concierto y ya no lo pude abandonar hasta que se produjo un instante de molestia, que él salvó con gran dignidad y se levantó de la silla pidiéndome disculpas y una nueva oportunidad para arreglar mi situación. La cosa empezó con que una Comisión Pro Fomento Escolar tenía mucho dinero y podría haber ofrecido un concierto para los niños, pero había empleado todo el dinero ofreciéndoles un servicio de dentista. Después había seguido el fracaso de los clubes: uno se había gastado todo en una fiesta y el otro no tenía ni para una fiesta. Entonces me dijo que, desde hacía tiempo, socios de los dos clubes habían formado un grupo de contribuyentes para actos extraordinarios, pero que aun “ésos” estaban “quemados” por los abusos. Y por último vino lo más sabido: que no se podría hacer un concierto vendiendo entradas porque no había ni tiempo, ni quien quisiera comprometerse para la venta y que, en el mejor de los casos, no cubrirían los gastos.

No sé bien por qué, cuando empezó a hablar de los contribuyentes ya quemados por los abusos, se encendió en el fondo de mi angustia cierta reacción incontenible. Entonces empecé a decir cosas que mi amigo interrumpía:

—Por favor, en el tiempo que nos queda para conversar, hablemos de algo más grato... (Tal vez yo tuviera que ir a la Comisaría por no pagar.)

—Aquí son unos...

—Asimismo me iré con el orgullo de tener un amigo...

—Un momento, déjeme...

—Yo vendré nada más que a veranear...

Fue aquí, que ya levantado de la silla, mirando para la calle y apoyando en la mesa unas manos muy viejas con unas uñas muy largas de bordes muy negros, me pidió las disculpas y una última oportunidad.

—Ud. no tiene por qué hacer este sacrificio. Eso me humilla más, mi querido amigo –alcancé a gritarle, casi.

Me quedé solo y con una mortificación increíble. Yo no quería deber aquella actitud tan digna con que parecía echar mano a las últimas reservas de su persona. Me alarmaba pensando en los medios a que él acudiría. Y, entonces, entregarme a una nueva esperanza de que él me salvara, me parecía canallesco. No quería que él perdiera la ilusión que yo le merecía. Por amor propio no quería que supiera el miedo que yo tenía de esa situación, aunque él descubriera que yo escondía el miedo. Yo sabía que él valoraría el hecho de “no mostrar el fleco de los calzoncillos”, como había dicho él una vez hablando de otro. Pero, si por una parte a mí me convenía estar en un concepto que lo alentara a salvar la situación, ya que no había más remedio y ya que él tan generosamente se había ofrecido a resolverla, por otra parte parecía que yo lo utilizaba hasta un grado donde era vergonzoso emplear a otra persona en provecho propio. De muy poco me servía jurarme que le mandaría después un buen regalo. Además me mortificaba la desilusión de que mi piano no inspirara más deseos de oírlo, al extremo de permitir que este pobre amigo tuviera que sacrificarse tanto.

Por fin me encontré mirando con odio la casa nueva. Cuando estuve más tranquilo y casi resignado de entregarme a ser un poco canalla y perder un poco la vergüenza, pensé que no debía permitir a los ojos, como no se les debe permitir a los inocentes que conozcan y guarden odio. Además descubrí que tampoco debía manchar de odio a otros inocentes, a los recuerdos, a aquellos recuerdos que guardaba de una de aquellas casas.

Hacía algunos años me había despertado en el cuarto oscuro de un hotel de campaña y había descubierto que nuestros pensamientos se producen en un ámbito de nuestra intimidad que tiene calidad de silencio. Aun en el barullo más estridente de una gran ciudad, pensamos en silencio a dónde vamos, qué tenemos que hacer o en aquello que conviene a nuestros deseos. Pero todavía es más profundo el silencio en que se forman nuestros sentimientos. Sentimos el amor en silencio antes de que lleguen los pensamientos, después las palabras y después los actos, cada vez más hacia afuera, hacia el ruido. Hay pensamientos que se esconden en el silencio, que no llegan a ser palabras, aunque también realicen actos escondidos. Pero hay sentimientos que en el silencio se esconden detrás de pensamientos engañosos. En el silencio en que se forman los sentimientos y los pensamientos, se forma el estilo de la vida y de la obra de un ser humano.

Desde aquella noche en aquel cuarto oscuro del hotel de campaña, he encontrado complacencia en descubrir los sentimientos y los pensamientos más distintos y contradictorios que existen, no sólo en distintas personas sino en un mismo ser humano. Tal vez a esto se deba que este amigo que me defiende, haya sentido mi comprensión en una época en que toda esta ciudad lo criticó. También se debe a eso la historia que me falta relatar de una de aquellas casas.

A las pocas horas de llegar por primera vez a esta ciudad, conocí a este amigo. En seguida él organizó un acto para un poeta a quien yo acompañaba en esas giras y para mí. (Hacíamos números de poesía y de música en el mismo espectáculo.) A los pocos días a nuestro amigo se le murió la madre. Lo trajimos del cementerio a la casa hecho un trapo. Lloraba de a ratitos como esas lluvias intermitentes. Cuando se fue el poeta, a quien todos admirábamos y queríamos tanto, lloró seguido un rato largo y después se durmió profundamente. Entonces se fueron todas las otras personas. Sólo quedamos una india vieja que dormía en otra pieza y yo, sentado en un sillón muy cómodo donde también me dormí. Esto ocurría al caer la tarde y él se despertó como a las diez de la noche. Entonces me pidió como favor muy especial que le fuera a buscar a una persona que estaba en el café de la esquina. Cuando se la traje y sin permitir que los dejara solos, mi amigo le dijo: “Mañana sin falta jugale treinta pesos a tal número”. Yo acompañé al que llevaba la jugada hasta la puerta y éste me dijo: “Está loco. Ese número es el que había en la cruz de la madre, en el cementerio”. Después lo dijo a todo el mundo.

Las consecuencias, para mi amigo fueron terribles. No sólo porque el número no salió y perdió los treinta pesos, que en aquella época era mucho, sino porque lo acusaron de profanación, de usufructuar con la muerte de la madre; se hablaba de “treinta dineros” y se deducía que no había querido nada a la madre.

Aquí intervenía yo para indicar cómo era posible que pudieran vivir juntos en una misma persona, virtudes y defectos. Yo tenía para esto muchos ejemplos porque éste era “mi juego”. Así como mi amigo estaba siempre atento a la aparición de cualquier número, yo estaba atento a la aparición de sentimientos, pensamientos, actos o cualquier cosa de la realidad que sorprendiera las ideas que sobre ella tenemos hechas. Ya un poco aburrido de observar todo eso en mí mismo, también quería comprender qué cosas se producían en el silencio íntimo de los demás, si es que después lo demostraban –queriendo o sin querer–,y qué ocurría en el libre juego de las circunstancias. Ya había encontrado, precisamente, algo que me interesaba en el hecho de que mi amigo quisiera a la madre y tuviera pasión por el juego y de que la gente le fracasara la idea de que si era jugador no podría querer a la madre. Pero todavía en esta ciudad, me esperaban otras sorpresas que encontraría en mí mismo y en los demás.

El acto que hicimos el poeta y yo tuvo éxito. Él hablaba sobre Granada, por ejemplo –ése era uno de los números–, recordando la orgía del agua que los árabes habían hecho en la Alhambra para desquitarse de la que les faltaba en el desierto; hablaba de la luna como un alfanje bruñido, y antes de terminar sus palabras se dirigía a mí y yo empezaba a tocar “Granada”, la serenata de Albéniz. Aunque los dos números eran de interés y se referían a una misma ciudad, el misterio, la materia y el “silencio” de donde habían nacido eran diferentes, como lo son la literatura y la obra de cine a pesar de tener el mismo argumento y las mismas relaciones lógicas. Pero la gente que concurría a este acto nuestro, se complacía con la idea, con la coordinación exterior de la poesía y la música, y esas personas pensarían algo así como que acumulaban una mayor cantidad de conocimientos sobre Granada. Como en aquellos momentos no hablaban ni aplaudían–ya que nosotros hacíamos los dos números sin interrupción–, a mí me encantaba verlos entregados a su “silencio”; y como además, al pasar de la literatura a la música se daban vuelta, parecían dormidos que cambiaran de posición.

La actitud de ellos, hasta cuando nos venían a felicitar, era tan conmovedora que nos hacían pensar que nuestra actuación no había sido tan buena como esa actitud, y que en realidad los engañábamos.

Entre los que se quedaron últimos, había un señor con su hija, que nos invitó a visitarlos al día siguiente. Ese señor se parecía mucho a Einstein. Además usaba melena casi blanca, hirsuta y colocada en la cabeza como la quincha de los ranchos. La corbata era de moña caída como las orejas de los perros. No hablaba casi nada, llevaba los libros en casas importantes y tenía no se qué puesto en la Intendencia; pero según él y la hija, era poeta. Ella hablaba de sus éxitos como recitadora y decía cursilerías con emoción falsa. A mí me convenía que hablara continuamente para disimular el hecho de que no podía sacarle los ojos de encima. Yo trataba de separarla de sus palabras como quien separa una golosina de infinitos cartones, papeles, hilos, flecos y otras incomodidades.

Al día siguiente fuimos a visitarlos a una de aquellas casas de techo de tejas que yo veía ahora. Entramos a un zaguán lleno de plantas y a una salita llena de chucherías que aparecían más frágiles y confusas en las últimas cortinas de sol empolvado. Yo tenía miedo de pisar un gato negro que había debajo de mi silla o de tropezar, en cualquier ademán, con una de las mesitas de patas débiles que tenía otro gato. Éste era blanco, de tiza y si se caía arrastraría con él otras chucherías. Sin embargo la recitadora hacía toda clase de movimientos con una seguridad envidiable y hasta se permitía entornar los ojos. Yo le decía a mi compañero poeta, que la actitud de ella cuando ponía así los ojos era entre el infinito y el estornudo. Pero era divina y yo me encontraba con todos mis sentimientos trabados. Ella recitaba poemas del padre, quien bajaba la cabeza cuando elogiábamos sus bellos sonetos. Yo elevaba la mía hasta la hija y ella me miraba con los ojos cada vez más entornados.

Ahora, después de unos años me encontré yo con mis ojos entornados, no sólo por los recuerdos, sino por la angustia de no poder pagar el hotel y el ómnibus. Pero todavía existen ángeles inesperados que sacuden las alas. Llegó mi amigo sacudiendo los brazos y reprochándome por qué yo no le había dicho que el intendente era tan amigo mío, que sacaría dinero de otro rubro y que esa noche yo debía encontrarlos allí, en ese mismo café.

A la noche encontré solo a mi amigo. Pero él me dijo: “No, dice que vayamos a la casa”. Y después de unos pocos pasos, levantando el índice –que bien podía ser para señalar mis errores que él no conocía–, oprimió el timbre de la casa nueva. Entramos a un patio desolado con una mesa de comedor vieja. Aún tenía encima un mantel arrugado lleno de migas y una cafetera descascarada. Después nos hicieron pasar a una sala con mesas débiles y el gato de tiza. Por fin apareció el poeta y cuando le pregunté si le iba bien, él me contestó: “Esta mañana, cuando mi hija me hizo la corbata –la de moñas caídas como las orejas de los perros–, me dijo: ‘Padre, usted es un gran poeta, tiene una alta posición social y una casa nueva’”.