La ciudad encantada de Chile/Acto I

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La ciudad encantada de Chile: drama patriótico histórico-fantástico en cuatro actos (1892) de Jorge Klickmann
Acto I
Acto II
LA CIUDAD ENCANTADA
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ACTO PRIMERO.
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ESCENA PRIMERA.

(Una plaza de la Ciudad Encantada. En el fondo se vea suntuosísimas casas al través de árboles, arbustos y flores. En el centro de la escena se ostenta un gran canelo de cuyas ramas pende un sinnúmero de objetos, como brazaletes, sortijas, zarcillos, aretes, prendedores, alfileres de oro y plata, llautos, sartas de llancas, trariloncos, huinchas de varios colores, repus, plumas de ave arregladas por manera que figuren flores y ramos, una multiforme vajilla de arcilla de varios colores, pequeñas redes y cestillos llenos de provisiones, flores y frutas. El oro y la pedreria reflejan los rayos del sol y alumbran toda la escena. Las veces de los rayos solares hará un reflector eléctrico ó luces de Bengala. En la copa del árbol reposa un flamenco ó un manque. Al rededor del arbol están sentados músicos, usando de respaldo el mismo tronco del árbol; sus instrumentos son: trutrucas, cuernos, flautas, trompetas, cultrunes, pitos de piedra y de madera. Formando un gran círculo, que tiene de centro al mismo canelo, se ven interpolados mancebos y doncellas vestidas con todo primor. Los varones visten calzones cortos azules y ribeteados, blusa blanca con mangas cortas, ulcos colorados, clavetados con oro, plata y pedrerías, ceñidor de llancas y trarilonco de huinchas coloradas, blancas y azules. Las mujeres llevan falda blanca que les llega hasta la rodilla, blusa colorada con mangas muy cortas, icla azul recamada de oro, plata y piedras relumbrantes y ribeteada de huinchas blancas, azules y coloradas. Todos andan descalzos, teniendo sólo sandalias de mimbre, aseguradas á los pies con cordeles torcidos de hebras azules, blancas y coloradas. Los hombres llevan el cabello recortado debajo de la oreja; las mujeres lo llevan suelto pero para que no caiga á la cara, tienen puesta una huincha que pasa por la nuca debajo del pelo y que remata en lazada sobre la cabeza. Llevan también las mujeres sartas de llancas al cuello y brazaletes; los hombres tienen puestos ramitos de flores en el ceñidor y en el trarilonco. Todos tienen trarinamúes. Por ambos lados de la escena se verán hombres y mujeres sentados en bancas cubiertas de elegantes pellejos ó tapetes tejidos; en primer término estarán sentadps hombres sobre pellejos tendidos en el suelo. Todos tienen vasos de diferentes formas confeccionados de oro, plata, madera, mármol, greda, cuerno y mimbre. Cada varón lleva sus armas de modo que el público las pueda ver. Las armas que los araucanos usaban, eran: macanas, porras de metal, varas, de un grosor de 15 a 20 centímetros y un largor de unos cinco metros, picas larguísimas, lanzas de colihue, arcos y flechas pintadas de diferentes colores y guarnecidas de plumas, cuchillos de piedra y bronce, hachas, hondas, laques y martillos. De las mujeres que están sentadas, unas estarán hilando con huso, otras tejiendo cestos, vasos y sandalias y otras cosiendo ó confeccionando huinchas y trariloncos. Los varones tendidos en el suelo, estarán jugando con porotos, dados, palitos, etc., juegos que los araucanos llamaban quetrucún, uye, delcahue, pigcoitu, etc. El primer asiento del banco que está á la derecha, lo ocupa un guempín (poeta araucano). De los hombres que están sentados y tendidos en bancos y pellejos, algunos vestirán como los danzantes, los demás llevarán ponchos, mantas de plumas de ave ó de pellejos, camisetas de diferentes colores y ceñidas con largas fajas coloradas. De las mujeres y doncellas lagunas vestirán como las danzantes, á las demás se verá con faldas largas de vistosos colores, chamal, mantas de finísimas pieles de ave, de chinchilla y de vizcacha y guirnaldas de plumas y flores. Los niños no tienen más abrigo que unas pampanillas que les llegarán por todos lados del cuerpo de la cintura hasta poco más arriba de la rodilla. y estarán adornados de huinchas, trariloncos, guirnaldas, ramilletes de plumas y flores. Se presentarán los niños con arcos, flechas, lanzas, hondas laques, tepus y bolsas; de las niñas aparecerán algunas con algún animalito en el brazo ó de una soga á su lado. Animales que el antiguo Arauco se podían tener en las rucas, eran el pudú, el hueque, huanaco, huanque, quique, la vicuña, chinchilla, vizcacha, el tregle, el tordo, la tenca, el avestruz, etc.

Al levantarse el telón, tocarán los músicos; los jóvenes dispuestos al rededor del árbol, danzarán cantando en torno de éste al compás de la música, riéndose y departiendo alegremente. Por entre los que están sentados estarán agitándose mujeres en llenar los vasos todos, según éstos los fueren vaciando.)

(Los danzantes cantan girando al rededor del canelo:)

¡Cuán risueño el cielo!
Matas, flores y trébol
Ornan prado y hoz.
Trae perfumes el viento,
Y en árbol esbelto
Suena dulce, alegre voz.

Por guijarros verdales
Aguanosos cristales
Lleva fuente al val.
Rana canta su siesta

Y su aurea cresta
Mece lánguido el trigal.

(Antes que acaben de cantar, el guempin se leranta y llama en alta voz:) Silencio, mis doncellas y señoras, por breves ratos os estoy pidiendo.

Una voz.

Silencio pide el guempín. ¡Silencio!

(Los danzantes siguen cantando:)

Todo salta ufano:
Hueque en val lozano,
En colina cabrón,
A ves en el ambiente:
Peces en la corriente,
En las flores el moscardón.

(Mientras se cante esta estrofa, clama uno de los jugadores)

Van dos con éste.

Otro

Tres son para mi

Otro

Aquí va otro. Yo me como nueve.

Otro

Una copa del licor de uñi.

Otro

Que hable el guempín.

Lauco. ¡Silencio, pues,

Danzantes bellas, y vosotros que
Por vuestros juegos arrobados, no
Prestáis acato al guempín. (Cesa el canto.)

Un jugador.

Y veinte.

Otro jugador.

Ganaste, si, mas desde luego en
Segundo lance nuestras fuerzas y
Fortuna vamos a tentar.

Otro jugador.

Que viva el ñihuín, el más festivo
De los trabajos que en muy alegres,
Risueñas horas rematamos.

El guempin.

Y viva, mientras jóvenes hubiere
Que para los trabajos esforzados
Con buena voluntad acuden á
Regocijarse y hacer el bien
Por éste hoy, mañana por aquél.

Saludo pues á todos que aquí
Presentes os halláis, y deseando
Que esta fiesta que alegres hoy
Estamos presenciando sin zozobra
En esta plaza Auca de Lauquén,
No sea uno de los últimos gollines
Que en recíproco auxilio
Celebran hijos de Arauco, alzo
Mi vaso en honor de los gentiles
Donosos jóvenes que con encanto
En diversiones las faenas truecan.

Lauco.

¡Y vivan en primer lugar las que
Aquí diviso, lúcidas doncellas!

Muchos

   ¡Qué vivan: Sí! que largos años vivan!

(Doncellas y jóvenes vuelven á danzar y á cantar:)
Acercaos pues todos

   Y de múltiples modos
   Suene dulce cantar.
   Y saltando dancemos
   Y alegres cantemos:
   Viva el canto y el danzar.

Lauco. Guempin! La presunción acabas de proferir de que este gollín quizá el último pueda ser que aquí se celebre. ¿En qué se funda esa aciaga sospecha tuya? Quizá han vuelto á pasar los invasores las márgenes del Butanlebu, para someterse al fin á Arauco que tanta resistencia opone á los insaciables planes del fastuoso inca Huaina Cápac?

Epulef. Acaba de llegar un lebtoqui del aillaregue de Boroa á pedir á Mareguano que tome parte en un levantamiento de todas las tribus chilenas, para exterminar á los forasteros. Pues, según él refiere, Huaina Cápae ha mnerto.

Lauco. ¡Murió el inca! Otra vez pues podremos vivir en paz y quietud, como vivimos, antes que el invasor del norte sus codiciosas miradas en nuestro suelo hubiera fijado.

Epulef. Ha muerto Huaina Cápac, el segundo inca opresor de Chile, y así como el confin de las conquistas del primero era el valle de Aconcagua y del segundo el margen boreal del Butanlebu, así, siguiendo el ejemplo de los que le precedieron, querrá hincar el tercero quizá su lanza, cual hito deslindador, en la plaza Auca de Lauquén.

El pueblo

¡No sea, no! ¡No sea! ¡Muera! Muera!

Lauco. ¿Y qué determinación ha tomado Mareguano?

Epulef. No se ha resuelto aún, qué partido tomar. Mas sabed: un inca acaba de morir, pero en lugar de uno se han apoderado dos del gobierno del gran reino de los que hijos del sol se nombran. Atahualpa y Huáscar, ambos, celoso el uno del otro, empuñaron las armas y arremétense sus huestes con iracunda pujanza.

Lauco. Alegrémonos pues en ese caso. En guerra fratricida ambos se debilitarán y jamás podrán sus huestes atenuadas afrontar los robustos brazos de los nuestros.

Epul. Así es de presumirlo. ¿Pero no han sido ofuscados millares de mitimaes, de bondadosos chilenos, por la benevolencia observada para con ellos por Yupanqui, de tal manera que en vez de aprovechar la ocasión de hacerse libres han ido i engrosar las filas de uno de los que se disputan el áureo trono de aquéllos que su cuna buscan en el fondo del cristalino lago quichua?

Lanco. Han sido ésas unas pocas tribus, amigos de la paz; pero ahí tenemos á los valientes pencones y cautines, bravos cuncos, mauleses y boroanos que á sus hermanos de los butalmapus de Arauco no cederán en valentía.

Epul. Ya lo han demostrado así. Apenas habia llegado á los regues de aquende el Butanlebu la noticia de la muerte del inca, se unieron todos los pueblos de Arauco, cayeron sobre los invasores y sostuvieron contra ellos una cruenta batalla á orillas del Maule que cinco dias duró, sin que á ninguno de los combatientes pudiera nombrarse vencedor. Mas, cansados los peruanos de medirse con los nuestros, abandonaron nuestras para ellos inclementes comarcas, volviéndose á su patria, de donde no volverán muy en breve á visitarnos en demanda de oro so pretexto de empeño civilizador.

Lauco. Acudamos pues al llamamiento que nos hacen nuestros hermanos del norte, no desatendamos el sublime ejemplo dado á todos nosotros, á quienes la alevosa planta de invasores vino á perturbar el apacible doméstico hogar. Aprestémonos para acudir al auxilio de los vencedores del Maule; pues vencedores fueron, ya que el enemigo cejó. Aunámonos con ellos, y unidos todos los chilenos exterminemos á todos aquéllos que, pretendiendo querer arrancarnos de una oscura ignorancia, por ellos inventada, vienen en alterar la paz de nuestros pacíficos valles, para encontrar aquí pasto para su insaciable codicia de riquezas

Una voz. Así es. Riquezas tiene Chile para los chilenos y para el comercio leal con los pueblos amigos; pero tiene Chile también riqueza inmensa en la robustez y el amor patrio de sus hijos, para poner valla á la mórbida inquietud rapaz de los incariales.

Todos los varones. ¡Así es! ¡Así sea! Así siempre lo demostraremos.

Epul. ¡Oh, Lauco! Esa victoria que alcanzaron los nuestros á orilas del Maule, cuán pronto la veremos vengada. Esa guerra estallada en el Perú no puede ser de larga duración. Si no la muerte de uno de los caudillos, será un avenimiento pacífico en que rematará esa contienda civil. El uno desquitará al otro con la creación de otro poderío. Y ese nuevo reino incásico se asentará en la fértil faja de tierra que estos mares australes bañan.

Lauco. Así será el plan de ellos, pero el realizarlo no será tan fácil, pues aquéllos, á cuyas plantas encorvarse vemos las esclavizadas cinturas de centenares de pueblos, hecho han la cuenta sin los héroes en cierne de los indígenas de Chile, de quienes la divisa sacra se contiene en estos términos: sé hospitalario y afable para con todos, ama á tu patria sobre todas las cosas, estima al extranjero en cuanto sus méritos lo merezcan y en cuanto pueda servirte de norte ó espejo; pero por lo que de otros países propio es, no olvides que tus lares quieren ser libres—libres en el pensar, libres en el trabajar y libres de extraño yugo en su paradisíaco país.—Que arriben los huincas á las playas de Arauco, que Arauco guardar la incolumidad de sus riberas sabrá.

Epul. ¿Pero cuánto tiempo lo podrá? Cual alud aplastador caerán los pueblos forasteros sobre Chile, y del Arauco de hoy ni un vestigio quedará.

Lauco. No muestres desconfianza. Vencer sabremos en unión de nuestros aliados, Y tú, presunto toqui en la próxima contienda, impele á los pobladores de Lauquén á que se apremien á aunarse con los demás pueblos chilenos. Haz encender en las cumbres de estas comarcas las luminarias nocturnas que á la lid llaman á los vecinos; acepta la flecha ensangrentada que del norte nos envían, y hazla correr hacia el sur, para que todo Chile se vea congregado bajo un solo toqui, formando así una compacta, fuerte, irresistible y aterradora valla hacia el norte y el poniente, como la forman hacia el oriente los Andes inexpugnables.—Partamos volemos y afilemos las puntas de nuestras lanzas en los cantos del Huelén. Alumbrarános de día el benéfico astro diurno, y de noche las hachas encendidas por nuestros bondadosos dioses en las cumbres del Aconcagua, del Maipo, del Tinguiririca, Chillán, Antuco, Llaima, Lauquén, Quetrupillán y de todas las demas eminencias que por entre éstos hacía el cielo erguidas elevan sus testas empinadas, nuestros guías serán de consumo con las fogatas de nuestros hermanos en las cimas de los cerros desde Andacollo y el Manco hasta las serranías de Huiple y Chumpeco.

Epul. Si como tú, todos en Lauquén pensaran, yo desde luego tu consejo seguiría sin más titubeo.

Lauco. Tu voluntad es la de toda Lauquén.

Epulef. La amistad que me profesas, me la profesas en demasía. Yo no la merezco tan intensa. Tú me amas y unos pocos más por ventura, el pueblo todo no.

Lanco. ¡Oh, Epulef! Si posible fuera el haber tú perdido el amor del pueblo, podría ser tan sólo, porque tardas en llevarlo á la lid. Por de quiera que se hable de hazañas por emprender, á quien primero nombran, eres tú, es el guempin, es Epulef, toqui en cierne de Boroa.

Epulef. ¡Oh, Lanco! Indeciso me tienes aquí. No sé como secundar tu honroso valor. A Mareguano oigamos. Si el participa del plan por ti trazado, de muchos sacrificios se enorgullezca aún el ambicioso huinca, antes que domador de la bravura chilena él se llame. Nuestra antigua bonanza va siendo descurtada por el odio y la venganza; el sentido por lo bueno, lo justo y lo bello irá á ofuscarse entre los nuestros y el insidioso talionar y el prurito de despicarse, que el alma desfiguran, desbancarán el alegrarse de la vida; y decayendo así paulatinamente, se anonadará al fin el un tiempo tan alegre, honrado, afable y robusto linaje araucano. Mucho hemos perdido ya: bonanza, territorios, valientes compañeros, honor doméstico, pérdidas irreparables. No nos queda ya mucho que perder-Mas-¡qué digo! ¿No nos queda ya mucho? ¡Sí, somos ricos aún! La confianza en nuestros dioses, la fidelidad que el pueblo manifiesta para con sus gobernantes, el amor propio privativo del alma elevada y carácter meritorio, y la valentía de millares de chilenos nos han quedado. Y éstos serán que mostrando fiesta al enemigo valeroso pecho, batir nos enseñarán por los demás bienes que nos quedan.

Todos. ¡Así sea! ¡Así sea! Salgamos al combate! ¡Vamos la lid!

ESCENA II
Los anteriores y Tulcomara.

Tulcomara. A vuestras plantas vedme aquí postrado.
Misericordia, si sois araucanos

Epulef. No soy yo, quien aquí la bienvenida darte puede.
Mas, alza, una mano amiga te presento.

Tulcomara. Aceptar esa mano que magnánimamente me ofreces, no puedo, antes que perdón de vuestro caudillo que en esta comarca manda, no haya alcanzado.

Epulef. ¿Araucano no eres? Aquí mi mano. De maldades capaces no son los nuestros. Te saludo en nuestros hogares. Y si así por bien lo tuvieres, narra lo que ha acontecido, á nosotros que los primeros somos de esta ciudad que se te apersonan. La bienvenida más detallada darás al ulmén.

Tulcomara. Del Maule vengo, y llegado en ésta mi peregrinación austral hasta el Toltén, lo traspaso y cansado me recuesto á la sombra de un árbol. Apenas adormecido, me despierta un cántico dulce y armonioso, blandamente por el eco de la selva repetido. Alzo la vista y veo—¡oh dioses!— en virtud de qué hechos he merecido tanta dicha y tanta desdicha á la vez—la vi y se huyó.

Epulef. ¿A quién viste? ¿Quién huyó de tí? Curiosos nos tienes.

Tulcomara. Una niña gallarda, de radiante rubia cabellera, con flores, verdes hojas y ricas vestiduras adornada. A su lado se abre el cielo, aparece Domuche, la diosa del amor, y me saluda. Quiero abalanzarme á la doncella, mas un hechizo parece mantenerme los pies clavados en el suelo. Y ella arroja el cesto que de su brazo pendia, y hnye. Yo la sigo Al llegar al puente que aquí cerca está, un centinela me niega la pasada. Lo asgo yo y lo lanzo al rio y sigo á mi ángel hasta aquí, donde á mis ojos desapareció. Vedme pues delante de vosotros como trasgresor de leyes araucanas. Condenad al homicida. Mas dejadme ver á ella por segunda vez, bien que la postrera vez fuere. Contemplando á ella, al morirme, con leticia moriré.

Epulef. Es singular esto. Llamaré al ulmén. A él le has de dar la bienvenida ante todo, y estoy seguro de que te perdonará, pues tu relato no le sorprenderá menos que á mí me ha sorprendido. En esperando aquí breves momentos, bien puedes llegar á ver á la que viste en la selva, ya que forzoso es, que ella aquí venga á ofrecer sus dones al dios de las cosechas, como las demás doncellas de este barrio de Lauquén lo acaban de hacer.—Quédate pues tú aquí, que nosotros al ulmén en tanto hablaremos.—(Váse con Lauco)

Tulcom. Obedezco y me mostraré agradecido para con mis desconocidos amigos.

Una voz. ¡Sigamos nosotros! Evacuemos este campo y alistémonos á salir á otro palenque do el honor de la patria llamándonos está.

Todos.
¡Así sea! ¡Así sea! ¡A la lid! ¡A la lid!
(Vánse todos.)
ESCENA III.
Tulcomara (solo).

Aquí la veré, me dicen. Y bien merece ser por ella visitado este sitio en paulcros atavíos rebosando. Tú, ostentoso boigue, que más primoroso aquí que no en las demás comarcas de Arauco á mi vista te presentas,—y tú, límpido arroyuelo, que pacífico en tu lecho marmóreo, cual novio que á su bien se encamina, presuroso corres valle abajo, á juntarte con otros compañeros tuyos—sed vosotros protectores míos, valedme vuestra noble influencia en la difícil tarea que emprendo, inculcadme parte de vuestra galanura, del arte vuestro, á fuerza del cual os granjeáis el aprecio de las entes, inspirad, ya que donosos sois, mis labios, para que estos dulzura manen; inspirad á ella, flores, plantas y todo lo que de suntuoso y gallardo aquí brillo y lucimiento esparce, para que con genio letificado, festivo y grato ella escuche las palabras que á decirle voy, conmoved á ella, haced blando su corazón para que mis sentimientos de amor cual hirientes saetas voladoras penetrarlo en provecho mio puedan.—Es ella, la doncella, que se acerca.—Sí, ella es. Reconozco á mi ángel. Vuelo á su encuentro? No, quizá una observancia recatada en este sitio alguna gustosa experiencia aportarme pueda. Detrás de este arbusto me escondo, hasta que ocasión propicia me muestre un camino llano que á mi bien me conduzca.

ESCENA IV.

{{c|Tulcomara invisible detrás de unas matas. Tegualda.çç

Tegualda. Nadie aquí. Tú, boigue pacífico y bondadoso, ataviado ya sin el auxilio mío, solo te encuentras. De dulces perfumes impregnado siento el ambiente en que te elevas. Cual á todo inquilino de Lauquén cuadra, ha depositado ya cada uno su donativo en tus aras; yo la única soy que con sus deberes no ha cumplido aún. Mas tú, oh benéfico Pillan, creador y mantenedor del universo, no me inculpes de mala voluntad y acepta esta corona que con afecto y amor mis manos han tejido. Siempre en todos los gollines la primera fuí, que las más hermosas y galanas producciones de nuestras tierras te ofrecí; hoy solamente la última me ves.—¡Perdoname!—No soy yo á quien de culpable tildar puedas, sino él, él, que me ha estorbado, cuando las flores cogiendo estaba. (Pone las flores en el asiento debajo del árbol)—¿Pero fué acaso él quien me interrumpió?—¡No, no! Yo misma, sin que mediara fuerza ajena, dejé de trabajar. Yo huí, y él nada me había hecho. Con cuanto placer lo hubiera contemplado más. Su mirada me había cautivado del todo, pero un sentimiento extraño aquí dentro de mi corazón hizo que huyera yo de él. A mal de mi grado me alejé de él. ¡Oh! si aquí llegara. Si en mis brazos pudiera estrecharlo. Cuán dichosa me sentiría. Jamás consentiria yo en que me abandonase.

Tulcomara (Saliendo de su escondrijo).—A tus plantas rendido me tienes humildemente.

Tegualda. ¿Quién tan intempestivamente osa hablar en este recinto?

Tulcom. Tulcomara, á quien deseaste al alcance de tu mirada y de tus brazos.

Tegual. Los dioses me escucharon. Ellos te mandaron. En mis brazos te tengo por siempre. Los dioses te envían. Mio eres. (Domuche aparece en las nubes).

Tulcom. ¡Tuyo tuyo, sí!: y tú mía, toda una eternidad! Quien herirte quiera, de mis brazos te saque primero. Este mi amante corazón tu pavés, tu asilo, tu hogar, tu protector será contra todas las fuerzas del aire, del agua, del fuego de la tierra. Mía eres. (Desaparece la vision).

Tegual. Hueñuyún que los enlaces entre los novios protege, nos bendiga. Por tí de buena gana mi último aliento daré. Pero excúsame por breves instantes. Ir á ver debo á mi padre. Contaréle lo que aquí ha sucedido, para que él pueda ver si eres tú con efecto quien como yerno suyo el nuevo protector de los boroanos has de ser, cual los dioses lo dispusieron.

Tulcom. ¿Otra voz quieres que árbitro de nuestro amor sea, y no la de tu corazón?

Tegual. No te acongojes por lo que te digo. Eres tú forastero en estas comarcas; y á un desconocido, que apenas este suelo pisa, ofrecí mi corazón. Y quieres tú que te lo entregue sin previo aviso á mi padre? Una hija ingrata no querrás hacer de mú. Luego vuelvo. Tuya seré. A ver á mi padre voy. Espérame aquí, que luego vuelvo. (Váse).

ESCENA V.
Tulcomara.

¡Yo toqui de los boroanos! Ulmén de la Ciudad Encantada el rústico Tulcomara! ¿Yo predilecto de los dioses? ¡Oh, doncella donosísima! ¿osas quizás mofarte de mí?—La sigo. Esta incertidumbre, este no sé que, que siento en el pecho, me ahoga. La sigo.—Un anciano. El ulmén, si no me equivoco.—¿Donde me oculto?— Huyo.—Siempre me verá.—Este arbusto por segunda vez me favorezca.

ESCENA VI.
Mareguano. Tulcomara invisible.

Mareguano. Sér Supremo, Dios mio, adorado padre de los araucanos, ante ti me humillo. Óyeme; no me niegues tu aquiescencia á lo que te pido. La vejez pronto postrado me tendrá en el lecho de la inacción. Serán mis fuerzas impotentes contra la corriente forastera que nuestros hogares á pisotear viene con aleve osadía. A esta ciudad acercándose están los que no á tí sino á otros dioses aman. Nos apremiarán ellos á nosotros lo mismo que ellos á nuestros hermanos del norte han apremiado ya, á que les sirvamos, que abjuremos á tí, gran Dios, y que al Dios de ellos nuestras deprecaciones dirijamos. Debilitándome estoy, blandir la lanza pronto imposible me será, y sin pastor quedará este fiel rebaño, que hoy gobierno.—Concienzudamente he observado á todos que á este recinto se apersonaron; mas en ninguno las señas notar he podido, que me diera un huecubu para que yo reconozca mi sucesor. ¿Quizá será tu voluntad perder estos valles? ¡Oh! si ésa tu determinación fuera, quítame de ellos antes que tu voluntad se haga. Aquí te he servido más de veinte años. Siempre que la ocasión se presentaba, te he honrado profusamente con fiestas que en provecho de tus protegidos redundaban. Aquí he manifestado á todos, cuan humilde eres, cuan magnánima tu bondad, cuan sabias todas tus acciones. Aquí escuchaste mis quejas, mis agradecimientos y mis súplicas. Accede pues hoy también á lo que te pido. Envíame, gran Dios, envía el brazo robusto, que pueda reemplazarme en esta época de tribulaciones y angustias por que Arauco y todo Chile pasando está. No me dejes ver el aniquilamiento de tus más adictos servidores.—Las ramas se mecen. Me escuchas; lo percibo. (Sale Tulcomara).—¡Un hombre!—Si algún objeto noble te llevó aquí, bienvenido seas en nombre del dios de la fertilidad, cuyo día estamos celebrando; bendito tú y bendito lo que á emprender viniste.

Tulcom. Tú eres ulmén, eres soberano, mi señor; yo siervo. Aqui á tus plantas héme.

Mareg. Levanta, si inocente eres. No tiembla la inocencia, do á los dioses se arenga.

Tulcom. Culpable me siento; es por eso, porque así humilde me ves.

Mareg. No será mucha tu culpa, ya que tu mismo á delatarla vienes.

Tulcom. A las aguas de este río lancé la guardia que el paso me ves, vienes negaba, y para agravar aun más este hecho, no aguardé yo la bienvenida tuya al internarme por acá.

Mareg. Y lo hiciste para alcanzar á una doncella que procuraba librarse de tu persecución?

Tulcom. Perdón. Con mala intención no lo hice.

Mareg. ¿Y encontraste la doncella?

Tulcom. Acaba de abandonarme en este sitio. Aquí nos encontramos. Aquí la estreché entre mis brazos. Aquí ella ha reposado en mi pecho. Aquí nos hemos jurado eterna fidelidad, y aquí también espero del ulmén que no se opondrá á que ella me pertenezca. Se alejó la que por hada pudiera tenerse, de aquí en busca de su padre; narrarle quiere ella, lo que aquí ha sucedido, pedirle quiere ella, que él la haga feliz... ¿Absorto estás y no respondes?

Mareg. El hombre que al agua cayó con el ímpetu de tus brazos, está salvado. Perdón ya obtuviste. Mas dime, de donde vienes, antes de irte más lejos aún de lo que ya te atreviste.

Tulcom. Do el Laja salta por pétrea, tajada escala, formando millares de arcos iris deslumbrantes en medio de una exuberante vegetación, rica en preciosas flores y frutos apetecibles, allí en el apacible regazo de una madre cariñosa me crié. Allí me ejercité en el manejo de las armas. Allí el amor patrio un araucano, cano ya, cebó en mí, narrándome las proezas de los héroes que antes que él en Arauco vivieron, é instruyéndome en las canciones de la juventud. Entusiasmado abandoné la ruca de mis padres y fuime, en amor patrio abundando, á ver con mi propia vista los campos y pueblos celebrados por mi instructor. Atravesé campiñas feraces, de sembrados llenos, rios caudalosos, espesas montañas y serranías de perenne verdor revestidas, y llegué al fin á las orillas del Aconcagua, cuya arena de oro cuajada tan apetecida es de los hijos del inca, que toda esa comarca por ellos «la flor y nata de la tierra» fué nombrada. Hallé mucho alli que admirar, pero no encontré lo que buscaba. No era lo patrio lo que allí se veneraba, nó; costumbres extranjeras habian adquirido los que allí moraban, á otro Dios que al nuestro sus plegarias dirigian, y no gobernándose ellos mismos, cual siervos hacíanse gobernar por el inca, el austero monarca del Perú. Alejéme pues de ahí y me volví al sur, á ese sacro punto á orillas del Maule, do el valiente araucano por vez primera dió prueba del valor de sus brazos al forastero que pretendía subyugarlo con tanta facilidad, como ya se había subyugado al norte de nuestra patria común, de nuestro Chile. De allí me dirigí á estos distritos australes para conocerlos, y me encaminé primero á esta magna ciudad que llaman la encantada. Es eso todo lo que de mí contarte puedo.

Mareg. Y basta eso. Mas escúchame ahora tú también con atención.—Lo que aquel astuto monarca que tu mencionaste, no pudo obtener con el filo de sus armas, él sabrá alcanzarlo con medios ocultos, á los cuales el araucano no pondrá desde un principio la necesaria atención. Llegaránles á nuestros hermanos boreales primeramente objetos de arte primorosos que excitarán la curiosidad de los nuestros y harán nacer en ellos necesidades imaginarias que sólo la posesión de esos objetos podrá satisfacer. Con todo eso nacerá en nuestros hermanos el deseo de ver ese país, de donde esos pulcros trastos y dijes artificiosos han venido. Y para facilitar el satisfacer esos deseos, el inca les trocará los terrenos que en Chile poseyeren, por otros en el Perú, de modo que irán chilenos al lejano norte á perderse en el grande océano que es la tupida población del reino de los hijos del sol, y á trueque vendrán muchos extranjeros á establecerse en Arauco, desterrando paulatinamente á los que aquí aun permanecieron, ó haciéndoles adoptar las costumbres de los súbditos incariales. De otro Dios les contarán, que es el sol, del cual imagen de oro se han hecho y á la cual adoran. Enseñarán adorarla también á los nuestros, y éstos venerarán, lo mismo que los demás hijos del inca, en esa imagen de oro no al sol, que nombran hacedor de todo el universo, sino la materia de que ese símbolo de su Dios se hizo, aquel amarillo y luciente metal que ya habrán aprendido á apreciar mediante la manifiesta codicia de los conquistadores incariales.

Tulcon. ¿Y ese Dios a quien los forasteros adoran, es quizá mejor que el nuestro, ya que á aquel cabe tanta pompa que al nuestro estamos negando?

Mareg. No te ofusquen pompas exteriores. Es el Dios de ellos un objeto solamente, una mera parte de todo el universo; el nuestro es todo lo que ves, y es el Dios de ellos parte sólo de nuestro Dios, de quien forman simples partes el cielo de astros tachonado, el aire, el agua, la tierra y todo lo que en ellos se encuentra. Pero nosotros no tenemos templos especiales en que le adoremos; es nuestro templo todo el mundo, sobre el cual la bóveda celeste se extiende. No hacemos con nuestras manos efigies del Ser Supremo, porque cada planta, cada flor, cada árbol, cada piedra, cada arroyo y cada sér viviente nos hace pensar en él, nos hace tener presentes siempre su grandeza, su omnipotencia y su paternal amor. Mas porque no tenemos templos como los forasteros del lejano norte, han dicho éstos que no creíamos en Dios, y que á causa de esto no teniamos moral, que éramos salvajes supersticiosos, faltos de civilización.—¡Ay de vosotros, huincas, que de supersticiosos nos tildáis! Veis los pequeños defectos en un pequeño numero de los nuestros pero mirad los vuestros y reconoced, que es un Andes la superstición de unos pocos de los forasteros al lado de la apenas perceptible excrecencia superstición chilena.

Tulcom. ¿Y á la tan decantada civilización qué interpretación le das?

(Pasa Colca. Mareguano le hace seña de acercarse. Llega Colca al lado de Mareguano, y éste le dice algo al oido, después de lo cual vuelve á desaparecer aquél.)

Mareg. ¿Civilización? (Meditando).—Civilización es un conjunto de costumbres y prácticas que por cierta convención tácita ha adquirido un pueblo que tiene el poder suficiente para compeler á otros pueblos menos poderosos á que hagan lo que él gusta de hacer. Y la verdad de lo que te digo, la tienes á la mano. A nosotros los chilenos, que merced á nuestras costumbres somos robustos, alegres, longevos y leales, nos tienen las demás naciones por salvajes, porque no queremos adoptar sus hábitos y prácticas que, si las admitiéramos, muy pronto trocarían en nosotros la robustez en debilidad, la salud en enfermedad, la alegría en inquietud y codicia de riquezas, el largo vivir en muerte anticipada y lealtad en insidia y el prurito de atropellar á otros.—Tú, mancebo, conténtate con la civilización que en Arauco adquiriste, y sé siempre á los ojos de los huincas un salvaje que según ellos no tiene Dios, porque no tiene templos; que no tiene moral, porque te creen sin religión; que no tiene buenas costumbres por presunta falta de moral; y que no puede ser sino un salvaje, ya que el razonamiento de ellos les dice, que no tiene buenas costumbres. La lógica es ésta de aquéllos que tienen interés en probar que somos brutos. Nosotros no necesitamos más civilización que la que tenemos y con la cual nos sentimos siempre más felices que ellos, los huincas. El huinca empero necesita una civilización especial en provecho de la insaciabilidad de sus aspiraciones.—¡Oh mancebo! presta tú tus brazos siempre para mantener lejos de aquí á aquellas gentes del norte que por sacar provecho de nosotros y de nuestro país, dicen que sus costumbres son más propicias para la adquisición de la felicidad, y pretenden por vía de compasión inculcarnos sus costumbres, sus leyes é instituciones, su modo de pensar y sus dioses, disfrazando de este modo sus insidiosas pretensiones que de fuente tienen la codicia, la inquietud, el hambre y la manía de subversión. ¡Ay! vosotros, huincas obcecados, que nos tenéis por ignorantes, porque no es nuestro saber vuestro saber, que nos tenéis por supersticiosos, porque las pocas supersticiones de nuestra gente difieren de las muchas supersticiones que las mentes de vuestros pueblos han forjado, que nos creéis faltos de honor y de virtudes, sólo porque á vosotros muchas de nuestras virtudes y los sentimientos nuestros de honor faltan—consideradlo bien: no somos nosotros á quienes felicidad falta. Vivimos nosotros contentos en nuestros valles y nos sentimos felices con lo que poseemos; no así vosotros; un prurito morboso é insaciable, os niega la quietud y por consiguiente os niega la felicidad. Los de Arauco no necesitan al forastero para ser felices; se contentan con lo que su país les da; pero el huinca está poseído de la vana, morbífica creencia de que le es preciso poseer á Arauco para colmarse de felicidad en sentido incásico. No son pues nuestras instituciones y costumbres las que compasión merecen, ya que contentamiento saben deparar; pero sí sois dignos de compasión vosotros que estáis oprimidos y supeditados por la vana preocupación de que sólo raudales de riquezas y raudales de conocimientos pudieran dar felicidad al hombre.—¡Oh incas desventurados! ¿No es vuestro Dios el oro? Al oro construís altares y exigís servil adoración al oro de vuestros súbditos, fomentando en ellos la codicia y todas las maléficas pasiones del alma que hijas de éstas son. Nuestros ideales empero, que en Pillán se aúnan, son las más bellas virtudes que satisfacción dan al cuerpo y al alma. Y estos ideales, que nuestro norte y nuestros ángeles tutelares son, son los que de nosotros hacen hombres idóneos para gozar de los bellos dones de la paz y para repelar en caso necesario á forasteros que su felicidad á buscar vienen en el perturbar el diáfano ciclo de nuestra bienaventuranza.—¡Ah joven! conténtate tu con ser uno de los salvajes de Arauco, para quienes es también honrar á Dios el ser virtuoso; quédate un salvaje araucano que no se vale de sus creencias como de una arma para conseguir planes falaces; queda un salvaje chileno que sabe defender contra codiciosas pretensiones la integridad de su patria, á la cual ama, su hogar que le da sustento, sus costumbres y habilidades que le dan vigor y contentamiento, y sus dioses, que las personificaciones son de la fuerza activa de la naturaleza y que todas juntas hacen á nuestro buen Dios, á Pillán; queda un salvaje chileno que no busca su propia salvación y dicha en la desdicha ajena. No obedezcas tú jamás á otras leyes que las que Arauco tiene. Podrá haber país que tenga leyes mejor delineadas que las nuestras; pero no está la primacía de un país en la suma perfección de sus leyes, sino que está esa preponderancia en la suma perfección del obedecimiento y acato á las leyes existentes. Para engrandecer á tu patria, obedece pues á las instituciones y prácticas que tenemos, y no te querelles de lo malo que en ella encontrar pudieres, mas regocíjate de lo bueno que ella te proporciona. Confía en Pillán, que todo lo bueno personifica y todo lo gobierna, y jamás ante extraña planta podrás humillarte.

Tulcomara. Escuchándote con avidez aquí me tienes. Mas por Arauco de Lauquén nos estamos olvidando.

Mareg. Llegaban ya sin obstáculo alguno hasta el Butanlebu las fuerzas del inca Huaina Cápac, el orgulloso hijo de Tupac Yupanqui, cuando se formaron dos distintas opiniones entre los pobladores de Arauco. Opinaban unos, que era necesario emprender una guerra á muerte contra los invasores mientras que la otra facción, aterrorizándose ante la expectativa de un derrame de sangre humana, determinó evacuar el terreno de Arauco, para que con la posesión de éste se sacie la codicia del inca. Firmes ya en su propósito, todos los que como éstos opinaban, abandonaron las regiones boreales de nuestra patria y se encaminaron hacia el sur, hasta llegar á este lago, en una de cuyas islas se fundó la grande villa que ante nuestros ojos tenemos y que todos los pueblos de Chile llaman hoy dia la encantada ciudad. Aquí se llevó de todo Arauco ese metal por los incas codiciado; y con él ves cubiertas todas las casas, haciendo su brillo deslumbrador hermoso contraste con las plantas y flores que á cada habitación circundan. Construyéronse fuertes vallas en las márgenes de la isla, para que de fácil defensa sirvieran contra importunos agresores. Felices y contentos con su suerte encuentras aquí á todos los habitantes; sólo un pesar nos aflige, que es el de estar tan lejos de nuestros hermanos y de no poder hacer nada por la libertad de Arauco. Ojalá que cada butalmapu hiciera lo que nosotros hicimos. Sin baluartes artificiales será imposible detener á los invasores incásicos. Es necesario, que cada batalmapu levante una ciudad como nosotros lo hicimos.

Tulcomara. No sucederá eso; pues en hablándoles de la Ciudad Encantada, horribles imprecaciones se desprenden de sus labios contra vosotros, á quienes nombran «sepultados vivos». Para la imaginación de ellos es imposible que se avenga el bienestar de un pueblo con el vivir en ciudades. Creo que en cuanto á acorralarse en una aglomeración de casas, jamás os imitarán

Mareg. Quédense ellos con sus preocupaciones y quedémonos nosotros con nuestra Ciudad Encantada; engrandezcámosla, enriquezeámosla y fortalezcámosla, para que todo chileno del norte, que en lo futuro de la salvación de su patria la esperanza pierda, encuentre aquí un sitio cobijado para lamentarse de sus desgracias.—Tulcomara, cual rigido alud despréndese en nuestros lindes boreales una falange formidable de enemigos; cual enjambre de abejas que contra el aleve agresor que su colmena allana, se defiende, se defenderán los de Chile; más aludes y otras más caerán sobre Arauco, luchas sangrientas se sucederán sin fin, y como el Butanlebu, que caudaloso y formidable atraviesa las campiñas del más extenso de nuestros valles, cual manso arroyuelo se desliza en seguida sin siquiera chocar con las olas del grande océano que el seguir adelante le impide, así también Arauco: hoy respetado y temido por su valor, mofa y ludibrio llegará á ser de los hijos de sus veneedores, y lo que valor había sido, pertinacia imponderable vendrá el ser. De Arauco el pueblo viril, cual las aguas del Butanlebu en el mar, se perderá en otro mar que es Ciudad Encantada, sobrevivirá ésta á toda emergencia. Mantendráse vivo en ella el amor por la patria chilena y por sus dioses; y cuando todo Chile, exceptuando á Lauquén, haya sucumbido ya á los golpes del martirizador, cual majestuoso pehuén que después de haber desafiado á las tormentas y hachazos continuos del leñador que alevosamente su tronco debilita, sucumbe, entonces aquí germinarán todas las virtudes de los hijos de Arauco y extenderán paulatinamente sus ramas fructíferas por todo el país, admitiendo que todo lo bueno se entrelace con ellas, cual nuestros gigantes pehuenes, los símbolos de la fuerza y lealtad chilenas, permiten que en sus troncos se encarame la cariñosa enredadera á la cual debe su existencia la más primorosa entre las flores de Chile, el purpúreo copihue. Pero ahogaránse los vicios y la maleficencia á la sombra de las bellas enramadas que se irán formando. La nueva generación que saldrá de esa aleación de primitivos pobladores de nuestra patria y los forasteros que en Chile se habrán arraigado, no será empero menos valiente ni menos adicto á su patria que los que por Arauco cual mártires murieron. Y sabrá ese nuevo linaje, escarmentado con la suerte de sus antecesores, defender sus puertas con mejor éxito que lo supo el incauto, en insidias inexperto araucano. Mas para que todo esto pueda suceder, es menester que aquí reemplace al ya cano ulmén Mareguano un fuerte brazo juvenil.

Tulcomara. ¿Y no lo encontraste aún?

Mareg. En estos momentos acabo de dar con él.

Tulcomara. Llévame á él, para que también le dé mis parabienes.

Mareg. Para ese fin no es menester que de aqui nos alejemos. Si saludarle quieres, has de saludarte tú á ti mismo.

Tulcomara. A mí. No te comprendo.

Mareg. Tú eres, de quien los dioses los pasos á esta ciudad dirigieron, para que sucesor mio te hicieras

Tulcomara. ¿Yo, dices, yo seré ulmén de la Ciudad Encantada? ¿Yo debelador de los que en armas contra ella pretendieren alzarse? Tendría pues razón aquella niña, á quien cupo trastornar con vehemencia todo mi sér.

Mareg. Lo que acabas de narrarme y lo que te ha acontecido al llegar aquí, es la contraseña que, un huecubu mediante, Pillán me ha dado, para que reconociera á mi sucesor.

Tulcomara. ¿Y mi entrevista con esa doncella también entra en ese oráculo?

Mareg. Se había presagiado también ese encuentro tuyo con Tegualda, mi hija

Tulcomara. Tegualda mía. Los dioses me la prometieron, ¿y tú me la niegas por ventura?

Mareg. No. Tegualda sea tuya. Te la doy, mas no sin cierta condición, propuesta por Pillán, para probar tu ánimo.

Tulcomara. Dime esa condición. No puede el aceptarla ser más infausto que vivir sin Tegualda.

Mareg. Prometerás antes que Tegualda se te adjudicare, amarla siempre sin falsedad ni celos. Ella jamás te dará motivo para que puedas recelar de su fidelidad conyugal, y si los tentadores alcanzaren á embelesarla, en el postrer momento los dioses acudirán á protegerla. ¿Aceptas?

Tulcomara. Acepto.

Mareg. Dame la mano. Tuya sea pues Tegualda, y á la vez que te la entrego, te prevengo, que al cumplimiento de tu juramento han unido los dioses la suerte de esta villa, por manera que si no te muestras perjuro, ella existirá mientras tú vivieres y los tuyos. Mas si el nuevo ulmén faltare á su promesa, con él desaparecerá también de la tierra la ciudad ajada por el mismo ulmén.

Tulcomara. Aunque no fuere tan duro el castigo, verás que sé cumplir con lo que prometo. Mas he de advertirte aún, que no poseo caudales para pagarte la preciosa mercancía que en tu hija me cedes.

Mareg. Es por eso que tu matrimonio no se celebrará merced á una paga sino por medio de un rapto. Y es forzoso que mañana al despuntar el día me arrebates á mi hija.

Tulcomara. ¿Mañana mismo? y no sé, donde ella suele presentarse en el bosque, ni tengo amigos aquí, donde como enemigo penetré, que pudieran ayudarme en ese rapto.

Mareg. En eso no me es dable aconsejarte. Es del novio el buscarse buen camino para alcanzar sus fines.

ESCENA VII.
Los anteriores. Entran tres doncellas con los objetos que á continuación se nombrarán.

Mareg. ¡Ah! Os ha advertido Colca, según le pedí que lo hiciera. Llegáis á tiempo. Aguarda, Tulcomara. Acércate y recibe de mis manos los atributos que te acrediten ulmén de Lauquén. Esta hacha refulgente, de duro metal labrada y de piedras preciosas incrustada, el toqui es llamada, insignia del mando supremo de estos distritos. Consérvala inmaculada mientras con poder te veas. No la entregues al enemigo en cuanto con vida te vieres, Del cuello te la cuelgo en cordel tricolor, confeccionado del finísimo hilo con que el gusano de seda de los rios Rapel y Mataquito su aposento teje, en que de su estado de crisálida pasa á bella y ligera mariposa,—Esta manta que en los hombros te pongo, estímala en mucho. Ostenta ella lo más bello que Chile produce adoptable para el atavío, para pompas exteriores, indispensables en ciertas circunstancias. Esta parte el flamenco la suministró, la garza esta otra, pintada en parte con el purpúreo color que fabrica cierto marisco. Del picaflor, del cisne y martin pescador las pieles aquí ves reunidas, para que formen marco al centro de esta vestidura, hecha de las pieles de la vicuña y de la mansa chinchilla.—Este trarilonco, de seda confeccionado, de hilo de oro, de piedras deslumbrantes y coleópteros que en oro engastados el brillo del sol y del arco iris reflejan, tu frente ciña todas las veces que en sus fiestas á tu pueblo te presentes.—Y estos trastos, un plato y una copa, de trasparente cristal de roca andino labrados, la comida y la bebida te servirán en ocasiones que públicamente de mucho fausto exigieren. (Se oye á lo lejos una grande gritería y ruido de armas que por instantes va creciendo.)

Tulcom. ¿Qué ruido es que aquí nos llega?

Mareg. Los guerreros son que á saludar vienen al nuevo ulmén.

ESCENA VIII.
Los anteriores. Guerreros llenan el escenario.

Mareg. (Dirigiéndose á éstos). Reconoced á vuestro nuevo amo. Acatad sus mandatos y obedecedle, que do el honor y la patria lo requirieren, ahí siempre veréisle desplegar su actividad.

Los guerreros.
¡Así sea, así sea! (Cantan):

   Al campo salgamos, do vale el valor,
Las armas blandiendo de Chile en honor.

De libertad va por los ámbitos
De Chile recorriendo la dulce voz.

    Nos vemos unidos por vínculo tenaz,
Ya sea en las lides, ya sea en la paz.
Los pechos nuestros en amor filial
Anhelan hoy ferviente acción marcial.

    ¡Que viva el jefe, valiente general!
Alegres seguimos su vía triunfal.
A cruenta lid llevándonos está,
Gloriosos á la patria nos volverá.

Tulcom. La condescendencia que demostráis para conmigo, os la agradezco con todo mi corazón. Me entrego pues, corroborado por vuestros nobles sentimientos, á los brazos del Dios marcial; mas antes que así yo lo haga, para mi dulce apremio es el entregarme primero á los seductores brazos del amor. A ellos me dirijo y pronto á vuestro lado tornaréis a verme. ¡Viva Chile! pero antes viva el amor! (Váse)

Uno. El asiídiga; mas para nosotros viva primero la patria y por ella el amor.

Todos. ¡Viva Chile y viva el amor!


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