La ciudad encantada de Chile/Acto IV

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La ciudad encantada de Chile: drama patriótico histórico-fantástico en cuatro actos (1892) de Jorge Klickmann
Acto IV
Notas
ACTO IV
En primer término un prado florido. En segundo término agua. En el tondo se ve un muro de Lauquén, por encima del cual se divisan suntuosos techos dorados de la ciudad. A la derecha un puente que da acceso á ésta.


ESCENA I
Tulcomara.
Apacible recinto, en tu centro recíbime. Circúndeme tu fresco y puro ambiente, para que él me haga olvidar toda angustia, toda desazón que acabo de experimentar. Oh, quita de mi oprimido pecho todo desabrimiento que al pie de estos muros tuve que tomar sobre mí. Imbécil de mi, por haberme dejado traicionar de un vejete, quien en mi había creido poder tener un yerno dúctil. Para verme él con toda seguridad en sus falaces redes, vino en inventar esas condiciones que me impuso al concederme la mano de su hija. Que no me pusiera celoso, me pedía, por más vehemente que la conducta de su hija despertase en mí los celos. Ah viejo marrullero. Ya nos comprendemos. Sobre tí caiga la vindicta de los dioses, no sobre mí, que tú eres quien con los nombres de éstos á jugar osaste. Tú pretendes, que yo guarde quietud inalterable, mientras ella, que único amor me juraba, se apresura ya, apenas unido el lazo conyugal, á lanzarse á los brazos del primer varón desconocido que de amor le hablara.—Pero sucumbió acaso Tegualda?—Qué fué lo que Mareguano me había insinuado? (Meditabundo.) «Y si los seductores alcanzaren á embebecerla, en el postrer momento los dioses protegerán su inocencia?» Sí, así me dijo. ¿Pero dónde quedaron los dioses, oh Mareguano, cuando ella se entregó á mis brazos? Ve, pues, así me engañaste. Captarme has querido para tu hija, y así mentiste. No, anciano, tu hija no es púdica doncella como indicaste, es... Ojalá que algún hombre ó mujer por acá se asomaran, para que yo, con ellos placenteramente departiendo, al curso de mis pensamientos otra dirección dar pudiera. Según advierto, es este portal el menos frecuentado de Lauquén. Intérnome en la población; quizá encuentre allí más pronto lo que aquí según las apariencias en vano estoime aguardando.
ESCENA II.
Tulcomara. Un niño.

El niño. (Llorando). Mi corderito, mi manso hueque acaba de llevárselo un león. Ayúdame alcanzarlo. Tal vez logramos salvar mi hueque, si corremos.

Tulcomara. ¿Dónde mi niño? Vamos, préstame las armas que llevas.

El niño. Aquí tienes laques, una honda, piedras, arco y flechas.

Tulcomara. Pasa ligero y vámonos.

ESCENA III.
Tulcomara. El niño. Tegualda (vestida con todo primor.)

Tulcomara. ¡Hola! ¡Qué veo! Ya que me iba, viene lo que para mi entretenimiento buscaba. Oye, niñito, á un animalito que está en bocas de un león, no se le puede ya salvar la vida. La lana del hueque sí te la salvarě y haré pagar al león con su propia vida la vida de tu corderito. Vete pues á encontrar el paradero del pagui, que yo pronto te seguiré con esa lanza que aquella doncella lleva. Que más me entiendo con aquella arma que no con las que tú tienes.

El niño. Daré pues una vuelta por acá. Creo que en el cercano boscaje se habrá escondido.

Tulcomara. Está bien, niñito. Corre, que luego te seguiré. (Sale el niño.)

ESCENA IV.
Tulcomara. Tegualda.

Tulcomara. ¿Por qué tan de prisa? Adónde te conduce tu camino?

Tegualda. A la ciudad, según te lo advierte esta senda que estoy pisando.

Tulcomara.¿A saludar vas al nuevo ulmén quizá?

Tegualda. A eso voy.

Tulcomara. Es temprano aún. Espera algunos momentos, y te acompañaré.

Tegualda. No he menester acompañamiento, gusto de irme sola.

Tulcomara. ¿Por qué tan escabrosa, mi hermosa doncella? ¿De dónde vienes, que tan donosa eres?

Tegualda. ¿De Huechecara no oíste hablar aún, del pueblo de doncellas que á varones no consienten entre sí?

Tulcomara. ¿Un pueblo de doncellas y sin varones? Debe de ser hermoso pueblo, pero de poca duración.

Tegualda. Existe ese pueblo desde los tiempos más remotos.

Tulcomara. Y no envejecen quizá esos habitantes, exclusivamente femeninos?

Tegualda. Sí envejecen, pero queda hermosa cada una hasta el instante mismo en que súbitamente el alma se le escapa.

Tulcomara. ¿Y soy yo por ventura el primer varón que á tí se apersona?

Tegualda. ¡Oh qué candidez! Siempre venimos á esta ciudad á ver las fiestas que hay, y es costumbre en Huechecara admitir allí á varones en nuestros gollines, para dar más esplendor á estas festividades que á diversas épocas del año celebramos.

Tulcomara. ¡Ah! si yo también pudiera participar de esas celebraciones.

Tegualda. Serán fáciles de cumplir tus deseos, y los tomaré en cuenta en tiempo oportuno. Mas ahora menester es que te abandone.

Tulcomara. Gracias, mi bella niña, por la amable invitación, y puedes estar segura de que no faltaré al llamado que me hicieres. ¿Y cuáles los dones son que tú á llevar vas al ulmén?

Tegualda. La lanza ésta, la bendita que en mis manos ves, es regalo que yo para el novel ulmén tengo.

Tulcomara. ¿A esa débil caña llamas bendita? Será pues de Pillán el alma fuerte, de mágicas virtudes bien provista?

Tegualda. Bendita llámola, porque de divinas manos la obtuve y porque en realidad en si encierra esas virtudes que tú presumes.

Tulcomara. Supe de esas virtudes, pero no las conozco bien.

Tegualda. De esta caña es facultad principal, dar siempre con el blanco que el poseedor de ella ha elegido. y de volver luego á las manos del que la lanzó.

Tulcomara. Está pues en manos del propietario de esta arma la vida de todo ser viviente.

Tegualda. Una arma irreemplazable para el guerrero.

Tulcomara. En verdad que quisiera ser yo el ulmen á quien tú á agraciar te aprestas. Por tal arma daría con gasto todo cuanto mío nombro. Ese voto empero, que tú diste tocante á esta arma, no será por ventura inquebrantable.

Tegualda. No he hecho voto alguno. Es amor á la patria meramente que me induce á depositar esta arma en manos del ulmén, para que mantenga lejos de aquí al forastero que á Arauco, á Chile pretenda subyugar. Y te aseguro que serán muchos los enemigos que esta lanza hará pasar á otra vida, antes que ellos señores de Lauquén nombrarse pudieren.

Tulcomara. Así lo eomprendo. Mas tú también entenderás, que no podrá causar daño á esa lanza, si me la prestas un solo momento para dar caza á un león que aquí cerca acaba de cebarse en la sangre de una inocente ovejilla, que con cariño criaba un labriego no muy lejos de aquí. ¿Oyes crujir las ramas? ¡Esecuha! El es. (Un pagui con una oveja en la boca atraviesa el escenario). El es. Presta la lanza, niña. Así me favoreces tí, y yo también te favorezco, investigando, si es efectiva la virtud que á esta arma atribuyes. Pásamela. (Toma la lanza y desaparece á toda prisa).

ESCENA V.
Tegualda.

No me ha reconocido. Mi vestidura le embeleca. Mi voz por dicha seguirá haciendo igual efecto. ¡Oh! cuán feliz me sentiría, si me fuera posible llevar á buen fin esta trama por Hueñuyún inventada. Este velo, de simple musgo hecho, en algo me está incomodando. (Se lo saca). Es demasiado áspero su rozamiento para el semblante mío.—¡Ay! que vuelve ya! Presto, mi velo, á tu primitivo sitio, y, cobijado por tí, valerosamente me lanzo otra vez á los brazos de la ventura, para que la victoria me sea segura.

ESCENA VI
Tegualda. Tulcomara.

Tegualda. ¿Tan pronto de vuelta? ¿Era bastante veloz tu presa anhelada, para que de tu vista sustraerse pudo á tiempo?

Tulcomara. No quisiera devolvértela, esta arma. Con solo poseerla yo me tendría por semidios. Apenas había dado unos cuantas pasos, ví á lo lejos huir al temible carnívoro. Lancé el dardo y bañado en su propia sangre veo al pagui, y al mismo tiempo siento y contemplo, absortos los sentidos, otra vez la portentosa arma en mis manos.

Tegualda. (Aparte). Es, oh excelsa Hueñuyún, magua tu bondad. La prueba me la das nuevamente en esa lanza. Gracias mi divina protectora.—(A Tulcomara) ¿Mas la presa, do la dejas?

Tulcomara. En el mismo sitio, donde dió en tierra. Aquéllos quienes por él daño tuvieron, se desquitarán con la piel del pagui por lo que con él perdieron. Pero más que el león sin vida, me interesa la prodigiosa vida de este dardo. De él, mi hermosa...; mas no sé como llamarte. Tu nombre díme primero.

Tegualda. Es Malguenhuenu el nombre que me dieron.

Tulcomara. Malguenhuenu, es decir niña del cielo. Bien te cuadra ese nombre. Tú, Malguenhuenu, eres el domador de la fiereza que en ese león agonizante se enseñoreaba. Que se dirija pues a tí la gratitud de los pobladores de estas comarcas. Ojalá, oh bella Malguenhuenu, ojalá que pudieras domar también la fiereza que en mi corazón cebándose está.

Tegualda. Devuélveme la lanza, que mucho ya me he retardado aquí.

Tulcomara. No te vayas, bella Malguenhuenu. Quédate, iremos juntos. Yo también voy á llevar una ofrenda al ulmén.

Tegualda. No veo nada en tus manos que servir pudiera para ese efecto.

Tulcomara. La piel de la sanguinaria víctima de este dardo será mi donación.

Tegualda. Con la cual debieran de desquitarse los recién perjudicados.

Tulcomara. Haré después, que ellos se reintegren de otro modo. Vamos, Niña del Cielo, ayúdame desollar ese cadáver, y apresurémonos para presentarnos ante el ulmén, tú con el dardo, yo con la piel del pagui.

Tegualda. ¡Qué horror! ¿Que yo ayude á desollar un cadáver? ¿Qué inhumana pretensión! Voime, ó en otro caso á mala hora vuelvo á mi casa.

Tulcomara. Ya que tanto esperaste, bien puedes aguardar unos breves momentos más. Iremos juntos, si es que tú, la hermosamente ataviada, no desprecies verme á tu lado.

Tegualda. No por no irme contigo, me ves ansiosa de irme de aquí.

Tulcomara. Oye! una buena idea me ha venido á la mente. Vamos juntos á la ciudad y presentémonos ante el ulmén cual si tú fueras esposa mia.

Tegualda. Demasiado honor sería para mí el presentarme con un mozo tan gallardo.

Tulcomara. El colmado de honor sería yo, si tú te dignares ir conmigo.

Tegualda. Vamos pues.

Tulcomara. Pero yo el esposo, y esposa tú.

Tegualda. Como quieras; estoy pronta para servirte.

Tulcomara. Pero con esa profusión de pedrería no está en armonía el rostro cubierto con un velo que si no me engaña la vista, es de simple musgo hecho.

Tegualda. No desprecies este velo, ya que no desprecian coloridas piedras trasparentes, ser por él envueltas.

Tulcomara. Y las más lucidas que en Chile se producen. Esta verde esmeralda, que cual agua de mar petrificada relumbra, de Coquimbo procederá, y de ahí mismo esotra, en que la diafanidad azul del cielo se refleja. De amarillo claro ésta, es de las márgenes del Mapocho; esa colorada á Talca tendrá por patria. Ambar negro y amarillo, en llancas trasformado, blancas opacas perlas lustrosas de la costa del mar y turquesas de Copiapó también veo aquí. Esta empero, que, una gota de purísima agua semejando, todos los colores del arco iris reverbera, es entre todas la más bella, así como tú la más bella debes de ser de entre las hermosas doncellas que conocí, si este musgoso difraz al suelo arrojas. ¡Quitémosle! Déjame admirar tu donosa cara; pues donosa ha de ser, ya que todo lo que en tí se ve, rebosa en pulcritud. Quitemos el velo.

Tegualda. Oportunamente lo sacaré. Ven pues, esposo mío; vamos á la habitación del ulmén. ¿O te arrepentiste ya de lo que me propusiste?

Tulcomara. ¿Yo arrepentido? Al contrario, mi bella Malguenhueun, más fuerte aun me siento en lo que te propuse. Esos labios sí, que tanta felicidad me están deparando, no los negarás á mi vista. Alzo el velo un poco, un poquito solamente. Ya basta. ¿Soy tu esposo? Dí.

Tegualda. Sí.

Tulcomara. Pues entonces no tendrás á mal, que mis labios á los tuyos toquen. (Tegualda consiente, no haciendo ni el menor movimiento repulsico. Tulcomara quita el velo de la cara de Tegualda). ¡Qué veo! ¡Tegualda! ¿Tegualda tú?

Tegualda. (Sonriéndose). Sí, Tegualda soy, y tu Tegualda; ¿y tú mi Tulcomara?

Tulcomara. ¿Yo? ¿Tuyo? ¡Calla! Yo no sé, quien soy.

Tegualda. Yo sí que sé quien soy. Yo soy Tegualda, la feliz Tegualda, que, siguiendo el consejo de Hueñuyún, recuperó á quien creía perdido, Permite que te devuelva el ósculo que me diste. No desvies tu semblante. No esquives el ósculo de reconciliación. (Ella lo besa). Ve pues, Tulcomara, bien pudiera yo ahora devolverte todas esas duras expresiones que tú me lanzaste á los oídos en situación análoga. Pero no, Tulcomara, no quiero obrar tan arrebatadamente como tú procediste. Yo no te maldigo: te bendigo, te amo. ¿Y no acabas tu también de probar otra vez que me amas? Sí, me amas, sea cualquiera el disfraz con el cual yo me presente ante tí. ¿No es así, mi Tulcomara?

Tulcomara. Tegualda, perdón. (Se arrodilla.)

Tegualda. No me agradas así. A mi lado quiero verte.

Tulcomara. (Se levanta.) Mi Tegualda, tú eres inocente, yo culpable, tú no; perdón. (Se abrazan.)

Tegualda. Acepta, pues el arma que para tí he traído.

Tulcomara. Me empequeñecen, me deprimen tus favores. Perdón, perdón te pido, Tegualda.

Tegualda. Sosiego, Tulcomara; calma tu inquietud. Lo pasado ha pasado en cuanto á lo malo; mas lo hermoso que experimentamos, manténgase siempre vivo en nuestra memoria.

Tulcomara. ¿Para qué esa arma? No la necesito, si á este risco (abraza á Tegualda) mío nombrar puedo. Sí, comprendo ahora el destino de la mujer. Es ella con su amor y sus consolaciones el báculo en que el hombre puede sostenerse y vigorizar su ánimo, siempre que los azares de la vida amenacen aniquilarlo. Si todo se desmorona en derredor suyo, si todos lo abandonan, un corazón le queda adicto, un corazón no lo abandona; ante un corazón puede él librarse de todo lo que le oprime; en un corazón puede él tener plena confianza. Y esta confianza que él para con otro individuo guarda, mantiene viva la confianza en sí mismo, mantiene equilibrado el instinto de conservación que en momentos aciagos tan fácilmente puede salir de su quicio. Esa confianza hace tomar otra vez confianza á otros hombres y viene así á ser la piedra angular de una nueva actividad. Tú, Tegualda, eres el peñasco en el cual yo me sostengo, después de haber encallado en él, cual navío arrastrado por las corrientes. Tú eres el más precioso dón que pudo tocarme en suerte. Tú eres el pehuén en que yo débil vacilante coleo me sostengo al rebramar del huracán de mis pasiones. Tu eres, quien el dolor en mí apaciguas y el regocijo me duplicas. Tú eres mi todo.

Tegualda. ¿Mas yo, qué sería sin ti? Dejémonos de estas dulces pláticas, que bien quisiera no se acabasen nunca, y vámonos á casa á presentarnos al ulmén según lo hemos concertado.

Tulcomara. ¿Sabes, Tegualda, lo que pudiéramos hacer de la piel de aquel pagui que acabo de matar?

Tegualda. ¿Y qué?

Tulcomara. Un chamal haremos de pieles del huemul y la chinchilla, y pondrémosle de forro la piel del pagui. Y será este chamal entonces el símbolo de mi futura vida. Cual chinchilla que durante la hermosa estación del estío y otoño acopia en su habitación sus provisiones para la helada estación que no le suministra sustento, así yo también acopiaré todo lo necesario para fomentar la bienaventuranza de mis protegidos con el apacible y humilde carácter de la chinchilla; con la perspicacia del huemul, que sabe con presteza y buen tino descubrir todo peligro que á él y los suyos amenaza, cual buen centinela estaré alerta siempre por el bien de las comarcas que gobierno. El león empero será emblema mía, siempre que alguien pretenda perturbar la tranquilidad de estas regiones.

Tegualda. Y ribetearemos ese chamal con plumas del flamenco, el símbolo de lo más bello que Chile posee, y con la piel del cache, como emblema de la fidelidad conyugal

Tulcomara. Así sea, mi Tegualda. Pero vamos al fin. El pueblo que á regalarnos viene, nos aguarda.

ESCENA VII
Tulcomara. Tegualda. Colca.

Colca. Ya está muerto el león que tanto nos incomodaba. Venid á verlo. Un ejemplar majestuoso es, cual no se ha visto aún en Arauco. Herido está, mas no se ve arma alguna que le privara la vida.

Tulcomara. Fué esta lanza que abrió brecha en su corazón. Vete á desollarlo y lleva la piel á casa del ulmén.

Colca. A obedecerte voy. (Quiere irse.)

Tulcomara. Colca, aguarda. Quiero ver á ese animal, antes que lo desfigures. Tegualda, ¿me acompañas?

Tegualda. No puedo. Ya te lo he dicho. Vete tu solo, que aqui te aguardo.

Tulcomara. En breves instantes me volverás á ver aquí, y en seguida entramos á la ciudad. (Váse).

ESCENA VIII.
Tegualda. Colca.

Colca. Señora.

Tegualda. ¡Oh Colca! No vuelvas sobre tu antigua cantilena. Da al fin término á tu funesta pasión, ya que mi compasión con ella se está agotando.

Colca. Señora.

Tegualda. ¿Qué quieres?

Colca. Quiso mi desventura, que yo la hija del ulmén amara. Amo á mi ama con todo el fervor de mi pobre corazón. Es mi amor un amor sin esperanza, pero me agrada este amor y haré siempre el bien por el objeto de mi desventurada pasión. Quiero ver feliz á mi ama; pero ahora la veo al borde de un precipicio, y la he de salvar.

Tegualda. ¿Vienes á perturbar solamente, como por venganza, la diafanidad del cielo de felicidad que sobre mí su bóveda ha extendido? ó me dices la verdad para precaver resentimientos?

Colca. No miento, señora. Es verdad la hermana del amor, no el embuste

Tegualda Habla pues.

Colca. Primero permite hacerte una pregunta. ¿Estás segura del amor de Tulcomara?

Tegualda. Estoy segura. Siga tu interrogatorio

Colca. Te equivocas, Tegualda.

Tegualda. Es ineonmensurable la calumnia que profieres.

Colca. Tulcomara no pudo ir á robarte, donde le esperabas, porque en otra fuente le detenía una doncella que él precia de más hermosa y más atrayente que la hija de Mareguano.

Tegualda. ¿Cuál es el nombre de esa niña?

Colca. No sé decirlo, pero te conduciré á ella, para que allí sepas todo. Si vamos luego, la encontramos aquí cerca.

Tegualda. Vete tú adonde quieras, yo conozco otros medios, para proporcionarme la certeza que he menester. (Váse)

ESCENA IX.
Colca.

Ya está visto que todo mi afán de obtener á Tegualda, es en vano, y no me resta más que el estar alerta de que ella de nadie llegue á ser tranquila posesión. Para el desgraciado es gran consuelo ver, que él no es el único que en la desgracia está. Es la mala ventura de Tegualda el mejor consuelo que puedo conseguir, el único lenitivo para la herida que en mi amante pecho hizo la hija del ulmén. Ya vuelve Tulcomara. Serásme tú, forastero, buen compañero en mi infortunio. Hasta luego. Pronto volveré á t'i, para que tů, sin que lo sepas y sin quererlo por ventura, me consueles. (Váse).

ESCENA X
Tulcomara.

¡Tegualda! ¡Tegualda! ¡Oye pues! ¡Tegualda! Nadie más responde que el blando eco repitiendo el dulce nombre de Tegualda. ¡Tegualda! Probablemente habrá ido á ver al pagui. Espero pues un momento, luego ha de volver. Bien merece ese magnifico ejemplar de carnívoros tan grande, tan fuerte, tan bello y tan imponente, que mi Tegualda lo contemple. Solo á Tegualda ha de servir en adelante la ostentosa piel de ese magnífico regalo de Pillán. A lo que yo la piel en mis manos tenga, la secaré al sol y la sobaré, y se forrará en seguida con ella la manta, cual con Tegualda lo tengo acordado. El más bello pasatiempo que en mi vida tuve, me dará la confección de ese chamal. En tanto que Tegualda no se presenta, me acuesto aquí en muelle hierba, para descansar de las correrías del día. Esta pequeña eminencia me servirá de almohada. (Recuéstase. Se oye el sonido de una arpa. Tulcomara irgue la cabeza). ¿Música? ¿Es realidad estoy soñando? No, no es sueño; despierto estoy y percibo distintamente el sonido de algún instrumento. No es flauta, ni trutruca, ni cultrún, ni pito, que son los únicos instrumentos que conozco; mas aquí en esta Ciudad Encantada, donde tantas cosas nuevas se presentan á mi vista y mis oídos, es probable que tengan también instrumentos de música distintos de los que los demás araucanos usan. Son gratos al oído esos acordes que percibo. Algún guempín quizá, decantando las bellezas de las afueras de Lauquén, los despedirá. ¡Oh! seguid, seguid deleitando á mis oídos, dulces tonos que me hacéis recordar los más bellos días de mi infancia. Así también un viejo guempín las largas noches de invierno nos acortaba con las suaves melodías que sacaba de una flauta de simple coleo artísticamente confeccionado. Y cuánto más dulces y más deleitosas eran, cuanda las escuchaba yo después de haberme todo el dia ejercitado en el juego con mis compañeros de edad. Ah, se sentía entonces que eran ellas las que hacen crecer al alma y la confortan. Seguid, seguid hiriendo suavemente el ambiente, melodiosos sonidos, Es tan bello el oiros; mas ya el sueño cautivo me tiene. (Se duerme. Aparece Tegualda con un arpa).

ESCENA XI.
Tulcomara. Tegualda.

Tegualda. Está durmiendo. Hueñuyún, gracias a tí; el arpa ha tenido el efecto que, según me decías, yo encontraría en él. Veamos pues, si las demás virtudes de ella me sirven también tan bien como lo anhelo. (Se sienta al lado de Tulcomara). Es imposible. Este semblante tranquilo y afable no puede encubrir engaño ni insidia. No, no puede ser. Pero una vez aquí con este instrumento investigador, seguiré también probando la bondad de éste y á un mismo tiempo manifestaré la bondad de Tulcomara. (Toca algunos acordes y deja el arpa en el suelo). Ahora duerme bien, pero su mente está inclinada á responder sincera é ingenuamente á todas mis preguntas.

Tulcomara. (Soñando). No cese tu canto, mi tierna avecilla. Ven, en esta rama reposa, y penetre mi pecho toda la alegría que tú con tu canoro lenguaje exteriorizar pudieres.

Tegualda. No es ave la que acabas de oir.

Tulcomara. Y si ave no es ¿á quién debo el goce que mis oídos acaban de percibir?

Tegualda. A mí.

Tulcomara. ¿Quién eres tú, que tan bellamente los oídos deleitar sabes?

Tegualda. Soy una doncella de Lauquén que te ama, y quizá no es amada por tí.

Tulcomara. Amo yo también á una doncella, pero sé que mi amor es correspondido.

Tegualda. ¿Y quién es esa bienaventurada?

Tulcomara. Es Tegualda bella, la donosa hija del ulmén.

Tegualda. Pero además de Tegualda, dicen, otra doncella ha sabido atraerse tu amor.

Tulcomara. Es vana presunción ésa; es Tegualda, mi esposa, el único objeto de mi amor.

Tegualda. Pues entonces sigue durmiendo y consiente que aquí en tu sueño te custodie, hasta que tus cansados sentidos hayan recuperado su anterior vigor y frescura. Eres inocente. Duerme tranquilo, mi Tulcomara. (Le da un beso en la frente. Rómpense las cuerdas del arpa. Se incorpora Tulcomara y empuña la lanza. Huye Tegualda).

Tulcomara. ¿Enemigos aquí? ¿Quién mi reposo osa interrumpir? ¡Hola! Tú que huyendo estás, con culpa te sabrás. (Lanza el dardo y Tegualda cae herida al suelo). ¡Ay de mí! ¿A quién quité la vida?. ¡Mi esposa! Tegualda! ¿Cómo pudo suceder esto? Yo soy inculpable.

Tegualda. Es la inocencia tuya la causal de mi desdicha. Estoy perdida.

Tulcomara. ¿Pero qué fué que te indujo á interrumpir tan bruscamente mi sueño?

Tegualda. ¡Déjame! No mortifiques á una agonizante.

Tulcomara. Una respuesta sólo te pido. ¿Qué te llevó acá?

Tegualda. De Colca seguí el infausto consejo. Me dijo él, que tú dispensabas tus favores y tu amor á otra hija de Lauquén, que no es la hija de Mareguano.

Tulcomara. ¿Y tú, Tegualda, diste crédito á esa calumnia?

Tegualda. Pura convencerme de su vanidad, me vine aquí.

Tulcomara. Y este instrumento, ¿qué significa?

Tegualda. Esa arpa me la dió Hueñuyún.

Tulcomara. ¿Y para qué fin?

Tegualda. Todos los que la oyen, se duermen; y el que la tocó, obtiene del adormecido las respuestas solicitadas.

Tulcomara. Su virtud adormecedora la he experimentado; ¿y á fuerza de esa otra virtud que diciendo estás, qué supiste?

Tegualda. Tú me dijiste soñando todo lo que quise saber de tí.

Tulcomara. ¿Y te cercioraste de qué?

Tegualda. Me convencí de que era calumnia lo dicho por Colca. Y en comprobación de tu inocencia se rompieron las cuerdas del arpa.

Tulcomara. ¡Tegualda, Tegualda! No me abandones. Yo te vengaré; mas no me dejes. No abandones de esta manera á tu esposo. Quédate conmigo, que jamás me alejaré ni un solo paso de tí. Perennemente te llevaré sobre mis brazos, y jamás tercera persona se interpondrá entre tú y yo. Mi querida, no me abandones. No desampares á tu Tulcomara. Quédate conmigo.

Tegualda. Las fuerzas me van faltando. En mucho me favorecen hoy los dioses. Hoy había expresado el deseo de morir un día en tus brazos; y ellos me conceden ya ese favor hoy mismo, el mismo día en que exterioricé el deseo. Oh, estréchame más entre tus brazos, no los siento ya. ¡Tulcomara, adiós! Tulcomara! (Muere).

Tulcomara. (Resignado, después de largo rato de postración). AguÁrdame, Tegualda, que juntos nos presentaremos á las puertas de la mansión de los que cesaron de vivir en esta tierra.

ESCENA XII.
Tulcomara. Viene Colca; luego después Mareguano, Epulef y Lauco.

Colca. Aquí está la piel.

Tulcomara. (Hiriéndole con la lanza). Y ésta la remuneración que te mereciste. ¡Vil asesino!

Mareguano. ¡Para! Tulcomara.

Tulcomara. Aparta, anciano. Aquí de los dioses las sentencias se están ejecutando. (Se para cerca del cuerpo de Tegualda). Tegualda, ya que tu muerte talionada está, recíbeme en tus brazos. (Se hiere con el dardo).

Epulef. ¡Tulcomara! Muramos juntos. Es de Pillán y no de tí obra aciaga el juzgarte.

Tulcomara. ¿Amigos no sois de mi? Pues no me mortifiquéis con vuestros reproches. Mas bien enseñadme como querellarme de nuestra desventura.

Mareguano. ¡Ay de mí! Aquí á otro occiso reconoce mi vista.

Tulcomara. Es Tegualda, tu hija.

Mareguano. (Arrodillándose). Dime, ¿quien me la robó?

Tulcomara. (Indicando el cadáver de Colca). Que responda ése, á mí déjame en paz.

Mareguano. (Se inclina sobre Tegualda).

Tulcomara. (A Epulef y Lauco). Y vosotros amigos, ¿que os trae aquí?

Epulef. Lauco te lo dirá.

Lauco. Venimos á morir á tu lado, pues supimos que habías quebrantado tu juramento, motivando así la desaparición de la Ciudad Encantada.

Tulcomara. ¿Y á Arauco no queréis salvar?

Lauco. Es imposible ya. La extranjera planta, traspasando las márgenes del Butanlebu, ha profanado la tierra de Arauco. La independencia nuestra, así intoxicada, morirá lentamente. Todo afán por salvarla de las manos del asesino, no servirá sino para hacer más dolorosa aún su muerte, Oh, si todos los araucanos como nosotros y los de Penco morir independientes é inmaculados pudieran.

Tulcomara. ¿Cómo los de Penco dices.? Desapareció quizá el templo de Talcahuano? Acelera tu narración, breve rato me permiten aún mis fuerzas escucharte.

Lauco. Desapareció el templo de Leochengo, aquella grandiosa obra de ricos metales y diáfanas piedras de variados colores hecha, con todos los miles de ministros que en ella á Pillán hacían culto venerable al estilo de aquél que los del Perú hacen al sol. Ya habían llegado los incariales hasta la boca del Butanlebu y empezaban ya á fortificarse allí, cuando toda la tierra comienza á conmoverse, brama el huracán, deslumbra el relámpago, retumba el trueno, descárganse las aguas de los aires y, alzando sus plegarias á Pillán, se sumergen en las ondas los sacros ministros de Talcahuano y con ellos toda la pompa y riqueza que los rodeaba. Así desapareció inmaculado el áureo palacio de Leochengo, así desapareció al mismo tiempo la grande población de Ainilebu á la desembocadura del Ainilebu al sur del Guadalauquén; así desapareció la vetusta villa del lago de Ranco; así desaparecieron las bellas ciudades de Huechecara, Tagua-tagua y Palena, y así desaparecerá Lauquén Encantada. Vamos pues todos á morir dentro de aquellos muros que ya aprestándose á sumergirse están.

Tulcomara. Llevadme a mi también, al arrepentido. Séame al menos permitido descansar allí, donde debía de gobernar.

Mareguano. Llevadle á la ciudad, respetando su arrepentimiento. A Tegualda llevadla también. Ya que no les era dado verse unidos en vida, que en la muerte se lo sea permitido.

Tulcomara. De Pillán augusto era, la voluntad bien deliberada que así sucediera. (Quita la mano de la herida). Agótese la vertiente de mi vida. Ya me encamino á las nubes. Seguidme pronto, para que juntos entremos á los palacios de ultratumba. (Muere).

ESCENA XIII.
Los anteriores. Llega pueblo y entra á la ciudad por el puente. Voces del pueblo:

¡Corred! Entremos a Lauquén. ¡Corramos! El sol se puso ya, y pronto se pondrá también la Encantada Ciudad. ¡Apresuraos! Entrad todos. Mas bien morirse con honor que servir en la esclavitud á dioses forasteros. Adiós, adiós, selvas benditas. El echol no olvidéis llevar para el viaje que á la mansión de los relámpagos emprendemos. Corramos. Sucumbamos libres, pero no esclavos.

Lauco. ¡Hola, Curaca, Chilcano, Pinol! Aquí traed esas ramas, para que en ellas llevemos á éstos á quienes solo vida les falta para seguiros.

Curaca. Aquí estamos á tu servicio con ganchos de boigue bendito.

Lauco. Arreglemos de estas ramas unas angarillas y en ellas pongamos á estos cadáveres.

Curaca. Son tres los que aquí muertos están ¡Picoldo, Ancamilla! Venid. A Colca reconozco aquí. Llevadle á la ciudad, que nosotros nos haremos cargo de éstos. En primer orden pongamos la que hija de Mareguano fué, á ella siga Tulcomara, y en pos de ambos vaya Colca. Cual séquito en nuestros funerales sirva el pueblo que á acostarse viene para nunca despertar. (Los tres muertos han sido colocados encima de las ramas y son llevados á la ciudad como queda dicho. Empieza oscurecerse. Miéntras el pueblo entra á la ciudad y durante toda la siguiente escena óyense tocar marchas fúnebres)

ESCENA XIV.
Mareguano solo

¡Tegualda, adiós! Regocíjate de tus funerales, que una tumba, cual tú la tienes en Lauquén, no la ha tenido mortal alguno, ni la tendrá jamás. Eres mi hija, y me enorgullezco de que contigo tanto honor se me haga. Oh Pillán sempiterno, tú eres justo y recto juez y tu sabiduría es imponderable. Cumpliráse tu voluntad: el último día de Lauquén ha llegado. No postergues la ejecución de la sentencia que sobre Lauquén pronunciaste: ya el enemigo cerca se presenta. No me dejes caer en las manos de aquéllos, por quienes, obedeciendo tus santos preceptos, he guardado siempre el menosprecio y rencor que el amor patrio de mí exigían. No me toquen las manos de aquellos huincas, que, no sabiendo valerosamente defender su causa con las armas en la mano, dieron con el arte de hacer mitimaes. En la insidiosa desmembración de los pueblos de Chile buscan ellos su victoria. Es la insidia que supeditar pretende al valor. Contra tales poderes eres tú impotente. Retírate por algún tiempo á los volcanes que sus pies en el lago de Lauquén humedecen. Retírate á ellos, hasta que hubieres aprendido también los artificios que hoy menester son para sustentar la vida. Retírate á los nevados volcanes de los inexpugnables Andes, la mansión de todos los que con honor dejaron su vida en este mundo, y permanece ahí, hasta que ese fermento que de países extranjeros nos está llegando, haya consumado su obra de trasformación. Cedamos el mundo á la astucia y la crueldad; yo se lo cedo de buena mente, pues percibo ya el reflejo de la morada celestial de Pillán. Te saludo, mi grata mansión; mi saludo de despedida de vosotros los huincas empero se concreta en una imprecación, que... (Relámpagos y truenos. Vése un arco iris. Mareguano se arrodilla. Gran claridad.)

ESCENA XV.
Mareguano. Aparece Pillán circundado de divinidades.

Pillán. No prosigas. Donde ellos pecan, ahí encontrarán su juez. ¡Levanta!

Mareguano. Humilde posición me conviene ante tu grandeza.

Pillán. Levanta y sígueme.

Mareguano. ¿Yo, simple mortal, seguirte con vida mundana á tu celeste habitación?

Pillán. Asidlo, ponedlo en las andas que trajisteis, y abandonadme; ya mis esforzados siervos sus fuerzas á probar empiezan. (Mareguano es colocado en unas andas de oro y cristal de roca recamadas de pedrerías. Vánse todos menos Pillán. Empieza otra vez á oscurecerse y sucédense truenos y relámpagos á breves intervalos. El fondo se estremece de vez en cuando con sordo ruido subterráneo. Desde el interior de la ciudad se oye música alegre acompañada de canto de muchas personas. Música y canto—éste es bajo, y no se distinguen las palabras—duran hasta que caiga el telón.)

ESCENA XVI.

Pillán. ¡Adiós, Lauquén! No hay ya bienaventuranza para tí sobre la tierra. Reposa tranquilo en el fondo de las aguas, en las que tu te reflejabas en honor y, gloria de tus moradores. Sumérgete. Pero quede de tí el recuerdo vivo en el corazón de los chilenos venideros, cual de fragante flor queda aún el perfume en el aposento en que estaba, cuando ella ya no existe. Truéquese ese reflejo tuyo dentro del corazón de todo hijo de Chile en la imperecedera divisa: ¡Sucumbe libre, pero no esclavo! ¡La victoria ó la muerte!—Yo en tanto que la iniciada amalgamación de araucanos con forasteros se consuma, me retiro á los volcanes cercanos, para velar allí por la bienaventuranza de esta tierra y para volverme á los corazones de sus hijos, cuando ya no existan diferentes tribus chilenas mal concertadas, mas sí un Chile unificado que, después de haber lanzado de sí las costumbres malas de los que lo poblaron anteriormente, se quedó con las buenas que éstos poseyeron. Adiós, mi rica villa de Lauquén. Piérdete en las simas cristalinas de este lago, pero pase el recuerdo de tí de una generación ú otra; á todos á cuyos oídos la tradición de Villarica llegue, llénese el corazón del ardiente deseo de volver á dar con la perdida Ciudad Encantada. Y truéquese este buscarte en amor á tí, en amor á los que te poblaron, en amor á Arauco, en amor á Chile. (Todo el fondo, relumbrando en diversos colores, es sacudido reciamente. Truenos y ruidos subterráneos El fondo empieza á sumergirse.—Cae el telón.)


FIN.