La ciudad encantada de Chile/Acto III

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La ciudad encantada de Chile: drama patriótico histórico-fantástico en cuatro actos (1892) de Jorge Klickmann
Acto III
Acto IV
ACTO III.
Campiña. Una fuente en el fondo.
ESCENA I.
(Tegualda sentada en una piedra junto á la fuente: á poca distancia de ella, en segundo término, varias niñas con estacas, cañas, piedras, hondas y husos)


Tegualda. (Descansando la cabeza sobre un brazo que se apoya en una de sus rodillas.) No viene. ¿Me habrá enbelecado? ¿Toda la alegría que en las primeras horas de este día yo experimentaba, no será quizá en su fondo más que alguna obra maliciosa, una alucinación producida en mi mente por el depravado Epunamún? Tu, Tulcomara, no me engañas. Son las beldades de tu genio las que embebecida me tienen. Esas tus hermosas prendas no han sido estudiadas, aunque puede ser falaz é insidioso el objeto que con ellas otros pudieren pretender alcanzar. Tú, mi Tulcomara, no mientes. Por más que otros contigo ofuscarme y engañarme pudieren; á tus brazos me arrojo; en tí me fío, haz de mí lo que quieras; aquí te aguardo, para que de mí tu siervo hagas—Glaura!

Glaura. ¿Mi ama está triste y meditabunda?

Tegualda. (Incorporándose). Ven á mi lado. Este estar esperando me anonada, me desespera. En un sueño que tuve, los dioses me insinuaron, que Tulcomara me amaba. Dí, ¿podrán?—di—dime, Glaura—dí—¿podrán los dioses engañar á sus protegidos?

Glaura. No todos los sueños son sugestiones de los dioses. Más veces que nuestro buen Pillán, Epunamún nos perturba el espíritu, mientras dormimos, pues así cree que tendrán mejor éxito sus perversos planes. Pero no cabe en mi mente que Epunamún hubiera podido tener influjo en Tulcomara.

Tegualda. Ya el sol, de dorados rayos circundado, muestra su disco deslumbrador al través del ramaje y todavía no se muestra él, quien al rayar el alba ya quería haberme sacado de las manos de mis robustas defensoras. Vino el sol, Glaura, y no vino Tulcomara. Amé siempre al bello astro diurno, que vida da á todos los seres, que engendra y hace medrar las bellas cualidades del alma; pero más que al sol, no te asusten mis blasfemias, más que al sol, oh Glaura, amo á otro ser bienhechor, amo á Tulcomara. Oh Glaura, mi anciana Glaura, aquí quise aguardar á mi raptor, quería abrazarle aquí, así Glaura, así: un abrazo, un beso, beso y abrazo, abrazo y beso en continua alteración. Ah Glaura, el pensamiento tan sólo ya me hace la más feliz de los vivientes. Pero todo bien que experimentamos, es un precursor solamente de algo desagradable que se nos acerca.

Glaura. No, Tegualda, no estoy en eso de acuerdo contigo. En el bien, digo, alegrémonos del bien y en la desgracia nos fortalezca la esperanza de que el bien tendrá siempre que venir en pos de la desdicha, así como siempre el sol ha de volver á presentársenos, por más tormentuosa é inclemente la atmósfera se nos muestre.

Tegualda. Calla, Glaura, no quiero tus consejos.—Lanzad sobre mí vuestras armas hirientes, oh doncellas, desencadenad, oh dioses, todas las potencias destructoras de la naturaleza sobre mí, mas hacedlo en los brazos de Tulcomara; allí martirizadme, matadme, que ese martirio precursor de la muerte será que á la florida senda de mi vida á perdurable regocijo á encaminar pretende.

Glaura. ¡Tegualda, qué horribles exteriorizaciones! ¡Qué voces horripilantes se desprenden de tus labios hoy. No prosigas en esos conceptos. Dulces cantos, alegres voces y palabras cariñosas, y de vez en cuando una lágrima, que hacía aún mis bello tu rostro, cual un breve aguacero embellece aún más la naturaleza, eso es lo que de tí sólo se oía, lo que en tu semblante risueño se veia, ¿y hoy esas voces erisipelantes, esa tétrica mirada? No, mi Tegualda, así no te quiero. Sacude el peso que te agobia, y vuelve á ser mi Tegualda de siempre.

Tegualda. No quieres que tu mente vague por la misma senda que mi alma en vagar se regocija. Glaura, Glaura, estás trabajando en mi contra, Todo me abandona.

Glaura. Consolarte quiero, mi Tegualda. Esfuérzate á parecer alegre y lo estarás

Tegualda. Único consuelo para mí son las palabras: Tulcomara se acerca. Dí. Glaura, ¿vienes en realidad á prestarme dulce consuelo?

Glaura. Escúchame. Préstame atentos tus oídos un solo momento.

Tegualda. Calla más bien. No acrecientes el dolor que entre las sienes siento, con largas explicaciones que no pueden prestar el alivio que hoy necesito. Mira en torno nuestro; toda la naturaleza ha cesado de descansar. Al pejezuelo que sin temor en esta clara agua reposaba; al pajarillo, que sin cuidado en esas ramas se mece; las florecillas aquí á nuestros pies, que fuertemente durante la noche mantenían cerrados su cálices; á la labriega que ahí á lo lejos á los campos ves salir; á todos ha llamado á una nueva vida el primer rayo del sol que desde largos ratos hiriendo está las doradas cúpulas de Lauquén. Todo está en movimiento, todo en el trabajo se alegra de su vida, y yo tan sólo estoy aquí holgazaneando, perdiendo el tiempo en aguardar á mi esposo.—¿A quién?— ¿Ah terrible sugestión? No, Glaura; dí, que no. Tulcomara no me abandonará. Dí no, Glaura. Dí, pues, dí. Oh, no me mates con tu silencio. Glaura, dí no.

Glaura. No, pues. Vaya, no, para complacerte. Pero escúchame al fin. ¿A Colca conoces, el inquilino del Traucura? ¿Sí? Pero no llama tu atención lo que diciendo estoy.

Tegualda. Sí, oigo, prosigue.

Glaura. Colca acaba de pasar por aquí, antes que tú me llamaras á tu lado, y pude hablarle unos pocos instantes. Venía él de los afueras del otro lado del Toltén y dijo que había visto encaminarse á un forastero hacia la fuente que allí de un peñasco brota.

Tegualda. No fué Tulcomara.

Glaura. No parece imposible que lo haya sido. Lleno el corazón con el amor por tí, no habrá puesto atención, cuando las señas de esta fuente le dieron, y equivocadamente ha tomado un camino opuesto al que debía de elegir.

Tegualda. Prosigue, sigue.

Glaura. Mandé pues á Colca al mismo sitio, donde él al forastero había visto, y le encargué de averiguar, si era Tulcomara, y que, en siendo, le hiciera presente su error.

Tegualda. ¿El mismo Colca que con sus amores me viene tiempo há importunando?

Glaura. El mismo, pero su amor por tí le manda hacer todo bien, por tí.

Tegualda. Gracias, Glaura, que así procediste. Hoy es demasiado tarde ya para la consecución del objeto que aquí nos trajo. Idos, fieles compañeras, que es intempestiva ya la defensa vuestra, Espero veros otra vez aquí en hora menos aciaga. Idos, que pronto os seguiré.—Tu, Glaura, también aléjate. Déjame sola unos breves instantes, que luego te seguiré á nuestra habitación.

Glaura. Más bien contigo me quedaría; te obedezco empero, convencida de que no tardarás en seguirme. (Váse).

ESCENA III.
Tegualda sola.

¿Y por qué no la sigo? Una potencia invisible parece retenerme, aconsejarme que me quede; otra me compele á huir de este sitio, á salir al encuentro de Tulcomara. ¿A cual de las dos obedezco? A la que á los brazos de Tulcomara pretende arrojarme—á ésta sigo. (Váse).

ESCENA IV.
(Pasa un joven corriendo, llevando una doncella en los brazos. Síguele una multitud de mujeres y niñas, armadas del mismo modo que las de la primera escena de este acto; todas gritando y formando una confusa jarana, distinguiéndose las exclamaciones):


¡Retenedlos! ¡Atajen! ¡Atajen! ¡Alcanzad al raptor? Quitadle la doncella! ¡Atajen! ¡Devolvédsela á los padres! ¡Que no se la lleve! ¡Corramos! ¡Alcánzalos, Clenclén; no mengües con tus hechos el nombre que llevas! ¡Ya los alcanzamos! ¡La macana y la maza, aplicadlas á los hombros del fugitivo!-(Apenas pasaron, entra Tulcomara).

ESCENA V.
Tulcomara.

Feliz pareja, sea Domuche contigo. Te envidio. La envidia que siento hacia tí, séate débil prueba de la realidad de tu bienaventuranza.—¡Cuánto es verdad que la intensidad de la dicha se avalúa por el número de envidiosos enemigos, que al dichoso, que por feliz sabe tenerse, rodean, asechan y á talar pretenden. Soy infeliz, pues es verdad que no tengo ni envidiadores ni enemigos, ya que ni dicha tengo ni amigos. Hubo sí, pocos instantes hace, un breve rato en que me creía feliz, el más colmado de felicidad en todo el mundo. Mas fué la felicidad que yo en mí sentía, tan magna, tan potente que yo muy débil era para retenerla. A una fuente fuí, querencia del amor, á coronar mi dicha con inmarcesible azahar; pero no la coroné, nó; no pudo ser; me hubiera sofocado tanta felicidad. Me ví burlado, se trastornaron en mí las pasiones. Se enfriaron unas y se encendieron otras. Pero no está aún concluido ese cambio dentro de mi pecho. Hay combate todavía aquí, aquí (golpeándose el pecho), y yo soy indolente espectador de los combatientes que nacieron de semilla que aquí sembrara aquella hechicera, que por Hueñuyún quería pasar. Fuí por lana y salí trasquilado. Quise robar y me robaron. A esta fuente me aconsejaron venirme, y habría rapto. Vine á la fuente (riéndose) y hubo rapto; mas no fuí raptor yo; fuí simple espectador. Te agradezco tu buena voluntad, oh secular Mareguano; mas si á trabajo mejor me hubieras mandado, mas deudor tuyo aun me sentiría.—Cansado estoy. En este poyo me siento—¿A qué vine? ¿A querellarme? á meditar sobre la instabilidad de las cosas de este mundo con amarga ironía? (Se levanta). No, Tulcomara, no te cuadra este traje con que tu alma se revistió. ¡Alerta! Lanza de tí, oh corazón, la careta que te pusiste y quede sólo el disfraz que mi cuerpo lleva.—¿Me conocerá por ventura? El encuentro lo dirá—¿Qué me decía el ulmén al concederme su hija? No recuerdo bien. (Meditabundo). Sí, así fué. Que me la daba, me dijo, si yo podía conservar el corazón mío libre de celos. ¿Pero son los celos acaso los que me indujeron á venir acá? No, yo estoy seguro de que Tegualda no ama sino á mí. Pero aquella difamación, proferida por la que diosa se nombraba, no puedo dejarla impune. Como juez imparcial, libre de preocupaciones en contra de una ú otra parte, he de tentar á Tegualda, la parte acusada aquí, antes que pueda condenar á la calumniadora. Certeza, nada más que certeza es lo que quiero. Es pues la incertidumbre y no los celos, lo que me apremia á hacer investigaciones en el palenque del amor. ¿Mas si aquella hechicera hubiera dicho la verdad? ¡Ah! entonces ya no habrá para mí en el mundo cosa digna de respeto; que se sumerja Lauquén, que estalle todo el mando, ya que no tiene interes para mí. Entonces te mostraré, canoso ulmén, que al pecho de Tulcomara no cuadra sólo el amor, sino también el resentimiento sedicioso de talión y de venganza.—Son hermosas las campiñas de Arauco. Es este valle una joya de bienestar, felicidad y contentamiento. Semejan lagos tranquilos que blanda brisa hace undular ligeramente, los campos todos, que, ricos en pastos para los siervos irracionales del hombre y llenos de sembradíos, sellos venerandos de la laboriosidad de sus dueños, á mi extasiada vista se ostentan. Son fértiles estos campos á fuerza de ríos caudalosos que los cruzan, y lagos que lucientes espejos parecen ser de plata refulgente, á quien de marco sirven arbustos que, agobiados por el peso de primorosas flores, bañan de continuo la punta de sus ramas en el líquido que blandamente los empapa y refresca. Son los árboles de sus montes gigantes añosos, entorchados de plantas trepadoras llenos unos de fruta comedera y otros de suma utilidad después de muertos, y todos llenos de vigor inquebrantable, cual lo percibo en la gente que acude á ellos en busca de regocijo y descanso después de duras faenas y divertidos ejercicios corporales que vigor dan al cuerpo y al espíritu. Y hermosos son los bosques de Arauco desde el soberbio Butaleubu y el salto maravilloso del Laja hasta las risueñas orillas del Toltén y el lago que á esta rica ciudad está bañando. Son las selvas araucanas una sala inmensa de millares de pequeños aposentos en que cantan y se llaman recíprocamente con canoros y dulces sonidos infinidad de ligeros huéspedes alados. Son nidos también las rucas en las cercanías de los ríos, fuentes y lagos de Arauco, perdidas en un mar de flores, hortalizas útiles y árboles frutales y llenas de una prole robusta, sana y alegre. Sí, son bellas las comarcas de Arauco, que dicha me prometieron, cuando llegué. Pero no, no pudo ser duradera esa felicidad; demasiado grande hubiera sido para mí tal dicha, felicidad tan magna. Y es fornida, gallarda y hermosa la gente de los butalmapus de Arauco; pero es la más hermosa la de Boroa, que aquí en esta ciudad se ha aglomerado. ¡Qué dicha hubiera sido para mí vivir entre ella! Pero no, no pudo ser; demasiado grande hubiera sido para mí tal dicha, felicidad tan magna. Y este lujo en la vestidura. Trajes se ven aquí de colores diversos, primorosos como no se ven más lucientes en las demás provincias de Chile. Y con rica pedrería, con oro y plata engalanadas las casas y sus pobladores. Y son joyas también las doncellas, y es la joya más lucida mi Tegualda. ¿Mia? No, no pudo ser; demasiado grande habría sido tal dicha para el pobre Tulcomara. No existe la Tegualda que yo me había figurado haber encontrado en Tegualda.

ESCENA VI.
Tulcomara. Entra Tegualda.

Tegualda. Aquí está, ¡Tulcomara! No es. ¿Quién eres tú?

Tulcomara. Gualebo me llaman entre los de las riberas del Traucura, y vengo enviado de un novel guerrero que en el camino encontré.

Tegualda. No atormentes á la hija del ulmén con dilatadas pláticas. Dí, ¿es Tulcomara quien te manda?

Tulcomara. Así me dijo, que se llamaba.

Tegualda. ¿En dónde le has visto? ¿Dónde está Tulcomara? ¿Te sigue por ventura, y está ya cerca de aquí? Se esconde quizá entre estas matas para sorprenderme, para robarme? ¡Hola, Glaura! Racloma! Guacolda! Guale! Acudid, acudid á defenderme, que Tulcomara viene á robarme.—Nadie viene, nadie oye. Sé pues tú, Gualebo, mi fiel tutela, mi valiente defensor, el pavés de mi amor, el amigable y dulce enemigo de mi bien, de mi felicidad, de mi Tulcomara, de la infeliz Tegualda.

Tulcomara. No tengas cuidado. Tulcomara no vendrá tan pronto este sitio. En tí está, Tegualda, el determinar, cuando quieras verlo.

Tegualda. Me martirizas con tus equívocas palabras, pétreo corazón, que desconoces el amor. Tú sabes, dónde está Tulcomara y rehusas decírmelo.

Tulcomara. En la selva que por el oriente de Lauquén se extiende, hay un florido claro á dos leguas del margen oriental de este lago. Es ese claro mi estancia favorita. Allí suelo pasar horas enteras contemplando el arte de la naturaleza, respirando el de millares de flores perfumado ambiente y, lejos de la vista de otros, bañando mi cuerpo en lo rayos del sol ó descansando á la sombra de algún copado pehuén, después de haberme fatigado con recorrer los contornos en busca de alimento ú objetos que á la vista pudieran deleitar.

Tegualda. De tí no pretendo saber el pasatiempo tuyo. Saber el paradero de Tulcomara es lo que me interesa. ¿Qué dirección, dime, he de tomar para encontrarle?

Tulcomara. Escucha. Oye. No me interrumpas. Percibo súbitamente un grito desgarrador, y luego un profundo silencio. Me abalanzo hacia el sitio, de donde aquellos gritos venían, me veo á poco rato al borde de una profunda pendiente. Miro abajo y veo un aposento iluminado con las diminutas linternas de millares de luciérnagas. La claridad que estos animalejos despedian, me permitió distinguir los objetos que allí había. Mas no pidas de mí, te describa minuciosamente ese mágico recinto de un huecubu. Horrible era el aspecto que allí formaban sabandijas, lagartos, sierpes, alacranes y arañas gigantescas. Y en medio de toda esa mezcolanza de bichos infernales ví á un hombre de esta villa.

Tegualda. Valedme dioses, que los sentidos me faltan. ¡Tulcomara. Tulcomara! ¡Corramos! Corramos, Gualebo, á socorrerle.

Tulcomara. Talcomara fué. Fué allí, donde me dijo, que así se llamaba, encomendándome, me fiera á la ciudad á avisar lo sucedido a Tegualda, hija esclarecida del ulmén. Creo que tú eres Tegaulda. A tí pues se dirige mi encargo.

Tegualda. Tegualda soy. Sí, Gualebo, soy la infeliz Tegualda. Compadécete de mí, y corramos á la ciudad, á buscar escalas y cordeles. Ven, ven, Gualebo, corramos á socorrer á Tulcomara. Corramos; magnánima será la recompensa del ulmén.

Tulcomara. Demasiado cansado estoy. Me es imposible seguirte desde luego.

Tegualda. Voime sola entonces.

Tulcomara. Pero si no sabes el sitio, adonde debes dirigirte.

Tegualda. Adelántate pues á mostrarme el camino.

Tulcomara. No puedo, no me lo permite el cansancio.

Tegualda. ¿No puedes dices? ¡Ay! que irá á ser muy tarde.—Será porque no quieres. No el cansancio es, quien te impide hacer el bien, sino tu mala voluntad, que husmeando estoy. Considera, que soy Tegualda, hija de Mareguano. No me apremies á llamar en mi favor á mi padre.

Tulcomara. Castigadme, martirizadme, amenazadme con matarme, mis labios no os satisfarán. Pero considera tú también, á que martirios está expuesto tu esposo entre sierpes entorchadoras y sabandijas ponzoñosas que con acicalados dientes roen paulatinamente—ya que pequeños son sus bocados—las carnes de Tulcomara.

Tegualda. ¡Calla! ¡Calla! ¡Av de mi! ¡Oh Pillán! ¿Ya cerraste tus oídos á las desgracias de Lauquén? ¿Es este hombre reflejo de tu amor trocado ya en la indiferencia con que nos amenazaste? ¿O pretendes hacer más intenso aún mi amor por Tulcomara, con hacerme afanosa su adquisición? ¿ó quieres quizá que no vuelva á verme en los brazos de mi esposo?

Tulcomara. Si eso quieres, no es menester el favor de los dioses. El cumplimiento de ese deseo está en tí. Concédeme un favor é incotinente te verás en los brazos de Tulcomara.

Tegualda. Pide, pide lo que quieras, y te lo concederé. Pide bienes, pide joyas, pide honores, pide todo lo que mío nombro, en rescate de mi bien, mi reposo, mi Tulcomara.

Tulcomara. Jura pues, que me concederás lo que te pida, para llevarte en seguida á los brazos de Tulcomara.

Tegualda. Pillán me oye; él castigará á quien de nosotros perjuro se trocare. Llamo pues á Pillán como testigo y te prometo concederte lo que me pidieres, si donde Tulcomara está, me llevas.

Tulcomara. Juraste. Los dioses te escucharon. Lo que de tí quiero, no te hará pobre á tí, pero sí hará de mí el más rico de los mortales. Dame un abrazo.

Tegualda. ¡Ah! qué voces! Cual si candientes piedras fueran, entran á mis oídos las palabras de este hombre! ¡Oh Pillán! considera que débil muier soy. No concentres sobre mis hombros todas las desgracias que en el mundo se acumulan; cesa de atormentarme. Ya desfallezco. Valedme oh dioses! Hueñuyún! Líbrame del poderío fascinador de este hombre.

Tulcomara. ¿Ayuda ajena quieres? No la creo necesaria. Haz de mí lo que quieras. Ninguna resistencia pondré á cuantas castigos tuvieres á bien otorgarme. Ahógame en esa fuente, si así te agrada; yo mismo sumergiré mi cabeza, hasta que tú tus propósitos hubieres alcanzado. Entiérrame vivo; ayudaré de buena voluntad cavar el hoyo respectivo, me pondré adentro yo mismo, y no tendrás más trabajo que taparme con la térrea capa que el aliento ha de quitarme. Pero al matarme, considera, que también matas á aquél á quien salvar debieras. No la muerte mía, mas la que en Tulcomara cometes, la vengarán los dioses.

Tegualda. Tulcomara, ya te socorro. (Quiere irse; pero vuelve). Ven, sé mi amigo. Compadécete de las lágrimas de una mujer que ama. Baste de regocijos para tí, si regocijos viniste á buscar en el martirio mío. Vamos, vamos a salvarle, que ya demasiado tarde será tal vez. Ven, sígueme.

Tulcomara. Lo que exijo de tí, no te hace menos rica, y no obstante no quieres dármelo. No quieres cumplir con tu promesa. Perjura y homicida quieres ser, mas no amante novia, que para la consecución de su amado objeto no perdona ni los más onerosos arbitrios. Es proporcional la maguitud de tu delito á la fácil adquisición de los medios conducentes para evitarlo.

Tegualda. ¡Oh dioses! no puedo más. Colmaos de gozo; y cólmate tu también, personificación de la perversidad, que ya fallezco á fuerza de vuestro comportamiento.

Tulcomara. Tu, Tegualda, hija del ulmén, perjura, homicida, fratricida, ¿no son magnificos estos atributos? ¡Que bien te cuadran! Sacrifica, sí, á tu esposo, mas no sacrifiques tu pertinacia en aras de la diosa Obstinación. Me voy pues, He cumplido la orden que se me había dado; renuncio á la recompensa. Aléjome.

Tegualda. (Siguiéndole). Gualebo, Gualebo, ¿adónde vas? Te sigo. ¿Renuncias, dices, de ta denigrante exigencia? Te sigo agradecida y juro que pronto verás los efectos de mi agradecimiento para contigo. Corramos. Apresurémonos, aun estará con vida; y si muerto estuviere ya, con mis llantos lo volveré á la vida, á mi vida, á nuestra vida, á la bienaventurada vida de Tulcomara, de Tegualda y de ti, mi Gualebo. Vamos pues.

Tulcomara. Yo no, doncella. Bien conoces mis condiciones que á tu bien pueden llevarte

Tegualda. Sea pues lo que me pides. Aquí mis brazos abiertos están. Arrójate á ellos.

Tulcomara. No, Tegualda; así con tétrica mirada, con ceño enojoso no te quiero. Yo quiero que me abraces con semblante risueño, que repose mi cabeza en tu seno y que toquen tus labios, que del copihue el color ostentan, estos labios mios que á la dicha llamándote están.

Tegualda. (Con ironia). ¡Ah! valiente guerrero. Buscas gloria, buscas deleite, donde no hay peligro. Bravo mozo. Pero he oído decir, que valor que ante una débil mujer se pavonea, se acobarda al hallarse en lances que algún peligro presenten. Quisiera saber, si es verdad, ¡Glaura! Glaura!

Tulcomara. Es en vano tu clamoreo. Persuádete de que nadie te oye. Mas ya me compadezco de tí: voy á minorar mis exigencias. No es lícito que la mujer directamente busque á hombres; permite que yo te abrace, y te conduciré á aquella cueva infernal, domicilio nefando de bichos endemoniados. Pero carialegre quiero verte. Resuélvete pronto, mucho tiempo ya ha desperdiciado tu obstinación. ¿Quieres ó no que te abrace?

Tegualda. El coronamiento faltaba aun á lo que hasta aquí en mí obraste. Corona con la aureola conveniente á tu valiente comportamiento. Aquí me tienes, presa de tus insanos conatos. Haz de mí lo que puedas justificar ante el ideal, según el cual tú tu vida reglas. Con la sonrisa en los labios ve pues ante tí á una víctima que el golpe de gracia del verdugo aguarda.

Tulcomara. ¡Qué gracia, Tegualda! Y ese golpe de gracia que hermoso golpe de vista para mí. Ahora sí, Tegualda, que tú te presentas á mis ojos sin difraz; cúmpleme pues á mí dejar también á un lado el difraz que yo me puse, para convencerte. Te conocí, conóceme tú también.

Tegualda. ¡Tulcomara!

Tulcomara. Así me llamo. No pertubaron tus hermosas pasiones tus fuerzas retentivas.

Tegualda. ¡Ay de mí! Es demasiado. ¡Oh dioses! ¡Valedme! ¡Hueñuyún, Hueñuyún!

Tulcomara. ¡Ah: ruin mujer hipócrita: Quita. No me toques. Allií te arrojo. ¿Esta es la fidelidad que me juraste? Aquellos juramentos de amor no eran para mí solo; no, eran para todos los varones. He oído decir que hay naciones, cuyos dioses tienen por pasatiempo primordial el adulterio. Será pues lícito éste también entre aquellos individuos que en la existencia de tales divinidades creen. Y tú estás por trasformar las costumbres de Chile, introduciendo en ellas otras que también sus adeptos encontrarán. ¡Salve! oh Tegualda, gran reformadora de las costumbres de la Ciudad Encantada. Gozará Lauquén de honores que hasta ahora le eran desconocidos. y tú, la hija del ulmén, eres la eminente iniciadora, cuyo renombre repercutirá de siglo en siglo por toda una eternidad. Me arrodillo ante esa grandeza tuya. Bendita eres, oh grande Tegualda, la excelsa innovadora boroana, la primera favorita de Lauquén. Yo, simple araucano, no tengo tanta presunción de que ose apropiarme lo que á todos los varones de Lauquén pertenece. Reniego de tí, te abandono, reina del nuevo ciclo que por crear estás. Lo hago empero con el pecho oprimido, pues creí un día que podría amarte.

Tegualda. (Se arrastra hacia él. ¡Hueñuyún! Apiádate de mí.

Tulcomara. No me toques, criatura, que aquí por el suelo te arrastras. No invoques á los dioses de Arauco. Tal blasfemia no la consiento. Te apartaste de los hábitos de Chile con hacer gala de costumbres forasteras. Me aparto pues también de tí, que mi orgullo es ser chileno. Existirá en adelante profunda sima entre tú y yo, y cotidiana peroración mía será el pedir con fervor, que la venganza de Pillán caiga sobre tí.

Tegualda. (Arrodillada). ¡Oh Tulcomara! Compasión te pido. Escúchame.

Tulcomara. (Lanzándola de si). ¡Aparta, vil callejera! No infectes con tus carnes deleznables la orla pura de mi vestidura! Maldita seas, execrable criatura, que con juramentos juega, cual niños con muñecos. De tí me vengará Hueñuyún, cuando á otros tus brazos vuelves á abrir. Compadeceré á todos los que en tus redes caigan, pero imprecaciones sin fin tendré para la araña que las tejió. Y si algún día llegares á sentirte arrepentida de tus cupídicas hazañas, sea entonces el arrepentimiento lo que te persiga sin cesar, que te niegue reposo, que te cierre la puerta de todo sér honrado. Maldigo á todo lo que te prometa paz, maldigo á todo que á tí me llevó, y me maldigo á mí mismo, por haberme confiado en tí en aciagos momentos. (Váse).

ESCENA VII.
Tegualda (arrodillada delante de unm tronco de árbol, mostrándose al público de perfil.)

Hueñuyún,
Pavés de los amantes,,
Hueñuyún,
Ven acá!
Estos velos sofocantes
Tu bondad los quitará.

  Con tu alma juvenil
Por do quier amor has divulgado,
Tú conduees al amor desviado
Otra vez á buen carril.

  Sé pues piadosa,
Mi celeste diosa,
Al arrepentido sér
A quien, desterrado
Lejos del amado
Nadie quiere socorrer

  Sálvame, oh diosa pura,
Sálvame de tétrico baldón.
¡Ay! deshaz la desventura
Deste mi amante corazón.

  Donadme, dioses, hartos males,
Negadme paz y el reposo,
Mas que imprecaciones tales
No me separen del esposo.

  Hueñuyún,
Pavés de los amantes
Hueñuyún,
Ven acá.
Estos velos sofocantes
Tu bondad los quitará.

ESCENA VIII
Tegualda. Hueñuyún.

Tegualda. (Irguiéndose). Ha cesado la presión aquí entre mis sienes. Libre me siento de azoramiento y congoja. Los dioses me han escuchado. Hueñuyún me salvará. Rebosa de agradecimiento mi pecho. ¿Y este perfume que percibo, de donde viene? No lo exhalan las flores que en derredor de mí veo. Hueñuyún estará cerca de aquí. Aquí está ella. Tu eres Hueñuyún, de Pillán enviada para consolarme, para socorrerme. En viéndote, ya me siento consolada. Me humillo ante tí, oh benigna diosa, y te ruego con todo el fervor de un amante pecho: socórreme. Socorre á esta atribulada criatura, que Tegualda se llama.

Hueyuñún. A consolarte vengo, Tegualda. Oye. Según el mandato de Pillán, me acerqué pocos ratos há á Tulcomara, para examinarlo tocante al juramento que ha prestado ayer. Intenté primeramente por todos los medios naturales y sobrenaturales que á mi disposición estaban, pero él quedó fiel á su Tegualda. En seguida procuré despertar los celos en él, insinuando, que alguien te había visto en brazos de un varón que no era Tulcomara. Tulcomara no quiso prestar oídos á tales calumnias, que mal de mi grado tuve que inventar, pero no obstante se alejó él para llevarte en tentación, y ¡ay de nosotros! poco rato tan solo has podido resistir á sus embestidas.

Tegualda. ¡Oh Tulcomara! Mi Tulcomara! Vuelve! Perdona! no he pecado, y si inconscientemente pequé, por tí ha sucedido. Yo también fuí alucinada. No fué el pastor que me hubo embelesado, sino que fué la voz conocida y amada, que por vez segunda conmovió todos mis sentidos. Aquella voz me ha seducido, no el labrador desconocido, á obrar en favor de tí, mi Tulcomara.—Y Lauquén, dime Hueñuyún, la bella ciudad boroana, ¿se perderá ahora, ya que en el pecho de Tulcomara los celos han tenido cabida?

Hueñuyún. No me es dado responder á esta pregunta. Es cometido mio formar parejas y desbancar discordias que entre amantes pudieran sugerir. Y tu también volverás á verte con Tulcomara, si sigues el consejo que voy á darte.

Tegualda. La senda que tú para mis pies eligieres, la caminaré. No puede ella llevar á mal término. No, no puede ser sino bella y dulce esa senda, cual tú eres, oh piadosa Hueñuyún.

Hueñuyún. Así como Tulcomara ha querido seducirte á ti, así has de afanarte tú en seducir á él. Y si consigues inculparle de deslealtad, su ira se aplacará y vosotros, reconciliados, anudáis de nuevo los lazos que ayer habíais anudado para romperlos ya pocas horas después.

Tegualda. ¿Mas cómo, mi Hueñuyún, cómo podré acercarme á él? Si me ha maldecido. No me prestará oidos

Hueñuyún. Ves que no vengo con las manos vacías. Esta caña que te traigo, tiene una virtud especial, que Epunamún ha puesto dentro de ella, y es que este dardo no yerra jamás su blanco y siempre, después de haber consumado la muerte vuelve á las manos de quien lo lanzó. Tómalo, te servirá para fines especiales. Y este lío, recíbelo también. Contiene ropa y atavíos, para que con ellos engalanada, vayas á la puerta oriental de la ciudad. Hacia allí se encaminaba Tulcomara. Vete allá en habiéndote puesto estas vestiduras, y verás cumplido el más anhelado de tus deseos.

Tegualda. Confío en tí. Abunda mi corazón en sentimientos de gratitud para contigo. Mas no creo que podré fingir otra de la que soy.

Hueñuyún. Sigue mi consejo, y todo rematará en buen fin. (Váse)

ESCENA IX
Tegualda sola.

Gracias, gracias os doy infinitas veces, oh excelsos dioses, á quienes es imposible ver padecer á la inocencia. Vosotros me dais la esperanza de que Tulcomara será otra vez conmigo. Otra vez me queréis ver en sus brazos, los por mí queridos. ¡Oh qué regocijo! ¡Cuánta dicha! apenas cabe aquí en mi pecho. Tulcomara ya no me dejará abandonada. El volverá á amarme. Gracias, gracias sin cuento á tí, Hueñuyún. Tú me diste fuerza suficiente para concebir tu plan; dame también la suficiente para realizarlo. (Váse).

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