La copa de Verlaine: Capítulo XXIII

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XXIII. Santaló


LA picaresca clásica, erudita, aventurera y gallofa se funde con la bohemia literaria, pedigüeña, trotacalles y sentimental, y nace el tipo del «piruetista» entre poeta y pícaro, filósofo y desarrapado.

La cofradía de «piruetistas», de «operadores», de «navegantes de la Puerta del Sol», está compuesta principalmente por los jóvenes envenenados por la literatura, que llegan de las provincias a la conquista de Madrid. La literatura es como la trágica sirena de las baladas germanas, y los pobres nautas se hunden en el fondo del mar por haber escuchado el sortilegio de su canto. Sólo que nuestros nautas naufragan en seco, sobre el asfalto de las calles, en los figones absurdos y en los hórridos hostales. A la caza de las rimas sustituye muy pronto la pesca de las dos pesetas o del café con media tostada, ese seudoalimento tan literario. El veneno de las letras es más fuerte que la morfina, que el éter y que el alcohol. El que emprende esos trágicos derroteros, o triunfa o se muere. Casi nunca se adapta a un ambiente mediocre, metódico o «burgués».

Antonio Santaló era un muchacho cordobés que iba a verme al café y a quien solía encontrar, como una sombra, en la Puerta del Sol, muy de madrugada, a esa hora terrible de los que no tienen un puñadito roñoso de calderilla para ir a dormir a casa de Han de Islandia o a los sótanos de la Peña de Francia, los hoteles de cincuenta céntimos, donde se guarecen los buscones, los poetas pobres y los rateros. Santaló era muy inteligente, muy culto, y tenía voluntad. No triunfó porque ni siquiera pudo vivir. La Casualidad, que vela por los aprendices del Arte, no se cuidó de él. Los bohemios viven a pesar de los restaurantes donde suelen ir a comer y de las yácijas donde suelen ir a acostarse. Baroja dice que el triunfo literario consiste en la resistencia del jugo gástrico. Hay que transigir con las albóndigas de perro y con ciertas chuletas de celuloide que conocen a varias generaciones literarias.

El frío de las noches, al asalto de los céntimos para la cama, la comida que se retrasa... dos o tres días, la pobreza en el traje y el dolor de la pobreza en el alma han asesinado al pobre amigo Antonio Santaló. No ha escrito un drama ni un poema que decoren su memoria. Artículos de periódico olvidados en seguida, traducciones que firmó otro o que acaso no firmó nadie. La sirena de la Puerta del Sol se tragó su espíritu antes de que la Desnarigada, que tanto quiere a los poetas y a los artistas pobres, le estrujase el corazón, en el silencio helado del hospital, entre hedor de calentura y de medicinas. Aquel pobre corazón hipertrofiado, que como un trágico reloj contó las horas del hambre, del abandono y de la lucha grotesca y terrible para buscar un poco de calderilla, a las cuatro de la madrugada, iba como un polichinela roto, dando tumbos por las encrucijadas de la miseria.

Hace algunos meses Santaló estaba contento. Dormía todas las noches y comía fijamente tres días a la semana. ¡La vida era fácil!

Con un espíritu tan contentadizo, Santaló era digno de haber triunfado. Tenía del dinero una idea demasiado hiperbólica. Poseyó un sombrero azul pálido que era una sima de arbitrariedad junto a los hongos ramplones y los frégolis de tenor cómico.

—Yo le había tomado cariño. Quería conservarlo como recuerdo de la «vorágine»; pero un día necesité dinero... y lo vendí por tres perras gordas.

¿Verdad que este ingenuo concepto del dinero es conmovedor? Entre el hampa literaria Santaló fué siempre un caballero de la Tabla Redonda. Fué un bohemio, pero no hampón. Y esto tiene mucho mérito, viviendo en plena calle, con hambre y con dolor, entre gerifaltes de la pirueta que aprenden la picardía en las aulas de la necesidad.

Los caballeros de La Noche, de la Media Tostada y del Salto Mortal viven una vida desastrosa entre paradojas y algún soneto que otro, no muchos, porque la bohemia estropea el estómago y dispersa las rimas como una bandada de pájaros quiméricos.

Yo podría hacer una lista negra de estos espíritus ilusos, devorados por el monstruo encantador de la literatura. ¡Intrépidos comedores de musarañas, que sois mis amigos antiguos, que habéis vivido a la sombra de la literatura—pipas, melenas y chalinas—y que vais cayendo poco a poco por el escotillón macabro del hospital! Yo siento hondamente vuestra tragicomedia, oh, gran Losada, el músico genial y salvaje; Barrantes, el de la carátula de pesadilla; Alberto Lozano, rubio y señorial como un príncipe, y vosotros también, Dorio, el audaz; Pujana, el intrépido; Roldán, el preciosista, que tiene una enorme sed que sólo se calmará cuando Ella le llene de tierra la boca; vosotros, que al caer un hermano de esta cofradía de dolor y de absurdidad, acaso tembléis viendo que todo el entusiasmo de vuestra juventud está compensado por un lecho de hospital y un montón de polvo, sin nombre, en un osario. ¡Y vosotros que soñabais precisamente con la Gloria, y que porque la gente leyese vuestra firma al pie de unas líneas impresas, lo sacrificabais todo! ¿Veis qué broma final tan sangrienta? Es una verdad que os hubiera parecido mentira en los ilusionados comienzos, allá en vuestro rincón provinciano, antes de caer en la Puerta del Sol entre las garras de la Bohemia, la sirena que devora el corazón y el cerebro de sus amantes, en unión de la miseria, entre alegres paradojas y peligrosas funambulerías en la cuerda floja de lo imprevisto.

Estos bajos fondos literarios disfrazan con metáforas pintorescas su dolor; el dolor de los que no han sabido decir lo que llevaban dentro... o lo que creían que aleteaba bajo su frente: el dolor de los artistas de corazón que han fracasado en la Puerta del Sol, agarrotados por la necesidad. ¡El dolor de la literatura, de los ex literatos, de los hampones pintorescos, de los buscadores de calderilla, como sombras, entre la penumbra de las calles, a la madrugada! ¡Pobre Santaló! Ya no tendrás que buscar los céntimos para la cama, mientras tu corazón latía penosamente como un viejo reloj desquiciado.

Capítulo XXIII: Santaló