La copa de Verlaine: Capítulo XXIV

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XXIV. La capa bohemia


EL primer caballero que se terció esta capa para andar de aventuras y amoríos fué el gran Villón, el padre de la lírica francesa. Y el glorioso tabardo sufrió el rigor de todas las ventiscas y la lluvia de todos los inviernos, y se ungió de ideal errante bajo el plenilunio en la Corte de los Milagros, tejiendo besos y rimas con la ramera ardiente y propicia, de quien decía el poeta que era su Rayo de luz. La capa de Villón, como la capa, de Mañara, sabe de madrigales y caricias, en las encrucijadas del viejo París.

Ha visto cómo se desnudaban los aceros, cabrilleando en la sombra, bajo la plata mística de las estrellas, buscando bravamente el corazón por el encanto de un soneto.

La capa de Villón paseó por los salones de los obispos, y de entre sus remiendos y corcusidos surgió la mano exangüe del bohemio para tomar la limosna de doce sueldos por una loa a Notre-Dame, y los labios que mordieron los labios de las rameras besaban unciosamente la amatista episcopal. Y la capa ungida de poesía y de dolor rodó una mañana por las escalerillas del patíbulo. Porque habéis de saber que el primer poeta de la bohemia estuvo a punto de ser ahorcado por ladrón.

He aquí su gloriosa ejecutoria: una capa caída, la cuerda del ahorcado y una boca lasciva de ramera, como flor ponzoñosa de lujuria. Sin embargo, muchos académicos han metido la garra en el tesoro de Villón, sin peligro de cuerda. ¡Nefandos viceversas de la señorita Themis!

La capa bohemia, posteriormente, ha envuelto a muchos desgraciados superiores. Fué la fiel camarada de Edgardo Poe, aquella alma rara que oía voces del cielo, de la tierra y también del infierno, y le sirvió de sudario en su última y trágica borrachera en las calles de Baltimore. Baudelaire, el solitario, hizo de su capa torre de marfil que le aislaba del vulgo de malos poetas, de periodistas hueros y vanidosos, de cretinos equilibrados. La capa de Verlaine rodó por las tabernas y por los hospitales, y aquella capa de mendigo es ahora venerada como la bandera de la Francia espiritual.

¡Capa de la bohemia! Tú, que has cubierto tantas horribles tragicomedias, que has sido tan calumniada por los tontos de todos los tiempos, de todos los países. Tú, que has paseado tantos sueños y tantas hambres, bajo la luna, en las noches sin casa, que conoces tantas lágrimas de tantas crueldades, de tantas injusticias, que has visto el horror de las tabernas cuando todos están borrachos y entonan los lúgubres salmos del delirium tremens, mientras en el espacio gira el anillo de Saturno, nuestro fatídico padrino.

La capa bohemia supo las gallardías de Espronceda en su buena época romántica, antes de destrozar su leyenda con aquel fementido discurso sobre las lanas... Pelayo del Castillo, Eduardo del Palacio, Manuel Paso, Pedro Barrantes, sabían del encanto de la capa bohemia, que entre nosotros tiene también el desgaire de la capa manolesca.

Y ¡Alejandro Sawa!...

Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnífico como Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabeza en las nubes y el corazón en la hoguera del amor y del dolor de la Humanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa pontifical, manto de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fué la suprema consagración de la capa bohemia.

La capa de la bohemia es la aristocracia incomprendida de los vulgos, y nunca como ahora, en este momento, es anacrónica y absurda. Es el gesto bravío ante la mueca horrible de la miseria, el rictus de desdén ante los artículos de fondo y demás cosas sin alas, sin gracia, sin espíritu.

La capa bohemia se burla de los libros de caja, de la mentalidad del tendero, de la sensibilidad chirle de los malos poetas. La capa bohemia, sobre toda la prosa, sobre todo el horror de las horas vulgares, es el pájaro azul.

Es la bella locura del ideal. Ved de cuál gentilísimo linaje aristocrático es el manteo con que cubre su clorosis y sus espaldas desnudas la señorita Bohemia.

Capítulo XXIV: La capa bohemia